lunes, 30 de marzo de 2026

31 de marzo del 2026: Martes santo

 

En el corazón de la noche


(Juan 13, 21-33.36-38)
Es de noche afuera y también en Judas, como a veces en nosotros, cuando olvidamos aquel momento en que dijimos con Pedro: “¡Daré mi vida por ti!”. ¿Cómo seguir al Señor si la noche ha podido más que nosotros? Podemos pedirle esa gracia cuando las tinieblas se espesan, la vida se vuelve más pesada, las desgracias nos asaltan, la cólera nos aprieta y nuestra esperanza se debilita. Solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la noche.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Is 49, 1-6

Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra

Lectura del libro de Isaías.

ESCÚCHENME, islas; atiendan, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 (R.: cf. 15ab)

R. Mi boca contará tu salvación, Señor.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame. R.

V. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.

V. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R.

V. Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.


Aclamación

V. Salve, Rey nuestro, obediente al Padre;
fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero a la matanza.

 

Evangelio

Jn 13, 21-33. 36-38

Uno de ustedes me va a entregar… No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
«En verdad, en verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
«Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
«Lo que vas a hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
«Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con ustedes. Me buscarán, pero lo que dije a los judíos se lo digo ahora a ustedes:
“Donde yo voy no pueden venir ustedes”».
Simón Pedro le dijo:
«Señor, ¿adónde vas?».
Jesús le respondió:
«Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
«Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
«¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos avanzando en esta Semana Santa, y la liturgia de hoy nos introduce en un clima muy especial: un clima de intimidad, de tristeza, de revelación, de combate interior. El evangelio nos sitúa en la última cena, en ese momento estremecedor en que Jesús, ya sabiendo lo que va a ocurrir, se conmueve profundamente y dice: “Uno de ustedes me va a entregar”.

No es una escena lejana. No es un drama que solo le ocurrió a Jesús hace dos mil años. Es una palabra que toca también nuestra vida. Porque el evangelio de hoy nos habla de la noche: la noche de Judas, la noche de Pedro, y también nuestras propias noches.

San Juan lo expresa con una frase sobria, pero impresionante. Cuando Judas tomó el bocado y salió, el evangelista dice simplemente: “Era de noche”. No era solo una indicación horaria. Era también una descripción espiritual. Era de noche en Jerusalén, sí; pero sobre todo era de noche en el corazón de Judas. Y a veces también es de noche en nosotros.

Hay noches del alma. Noches de confusión. Noches de cansancio. Noches de pecado. Noches de desilusión. Noches en las que uno siente que la fe se le debilita, que la esperanza se le apaga, que el amor se le enfría. Noches en las que uno ya no sabe si podrá seguir adelante.

Y, sin embargo, la liturgia de hoy no está escrita para asustarnos, sino para mostrarnos que Jesús conoce la noche humana desde dentro. Él no se escandaliza de nuestra fragilidad. Él no desconoce nuestras luchas. Él sabe que el corazón humano puede amar y traicionar; puede prometer fidelidad y luego temblar; puede decir como Pedro: “Daré mi vida por ti”, y unas horas después negarlo.

1. Jesús entra en la noche del corazón humano

En el evangelio vemos tres figuras: Jesús, Judas y Pedro.

Judas representa la traición consumada. Es el discípulo que ha convivido con Jesús, ha escuchado su palabra, ha visto sus signos, ha compartido la mesa, y sin embargo deja que la oscuridad se apodere de su interior. La traición de Judas no comenzó de golpe. La noche no cae de un segundo para otro. Primero hay pequeñas concesiones, pequeñas mentiras, pequeños endurecimientos. Poco a poco uno deja de escuchar, deja de amar, deja de confiar. Y finalmente sale de la presencia del Señor.

Pero también está Pedro, y eso nos consuela más, porque Pedro no quiere traicionar. Pedro ama sinceramente a Jesús. Pedro habla desde el afecto: “Señor, daré mi vida por ti”. Pero todavía no se conoce bien a sí mismo. Confía demasiado en sus propias fuerzas. Su amor es real, pero todavía es frágil. Su generosidad es sincera, pero todavía no ha sido purificada por la humildad.

¡Cuántas veces somos más parecidos a Pedro de lo que imaginamos! También nosotros hacemos promesas hermosas al Señor: “Nunca me apartaré de ti”, “seré fiel”, “voy a cambiar”, “voy a perdonar”, “voy a servir mejor”. Y después, cuando llega la prueba, la presión, el dolor, el miedo o la tentación, descubrimos que no somos tan fuertes como pensábamos.

El evangelio de hoy nos enseña una verdad muy profunda: no basta con tener buenas intenciones; necesitamos la gracia. No basta con amar a Jesús de palabra; hay que dejarse sostener por Él en la hora de la prueba.

2. “Era de noche”: una palabra para nuestras crisis

“Era de noche”. Esa frase puede describir muchas situaciones de nuestra vida.

Es de noche cuando una familia vive divisiones, silencios, resentimientos viejos que no se han sanado.
Es de noche cuando una persona se siente sola, incluso rodeada de gente.
Es de noche cuando la enfermedad, la preocupación o el luto vuelven pesada la existencia.
Es de noche cuando uno se decepciona de sí mismo.
Es de noche cuando cuesta seguir creyendo, seguir esperando, seguir rezando.

Y quizá algunos de nosotros hemos venido hoy precisamente así: con una noche por dentro. Tal vez no una noche de maldad, sino una noche de cansancio, de tristeza, de desconcierto. A veces la noche no tiene nombre. Solo se siente.

Pero la gran noticia del evangelio es esta: Jesús no huye de la noche. Él entra en ella. Él atraviesa la traición, el abandono, la negación, la angustia, la cruz. Él no nos salva desde lejos, sino desde dentro de la oscuridad humana. Por eso solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la noche sin perdernos en ella.

3. La primera lectura: el Siervo llamado desde el seno materno

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta al Siervo del Señor que dice:
“El Señor me llamó desde el vientre de mi madre”.
Y también:
“Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

Esta palabra ilumina profundamente el evangelio. Mientras alrededor parece crecer la oscuridad, Dios sigue sosteniendo su proyecto de salvación. Aunque haya traición, negación, cobardía y cruz, el plan de Dios no fracasa. Jesús es el Siervo fiel, el elegido, el enviado, la luz que no se apaga en la noche.

Qué hermoso es pensar que, aun cuando nosotros atravesamos momentos oscuros, Dios no pierde su designio sobre nuestra vida. Él nos ha llamado. Él nos conoce desde lo profundo. Él no improvisa con nosotros. Incluso cuando nos sentimos inútiles o derrotados, como el Siervo que dice: “En vano me he cansado”, Dios sigue obrando. Lo que a nosotros nos parece fracaso, en sus manos puede convertirse en camino de redención.

Tal vez alguno piense: “Mi esfuerzo ha sido en vano; mi entrega no ha dado fruto; mi familia no cambia; mi sufrimiento no tiene sentido”. Pero la Palabra de hoy responde: nada se pierde en las manos de Dios. Él puede sacar luz de la noche, fidelidad de la fragilidad, resurrección del dolor.

4. El salmo: “Mi boca contará tu salvación”

El salmo responsorial es una oración de inmensa confianza:
“Señor, en ti me refugio”.
“Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza”.
“Mi boca contará tu salvación”.

Es como la respuesta creyente a la noche del evangelio. Frente a la traición de Judas, frente a la debilidad de Pedro, frente a nuestras propias oscuridades, la Iglesia pone en nuestros labios una oración confiada. No se trata de negar la noche, sino de atravesarla agarrados de Dios.

El salmista no dice: “Nunca tuve problemas”, sino: “Tú has sido mi apoyo desde el seno materno”. Es la fe de quien ha conocido luchas, peligros, pruebas, y aun así puede decir: “No me sueltes ahora”. Esa debe ser también nuestra oración en estos días santos:
“Señor, cuando arrecie la noche, no me dejes solo.
Cuando mi fe se debilite, sostenme.
Cuando me sienta tentado a huir, afírmame.
Cuando el dolor me cierre el corazón, vuelve a encender en mí la esperanza”.

5. Judas y Pedro: dos modos de vivir la fragilidad

Hay un contraste muy fuerte entre Judas y Pedro. Ambos fallan. Uno entrega, el otro niega. Uno y otro conocen la debilidad. Pero no terminan igual.

¿Por qué? Porque Pedro, aun cayendo, seguirá unido interiormente a Jesús. Llorará, sí. Se quebrará, sí. Pero no romperá del todo el vínculo del corazón. En cambio Judas se encierra en la oscuridad y no se deja rescatar por la misericordia.

Aquí hay una enseñanza inmensa para nosotros: lo decisivo no es no caer nunca; lo decisivo es no cerrarnos a la gracia cuando caemos. El peor pecado no es la fragilidad, sino la desesperación. El peor fracaso no es tropezar, sino convencerse de que ya no hay vuelta atrás.

Pedro caerá, pero volverá. Y volverá porque, más profundo que su pecado, está la mirada de Jesús, la oración de Jesús, el amor de Jesús.

Eso mismo vale para nosotros. No estamos aquí porque seamos perfectos. Estamos aquí porque el Señor nos ama, nos llama, nos corrige, nos levanta. La Semana Santa no es la celebración de nuestra fortaleza, sino de la fidelidad de Cristo.

6. Una palabra para los familiares, amigos y benefactores

Hoy oramos de manera especial por los familiares, amigos y benefactores. Y la Palabra de Dios nos invita a verlos como parte concreta de la providencia del Señor en nuestra vida.

En medio de las noches personales, Dios suele acercarse a nosotros a través de rostros concretos: una madre que anima, un padre que sostiene, un hermano que escucha, un amigo que permanece, un benefactor que ayuda discretamente, una persona buena que aparece en el momento justo. No pocas veces, cuando todo parece oscuro, la luz de Dios nos llega a través de quienes caminan a nuestro lado.

Cuántos familiares sostienen con paciencia.
Cuántos amigos acompañan en silencio.
Cuántos benefactores ayudan sin hacer ruido, sin pedir reconocimiento, con generosidad sencilla.
Cuánta gente buena hace más llevadera la noche de los demás.

Hoy podemos dar gracias por ellos. Y también pedir por ellos, porque ellos también tienen sus luchas, sus heridas, sus noches. Que el Señor los bendiga, los fortalezca y les recompense el bien que hacen.

Y esta intención orante tiene además una consecuencia muy concreta: no solo rezar por nuestros familiares, amigos y benefactores, sino también procurar nosotros mismos ser para otros una pequeña luz en la noche. A veces no podremos resolver los problemas de los demás, pero sí podremos acompañar, escuchar, consolar, orar, tender la mano.

7. Seguir al Señor en la noche

Pedro pregunta: “Señor, ¿a dónde vas?”.
Y Jesús le responde: “Adonde yo voy no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”.

Qué palabra tan profunda. Hay momentos en los que no entendemos los caminos de Dios. Hay momentos en los que no podemos seguirlo como quisiéramos. Hay procesos que no se maduran de un día para otro. Pedro todavía no está listo para la hora de la cruz. Necesitará pasar por su humillación, por su llanto, por su purificación interior.

También nosotros tenemos procesos. A veces quisiéramos ser ya santos, ya fuertes, ya serenos, ya completamente fieles. Pero el Señor nos va llevando paso a paso. Nos educa incluso a través de nuestras caídas. Nos enseña que el discipulado no se apoya en la autosuficiencia, sino en la confianza.

Seguir a Jesús en la noche significa permanecer, aunque no entendamos todo. Significa no abandonar la oración. Significa no dejar la Eucaristía. Significa no romper con el Señor cuando sentimos que la fe pesa. Significa repetir, aun con voz temblorosa:
“Señor, no te entiendo del todo, pero no quiero irme de tu lado”.
“Señor, soy débil, pero confío en ti”.
“Señor, atraviesa conmigo esta noche”.

8. Mirando ya hacia la Pascua

Martes Santo todavía huele a traición, a incertidumbre, a inminencia de dolor. Pero ya en el fondo late la victoria de Dios. La noche no tendrá la última palabra. La traición no tendrá la última palabra. La negación no tendrá la última palabra. La muerte no tendrá la última palabra.

Cristo es la luz que resplandece en las tinieblas. Y esa luz no es un adorno poético: es una presencia real. Él puede devolvernos la paz. Él puede sanar vínculos rotos. Él puede fortalecer familias cansadas. Él puede bendecir a nuestros amigos y benefactores. Él puede sacar de nuestras noches una historia nueva.

Por eso, hermanos, no tengamos miedo si a veces sentimos oscuridad. Tengamos miedo, más bien, de querer atravesarla sin Él. Porque solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la noche.

Conclusión

En esta Eucaristía pidámosle al Señor tres gracias:

La primera, que nos libre de la oscuridad del corazón endurecido, para no parecernos a Judas.
La segunda, que nos conceda la humildad de Pedro, para reconocer nuestra fragilidad y volver siempre a Él.
Y la tercera, que bendiga abundantemente a nuestros familiares, amigos y benefactores, sosteniéndolos en sus luchas y recompensando su bondad.

Que en esta Semana Santa, cuando las tinieblas parezcan espesarse, podamos repetir con fe:

“Señor, en ti me refugio.”
“Tú eres mi esperanza.”
“No me dejes solo en la noche.”

Amén.

 

 

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