En el corazón de la noche
(Juan 13, 21-33.36-38) Es de noche afuera y también en Judas,
como a veces en nosotros, cuando olvidamos aquel momento en que dijimos con
Pedro: “¡Daré mi vida por ti!”. ¿Cómo seguir al Señor si la noche ha podido más
que nosotros? Podemos pedirle esa gracia cuando las tinieblas se espesan, la
vida se vuelve más pesada, las desgracias nos asaltan, la cólera nos aprieta y
nuestra esperanza se debilita. Solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la
noche.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín
de la tierra
Lectura del libro de Isaías.
ESCÚCHENME, islas; atiendan, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Mi boca contará tu salvación, Señor.
V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame. R.
V. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.
V. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R.
V. Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.
Aclamación
fuiste llevado a la crucifixión, como manso cordero a la matanza.
Evangelio
Uno de ustedes me va a entregar… No cantará el gallo antes de que me hayas
negado tres veces
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su
espíritu y dio testimonio diciendo:
«En verdad, en verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo
decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de
Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
«Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
«Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
«Lo que vas a hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la
bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la
fiesta o dar algo a los pobres.
Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
«Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios
es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo
glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con ustedes. Me buscarán, pero lo
que dije a los judíos se lo digo ahora a ustedes:
“Donde yo voy no pueden venir ustedes”».
Simón Pedro le dijo:
«Señor, ¿adónde vas?».
Jesús le respondió:
«Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
«Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
«¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el
gallo antes de que me hayas negado tres veces».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos y hermanas:
Seguimos
avanzando en esta Semana Santa, y la liturgia de hoy nos introduce en un clima
muy especial: un clima de intimidad, de tristeza, de revelación, de combate
interior. El evangelio nos sitúa en la última cena, en ese momento estremecedor
en que Jesús, ya sabiendo lo que va a ocurrir, se conmueve profundamente y
dice: “Uno de ustedes me
va a entregar”.
No
es una escena lejana. No es un drama que solo le ocurrió a Jesús hace dos mil
años. Es una palabra que toca también nuestra vida. Porque el evangelio de hoy
nos habla de la noche:
la noche de Judas, la noche de Pedro, y también nuestras propias noches.
San
Juan lo expresa con una frase sobria, pero impresionante. Cuando Judas tomó el
bocado y salió, el evangelista dice simplemente: “Era de noche”. No era
solo una indicación horaria. Era también una descripción espiritual. Era de
noche en Jerusalén, sí; pero sobre todo era de noche en el corazón de Judas. Y
a veces también es de noche en nosotros.
Hay
noches del alma. Noches de confusión. Noches de cansancio. Noches de pecado.
Noches de desilusión. Noches en las que uno siente que la fe se le debilita,
que la esperanza se le apaga, que el amor se le enfría. Noches en las que uno
ya no sabe si podrá seguir adelante.
Y,
sin embargo, la liturgia de hoy no está escrita para asustarnos, sino para
mostrarnos que Jesús
conoce la noche humana desde dentro. Él no se escandaliza de
nuestra fragilidad. Él no desconoce nuestras luchas. Él sabe que el corazón humano
puede amar y traicionar; puede prometer fidelidad y luego temblar; puede decir
como Pedro: “Daré mi vida
por ti”, y unas horas después negarlo.
1. Jesús entra en la noche del corazón humano
En
el evangelio vemos tres figuras: Jesús, Judas y Pedro.
Judas representa la traición consumada. Es el
discípulo que ha convivido con Jesús, ha escuchado su palabra, ha visto sus
signos, ha compartido la mesa, y sin embargo deja que la oscuridad se apodere
de su interior. La traición de Judas no comenzó de golpe. La noche no cae de un
segundo para otro. Primero hay pequeñas concesiones, pequeñas mentiras,
pequeños endurecimientos. Poco a poco uno deja de escuchar, deja de amar, deja
de confiar. Y finalmente sale de la presencia del Señor.
Pero
también está Pedro,
y eso nos consuela más, porque Pedro no quiere traicionar. Pedro ama
sinceramente a Jesús. Pedro habla desde el afecto: “Señor, daré mi vida por
ti”. Pero todavía no se conoce bien a sí mismo. Confía demasiado en sus propias
fuerzas. Su amor es real, pero todavía es frágil. Su generosidad es sincera,
pero todavía no ha sido purificada por la humildad.
¡Cuántas
veces somos más parecidos a Pedro de lo que imaginamos! También nosotros
hacemos promesas hermosas al Señor: “Nunca me apartaré de ti”, “seré fiel”, “voy
a cambiar”, “voy a perdonar”, “voy a servir mejor”. Y después, cuando llega la
prueba, la presión, el dolor, el miedo o la tentación, descubrimos que no somos
tan fuertes como pensábamos.
El
evangelio de hoy nos enseña una verdad muy profunda: no basta con tener buenas intenciones;
necesitamos la gracia. No basta con amar a Jesús de palabra;
hay que dejarse sostener por Él en la hora de la prueba.
2. “Era de noche”: una palabra para nuestras
crisis
“Era
de noche”. Esa frase puede describir muchas situaciones de nuestra vida.
Es
de noche cuando una familia vive divisiones, silencios, resentimientos viejos
que no se han sanado.
Es de noche cuando una persona se siente sola, incluso rodeada de gente.
Es de noche cuando la enfermedad, la preocupación o el luto vuelven pesada la
existencia.
Es de noche cuando uno se decepciona de sí mismo.
Es de noche cuando cuesta seguir creyendo, seguir esperando, seguir rezando.
Y
quizá algunos de nosotros hemos venido hoy precisamente así: con una noche por
dentro. Tal vez no una noche de maldad, sino una noche de cansancio, de
tristeza, de desconcierto. A veces la noche no tiene nombre. Solo se siente.
Pero
la gran noticia del evangelio es esta: Jesús
no huye de la noche. Él entra en ella. Él atraviesa la
traición, el abandono, la negación, la angustia, la cruz. Él no nos salva desde
lejos, sino desde dentro de la oscuridad humana. Por eso solo Él puede darnos
la fuerza para atravesar la noche sin perdernos en ella.
3. La primera lectura: el Siervo llamado desde
el seno materno
La
primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta al Siervo del Señor
que dice:
“El Señor me llamó desde
el vientre de mi madre”.
Y también:
“Te hago luz de las
naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.
Esta
palabra ilumina profundamente el evangelio. Mientras alrededor parece crecer la
oscuridad, Dios sigue sosteniendo su proyecto de salvación. Aunque haya
traición, negación, cobardía y cruz, el plan de Dios no fracasa. Jesús es el
Siervo fiel, el elegido, el enviado, la luz que no se apaga en la noche.
Qué
hermoso es pensar que, aun cuando nosotros atravesamos momentos oscuros, Dios no pierde su designio sobre nuestra
vida. Él nos ha llamado. Él nos conoce desde lo profundo. Él no
improvisa con nosotros. Incluso cuando nos sentimos inútiles o derrotados, como
el Siervo que dice: “En vano me he cansado”, Dios sigue obrando. Lo que a
nosotros nos parece fracaso, en sus manos puede convertirse en camino de
redención.
Tal
vez alguno piense: “Mi esfuerzo ha sido en vano; mi entrega no ha dado fruto;
mi familia no cambia; mi sufrimiento no tiene sentido”. Pero la Palabra de hoy
responde: nada se pierde
en las manos de Dios. Él puede sacar luz de la noche, fidelidad
de la fragilidad, resurrección del dolor.
4. El salmo: “Mi boca contará tu salvación”
El
salmo responsorial es una oración de inmensa confianza:
“Señor, en ti me refugio”.
“Tú, Dios mío, fuiste mi
esperanza”.
“Mi boca contará tu
salvación”.
Es
como la respuesta creyente a la noche del evangelio. Frente a la traición de
Judas, frente a la debilidad de Pedro, frente a nuestras propias oscuridades,
la Iglesia pone en nuestros labios una oración confiada. No se trata de negar
la noche, sino de atravesarla agarrados de Dios.
El
salmista no dice: “Nunca tuve problemas”, sino: “Tú has sido mi apoyo desde el
seno materno”. Es la fe de quien ha conocido luchas, peligros, pruebas, y aun
así puede decir: “No me sueltes ahora”. Esa debe ser también nuestra oración en
estos días santos:
“Señor, cuando arrecie la noche, no me dejes solo.
Cuando mi fe se debilite, sostenme.
Cuando me sienta tentado a huir, afírmame.
Cuando el dolor me cierre el corazón, vuelve a encender en mí la esperanza”.
5. Judas y Pedro: dos modos de vivir la
fragilidad
Hay
un contraste muy fuerte entre Judas y Pedro. Ambos fallan. Uno entrega, el otro
niega. Uno y otro conocen la debilidad. Pero no terminan igual.
¿Por
qué? Porque Pedro, aun cayendo, seguirá unido interiormente a Jesús. Llorará,
sí. Se quebrará, sí. Pero no romperá del todo el vínculo del corazón. En cambio
Judas se encierra en la oscuridad y no se deja rescatar por la misericordia.
Aquí
hay una enseñanza inmensa para nosotros: lo
decisivo no es no caer nunca; lo decisivo es no cerrarnos a la gracia cuando
caemos. El peor pecado no es la fragilidad, sino la
desesperación. El peor fracaso no es tropezar, sino convencerse de que ya no
hay vuelta atrás.
Pedro
caerá, pero volverá. Y volverá porque, más profundo que su pecado, está la
mirada de Jesús, la oración de Jesús, el amor de Jesús.
Eso
mismo vale para nosotros. No estamos aquí porque seamos perfectos. Estamos aquí
porque el Señor nos ama, nos llama, nos corrige, nos levanta. La Semana Santa
no es la celebración de nuestra fortaleza, sino de la fidelidad de Cristo.
6. Una palabra para los familiares, amigos y
benefactores
Hoy
oramos de manera especial por los
familiares, amigos y benefactores. Y la Palabra de Dios nos
invita a verlos como parte concreta de la providencia del Señor en nuestra
vida.
En
medio de las noches personales, Dios suele acercarse a nosotros a través de
rostros concretos: una madre que anima, un padre que sostiene, un hermano que
escucha, un amigo que permanece, un benefactor que ayuda discretamente, una
persona buena que aparece en el momento justo. No pocas veces, cuando todo
parece oscuro, la luz de Dios nos llega a través de quienes caminan a nuestro
lado.
Cuántos
familiares sostienen con paciencia.
Cuántos amigos acompañan en silencio.
Cuántos benefactores ayudan sin hacer ruido, sin pedir reconocimiento, con
generosidad sencilla.
Cuánta gente buena hace más llevadera la noche de los demás.
Hoy
podemos dar gracias por ellos. Y también pedir por ellos, porque ellos también
tienen sus luchas, sus heridas, sus noches. Que el Señor los bendiga, los
fortalezca y les recompense el bien que hacen.
Y
esta intención orante tiene además una consecuencia muy concreta: no solo rezar
por nuestros familiares, amigos y benefactores, sino también procurar nosotros
mismos ser para otros una pequeña luz en la noche. A veces no podremos resolver
los problemas de los demás, pero sí podremos acompañar, escuchar, consolar,
orar, tender la mano.
7. Seguir al Señor en la noche
Pedro
pregunta: “Señor, ¿a dónde
vas?”.
Y Jesús le responde: “Adonde
yo voy no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”.
Qué
palabra tan profunda. Hay momentos en los que no entendemos los caminos de
Dios. Hay momentos en los que no podemos seguirlo como quisiéramos. Hay
procesos que no se maduran de un día para otro. Pedro todavía no está listo
para la hora de la cruz. Necesitará pasar por su humillación, por su llanto,
por su purificación interior.
También
nosotros tenemos procesos. A veces quisiéramos ser ya santos, ya fuertes, ya
serenos, ya completamente fieles. Pero el Señor nos va llevando paso a paso.
Nos educa incluso a través de nuestras caídas. Nos enseña que el discipulado no
se apoya en la autosuficiencia, sino en la confianza.
Seguir
a Jesús en la noche significa permanecer, aunque no entendamos todo. Significa
no abandonar la oración. Significa no dejar la Eucaristía. Significa no romper
con el Señor cuando sentimos que la fe pesa. Significa repetir, aun con voz
temblorosa:
“Señor, no te entiendo del todo, pero no quiero irme de tu lado”.
“Señor, soy débil, pero confío en ti”.
“Señor, atraviesa conmigo esta noche”.
8. Mirando ya hacia la Pascua
Martes
Santo todavía huele a traición, a incertidumbre, a inminencia de dolor. Pero ya
en el fondo late la victoria de Dios. La noche no tendrá la última palabra. La
traición no tendrá la última palabra. La negación no tendrá la última palabra.
La muerte no tendrá la última palabra.
Cristo
es la luz que resplandece en las tinieblas. Y esa luz no es un adorno poético:
es una presencia real. Él puede devolvernos la paz. Él puede sanar vínculos
rotos. Él puede fortalecer familias cansadas. Él puede bendecir a nuestros
amigos y benefactores. Él puede sacar de nuestras noches una historia nueva.
Por
eso, hermanos, no tengamos miedo si a veces sentimos oscuridad. Tengamos miedo,
más bien, de querer atravesarla sin Él. Porque solo Él puede darnos la fuerza para atravesar la noche.
Conclusión
En
esta Eucaristía pidámosle al Señor tres gracias:
La
primera, que nos libre de la oscuridad del corazón endurecido, para no
parecernos a Judas.
La segunda, que nos conceda la humildad de Pedro, para reconocer nuestra
fragilidad y volver siempre a Él.
Y la tercera, que bendiga abundantemente a nuestros familiares, amigos y
benefactores, sosteniéndolos en sus luchas y recompensando su bondad.
Que
en esta Semana Santa, cuando las tinieblas parezcan espesarse, podamos repetir
con fe:
“Señor, en ti me refugio.”
“Tú eres mi esperanza.”
“No me dejes solo en la
noche.”
Amén.

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