domingo, 8 de marzo de 2026

9 de marzo del 2026: lunes de la tercera semana de cuaresma

 

La fe que abre el corazón

En el camino cuaresmal de conversión, la Palabra de Dios de hoy nos invita a reconocer cómo actúa el Señor en medio de nuestra historia concreta.

En la primera lectura (2 Re 5,1-15a) escuchamos el relato de Naamán, un hombre poderoso pero enfermo, que busca la curación. Dios no lo sana mediante gestos espectaculares, sino a través de una humilde obediencia: bañarse en el Jordán. Para recibir la gracia, Naamán debe primero vencer su orgullo y aceptar la sencillez del camino que Dios le propone.

El Evangelio (Lc 4,24-30) nos muestra a Jesús rechazado en su propio pueblo. Sus paisanos no logran reconocer en Él al enviado de Dios. Cerrados en sus prejuicios, se escandalizan de que la salvación pueda llegar también a los extranjeros, como la viuda de Sarepta o Naamán el sirio.

La Cuaresma nos invita precisamente a esto: a dejarnos purificar el corazón de nuestras resistencias, de nuestro orgullo y de nuestros prejuicios. Solo un corazón humilde y abierto puede acoger la gracia de Dios que sana, libera y salva.

Pidamos al Señor, al comenzar esta celebración, que nos conceda la sencillez de Naamán y la fe capaz de reconocer su presencia en nuestra vida. Así su Palabra podrá transformarnos y renovar nuestro camino hacia la Pascua.

G.Q




Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (5,1-15a):


EN aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria.
Pero, siendo un gran militar, era leproso.
Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora:
«Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».
Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo:
«Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».
Y el rey de Siria contestó:
«Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».
Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía:
«Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».
Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo:
«¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».
Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran:
«Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».
Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle:
«Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».
Naamán se puso furioso y se marchó diciendo:
«Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio».
Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle:
«Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».
Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 41,2.3;42,3.4

R/.
 Mi alma tiene sed del Dios vivo:
¿Cuándo veré el rostro de Dios?



V/. Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío. R/.

V/. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.

V/. Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R/.


V/. Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,24-30):

HABIENDO llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos deja una enseñanza muy profunda para nuestro camino de Cuaresma: Dios obra muchas veces por caminos sencillos y humildes, no por los caminos espectaculares que nosotros esperamos.

En la primera lectura aparece Naamán, un hombre importante, poderoso, respetado… pero enfermo de lepra. Busca la curación esperando algo extraordinario, un gesto impresionante del profeta. Sin embargo, Dios le propone algo simple: bajarse al Jordán y lavarse siete veces. A Naamán le cuesta aceptar esa sencillez; su orgullo se resiste. Pero cuando finalmente obedece y se sumerge en el río, queda curado.

La enseñanza es clara: para recibir la gracia de Dios es necesario descender, hacerse humilde, aceptar caminos sencillos.

En el Evangelio vemos lo contrario. Jesús llega a Nazaret, su propio pueblo, y en lugar de ser acogido con fe, es rechazado. Sus paisanos creen conocerlo demasiado y no logran abrirse al misterio de Dios presente en Él. El orgullo y el prejuicio les impiden reconocer la salvación.

También a nosotros puede pasarnos lo mismo: queremos que Dios actúe, pero a veces nos cuesta aceptar sus caminos humildes: una conversión sincera, una reconciliación, una oración perseverante, un gesto sencillo de caridad.

Hoy, además, oramos por nuestros difuntos. Ante Dios todos somos necesitados de misericordia. La muerte misma es un gran acto de humildad: dejamos todo en las manos del Señor. Por eso los confiamos con esperanza a su amor, sabiendo que Dios es más grande que nuestras fragilidades y más misericordioso que nuestros juicios.

Pidamos al Señor en esta Eucaristía un corazón humilde, capaz de reconocer su presencia y de acoger su gracia. Y que nuestros fieles difuntos, purificados por su misericordia, descansen en la paz eterna. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos advierte sobre un peligro muy sutil en la vida espiritual: acostumbrarnos a Dios. No es solo el pecado evidente lo que puede alejarnos del Señor; a veces es la rutina espiritual, la familiaridad que nos hace perder la capacidad de reconocer su presencia.

Eso fue lo que ocurrió en Nazaret. Jesús estaba en medio de su propio pueblo. Lo habían visto crecer, conocían a su familia, sabían de su oficio de carpintero. Pero precisamente esa cercanía les impidió ver más allá de lo exterior. Vieron al hombre, pero no descubrieron al Hijo de Dios.

Jesús entonces pronuncia una frase fuerte:
“Ningún profeta es aceptado en su propia tierra.”

¿Por qué sucede esto? Porque cuando creemos conocer demasiado algo o a alguien, dejamos de mirarlo con profundidad. El corazón se acostumbra, y la fe puede volverse superficial.

Por eso Jesús recuerda dos historias del Antiguo Testamento: la viuda de Sarepta y Naamán el sirio. Ambos eran extranjeros, personas de fuera del pueblo de Israel, pero ellos sí supieron abrirse a la acción de Dios.

La primera lectura nos habla precisamente de Naamán. Era un hombre poderoso, respetado, exitoso… pero enfermo de lepra. Cuando va donde el profeta Eliseo buscando curación, espera algo espectacular, un gesto solemne, una intervención impresionante. Sin embargo, el profeta solo le manda decir:
“Ve y lávate siete veces en el Jordán.”

A Naamán le molesta esa sencillez. Le parece indigno de su rango. Se irrita. Pero sus propios servidores le hacen ver algo muy sencillo: si el profeta le hubiera pedido algo difícil, lo habría hecho. ¿Por qué no aceptar algo tan simple?

Finalmente Naamán desciende al río, se sumerge, y queda curado. Y no solo sana su cuerpo: también sana su corazón, porque termina reconociendo al Dios verdadero.

Aquí hay una gran enseñanza para nosotros: la gracia de Dios suele actuar por caminos humildes y sencillos. El problema es que muchas veces nosotros esperamos cosas espectaculares, extraordinarias, visibles. Pero Dios prefiere lo pequeño.

A veces la conversión comienza con gestos muy simples:
una confesión sincera,
una reconciliación,
una oración humilde,
un acto de perdón,
un servicio silencioso,
una obediencia sencilla a la Palabra de Dios.

Naamán tuvo que descender al Jordán. También nosotros necesitamos descender del orgullo, de la autosuficiencia, de la idea de que ya conocemos suficientemente a Dios.

El Evangelio también nos muestra otra cosa muy humana: cuando Jesús confronta la falta de fe de los habitantes de Nazaret, ellos se enfurecen. La verdad les incomoda. Y pasan rápidamente de la admiración a la violencia: intentan despeñarlo.

Esto revela algo profundo del corazón humano: cuando la Palabra de Dios toca nuestras zonas no convertidas, podemos reaccionar con resistencia. A veces preferimos defendernos antes que dejarnos transformar.

Por eso el Evangelio de hoy es también una invitación para nosotros. Quienes hemos crecido en la fe, quienes vamos a misa, quienes escuchamos el Evangelio con frecuencia, también podemos caer en la rutina espiritual.

Podemos escuchar la Palabra sin dejarnos tocar por ella.
Podemos celebrar la Eucaristía sin asombro.
Podemos hablar de Dios sin realmente encontrarnos con Él.

Entonces, a veces, el Señor permite lo que podríamos llamar un “sacudón espiritual”: una palabra que nos confronta, una situación que nos hace replantear la vida, una experiencia que nos despierta de la tibieza. No es para castigarnos, sino para despertarnos.

El salmo de hoy nos muestra la actitud correcta del creyente:
“Mi alma tiene sed del Dios vivo.”

Solo quien tiene sed reconoce a Dios. Solo quien lo busca de verdad descubre su presencia. Cuando el corazón se vuelve autosuficiente o distraído, dejamos de percibirlo incluso cuando está cerca.

Y Cristo hoy sigue estando cerca de nosotros.
Está en la Eucaristía.
Está en la Palabra proclamada.
Está en los sacramentos.
Está en las personas que encontramos cada día.
Está en los momentos sencillos de la vida.

La pregunta que nos deja este Evangelio es muy personal:
¿Estoy realmente atento a la presencia de Cristo en mi vida o me he acostumbrado a Él?

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda un corazón humilde como el de Naamán cuando finalmente se dejó sanar. Que nos libre de la ceguera espiritual de Nazaret. Y que renueve en nosotros el deseo profundo de buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

Que en esta Cuaresma el Señor despierte nuestra fe, para que podamos reconocer su presencia incluso en lo más sencillo y cotidiano.

Amén.

 

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