viernes, 27 de marzo de 2026

28 de marzo del 2026: sábado de la quinta semana de Cuaresma

 

Última provocación

Para los guardianes del pueblo, es decir, las autoridades religiosas, el signo de Lázaro no constituye una prueba del mesianismo de Jesús, sino más bien una provocación peligrosa que confirma, a sus ojos, que Él representa una amenaza para el orden público. Este acto los impulsa a acelerar la condena de Jesús, pues incluso la resurrección es percibida como una transgresión de las normas religiosas.

(Prions en Église)

 


Primera lectura

Ez 37, 21-28

Los haré una sola nación

Lectura de la profecía de Ezequiel.


ESTO dice el Señor Dios:
«Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra. Los haré una sola nación en mi tierra, en los montes de Israel. Un solo rey reinará sobre todos ellos. Ya no serán dos naciones ni volverán a dividirse en dos reinos.
No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones detestables y todas sus transgresiones. Los liberaré de los lugares donde habitaban y en los cuales pecaron. Los purificaré;
ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis preceptos, cumplirán mis prescripciones y las pondrán en práctica. Habitarán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob, en la que habitaron sus padres: allí habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre, y mi siervo David será su príncipe para siempre.
Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Jer 31, 10. 11-12ab. 13 (R.: cf. 10d)

R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

V. Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño. 
R.

V. Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor. 
R.

V. Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. 
R.

 

Aclamación

V. Aparten de ustedes todos sus delitos —dice el Señor—,
renueven su corazón y su espíritu.

 

Evangelio

Jn 11, 45-57

Para reunir a los hijos de Dios dispersos

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús,
creyeron en él.
Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:
«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».
Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
«Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban:
«¿Qué les parece? ¿Vendrá a la fiesta?».
Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

A medida que avanzamos hacia la Semana Santa, la Palabra de Dios se vuelve cada vez más intensa, más dramática, más decisiva. Ya no estamos solamente ante enseñanzas, parábolas o discusiones aisladas. Hoy estamos contemplando el momento en que la decisión de eliminar a Jesús empieza a tomar forma concreta. El Evangelio nos muestra cómo, después del signo extraordinario de la resurrección de Lázaro, muchos creyeron en Jesús, pero otros fueron a contar a los fariseos lo que había hecho. Y entonces, lo que debería haber despertado admiración, gratitud y fe, termina despertando miedo, cálculo y odio.

Qué paradoja tan grande: Jesús devuelve la vida, y los poderosos deciden darle muerte. Jesús realiza una obra de amor, y los dirigentes responden con una conspiración. Jesús se revela como Señor de la vida, y sus enemigos concluyen que hay que hacerlo callar.

Ese es el drama del corazón humano cuando se cierra a Dios: aun delante de la luz, prefiere las tinieblas; aun delante de la vida, se aferra a la lógica de la muerte.

Para las autoridades religiosas, el signo de Lázaro no fue visto como una prueba de la identidad mesiánica de Jesús, sino como una provocación peligrosa. No les interesó preguntarse: “¿Y si verdaderamente Dios está actuando en Él?” Más bien se preocuparon por las consecuencias políticas, sociales y religiosas. Tuvieron miedo de perder poder, influencia y control. En vez de abrirse a la verdad, se encerraron en sus intereses.

Y aquí ya aparece una primera enseñanza para nosotros: no basta ver milagros para creer. Se puede tener delante una señal clarísima de Dios y aun así rechazarla, si el corazón está endurecido. La fe no depende solamente de lo que uno ve, sino de la disposición interior con que uno acoge la presencia de Dios.

¿Cuántas veces también nosotros hacemos algo parecido? Decimos que buscamos a Dios, pero en realidad queremos un Dios que no nos desinstale, que no cuestione nuestros hábitos, que no altere nuestros esquemas, que no nos pida conversión. Nos gusta Jesús mientras consuela, pero no tanto cuando interpela. Lo aceptamos cuando bendice, pero no cuando purifica. Lo seguimos cuando multiplica panes, pero no cuando nos invita a cargar la cruz.

Por eso el Evangelio de hoy no habla solo de los enemigos de Jesús de hace dos mil años. Habla también de nosotros. Habla de nuestras resistencias, de nuestras cerrazones, de esos rincones del alma donde, a veces, preferimos seguir administrando nuestras seguridades antes que dejarnos transformar por la gracia.

En la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel, escuchamos en cambio una promesa bellísima: Dios reunirá a su pueblo, lo purificará, hará con él una alianza de paz, y pondrá su santuario en medio de ellos para siempre. Es un texto lleno de esperanza. Después de la dispersión vendrá la unidad; después de la impureza, la purificación; después de la fractura, la reconciliación; después del exilio, la presencia renovada de Dios.

Mientras los hombres dividen, Dios reúne. Mientras el pecado dispersa, Dios congrega. Mientras la ambición de poder rompe la comunión, Dios sueña con un solo pueblo, un solo pastor, una sola alianza.

Y esa promesa se cumple plenamente en Jesucristo. Él es el verdadero pastor que viene a congregar a los hijos de Dios dispersos. Él es quien derriba los muros, quien sana las divisiones, quien reconstruye la comunión rota. Pero para realizar esa unidad, tendrá que pasar por la cruz. La unidad no se logra por imposición, sino por entrega. La paz no nace del dominio, sino del sacrificio. La salvación no vendrá de una maniobra política, sino del amor llevado hasta el extremo.

De hecho, en el mismo Evangelio aparece la figura de Caifás, que pronuncia una frase tremenda: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo, y no que toda la nación perezca”. Él la dice desde una lógica utilitarista, calculadora, casi cínica. Pero san Juan ve en esas palabras una profecía involuntaria. Caifás piensa en quitar de en medio a un problema; Dios, en cambio, está permitiendo que se anuncie el misterio de la redención: sí, uno morirá por el pueblo, pero no como chivo expiatorio político, sino como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Qué admirable es el modo de obrar de Dios. Incluso de la malicia humana Él sabe sacar un designio de salvación. Incluso cuando los hombres traman el mal, Dios sigue conduciendo la historia hacia el bien. Incluso cuando pareciera triunfar la injusticia, el Señor está preparando la victoria definitiva de la vida.

Esto nos llena de consuelo, especialmente cuando vemos tantas situaciones oscuras en nuestra Iglesia, en nuestras familias, en nuestra sociedad, en nuestro país. Hay momentos en que parece que la mentira avanza, que los intereses egoístas deciden todo, que los inocentes pagan las consecuencias, que la bondad estorba y que la verdad incomoda. Pero la Pasión que ya se aproxima nos recuerda que Dios no abandona la historia. Él sigue escribiendo recto con líneas torcidas. Él sigue salvando. Él sigue reuniendo. Él sigue levantando. Él sigue haciendo nuevas todas las cosas.

El salmo responsorial nos hace cantar: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” Esa es precisamente la voluntad de Dios. No la división, no la sospecha, no la rivalidad, no el resentimiento, no la exclusión. Dios quiere la unidad de sus hijos. Y esa unidad comienza en lo pequeño: en el hogar, en la comunidad, en el equipo de trabajo pastoral, en la amistad, en la parroquia. A veces pedimos grandes signos del cielo, pero el Señor nos está pidiendo algo muy concreto: dejar de alimentar divisiones, sanar relaciones, romper cadenas de orgullo, pedir perdón, ofrecer perdón, dejar de sembrar comentarios destructivos, y comenzar a construir fraternidad.

Porque también hoy se puede “matar” a alguien sin clavos ni cruz: se le mata con la calumnia, con el desprecio, con la indiferencia, con la marginación, con el juicio despiadado, con el cierre del corazón. También hoy se puede conspirar contra la vida del otro cuando no se soporta su luz, su verdad, su bondad, o su diferencia. El Evangelio de hoy es una llamada muy fuerte a revisar nuestra manera de mirar y tratar a los demás.

Y en este sábado, la Iglesia nos invita también a mirar a María. La memoria mariana de los sábados, especialmente en este tiempo cercano a la Pasión, tiene una hondura muy especial. María no participó en las conspiraciones, no manipuló, no calculó, no buscó poder. María permaneció en la verdad, en el silencio fecundo, en la fidelidad humilde. Mientras otros levantaban trampas contra Jesús, Ella guardaba todo en su corazón. Mientras otros aceleraban la condena, Ella seguía creyendo. Mientras muchos interpretaban los acontecimientos desde el miedo o la conveniencia, María los acogía desde la fe.

Ella es la mujer que no se escandaliza del modo de obrar de Dios. Ella no pretende domesticar el misterio. Ella deja que Dios sea Dios. Por eso María es maestra de fe para nosotros en estos días. Cuando no entendemos, Ella nos enseña a confiar. Cuando la oscuridad parece avanzar, Ella nos enseña a esperar. Cuando la cruz se perfila en el horizonte, Ella nos enseña a permanecer.

En un mundo donde tantas veces se condena rápido, se sospecha fácil y se destruye al otro con ligereza, María nos enseña a custodiar la vida, a escuchar antes de juzgar, a creer antes de desesperar, a amar antes de condenar.

Queridos hermanos, a las puertas de la Semana Santa, esta liturgia nos hace una pregunta seria: ¿de qué lado queremos estar? ¿Del lado de quienes, aun viendo la obra de Dios, se cierran por miedo y conveniencia? ¿O del lado de quienes, como María, se abren humildemente al plan del Señor, aunque ese plan pase por la cruz?

Pidámosle hoy al Señor tres gracias.

La primera, la gracia de un corazón limpio, para reconocer su presencia y no rechazarla cuando nos incomoda.

La segunda, la gracia de la unidad, para que nuestras familias y comunidades no vivan dispersas por el egoísmo, sino reunidas por el amor de Cristo.

Y la tercera, la gracia de la fidelidad mariana, para permanecer junto a Jesús en los días luminosos y en las horas oscuras, en la consolación y en la prueba, en la esperanza y en el dolor.

Que Santa María, la Virgen fiel, nos acompañe en este camino cuaresmal. Que ella nos ayude a no ser parte de la conspiración del mundo contra la verdad, sino testigos humildes del Reino. Y que al acercarnos a la cruz de Cristo, descubramos que allí, donde los hombres quisieron imponer la muerte, Dios estaba haciendo brotar la vida para todos.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

A las puertas de la Semana Santa, la Palabra de Dios nos coloca hoy ante un misterio fuerte, desconcertante y al mismo tiempo consolador: Dios puede sacar bien incluso del mal. Eso es lo que aparece de manera dramática en el Evangelio de este día.

Jesús acaba de realizar uno de los signos más grandes de su ministerio: ha resucitado a Lázaro. Humanamente, uno esperaría que semejante acontecimiento provocara alegría, conversión, apertura del corazón. Y, en parte, así sucede: muchos comienzan a creer en Él. Pero otros reaccionan de modo muy distinto: van a contarles a los fariseos lo sucedido, y las autoridades religiosas convocan al Sanedrín para decidir qué hacer con Jesús. Lo que debería haber sido motivo de fe se convierte, paradójicamente, en la aceleración de su condena.

Aquí aparece una verdad dolorosa: el corazón humano, cuando se cierra, puede interpretar hasta la obra más luminosa de Dios como una amenaza. Jesús da vida, y los poderosos ven peligro. Jesús libera, y ellos se sienten desestabilizados. Jesús manifiesta la gloria de Dios, y ellos piensan en perder su posición, su poder, su control.

En el fondo, el problema no era simplemente Jesús. El problema era que Jesús les desordenaba sus seguridades. Les tocaba intereses. Les cuestionaba su modo de ejercer la autoridad. Les hacía ver que podían ser religiosos por fuera, pero muy lejos de Dios por dentro.

Y eso también puede pasarnos a nosotros. A veces decimos que seguimos al Señor, pero solo mientras Él no toque ciertas zonas de nuestra vida. Lo seguimos mientras no nos pida perdón, cambio, humildad, reconciliación o desprendimiento. Pero cuando el Evangelio nos desinstala, cuando nos muestra una verdad incómoda, cuando pone al descubierto nuestras resistencias, entonces podemos reaccionar como el Sanedrín: no dejamos que Cristo nos convierta, sino que tratamos de silenciar su voz.

El Evangelio de hoy tiene en su centro una frase tremenda pronunciada por Caifás: “Conviene que muera uno solo por el pueblo y no que perezca la nación entera.” Él la dice con cálculo político, con frialdad, con egoísmo. Quiere resolver un problema sacrificando a una persona. Pero san Juan nos hace ver que, sin saberlo, Caifás está profetizando. Dice más de lo que imagina. Porque sí: uno va a morir por el pueblo. Pero no como maniobra política, sino como ofrenda redentora. Jesús va a morir por todos, para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Qué grande es el misterio de Dios. Los hombres traman el mal, y Dios, sin querer el mal, sabe reconducirlo hacia el bien. La maldad de unos no frustra el plan divino; más bien, Dios la incorpora misteriosamente a su obra salvadora. No porque apruebe el pecado, sino porque su poder es tan grande que puede hacer brotar la gracia incluso en medio de la injusticia.

Esta verdad debe llenarnos de esperanza. Porque también nosotros vivimos situaciones en las que no entendemos lo que Dios permite. Hay momentos de dolor, traición, enfermedad, rechazo, injusticia, humillación. Hay cruces que no escogimos y caminos que jamás habríamos querido recorrer. Y, sin embargo, la Pasión del Señor nos enseña que nada escapa a la providencia amorosa del Padre. Jesús no fue una víctima pasiva de los acontecimientos. No fue arrastrado ciegamente por la malicia ajena. Él abrazó libremente la voluntad del Padre. Él caminó hacia Jerusalén sabiendo lo que iba a pasar. Él aceptó la cruz para transformarla en camino de vida.

Por eso, cuando entramos en nuestras propias “semanas santas”, es decir, en esos tiempos oscuros de prueba, estamos llamados a no desesperar. Nuestra primera reacción suele ser preguntar: “¿Por qué, Señor?” Pero la fe nos lleva poco a poco a otra actitud: “Señor, ¿qué bien quieres sacar de esto? ¿Cómo vas a glorificarte también aquí? ¿Cómo puedo unir esta cruz a la tuya?”

No se trata de negar el dolor. Jesús no negó el sufrimiento. No se trata de fingir que todo está bien. Tampoco eso hizo el Señor. Se trata de creer que el mal no tiene la última palabra. Se trata de confiar en que, si permanecemos en gracia y unidos a Cristo, hasta aquello que hoy nos hiere puede convertirse en semilla de salvación, de purificación, de madurez, de redención.

La primera lectura del profeta Ezequiel ilumina maravillosamente esta esperanza. Dios promete reunir a su pueblo disperso, purificarlo y establecer con él una alianza de paz. “Haré de ellos una sola nación… tendrán un solo pastor… haré con ellos una alianza eterna”. Es una palabra de reconstrucción. Allí donde había división, Dios crea unidad; donde había dispersión, Dios congrega; donde había infidelidad, Dios restablece la comunión.

Y eso encuentra su cumplimiento en Jesucristo. Él muere precisamente para reunir. Él se entrega precisamente para reconciliar. Él acepta ser rechazado para abrirnos a todos el camino de la filiación y de la fraternidad. La cruz no será derrota, sino el lugar donde los hijos dispersos serán congregados. La herida se convertirá en fuente. La muerte se transformará en vida.

Por eso el salmo de hoy canta: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” Ese es el sueño de Dios. No la división, no el resentimiento, no la exclusión. Y sin embargo sabemos cuánto cuesta vivir esa unidad: en las familias, en las comunidades, en la Iglesia, en la sociedad. A veces basta una herida mal curada, una palabra injusta, un orgullo herido, una envidia, para que empiece la fractura. Y hoy el Señor nos recuerda que Él vino precisamente a reunir lo disperso. Quien se acerca a Cristo de verdad no puede seguir alimentando divisiones. Quien contempla al Crucificado no puede vivir sembrando discordia.

Tal vez una buena pregunta en este día sería esta: ¿qué estoy haciendo yo para la unidad? ¿Soy puente o soy muro? ¿Soy de los que reúnen o de los que dispersan? ¿Mis palabras curan o hieren? ¿Mi presencia pacifica o complica? ¿Estoy dejando que Cristo transforme mi corazón para ser instrumento de comunión?

Y en este sábado, la Iglesia nos invita a mirar de manera especial a la Virgen María. Ella, la Madre fiel, aparece en el horizonte de la Pasión como mujer de fe y de abandono. Mientras otros calculan, conspiran y manipulan, María permanece. Mientras los discípulos todavía no comprenden del todo, Ella sigue creyendo. Mientras el odio crece alrededor de Jesús, Ella no se escandaliza del camino de la cruz.

María es la mujer que supo que Dios puede sacar vida donde solo parece haber dolor. Lo supo en Belén, en la huida a Egipto, en los años de silencio de Nazaret, y sobre todo al pie de la cruz. Ella no entendió todo desde el primer momento, pero nunca dejó de confiar. Por eso, en esta memoria mariana, María se nos presenta como compañera del camino hacia la Semana Santa. Ella nos enseña a no rebelarnos estérilmente contra la cruz, sino a vivirla con fe. Nos enseña a no dejarnos aplastar por la injusticia, sino a ofrecerla a Dios. Nos enseña a esperar contra toda esperanza.

Queridos hermanos, mañana iniciaremos la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Hoy, esta liturgia nos prepara el corazón. Nos dice que la cruz no surgió por accidente. Nos muestra que ya se están moviendo los hilos de la condena. Pero, al mismo tiempo, nos revela que por encima de todos los cálculos humanos está el designio del Padre. Nada escapó de sus manos. Nada escapa tampoco hoy.

Por eso, si alguno de nosotros viene cargando una cruz pesada; si alguien está viviendo una injusticia que no entiende; si alguno siente que ciertas circunstancias de su vida lo están hiriendo profundamente, hoy la Palabra le dice: no desesperes. Dios sigue siendo Señor. Dios sigue conduciendo tu historia. Dios puede sacar bien incluso de aquello que ahora te hace sufrir. Tal vez no lo veas todavía. Tal vez no lo entiendas ahora. Pero si permaneces unido a Cristo, nada se perderá. La cruz, unida a la de Jesús, dará fruto.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda un corazón creyente para entrar en la Semana Santa con profundidad. Que no nos quedemos solo en los ramos, en los signos externos o en los recuerdos emotivos, sino que entremos de verdad en el misterio de Cristo. Que aprendamos a mirar nuestras pruebas desde la luz de la Pasión. Y que, acompañados por la Virgen María, podamos decir con confianza en medio de toda oscuridad: “Señor Jesús, yo confío en ti.”

Amén.

 

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