sábado, 18 de abril de 2026

19 de abril del 2026: Tercer domingo de Pascua-Ciclo A

 

Vivir como apóstoles

Apenas regresados de Emaús, los discípulos esperan pacientemente a que los Apóstoles se expresen para poder, por fin, tomar la palabra. Su encuentro inédito —una interpretación itinerante de las Escrituras y luego la fracción del pan— cede el lugar ante el testimonio apostólico. “A su vez”, los dos discípulos hablan del gesto esencial de la Eucaristía, Palabra y pan consagrado, que ellos han sido los primeros en experimentar.

Entre Apóstoles y discípulos, esta jerarquía sorprendente revela una estructuración antigua de la Iglesia que san Lucas quiere explicar. La fuerza de la experiencia del encuentro con el Resucitado —que no depende de los Apóstoles— debe pasar, sin embargo, por el discernimiento del testimonio único de ellos. Para Lucas, solo ellos responden a la doble exigencia de haber sido compañeros de Jesús por los caminos de la Tierra Santa —siendo testigos de su enseñanza y de los signos poderosos que realizaba— y de haber estado directamente vinculados a los últimos días de la vida de Jesús hasta su resurrección.

En cambio, Cleofás y su compañero dan testimonio de una novedad en el relato de Lucas. Ni las mujeres, que fueron las primeras al sepulcro, ni Simón Pedro tuvieron acceso a esta experiencia de la Palabra que viene a alcanzarnos en nuestros caminos, se despliega en un acompañamiento personalizado, toma cuerpo en la presencia eucarística y nos envía hacia los demás.

También nosotros, a nuestra vez, estamos comprometidos en el camino de la escucha, de la celebración y del servicio en una Iglesia toda ella apostólica.

¿Qué palabra podrá alimentarme durante la semana que comienza?


¿Ante quién voy a dar hoy testimonio del Resucitado?

 

Luc Forestier, prêtre à La Madeleine (diocèse de Lille)

 


Primera lectura

Hch 2, 14. 22-33

No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, entérense bien y escuchen atentamente mis palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante ustedes con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como ustedes mismos saben, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, ustedes lo mataron, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permítanme hablarles con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y
sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que están viendo y
oyendo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 (R.: cf. 11a)

R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

O bien:

R. Aleluya.

V. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
 R.

V. Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. 
R.

V. Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. 
R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. 
R.

 

Segunda lectura

1 Pe 1, 17-21

Fueron liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Puesto que pueden llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, compórtense con temor durante el tiempo de su peregrinación, pues ya saben que fueron liberados de su conducta inútil, heredada de sus padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por ustedes, que, por medio de él, creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Señor Jesús, explícanos las Escrituras; haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas. R.

 

Evangelio

Lc 24, 13-35

Lo reconocieron al partir el pan

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

 

 

                                                            


1   


Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de este tercer domingo de Pascua nos regala una de las páginas más bellas y más humanas de todo el Nuevo Testamento: el camino de Emaús. Es el relato de dos discípulos que caminan tristes, confundidos, decepcionados. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz les ha roto por dentro sus seguridades. Van de camino, sí, pero no avanzan interiormente. Sus pies se mueven, pero su corazón está detenido en el Viernes Santo.

Y, sin embargo, precisamente allí, en ese camino de desencanto, se les acerca Jesús resucitado.

Eso es lo primero que hoy debemos contemplar: el Resucitado no espera a que nosotros estemos fuertes para salir a nuestro encuentro; nos sale al paso precisamente cuando estamos cansados, heridos, desanimados o sin respuestas. Jesús no se aparece primero en medio del aplauso, sino en medio de la crisis. No llega cuando todo está resuelto, sino cuando el alma todavía está hecha pedazos.

Los discípulos de Emaús representan a tantos de nosotros. También nosotros a veces decimos, aunque no sea con palabras: “Señor, yo esperaba otra cosa... esperaba que me respondieras distinto... esperaba que esta enfermedad no llegara... esperaba que este duelo no me golpeara... esperaba que esta familia no se fracturara... esperaba que mi fe fuera más fuerte...”. Y entonces seguimos caminando, pero con el rostro sombrío.

Jesús se acerca y hace algo admirable: primero escucha. No interrumpe de entrada. No regaña. No aplasta. Pregunta: “¿Qué conversación es esa que traen por el camino?”. El Señor resucitado se hace compañero, caminante, oyente. ¡Qué pedagogía tan hermosa para la Iglesia! Antes de hablar, hay que escuchar. Antes de corregir, hay que acompañar. Antes de exigir, hay que caminar al lado.

Luego Jesús les abre las Escrituras. Les enseña a releer la historia desde Dios. Lo que para ellos era solo fracaso, en la luz de la Palabra empieza a adquirir sentido. Entienden que la cruz no fue el final, sino el paso. Que el dolor no tuvo la última palabra. Que el Mesías tenía que padecer para entrar en la gloria.

Aquí aparece una enseñanza muy importante para nosotros: sin la Palabra de Dios, muchas veces interpretamos la vida solo desde la herida; con la Palabra, aprendemos a leerla desde la esperanza. Cuántas personas viven atrapadas en la versión más amarga de su propia historia. Solo ven lo que perdieron, lo que salió mal, lo que no pudo ser. Pero cuando Cristo abre las Escrituras, el corazón empieza a arder. No porque desaparezcan mágicamente los problemas, sino porque descubrimos que Dios sigue actuando incluso en lo incomprensible.

La experiencia del Resucitado pasa por la escucha de la Palabra, por la fracción del pan y por el envío hacia los demás. Es decir: encuentro, Eucaristía y misión. No hay verdadera Pascua sin esas tres dimensiones.

El texto de los Hechos de los Apóstoles nos muestra precisamente eso. Pedro, que antes tuvo miedo, ahora se levanta y anuncia con valentía que Jesús, a quien mataron, ha resucitado. Ya no es el hombre derrotado del patio del sumo sacerdote; ahora es testigo. La Pascua lo ha transformado. El encuentro con el Resucitado no lo dejó encerrado en un consuelo íntimo, sino que lo lanzó al anuncio.

También san Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda que hemos sido rescatados no con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Es decir, nuestra vida vale inmensamente a los ojos de Dios. No somos desecho, no somos accidente, no somos gente condenada a vivir sin horizonte. Somos rescatados, redimidos, amados. Y por eso la Pascua no es un recuerdo bonito, sino una vida nueva.

El salmo, por su parte, pone en nuestros labios una confianza luminosa: “Se me alegra el corazón... me enseñarás el sendero de la vida”. Ese sendero es, justamente, el que recorren los discípulos de Emaús. Comenzaron por el camino de la tristeza y terminaron encontrando el sendero de la vida. Salieron huyendo de Jerusalén y regresaron corriendo a Jerusalén. Salieron abatidos y volvieron misioneros. Salieron con la noche adentro y regresaron con el alba en el alma.

Hay un detalle muy bello: los discípulos reconocen a Jesús al partir el pan. Es decir, la Eucaristía abre los ojos. Lo habían escuchado en el camino, pero lo reconocen en la mesa. Ahí se unen la Palabra y el Pan. La Iglesia siempre ha vivido de esas dos mesas: la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía. Cuando una comunidad se aleja de la Palabra, se enfría; cuando se aleja de la Eucaristía, se debilita; y cuando se aleja de la misión, se encierra.

Hoy el Señor nos pregunta: ¿No arde también nuestro corazón cuando Él nos habla? ¿No necesitamos volver a sentarnos a su mesa? ¿No necesitamos dejar de vivir una fe cansada, rutinaria, apagada?

Muchos bautizados viven como si Cristo hubiera resucitado, sí, pero muy lejos. Como si fuera una verdad del catecismo, pero no una presencia real. Y el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús resucitado sigue caminando con nosotros, sigue explicándonos las Escrituras, sigue partiéndose por nosotros en la Eucaristía y sigue enviándonos a anunciarlo.

La pregunta final es inevitable: ¿ante quién voy a dar testimonio hoy del Resucitado? Porque la fe pascual no puede quedarse dentro del templo. El mundo necesita testigos más que discursos. Necesita ver cristianos cuyo corazón arda, cuya esperanza no se derrumbe fácilmente, cuya caridad sea concreta, cuya palabra consuele, cuya presencia acompañe.

Tal vez hoy usted no tenga que predicar un sermón a nadie. Tal vez su testimonio será escuchar a alguien con paciencia, visitar a un enfermo, reconciliarse con una persona, volver a la confesión, participar con más fe en la Eucaristía, dejar de vivir amargado, o hablar de Cristo con sencillez en casa. Todo eso también es anunciar al Resucitado.

Hermanos, en este tercer domingo de Pascua pidámosle al Señor tres gracias:
que abra nuestra inteligencia para comprender las Escrituras;
que abra nuestros ojos para reconocerlo al partir el pan;
y que abra nuestros labios para anunciarlo con valentía.

Que no seamos cristianos de rostro triste, sino discípulos pascuales.
Que no nos quedemos detenidos en nuestras decepciones, sino que volvamos a Jerusalén, es decir, a la comunidad, a la misión, a la alegría de la fe.
Y que, como los de Emaús, podamos decir también nosotros:
“Quédate con nosotros, Señor”,
porque cuando Él se queda, la noche ya no vence, el corazón vuelve a arder y la vida recobra sentido.

Amén.


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2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos regala uno de los relatos más hermosos, profundos y humanos de todo el Evangelio: el camino de los discípulos de Emaús. En ese episodio estamos retratados todos nosotros. Allí aparece el creyente herido, el discípulo confundido, el hombre o la mujer que un día esperó mucho de Dios y, de repente, se encontró con el dolor, el silencio, la decepción y la oscuridad.

Aquellos dos discípulos caminaban alejándose de Jerusalén. Y no solo se estaban alejando de una ciudad; en cierto modo, se estaban alejando también de su esperanza. Iban conversando, sí, pero no con la alegría del que celebra, sino con el peso del que no entiende. Iban recordando a Jesús, pero como se recuerda un sueño roto. Lo habían visto predicar, sanar, levantar a los caídos, hablar con autoridad, abrir horizontes. Habían creído que Él sería el libertador de Israel. Y, sin embargo, terminó clavado en una cruz.

Por eso dicen con tristeza: “Nosotros esperábamos…”.
¡Qué frase tan dolorosa!
“No sucedió como pensábamos”.
“Creíamos que Dios actuaría de otro modo”.
“Pensábamos que todo iba a terminar bien… y pasó lo contrario”.

¿Cuántas veces también nosotros hemos pronunciado esa frase en silencio?

“Yo esperaba que mi familia estuviera mejor…”
“Yo esperaba que ese enfermo sanara…”
“Yo esperaba que ese matrimonio no se rompiera…”
“Yo esperaba que ese hijo cambiara…”
“Yo esperaba que Dios me respondiera de otra manera…”

Y allí comienza muchas veces la crisis de la fe: no cuando dejamos de creer que Dios existe, sino cuando no entendemos cómo actúa. La duda no siempre nace de la maldad; muchas veces nace del dolor. El desánimo no siempre brota de la rebeldía; con frecuencia brota de una esperanza herida.

Eso fue lo que les ocurrió a los discípulos de Emaús. No eran malos. No habían dejado de amar del todo a Jesús. Pero estaban confundidos. Su corazón estaba pesado porque no lograban unir la cruz con la gloria, el dolor con la promesa, la muerte con la vida. Tenían datos, recuerdos, rumores, noticias del sepulcro vacío, testimonio de las mujeres… pero les faltaba comprensión. Y cuando falta comprensión espiritual, el alma se enfría.

Por eso el Señor se les acerca. Este detalle es bellísimo: Jesús resucitado no abandona a los que dudan; sale a su encuentro. No espera a que ellos regresen fuertes, convencidos y victoriosos. Los alcanza en el camino de su tristeza. Camina con ellos. Los escucha. Les permite vaciar el corazón. Los deja hablar de su decepción. El Resucitado tiene paciencia con la fragilidad humana.

Y después de escucharlos, empieza a iluminar su noche. Les reprocha su lentitud para creer, sí, pero no para humillarlos, sino para abrirles los ojos. Entonces les explica las Escrituras. Les ayuda a comprender que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Es decir: la cruz no fue un fracaso del plan de Dios; fue parte del plan de salvación. Lo que parecía derrota era en realidad camino de victoria. Lo que parecía final era comienzo. Lo que parecía escándalo era misterio de amor.

Aquí está una gran enseñanza para nuestra vida:
muchas de nuestras dudas nacen porque miramos los acontecimientos sin la luz de Dios.
Vemos el dolor, pero no el fruto escondido.
Vemos la herida, pero no la gracia que puede brotar de ella.
Vemos el Viernes Santo, pero no alcanzamos a entrever todavía el amanecer de Pascua.

Hermanos, cuánto necesita nuestro pueblo esa luz. Vivimos en un tiempo en el que muchos caminan como los de Emaús: cansados, decepcionados, desorientados. Hay hogares donde se ha enfriado la esperanza. Hay jóvenes que no encuentran sentido. Hay ancianos que cargan soledades profundas. Hay enfermos que sienten que el camino se les alarga demasiado. Hay personas que rezan, pero por dentro piensan: “¿Dónde está Dios? ¿Por qué no interviene? ¿Por qué permite esto?”

Y el Evangelio de hoy nos responde con delicadeza y firmeza:
Dios sí está caminando con nosotros, aunque nuestros ojos todavía no lo reconozcan.

Jesús camina al lado del que sufre.
Camina junto al que llora a un ser querido.
Camina junto al que carga una cruz silenciosa.
Camina junto al que se siente desilusionado de la Iglesia, de la sociedad, de sí mismo.
Camina junto al que no entiende nada, pero sigue avanzando con el corazón herido.

El problema no es que Cristo esté ausente. El problema es que muchas veces lo buscamos solo en lo extraordinario, y Él se nos hace presente en la Palabra que ilumina, en la comunidad que acompaña, en el hermano que escucha, en el sacerdote que consuela, en el pobre que interpela, y sobre todo en la fracción del pan, en la Eucaristía.

El momento culminante del relato llega precisamente allí. Después de haber escuchado la Palabra, los discípulos le ruegan: “Quédate con nosotros”. Y Jesús entra, se sienta a la mesa, toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da. Entonces se les abren los ojos y lo reconocen.

No es un detalle secundario. San Lucas quiere mostrarnos que el Resucitado se deja reconocer de modo privilegiado en la Eucaristía. Primero arde el corazón al escuchar la Palabra; luego se abren los ojos al partir el pan. Ése es el dinamismo de cada Misa: Cristo nos habla, Cristo nos explica las Escrituras, Cristo nos alimenta con su Cuerpo, y así disipa nuestras dudas y fortalece nuestra esperanza.

Por eso la Eucaristía no es una costumbre más, ni un simple precepto, ni un rito vacío. Es el lugar donde el Resucitado vuelve a encontrarse con nosotros en nuestros caminos de Emaús. Venimos cargados de preguntas, de cansancios, de pecados, de heridas, de temores; y aquí el Señor se nos da como Palabra y como Pan para decirnos: “No estás solo; yo he vencido la muerte; sigue caminando; tu historia no termina en la cruz”.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente a Pedro, ya transformado por la Pascua, proclamando con valentía que Jesús, a quien los hombres crucificaron, ha sido resucitado por Dios. El mismo Pedro que antes tuvo miedo, ahora habla con firmeza. ¿Qué cambió? La Pascua. El encuentro con Cristo vivo. Cuando uno descubre de verdad que Jesús está vivo, ya no puede vivir igual.

Y la segunda lectura, de la primera carta de san Pedro, nos recuerda que hemos sido rescatados no con cosas pasajeras, como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Nuestra salvación costó la vida del Cordero. No somos fruto del azar ni estamos abandonados a nuestra suerte. Hemos sido amados hasta el extremo. Y si hemos sido amados así, entonces incluso nuestras noches tienen sentido en las manos de Dios.

El salmo también nos hace rezar con inmensa confianza:
“Señor, me enseñarás el sendero de la vida”.
Eso fue lo que experimentaron los discípulos de Emaús. El Señor les enseñó el sendero de la vida en medio del desconcierto. Y eso quiere hacer también con nosotros.

Tal vez algunos de nosotros estamos viviendo hoy nuestro propio camino de Emaús. Tal vez hay una pena que todavía no entendemos. Tal vez hay una oración que parece no ser escuchada. Tal vez cargamos la cruz de una enfermedad, un duelo, una soledad, un fracaso, una preocupación económica, una crisis familiar o un cansancio espiritual. Tal vez también nosotros decimos: “Yo esperaba otra cosa…”

Pues bien: el Evangelio de hoy no nos invita a negar el dolor, sino a dejar que Cristo lo ilumine. No nos pide fingir que todo está bien, sino permitir que la Palabra de Dios interprete nuestra historia. No nos llama a una fe superficial, sino a una fe pascual: esa fe que atraviesa la cruz sabiendo que Dios siempre tiene la última palabra.

Pidámosle al Señor, en esta Eucaristía, tres gracias.

La primera: ojos para reconocerlo cuando camina a nuestro lado y no nos damos cuenta.

La segunda: corazón ardiente para escuchar su Palabra y dejarnos instruir por ella.

La tercera: fe profunda en la Eucaristía, para descubrir en el Pan partido la presencia real del Resucitado.

Y cuando terminemos esta celebración, no nos quedemos instalados en la tristeza ni en la duda. Los discípulos, después de reconocer a Jesús, regresaron de inmediato a Jerusalén. Es decir, volvieron a la comunidad, volvieron a la misión, volvieron al anuncio. Quien se encuentra de verdad con Cristo resucitado no puede seguir encerrado en su desánimo. Recupera la esperanza y se convierte en testigo.

Que también nosotros, al salir de esta celebración, podamos decir con verdad:
“¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”

Que el Señor resucitado disipe nuestras dudas, fortalezca nuestra fe, cure nuestras tristezas y nos haga caminar siempre con la certeza de que, aun en la noche, Él sigue vivo, cercano, presente y victorioso.

Amén.

 

 

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