Vivir como apóstoles
Apenas regresados de Emaús,
los discípulos esperan pacientemente a que los Apóstoles se expresen para
poder, por fin, tomar la palabra. Su encuentro inédito —una interpretación
itinerante de las Escrituras y luego la fracción del pan— cede el lugar ante el
testimonio apostólico. “A su vez”, los dos discípulos hablan del gesto esencial
de la Eucaristía, Palabra y pan consagrado, que ellos han sido los primeros en
experimentar.
Entre Apóstoles y discípulos,
esta jerarquía sorprendente revela una estructuración antigua de la Iglesia que
san Lucas quiere explicar. La fuerza de la experiencia del encuentro con el
Resucitado —que no depende de los Apóstoles— debe pasar, sin embargo, por el
discernimiento del testimonio único de ellos. Para Lucas, solo ellos responden
a la doble exigencia de haber sido compañeros de Jesús por los caminos de la
Tierra Santa —siendo testigos de su enseñanza y de los signos poderosos que
realizaba— y de haber estado directamente vinculados a los últimos días de la
vida de Jesús hasta su resurrección.
En cambio, Cleofás y su
compañero dan testimonio de una novedad en el relato de Lucas. Ni las mujeres,
que fueron las primeras al sepulcro, ni Simón Pedro tuvieron acceso a esta
experiencia de la Palabra que viene a alcanzarnos en nuestros caminos, se
despliega en un acompañamiento personalizado, toma cuerpo en la presencia
eucarística y nos envía hacia los demás.
También nosotros, a nuestra
vez, estamos comprometidos en el camino de la escucha, de la celebración y del
servicio en una Iglesia toda ella apostólica.
¿Qué palabra podrá alimentarme
durante la semana que comienza?
¿Ante quién voy a dar hoy testimonio del Resucitado?
Luc Forestier, prêtre à La
Madeleine (diocèse de Lille)
Primera lectura
No era
posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz
y con toda solemnidad declaró:
«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, entérense bien y escuchen atentamente mis
palabras.
A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante ustedes con los milagros,
prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como ustedes mismos saben,
a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto,
ustedes lo mataron, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios
lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible
que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él:
“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permítanme hablarles con franqueza: el patriarca David murió y lo
enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como
era profeta y
sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un
descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando
dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no
experimentará corrupción”. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos
nosotros somos testigos.
Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa
del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que están viendo y
oyendo».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Señor,
me enseñarás el sendero de la vida.
O bien:
R. Aleluya.
V. Protégeme,
Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.
V. Bendeciré
al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.
V. Por
eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.
V. Me
enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.
Segunda
lectura
Fueron
liberados con una sangre preciosa, como la de un cordero sin mancha, Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
Puesto que pueden llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de
cada uno, compórtense con temor durante el tiempo de su peregrinación, pues ya
saben que fueron liberados de su conducta inútil, heredada de sus padres, pero
no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la
de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la
creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por ustedes, que, por
medio de él, creen en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio
gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes estén puestas en Dios.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Señor
Jesús, explícanos las Escrituras; haz que arda nuestro corazón mientras nos
hablas. R.
Evangelio
Lo
reconocieron al partir el pan
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban
caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta
estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras
conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con
ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba
Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí
estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante
Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros
jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos
que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día
desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han
sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo
encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición
de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él
no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era
necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que
se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando;
pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan,
pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron
los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba
las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron
reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor
1
Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio de este tercer domingo de Pascua nos
regala una de las páginas más bellas y más humanas de todo el Nuevo Testamento:
el camino de Emaús. Es el relato de dos discípulos que caminan tristes,
confundidos, decepcionados. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz
les ha roto por dentro sus seguridades. Van de camino, sí, pero no avanzan
interiormente. Sus pies se mueven, pero su corazón está detenido en el Viernes
Santo.
Y, sin embargo, precisamente allí, en ese camino de
desencanto, se les acerca Jesús resucitado.
Eso es lo primero que hoy debemos contemplar: el
Resucitado no espera a que nosotros estemos fuertes para salir a nuestro
encuentro; nos sale al paso precisamente cuando estamos cansados, heridos,
desanimados o sin respuestas. Jesús no se aparece primero en medio del
aplauso, sino en medio de la crisis. No llega cuando todo está resuelto, sino
cuando el alma todavía está hecha pedazos.
Los discípulos de Emaús representan a tantos de
nosotros. También nosotros a veces decimos, aunque no sea con palabras: “Señor,
yo esperaba otra cosa... esperaba que me respondieras distinto... esperaba que
esta enfermedad no llegara... esperaba que este duelo no me golpeara...
esperaba que esta familia no se fracturara... esperaba que mi fe fuera más
fuerte...”. Y entonces seguimos caminando, pero con el rostro sombrío.
Jesús se acerca y hace algo admirable: primero
escucha. No interrumpe de entrada. No regaña. No aplasta. Pregunta: “¿Qué
conversación es esa que traen por el camino?”. El Señor resucitado se hace
compañero, caminante, oyente. ¡Qué pedagogía tan hermosa para la Iglesia! Antes
de hablar, hay que escuchar. Antes de corregir, hay que acompañar. Antes de
exigir, hay que caminar al lado.
Luego Jesús les abre las Escrituras. Les enseña a
releer la historia desde Dios. Lo que para ellos era solo fracaso, en la luz de
la Palabra empieza a adquirir sentido. Entienden que la cruz no fue el final,
sino el paso. Que el dolor no tuvo la última palabra. Que el Mesías tenía que
padecer para entrar en la gloria.
Aquí aparece una enseñanza muy importante para
nosotros: sin la Palabra de Dios, muchas veces interpretamos la vida solo
desde la herida; con la Palabra, aprendemos a leerla desde la esperanza.
Cuántas personas viven atrapadas en la versión más amarga de su propia
historia. Solo ven lo que perdieron, lo que salió mal, lo que no pudo ser. Pero
cuando Cristo abre las Escrituras, el corazón empieza a arder. No porque
desaparezcan mágicamente los problemas, sino porque descubrimos que Dios sigue
actuando incluso en lo incomprensible.
La experiencia del Resucitado pasa por la escucha
de la Palabra, por la fracción del pan y por el envío hacia los
demás. Es decir: encuentro, Eucaristía y misión. No hay verdadera Pascua
sin esas tres dimensiones.
El texto de los Hechos de los Apóstoles nos muestra
precisamente eso. Pedro, que antes tuvo miedo, ahora se levanta y anuncia con
valentía que Jesús, a quien mataron, ha resucitado. Ya no es el hombre
derrotado del patio del sumo sacerdote; ahora es testigo. La Pascua lo ha
transformado. El encuentro con el Resucitado no lo dejó encerrado en un
consuelo íntimo, sino que lo lanzó al anuncio.
También san Pedro, en la segunda lectura, nos
recuerda que hemos sido rescatados no con oro ni plata, sino con la sangre
preciosa de Cristo. Es decir, nuestra vida vale inmensamente a los ojos de
Dios. No somos desecho, no somos accidente, no somos gente condenada a vivir
sin horizonte. Somos rescatados, redimidos, amados. Y por eso la Pascua no es
un recuerdo bonito, sino una vida nueva.
El salmo, por su parte, pone en nuestros labios una
confianza luminosa: “Se me alegra el corazón... me enseñarás el sendero de la
vida”. Ese sendero es, justamente, el que recorren los discípulos de Emaús.
Comenzaron por el camino de la tristeza y terminaron encontrando el sendero de
la vida. Salieron huyendo de Jerusalén y regresaron corriendo a Jerusalén.
Salieron abatidos y volvieron misioneros. Salieron con la noche adentro y
regresaron con el alba en el alma.
Hay un detalle muy bello: los discípulos reconocen
a Jesús al partir el pan. Es decir, la Eucaristía abre los ojos. Lo
habían escuchado en el camino, pero lo reconocen en la mesa. Ahí se unen la
Palabra y el Pan. La Iglesia siempre ha vivido de esas dos mesas: la mesa de la
Palabra y la mesa de la Eucaristía. Cuando una comunidad se aleja de la
Palabra, se enfría; cuando se aleja de la Eucaristía, se debilita; y cuando se
aleja de la misión, se encierra.
Hoy el Señor nos pregunta: ¿No arde también
nuestro corazón cuando Él nos habla? ¿No necesitamos volver a sentarnos a
su mesa? ¿No necesitamos dejar de vivir una fe cansada, rutinaria, apagada?
Muchos bautizados viven como si Cristo hubiera
resucitado, sí, pero muy lejos. Como si fuera una verdad del catecismo, pero no
una presencia real. Y el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús resucitado
sigue caminando con nosotros, sigue explicándonos las Escrituras, sigue
partiéndose por nosotros en la Eucaristía y sigue enviándonos a anunciarlo.
La pregunta final es inevitable: ¿ante quién voy
a dar testimonio hoy del Resucitado? Porque la fe pascual no puede quedarse
dentro del templo. El mundo necesita testigos más que discursos. Necesita ver
cristianos cuyo corazón arda, cuya esperanza no se derrumbe fácilmente, cuya
caridad sea concreta, cuya palabra consuele, cuya presencia acompañe.
Tal vez hoy usted no tenga que predicar un sermón a
nadie. Tal vez su testimonio será escuchar a alguien con paciencia, visitar a
un enfermo, reconciliarse con una persona, volver a la confesión, participar
con más fe en la Eucaristía, dejar de vivir amargado, o hablar de Cristo con
sencillez en casa. Todo eso también es anunciar al Resucitado.
Hermanos, en este tercer domingo de Pascua
pidámosle al Señor tres gracias:
que abra nuestra inteligencia para comprender las Escrituras;
que abra nuestros ojos para reconocerlo al partir el pan;
y que abra nuestros labios para anunciarlo con valentía.
Que no seamos cristianos de rostro triste, sino
discípulos pascuales.
Que no nos quedemos detenidos en nuestras decepciones, sino que volvamos a
Jerusalén, es decir, a la comunidad, a la misión, a la alegría de la fe.
Y que, como los de Emaús, podamos decir también nosotros:
“Quédate con nosotros, Señor”,
porque cuando Él se queda, la noche ya no vence, el corazón vuelve a arder y la
vida recobra sentido.
Amén.
2
Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia de este tercer domingo de Pascua nos
regala uno de los relatos más hermosos, profundos y humanos de todo el
Evangelio: el camino de los discípulos de Emaús. En ese episodio estamos
retratados todos nosotros. Allí aparece el creyente herido, el discípulo
confundido, el hombre o la mujer que un día esperó mucho de Dios y, de repente,
se encontró con el dolor, el silencio, la decepción y la oscuridad.
Aquellos dos discípulos caminaban alejándose de
Jerusalén. Y no solo se estaban alejando de una ciudad; en cierto modo, se
estaban alejando también de su esperanza. Iban conversando, sí, pero no con la
alegría del que celebra, sino con el peso del que no entiende. Iban recordando
a Jesús, pero como se recuerda un sueño roto. Lo habían visto predicar, sanar,
levantar a los caídos, hablar con autoridad, abrir horizontes. Habían creído
que Él sería el libertador de Israel. Y, sin embargo, terminó clavado en una
cruz.
Por eso dicen con tristeza: “Nosotros
esperábamos…”.
¡Qué frase tan dolorosa!
“No sucedió como pensábamos”.
“Creíamos que Dios actuaría de otro modo”.
“Pensábamos que todo iba a terminar bien… y pasó lo contrario”.
¿Cuántas veces también nosotros hemos pronunciado
esa frase en silencio?
“Yo esperaba que mi familia estuviera mejor…”
“Yo esperaba que ese enfermo sanara…”
“Yo esperaba que ese matrimonio no se rompiera…”
“Yo esperaba que ese hijo cambiara…”
“Yo esperaba que Dios me respondiera de otra manera…”
Y allí comienza muchas veces la crisis de la fe: no
cuando dejamos de creer que Dios existe, sino cuando no entendemos cómo
actúa. La duda no siempre nace de la maldad; muchas veces nace del dolor.
El desánimo no siempre brota de la rebeldía; con frecuencia brota de una
esperanza herida.
Eso fue lo que les ocurrió a los discípulos de
Emaús. No eran malos. No habían dejado de amar del todo a Jesús. Pero estaban
confundidos. Su corazón estaba pesado porque no lograban unir la cruz con la
gloria, el dolor con la promesa, la muerte con la vida. Tenían datos,
recuerdos, rumores, noticias del sepulcro vacío, testimonio de las mujeres…
pero les faltaba comprensión. Y cuando falta comprensión espiritual, el alma se
enfría.
Por eso el Señor se les acerca. Este detalle es
bellísimo: Jesús resucitado no abandona a los que dudan; sale a su encuentro.
No espera a que ellos regresen fuertes, convencidos y victoriosos. Los alcanza
en el camino de su tristeza. Camina con ellos. Los escucha. Les permite vaciar
el corazón. Los deja hablar de su decepción. El Resucitado tiene paciencia con
la fragilidad humana.
Y después de escucharlos, empieza a iluminar su
noche. Les reprocha su lentitud para creer, sí, pero no para humillarlos, sino
para abrirles los ojos. Entonces les explica las Escrituras. Les ayuda a
comprender que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Es
decir: la cruz no fue un fracaso del plan de Dios; fue parte del plan de
salvación. Lo que parecía derrota era en realidad camino de victoria. Lo que
parecía final era comienzo. Lo que parecía escándalo era misterio de amor.
Aquí está una gran enseñanza para nuestra vida:
muchas de nuestras dudas nacen porque miramos los acontecimientos sin la luz
de Dios.
Vemos el dolor, pero no el fruto escondido.
Vemos la herida, pero no la gracia que puede brotar de ella.
Vemos el Viernes Santo, pero no alcanzamos a entrever todavía el amanecer de
Pascua.
Hermanos, cuánto necesita nuestro pueblo esa luz.
Vivimos en un tiempo en el que muchos caminan como los de Emaús: cansados,
decepcionados, desorientados. Hay hogares donde se ha enfriado la esperanza.
Hay jóvenes que no encuentran sentido. Hay ancianos que cargan soledades
profundas. Hay enfermos que sienten que el camino se les alarga demasiado. Hay
personas que rezan, pero por dentro piensan: “¿Dónde está Dios? ¿Por qué no
interviene? ¿Por qué permite esto?”
Y el Evangelio de hoy nos responde con delicadeza y
firmeza:
Dios sí está caminando con nosotros, aunque nuestros ojos todavía no lo
reconozcan.
Jesús camina al lado del que sufre.
Camina junto al que llora a un ser querido.
Camina junto al que carga una cruz silenciosa.
Camina junto al que se siente desilusionado de la Iglesia, de la sociedad, de
sí mismo.
Camina junto al que no entiende nada, pero sigue avanzando con el corazón
herido.
El problema no es que Cristo esté ausente. El
problema es que muchas veces lo buscamos solo en lo extraordinario, y Él se nos
hace presente en la Palabra que ilumina, en la comunidad que acompaña, en el
hermano que escucha, en el sacerdote que consuela, en el pobre que interpela, y
sobre todo en la fracción del pan, en la Eucaristía.
El momento culminante del relato llega precisamente
allí. Después de haber escuchado la Palabra, los discípulos le ruegan: “Quédate
con nosotros”. Y Jesús entra, se sienta a la mesa, toma el pan, pronuncia
la bendición, lo parte y se lo da. Entonces se les abren los ojos y lo
reconocen.
No es un detalle secundario. San Lucas quiere
mostrarnos que el Resucitado se deja reconocer de modo privilegiado en la Eucaristía.
Primero arde el corazón al escuchar la Palabra; luego se abren los ojos al
partir el pan. Ése es el dinamismo de cada Misa: Cristo nos habla, Cristo nos
explica las Escrituras, Cristo nos alimenta con su Cuerpo, y así disipa
nuestras dudas y fortalece nuestra esperanza.
Por eso la Eucaristía no es una costumbre más, ni
un simple precepto, ni un rito vacío. Es el lugar donde el Resucitado vuelve a
encontrarse con nosotros en nuestros caminos de Emaús. Venimos cargados de
preguntas, de cansancios, de pecados, de heridas, de temores; y aquí el Señor
se nos da como Palabra y como Pan para decirnos: “No estás solo; yo he vencido
la muerte; sigue caminando; tu historia no termina en la cruz”.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, nos muestra precisamente a Pedro, ya transformado por la Pascua,
proclamando con valentía que Jesús, a quien los hombres crucificaron, ha sido
resucitado por Dios. El mismo Pedro que antes tuvo miedo, ahora habla con
firmeza. ¿Qué cambió? La Pascua. El encuentro con Cristo vivo. Cuando uno
descubre de verdad que Jesús está vivo, ya no puede vivir igual.
Y la segunda lectura, de la primera carta de san
Pedro, nos recuerda que hemos sido rescatados no con cosas pasajeras, como el
oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Nuestra salvación costó
la vida del Cordero. No somos fruto del azar ni estamos abandonados a nuestra
suerte. Hemos sido amados hasta el extremo. Y si hemos sido amados así,
entonces incluso nuestras noches tienen sentido en las manos de Dios.
El salmo también nos hace rezar con inmensa
confianza:
“Señor, me enseñarás el sendero de la vida”.
Eso fue lo que experimentaron los discípulos de Emaús. El Señor les enseñó el
sendero de la vida en medio del desconcierto. Y eso quiere hacer también con
nosotros.
Tal vez algunos de nosotros estamos viviendo hoy
nuestro propio camino de Emaús. Tal vez hay una pena que todavía no entendemos.
Tal vez hay una oración que parece no ser escuchada. Tal vez cargamos la cruz
de una enfermedad, un duelo, una soledad, un fracaso, una preocupación
económica, una crisis familiar o un cansancio espiritual. Tal vez también
nosotros decimos: “Yo esperaba otra cosa…”
Pues bien: el Evangelio de hoy no nos invita a
negar el dolor, sino a dejar que Cristo lo ilumine. No nos pide fingir que todo
está bien, sino permitir que la Palabra de Dios interprete nuestra historia. No
nos llama a una fe superficial, sino a una fe pascual: esa fe que atraviesa la
cruz sabiendo que Dios siempre tiene la última palabra.
Pidámosle al Señor, en esta Eucaristía, tres
gracias.
La primera: ojos para reconocerlo cuando
camina a nuestro lado y no nos damos cuenta.
La segunda: corazón ardiente para escuchar
su Palabra y dejarnos instruir por ella.
La tercera: fe profunda en la Eucaristía,
para descubrir en el Pan partido la presencia real del Resucitado.
Y cuando terminemos esta celebración, no nos
quedemos instalados en la tristeza ni en la duda. Los discípulos, después de
reconocer a Jesús, regresaron de inmediato a Jerusalén. Es decir, volvieron a
la comunidad, volvieron a la misión, volvieron al anuncio. Quien se encuentra
de verdad con Cristo resucitado no puede seguir encerrado en su desánimo.
Recupera la esperanza y se convierte en testigo.
Que también nosotros, al salir de esta celebración,
podamos decir con verdad:
“¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”
Que el Señor resucitado disipe nuestras dudas,
fortalezca nuestra fe, cure nuestras tristezas y nos haga caminar siempre con
la certeza de que, aun en la noche, Él sigue vivo, cercano, presente y
victorioso.
Amén.

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