viernes, 17 de abril de 2026

17 de abril del 2026: viernes de la segunda semana de Pascua

 


Lo poco, colmado por Dios

Hechos 5, 34-42 / Salmo 27(26) / Juan 6, 1-15

Ante la multitud hambrienta, los discípulos solo ven la insuficiencia de sus medios. Jesús, en cambio, toma lo poco que se le ofrece, da gracias y lo convierte en abundancia. Así actúa Dios: no espera grandes recursos, sino confianza y disponibilidad.

Los apóstoles, aun en la prueba, perseveran en el anuncio del Evangelio. Sostenidos por el Señor, descubren que ninguna oposición puede impedir la obra de Dios.

En este tiempo pascual, la Palabra nos invita a poner nuestra pobreza en manos de Cristo. Él sabe transformarla en vida y esperanza.

G.Q

 


Primera lectura

Hch 5, 34-42

Salieron contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran un momento a los apóstoles y dijo:
«Israelitas, piensen bien lo que van a hacer con esos hombres. Hace algún tiempo se levantó Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, se dispersaron todos sus secuaces y todo acabó en nada.
Más tarde, en los días del censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando detrás de sí gente del pueblo; también pereció, y se disgregaron todos sus secuaces.
En el caso presente, les digo: no se metan con esos hombres; suéltenlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograrán destruirlos, y se expondrían a luchar contra Dios».
Le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 26, 1bcde. 4. 13-14 (R.: cf. 4ac)

R. Una cosa pido al Señor:
habitar en su casa.


O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? 
R.

V. Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.
 R.

V. Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. 
R.


Aclamación


R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.



Evangelio

Jn 6, 1-15

Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.
Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:
«¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».
Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Felipe le contestó:
«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Jesús dijo:
«Digan a la gente que se siente en el suelo».
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.
Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:
«Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».
Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:
«Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor.

 

 

***************


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos conduce a una verdad profunda: cuando una vida se pone de verdad en manos de Dios, Él la transforma y la vuelve fecunda en sobreabundancia.

Cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas,  eso ilumina de manera muy hermosa las lecturas de este viernes pascual.

En el Evangelio según san Juan, Jesús contempla a una multitud que lo sigue. No permanece indiferente ante ella. Ve sus necesidades, ve su hambre, ve su cansancio. Y antes incluso de que la gente diga algo, Él toma la iniciativa. Este detalle nos revela el corazón del Señor: Dios no es ajeno al sufrimiento humano. Él ve el dolor del enfermo, la fatiga del que ya no puede más, la angustia del que carga una preocupación silenciosa, la pena del que sufre por dentro, la batalla escondida de quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Cuántas personas hoy viven precisamente así: con dolores físicos, tratamientos, limitaciones, noches largas, diagnósticos inciertos; y cuántas otras sufren por dentro, quizá sin que nadie lo note: tristeza, ansiedad, soledad, decepción, heridas afectivas, culpas antiguas, cansancio espiritual. El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús ve esa hambre profunda del ser humano y no se desentiende.

Pero entonces aparece una dificultad. Jesús pregunta a Felipe dónde comprar pan para tanta gente. Felipe hace cuentas. Andrés encuentra a un muchacho con cinco panes y dos peces, pero añade enseguida: “¿qué es eso para tantos?”. Es la lógica humana de la insuficiencia. Y, seamos sinceros, es también nuestra lógica de cada día. Cuántas veces nosotros pensamos: “No me alcanza”. No me alcanza la fuerza, no me alcanza la salud, no me alcanza la paciencia, no me alcanza el ánimo, no me alcanza la fe.

Sin embargo, el Señor no pide que tengamos soluciones gigantescas. Pide algo más humilde y más decisivo: que le entreguemos lo poco que tenemos. El milagro no comienza con abundancia humana, sino con una pequeñez ofrecida. Cinco panes y dos peces parecen nada ante una multitud hambrienta. Pero en las manos de Cristo, esa pobreza se convierte en plenitud. Así obra Dios. No necesita grandezas espectaculares; necesita corazones disponibles.

Cumplir la voluntad del Padre no significa hacer siempre cosas extraordinarias. Muchas veces significa sencillamente decir: “Señor, aquí estoy; esto soy; esto tengo; esto puedo ofrecerte”. A veces será nuestro trabajo. Otras veces será nuestro cansancio. Otras, nuestra enfermedad. Otras, nuestro arrepentimiento. Otras, una oración hecha con dificultad. Otras, una lágrima ofrecida en silencio. Cuando eso se pone en manos de Dios, el Señor lo bendice, lo multiplica y lo convierte en gracia para muchos.

El Hijo no rehuyó el sacrificio que le esperaba. Esa frase ilumina de manera especial este día penitencial. Nosotros no buscamos el sufrimiento por sí mismo, pero tampoco estamos llamados a huir de todo lo que cuesta amar, servir, perdonar, esperar, mantenerse fiel. Hay una parte de la vida cristiana que pasa por la cruz. Jesús no escapó de ella. La asumió por amor y por obediencia al Padre. Y en esa obediencia, la cruz dejó de ser fracaso para convertirse en camino de salvación.

También en la primera lectura encontramos algo de esto. Los apóstoles son azotados, humillados, perseguidos. Sin embargo, salen contentos por haber merecido sufrir por el nombre de Jesús. Esto no significa que el dolor deje de doler. Significa que, cuando el sufrimiento se vive unido al Señor, deja de ser absurdo. Se convierte en testimonio, en ofrenda, en fidelidad. El discípulo descubre entonces que incluso la herida puede ser lugar donde Dios manifieste su gloria.

Para quienes hoy sufren en el cuerpo y en el alma, esta palabra es especialmente valiosa. Tal vez uno se pregunte: “¿Qué sentido tiene esta enfermedad? ¿Qué sentido tiene esta tristeza? ¿Qué sentido tiene esta prueba tan larga?”. La Pascua no responde con frases fáciles. La Pascua responde con la presencia del Resucitado. Nos dice que el dolor no tiene la última palabra, que la noche no es eterna, que la herida ofrecida a Dios puede volverse fecunda, y que nada de lo vivido con amor se pierde.

Y el Evangelio lo expresa de forma bellísima: después de que todos comieron, sobraron panes. Esto es decisivo. Jesús no solo remedia una necesidad; Jesús da en sobreabundancia. Así es la gracia. Dios no da a medias. Su misericordia es sobreabundante. Su paciencia es sobreabundante. Su ternura es sobreabundante. Su poder para levantar al caído es sobreabundante. Nosotros solemos medir con cálculos humanos; Dios, en cambio, ama con desmesura.

Tal vez hoy alguien se siente interiormente vacío, como si ya no tuviera nada que ofrecer. El Evangelio dice lo contrario: si eso poco que queda se pone en las manos de Cristo, puede comenzar un milagro. Quizá no siempre el milagro visible e inmediato que esperamos; pero sí el milagro más hondo: el del corazón sostenido, el alma consolada, la fe renovada, la esperanza que vuelve, la serenidad que poco a poco renace.

El salmo responsorial nos da la actitud justa: “Tu rostro buscaré, Señor”. Eso es lo esencial. En la prueba no buscamos solo que cambien las circunstancias; buscamos el rostro del Señor. En la enfermedad, en el duelo, en la penitencia, en la lucha interior, el creyente repite: “Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor”. Es decir, más allá de mis dolores, de mis temores y de mis carencias, quiero permanecer contigo.

Y en la primera lectura, la intervención de Gamaliel nos deja otra enseñanza de serenidad y confianza: si esta obra viene de Dios, no podrán destruirla. También eso vale para la obra de Dios en nosotros. A veces nos vemos frágiles, inconstantes, golpeados por la vida o por nuestras propias caídas. Pero si Dios ha comenzado algo en nosotros, Él puede sostenerlo, purificarlo y llevarlo a plenitud.

En este viernes penitencial, el Señor nos invita entonces a tres cosas muy concretas.

Primero, a reconocer nuestra pobreza sin vergüenza delante de Él.
Segundo, a ofrecerle esa pobreza con humildad y confianza.
Y tercero, a creer que su gracia puede más que nuestra insuficiencia.

Traigamos hoy al altar a los enfermos del cuerpo: quienes padecen dolores, limitaciones, tratamientos, agotamiento y fragilidad. Y traigamos también a los enfermos del alma: quienes viven angustiados, heridos, desanimados, atrapados en la culpa, abatidos por la tristeza o la soledad. Presentemos también nuestras propias cruces. Y dejemos que Cristo tome ese pequeño pan de nuestra vida, lo bendiga y lo multiplique.

Que esta Eucaristía nos enseñe a no huir del sacrificio que acompaña al amor verdadero. Que nos enseñe a creer en la sobreabundancia de la gracia. Y que, aun en medio de nuestras noches, podamos decir con fe: “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”.

Amén.

 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




16 de junio del 2026: martes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

    Desarmante (Mateo 5,43-48) Amar a los enemigos: violentos, tiranos, abusadores, perseguidores… ¡imposible! Jesús no dice que haya que...