miércoles, 15 de abril de 2026

16 de abril del 2026: jueves de la segunda semana de Pascua


“El Espíritu está ahí”

(Hechos 5, 27-33; Juan 3, 31-36) He aquí el núcleo central de la predicación de los Apóstoles: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo del madero del suplicio.” A través de este testimonio se afirma la presencia operante del Espíritu Santo: Espíritu sin medida dado por Dios a su Hijo amado. La exasperación del Consejo supremo, que rechaza este testimonio, conduce a la ira de Dios. Nuestra obediencia conduce a la vida eterna.

Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste     

 


Primera lectura

Hch 5, 27-33

Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
«¿No les habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, han llenado Jerusalén con su enseñanza y quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen».
Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 2 y 9. 17-18. 19-20 (R.: 7ab)

R. El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. 
R.

V. El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. 
R.

V. El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Porque me has visto, Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin haber visto. R.

 

Evangelio

Jn 3, 31-36

El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EL que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos pone ante una verdad fuerte, luminosa y exigente: Cristo ha resucitado, el Espíritu Santo está actuando, y nadie puede detener la obra de Dios.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pedro y a los demás compareciendo ante el Sanedrín. Los han hecho callar, los han amenazado, los han perseguido. Pero ellos no retroceden. Y Pedro pronuncia una frase que atraviesa los siglos y sigue resonando hoy con una fuerza impresionante: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Esa frase no es un gesto de rebeldía caprichosa. No es orgullo. No es terquedad humana. Es la confesión serena y valiente de quien ha sido tocado por la Resurrección. Los Apóstoles ya no anuncian una teoría, ni una ideología, ni un sentimiento pasajero. Anuncian un acontecimiento: Jesús, a quien ustedes crucificaron, ha resucitado. Y anuncian también una certeza: el Espíritu Santo ha sido dado a quienes obedecen a Dios.

Ahí está el corazón del mensaje cristiano. La Iglesia existe para eso: para proclamar que Cristo vive. La obra evangelizadora de la Iglesia no nace de una estrategia de mercadeo, ni de un plan humano, ni de una simple simpatía religiosa. Nace de una experiencia pascual: hemos encontrado al Resucitado y no podemos callarlo.

El Evangelio según san Juan profundiza aún más esta verdad. Jesús dice que el que viene de arriba está por encima de todos, que habla las palabras de Dios, y que Dios no da el Espíritu con medida. ¡Qué frase tan hermosa! No da el Espíritu con medida. Dios no ama a medias. Dios no salva a medias. Dios no comunica su vida a cuentagotas. En su Hijo amado, Dios nos lo entrega todo.

A veces nosotros vivimos una fe “medida”: una fe con cálculos, una fe con miedo, una fe reducida a costumbre, una fe que no quiere comprometerse demasiado. Pero Dios no actúa así. Dios derrama su Espíritu abundantemente. El problema no está en que Dios dé poco; el problema muchas veces está en que nosotros abrimos poco el corazón.

Y eso vale también para la evangelización. Una Iglesia temerosa, cerrada, cansada, acomplejada, no puede anunciar con alegría. En cambio, una Iglesia llena del Espíritu es una Iglesia que sale, que habla, que consuela, que corrige, que acompaña, que sirve, que llama, que invita, que despierta vocaciones.

Por eso hoy, al orar por la Obra evangelizadora de la Iglesia, hemos de pedir que no nos gane el cansancio pastoral, ni la rutina, ni el desaliento. Evangelizar no es simplemente organizar actividades. Evangelizar es dejar que el Espíritu Santo haga de nosotros testigos de Jesucristo. Y un testigo no solo habla: también transparenta con su vida aquello que anuncia con los labios.

Y junto con esta intención, oramos por las vocaciones. Porque donde el Evangelio se anuncia con fuego, allí surgen vocaciones. Cuando un joven ve un sacerdote feliz en su entrega, una religiosa luminosa en su servicio, una familia cristiana coherente, un catequista convencido, una comunidad viva, puede comenzar a preguntarse: “Señor, ¿qué quieres de mí?”

Las vocaciones no nacen en un laboratorio. Nacen en el corazón de Dios y florecen en comunidades creyentes, orantes y misioneras. Por eso no basta lamentarnos diciendo que faltan vocaciones. Hay que preguntarnos también: ¿estamos creando un ambiente donde sea posible escuchar la voz de Dios? ¿Estamos mostrando una Iglesia viva, alegre, enamorada de Cristo?

El Salmo de hoy nos da otra clave: “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.” Cuántas veces la obra evangelizadora parece difícil. Cuántas veces los sembradores del Evangelio se sienten solos. Cuántas veces hay rechazo, indiferencia o incomprensión. Pero el Señor no abandona a los suyos. La Pascua nos recuerda que la última palabra no la tienen los poderosos, ni los perseguidores, ni los que se cierran a la verdad. La última palabra la tiene Dios. Y esa palabra es vida.

Hermanos, hoy la Palabra nos invita a tres cosas muy concretas:

Primero, creer de verdad en Jesucristo, el enviado del Padre, aquel sobre quien reposa el Espíritu sin medida.

Segundo, obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque eso exija valentía, aunque implique incomodidad, aunque nos traiga incomprensiones.

Y tercero, pedir un nuevo ardor evangelizador y vocacional para la Iglesia. Que no falten sacerdotes santos, religiosos generosos, matrimonios fieles, jóvenes disponibles, laicos apasionados por el Reino.

Que María, Madre de la Iglesia, mujer dócil al Espíritu, nos enseñe a recibir la gracia de Dios sin resistencias y a convertirnos en testigos valientes de Cristo Resucitado.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos coloca delante de una pregunta decisiva: ¿qué clase de fe tenemos?
¿Una fe solamente pensada, solamente repetida, solamente heredada, solamente cultural?
¿O una fe viva, capaz de transformarnos, de mover nuestra voluntad, de cambiar nuestro modo de vivir, de hablar, de decidir y de amar?

El evangelio de san Juan nos presenta unas palabras muy fuertes de Jesús:
“El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que no cree en el Hijo no verá la vida.”

Estas palabras nos obligan a tomarnos en serio la fe. Porque creer en Jesucristo no es simplemente aceptar una idea religiosa ni admitir intelectualmente que Dios existe. Hasta el demonio sabe que Dios existe. El problema no es saberlo, sino abrirse a Él, obedecerle, dejarse transformar por Él.

1. Una fe que no transforme, todavía no ha madurado

Muchos podrían decir: “Yo creo en Dios”, “yo soy católico”, “yo fui bautizado”, “yo voy a misa de vez en cuando”. Pero la liturgia de hoy nos empuja a ir más al fondo:
¿Esa fe te está cambiando realmente?
¿Te hace más humilde?
¿Más misericordioso?
¿Más obediente a la voluntad de Dios?
¿Más disponible para servir?
¿Más comprometido con el Evangelio?

Porque la verdadera fe no se queda en la cabeza. Baja al corazón. Y del corazón pasa a las manos, a la lengua, a las decisiones, a la conducta diaria.

Creer en Cristo significa escuchar su Palabra y permitir que ella nos reoriente. Significa renunciar a lo que no es de Dios. Significa aceptar que el Evangelio no solo nos consuela, sino que también nos corrige, nos purifica, nos poda, nos llama a conversión.

Hay personas que quieren un Cristo que bendiga sus planes, pero no un Cristo que los cambie. Quieren el consuelo del Evangelio, pero no sus exigencias. Quieren la promesa de la vida eterna, pero no el camino de la obediencia. Y ahí está la gran tensión espiritual de este texto.

2. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”

La primera lectura nos ofrece una escena impresionante. Pedro y los apóstoles comparecen ante el Sanedrín. Han sido prohibidos, vigilados, amenazados. Sin embargo, no se retractan. Y Pedro dice con firmeza:
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Esa es la fe que transforma.
No una fe acomodada.
No una fe diplomática.
No una fe silenciosa por miedo.
Sino una fe pascual, una fe que nace del encuentro con Cristo resucitado.

Los apóstoles ya no pueden callar porque han sido tocados por una verdad mayor que sus miedos. Ellos anuncian el núcleo de toda evangelización:
“El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo de un madero.”

Ese es el centro de la predicación apostólica. Ese es el corazón de la Iglesia. Ese es el contenido de toda verdadera obra evangelizadora: Cristo ha muerto y ha resucitado; Cristo vive; Cristo salva; Cristo llama a la conversión; Cristo ofrece perdón y vida nueva.

La evangelización no consiste primero en transmitir valores, ni normas, ni costumbres, aunque todo eso tenga su lugar. Evangelizar es anunciar una Persona viva: Jesucristo, el Señor resucitado.

3. El “temor de Dios”: no terror servil, sino conciencia santa

No olvidemos que el santo temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo. Hoy esa expresión puede malinterpretarse. Algunos la identifican con un miedo enfermizo a Dios, como si Dios fuera un tirano esperando castigarnos. Pero no es eso.

El santo temor de Dios comienza, sí, con el miedo a perder la gracia, a apartarnos de Dios, a cerrarnos a la vida eterna. Pero madura hasta convertirse en algo mucho más hermoso: el temor amoroso de no querer ofender a Aquel que nos ama, el deseo ardiente de no alejarnos de Él, la delicadeza del alma que no quiere romper la amistad con Dios.

Es el temor del hijo que no quiere herir el corazón del padre.
Es el temor del discípulo que no quiere traicionar al Maestro.
Es el temor del enamorado que no quiere perder al Amado.

Por eso, cuando el Evangelio habla de la “ira de Dios”, no debemos imaginarnos una explosión emocional de parte de Dios. Más bien se trata de la consecuencia seria y real de cerrarse a la verdad, de rechazar la gracia, de resistirse obstinadamente al amor. Dios respeta profundamente nuestra libertad. No nos fuerza a salvarnos. No nos impone la vida eterna. La ofrece, la regala, la suplica casi, pero no la impone.

Y aquí hay una verdad muy actual: el peor castigo del ser humano no siempre es un castigo externo; muchas veces es quedarse sin Dios por haberse negado a recibirlo.

4. Fe, esperanza y caridad: una sola corriente de vida

La Palabra hoy también nos recuerda que la fe verdadera no camina sola. Va unida a la esperanza y a la caridad.

La fe me hace reconocer a Dios y su verdad.
La esperanza me impulsa a caminar hacia lo que Dios promete.
La caridad me mueve a amar como Dios ama.

Cuando estas tres virtudes se unen, la fe deja de ser teoría y se vuelve vida. Entonces sí aparece el cristiano maduro: el que no solo dice “Señor, Señor”, sino el que hace la voluntad del Padre.

Por eso conviene preguntarnos con sinceridad:
¿Estoy hoy más cerca de Dios que hace un año?
¿Mi fe ha crecido o se ha estancado?
¿He dejado que el Evangelio modifique algo concreto en mí?
¿O sigo siendo, en el fondo, la misma persona, con las mismas resistencias, los mismos egoísmos, la misma tibieza?

La Pascua no es un recuerdo bonito. La Pascua es una fuerza transformadora. Cristo resucitado no vino solo a emocionarnos, sino a resucitar zonas muertas de nuestra vida.

5. La obra evangelizadora de la Iglesia necesita testigos transformados

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Y esta Palabra viene como anillo al dedo. Porque la Iglesia evangeliza con fecundidad cuando sus miembros han sido realmente transformados por Cristo.

El mundo no necesita solo maestros que expliquen doctrinas. Necesita testigos que hablen desde una experiencia. Necesita cristianos en quienes se note que Jesús vive. Necesita sacerdotes, religiosos, catequistas, padres de familia, jóvenes, laicos comprometidos, que no reduzcan la fe a discurso, sino que la encarnen.

La evangelización pierde fuerza cuando el mensaje no pasa por la vida del evangelizador. Pero adquiere una potencia enorme cuando quien anuncia puede decir, aunque sea humildemente:
“Yo no les hablo de alguien lejano; yo les hablo de Aquel que me ha levantado, me ha perdonado, me ha sostenido y me sigue cambiando.”

La Iglesia evangeliza cuando predica, sí. Pero también cuando sirve, cuando acompaña, cuando sufre con los que sufren, cuando educa, cuando defiende la dignidad humana, cuando consuela, cuando perdona, cuando se arrodilla para orar, cuando sale al encuentro de los alejados.

6. Y de esa Iglesia nacen las vocaciones

También oramos hoy por las vocaciones. Y hay que decirlo con claridad: las vocaciones nacen donde hay fe viva. Donde Cristo es amado de verdad. Donde la comunidad no se conforma con una religión de costumbre. Donde se predica con convicción. Donde se ora intensamente. Donde se vive con alegría el seguimiento de Jesús.

Una vocación sacerdotal o religiosa no brota del vacío. Nace cuando alguien descubre que Cristo vale la pena. Nace cuando un joven ve un sacerdote auténtico. Nace cuando contempla una religiosa feliz en su entrega. Nace cuando una familia enseña a escuchar a Dios. Nace cuando una parroquia se convierte en hogar espiritual y escuela de discernimiento.

Si queremos vocaciones, no basta pedirlas de palabra. Hay que crear un clima espiritual donde sea posible escuchar la voz de Dios. Un ambiente en el que los jóvenes puedan preguntarse sin miedo:
“Señor, ¿qué quieres de mí?”
“¿Dónde me necesitas?”
“¿Cómo puedo entregarte mi vida?”

Y esto vale no solo para el sacerdocio o la vida consagrada. También hay vocación al matrimonio santo, a la misión laical, al servicio eclesial, al compromiso generoso con el Reino. Toda vocación verdadera nace de una fe que se deja transformar.

7. El salmo de hoy: una Iglesia que confía

El salmo nos regala una palabra de consuelo:
“Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.”
Qué importante es esto para la Iglesia evangelizadora. Porque evangelizar no siempre es fácil. Hay cansancio, oposición, indiferencia, rechazo, escasez de obreros, incomprensiones internas y externas. Pero el Señor escucha a su pueblo. El Señor no abandona su obra. El Señor sigue llamando. El Señor sigue sosteniendo.

Nos toca a nosotros no endurecer el corazón. No enfriar la fe. No reducir el cristianismo a una identidad cultural vacía. No quedarnos en un asentimiento intelectual. Hay que pasar a una fe obediente, operante, fecunda.

Conclusión

Hermanos, hoy la Palabra nos llama a revisar la autenticidad de nuestra fe.
No basta decir que creemos.
Hay que vivir como creyentes.
No basta admirar a Jesús.
Hay que obedecerle.
No basta defender ideas religiosas.
Hay que dejarse transformar por el Resucitado.

Pidamos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia: que sea valiente, fiel, luminosa, llena del Espíritu Santo.
Pidamos por las vocaciones: que el Señor siga llamando y que haya corazones generosos dispuestos a responder.
Y pidamos también por cada uno de nosotros: que nuestra fe no sea estéril, sino viva; no solo pensada, sino encarnada; no solo confesada con los labios, sino demostrada con la vida.

Que María, Madre de la Iglesia y mujer totalmente dócil a la Palabra, nos enseñe a creer de tal manera que nuestra fe se convierta en obediencia, nuestra obediencia en testimonio, y nuestro testimonio en semilla de nuevas vocaciones para la Iglesia.

Amén.

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