Misión con riesgo
Hechos 16, 11-15; Juan 15, 26–16, 4a
En el corazón de su discurso de despedida, Jesús
anuncia a los suyos que un soplo venido del Padre los asistirá en su testimonio
a favor de Él. No les oculta que a veces se verán enfrentados al peligro de la
muerte, como Él, porque ya están maduros para anticipar los riesgos de su
misión. Sin embargo, esta misión también puede encontrar personas que abren
generosamente su corazón y su casa, como Lidia.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
El Señor le
abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
NOS hicimos a la mar en Tróade y pusimos rumbo hacia Samotracia; al día
siguiente salimos para Neápolis y de allí para Filipos, primera ciudad del
distrito de Macedonia y colonia romana. Allí nos detuvimos unos días.
El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde
pensábamos que había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación
con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural
de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba
escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.
Se bautizó con toda su familia y nos invitó:
«Si están convencidos de que creo en el Señor, vengan a hospedarse en mi casa».
Y nos obligó a aceptar.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor ama a su pueblo.
O bien:
R. Aleluya.
V. Canten
al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sion por su Rey. R.
V. Alaben
su nombre con danzas,
cántenle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes. R.
V. Que los
fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca.
Es un honor para todos sus fieles R.
Aclamación
V. El Espíritu
de la verdad dará testimonio de mí —dice el Señor—;
y ustedes darán testimonio. R.
Evangelio
El Espíritu
de la verdad dará testimonio de mí
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito, que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la
verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también ustedes
darán testimonio, porque desde el principio están conmigo.
Les he hablado de esto, para que no se escandalicen. Los excomulgarán de la
sinagoga; más aún, llegará incluso una hora
cuando el que les dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque
no han conocido ni al Padre ni a mí.
Les he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que yo
se lo había dicho».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos y hermanas:
En este lunes de la sexta semana de Pascua, la
Palabra de Dios nos coloca ante una realidad muy profunda: seguir a Cristo
Resucitado es una alegría, pero no una alegría cómoda; es una misión, pero no
una misión sin riesgos; es una esperanza, pero no una esperanza ingenua.
Jesús, en el Evangelio, está hablando con sus
discípulos en el contexto de la Última Cena. Son palabras de despedida. Jesús
sabe que se acerca la hora de la cruz. Sabe que sus discípulos quedarán
confundidos, asustados, perseguidos. Por eso les habla con claridad, sin
engañarlos: “Los expulsarán de las sinagogas; más aún, llegará la hora en que
todo el que los mate pensará que da culto a Dios”.
Son palabras fuertes. Jesús no promete a sus
discípulos aplausos, seguridad humana ni caminos fáciles. Les anuncia que dar
testimonio de Él puede traer incomprensión, rechazo e incluso persecución. Pero
junto a esa advertencia, les deja una promesa luminosa: “Cuando venga el
Paráclito, que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, Él dará
testimonio de mí; y también ustedes darán testimonio”.
Aquí está el corazón del mensaje de hoy: el
cristiano no da testimonio solo. El discípulo no camina únicamente con sus
fuerzas. La Iglesia no evangeliza por estrategia humana, sino por la fuerza del
Espíritu Santo. El mismo Espíritu que sostuvo a Jesús en su misión, el mismo
Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, es quien acompaña ahora a los
discípulos.
Y eso es Pascua: no solo celebrar que Cristo vive,
sino descubrir que su Espíritu sigue actuando en nosotros.
La primera lectura nos muestra esta acción del
Espíritu en la misión de Pablo. Pablo llega a Filipos, una ciudad importante de
Macedonia. Allí, junto al río, encuentra un grupo de mujeres reunidas para la
oración. Entre ellas está Lidia, una mujer comerciante, vendedora de púrpura,
una mujer trabajadora, abierta a Dios, sensible a la Palabra.
El texto dice algo bellísimo: “El Señor le abrió el
corazón para que aceptara lo que decía Pablo”.
No dice simplemente que Pablo habló muy bien. No
dice que la predicación fue convincente por la elocuencia del apóstol. Dice que
el Señor le abrió el corazón. Esa frase es fundamental. Porque la
evangelización verdadera ocurre cuando la Palabra proclamada se encuentra con
un corazón abierto por Dios.
Pablo predica, pero Dios toca el corazón. Pablo
anuncia, pero Dios convierte. Pablo siembra, pero Dios hace germinar.
Y Lidia no solo escucha. Ella responde. Se bautiza
con toda su familia y luego abre su casa a los misioneros. Su corazón abierto
se convierte en casa abierta. Su fe se convierte en hospitalidad. Su encuentro
con Cristo se transforma en servicio.
Esto nos enseña algo muy bello: cuando Dios abre el
corazón de una persona, también se abren sus manos, su casa, su tiempo, su
generosidad. La fe verdadera nunca se queda encerrada. La fe pascual siempre se
vuelve acogida, servicio y comunión.
Por eso podemos afirmar que la misión es una
“misión con riesgo”. Hay riesgo porque anunciar a Cristo puede traer rechazo.
Hay riesgo porque decir la verdad puede incomodar. Hay riesgo porque vivir el
Evangelio puede hacernos distintos ante el mundo. Pero también hay consuelo,
porque en el camino aparecen personas como Lidia: almas disponibles, corazones
generosos, hogares abiertos, personas que se convierten en apoyo para la
misión.
En toda comunidad cristiana hay persecuciones y
también hay Lidias. Hay dificultades y también hay manos amigas. Hay puertas
cerradas y también hay corazones abiertos.
Jesús no nos quiere ingenuos, pero tampoco nos
quiere cobardes. Nos prepara para la dificultad, pero también nos promete el
Espíritu. Nos advierte sobre el rechazo, pero nos asegura que no estaremos
solos.
Y esto toca profundamente nuestra intención orante
de hoy: oramos por nuestros difuntos.
Cuando pensamos en quienes han muerto,
especialmente en aquellos que amamos, también sentimos que la vida cristiana es
una misión atravesada por la fragilidad. Todos somos peregrinos. Todos
caminamos entre alegrías y dolores. Todos sabemos que la muerte forma parte de
esta existencia terrena.
Pero nuestra fe pascual nos impide mirar la muerte
como fracaso definitivo. Cristo ha resucitado. Cristo ha vencido la muerte. Y
por eso, cuando oramos por los difuntos, no lo hacemos desde la desesperación,
sino desde la esperanza. Los confiamos al amor misericordioso de Dios. Pedimos
que el Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida, los purifique, los ilumine
y los conduzca a la plenitud del Reino.
Nuestros difuntos también fueron misioneros a su
manera. Algunos anunciaron la fe con palabras; otros, con su trabajo humilde;
otros, con su sufrimiento ofrecido; otros, con su cariño silencioso; otros, con
su esfuerzo por sacar adelante una familia. Tal vez muchos no hicieron grandes
discursos, pero dejaron huellas. Y una huella de amor también es una forma de
testimonio.
Hoy podemos preguntarnos: ¿qué testimonio estoy
dejando yo? ¿Mi vida abre caminos a otros hacia Dios? ¿Mi casa, como la de
Lidia, está abierta a la fe, a la caridad, al servicio? ¿Mi corazón está
disponible para que el Señor lo toque?
Porque hay corazones cerrados por el orgullo, por
el resentimiento, por la indiferencia, por el miedo. Y hay corazones que, como
el de Lidia, se dejan abrir por Dios.
El Evangelio nos recuerda que el Espíritu Santo es
llamado “Espíritu de la verdad”. Él nos ayuda a reconocer a Jesús. Él nos da
valentía para no escondernos. Él nos fortalece cuando la fe cuesta. Él nos
consuela cuando lloramos a nuestros muertos. Él nos recuerda que la última
palabra no la tiene la tumba, sino la vida eterna.
Por eso, en esta Eucaristía, pidamos tres gracias.
Primero, que el Señor abra nuestro corazón, como
abrió el corazón de Lidia. Que no escuchemos la Palabra como una costumbre más,
sino como una llamada viva.
Segundo, que el Espíritu Santo nos haga testigos
valientes de Cristo. No fanáticos, no agresivos, no arrogantes, sino testigos
humildes, firmes, alegres y coherentes.
Y tercero, que nuestros difuntos descansen en la
paz del Señor. Que aquellos que amamos y ya han partido sean recibidos en la
casa del Padre, allí donde no hay llanto, ni dolor, ni muerte, sino vida plena
en Dios.
Hermanos, la misión cristiana tiene riesgos, pero
también tiene promesas. Tiene cruces, pero también tiene Pascua. Tiene
despedidas, pero también tiene esperanza. Tiene lágrimas por los que se han
ido, pero también tiene la certeza de que en Cristo la vida no termina, se
transforma.
Que el Espíritu Santo nos sostenga. Que el Señor
abra nuestro corazón. Y que nuestros difuntos, por la misericordia de Dios,
descansen en paz.
Amén.

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