viernes, 18 de septiembre de 2026

19 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-Memoria de María en sábado

 

La resurrección explicada

«¿Cómo resucitan los muertos?». ¿La respuesta de Pablo calma los interrogantes de sus contemporáneos y los nuestros? Nada menos seguro. Pero puede ayudar a poner fin al deseo de imaginar la vida resucitada únicamente a partir de lo que conocemos en este mundo. Pablo nos invita a contemplar una semilla: lo que depositamos en la tierra no tiene todavía la apariencia de la planta que brotará. Existe continuidad entre ambas, pero también una transformación que sorprende y desborda nuestras expectativas.

Así sucede con la resurrección. No se trata simplemente de regresar a nuestra existencia presente, con sus enfermedades, limitaciones y sufrimientos. Se trata de participar plenamente en la vida de Cristo resucitado. Nuestra identidad no desaparece: Dios transforma nuestra fragilidad y nos comunica una vida que la muerte ya no puede destruir.

Cuando Pablo habla de un «cuerpo espiritual», no se refiere a un fantasma ni a una existencia sin cuerpo, sino a una persona enteramente vivificada por el Espíritu de Dios. Lo que ahora está marcado por la debilidad será revestido de una vida incorruptible.

La fe no responde a todas nuestras curiosidades sobre el más allá, pero nos ofrece una certeza para vivir el presente: nuestra vida está llamada a la plenitud en Dios. Podemos cuidar a quienes sufren, acompañar a nuestros mayores y llorar a nuestros difuntos con esperanza. El dolor de la separación es real, pero no tiene la última palabra.

Creer en la resurrección es confiar en que el Dios que resucitó a Jesús también puede hacer florecer nuestra vida más allá de la muerte. No conocemos todos los detalles del camino; conocemos a Aquel que nos llama y nos sostiene.

 


 

Primera lectura

1 Cor 15, 35-37. 42-49

Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Alguno preguntará: «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?». Insensato, lo que tú siembras no recibe vida si (antes) no muere. Y al sembrar, no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de cualquier otra planta.
Lo mismo es la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual. Si hay un cuerpo animal, lo hay también espiritual.
Efectivamente, así está escrito: el primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante. Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 55, 10. 11-12. 13-14 (R.: cf. 14cd)

R. Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida.

V. Que retrocedan mis enemigos
cuando te invoco,
y así sabré que eres mi Dios.
R.

V. En Dios, cuya promesa alabo,
en el Señor, cuya promesa alabo,
en Dios confío y no temo;
¿qué podrá hacerme un hombre?
R.

V. Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias;
porque libraste mi alma de la muerte,
mis pies de la caída;
para que camine en presencia de Dios
a la luz de la vida.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios
con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia.
R.

 

Evangelio

Lc 8, 4-15

Lo de la tierra buena son los que guardan la palabra y dan fruto con perseverancia

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo Jesús en parábola:
«Salió el sembrador a sembrar su semilla.
Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno».
Dicho esto, exclamó:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
Él dijo:
«A ustedes se les ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».

Palabra del Señor.

 

***************

 

Dios siembra vida donde nosotros vemos el final



Hermanos queridos:

Quien ha sembrado alguna vez sabe cuánto tiene de confianza ese gesto. Uno deposita en la tierra una semilla pequeña, la cubre y espera. Durante algunos días parece que no sucede nada. Sin embargo, debajo de esa tierra puede estar comenzando una vida que todavía no vemos.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a mirar nuestra existencia con esa confianza. San Pablo habla de la semilla para acercarnos al misterio de la resurrección; Jesús habla de la siembra para preguntarnos cómo recibimos su Palabra. Y María, a quien recordamos especialmente este sábado, nos enseña a acoger lo que Dios promete y a perseverar cuando todavía no comprendemos sus caminos.

En la primera lectura aparece una pregunta que también puede habitar nuestro corazón: ¿cómo será la resurrección? Nos la hacemos cuando acompañamos a un enfermo, cuando sentimos el peso de los años o cuando despedimos a alguien querido. ¿Qué será de esta persona? ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo puede surgir vida donde nuestros ojos solamente ven muerte?

Pablo no nos entrega una descripción detallada del más allá. Nos ofrece una imagen que ayuda a confiar: entre la semilla y la planta hay continuidad, pero también una transformación extraordinaria. Mirando solamente el grano, difícilmente podríamos imaginar toda la belleza de la espiga.

También nuestra vida está llamada a una transformación que supera lo que ahora podemos comprender. La resurrección es la obra de Dios que lleva nuestra humanidad a su plenitud en Cristo. Nuestra historia personal no queda borrada; nuestra fragilidad no será eterna.

Por eso, cuando Pablo habla del cuerpo espiritual, se refiere a nuestra existencia corporal plenamente vivificada por el Espíritu. La salvación alcanza a toda la persona. Este cuerpo con el que hemos trabajado, abrazado, servido y sufrido tiene dignidad y está llamado a participar de la victoria de Jesús.

¡Cuánto cambia esto nuestra manera de mirar a los demás! El anciano que necesita ayuda para caminar, el enfermo que depende de otros para asearse, la persona cuyo cuerpo está debilitado merecen toda nuestra ternura. La esperanza de la resurrección empieza a expresarse ahora en el respeto y el cuidado.

Podemos decirle al Señor: «A veces tengo miedo de envejecer, de enfermar, de morir. A veces me duele profundamente la ausencia de quienes amo. Sostén mi fe cuando no encuentro respuestas. Enséñame a confiar en tu fidelidad».

El salmo de hoy da voz a esta confianza: «Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida».

Qué hermosa expresión: caminar en presencia de Dios. No significa tener todas las dificultades resueltas. Significa saber ante quién vivimos y en quién podemos apoyarnos. El salmista conoce la amenaza y la angustia, pero se atreve a confiar en el Señor.

También nosotros podemos caminar así. Con una preocupación familiar, pero en presencia de Dios. Con un duelo todavía doloroso, pero en presencia de Dios. Con preguntas que siguen abiertas, pero en presencia de Dios.

La fe no nos exige aparentar que todo está bien. Nos permite presentar nuestra vida tal como está, con sus heridas y sus esperanzas. Y en esa relación con el Señor encontramos fuerza para dar el siguiente paso.

Pero el Evangelio nos plantea una pregunta necesaria: ¿qué lugar tiene la Palabra de Dios en ese camino?

Jesús presenta a un sembrador que esparce su semilla sobre distintos terrenos. Podemos reconocer algo de cada terreno dentro de nosotros.

Hay momentos en que nuestro corazón se parece al camino endurecido. Escuchamos, pero no dejamos entrar. Incluso podemos pensar que la lectura le vendría muy bien al vecino, al esposo, a la esposa o a algún familiar. La Palabra pasa cerca, pero evitamos que nos cuestione personalmente.

Otras veces somos terreno pedregoso. Una celebración nos conmueve y salimos llenos de buenos propósitos. Sin embargo, al llegar la primera dificultad, abandonamos. Queríamos cambiar, pero nos cuesta sostener la decisión cuando exige esfuerzo, humildad o renuncia.

También están las espinas. ¡Cuántas cosas ocupan nuestra mente! Las deudas, las obligaciones, la necesidad de resolverlo todo, el deseo de tener más, las horas que se nos van mirando una pantalla. Poco a poco, la oración queda para después; escuchar a la familia queda para después; ayudar a alguien queda para después. La vida se llena de actividades y el amor se queda sin espacio.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: «Señor, ¿qué está ahogando tu Palabra en mí? ¿Qué preocupación necesito confiarte? ¿Qué hábito debo cambiar para escucharte mejor?».

Finalmente, Jesús habla de la tierra buena: un corazón que recibe la Palabra, la guarda y persevera hasta dar fruto.

La perseverancia es el amor que sigue respondiendo cuando se acaba el entusiasmo. Es volver a orar después de un día difícil. Es retomar un propósito después de una caída. Es continuar cuidando con cariño a quien necesita de nosotros. Es hacer el bien aunque nadie lo reconozca.

Y aquí aparece María como maestra de nuestra vida cristiana.

Ella acogió la Palabra de Dios con toda su persona. Su disponibilidad se convirtió en una vida entregada. La vemos ponerse en camino para servir a Isabel, cuidar a Jesús en la sencillez de Nazaret y permanecer junto a la cruz.

María también tuvo que guardar en el corazón acontecimientos cuyo sentido no comprendía plenamente. Su fe conoció la espera y el dolor. Por eso puede acompañarnos cuando nosotros tampoco entendemos.

En este sábado, mirándola, podemos aprender a no arrancar la semilla por impaciencia. A veces queremos que una oración transforme inmediatamente una situación, que una conversación resuelva años de distanciamiento o que un buen propósito elimine de golpe una costumbre arraigada. María nos enseña a permanecer disponibles y a dejar que Dios trabaje en nosotros.

Las dos imágenes de la semilla que hoy escuchamos iluminan así nuestra vida: la Palabra está llamada a dar fruto en nuestro presente, y Dios promete llevar nuestra existencia a una plenitud que vencerá la muerte.

Por eso importa lo que hacemos hoy. Importa una visita al enfermo. Importa pedir perdón. Importa educar con paciencia. Importa cuidar la manera como hablamos. Son ocasiones concretas de dejar que la vida de Cristo crezca en nosotros.

En esta Eucaristía recibimos a Jesús resucitado, alimento para el camino y promesa de vida eterna. Acerquémonos con nuestras fragilidades y pidámosle un corazón dispuesto. Él puede hacer fecunda una vida que nosotros creemos agotada.

Antes de terminar, dejemos resonar esta pregunta: ¿qué debo cuidar o cambiar en mi corazón para que la Palabra escuchada hoy produzca un fruto concreto esta semana?

Oremos:

Santa María, Madre de la esperanza,
tú que acogiste la Palabra
y permaneciste fiel junto a la cruz,
enséñanos a confiar en tu Hijo.

Ayúdanos a quitar las piedras del orgullo
y las espinas que ahogan el amor.
Haznos pacientes para escuchar,
generosos para servir
y constantes para hacer el bien.

Acompaña a quienes lloran a sus seres queridos
y a quienes sienten miedo ante la enfermedad o la muerte.
Ruega por nosotros,
para que caminemos en presencia de Dios
y esperemos con fe la resurrección y la vida eterna.

Amén.

 

 

2

 

Un corazón abierto a la gracia



Hermanos queridos:

Dios siempre toma la iniciativa en nuestra vida. No necesitamos persuadirlo de que se preocupe por nosotros o de que nos conceda su gracia: Él ya lo hace. Nuestra relación con Él es una respuesta: Él siembra y nosotros estamos llamados a recibir. Le decimos «sí», permitiendo que su voluntad eche raíces en nuestra vida. En el corazón de su voluntad divina está la llamada a escuchar y acoger su Palabra.

Qué importante es recordar esto cuando nos acercamos a orar. Antes de que lo busquemos, Dios ya ha salido a nuestro encuentro. Antes de que sepamos expresarle nuestras necesidades, Él ya nos mira con amor. Nuestra oración nace de ese amor que nos precede: «Señor, aquí estoy. Abre mi corazón para recibir lo que quieres sembrar en mí».

El Evangelio de hoy presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús, rica en significado y en imágenes para la oración. Dios es el Sembrador divino y la semilla es su Palabra. Esa Palabra no es simplemente un mensaje o un conjunto de enseñanzas: es la Persona de Cristo mismo, la Palabra de Dios encarnada. Este es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Cristo es sembrado en los corazones de los fieles. No se nos invita a resolver este misterio, sino a recibirlo, entrar en él, meditarlo y permitir que nos transforme.

En la explicación de la parábola, Jesús identifica la semilla con la Palabra de Dios. Al contemplarla desde el conjunto de nuestra fe, reconocemos que esa Palabra nos conduce al encuentro con Él, el Hijo eterno hecho hombre. Por eso, escuchar el Evangelio compromete nuestra relación con una Persona viva que nos ama, nos llama y quiere habitar en nosotros.

Para entrar más profundamente en este misterio, imaginemos a Dios Padre sembrando la semilla de su Hijo en la tierra de nuestra alma. Una vez que comprendemos que Cristo mismo es la Semilla divina, queda claro que el cristianismo no consiste simplemente en seguir un código moral o un sistema ético. Consiste, más bien, en ser transformados interiormente por la presencia viva de Cristo. Él es plantado en nosotros por la gracia, echa raíces en nuestra alma y crece, dando fruto espiritual.

Aquí encontramos un vínculo hermoso con la primera lectura. San Pablo también nos invita a contemplar una semilla, aunque la utiliza para explicar otro misterio: la resurrección de los muertos. Entre el grano sembrado y la planta que brota existe continuidad, pero también una transformación que supera su apariencia inicial.

Algo semejante sucede con nuestra esperanza cristiana. Dios no se limita a acompañarnos durante unos años para abandonarnos después a la muerte. Su designio de amor alcanza a toda nuestra persona y nos llama a participar de la vida de Cristo resucitado. Nuestra condición presente, frágil y mortal, será transformada por su poder.

Cuando Pablo habla de un cuerpo espiritual, no describe una existencia fantasmal ni una persona despojada de su cuerpo. Habla de nuestra humanidad plenamente vivificada por el Espíritu. La gracia que hoy acogemos prepara nuestra vida para la plenitud que Dios quiere regalarnos.

Esta esperanza ilumina nuestras fragilidades. Tal vez sentimos que el paso de los años nos quita fuerzas, que una enfermedad limita nuestras posibilidades o que un duelo ha dejado un vacío inmenso. La fe nos permite confiar en que nuestra historia permanece en las manos de Dios. Todavía no vemos la espiga, pero podemos fiarnos de Aquel que promete la resurrección.

El salmo pone esta confianza en nuestros labios: «Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida». Nos invita a apoyarnos en el Señor y a confiar en su promesa. Caminar en su presencia es vivir sabiendo que Él nos acompaña, incluso cuando el terreno se vuelve difícil.

Podemos preguntarnos: ¿camino sostenido por esa confianza o vivo como si todo dependiera exclusivamente de mis fuerzas? ¿Le permito a Dios acompañar mis preocupaciones más profundas? ¿Creo que su amor sigue obrando cuando yo no percibo resultados?

La parábola también nos desafía a examinar el estado de nuestro corazón. ¿Estamos endurecidos como el camino, distraídos como el terreno pedregoso o ahogados por las preocupaciones mundanas como la tierra llena de espinas? ¿O nos esforzamos por ser tierra fértil y labrada, abierta, receptiva y dispuesta a nutrir la vida de Cristo en nuestro interior?

Jesús precisa que el terreno pedregoso representa a quienes reciben la Palabra con alegría, pero carecen de raíces y sucumben en la prueba. Podemos reconocer allí nuestra fe cuando depende demasiado del entusiasmo del momento. Nos emocionamos, hacemos propósitos, pero nos cuesta perseverar cuando llega una dificultad.

El camino endurecido puede recordarnos esas resistencias que no queremos reconocer: una ofensa que nos negamos a perdonar, una conducta que justificamos constantemente, una autosuficiencia que nos impide dejarnos enseñar.

Y las espinas pueden crecer casi sin que lo notemos. Las obligaciones son reales, pero pueden ocupar de tal manera nuestro interior que ya no quede espacio para escuchar, orar o servir. También el afán de comodidad, de dinero o de reconocimiento puede ir sofocando lo que Dios había sembrado.

Por eso necesitamos pedir: «Señor, trabaja la tierra de mi corazón. Ayúdame a reconocer lo que impide que tu Palabra dé fruto. Dame humildad para aceptar tu acción y constancia para colaborar contigo».

Si ampliamos la parábola y consideramos todo el campo, resulta consolador e inspirador reconocer a las innumerables almas de tierra fértil que también reciben la Palabra viva de Dios y en quienes Él crece y da fruto. Como miembros del Cuerpo de Cristo, no estamos solos. Formamos parte de un vasto campo, labrado y regado por la gracia divina.

Pensemos en tantas personas cuya fidelidad sostiene silenciosamente la vida de nuestras comunidades: padres y madres que educan en la fe, catequistas que preparan con cariño sus encuentros, enfermos que oran por otros, vecinos que acompañan a quien está solo. En sus vidas podemos descubrir los frutos de la gracia y encontrar aliento para nuestra propia respuesta.

Y, sin embargo, queda mucho por hacer. Muchos corazones todavía no han recibido a Cristo. Muchos permanecen endurecidos, distraídos o ahogados por las ansiedades y los placeres de la vida. Al recibir la Palabra de Dios y dar fruto nosotros mismos, también producimos semillas: semillas de la Palabra encarnada destinadas a ser sembradas en la vida de los demás. El Sembrador divino desea prolongar su misión a través de nosotros hasta el fin de los tiempos.

Esta imagen nos recuerda nuestra responsabilidad evangelizadora. El Señor puede servirse de nuestra voz, de nuestra paciencia, de nuestra cercanía y de nuestro testimonio para abrir caminos hacia Él. Una palabra oportuna, una invitación respetuosa, un gesto de reconciliación o una ayuda concreta pueden preparar un corazón para escuchar el Evangelio.

Aunque esta parábola se centra principalmente en el estado de nuestro propio corazón, también podemos discernir en ella la urgencia de la misión evangélica. El Sembrador divino busca trabajadores que ayuden a sembrar la Palabra por todas partes, extendiendo el campo de la Iglesia y multiplicando sus frutos.

En este sábado, María nos enseña cómo responder. Ella acogió la Palabra con fe y permitió que esa acogida orientara toda su existencia. Su disponibilidad se hizo servicio, fidelidad y perseverancia. Junto a ella aprendemos a escuchar con hondura y a permanecer abiertos a Dios incluso cuando no comprendemos todo.

Reflexionemos hoy sobre los elevados ideales que presenta la parábola del sembrador. Pasemos del concepto a la realidad. Esta parábola no está destinada solamente a inspirarnos; está destinada a impulsarnos a actuar. Primero, abramos nuestro corazón a Cristo, la Palabra, mediante la oración diaria, la participación en los sacramentos y las obras de caridad. Después, seamos colaboradores de Cristo.

¿De qué manera podemos ayudar al Sembrador divino? ¿Para quién podemos ser instrumentos de la Palabra de Dios? Seamos receptivos a su gracia y resueltos en nuestra misión, para que el campo del Reino de Dios siga creciendo y floreciendo.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, presentemos al Señor la tierra concreta de nuestra vida: con sus posibilidades, sus heridas y sus resistencias. Recibimos a Cristo resucitado, que nos alimenta para vivir en su amor y sostiene nuestra esperanza de vida eterna.

¿Qué fruto concreto espera Dios de la Palabra que está sembrando hoy en mi corazón?

Oremos:

Mi Sembrador divino y Palabra eterna, deseas ardientemente que todas las personas lleguen a conocerte, formando corazones de tierra fértil, receptivos a tu Palabra salvadora.

Te ruego que labres la tierra de mi corazón. Quita toda maleza de pecado, toda piedra de resistencia y toda espina de preocupación mundana. Enriquéceme con la gracia que necesito para que tu Palabra eche raíces profundas y dé fruto abundante.

Hazme también instrumento de tu obra divina, sembrando las semillas de tu Palabra en los corazones de los demás. Que, a través de mí, florezca la misión de la Iglesia y tu Reino se extienda hasta los confines de la tierra.

Jesús, en ti confío.

Santa María, Madre de la esperanza, enséñanos a acoger la Palabra, a perseverar en el amor y a caminar en presencia de Dios a la luz de la vida. Amén.

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