Sin cesar volver a decirle “sí” a Dios
El relato de las tentaciones forma un todo con el
del bautismo, al término del cual Jesús recibe la confirmación de su identidad
de Hijo de Dios. Esta sucesión de acontecimientos —bautismo, confirmación por
el Padre, tentaciones— no es en absoluto casual. Hay que leer el relato de las
tentaciones a la luz de lo que lo precede.
La historia, entonces, comienza con Jesús que pide
recibir el bautismo de conversión que administra el Bautista. Este se resiste y
le dice a Jesús que no lo necesita; Jesús le responde que, sin embargo, es lo
que debe hacer. Jesús indica aquí que acepta asumir la condición humana. Le
dice “sí” al Padre. Entonces, el Padre confirma que reconoce en él a su Hijo
amado.
Pero el relato no termina ahí: continúa en el
desierto, adonde Jesús es conducido por el Espíritu para ser tentado. Si Jesús
vive un combate contra Satanás, es porque le ha dicho “sí” a Dios. Para
nosotros también, el combate surge precisamente cuando nos decidimos por Dios.
La tentación o el combate espiritual no significan que estemos separados de
Dios, sino que debemos elegirlo de nuevo una y otra vez.
Jesús llevó esta batalla hasta el final: justo
antes de su muerte, en el huerto de los olivos, tuvo que decir, una vez más,
“sí” a Dios. Jesús no vino para poner fin al combate, sino para mostrarnos cómo
vivirlo y, sobre todo, para vivirlo en nosotros. En eso consiste nuestra
alegría: también ahí, él está con nosotros.
“El hombre no vive solamente de pan, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios.” ¿Qué puedo hacer para
alimentarme de la Palabra de Dios?
“No tentarás al Señor tu
Dios.” En mis actitudes de creyente, ¿cuáles podrían ser una manera de
poner a Dios a prueba?
Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola Paris
Primera
lectura
Creación y
pecado de los primeros padres
Lectura del libro del Génesis.
EL Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz
aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo.
Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al
hombre que había modelado.
El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la
vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y
el árbol del conocimiento del bien y el mal.
La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había
hecho. Y dijo a la mujer:
«¿Conque Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol del jardín?».
La mujer contestó a la serpiente:
«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol
que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No coman de él ni lo toquen,
de lo contrario morirán”».
La serpiente replicó a la mujer:
«No, no morirán; es que Dios sabe que el día en que coman de él, se les abrirán
los ojos, y serán como Dios en el conocimiento del bien y el mal».
Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a
los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió.
Luego se lo dio a su marido, que también comió.
Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y
entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Misericordia,
Señor, hemos pecado.
V. Misericordia,
Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
V. Pues yo
reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.
V. Oh,
Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.
V. Devuélveme
la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R.
Segunda
lectura
Donde abundó
el pecado, sobreabundó la gracia
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la
muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se
imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta
Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de
Adán, que era figura del que tenía que venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de
uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en
virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a
partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos
pecados, acabó en justicia.
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno
solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la
justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.
En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así
también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.
Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron
constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán
constituidos justos.
Palabra de Dios.
Rom 5, 12.
17-19 (forma breve)
Donde abundó
el pecado, sobreabundó la gracia
Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la
muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno
solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la
justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.
En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así
también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.
Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron
constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán
constituidos justos.
Palabra de Dios.
Aclamación
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Evangelio
Jesús ayuna
cuarenta días y es tentado
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado
por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al
fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de
la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y
le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a
sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no
tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del
mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo
darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Palabra del Señor.
1
1. Del Jordán al desierto: cuando dices “sí”,
empieza el combate
El Evangelio de hoy no comienza realmente en el
desierto: viene del Jordán. Jesús ha sido bautizado, ha escuchado la voz del
Padre (“Este es mi Hijo amado”), y precisamente por eso el Espíritu lo
conduce al desierto. Esta secuencia nos enseña algo muy realista: la
tentación no es señal de que Dios se fue; muchas veces es señal de que hemos
decidido caminar con Él.
Hay personas buenas que se angustian: “Padre, si
yo rezo más, si yo vuelvo a misa, si yo me confieso, ¿por qué siento más
lucha?” Porque la luz revela el polvo, y la gracia saca a la superficie lo
que estaba dormido. La Cuaresma no es un paseo; es un camino de libertad. Y la
libertad se entrena.
2. El “veneno” del Génesis: la
sospecha contra Dios
La primera lectura nos muestra el origen del drama:
la serpiente no empieza ofreciendo una fruta; empieza sembrando una duda:
“¿Conque Dios les ha dicho…?” Es la estrategia más antigua: presentar
a Dios como rival de nuestra felicidad, como quien “prohíbe” para
fastidiar, como quien “quita” para dominar.
Y cuando uno sospecha de Dios, se rompe la
confianza; y cuando se rompe la confianza, aparece el miedo, la vergüenza, la
comparación, el “yo me escondo”. Eso pasa también hoy: cuando el corazón se
convence de que Dios no es Padre sino obstáculo, entonces busco salvación en
cualquier “fruto”: poder, consumo, aplauso, sensualidad, rabia, venganza,
control.
3. Tres tentaciones, tres
mentiras… y tres medicinas
El desierto de Jesús nos revela tres tentaciones
que no son solo “de Él”: son nuestras.
a) “Di que estas piedras se conviertan en pan”
Es la tentación de reducir la vida a lo inmediato: “necesito sentir ya,
resolver ya, tener ya”. Es la voz que nos dice: “si no satisface ahora, no
sirve”.
Jesús responde: la vida no se sostiene solo con pan. Hay hambre de
sentido, hambre de amor, hambre de Dios. Y cuando esa hambre no se alimenta,
buscamos compensaciones: comemos ansiedad, bebemos tristeza, compramos vacío,
discutimos por nada.
b) “Tírate… Dios mandará a sus ángeles”
Es la tentación de manipular a Dios: “Señor, si me amas, demuéstralo como yo
digo”. Es la fe infantil que exige pruebas, la fe que pone condiciones.
Jesús responde: no tentarás al Señor. La fe madura confía incluso cuando
no entiende. La Cruz misma será la gran tentación: “baja y creeremos”. Jesús no
baja, porque el amor no se prueba con show; se prueba con fidelidad.
c) “Todo esto te daré si me adoras”
Es la tentación del atajo: éxito sin cruz, reino sin servicio, gloria sin
verdad. Es el “acomódate”, “negocia tus principios”, “hazlo como sea”.
Jesús responde: solo al Señor adorarás. Porque cuando uno se arrodilla
ante el ídolo, termina esclavo. Y los ídolos modernos siempre cobran caro:
cobran la paz, cobran la familia, cobran el alma.
4. Psicología del combate: la
tentación no entra por la fuerza, entra por la herida
La tentación suele tocar una zona vulnerable:
cansancio, soledad, hambre afectiva, resentimiento, miedo. Por eso el Evangelio
subraya: “tuvo hambre”. No para humillarlo, sino para mostrarnos que el
combate se da en lo humano.
Aquí una clave pastoral: cuando estás más débil,
decide menos. No tomes grandes decisiones en medio de la tormenta. Primero:
come bien (con orden), duerme, busca compañía sana, habla con alguien, ora
aunque sea corto. La gracia no anula la psicología; la sana y la ordena.
5. Pablo nos da esperanza: donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia
San Pablo (Rm 5) traza un contraste: Adán abre una
puerta al pecado; Cristo abre una puerta a la vida. No es solo “un ejemplo
moral”: es un Salvador real. Jesús no vino a decirnos “esfuérzate más”,
sino a decirnos: “ven, yo peleo contigo y en ti”.
Por eso la Cuaresma no es tristeza estéril; es
esperanza combativa: cada vez que dices ‘sí’ a Dios, aunque te cueste, se
ensancha en ti la libertad. Y esa libertad es pascual.
6. Aplicación concreta para
nuestra vida (y para nuestras comunidades)
Te propongo tres decisiones sencillas para esta
semana:
1. Palabra diaria (pan del alma): 10 minutos al día con el
Evangelio. Lee lento, subraya una frase, repítela en el día.
2. Un “no” saludable: identifica tu atajo favorito
(queja, chisme, redes sin medida, licor, pornografía, compras impulsivas,
explosiones de genio…) y ponle un límite concreto.
3. Un “sí” de caridad: Cuaresma sin caridad es dieta.
Haz una obra: reconcíliate, visita a alguien, ayuda a un necesitado, comparte
con discreción.
En nuestras tierras del Caribe, donde la vida
comunitaria es tan cercana, cuidemos también las tentaciones colectivas: la
indiferencia ante el que sufre, la cultura del “deja así”, el facilismo, la
corrupción pequeña “porque todos lo hacen”, y esa violencia verbal que divide
familias y vecinos. El Evangelio nos llama a una libertad que construye.
7. Conclusión: la alegría de la
Cuaresma es saber que Él está contigo en el desierto
Jesús no quitó el combate: lo habitó. Y por
eso, cuando tú estás en tu “desierto” —una enfermedad, una crisis familiar, una
tentación repetida, un duelo, una incertidumbre económica—, no estás solo. La
victoria no siempre se siente; muchas veces se decide.
Pidámosle al Señor la gracia de volver a decirle
“sí”: hoy, esta semana, esta Cuaresma. Y que María, la mujer del “hágase”,
nos enseñe a confiar cuando el corazón tiembla.
Oración
final breve:
Señor Jesús, vencedor del tentador, enséñanos a alimentarnos de tu Palabra,
a no poner condiciones a tu amor y a adorarte solo a Ti. Que esta Cuaresma sea
camino de libertad, de verdad y de caridad. Amén.
2
Queridos
hermanos:
Entramos
en Cuaresma de la mano de Jesús en el desierto. No es un detalle secundario: el Espíritu lo conduce al desierto.
No va porque perdió el rumbo, no va porque fracasó, no va porque dudó de su
identidad. Va después del bautismo, después de escuchar la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo amado”.
Y
precisamente porque es Hijo, es probado.
1.
Jesús en el desierto… y nosotros en el mundo
El
desierto no es solo un lugar geográfico. Es el tiempo de las decisiones. Es el
momento en que uno descubre si lo que cree lo vive, si lo que promete lo
sostiene, si lo que ama lo defiende.
En
el fondo, las tentaciones son siempre las mismas:
olvidarse de Dios y
olvidarse de los otros.
Primera tentación: el cuerpo, lo material, lo
inmediato
“Si
eres Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan”.
No
es malo comer. No es malo trabajar. No es malo descansar, viajar, entretenerse,
disfrutar del deporte, del estudio, de la tecnología. El problema no es el pan.
El problema es cuando creemos que solo
de pan vive el hombre.
Hoy
la tentación no se presenta con cuernos; se presenta con ofertas, pantallas,
promociones, likes, excesos, distracciones constantes.
La tentación es aturdirnos para no pensar en Dios.
Ocuparnos tanto, consumir tanto, correr tanto… que no quede espacio para el
alma.
Se
puede vivir sin ir a misa.
Se puede vivir sin confesarse.
Se puede vivir sin orar.
Pero
es como vivir sin ir al dentista o al médico: al principio no pasa nada… pero
poco a poco el deterioro avanza. Y cuando uno necesita esperanza profunda,
fuerza interior, sentido ante el sufrimiento, descubre que no tiene raíces.
Jesús
responde:
“No solo de pan vive el
hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.”
La
Palabra es alimento. Sin ella, el alma se debilita.
Segunda tentación: manipular a Dios
“Si
eres Hijo de Dios, tírate… que Él te salve”.
Aquí
ya no se trata del cuerpo sino del ego.
Es la tentación de exigirle a Dios que haga nuestra voluntad.
De pedirle milagros como espectáculo.
De creer que la fe es un contrato: “Señor, si me cumples, creo”.
Es
la religión a la carta.
Es el cristianismo sin cruz.
Es usar a Dios para mis proyectos.
Jesús
responde:
“No tentarás al Señor tu
Dios.”
La
fe no es manipulación. Es confianza.
La madurez espiritual no consiste en que Dios haga lo que yo quiero, sino en
que yo aprenda a querer lo que Dios quiere.
Tercera tentación: poder, orgullo, dominio
“Todo
esto te daré si te postras y me adoras.”
Aquí
el diablo se juega su última carta: el poder.
Dinero, influencia, prestigio, éxito rápido, dominio sobre otros.
Jesús
rechaza radicalmente esa lógica.
Él no vino a dominar, vino a servir.
El
poder que no se pone al servicio termina siendo diabólico, porque divide,
humilla, instrumentaliza.
Hoy
la tentación del poder no es solo política.
Es en la familia, en el trabajo, en la parroquia, en las redes sociales:
querer tener la razón siempre,
querer sobresalir,
querer controlar,
querer imponerse.
Jesús
responde:
“Al Señor tu Dios adorarás
y a Él solo servirás.”
2.
El “tercer tiempo”: el momento de la lucidez
Permítanme
usar una imagen que muchos entienden: el fútbol.
Un partido tiene dos tiempos… pero luego viene el “tercer tiempo”: el análisis,
la revisión, la evaluación.
La
Cuaresma es ese “tercer tiempo” de la vida espiritual.
Primer
tiempo: la llamada de Dios.
Segundo tiempo: la seducción del ego, los acomodos, las ventajas personales.
Tercer tiempo: la decisión lúcida, guiada por el Espíritu.
Jesús
no dialoga con el diablo como Eva lo hizo.
No negocia.
No se justifica.
Se refugia en la Palabra.
La
gran pregunta de este domingo es:
¿Yo reviso mi vida?
¿Me detengo a analizar mis motivaciones?
¿O vivo reaccionando sin discernir?
3.
La raíz del pecado: sospechar de Dios
En
el Génesis, la serpiente siembra una duda:
“¿Conque Dios les ha dicho…?”
El
pecado comienza cuando sospechamos que Dios no quiere nuestro bien.
Cuando creemos que sus mandamientos son obstáculos y no caminos.
Cuando pensamos que la felicidad está lejos de Él.
Adán
y Eva quisieron “ser como dioses”.
Y terminaron desnudos, frágiles, escondidos.
Pero
San Pablo nos recuerda algo más grande:
donde abundó el pecado,
sobreabundó la gracia.
Jesús
es el nuevo Adán.
Donde el primero cayó, el segundo venció.
Donde hubo desobediencia, ahora hay fidelidad.
Donde hubo muerte, ahora hay vida.
4.
La Cuaresma no es tristeza… es combate esperanzado
En
una cultura que habla de autoestima, satisfacción inmediata y bienestar
permanente, palabras como ayuno, sacrificio y renuncia suenan anticuadas.
Pero
el ayuno cristiano no es amargura.
Es libertad.
Como
decía el profeta Isaías, el ayuno que agrada a Dios es:
romper cadenas injustas,
compartir el pan,
acoger al pobre,
liberar al oprimido.
La
verdadera conversión no nos vuelve “careaburridos”.
Nos vuelve más humanos, más alegres, más serviciales.
5.
Tres preguntas para esta semana
1.
¿Soy
consciente de que soy Hijo amado de Dios?
¿Vivo desde esa identidad o desde la inseguridad y la comparación?
2.
¿Invoco
al Espíritu Santo en mis tentaciones reales?
¿O confío solo en mi fuerza?
3.
¿Qué
me está tentando hoy concretamente?
¿El exceso? ¿El orgullo? ¿La indiferencia? ¿La pereza espiritual?
¿Estoy alimentando mi alma con la Eucaristía y la reconciliación?
6.
Conclusión: Satanás jugó su última carta
Después
de resistir, el Evangelio dice que el diablo se retiró.
No
significa que desapareció para siempre, pero sí que ya está vencido.
En la cruz, Jesús sellará la victoria definitiva del amor.
Entramos
en Cuaresma no con miedo, sino con Cristo vencedor.
Que
podamos decirle hoy, desde el corazón:
Señor, es
mi turno ahora de actuar.
Me dejo seducir, me equivoco, me alejo…
pero tu Palabra sigue aquí.
Tu pan sigue aquí.
Tu gracia es mayor que mi pecado.
Tú eres mi
camino y mi vida.
En adelante, quiero seguirte.
Amén.
3
El
primer domingo de Cuaresma nos pone frente a una palabra que casi nadie quiere
escuchar, pero que todos conocemos por experiencia: tentación. Y lo más
consolador del Evangelio de hoy es esto: Jesús
no nos salva desde lejos. No mira nuestras luchas como un
espectador. En su humildad, el Hijo de Dios se deja conducir por el Espíritu al desierto
y permite que el tentador se le acerque.
No
para “jugar” con el mal, sino para enseñarnos y para vencer por nosotros.
1)
Dios nos creó para la vida, pero el pecado introdujo la sospecha
La
primera lectura nos lleva al principio: Dios forma al hombre del polvo y sopla
en él aliento de vida. Es una imagen preciosa: somos barro con respiración divina.
Frágiles, sí, pero amados y habitados por Dios.
Luego
aparece la serpiente, y con ella el veneno del pecado: la sospecha. La
tentación comienza casi siempre así: “¿De verdad Dios quiere tu bien? ¿De
verdad su Palabra te hace feliz? ¿No será que te limita?” Y nuestros primeros
padres caen en la trampa: querer “ser como dioses”, no en el sentido de crecer
en santidad, sino en el sentido de autonomía
sin Dios, vida sin obediencia, felicidad sin alianza.
¿Y
cuál es el resultado? No la libertad, sino la vergüenza: “se dieron cuenta de
que estaban desnudos”. Cuando uno se separa de Dios, no se vuelve más fuerte:
se vuelve más vulnerable. Se rompe el corazón y se rompe la relación: con Dios,
con los otros y con uno mismo.
2)
La batalla es real: existe el tentador, pero no es invencible
El
comentario que compartiste subraya algo que la fe de la Iglesia siempre ha
enseñado: la creación incluye seres espirituales, los ángeles. Y la revelación
bíblica deja ver también la realidad de los ángeles caídos, los demonios. No
estamos ante un mito infantil. Estamos ante una verdad espiritual: el mal no es solo “falta de educación” o
“mala suerte”; hay una inteligencia que busca apartarnos de
Dios.
Ahora
bien, ojo: la angelología tiene elementos que son reflexión teológica y
tradición, más allá de lo explícitamente revelado. Pero lo esencial es claro: hay un combate espiritual,
y Jesús entra en ese combate para derrotar al maligno y para darnos su gracia.
La
Cuaresma no es una temporada de culpa; es un tiempo de claridad: reconocer qué
me tienta, cómo me tienta, y con qué armas me defiendo.
3)
Las tres tentaciones: tres caminos falsos de “salvación”
Mateo
nos muestra tres tentaciones que son como tres atajos. Y los atajos siempre
cuestan caro.
Primera: “Convierte las piedras en pan”
Aquí
el tentador apunta al hambre. Jesús tiene hambre de verdad. Y Satanás le
propone: “resuelve tu necesidad sin confiar, sin esperar, sin obedecer”.
Es la tentación de reducir la vida a lo material, a lo inmediato: “si me
satisface ya, está bien; si no, no sirve”.
¿Cuántas
personas hoy viven así? Pan, pantalla y prisa. Trabajo, compras,
entretenimiento, redes, y el alma desnutrida.
Jesús responde con firmeza: “No
solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.”
Hermanos,
en Cuaresma hay que preguntarse:
¿Con qué alimento estoy viviendo?
¿Solo con pan… o también con Palabra?
Porque el cuerpo se sostiene con comida; pero el corazón se sostiene con
sentido, con verdad, con Dios.
Segunda: “Tírate… Dios te salvará”
Aquí
la tentación se disfraza de religiosidad: usa incluso la Escritura. Es la
tentación de poner a Dios
a prueba, de manipularlo: “si me amas, haz lo que yo digo; si
no, me decepciono de Ti”.
Cuántas
veces hacemos esto: “Señor, si me concedes esto, yo…”. Y si no ocurre como
queremos, entonces nos enojamos con Dios.
Jesús responde: “No
tentarás al Señor tu Dios.”
La fe verdadera no exige show; confía,
incluso cuando no entiende.
Tercera: “Te daré todos los reinos… si me
adoras”
Es
la tentación del poder, del dominio, del éxito sin cruz: “arrodíllate ante el
ídolo y tendrás resultados rápidos”.
Hoy cambia el escenario, pero no cambia el fondo: dinero, prestigio, control,
manipulación, “ser el centro”. Y a veces incluso en lo religioso: usar a la
gente, usar los cargos, usar la influencia.
Jesús
corta de raíz: “Al Señor
tu Dios adorarás y a Él solo servirás.”
Porque cuando uno se arrodilla ante un ídolo, termina esclavo.
4)
San Pablo: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia
La
segunda lectura es un anuncio de esperanza: Adán abrió la puerta del pecado; Cristo abre la puerta de
la gracia.
No es que el cristianismo diga: “tú puedes solo”. No. Dice algo mejor: “No estás solo. Cristo pelea contigo y
en ti.”
La
victoria sobre la tentación no se alcanza a fuerza de pura voluntad. Se alcanza
unidos a Jesús:
por la oración, por la Eucaristía, por la confesión, por decisiones concretas,
por comunidad, por humildad.
5)
Aplicación pastoral: tres armas sencillas para esta semana
Para
que esta homilía no se quede en teoría, te propongo tres decisiones para la
primera semana de Cuaresma:
1.
Palabra diaria: 10 minutos al día con
el Evangelio. Un versículo memorizado. Una frase repetida cuando llegue la
tentación.
2.
Ayuno inteligente: no solo de comida;
ayuno de lo que te roba libertad: redes sin medida, chisme, impulsos, alcohol,
pornografía, compras compulsivas, rabia.
3.
Limosna y caridad concreta: comparte tiempo,
escucha, ayuda, visita. El tentador aísla; Cristo reúne.
Conclusión
El
Evangelio termina diciendo que el diablo se retiró y que los ángeles servían a
Jesús. Qué imagen tan hermosa: Dios
no abandona a los suyos en el combate. Si hoy tú estás luchando
con una tentación repetida, no te declares derrotado. La Cuaresma es el tiempo
de volver a empezar.
Señor
Jesús, vencedor del maligno:
danos tu fuerza y tu valentía.
Que unidos a Ti, resistamos lo que nos aparta del Padre
y caminemos hacia la Pascua con un corazón nuevo.
Intención orante: En esta Cuaresma, Señor, te pedimos
por quienes viven tentaciones que los esclavizan —en el cuerpo, en el corazón y
en la mente—; dales tu luz, tu gracia y un camino de libertad. Amén.

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