Asumir el riesgo
(Dt 30,15-20; Lc 9,22-25) La invitación de Dios a
elegir
la vida llega al final de un largo camino por el desierto,
marcado por infidelidades,
quejas y resistencias al querer del Señor. Precisamente por eso
el texto es tan luminoso: nos recuerda que la conversión siempre es posible,
y que Dios no mira nuestra historia con fatalismo, sino con esperanza.
Él vuelve a proponernos el camino, como quien dice: “todavía se puede”.
Pero
surge una pregunta decisiva: ¿cómo discernir dónde está la vida?
La respuesta se vuelve más clara a la luz del Evangelio: la vida verdadera no
se conserva encerrándola, sino entregándola. Jesús lo expresa con una paradoja
que atraviesa toda la Cuaresma: “perder para ganar”. No
hay vida sin confianza,
sin riesgo,
sin dar pasos que nos saquen de la comodidad. Elegir la vida supone, entonces,
aceptar el desafío de superar límites y miedos, y creer que el amor de Dios
sostiene al que se atreve a seguir a Cristo.
Emmanuelle
Billoteau, ermite
Primera lectura
Dt
30, 15-20
Mira:
yo les propongo hoy bendición y maldición
Lectura del libro del Deuteronomio.
MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo
te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus
preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios,
te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.
Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras
ante otros dioses y les sirves, yo les declaro hoy que morirán sin remedio; no
durarán mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una
vez pasado el Jordán.
Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y a la tierra. Pongo delante de
ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que
vivan tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz,
adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró
dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
1, 1-2. 3. 4 y 6 (R.: Sal 39, 5ab)
R. Dichoso el hombre que
ha puesto
su confianza en el Señor.
V. Dichoso el
hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R.
V. Será como un
árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R.
V. No así los impíos, no
así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R.
Aclamación
V. Conviértanse —dice el
Señor—,
porque está cerca el reino de los cielos.
Evangelio
Lc
9, 22-25
El
que pierda su vida por mi causa la salvará
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos,
sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Entonces decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz
cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que
pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo
entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».
Palabra del Señor.
1
Hermanos, apenas estamos comenzando la Cuaresma y
la liturgia ya nos coloca frente a una decisión que no admite neutralidad.
Moisés lo dice con una claridad estremecedora: “Mira: hoy pongo delante de
ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Elige la vida” (cf. Dt 30,15.19).
No es un discurso para gente “perfecta”. Es una palabra proclamada después de
un camino difícil, con tropiezos, infidelidades y cansancios. Y eso es lo que
la vuelve tan consoladora: Dios no nos habla porque ya seamos santos; nos habla
para que podamos volver a empezar.
Cuaresma, entonces, no es una temporada de tristeza
ni de culpabilidad estéril. Es el tiempo de la elección. Y elegir
significa que hay algo que debo dejar, algo que debo recuperar, algo que debo
ordenar. Porque el corazón puede vivir dividido: queremos a Dios… pero también
queremos asegurar el control; deseamos la vida… pero nos aferramos a lo que nos
quita vida.
1) “Elige la vida”: ¿dónde se
reconoce?
El salmo de hoy nos dibuja dos caminos: el del
justo y el del malvado (Sal 1). Uno es como árbol plantado junto al agua,
que da fruto a su tiempo; el otro es como paja que se lleva el viento.
Es una imagen sencilla: la vida verdadera se nota en los frutos.
- Donde
hay vida, hay raíces: oración, verdad, humildad, reconciliación.
- Donde
hay vida, hay fruto: paz interior, capacidad de amar, paciencia, servicio.
- Donde
no hay vida, todo se vuelve inestable: hoy entusiasmo, mañana vacío; hoy
promesas, mañana excusas.
Y aquí aparece un criterio muy cuaresmal: cuando
uno se aparta de Dios, no queda “neutral”; se va secando por dentro. Por
eso la Cuaresma no es “portarse mejor”, sino volver a la fuente.
2) La clave del Evangelio:
“perder para ganar”
Jesús, en el Evangelio, no endulza el seguimiento: anuncia
la cruz (Lc 9,22) y enseña una lógica que desconcierta:
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por
mí, la salvará” (Lc 9,24).
¿Qué significa esto en la vida real? Que muchas
veces confundimos “salvar la vida” con protegernos, con no sufrir, con
no complicarnos, con no comprometernos. Y Jesús nos dice: cuidado… porque
puedes “salvarte” tanto, que termines perdiéndote.
Hay pérdidas que destruyen, sí. Pero hay otras
pérdidas que fecundan:
- Pierde
el que perdona… pero gana libertad.
- Pierde
el que dice la verdad… pero gana dignidad.
- Pierde
el que sirve sin aplausos… pero gana el corazón de Dios.
- Pierde
el que deja un pecado habitual… pero gana paz.
- Pierde
el que responde a una vocación… pero gana sentido.
El Evangelio no nos invita al masoquismo, sino a la
valentía del amor. Y amar siempre tiene riesgo. Porque amar es salir del
“yo primero”, salir del cálculo, salir de la comodidad.
3) ¿Qué “vida” estoy eligiendo
hoy?
Moisés lo aterriza: elegir la vida es amar al
Señor, escuchar su voz y seguirlo (cf. Dt 30,20). No es una idea bonita; es
una dirección concreta. Y hoy la Iglesia nos pregunta, con mucha serenidad:
- ¿Qué
decisiones me están acercando a Dios?
- ¿Qué
hábitos me están alejando de la vida?
- ¿Qué
estoy defendiendo con tanta fuerza que ya se volvió un “ídolo” (una falsa
seguridad)?
- ¿A
qué cruz le huyo, que en realidad podría ser el inicio de una vida más
auténtica?
Porque, seamos sinceros: hay cruces que no
escogemos. Pero hay otras cruces que sí escogemos cuando decidimos amar de
verdad: la cruz de pedir perdón, la cruz de cambiar, la cruz de renunciar a una
relación tóxica, la cruz de poner límites, la cruz de ser coherentes.
4) Una Cuaresma misionera y
vocacional
Hoy, además, oramos por la obra evangelizadora
de la Iglesia y por las vocaciones. Y esto encaja perfecto con el
Evangelio: la evangelización y la vocación nacen del mismo lugar: la
disponibilidad a “perder” algo por Cristo para que otros ganen vida.
No hay Iglesia misionera sin cristianos valientes.
No hay vocaciones sin jóvenes (y adultos) capaces de decir: “Señor, me arriesgo
contigo”. La vocación —al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio
cristiano, al servicio laical comprometido— siempre tiene algo de salto al
vacío… pero en realidad es salto a las manos de Dios.
Pidámosle al Señor que en nuestras comunidades no
falten corazones dispuestos a decir: “Aquí estoy”. Y pidámosle también que
quienes ya servimos en la misión no nos cansemos ni nos encerremos: que nuestra
fe no sea una fe “de mantenimiento”, sino una fe que se entrega.
Conclusión
En este jueves después del Miércoles de Ceniza,
Dios nos lo vuelve a poner delante, con ternura y firmeza: vida o muerte,
camino o deriva, árbol o paja. Y Jesús nos da la llave: se gana
perdiendo por amor.
Que esta Cuaresma no sea solo “de propósitos”, sino
de decisiones profundas. Y que el Señor nos conceda el coraje de escoger lo que
da vida: su Palabra, su cruz, su amor y su misión. Amén.
Oración
final (breve):
Señor
Jesús, danos un corazón libre para elegir la vida. Haznos valientes para
seguirte, aun cuando el amor cueste. Sostén la obra evangelizadora de tu
Iglesia y despierta vocaciones santas: sacerdotes, consagrados y laicos con
fuego misionero. Amén.
2
Hermanos y hermanas:
En este jueves después del Miércoles de Ceniza,
la Palabra de Dios nos coloca, desde el inicio de la Cuaresma, frente a una
decisión que define la vida entera: ¿qué camino elijo? ¿Qué “felicidad”
persigo? ¿Dónde pongo mi esperanza?
1) “Mira: hoy pongo delante de ti
la vida y la muerte”
La primera lectura (Dt 30,15-20) es directa y
conmovedora. Moisés no presenta una teoría moral: presenta una encrucijada.
Dice, en nombre de Dios: “Hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y
desgracia… Elige la vida.”
Y la vida, según la Biblia, no es solo “estar respirando”. Vida
significa comunión con Dios, verdad, libertad interior, paz, fecundidad,
futuro. Muerte significa lo contrario: un corazón que se va apagando,
una existencia encerrada en sí misma, un camino que parece “cómodo” pero
termina secando el alma.
Moisés añade algo decisivo: “Ama al Señor,
escucha su voz, permanece unido a Él, porque Él es tu vida.” (cf. Dt
30,20). No dice: “cumple un listado” como si Dios fuera un examinador. Dice: ámalo,
escúchalo, únete a Él. La Cuaresma comienza ahí: no con un maquillaje
religioso, sino con una opción del corazón.
2) El Salmo 1: árbol o paja
El Salmo 1 pone dos imágenes que cualquiera
entiende:
- El
justo es como árbol plantado junto al agua, que da fruto.
- El
malvado es como paja que se lleva el viento.
Aquí está la pregunta cuaresmal: ¿me estoy
volviendo árbol o me estoy volviendo paja?
Porque uno puede tener actividad, agenda, ruido, incluso “religiosidad”… y sin
embargo estar seco por dentro. La señal del árbol es que tiene raíces: oración,
Palabra, vida sacramental, coherencia, caridad. La señal de la paja es que vive
a merced de lo que diga el mundo, de la prisa, de la aprobación ajena, de la
ansiedad, del “me da igual”.
Y por eso el salmo es una súplica implícita: “Señor,
muéstrame el camino de tus mandatos” (responso tomado del Sal 119[118],29).
Es como decir: “No me dejes vivir a la deriva”.
3) El Evangelio: el gran
“paradoja” cristiana
Y entonces llega Jesús (Lc 9,22-25) y nos suelta
una frase que rompe la lógica habitual:
“El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la
salvará.”
Y remata con una pregunta que no deja escapatoria:
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se arruina
a sí mismo?”
Aquí está el corazón del mensaje: la cruz no es
un accidente; es un camino. Jesús no la busca por gusto, pero la abraza por
amor. Y nos dice: “Tome su cruz cada día y sígame.” No “una vez al año”,
no “cuando me sobre tiempo”, no “si me conviene”. Cada día.
La paradoja de la fe es esta: el mundo promete
felicidad evitando la cruz; Cristo promete plenitud abrazándola con sentido. El
mundo dice: “sálvate a ti mismo”. Cristo dice: “entrégate y vivirás”.
4) ¿Y Jesús fue feliz?
Hay una pregunta que mucha gente lleva por dentro: “¿Soy
feliz?”
Si miramos la vida de Jesús con ojos mundanos, no parece una historia
“exitosa”: pobreza, rechazo, incomprensiones, persecución, traición, cruz. Sin
embargo, Jesús revela una alegría más honda: la alegría de hacer la voluntad
del Padre, la alegría de amar hasta el extremo, la alegría de cumplir la
misión para la salvación de todos.
Esa es la verdad que la Cuaresma quiere
despertarnos: hay una “felicidad” que depende de que todo salga bien… y se
rompe al primer golpe. Y hay una alegría más profunda, que nace de saber para
qué vivo, a quién pertenezco, a quién sigo, por quién me
entrego.
5) “Negarse a sí mismo”: no es
odiarse, es liberarse
Jesús dice: “niéguese a sí mismo”. Eso no
significa despreciarse. Significa algo muy concreto:
- Negar
el ego tirano que quiere tener siempre la razón.
- Negar
el apego que no suelta.
- Negar
la vanidad que vive de aplausos.
- Negar
la comodidad que siempre pospone lo importante.
- Negar
el pecado que promete alivio y deja vacío.
Negarse a sí mismo es dejar de vivir para uno
mismo. Es pasar del “mi vida” al “Señor, tu vida en mí”.
6) La cruz diaria: ¿cuál es la
mía?
Jesús no habla de cruces imaginarias ni de dramas
inventados. Habla de la cruz real, cotidiana:
- La
cruz de perdonar cuando lo fácil sería cobrar venganza.
- La
cruz de ser fiel cuando la tentación ofrece atajos.
- La
cruz de servir sin reconocimiento.
- La
cruz de decir la verdad aunque cueste.
- La
cruz de cuidar a un enfermo, sostener una familia, educar con
paciencia.
- La
cruz de convertirse de verdad: cortar con lo que me destruye,
confesarme, ordenar mi vida.
Y aquí está el milagro: esa cruz, unida a Cristo,
deja de ser solo peso y se convierte en camino, en ofrenda, en redención.
7) Intención orante: obra
evangelizadora y vocaciones
Hoy oramos por la obra evangelizadora de la
Iglesia y las vocaciones. Y esto encaja perfectamente: porque evangelizar
es, en el fondo, perder la vida por Cristo para que otros la encuentren.
No hay evangelización sin cruz:
- Cruz
de salir, de tocar heridas, de no cansarse.
- Cruz
de formar, acompañar, corregir con caridad.
- Cruz
de la paciencia pastoral y de la perseverancia.
Y no hay vocaciones sin esta misma lógica: el Señor
sigue llamando a jóvenes y adultos a decirle: “Aquí estoy”. Pero responder siempre
implica renuncias, implica riesgos, implica cruz… y, a la vez, implica una
alegría más grande: la alegría de vivir para Dios y para los hermanos.
Pidamos al Señor vocaciones santas, alegres,
firmes: sacerdotes según su Corazón, consagrados y consagradas con pasión,
matrimonios que sean evangelio vivo, laicos misioneros que sostengan la fe en
medio del mundo.
Conclusión
Al inicio de esta Cuaresma, la Palabra nos deja dos
preguntas que conviene llevar al silencio:
1. ¿Qué estoy eligiendo: vida o
muerte? (Dt 30)
2. ¿Qué estoy persiguiendo: ganar el
mundo o salvar el alma? (Lc 9)
Y una certeza que lo resume todo: la cruz,
abrazada con Cristo, no aplasta; transforma.
Pidámosle hoy al Señor la sabiduría del corazón para entender lo que la lógica
del mundo no entiende: que se gana perdiendo por amor, y que el camino
más seguro hacia la vida es seguir a Jesús, cada día, con la cruz al
hombro y la esperanza encendida.
Oración
final:
Señor
Jesús, danos tu sabiduría para no dejarnos seducir por las falsas promesas del
mundo. Enséñanos a elegir la vida, a tomar la cruz cada día y a seguirte con
alegría. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones
generosas, valientes y santas. Jesús, en Ti confiamos. Amén.

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