miércoles, 18 de febrero de 2026

19 de febrero del 2026: jueves después del miércoles de Ceniza

 

Asumir el riesgo

(Dt 30,15-20; Lc 9,22-25) La invitación de Dios a elegir la vida llega al final de un largo camino por el desierto, marcado por infidelidades, quejas y resistencias al querer del Señor. Precisamente por eso el texto es tan luminoso: nos recuerda que la conversión siempre es posible, y que Dios no mira nuestra historia con fatalismo, sino con esperanza. Él vuelve a proponernos el camino, como quien dice: “todavía se puede”.

Pero surge una pregunta decisiva: ¿cómo discernir dónde está la vida? La respuesta se vuelve más clara a la luz del Evangelio: la vida verdadera no se conserva encerrándola, sino entregándola. Jesús lo expresa con una paradoja que atraviesa toda la Cuaresma: “perder para ganar”. No hay vida sin confianza, sin riesgo, sin dar pasos que nos saquen de la comodidad. Elegir la vida supone, entonces, aceptar el desafío de superar límites y miedos, y creer que el amor de Dios sostiene al que se atreve a seguir a Cristo.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Dt 30, 15-20

Mira: yo les propongo hoy bendición y maldición

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.
Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo les declaro hoy que morirán sin remedio; no durarán mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán.
Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivan tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 (R.: Sal 39, 5ab)

R. Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor.


V. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. 
R.

V. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. 
R.

V. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. 
R.

 

Aclamación

V. Conviértanse —dice el Señor—,
porque está cerca el reino de los cielos.

 

Evangelio

Lc 9, 22-25

El que pierda su vida por mi causa la salvará

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Entonces decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, apenas estamos comenzando la Cuaresma y la liturgia ya nos coloca frente a una decisión que no admite neutralidad. Moisés lo dice con una claridad estremecedora: “Mira: hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Elige la vida” (cf. Dt 30,15.19). No es un discurso para gente “perfecta”. Es una palabra proclamada después de un camino difícil, con tropiezos, infidelidades y cansancios. Y eso es lo que la vuelve tan consoladora: Dios no nos habla porque ya seamos santos; nos habla para que podamos volver a empezar.

Cuaresma, entonces, no es una temporada de tristeza ni de culpabilidad estéril. Es el tiempo de la elección. Y elegir significa que hay algo que debo dejar, algo que debo recuperar, algo que debo ordenar. Porque el corazón puede vivir dividido: queremos a Dios… pero también queremos asegurar el control; deseamos la vida… pero nos aferramos a lo que nos quita vida.

1) “Elige la vida”: ¿dónde se reconoce?

El salmo de hoy nos dibuja dos caminos: el del justo y el del malvado (Sal 1). Uno es como árbol plantado junto al agua, que da fruto a su tiempo; el otro es como paja que se lleva el viento. Es una imagen sencilla: la vida verdadera se nota en los frutos.

  • Donde hay vida, hay raíces: oración, verdad, humildad, reconciliación.
  • Donde hay vida, hay fruto: paz interior, capacidad de amar, paciencia, servicio.
  • Donde no hay vida, todo se vuelve inestable: hoy entusiasmo, mañana vacío; hoy promesas, mañana excusas.

Y aquí aparece un criterio muy cuaresmal: cuando uno se aparta de Dios, no queda “neutral”; se va secando por dentro. Por eso la Cuaresma no es “portarse mejor”, sino volver a la fuente.

2) La clave del Evangelio: “perder para ganar”

Jesús, en el Evangelio, no endulza el seguimiento: anuncia la cruz (Lc 9,22) y enseña una lógica que desconcierta:
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,24).

¿Qué significa esto en la vida real? Que muchas veces confundimos “salvar la vida” con protegernos, con no sufrir, con no complicarnos, con no comprometernos. Y Jesús nos dice: cuidado… porque puedes “salvarte” tanto, que termines perdiéndote.

Hay pérdidas que destruyen, sí. Pero hay otras pérdidas que fecundan:

  • Pierde el que perdona… pero gana libertad.
  • Pierde el que dice la verdad… pero gana dignidad.
  • Pierde el que sirve sin aplausos… pero gana el corazón de Dios.
  • Pierde el que deja un pecado habitual… pero gana paz.
  • Pierde el que responde a una vocación… pero gana sentido.

El Evangelio no nos invita al masoquismo, sino a la valentía del amor. Y amar siempre tiene riesgo. Porque amar es salir del “yo primero”, salir del cálculo, salir de la comodidad.

3) ¿Qué “vida” estoy eligiendo hoy?

Moisés lo aterriza: elegir la vida es amar al Señor, escuchar su voz y seguirlo (cf. Dt 30,20). No es una idea bonita; es una dirección concreta. Y hoy la Iglesia nos pregunta, con mucha serenidad:

  • ¿Qué decisiones me están acercando a Dios?
  • ¿Qué hábitos me están alejando de la vida?
  • ¿Qué estoy defendiendo con tanta fuerza que ya se volvió un “ídolo” (una falsa seguridad)?
  • ¿A qué cruz le huyo, que en realidad podría ser el inicio de una vida más auténtica?

Porque, seamos sinceros: hay cruces que no escogemos. Pero hay otras cruces que sí escogemos cuando decidimos amar de verdad: la cruz de pedir perdón, la cruz de cambiar, la cruz de renunciar a una relación tóxica, la cruz de poner límites, la cruz de ser coherentes.

4) Una Cuaresma misionera y vocacional

Hoy, además, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Y esto encaja perfecto con el Evangelio: la evangelización y la vocación nacen del mismo lugar: la disponibilidad a “perder” algo por Cristo para que otros ganen vida.

No hay Iglesia misionera sin cristianos valientes. No hay vocaciones sin jóvenes (y adultos) capaces de decir: “Señor, me arriesgo contigo”. La vocación —al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, al servicio laical comprometido— siempre tiene algo de salto al vacío… pero en realidad es salto a las manos de Dios.

Pidámosle al Señor que en nuestras comunidades no falten corazones dispuestos a decir: “Aquí estoy”. Y pidámosle también que quienes ya servimos en la misión no nos cansemos ni nos encerremos: que nuestra fe no sea una fe “de mantenimiento”, sino una fe que se entrega.

Conclusión

En este jueves después del Miércoles de Ceniza, Dios nos lo vuelve a poner delante, con ternura y firmeza: vida o muerte, camino o deriva, árbol o paja. Y Jesús nos da la llave: se gana perdiendo por amor.

Que esta Cuaresma no sea solo “de propósitos”, sino de decisiones profundas. Y que el Señor nos conceda el coraje de escoger lo que da vida: su Palabra, su cruz, su amor y su misión. Amén.

Oración final (breve):

Señor Jesús, danos un corazón libre para elegir la vida. Haznos valientes para seguirte, aun cuando el amor cueste. Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y despierta vocaciones santas: sacerdotes, consagrados y laicos con fuego misionero. Amén.

 

 

2

 

Hermanos y hermanas:

En este jueves después del Miércoles de Ceniza, la Palabra de Dios nos coloca, desde el inicio de la Cuaresma, frente a una decisión que define la vida entera: ¿qué camino elijo? ¿Qué “felicidad” persigo? ¿Dónde pongo mi esperanza?

1) “Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la muerte”

La primera lectura (Dt 30,15-20) es directa y conmovedora. Moisés no presenta una teoría moral: presenta una encrucijada. Dice, en nombre de Dios: “Hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Elige la vida.”
Y la vida, según la Biblia, no es solo “estar respirando”. Vida significa comunión con Dios, verdad, libertad interior, paz, fecundidad, futuro. Muerte significa lo contrario: un corazón que se va apagando, una existencia encerrada en sí misma, un camino que parece “cómodo” pero termina secando el alma.

Moisés añade algo decisivo: “Ama al Señor, escucha su voz, permanece unido a Él, porque Él es tu vida.” (cf. Dt 30,20). No dice: “cumple un listado” como si Dios fuera un examinador. Dice: ámalo, escúchalo, únete a Él. La Cuaresma comienza ahí: no con un maquillaje religioso, sino con una opción del corazón.

2) El Salmo 1: árbol o paja

El Salmo 1 pone dos imágenes que cualquiera entiende:

  • El justo es como árbol plantado junto al agua, que da fruto.
  • El malvado es como paja que se lleva el viento.

Aquí está la pregunta cuaresmal: ¿me estoy volviendo árbol o me estoy volviendo paja?
Porque uno puede tener actividad, agenda, ruido, incluso “religiosidad”… y sin embargo estar seco por dentro. La señal del árbol es que tiene raíces: oración, Palabra, vida sacramental, coherencia, caridad. La señal de la paja es que vive a merced de lo que diga el mundo, de la prisa, de la aprobación ajena, de la ansiedad, del “me da igual”.

Y por eso el salmo es una súplica implícita: “Señor, muéstrame el camino de tus mandatos” (responso tomado del Sal 119[118],29). Es como decir: “No me dejes vivir a la deriva”.

3) El Evangelio: el gran “paradoja” cristiana

Y entonces llega Jesús (Lc 9,22-25) y nos suelta una frase que rompe la lógica habitual:
“El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la salvará.”
Y remata con una pregunta que no deja escapatoria:
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?”

Aquí está el corazón del mensaje: la cruz no es un accidente; es un camino. Jesús no la busca por gusto, pero la abraza por amor. Y nos dice: “Tome su cruz cada día y sígame.” No “una vez al año”, no “cuando me sobre tiempo”, no “si me conviene”. Cada día.

La paradoja de la fe es esta: el mundo promete felicidad evitando la cruz; Cristo promete plenitud abrazándola con sentido. El mundo dice: “sálvate a ti mismo”. Cristo dice: “entrégate y vivirás”.

4) ¿Y Jesús fue feliz?

Hay una pregunta que mucha gente lleva por dentro: “¿Soy feliz?”
Si miramos la vida de Jesús con ojos mundanos, no parece una historia “exitosa”: pobreza, rechazo, incomprensiones, persecución, traición, cruz. Sin embargo, Jesús revela una alegría más honda: la alegría de hacer la voluntad del Padre, la alegría de amar hasta el extremo, la alegría de cumplir la misión para la salvación de todos.

Esa es la verdad que la Cuaresma quiere despertarnos: hay una “felicidad” que depende de que todo salga bien… y se rompe al primer golpe. Y hay una alegría más profunda, que nace de saber para qué vivo, a quién pertenezco, a quién sigo, por quién me entrego.

5) “Negarse a sí mismo”: no es odiarse, es liberarse

Jesús dice: “niéguese a sí mismo”. Eso no significa despreciarse. Significa algo muy concreto:

  • Negar el ego tirano que quiere tener siempre la razón.
  • Negar el apego que no suelta.
  • Negar la vanidad que vive de aplausos.
  • Negar la comodidad que siempre pospone lo importante.
  • Negar el pecado que promete alivio y deja vacío.

Negarse a sí mismo es dejar de vivir para uno mismo. Es pasar del “mi vida” al “Señor, tu vida en mí”.

6) La cruz diaria: ¿cuál es la mía?

Jesús no habla de cruces imaginarias ni de dramas inventados. Habla de la cruz real, cotidiana:

  • La cruz de perdonar cuando lo fácil sería cobrar venganza.
  • La cruz de ser fiel cuando la tentación ofrece atajos.
  • La cruz de servir sin reconocimiento.
  • La cruz de decir la verdad aunque cueste.
  • La cruz de cuidar a un enfermo, sostener una familia, educar con paciencia.
  • La cruz de convertirse de verdad: cortar con lo que me destruye, confesarme, ordenar mi vida.

Y aquí está el milagro: esa cruz, unida a Cristo, deja de ser solo peso y se convierte en camino, en ofrenda, en redención.

7) Intención orante: obra evangelizadora y vocaciones

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y las vocaciones. Y esto encaja perfectamente: porque evangelizar es, en el fondo, perder la vida por Cristo para que otros la encuentren.

No hay evangelización sin cruz:

  • Cruz de salir, de tocar heridas, de no cansarse.
  • Cruz de formar, acompañar, corregir con caridad.
  • Cruz de la paciencia pastoral y de la perseverancia.

Y no hay vocaciones sin esta misma lógica: el Señor sigue llamando a jóvenes y adultos a decirle: “Aquí estoy”. Pero responder siempre implica renuncias, implica riesgos, implica cruz… y, a la vez, implica una alegría más grande: la alegría de vivir para Dios y para los hermanos.

Pidamos al Señor vocaciones santas, alegres, firmes: sacerdotes según su Corazón, consagrados y consagradas con pasión, matrimonios que sean evangelio vivo, laicos misioneros que sostengan la fe en medio del mundo.

Conclusión

Al inicio de esta Cuaresma, la Palabra nos deja dos preguntas que conviene llevar al silencio:

1.    ¿Qué estoy eligiendo: vida o muerte? (Dt 30)

2.    ¿Qué estoy persiguiendo: ganar el mundo o salvar el alma? (Lc 9)

Y una certeza que lo resume todo: la cruz, abrazada con Cristo, no aplasta; transforma.
Pidámosle hoy al Señor la sabiduría del corazón para entender lo que la lógica del mundo no entiende: que se gana perdiendo por amor, y que el camino más seguro hacia la vida es seguir a Jesús, cada día, con la cruz al hombro y la esperanza encendida.

Oración final:

Señor Jesús, danos tu sabiduría para no dejarnos seducir por las falsas promesas del mundo. Enséñanos a elegir la vida, a tomar la cruz cada día y a seguirte con alegría. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones generosas, valientes y santas. Jesús, en Ti confiamos. Amén.

 

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