martes, 17 de febrero de 2026

18 de febrero del 2026: Miércoles de Ceniza

 

El regreso a Dios


(Mateo 6, 1-6.16-18) El camino de la Cuaresma no se centra ante todo en unas prácticas, sino en el regreso a Dios. Eso supone desprenderse de aquello que contamina nuestra relación con Él, con los demás y con nosotros mismos: es decir, esa necesidad de reconocimiento y de aprobación que nos mantiene prisioneros de la mirada de los otros, de los prejuicios de nuestro ambiente… Esto nos invita a prestar atención a nuestras motivaciones, no para condenarnos, sino para abrirnos a la transformación del Espíritu que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21).

Emmanuelle Billoteau, ermita

 


 

Primera lectura

Jl 2, 12-18

Rasguen sus corazones, no sus vestidos

Lectura de la profecía de Joel.

AHORA —oráculo del Señor—,
conviértanse a mí de todo corazón,
con ayunos, llantos y lamentos;
rasguen sus corazones, no sus vestidos,
y conviértanse al Señor su Dios,
un Dios compasivo y misericordioso,
lento a la cólera y rico en amor,
que se arrepiente del castigo.
¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá
dejando tras de sí la bendición,
ofrenda y libación
para el Señor, su Dios!
Toquen la trompeta en Sion,
proclamen un ayuno santo,
convoquen a la asamblea,
reúnan a la gente,
santifiquen a la comunidad,
llamen a los ancianos;
congreguen a los muchachos
y a los niños de pecho;
salga el esposo de la alcoba
y la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar
lloren los sacerdotes,
servidores del Señor,
y digan:
«Ten compasión de tu pueblo, Señor;
no entregues tu heredad al oprobio
ni a las burlas de los pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes:
«Dónde está su Dios»?
Entonces se encendió
el celo de Dios por su tierra
y perdonó a su pueblo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6ab. 12-13. 14 y 17 (R.: cf. 3a)

R. Misericordia, Señor, hemos pecado.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. 
R.

V. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. 
R.

 

Segunda lectura

2 Cor 5, 20 — 6, 2

Reconcíliense con Dios: ahora es tiempo favorable

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Y como cooperadores suyos, los exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:
«En el tiempo favorable te escuché,
en el día de la salvación te ayudé».
Pues miren: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor.

 

Evangelio

Mt 6, 1-6. 16-18

Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendrán recompensa de su Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad les digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunen, no pongan cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad les digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

Hoy, con la ceniza sobre la frente, comenzamos un tiempo santo que muchos identifican enseguida con tres palabras: oración, ayuno y limosna. Y está bien. Pero la Palabra de Dios de este Miércoles de Ceniza nos obliga a ir más al fondo: la Cuaresma es, ante todo, un regreso a Dios.

Lo dice el profeta Joel con una fuerza que atraviesa los siglos:

“Vuelvan a mí de todo corazón” (Jl 2,12).

No dice: “vuelvan a una costumbre”. No dice: “cumplan un rito”. Dice: vuelvan a mí. La Cuaresma no empieza con tareas; empieza con una relación que necesita ser sanada.


1) “Rasguen el corazón, no los vestidos” (Jl 2,13)

Joel describe los signos penitenciales del pueblo: ayuno, llanto, luto, asamblea, trompeta… Todo eso existe. Pero el centro es otro:

“Rasguen su corazón y no sus vestidos” (Jl 2,13).

Es una frase tremenda: no basta el gesto exterior. El corazón puede “vestirse” de penitencia y por dentro seguir igual: orgulloso, resentido, duro, distraído, superficial.

Por eso la ceniza no es un talismán ni un simple recuerdo piadoso: es una sacudida. Nos recuerda quiénes somos: frágiles, necesitados, pecadores… pero también convocados por un Dios que “es compasivo y misericordioso” (cf. Jl 2,13).

Y fíjense que Joel no pinta un Dios con ganas de castigar, sino un Dios que espera, que se deja conmover, que busca restaurar la alianza:

“Quizá se arrepienta… ¿Quién sabe?” (Jl 2,14).

Ese “quién sabe” no es duda sobre la bondad de Dios; es una invitación a no dar por perdido el futuro: si volvemos, hay gracia; si regresamos, hay vida.


2) El Salmo 51: la Cuaresma como cirugía del corazón

Hoy respondemos con el Salmo 51, el gran salmo penitencial:

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad” (Sal 51).

Aquí se entiende bien el espíritu cuaresmal: no venimos a exhibir méritos; venimos a pedir misericordia. Y el salmo nos enseña lo que Dios desea:

“Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias” (Sal 51,19/17).

Dios no desprecia nuestra pobreza cuando es verdadera. Lo que Él no soporta es la máscara. Y por eso este salmo pide lo que más necesitamos:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro” (Sal 51,12).

Cuaresma es eso: permitir que Dios cree de nuevo en nosotros. No es maquillaje: es creación nueva.


3) “Déjense reconciliar con Dios… ahora” (2Co 5,20–6,2)

San Pablo hoy no habla con tono diplomático. Habla como quien suplica:

“En nombre de Cristo les pedimos: déjense reconciliar con Dios” (2Co 5,20).

Noten el verbo: déjense. A veces pensamos que convertirnos es solo “hacer más”. Pablo dice algo más profundo: convertirnos es dejar que Dios nos reconcilie, permitir que su gracia nos alcance.

Y remata con una frase que debería quedarse pegada al alma durante toda la Cuaresma:

“Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2Co 6,2).

No cuando se calme todo. No cuando termine el problema. No cuando haya más tiempo. Ahora.

La Cuaresma es un “ahora” de Dios. Un kairós. Una puerta abierta.


4) El Evangelio: volver a Dios purificando las motivaciones (Mt 6,1-6.16-18)

Y llegamos al Evangelio. Jesús no prohíbe la limosna, la oración y el ayuno. De hecho, lo da por sentado: “cuando des… cuando ores… cuando ayunes…”.

Lo que Jesús combate es otra cosa: la necesidad de reconocimiento, esa sed de aprobación que nos vuelve esclavos de la mirada ajena. Como decía alguien: hay algo que “contamina” nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos: vivir prisioneros del qué dirán, de los prejuicios del ambiente, del aplauso.

Por eso Jesús repite como un estribillo:

“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

El secreto no es esconderse por miedo; es actuar desde la verdad. Es hacer el bien por amor, no por imagen.

  • Limosna: no para ser visto, sino para amar y liberar el corazón de la avaricia y del egoísmo.
  • Oración: no para impresionar, sino para entrar al “cuarto interior”, donde se recuerda quién soy: hijo amado, no actor religioso.
  • Ayuno: no para aparentar santidad, sino para ordenar los deseos y aprender que Dios es mi verdadera hambre.

La Cuaresma entonces no es primero una lista de prácticas, sino una purificación de intención: ¿por qué hago lo que hago? ¿para quién? ¿desde dónde?


5) Evocación de la ceniza: polvo que humilla, polvo que despierta

La ceniza en la frente es pequeña, pero habla fuerte. Nos predica sin palabras:

  • “No eres Dios”: baja del pedestal.
  • “No eres eterno aquí”: vive lo esencial.
  • “Necesitas salvación”: abre espacio a la gracia.
  • “Puedes empezar de nuevo”: hoy es tiempo favorable.

Y aquí se une todo: Joel nos llama a volver; el salmo nos pone de rodillas sin destruirnos; Pablo nos urge a reconciliarnos hoy; Jesús nos enseña a caminar en verdad, lejos del show religioso.


Para aterrizar la Cuaresma en decisiones concretas

Te propongo tres preguntas sencillas para estos días:

1.    ¿Qué necesito soltar para volver a Dios “de todo corazón”? (Jl 2,12)

2.    ¿Qué motivación debo purificar: quiero ser visto o quiero amar? (Mt 6)

3.    ¿Qué paso de reconciliación debo dar ya: con Dios, con alguien, conmigo mismo? (2Co 6,2)

Y tres compromisos discretos:

  • una limosna real (que me cueste)
  • una oración diaria en secreto (aunque sea breve, fiel)
  • un ayuno concreto (que ordene mi corazón, no solo el estómago)

Oración final

Señor, hoy regreso a Ti.
Rasga mi corazón donde está endurecido,
purifica mis motivaciones,
líbrame de la esclavitud del aplauso
y hazme vivir en tu mirada que sana.

Crea en mí un corazón puro.
Reconcíliame contigo.
Y que esta Cuaresma sea un verdadero comienzo.

Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

Hoy comenzamos el santo tiempo de la Cuaresma. La ceniza que se impondrá sobre nuestra frente no es un gesto folclórico ni una costumbre antigua sin contenido. Es una llamada urgente. El profeta Joel lo grita con fuerza:

“Conviértanse a mí de todo corazón” (Jl 2,12).

No dice: “hagan algunos cambios externos”. Dice: de todo corazón.

San Pablo lo reafirma con tono apasionado:

“En nombre de Cristo les suplicamos: déjense reconciliar con Dios… ahora es el tiempo favorable” (2Co 5,20; 6,2).

No mañana. No cuando pase la Semana Santa. Ahora.

Y el Evangelio nos ofrece el camino concreto: limosna, oración y ayuno.


1. Tres tentaciones, tres remedios

Los Padres de la Iglesia enseñaban que estas tres prácticas cuaresmales no son simples obras piadosas. Son armas espirituales. Son el modo concreto de combatir las mismas tentaciones que Jesús venció en el desierto.

a) La gula – y el ayuno como medicina

El maligno tentó a Jesús: “Convierte estas piedras en pan”.
Después de cuarenta días de ayuno, era una tentación muy real.

No era sólo hambre física. Era la invitación a usar el poder para satisfacer un deseo inmediato.

¿Cuántas veces nosotros también buscamos saciar vacíos interiores con comida, consumo, entretenimiento, redes sociales, compras compulsivas? La gula no es solo comer demasiado; es vivir dominados por el apetito.

El ayuno es la respuesta.
No para castigar el cuerpo.
No para aparentar santidad.
Sino para educar el corazón.

Cuando ayunamos, recordamos que no todo deseo debe ser satisfecho inmediatamente. Aprendemos libertad interior. Descubrimos que Dios basta.

Por eso Jesús dice:

“Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara”.

No es teatro. Es discreción. Es amor secreto.


b) La vanagloria – y la oración como purificación

La segunda tentación fue la del espectáculo:
“Lánzate del templo para que todos vean quién eres”.

La necesidad de ser admirado, reconocido, aplaudido.
La obsesión por la imagen.
El deseo de aprobación constante.

Hoy vivimos en una cultura donde la identidad parece depender de los “me gusta”. Pero Jesús nos lleva al lugar contrario:

“Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta…”

La oración en lo secreto es el antídoto contra la vanagloria.
Allí no hay público.
Allí no hay aplausos.
Allí sólo está el Padre.

Y cuando uno se sabe amado por el Padre, ya no necesita demostrar nada a nadie. La oración sana la inseguridad, la comparación, la competencia. Nos devuelve nuestra verdadera dignidad: ser hijos.


c) La avaricia – y la limosna como liberación

La tercera tentación fue el poder y la posesión:
“Te daré todos los reinos del mundo si me adoras”.

La avaricia no es solo amar el dinero; es confiar en él más que en Dios. Es pensar que la seguridad viene de acumular.

La limosna rompe ese apego.
Cuando damos, declaramos: mi seguridad no está en lo que poseo, sino en Aquel que me sostiene.

Jesús dice:

“Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.

La verdadera generosidad no busca publicidad.
Busca libertad.

Cuando compartimos, vencemos el egoísmo.
Cuando ayudamos, nos parecemos a Dios.


2. El combate espiritual comienza dentro

El Salmo 51 nos hace repetir hoy:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.

La Cuaresma no es una dieta religiosa.
Es una cirugía del corazón.

El problema no está solo en nuestras acciones externas, sino en nuestras motivaciones profundas. Jesús lo deja claro: no basta dar limosna; importa cómo y por qué la damos. No basta ayunar; importa desde dónde lo hacemos.

Combatir el pecado con la virtud significa identificar aquello que más nos esclaviza y abrazar conscientemente la virtud contraria.

  • Si lucho con el egoísmo, practico generosidad concreta.
  • Si lucho con el orgullo, busco oración humilde.
  • Si lucho con el desorden en mis apetitos, practico ayuno disciplinado.

La virtud no nace espontáneamente; se cultiva con decisión.


3. Ir al desierto

Cuarenta días.
Como Jesús.
Como el pueblo de Israel.

El desierto no es un lugar cómodo. Es un lugar de verdad. Allí caen las máscaras. Allí se revela lo que realmente hay dentro.

¿Qué te aleja hoy de Dios?
¿Qué tentación se repite más en tu vida?
¿Qué pecado se ha vuelto costumbre?

No tengamos miedo de mirarlo.
El Miércoles de Ceniza no es un día triste; es un día de esperanza.

Porque el mismo Dios que nos muestra la herida es quien ofrece la medicina.


4. La recompensa del Padre

Jesús repite tres veces una promesa:

“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

La recompensa no es fama.
No es éxito.
No es prosperidad material.

La recompensa es un corazón libre.
Un corazón reconciliado.
Un corazón que ama más.

Hoy, al recibir la ceniza, escucharemos:
“Conviértete y cree en el Evangelio”
o
“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”.

No es una amenaza.
Es una invitación a vivir lo único que permanece: el amor.


Oración final

Señor liberador,
al comenzar esta Cuaresma, muéstrame con claridad aquello que me esclaviza.
Dame valentía para enfrentar mis tentaciones.
Enséñame a practicar la limosna con generosidad,
la oración con humildad
y el ayuno con alegría.

Crea en mí un corazón nuevo.
Hazme libre para amar más.

Jesús, confío en Ti.

 

3

 

Queridos hermanos:

Cada año, al llegar el Miércoles de Ceniza, muchos experimentamos algo especial. Permítanme comenzar con un recuerdo personal.

Cuando era niño, este día me producía una mezcla de curiosidad y respeto. Íbamos al templo casi “en fila”, acompañados por nuestros profesores y con el consentimiento alegre de nuestros padres. El sacerdote marcaba una pequeña cruz de ceniza sobre nuestra frente. Yo me preguntaba: ¿para qué sirve esto? ¿Qué significa dejarse trazar una cruz hecha con polvo oscuro, que —nos decían— provenía de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior?

Aquella crucecita la llevábamos con orgullo casi sagrado. Hacíamos lo posible por no borrarla en todo el día. Pero bastaba el sudor, el juego o un descuido al rascarnos la frente para que se desdibujara. Y cuando eso ocurría, sentíamos una especie de sobresalto interior, como si hubiéramos atentado contra algo muy importante.

Con el paso de los años comprendí mejor. Y también descubrí que todavía hoy muchos participan del rito sin entender del todo su profundidad.


1. La ceniza: un signo antiguo y profundamente bíblico

La imposición de la ceniza no es un invento reciente. La Iglesia lo recibe de la tradición bíblica.

En Israel, cuando el pueblo atravesaba tiempos de sufrimiento, de prueba o de pecado, se proclamaban ayunos públicos. Las personas se vestían con sayal, se cubrían de ceniza y expresaban exteriormente su dolor y su arrepentimiento. Era un gesto fuerte: reconocer la fragilidad humana ante Dios.

El profeta Joel, en la primera lectura, nos transmite hoy esa misma voz divina:

“Conviértanse a mí de todo corazón… rasguen su corazón y no sus vestidos” (Jl 2,12-13).

Aquí está el centro: no basta el gesto externo. Dios quiere el corazón.

La ceniza es un sacramental —no un sacramento—, es decir, un signo que dispone el alma. No actúa mágicamente. No es un amuleto. Es una llamada.


2. “Recuerda que eres polvo”

Cuando escuchamos:
“Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”,
no es una amenaza, es una verdad liberadora.

Nos recuerda que no somos autosuficientes. Que no somos eternos en esta tierra. Que no somos dioses.

En una cultura que exalta la juventud, el éxito, la apariencia y la productividad, la ceniza nos devuelve a la realidad: somos criaturas, somos dependientes, somos frágiles… y somos amados por Dios.

La ceniza nos habla de pecado y de muerte, sí. Pero también nos habla de misericordia y de esperanza. Porque reconocer nuestra condición es el primer paso para dejarnos salvar.


3. Lo esencial no es el gesto, sino la conversión

En el Evangelio, Jesús no elimina las prácticas penitenciales. No dice que el ayuno, la oración o la limosna sean inútiles. Al contrario, los presupone. Pero hace una precisión decisiva: no deben hacerse para aparentar.

“Cuando des limosna… cuando ores… cuando ayunes…”

No dice “si”. Dice “cuando”. Es decir, son parte de la vida del creyente.

Pero añade:

“Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

El peligro no es practicar la religión; el peligro es vaciarla de interioridad. El gesto exterior sin conversión interior se vuelve teatro.

Joel ya lo había dicho:
“Rasguen su corazón”.

La Cuaresma no es cosmética espiritual. No es cumplir por tradición. Es un tiempo de gracia para volver a Dios “de todo corazón”.


4. Cuarenta días para reencontrar lo esencial

La palabra Cuaresma significa “cuarenta”. Cuarenta días como los de Jesús en el desierto. Cuarenta días para ordenar la vida.

Vivimos inmersos en una sociedad de ruido, prisa y superficialidad. Muchas voces compiten por nuestra atención. La Palabra de Dios se diluye entre tantas opiniones. Terminamos dando prioridad a lo urgente y olvidando lo importante.

La ceniza nos obliga a detenernos.
A preguntarnos:
¿Qué sentido tiene mi trabajo?
¿Qué lugar ocupa Dios en mi agenda?
¿Qué estoy haciendo con mi vida?

San Pablo nos lo dice con fuerza:

“Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación” (2Co 6,2).

No después. Ahora.


5. Un camino de humildad y esperanza

La ceniza nos recuerda que somos pecadores. Pero no para hundirnos en la culpa, sino para abrirnos a la misericordia.

El Salmo 51 lo expresa con belleza:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón puro”.

Ese es el verdadero objetivo de estos cuarenta días: un corazón nuevo. Un corazón más humilde, más justo, más compasivo.

Porque la conversión no consiste solo en dejar un pecado; consiste en amar mejor. En perdonar. En reconciliarnos. En buscar la justicia. En volver a lo esencial.


Queridos hermanos:

Tal vez hoy, como cuando éramos niños, volvamos a sentir una mezcla de respeto y misterio al recibir la ceniza. Pero que no se quede en una emoción pasajera.

Que este signo visible nos lleve a una decisión invisible pero real: volver a Dios.

Que estos cuarenta días no pasen en vano.
Que la cruz de ceniza en la frente se convierta en cruz de amor en el corazón.

Amén.

 

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