Santo del día:
San Alejo (Alexis) Falconieri
1200–1310.
Junto con otros seis jóvenes
ricos de Florencia, renunció a sus bienes, eligió la pobreza y fundó la Orden
de los Siervos (Servitas), o Siervos de María.
En auxilio del hombre tentado
(Santiago 1,12-18) Santiago
recuerda que la tentación no viene de Dios, sino de nuestras “pasiones”,
devolviendo a cada uno su responsabilidad. ¿Acaso Dios no actuó así con Caín,
presa de la ira: “El pecado está agazapado a tu puerta […], pero tú debes
dominarlo” (Gn 4,7)?
Sabiendo que el Señor viene en
auxilio del hombre tentado que le suplica. Esto permite retomar la penúltima
petición del Padrenuestro, sin olvidar estar atentos a nosotros mismos para no
entrar en la espiral que conduce a la muerte.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Sant
1, 12-18
Dios
no tienta a nadie
Lectura de la carta del apóstol Santiago.
BIENAVENTURADO el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso,
recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman.
Cuando alguien se vea tentado, que no diga: «Es Dios quien me tienta»; pues
Dios no es tentado por el mal y él no tienta a nadie.
A cada uno lo tienta su propio deseo cuando lo arrastra y lo seduce; después el
deseo concibe y da a luz al pecado, y entonces el pecado, cuando madura,
engendra muerte.
No se engañen, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto
viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni
alteración ni sombra de mutación.
Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos
como una primicia de sus criaturas.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
93, 12-13a. 14-15. 18-19 (R.: 12a)
R. Dichoso el hombre a
quien tú educas, Señor.
V. Dichoso el hombre a
quien tú educas,
al que enseñas tu ley,
dándole descanso tras los años duros. R.
V. Porque el Señor no
rechaza a su pueblo,
ni abandona su heredad:
el juicio retornará a la justicia,
y la seguirán todos los rectos de corazón. R.
V. Cuando pensaba que
iba a tropezar,
tu misericordia, Señor, me sostenía;
cuando se multiplican mis preocupaciones,
tus consuelos son mi delicia. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. El que me ama
guardará mi palabra —dice el Señor—, y mi Padre lo amará, y vendremos a
él. R.
Evangelio
Mc
8, 14-21
Eviten
la levadura de los fariseos y de Herodes
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó tomar pan y no tenían más que
un pan en la barca.
Y Jesús les ordenaba diciendo:
«Estén atentos, eviten la levadura de los fariseos y de Herodes».
Y discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.
Dándose cuenta, les dijo Jesús:
«¿Por qué andan discutiendo que no tienen pan? ¿Aún no entienden ni comprenden?
¿Tienen el corazón embotado? ¿Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen? ¿No
recuerdan cuántos cestos de sobras recogieron cuando repartí cinco panes entre
cinco mil?».
Ellos contestaron:
«Doce».
«¿Y cuántas canastas de sobras recogieron cuando repartí siete entre cuatro
mil?».
Le respondieron:
«Siete».
Él les dijo:
«¿Y no acaban de comprender?».
Palabra del Señor.
1
Hermanos, hoy la Palabra de Dios nos pone delante
dos “olvidos” que pueden arruinarnos la vida espiritual: el olvido de cómo
actúa la tentación y el olvido de quién es Jesús y de lo que ya ha
hecho por nosotros.
1) “Dichoso el que soporta la
tentación” (St 1,12-18): la batalla es real… y también la gracia
Santiago es muy claro: Dios no tienta a nadie.
Entonces, ¿de dónde sale la tentación? De ese terreno interior que la Biblia
llama “pasiones”: impulsos, heridas, deseos desordenados, resentimientos,
vanidades, miedos… Todo eso que, si no lo cuidamos, termina dominándonos.
Santiago describe un proceso psicológico y
espiritual muy real:
- la
pasión seduce,
- se
concibe el pecado,
- y el
pecado, si se deja crecer, engendra muerte.
Es una espiral. No siempre empieza con algo
“grave”. Empieza con una rendija: una frase que me repito, una excusa que me
doy, una pequeña mentira, una costumbre que normalizo, una rabia que alimento,
una envidia que justifico, un “yo me lo merezco”… Y, sin darnos cuenta, lo que
parecía pequeño se vuelve cadena.
Pero el apóstol no nos deja en el miedo: proclama
una buena noticia: Dios es Padre bueno, el que da “todo don perfecto”.
Cuando pedimos: “No nos dejes caer en la tentación”, no estamos
diciendo: “Señor, quítame toda lucha”, sino: “Señor, no me sueltes la mano; no
permitas que la prueba me venza; dame salida; dame luz; dame fortaleza”.
Y aquí conviene repetir, como en el comentario: Dios
viene al auxilio del tentado que lo implora. A veces la victoria comienza
con una oración corta y humilde:
“Jesús, ayúdame”.
“Señor, ten misericordia”.
“María, cúbreme con tu manto”.
2) “¿Aún no entienden?” (Mc
8,14-21): cuando la preocupación nos roba la fe
En el Evangelio los discípulos están inquietos
porque se les olvidó llevar pan. Y Jesús, con una mezcla de paciencia y dolor,
les habla de la “levadura” de los fariseos y de Herodes: esa levadura es una
manera de pensar que contamina: la desconfianza, la dureza de corazón,
el cálculo sin fe, el corazón cerrado que exige pruebas pero no se convierte.
Y Jesús les hace preguntas que son como un examen
del alma:
- “¿Por
qué discuten que no tienen pan?”
- “¿Todavía
no comprenden?”
- “¿No
recuerdan… cuando multipliqué los panes?”
El problema no es el pan. El problema es la memoria
del corazón. Cuando uno vive dominado por la ansiedad, se le encoge el alma: olvida
los milagros de ayer y se imagina que mañana Dios no estará.
¿Cuántas veces nos pasa?
Dios nos ha sacado adelante en momentos durísimos… pero hoy aparece otro
problema y sentimos que todo se acaba. Y entonces Jesús pregunta: “¿Aún no
entiendes?” Es decir: “¿Todavía no has captado que yo soy tu Pan? ¿Que conmigo
no te falta lo esencial? ¿Que la providencia no se agota?”
3) Dos “levaduras” que hoy
fermentan: la del orgullo y la del miedo
Hay una tentación muy común: el orgullo
religioso (levadura farisaica): creer que por saber cosas de Dios ya
estamos convertidos; juzgar a todos; vivir de apariencias; endurecer el
corazón.
Y hay otra: el miedo pragmático (levadura de
Herodes): pensar que todo depende de mi control, de mis recursos, de mi
estrategia; vivir calculando; terminar esclavo de la preocupación.
Jesús nos propone otra levadura: la del Reino, la
de la confianza. No la ingenuidad, sino la fe madura que recuerda: “El Padre da
dones buenos. Cristo ya multiplicó los panes. El Señor no abandona”.
4) Hoy oramos por los
benefactores: gracias que son “pan multiplicado”
La intención de hoy nos invita a mirar a nuestros
benefactores como una señal de la providencia: personas que, con su
generosidad, se convierten en pan compartido para que la Iglesia
evangelice, para que los pobres sean atendidos, para que una obra pastoral siga
adelante, para que un enfermo reciba ayuda, para que una misión no se apague.
A veces el enemigo siembra una idea: “No alcanza…
no se puede… no vale la pena…” Y Dios responde de modo humilde: con manos
concretas, con corazones generosos. Por eso hoy damos gracias y pedimos:
Señor, bendice a quienes nos han ayudado; multiplica su alegría; sostén sus
familias; dales salud y paz; y que nunca les falte el Pan del cielo.
5) Los siete santos Fundadores
(memoria opcional): servir a María es servir a Cristo y a los hermanos
Estos santos fundadores de los Siervos de María nos
recuerdan un camino precioso para vencer la tentación y la dureza: la vida
fraterna, la humildad y el servicio, bajo la mirada de la Virgen. María no
nos distrae de Jesús: nos lo entrega. Donde ella está, el corazón aprende a
decir: “Hágase”, aprende a confiar, aprende a ponerse en pie.
Para terminar: tres decisiones
sencillas para esta semana
1. Nombrar mi tentación principal (sin excusas, con verdad):
“Señor, esto es lo que me seduce y me desordena”.
2. Cortar la espiral temprano: no dialogar con la seducción;
cambiar de ambiente; pedir ayuda; buscar un consejo; volver a la oración.
3. Hacer memoria agradecida: escribir o recordar dos “panes
multiplicados” de mi vida: una vez que Dios me sostuvo, una vez que no me
abandonó.
Pidamos al Señor la gracia de un corazón lúcido y
confiado: que no culpe a Dios de lo que nace de nuestras pasiones, y que no se
deje devorar por la preocupación, porque Jesús está en la barca.
Y que María, Madre y Sierva del Señor, nos cubra
con su manto y nos enseñe a creer, a recordar, a agradecer… y a compartir el
pan. Amén.
2
Hermanos, el Evangelio de hoy ocurre en una escena
muy humana: los discípulos van en la barca… y se dan cuenta de que se les
olvidó el pan. Traen uno solo. Y Jesús, en vez de centrarse en la “logística”,
abre una ventana al corazón: “Estén atentos; guárdense de la levadura de los
fariseos y de la levadura de Herodes” (Mc 8,15).
Jesús no está hablando de pan. Está hablando de
algo más peligroso: influencias invisibles que se meten en el alma y la
fermentan por dentro, hasta cambiar el modo de pensar, de sentir y de actuar.
1) La tristeza santa de Jesús: no
se trata de orgullo herido, sino de compasión
El contexto es importante: Jesús acaba de
encontrarse con fariseos que le exigían “una señal” para ponerlo a prueba. Y el
Evangelio anterior nos decía que Jesús suspiró profundamente: un suspiro
que nace de la tristeza santa. No es “drama”, no es rabia, no es amor propio
lastimado. Es el dolor del Amor cuando ve un corazón endurecido, cerrado a la
verdad, incapaz de creer aunque tenga delante los signos.
Esa tristeza santa es la de un médico que ve al
paciente negar la enfermedad y rechazar el remedio. Jesús sufre porque sabe que
un corazón así se va muriendo por dentro.
2) La levadura: lo pequeño que lo
invade todo
La levadura es poca, casi invisible, pero cambia
toda la masa. Jesús nos está diciendo: cuidado con lo que dejas entrar a tu
interior; cuidado con lo que toleras como “normal”; cuidado con lo que repites
hasta que se vuelve hábito.
Por eso, el Señor nombra dos levaduras.
a) La levadura de los fariseos: la religión de la apariencia
Es la tentación de quedar bien por fuera y no dejar que Dios convierta por
dentro. Es vivir de lo externo: “yo cumplo”, “yo hago”, “yo parezco”… pero el
corazón sigue sin misericordia, sin humildad, sin verdad. Es una levadura que
termina endureciendo: vuelve a la persona jueza de los demás y abogada de sí
misma.
b) La levadura de Herodes: la mundanidad del poder, del
placer y del ego
Herodes representa la mentalidad que mide la vida por lo inmediato: éxito, control,
dinero, placer, imagen. Y cuando esa levadura entra, la conciencia se negocia:
se calla la verdad, se compra el silencio, se justifica lo injustificable. Ya
vimos hasta dónde llegó: prefirió quedar bien en un banquete antes que escuchar
la voz de Dios, y terminó manchado con la sangre del Bautista.
3) “¿Aún no comprenden?”: cuando
la preocupación nos roba la memoria de Dios
Lo más llamativo es que los discípulos interpretan
a Jesús de manera literal: “lo dice porque no tenemos pan”. Y Jesús los sacude
con preguntas:
“¿Todavía no entienden? ¿No recuerdan…?” (Mc 8,17-21).
Ahí está el punto: la preocupación estrecha el
alma. Cuando uno se obsesiona por lo que falta, se le olvida lo que Dios ya
hizo. Y Jesús les recuerda las multiplicaciones: “¿Cuántos canastos
recogieron?” Es como si les dijera: “¿De verdad creen que el problema es el
pan? ¡Si yo soy el Pan! ¡Si yo soy la Providencia caminando con ustedes!”
4) Santiago nos da el mapa
interior de la tentación (St 1,12-18)
La primera lectura aterriza todo esto: Dios no
tienta; la tentación nace de nuestras pasiones desordenadas. Y describe la
cadena: deseo → seducción → pecado → muerte. Es decir, la levadura entra cuando
uno deja que el deseo lo arrastre sin vigilancia.
Pero Santiago no habla para asustarnos; habla para
salvarnos:
“Dichoso el que soporta la tentación” (St 1,12).
Dichoso no el que “nunca es tentado”, sino el que lucha, ora, se sostiene en
Dios, y no deja que la levadura mala fermente.
Y aquí viene una luz preciosa: si la levadura mala
actúa en silencio, la gracia también. Dios siembra dentro de nosotros
otra levadura: su Palabra, su Espíritu, sus sacramentos. Esa es la levadura
buena que transforma desde dentro.
5) Un examen de conciencia muy
actual: ¿qué me está fermentando por dentro?
Jesús hoy nos pregunta a cada uno:
- ¿Qué
contenidos consumo a diario que me van moldeando sin darme cuenta?
- ¿Qué
conversaciones, chismes, resentimientos, ironías, “humores” van volviendo
mi corazón duro?
- ¿Qué
miedos me gobiernan?
- ¿Qué
vanidades me mandan?
- ¿Qué
“normalizaciones” me están alejando de la verdad?
La levadura del mundo no siempre entra con
violencia; entra con entretenimiento, con costumbre, con ambiente, con “todo el
mundo lo hace”.
El remedio no es aislarse del mundo, sino enraizarse
en Cristo: oración diaria, examen de conciencia, confesión frecuente,
Eucaristía, lectura del Evangelio. Lo que fermenta por dentro depende de lo que
alimentas.
6) Intención orante por los
benefactores: ustedes son “pan” que Dios multiplica
Hoy damos gracias por nuestros benefactores. Su
generosidad es un signo concreto de que Dios sigue multiplicando el pan:
sostiene obras de evangelización, ayuda a los pobres, sostiene templos,
proyectos, misiones, formación, atención de enfermos… Muchas veces, cuando la
comunidad dice “no alcanza”, Dios responde con rostros y manos.
Que el Señor los bendiga: que les devuelva el
ciento por uno en paz, salud, alegría, unidad en sus hogares; y que nunca les
falte el Pan verdadero, Cristo Jesús.
Conclusión
Hermanos, Jesús nos lo dice con cariño y con
firmeza: “¡Ojo! ¡Cuidado!”
No solo con lo que hacemos, sino con lo que dejamos que nos haga por dentro.
Pidámosle al Señor un corazón vigilante y humilde,
capaz de recordar sus milagros, de resistir la tentación, y de dejarse
fermentar por la levadura buena del Evangelio.
Señor Jesús, danos luz para reconocer las
influencias que nos apartan de ti. Que tu Palabra sea nuestra levadura, tu
Eucaristía nuestro pan, y tu misericordia nuestra fuerza. Amén.
17 de febrero:
Los Siete Santos Fundadores de la Orden
de los Siervos de María — Memoria opcional
Siglo XIII
Invocados para obtener ayuda en la imitación de la caridad y paciencia de
Nuestra Señora de los Dolores.
Canonizados el 15 de enero de 1888 por el Papa León XIII.
Cita:
«Los he elegido para que sean mis primeros Siervos, y bajo este nombre
deberán cultivar la viña de mi Hijo. Este es también el hábito que deberán
vestir; su color oscuro recordará los dolores que sufrí el día en que estuve al
pie de la Cruz de mi único Hijo. Reciban también la Regla de san Agustín, y que
ustedes, llevando el título de mis Siervos, alcancen la palma de la vida
eterna».
~De una visión de la Santísima Virgen María
Reflexión
Bonfilio,
Alejo, Maneto, Amadeo, Hugo, Sostene y Buonagiunta eran siete prósperos
comerciantes de telas de Florencia, Italia. Como miembros de una asociación
laical dedicada a la Santísima Virgen, cada uno vivía con profunda devoción su
fe. Su amistad, centrada en la fe, no solo los unía más plenamente a Dios, sino
también entre ellos mediante un vínculo y una misión sagrados.
En
aquel tiempo, Florencia era una ciudad bulliciosa, marcada por conflictos
derivados de la rivalidad entre los gobernantes nobles y los grupos populares
que buscaban gobernar según la voluntad del pueblo. La economía también estaba
en auge gracias a la nueva clase mercantil, cuya riqueza se medía en monedas y
no en tierras o siervos. En este contexto, estos siete santos florentinos
anhelaban liberarse de la codicia por el dinero y el poder, así como de los
conflictos que crecían constantemente.
Hacia
el año 1233, se cuenta que los siete experimentaron individualmente una
aparición de la Santísima Virgen María, quien los llamó a apartarse del mundo y
a consagrarse totalmente al servicio de Dios. Obedecieron, y el 8 de
septiembre, fiesta de la Natividad de la Virgen María, renunciaron a sus
negocios y propiedades, y se trasladaron a una casa deteriorada fuera de las
murallas de la ciudad. Abrazaron una vida mendicante de pobreza, oración y
limosna. Muchos se sintieron atraídos por ellos y reconocieron en ellos hombres
de sabiduría y virtud. Por ello recibieron numerosas solicitudes de consejo
espiritual y orientación moral. Aunque se sentían inclinados a este ministerio
de caridad, pronto descubrieron que su primera vocación era la vida de oración.
La cercanía a la ciudad de Florencia dificultaba la soledad a la que estaban
llamados, por lo que se trasladaron a una morada a once millas de la ciudad, en
el Monte Senario.
Hacia
el año 1240, en Monte Senario, los siete recibieron una visión conjunta de la
Santísima Virgen María, quien se les apareció rodeada de ángeles. Ella les
indicó su misión, los vistió con el hábito, les entregó su regla de vida y
fundó personalmente su Orden.
En
el centro de su misión estaba difundir la devoción a los Siete Dolores de María
y ser sus siervos. En menos de una década, la Orden recibió una aprobación
provisional del Papa y comenzó a crecer. Además de nuevas fundaciones en
Italia, pronto se extendió a Alemania, Francia y España. A comienzos del siglo
XIII recibió la aprobación papal definitiva y se expandió a Hungría, Bohemia,
Austria, Polonia y la actual Bélgica. Más tarde se establecieron misiones en
Creta, Filipinas e India. Hoy, la Orden de los Siervos de María se ha extendido
por toda Europa, África, Australia y América.
Estos
santos fueron llamados juntos por nuestra Madre Santísima mientras trabajaban y
vivían en una ciudad en crecimiento. Unidos por la fe, fueron apartados y
atraídos por Dios a una vida de oración. De esa oración y de su compromiso con
la pobreza, la castidad y la obediencia, Dios atrajo a muchos otros a su
compañía. Y a través de esos compañeros, misioneros partieron hacia los
confines de la tierra.
Al
meditar la vida de estos santos, considera especialmente la unidad que
compartieron al responder juntos al llamado a orar y servir. Esa unidad brotaba
de su amor a Dios y a la Santísima Virgen. También nacía de su obediencia común
a la vocación recibida. Unidos como uno solo en Cristo, cada uno fue
fortalecido, y la fecundidad de su trabajo creció de manera extraordinaria.
Tú
también estás llamado a la santidad, y a una santidad que te une a otros que
comparten tu misión. Pide a Dios la gracia de seguir el ejemplo de estos
santos, uniéndote a aquellos que Él ha puesto en tu vida para fortalecer tu fe
y ampliar la misión que te ha confiado.
Oración
Queridos Fundadores de la Orden de los Siervos de María,
fueron llamados y respondieron. Recibieron orientación de Nuestra Señora y
obedecieron. De esa obediencia, Dios suscitó un ejército de siervos que durante
siglos han compartido su amor y misericordia con el mundo. Rueguen por mí, para
que siempre obedezca la voluntad de Dios y busque servirle junto a quienes Él
ha puesto en mi camino. Siete Santos Fundadores, rueguen por mí. Jesús, en Ti
confío.


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