sábado, 16 de mayo de 2026

17 de mayo del 2026: Solemnidad de la Ascensión del Señor-Ciclo A

 

Itinerancia apostólica

Hoy todos se ponen en movimiento: ¡todos miran hacia los apóstoles! Pablo, Lucas y Mateo, cada uno a su manera, da testimonio de una lección apostólica que reciben los primeros colaboradores de Jesucristo. Como sucede en cada generación, en realidad se trata de ayudarnos a vivir nuestra misión de cristianos.

Mateo cuenta que algunos apóstoles dudan. Sin embargo, todos son enviados hacia todas las naciones, relativizando así las fronteras. Pablo invoca para cada uno un espíritu de sabiduría, recordando que la fuerza de la resurrección de Cristo se despliega siempre en el reconocimiento de su único señorío y en el servicio de su cuerpo, que es la Iglesia.

Pero quizá Lucas es el más exigente. En la segunda parte de su obra, Lucas muestra cómo los apóstoles, que esperaban que Cristo instaurara por sí mismo su Reino definitivo, son remitidos a sus límites y a sus responsabilidades. Descubren que no lo saben todo sobre el designio de Dios, aunque están asociados a él. Pero, después de que dos hombres vestidos de blanco fueran enviados para esto, comprenden finalmente que les espera una misión exigente.

Esta itinerancia apostólica, consecuencia de la resurrección de Cristo, instala a la Iglesia en una situación siempre provisional. Así queda puesta bajo la acción del Espíritu Santo, que constituye la única fuerza de la que disponen los apóstoles.

Me queda una semana antes de Pentecostés: ¿sobre qué personas voy a invocar el Espíritu Santo?

Al acercarse el final del tiempo pascual, ¿qué desplazamientos puedo arriesgar para dar testimonio del Evangelio?

Luc Forestier, prêtre à La Madeleine (diocèse de Lille)

 


Primera lectura

Hch 1, 1-11
A la vista de ellos, fue levantado al cielo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.
Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguarden que se cumpla la promesa del Padre, de la que me han oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».
Les dijo:
«No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibirán la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse al cielo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9 (R.: 6)

R. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas.


O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. 
R.

V. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
toquen para Dios, toquen;
toquen para nuestro Rey, toquen. 
R.

V. Porque Dios es el rey del mundo:
toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. 
R.

 

Segunda lectura

Ef 1, 17-23

Lo sentó a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de su corazón para que comprendan cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos —dice el Señor—; yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos. R.

 

Evangelio

Mt 28, 16-20

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra

Conclusión del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor.

 

1

 

 

“No se queden mirando al cielo”

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Y podríamos pensar, a primera vista, que esta fiesta nos habla de una ausencia: Jesús sube al cielo, se separa visiblemente de los discípulos y deja de caminar con ellos como lo había hecho en Galilea, en Judea, en los caminos polvorientos de Palestina.

Pero la Ascensión no es la fiesta de un Jesús que se va para desentenderse del mundo. No es la despedida triste de un Maestro que abandona a sus amigos. La Ascensión es, más bien, la proclamación de una presencia nueva. Cristo asciende al Padre, pero no se aleja de la humanidad. Entra en la gloria de Dios llevando consigo nuestra carne, nuestra historia, nuestras heridas, nuestras esperanzas. Desde hoy, la humanidad tiene un lugar en el corazón mismo de Dios.

Por eso el salmo nos invita a cantar: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”. No se trata de una escena de derrota, sino de victoria. No se trata de una ausencia, sino de un señorío. Cristo resucitado es constituido Señor del universo. San Pablo lo expresa con una fuerza admirable en la carta a los Efesios: Dios lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo poder, dominación y señorío, y lo dio a la Iglesia como cabeza de todo.

Cristo sube al cielo, pero no abandona la tierra. Cristo entra en la gloria, pero no deja sola a su Iglesia. Cristo reina junto al Padre, pero sigue actuando en medio de nosotros por la fuerza del Espíritu Santo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a los discípulos todavía confundidos. Ellos preguntan: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Es una pregunta comprensible. Han visto morir a Jesús. Lo han visto resucitado. Han compartido con Él durante cuarenta días. Y ahora piensan que ha llegado el momento de una intervención definitiva, visible, espectacular. Quieren saber fechas, planes, calendarios, resultados.

Pero Jesús no satisface esa curiosidad. Les responde: “No les toca a ustedes conocer los tiempos y momentos que el Padre ha establecido con su autoridad”. Es decir: no pretendan controlar el misterio de Dios. No quieran saberlo todo. No reduzcan la fe a cálculos humanos. No conviertan la esperanza en impaciencia.

Y enseguida les dice lo verdaderamente importante: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”.

Ahí está el centro de esta solemnidad. Jesús no les entrega a sus discípulos un calendario secreto. Les entrega una misión. No les da una explicación completa del futuro. Les promete el Espíritu Santo. No les dice: “quédense tranquilos mirando cómo yo lo hago todo”. Les dice: “ustedes serán mis testigos”.

La Ascensión, entonces, no es una invitación a mirar pasivamente al cielo, sino a comprometernos activamente con la tierra. No es una espiritualidad de evasión, sino de misión. No es una fe que se refugia en las nubes, sino una fe que camina por las calles, entra en las casas, consuela a los tristes, levanta a los caídos, anuncia la misericordia, defiende la dignidad humana, acompaña a los pobres y proclama que Cristo está vivo.

Por eso aparecen aquellos dos hombres vestidos de blanco que dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Es una frase fuerte. Como si dijeran: “No se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No vivan de recuerdos. No se refugien en una devoción sin compromiso. El Señor volverá, sí; pero mientras tanto, ustedes tienen una tarea”.

Cuántas veces también nosotros nos quedamos “mirando al cielo”. No necesariamente porque oremos demasiado, sino porque a veces confundimos la fe con la pasividad. Miramos al cielo esperando que Dios resuelva lo que nosotros no queremos enfrentar. Miramos al cielo para no mirar al hermano que sufre. Miramos al cielo para no asumir responsabilidades. Miramos al cielo para escapar de las heridas de la historia.

Pero los ángeles nos despiertan: “¿Qué hacen ahí parados?”. La Pascua no nos deja inmóviles. La resurrección de Cristo pone a la Iglesia en camino. La Ascensión inaugura una itinerancia apostólica. Es decir, una Iglesia que no se queda encerrada, que no se acomoda, que no se instala definitivamente en ninguna seguridad humana, sino que se deja mover por el Espíritu.

El Evangelio de Mateo nos sitúa en un monte de Galilea. Allí Jesús se encuentra con los Once. Y el evangelista, con una honestidad impresionante, nos dice: “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”. Qué consuelo tan grande hay en esa frase. Los discípulos están delante del Resucitado, lo adoran, pero algunos dudan.

La fe de los apóstoles no fue una fe perfecta desde el primer momento. No fueron héroes sin grietas. No fueron creyentes sin preguntas. No fueron misioneros sin miedo. También ellos experimentaron la mezcla de adoración y duda, de amor y fragilidad, de entusiasmo y temor.

Y, sin embargo, Jesús los envía. No espera a que sean perfectos. No les exige primero resolver todas sus dudas. No les pide tener una seguridad psicológica absoluta. No les dice: “Cuando estén completamente preparados, entonces vayan”. Les dice: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.

Esta es una gran enseñanza para nosotros. Muchas veces creemos que para servir a Dios tenemos que estar impecables, totalmente fuertes, sin miedo, sin heridas, sin preguntas. Pero el Evangelio nos muestra que Jesús envía a hombres reales, no a ángeles. Envía a discípulos que adoran, pero también dudan. Envía a personas frágiles, pero disponibles. Envía a hombres que han fallado, que lo han abandonado, que han tenido miedo, pero que ahora se dejan reconstruir por su misericordia.

La misión no nace de nuestra perfección. Nace de la autoridad de Cristo y de la fuerza del Espíritu Santo.

Jesús dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. No se trata de un poder de dominio al estilo humano. No es el poder que aplasta, humilla o manipula. Es el poder del amor vencedor. Es el poder de la cruz glorificada. Es el poder de quien ha vencido el pecado y la muerte no destruyendo a sus enemigos, sino entregando la vida por ellos.

Desde esa autoridad, Jesús manda: “Vayan”. Ese verbo es fundamental. La Iglesia no nace para quedarse quieta. La Iglesia no existe para mirarse a sí misma. La Iglesia no puede contentarse con conservar estructuras, repetir costumbres o administrar nostalgias. La Iglesia existe para evangelizar.

“Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”. No dice: “vayan y consigan admiradores”. No dice: “vayan y aumenten estadísticas”. No dice: “vayan y formen grupos cerrados”. Dice: “hagan discípulos”. El discípulo es alguien que aprende a vivir con Jesús, a escuchar su Palabra, a caminar tras sus pasos, a dejarse transformar por su amor.

La misión no consiste simplemente en transmitir ideas religiosas. Consiste en introducir a otros en una relación viva con Cristo. Por eso Jesús habla del bautismo: “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. La fe cristiana no es solo ética, ni cultura, ni tradición familiar. Es entrar en la vida trinitaria. Es ser sumergidos en el amor del Padre, en la gracia del Hijo y en la comunión del Espíritu Santo.

Y añade: “enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. Evangelizar es también enseñar a vivir. No basta decir “Señor, Señor”. Hay que aprender el mandamiento del amor. Hay que guardar la Palabra. Hay que traducir la fe en vida concreta: perdonar, servir, compartir, cuidar, acompañar, anunciar, reconciliar.

Por eso la Ascensión nos hace mirar la misión desde tres claves.

La primera clave es la humildad. Los discípulos descubren que no lo saben todo. “No les toca conocer los tiempos y momentos”. Esta frase nos libra de la soberbia religiosa. Nadie posee a Dios. Nadie controla completamente sus planes. Nadie puede encerrar el Reino en sus propios cálculos. La Iglesia camina en obediencia, no en autosuficiencia.

También nosotros, como creyentes, tenemos que aceptar nuestros límites. No sabemos todo. No entendemos todo. No tenemos respuesta inmediata para cada dolor. Pero sí sabemos lo esencial: Cristo ha resucitado, Cristo está vivo, Cristo nos envía, Cristo nos acompaña.

La segunda clave es la responsabilidad. Jesús no dice: “Yo lo haré todo mientras ustedes observan”. Dice: “serán mis testigos”. La fe cristiana no nos infantiliza. Dios nos asocia a su obra. Nos confía responsabilidades. Nos hace colaboradores de su Reino.

Cada bautizado tiene una misión. No solo el Papa, los obispos, los sacerdotes o los religiosos. Cada padre y madre de familia, cada catequista, cada joven, cada anciano, cada trabajador, cada enfermo que ofrece su sufrimiento, cada persona que intenta vivir el Evangelio en medio de sus circunstancias, participa de esta misión.

Ser testigos no significa hablar mucho de Dios sin vivirlo. Significa que nuestra vida deje ver algo de Cristo. Que quien se acerque a nosotros encuentre un poco de su misericordia, de su paciencia, de su verdad, de su esperanza.

La tercera clave es el Espíritu Santo. “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo”. Esta es la única fuerza verdadera de la Iglesia. No son primero los recursos, ni los edificios, ni las estrategias, ni los prestigios humanos. Todo eso puede ayudar, pero no sustituye al Espíritu. Una Iglesia sin Espíritu se vuelve pesada, burocrática, cansada, temerosa. Una comunidad sin Espíritu puede conservar ritos, pero pierde fuego. Puede hablar de misión, pero sin pasión. Puede organizar actividades, pero sin alma.

Nos queda una semana para Pentecostés. Esta solemnidad nos invita a prepararnos intensamente. ¿Sobre quiénes queremos invocar el Espíritu Santo? ¿Sobre nuestras familias heridas? ¿Sobre los jóvenes confundidos? ¿Sobre los enfermos? ¿Sobre los que han perdido la esperanza? ¿Sobre nuestra Iglesia, llamada siempre a renovarse? ¿Sobre nuestros gobernantes y pueblos necesitados de justicia y paz? ¿Sobre nuestras comunidades para que no se duerman en la rutina?

Pidamos el Espíritu para no ser cristianos inmóviles. Para no vivir una fe cómoda, tibia, repetitiva. Pidamos el Espíritu para atrevernos a dar nuevos pasos, a salir de nuestros encierros, a cruzar fronteras, a dialogar con quienes piensan distinto, a anunciar el Evangelio con lenguaje cercano, a cuidar a quienes han sido olvidados.

Porque la Ascensión relativiza las fronteras. Jesús dice: “a todos los pueblos”. El Evangelio no pertenece a un grupo cerrado. No es propiedad de una cultura, de una nación, de una clase social, de una generación. La misión de la Iglesia es universal. Allí donde haya un corazón humano, allí debe resonar la buena noticia de Cristo.

En nuestras comunidades también hay “confines de la tierra”. A veces no están lejos geográficamente. Están en la persona que vive al lado y se siente sola. En el joven que ya no encuentra sentido a la fe. En la familia dividida. En el enfermo que casi nadie visita. En el pobre que se acostumbró a no esperar nada. En quien se alejó de la Iglesia porque se sintió juzgado, ignorado o herido. Allí también nos envía Jesús.

La Ascensión nos recuerda que la Iglesia vive en una situación provisional. No estamos instalados definitivamente en este mundo. Caminamos hacia la plenitud del Reino. Pero esa esperanza futura no nos desentiende del presente. Al contrario, nos compromete más. Porque sabemos que Cristo volverá, queremos vivir vigilantes. Porque sabemos que Él reina, no nos arrodillamos ante los ídolos del poder, del dinero, de la violencia o del egoísmo. Porque sabemos que nuestra patria definitiva está en Dios, trabajamos para que esta tierra sea más humana, más fraterna, más justa y más evangélica.

Hermanos y hermanas: hoy Jesús asciende, pero nos deja una promesa maravillosa: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Esta es la frase que sostiene a la Iglesia. No estamos solos. No evangelizamos solos. No cargamos solos la vida. No enfrentamos solos las pruebas. No caminamos solos en medio de la incertidumbre.

Cristo está con nosotros todos los días. No solo los días luminosos, también los días grises. No solo cuando sentimos fervor, también cuando dudamos. No solo cuando la comunidad está fuerte, también cuando parece frágil. No solo cuando todo sale bien, también cuando la misión se vuelve costosa.

La Ascensión no nos deja huérfanos. Nos pone en camino. Nos arranca de la comodidad. Nos libera de la nostalgia. Nos hace levantar la mirada, sí, pero no para escapar del mundo, sino para recibir de Dios la fuerza necesaria para servirlo mejor.

Que en esta Eucaristía escuchemos de nuevo la voz del Señor: “Vayan”. Vayan a sus casas, a sus trabajos, a sus comunidades, a sus redes, a sus barrios, a sus islas, a sus pueblos, a sus familias. Vayan no como dueños de la verdad, sino como testigos humildes. Vayan no con arrogancia, sino con misericordia. Vayan no apoyados solo en sus fuerzas, sino en el Espíritu Santo.

Y que, mientras esperamos Pentecostés, podamos preguntarnos sinceramente: ¿qué desplazamiento me está pidiendo hoy el Señor? ¿De qué comodidad debo salir? ¿A qué persona debo acercarme? ¿Qué frontera debo cruzar? ¿Dónde quiere Cristo que yo sea testigo de su Evangelio?

Que María, la mujer creyente, la que permaneció con los discípulos esperando el Espíritu, nos acompañe en esta semana de preparación. Ella no se quedó mirando al cielo con nostalgia; permaneció en oración con la Iglesia naciente. Que también nosotros permanezcamos unidos, orantes y disponibles.

Y que Cristo glorioso, sentado a la derecha del Padre, siga sosteniendo nuestra fe y repitiéndonos al corazón:
“No tengan miedo. Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado, después de haberse manifestado a sus discípulos, sube al cielo y entra en la gloria del Padre. Pero esta fiesta no significa que Jesús se aleja de nosotros. No celebramos la ausencia del Señor, sino una presencia nueva, más profunda, más universal y más misteriosa. Cristo sube al cielo, pero permanece con su Iglesia. Deja de ser visible a los ojos de sus discípulos, pero comienza a estar presente en todos los pueblos, en todos los tiempos, en todos los corazones que lo acogen.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos todavía tienen una pregunta muy humana: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Ellos quisieran saber cuándo vendrá la plenitud, cuándo se arreglará todo, cuándo Dios intervendrá definitivamente. Pero Jesús les responde que no les corresponde conocer los tiempos y momentos que el Padre ha establecido. En cambio, les promete algo mucho más importante: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra”.

Aquí está el centro de esta fiesta: Jesús sube al cielo, pero nos deja una misión en la tierra. La Ascensión no es una invitación a quedarnos mirando las nubes, sino a salir al mundo como testigos del Evangelio. Por eso aquellos dos hombres vestidos de blanco les dicen a los apóstoles: “Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Es como si les dijeran: “No se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No esperen que Dios haga todo sin ustedes. Vuelvan al camino, porque comienza la misión”.

El Evangelio de Mateo recoge las últimas palabras de Jesús: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos”. Son palabras solemnes, palabras de envío, palabras que marcan la identidad de la Iglesia. Jesús no dice simplemente: “Recuerden lo que les enseñé”. Tampoco dice: “Consérvense como un pequeño grupo cerrado”. Les dice: “Vayan”. La Iglesia nace en salida. La fe cristiana no está hecha para quedarse encerrada, sino para comunicarse, compartirse y hacerse vida en medio del mundo.

Y esa misión parece enorme, casi imposible: hacer discípulos a todos los pueblos, bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñar a guardar todo lo que Jesús ha mandado. Aquellos once discípulos eran pocos, frágiles, heridos por el miedo y por sus propias contradicciones. Incluso Mateo dice que algunos dudaban. Y, sin embargo, Jesús los envía.

Esto es profundamente consolador. Jesús no espera a que sus discípulos sean perfectos para confiarles la misión. No les pide que primero resuelvan todas sus dudas o que sean héroes sin debilidades. Los envía tal como son, pero no los envía solos. Los envía apoyados en su autoridad: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Y los envía sostenidos por su promesa: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

También nosotros somos parte de esta historia. Por el Bautismo fuimos incorporados a Cristo y participamos de su misión sacerdotal, profética y real. No somos simples espectadores de la evangelización. Cada bautizado tiene una tarea en el Reino de Dios. Cada cristiano está llamado a ser puente entre Dios y los demás.

San John Henry Newman lo expresó bellamente en una oración: “Dios me ha creado para prestarle un servicio concreto. Me ha encomendado una obra que no ha encomendado a otro. Tengo mi misión”. Esta frase nos recuerda que ninguno de nosotros está de sobra en la Iglesia. Nadie es inútil para Dios. Cada uno tiene una palabra que decir, un testimonio que dar, una persona que acompañar, una herida que consolar, una esperanza que sembrar.

A veces pensamos que evangelizar es solo predicar, enseñar catequesis o ir a misiones lejanas. Y claro, también es eso. Pero evangelizar comienza muchas veces en lo sencillo: en una familia donde se ora, en un gesto de perdón, en una palabra que anima, en una visita al enfermo, en una actitud honesta, en una vida coherente, en una mano tendida a quien sufre.

Newman decía también: “Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle; si estoy triste, mi tristeza puede servirle”. Qué hermoso pensamiento. Cristo puede servirse de todo lo que somos, incluso de nuestras pobrezas, si se las entregamos. El Señor puede hacer fecunda nuestra alegría, pero también nuestro dolor. Puede usar nuestra salud, pero también nuestra enfermedad. Puede servirse de nuestras certezas, pero también de nuestras búsquedas. Lo importante es decirle: “Señor, aquí estoy. Haz de mi vida un instrumento de tu Evangelio”.

La Ascensión nos invita a mirar hacia arriba, sí, pero no para escapar del mundo. Miramos hacia arriba para recordar que Cristo reina, que la muerte no tiene la última palabra, que nuestra vida tiene destino de eternidad. Pero miramos también hacia la tierra, porque aquí tenemos una misión. Aquí están los hermanos que esperan consuelo. Aquí están los jóvenes que necesitan sentido. Aquí están los pobres, los enfermos, los alejados, los que dudan, los que han perdido la esperanza. Aquí está el campo donde debemos sembrar el Evangelio.

San Pablo, en la carta a los Efesios, pide para nosotros “espíritu de sabiduría y revelación” para conocer mejor a Cristo. Eso necesitamos: sabiduría para comprender nuestra vocación, luz para descubrir la esperanza a la que hemos sido llamados y fuerza para vivir como miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo.

Queridos hermanos: la Ascensión no cierra la historia de Jesús; abre el tiempo de la Iglesia. No termina la misión; la entrega en nuestras manos. No nos deja huérfanos; nos asegura una presencia permanente: “Yo estoy con ustedes todos los días”.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros la alegría de sabernos llamados y enviados. Preguntémonos hoy: ¿cuál es mi misión concreta? ¿A quién quiere acercar Dios a través de mí? ¿En qué ambiente debo ser testigo de Cristo? ¿Qué parte de mi vida, incluso mis heridas y mis límites, puedo poner al servicio del Evangelio?

Que María, que acompañó a los discípulos en la espera del Espíritu Santo, nos ayude a vivir esta semana camino a Pentecostés con un corazón abierto, disponible y misionero.

Y que Cristo glorioso, Señor del cielo y de la tierra, nos conceda la gracia de no quedarnos mirando al cielo con nostalgia, sino de caminar por la tierra con esperanza, anunciando con nuestra vida que Él está vivo y permanece con nosotros hasta el fin del mundo. Amén.

 

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