lunes, 11 de mayo de 2026

12 de mayo del 2026: martes de la sexta semana de Pascua

 

¿Jesús es un blasfemo o un testigo verdadero de Dios?

(Hechos 16,22-34; Juan 16,5-11) La cuestión del proceso continuo que atraviesa el cuarto evangelio solo puede resolverse “después de la muerte”, por el testimonio de aquellos que viven del Espíritu.

Solo la santidad de los bautizados, tan bien descrita en Pablo y Silas en Filipos, puede convencer a la humanidad de que seguir a Cristo nos ajusta a la vida verdadera y nos libera del espíritu de miedo, que es el aguijón del “príncipe de este mundo”.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


Primera lectura

Hch 16, 22-34
Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, la plebe de Filipos se amotinó contra Pablo y Silas, y los magistrados ordenaron que les arrancaran los vestidos y que los azotaran con varas; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, él los cogió, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo.
A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos los escuchaban. De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo:
«No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí».
El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó y les preguntó: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?».
Le contestaron:
«Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».
Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.
A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomó consigo, les lavó las heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos; los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 7c-8 (R.: 7c)

R. Tu derecha me salva, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. 
R.

V. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. 
R.

V. Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les enviaré el Espíritu de la verdad —dice el Señor—; él los guiará hasta la verdad plena. R

 

Evangelio

Jn 16, 5-11

Si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberles dicho esto, la tristeza les ha llenado el corazón. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito. En cambio, si me voy, se lo enviaré.
Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me verán; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

En el Evangelio de hoy, Jesús habla a sus discípulos en un momento cargado de tristeza. Les anuncia su partida: “Me voy al que me envió”. Ellos sienten que se quedan solos, confundidos, como cuando alguien amado se marcha y el corazón no alcanza a comprender. Pero Jesús les revela una verdad profunda: su partida no es abandono, sino apertura a una presencia nueva. “Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito”.

El Espíritu Santo es el gran don del Resucitado. Es el Defensor, el Consolador, el que sostiene la fe cuando todo parece oscuro, el que nos da valentía cuando el miedo quiere paralizarnos. Jesús anuncia que el Espíritu convencerá al mundo sobre el pecado, la justicia y el juicio. Es decir, el Espíritu desenmascara la mentira, revela la verdad de Cristo y muestra que el mal no tiene la última palabra.

Y eso lo vemos admirablemente en la primera lectura. Pablo y Silas han sido azotados, encarcelados y asegurados con cepos. Humanamente, tendrían motivos para quejarse, desesperarse o maldecir. Pero ¿qué hacen? Oran y cantan himnos a Dios en medio de la cárcel. No predican desde la comodidad, sino desde las heridas. No anuncian a Cristo desde una teoría, sino desde una fe probada por el sufrimiento.

Ahí está el testimonio convincente. No convence solo quien habla bonito de Dios, sino quien deja que Dios hable a través de su vida. Pablo y Silas no necesitan grandes discursos para tocar el corazón del carcelero. Su serenidad, su oración, su libertad interior y su misericordia lo conmueven. Cuando el terremoto abre las puertas de la prisión, ellos no huyen ni buscan venganza. Al contrario, salvan la vida del carcelero que estaba a punto de suicidarse. Entonces aquel hombre pregunta: “¿Qué tengo que hacer para salvarme?”.

Esa pregunta nace cuando alguien ve una fe auténtica. Cuando ve cristianos que no responden al mal con más mal, que no se hunden en la desesperación, que no pierden la esperanza aun en la noche. La santidad sencilla de los creyentes sigue siendo hoy el argumento más fuerte del Evangelio.

También nosotros vivimos cárceles: cárceles de miedo, resentimiento, tristeza, pecado, ansiedad, heridas familiares, culpas antiguas, incertidumbres. Pero la Pascua nos recuerda que ninguna cárcel es definitiva cuando Cristo está vivo y su Espíritu habita en nosotros. El Señor puede abrir puertas donde nosotros solo vemos muros.

El Salmo nos hace decir: “Tu derecha me salva, Señor”. Esa es la certeza del creyente. Dios no abandona la obra de sus manos. A veces no nos saca inmediatamente de la prueba, pero nos da un corazón libre dentro de ella. A veces no cambia de golpe las circunstancias, pero nos cambia por dentro para afrontarlas con fe.

Pidamos hoy al Espíritu Santo que haga de nosotros testigos convincentes. No testigos perfectos, porque no lo somos; pero sí testigos habitados por la esperanza. Que nuestras palabras no contradigan nuestra vida. Que nuestra oración no se quede encerrada en el templo, sino que ilumine nuestras relaciones, nuestro trato con los demás, nuestra manera de sufrir, de perdonar y de servir.

Y que, como Pablo y Silas, podamos cantar incluso en medio de la noche, sabiendo que Cristo ha vencido, que el Espíritu nos sostiene y que el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado. Porque quien vive en Cristo no está condenado al miedo: está llamado a la libertad de los hijos de Dios. Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos introduce en un momento profundamente humano del corazón de los discípulos. Jesús les anuncia que se va al Padre, y ellos quedan llenos de tristeza. El Señor mismo lo dice: “La tristeza les ha llenado el corazón”. No es una tristeza superficial; es la pena de quien siente que va a perder una presencia amada, una seguridad, una compañía que le daba sentido a la vida.

Todos, de una u otra manera, conocemos esa experiencia. La tristeza llega cuando muere alguien querido, cuando se rompe un proyecto, cuando aparece una enfermedad, cuando una relación se enfría, cuando la vida nos cambia de golpe los planes. También puede llegar cuando sentimos que Dios calla, que las puertas se cierran, que aquello que nos sostenía parece desaparecer.

Pero Jesús no desprecia esa tristeza. No les dice a sus discípulos: “No sientan nada”. No les exige una fe sin lágrimas. Primero reconoce lo que viven: “La tristeza les ha llenado el corazón”. Y luego les revela algo más profundo: “Les conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito”.

Esta frase puede parecer extraña. ¿Cómo puede convenir que Jesús se vaya? ¿Cómo puede haber un bien escondido en una pérdida? Solo la fe pascual puede entenderlo. Jesús no se va para abandonar, sino para estar de otra manera. No desaparece; inaugura una presencia más íntima, más profunda, más universal: la presencia del Espíritu Santo.

El dolor de los discípulos será transformado en esperanza. Su tristeza será convertida en misión. Su miedo será vencido por la fuerza del Espíritu. Aquellos hombres que ahora están confundidos, después de Pentecostés saldrán a anunciar con valentía que Cristo vive.

Y esto se ve de manera hermosa en la primera lectura. Pablo y Silas han sido azotados, humillados y encarcelados. Están heridos, encadenados, encerrados en lo más oscuro de la prisión. Humanamente hablando, tendrían razones para quejarse, maldecir o desesperarse. Pero ¿qué hacen? Oran y cantan himnos a Dios.

Qué impresionante testimonio. No cantan porque todo esté bien; cantan porque Dios sigue siendo Dios aun en medio de la cárcel. No oran porque no tengan heridas; oran porque saben que sus heridas no tienen la última palabra. La fe no les evita la prueba, pero les da libertad interior dentro de la prueba.

Y entonces ocurre algo extraordinario: un terremoto sacude la prisión, se abren las puertas, se sueltan las cadenas. Pero el milagro más grande no es solo que Pablo y Silas queden libres. El verdadero milagro es la conversión del carcelero. Aquel hombre, que probablemente había visto muchas veces presos desesperados, descubre ahora a dos hombres libres incluso estando encadenados. Y pregunta: “Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?”

Esa pregunta nace del testimonio. La fe vivida con esperanza convence más que muchos discursos. Una persona que sabe atravesar el dolor sin perder la confianza, una persona que en medio de la noche sigue orando, una persona que no responde con odio al sufrimiento, se convierte en signo vivo de Dios.

Este evangelio nos dice que en el dolor también puede nacer la esperanza. No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque Dios puede sacar bien incluso de aquello que nosotros no entendemos. San Pablo lo dirá en la carta a los Romanos: “Todo contribuye para bien de los que aman a Dios”. Todo: también las pérdidas, las lágrimas, las noches oscuras, las pruebas, los momentos de desconcierto.

Pero esto no se comprende de inmediato. Los discípulos no entendieron en ese momento por qué era conveniente que Jesús se fuera. Lo comprendieron después, cuando recibieron el Espíritu Santo. Así pasa también en nuestra vida. Hay cosas que solo entendemos con el tiempo. Hay heridas que solo después descubrimos que fueron purificadas por la gracia. Hay pérdidas que no dejan de doler, pero que, vistas desde la fe, nos enseñan a amar mejor, a confiar más, a vivir con menos superficialidad.

Hoy oramos de manera especial por nuestros benefactores. Ellos son también signos concretos de la providencia de Dios. Muchas veces, a través de personas generosas, el Señor abre puertas, sostiene obras buenas, acompaña procesos de evangelización, ayuda a comunidades, consuela necesidades. Un benefactor no es solamente quien da algo material; es quien se deja mover por el Espíritu para hacer el bien.

Pidamos por ellos. Por los que ayudan en silencio. Por los que comparten de lo que tienen. Por los que sostienen la misión de la Iglesia con su oración, su trabajo, su tiempo, su generosidad y su confianza. Que el Señor les conceda alegría, salud, fortaleza y recompensa abundante. Que cada gesto de bien realizado por ellos sea semilla de vida eterna.

Y pidamos también para nosotros la gracia de no quedar atrapados en la tristeza. Hay tristezas que son comprensibles, humanas y legítimas; pero no podemos permitir que se conviertan en prisión definitiva. El Espíritu Santo viene precisamente a abrir cárceles interiores: la cárcel del miedo, del resentimiento, de la desesperanza, de la culpa, de la soledad.

El Salmo de hoy nos hace decir: “Señor, tu derecha me salva”. Esa es nuestra confianza. Dios no abandona la obra de sus manos. Aunque pasemos por la noche, su luz permanece. Aunque haya cadenas, su Espíritu libera. Aunque haya lágrimas, su amor consuela. Aunque haya despedidas, Cristo permanece.

Que esta Eucaristía nos ayude a mirar nuestras tristezas con ojos pascuales. Que podamos decirle al Señor: “No entiendo todo, pero confío en ti. No veo todo claro, pero creo que tu Espíritu me guía. No sé cómo, pero sé que puedes sacar vida nueva incluso de mis heridas”.

Y que, como Pablo y Silas, también nosotros aprendamos a cantar en medio de la noche, porque Cristo ha resucitado, el Espíritu Santo nos acompaña, y ninguna cárcel es más fuerte que el amor de Dios. Amén.

 

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