¿Jesús es un blasfemo o un testigo verdadero de Dios?
(Hechos 16,22-34; Juan 16,5-11) La cuestión del proceso continuo que atraviesa el cuarto evangelio solo puede resolverse “después de la muerte”, por el testimonio de aquellos que viven del Espíritu.
Solo la santidad de los bautizados, tan bien
descrita en Pablo y Silas en Filipos, puede convencer a la humanidad de que
seguir a Cristo nos ajusta a la vida verdadera y nos libera del espíritu de
miedo, que es el aguijón del “príncipe de este mundo”.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
Cree en el
Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, la plebe de Filipos se amotinó contra Pablo y Silas, y los
magistrados ordenaron que les arrancaran los vestidos y que los azotaran con
varas; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al
carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, él los cogió, los metió
en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo.
A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos
los escuchaban. De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los
cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se
les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la
cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos
se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo:
«No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí».
El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de
Pablo y Silas; los sacó y les preguntó: «Señores, ¿qué tengo que hacer para
salvarme?».
Le contestaron:
«Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».
Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.
A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomó consigo, les lavó las
heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos; los subió a su casa, les
preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Tu derecha
me salva, Señor.
O bien:
R. Aleluya.
V. Te
doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R.
V. Daré
gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R.
V. Tu derecha
me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R.
Aclamación
V. Les
enviaré el Espíritu de la verdad —dice el Señor—; él los guiará hasta la verdad
plena. R
Evangelio
Si no me voy,
no vendrá a ustedes el Paráclito
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿Adónde
vas?”. Sino que, por haberles dicho esto, la tristeza les ha llenado el
corazón. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya; porque
si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito. En cambio, si me voy, se lo
enviaré.
Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y
de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me
voy al Padre, y no me verán; de una condena, porque el príncipe de este mundo
está condenado».
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas:
En el Evangelio de hoy,
Jesús habla a sus discípulos en un momento cargado de tristeza. Les anuncia su
partida: “Me voy al que me envió”. Ellos sienten que se quedan solos,
confundidos, como cuando alguien amado se marcha y el corazón no alcanza a
comprender. Pero Jesús les revela una verdad profunda: su partida no es
abandono, sino apertura a una presencia nueva. “Les conviene que yo me vaya;
porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito”.
El Espíritu Santo es el
gran don del Resucitado. Es el Defensor, el Consolador, el que sostiene la fe
cuando todo parece oscuro, el que nos da valentía cuando el miedo quiere
paralizarnos. Jesús anuncia que el Espíritu convencerá al mundo sobre el
pecado, la justicia y el juicio. Es decir, el Espíritu desenmascara la mentira,
revela la verdad de Cristo y muestra que el mal no tiene la última palabra.
Y eso lo vemos
admirablemente en la primera lectura. Pablo y Silas han sido azotados,
encarcelados y asegurados con cepos. Humanamente, tendrían motivos para
quejarse, desesperarse o maldecir. Pero ¿qué hacen? Oran y cantan himnos a Dios
en medio de la cárcel. No predican desde la comodidad, sino desde las heridas.
No anuncian a Cristo desde una teoría, sino desde una fe probada por el
sufrimiento.
Ahí está el testimonio
convincente. No convence solo quien habla bonito de Dios, sino quien deja que
Dios hable a través de su vida. Pablo y Silas no necesitan grandes discursos
para tocar el corazón del carcelero. Su serenidad, su oración, su libertad
interior y su misericordia lo conmueven. Cuando el terremoto abre las puertas
de la prisión, ellos no huyen ni buscan venganza. Al contrario, salvan la vida
del carcelero que estaba a punto de suicidarse. Entonces aquel hombre pregunta:
“¿Qué tengo que hacer para salvarme?”.
Esa pregunta nace
cuando alguien ve una fe auténtica. Cuando ve cristianos que no responden al
mal con más mal, que no se hunden en la desesperación, que no pierden la
esperanza aun en la noche. La santidad sencilla de los creyentes sigue siendo
hoy el argumento más fuerte del Evangelio.
También nosotros
vivimos cárceles: cárceles de miedo, resentimiento, tristeza, pecado, ansiedad,
heridas familiares, culpas antiguas, incertidumbres. Pero la Pascua nos
recuerda que ninguna cárcel es definitiva cuando Cristo está vivo y su Espíritu
habita en nosotros. El Señor puede abrir puertas donde nosotros solo vemos
muros.
El Salmo nos hace
decir: “Tu derecha me salva, Señor”. Esa es la certeza del creyente. Dios no
abandona la obra de sus manos. A veces no nos saca inmediatamente de la prueba,
pero nos da un corazón libre dentro de ella. A veces no cambia de golpe las
circunstancias, pero nos cambia por dentro para afrontarlas con fe.
Pidamos hoy al Espíritu
Santo que haga de nosotros testigos convincentes. No testigos perfectos, porque
no lo somos; pero sí testigos habitados por la esperanza. Que nuestras palabras
no contradigan nuestra vida. Que nuestra oración no se quede encerrada en el
templo, sino que ilumine nuestras relaciones, nuestro trato con los demás,
nuestra manera de sufrir, de perdonar y de servir.
Y
que, como Pablo y Silas, podamos cantar incluso en medio de la noche, sabiendo
que Cristo ha vencido, que el Espíritu nos sostiene y que el príncipe de este
mundo ya ha sido juzgado. Porque quien vive en Cristo no está condenado al
miedo: está llamado a la libertad de los hijos de Dios. Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
El
Evangelio de hoy nos introduce en un momento profundamente humano del corazón
de los discípulos. Jesús les anuncia que se va al Padre, y ellos quedan llenos
de tristeza. El Señor mismo lo dice: “La
tristeza les ha llenado el corazón”. No es una tristeza
superficial; es la pena de quien siente que va a perder una presencia amada,
una seguridad, una compañía que le daba sentido a la vida.
Todos,
de una u otra manera, conocemos esa experiencia. La tristeza llega cuando muere
alguien querido, cuando se rompe un proyecto, cuando aparece una enfermedad,
cuando una relación se enfría, cuando la vida nos cambia de golpe los planes.
También puede llegar cuando sentimos que Dios calla, que las puertas se
cierran, que aquello que nos sostenía parece desaparecer.
Pero
Jesús no desprecia esa tristeza. No les dice a sus discípulos: “No sientan
nada”. No les exige una fe sin lágrimas. Primero reconoce lo que viven: “La tristeza les ha llenado el corazón”.
Y luego les revela algo más profundo: “Les
conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Paráclito”.
Esta
frase puede parecer extraña. ¿Cómo puede convenir que Jesús se vaya? ¿Cómo
puede haber un bien escondido en una pérdida? Solo la fe pascual puede
entenderlo. Jesús no se va para abandonar, sino para estar de otra manera. No
desaparece; inaugura una presencia más íntima, más profunda, más universal: la
presencia del Espíritu Santo.
El
dolor de los discípulos será transformado en esperanza. Su tristeza será
convertida en misión. Su miedo será vencido por la fuerza del Espíritu.
Aquellos hombres que ahora están confundidos, después de Pentecostés saldrán a
anunciar con valentía que Cristo vive.
Y
esto se ve de manera hermosa en la primera lectura. Pablo y Silas han sido
azotados, humillados y encarcelados. Están heridos, encadenados, encerrados en
lo más oscuro de la prisión. Humanamente hablando, tendrían razones para
quejarse, maldecir o desesperarse. Pero ¿qué hacen? Oran y cantan himnos a Dios.
Qué
impresionante testimonio. No cantan porque todo esté bien; cantan porque Dios
sigue siendo Dios aun en medio de la cárcel. No oran porque no tengan heridas;
oran porque saben que sus heridas no tienen la última palabra. La fe no les
evita la prueba, pero les da libertad interior dentro de la prueba.
Y
entonces ocurre algo extraordinario: un terremoto sacude la prisión, se abren
las puertas, se sueltan las cadenas. Pero el milagro más grande no es solo que
Pablo y Silas queden libres. El verdadero milagro es la conversión del
carcelero. Aquel hombre, que probablemente había visto muchas veces presos
desesperados, descubre ahora a dos hombres libres incluso estando encadenados.
Y pregunta: “Señores, ¿qué
tengo que hacer para salvarme?”
Esa
pregunta nace del testimonio. La fe vivida con esperanza convence más que
muchos discursos. Una persona que sabe atravesar el dolor sin perder la
confianza, una persona que en medio de la noche sigue orando, una persona que
no responde con odio al sufrimiento, se convierte en signo vivo de Dios.
Este
evangelio nos dice que en el dolor también puede nacer la esperanza. No porque
el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque Dios puede sacar bien incluso de
aquello que nosotros no entendemos. San Pablo lo dirá en la carta a los
Romanos: “Todo contribuye
para bien de los que aman a Dios”. Todo: también las pérdidas,
las lágrimas, las noches oscuras, las pruebas, los momentos de desconcierto.
Pero
esto no se comprende de inmediato. Los discípulos no entendieron en ese momento
por qué era conveniente que Jesús se fuera. Lo comprendieron después, cuando
recibieron el Espíritu Santo. Así pasa también en nuestra vida. Hay cosas que
solo entendemos con el tiempo. Hay heridas que solo después descubrimos que
fueron purificadas por la gracia. Hay pérdidas que no dejan de doler, pero que,
vistas desde la fe, nos enseñan a amar mejor, a confiar más, a vivir con menos
superficialidad.
Hoy
oramos de manera especial por nuestros benefactores. Ellos son también signos
concretos de la providencia de Dios. Muchas veces, a través de personas
generosas, el Señor abre puertas, sostiene obras buenas, acompaña procesos de
evangelización, ayuda a comunidades, consuela necesidades. Un benefactor no es
solamente quien da algo material; es quien se deja mover por el Espíritu para
hacer el bien.
Pidamos
por ellos. Por los que ayudan en silencio. Por los que comparten de lo que
tienen. Por los que sostienen la misión de la Iglesia con su oración, su
trabajo, su tiempo, su generosidad y su confianza. Que el Señor les conceda
alegría, salud, fortaleza y recompensa abundante. Que cada gesto de bien
realizado por ellos sea semilla de vida eterna.
Y
pidamos también para nosotros la gracia de no quedar atrapados en la tristeza.
Hay tristezas que son comprensibles, humanas y legítimas; pero no podemos
permitir que se conviertan en prisión definitiva. El Espíritu Santo viene
precisamente a abrir cárceles interiores: la cárcel del miedo, del resentimiento,
de la desesperanza, de la culpa, de la soledad.
El
Salmo de hoy nos hace decir: “Señor,
tu derecha me salva”. Esa es nuestra confianza. Dios no
abandona la obra de sus manos. Aunque pasemos por la noche, su luz permanece.
Aunque haya cadenas, su Espíritu libera. Aunque haya lágrimas, su amor
consuela. Aunque haya despedidas, Cristo permanece.
Que
esta Eucaristía nos ayude a mirar nuestras tristezas con ojos pascuales. Que
podamos decirle al Señor: “No entiendo todo, pero confío en ti. No veo todo claro,
pero creo que tu Espíritu me guía. No sé cómo, pero sé que puedes sacar vida
nueva incluso de mis heridas”.
Y
que, como Pablo y Silas, también nosotros aprendamos a cantar en medio de la
noche, porque Cristo ha resucitado, el Espíritu Santo nos acompaña, y ninguna
cárcel es más fuerte que el amor de Dios. Amén.

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