lunes, 13 de julio de 2026

14 de julio del 2026: martes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

 

De ciudad en ciudad

(Mateo 11,20-24) Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, ciudades vecinas situadas a orillas del lago de Galilea, estuvieron entre las primeras a las que Jesús anunció la cercanía del Reino de Dios. Escucharon su palabra, contemplaron sus gestos de sanación y se beneficiaron de su presencia. Sin embargo, su corazón no cambió verdaderamente.

Los reproches de Jesús pueden parecernos severos. No obstante, son la expresión de un amor herido. El Señor no condena por placer; llama a la conversión a quienes han recibido mucho, pero permanecen indiferentes. Los signos realizados nunca nos dispensan de ofrecer una respuesta personal.

También nosotros podemos acostumbrarnos al Evangelio, a los sacramentos y a las llamadas de Dios, sin permitirles transformar nuestra manera de vivir. La fe no consiste únicamente en ver, escuchar o admirar. Exige volver a Dios, reconocer nuestras resistencias y dejar que su Palabra produzca fruto.

Hoy Cristo continúa pasando de ciudad en ciudad, de casa en casa y de corazón en corazón. Dichosos nosotros, si sabemos reconocer el tiempo de su visita y le abrimos, finalmente, nuestra vida.

G.Q

 


Primera lectura

Is 7, 1-9

Si no creen no subsistirán

Lectura del libro de Isaías.

CUANDO reinaba en Judá Ajaz, hijo de Jotán, hijo de Ozías, subieron a atacar Jerusalén Rasín, rey de Siria, y Pécaj, hijo de Romelías, rey de Israel, pero no lograron conquistarla.
Se lo comunicaron a la casa de David:
«Los arameos han acampado en Efraín», y se agitó su corazón y el corazón del pueblo como se agitan los árboles del bosque con el viento.
Entonces el Señor dijo a Isaías:
«Ve al encuentro de Ajaz, con tu hijo Sear Yasub, hacia el extremo del canal de la alberca de arriba, junto a la calzada del campo del batanero y dile: “Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca ante esos dos restos de tizones humeantes: la ira ardiente de Rasín y Siria, y del hijo de Romelías. Porque, aunque Siria y Efraín y el hijo de Romelías tramen tu ruina, diciendo: ‘Marchemos contra Judá, aterroricémosla, entremos en ella y pongamos como rey al hijo de Tabeel’, así ha dicho el Señor:
‘Ni ocurrirá ni se cumplirá:
Damasco es capital de Siria, y a la cabeza de Damasco está Rasín. (Dentro de sesenta y cinco años, Efraín, destruido, dejará de ser un pueblo). Samaría es capital de Efraín, y a la cabeza de Samaría está el hijo de Romelías. Si no creen no subsistirán’”».}

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 47, 2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 9d)

R. Dios ha fundado su ciudad para siempre.

V. Grande es el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. 
R.

V. El monte Sion, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. 
R.

V. Miren: los reyes se aliaron
para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados
y huyeron despavoridos. 
R.

V. Allí los agarró un temblor
y dolores como de parto;
como un viento del desierto,
que destroza las naves de Tarsis. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.

 

Evangelio

Mt 11, 20-24

El día del juicio les será más llevadero a Tiro, a Sidón y a Sodoma que a ustedes

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido:
«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.
Pues les digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy.
Pues les digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos coloca ante una pregunta seria: ¿qué hacemos con las gracias, las señales y las oportunidades que Dios nos concede?

El Evangelio nos presenta unas palabras fuertes de Jesús contra Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Estas ciudades habían sido testigos privilegiados de su ministerio. Allí Jesús había predicado, sanado enfermos, consolado a los afligidos y manifestado la cercanía del Reino de Dios.

Sin embargo, aquellas ciudades no se convirtieron.

No se dice que hubieran rechazado abiertamente a Jesús. Quizá lo escuchaban con curiosidad. Tal vez admiraban sus milagros y hablaban de ellos. Pero la admiración no llegó a transformar sus vidas.

Y este es el gran peligro que denuncia el Evangelio: acostumbrarnos a Dios sin convertirnos a Dios.

Podemos escuchar muchas veces la Palabra, participar en la Eucaristía, conocer oraciones, recibir bendiciones y haber experimentado la ayuda del Señor. Pero todo eso puede quedarse en la superficie si nuestro corazón continúa cerrado, endurecido o indiferente.

Jesús pronuncia palabras severas, pero no nacen del desprecio. Nacen del dolor de quien ama y no encuentra respuesta. Son palabras semejantes a las de un padre que advierte a su hijo porque ve el peligro hacia el cual se dirige.

El Señor podría preguntarnos hoy: “¿Qué más podía hacer por ti que no haya hecho? ¿Cuántas veces te he hablado? ¿Cuántas veces te he sostenido, perdonado, consolado y dado una nueva oportunidad?”.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta al rey Ajaz en un momento de gran temor. Los ejércitos de Siria y de Israel se habían aliado contra Jerusalén. El texto afirma que el corazón del rey y el corazón del pueblo se agitaban “como se agitan los árboles del bosque con el viento”.

Es una imagen muy humana. Cuando llegan las amenazas, las dificultades económicas, la enfermedad, los conflictos familiares o la incertidumbre, nuestro corazón también comienza a temblar.

Ajaz estaba tentado a buscar soluciones solamente humanas, alianzas políticas y apoyos militares. Pero Dios le envía al profeta Isaías con un mensaje claro: “Conserva la calma, no temas, no pierdas el valor”.

Dios le asegura que los planes de sus enemigos no prevalecerán. Y concluye con una frase decisiva: “Si no creen, no subsistirán”.

No significa que la fe nos evite todos los problemas. Significa que sin confianza en Dios nos derrumbamos interiormente. Podemos tener recursos, aliados, conocimientos y seguridades materiales; pero, cuando falta la fe, cualquier viento puede desestabilizarnos.

La fe nos permite permanecer firmes aun cuando todavía no vemos la solución. Creer es apoyarnos en la fidelidad de Dios y no únicamente en nuestras propias fuerzas.

Esto mismo aparece en el Evangelio. Corazín, Betsaida y Cafarnaún habían visto los signos, pero no dieron el paso hacia la fe verdadera. Habían contemplado las obras de Jesús, pero no permitieron que estas obras provocaran arrepentimiento y conversión.

Porque también es posible recibir signos y seguir viviendo como si Dios no existiera.

El salmo proclama la grandeza de Jerusalén, la ciudad del gran Rey: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Los reyes enemigos contemplaron la ciudad, quedaron desconcertados, temblaron y huyeron aterrorizados.

Jerusalén no era invencible por la fuerza de sus murallas, sino porque Dios habitaba en medio de ella.

También nosotros somos fuertes no porque carezcamos de debilidades, sino porque el Señor permanece a nuestro lado. Nuestra verdadera seguridad no está en tener todo bajo control, sino en saber en manos de quién está nuestra vida.

Hoy la Palabra nos invita a pasar del miedo a la confianza, de la indiferencia a la conversión y de la admiración superficial a una fe comprometida.

Convertirse no significa únicamente sentir remordimiento. Significa cambiar de dirección. Significa preguntarnos qué debe cambiar en nuestra manera de pensar, de hablar, de tratar a los demás y de administrar los dones recibidos.

Quizá hoy debamos convertirnos de la queja a la gratitud; del egoísmo a la solidaridad; de la dureza al perdón; de la ansiedad a la confianza; de la indiferencia ante el sufrimiento ajeno a una caridad concreta.

En esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros benefactores, por quienes de una u otra manera sostienen la misión de la Iglesia y nuestras obras pastorales.

Un benefactor no es solamente quien entrega dinero. Es también quien ofrece tiempo, capacidades, oración, consejo, trabajo, acompañamiento o una palabra de ánimo. Muchas de las obras de evangelización pueden continuar gracias a personas generosas que saben compartir lo que han recibido.

Demos gracias a Dios por ellas.

Pero pidamos también que la ayuda material vaya siempre acompañada por una verdadera conversión del corazón. La generosidad cristiana no consiste únicamente en dar algo, sino en reconocernos administradores de los bienes de Dios.

Quien ayuda a la comunidad, al pobre, al enfermo o a la obra evangelizadora no pierde lo que ofrece. Lo pone en las manos del Señor, quien sabe multiplicarlo y convertirlo en gracia para muchos.

Pidamos por nuestros benefactores vivos y difuntos. Que el Señor recompense su generosidad, bendiga sus hogares, fortalezca su fe y les conceda aquello que más necesitan.

Y pidamos para nosotros un corazón agradecido. Que nunca nos acostumbremos a recibir sin agradecer, ni a disfrutar los dones sin compartirlos.

Que las palabras dirigidas a Corazín, Betsaida y Cafarnaún despierten hoy nuestra conciencia. Hemos recibido mucho; por tanto, estamos llamados a responder con mayor fidelidad.

Que no pase el Señor por nuestra vida sin que lo reconozcamos. Que no escuchemos su Palabra sin permitirle transformarnos. Que no contemplemos sus obras permaneciendo indiferentes.

Y cuando el miedo sacuda nuestro corazón como el viento sacude los árboles del bosque, recordemos la promesa de Dios: “Conserva la calma, no temas”.

Porque quien confía en Dios podrá atravesar las dificultades sin perder la esperanza. Pero quien se cierra a la fe termina apoyándose únicamente en sus propias fuerzas.

“Si no creen, no subsistirán”.

Que esta Eucaristía renueve nuestra fe, nos conduzca a la conversión y nos haga generosos con los dones que hemos recibido.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos habla de dos actitudes que necesitamos cultivar profundamente en nuestra vida cristiana: la confianza en Dios y la apertura a su llamado a la conversión. Ambas nacen de una misma certeza: Dios nos ama, pero su amor no siempre se manifiesta de la manera que nosotros esperamos.

A veces Dios nos consuela; otras veces nos corrige. A veces nos concede aquello que pedimos; otras veces permite que atravesemos una prueba. En algunas ocasiones nos habla con dulzura; en otras, su Palabra nos sacude, nos incomoda y nos obliga a revisar la vida.

Pero tanto la caricia como la corrección pueden ser expresiones del mismo amor.

En el Evangelio, Jesús dirige palabras muy fuertes a Corazín, Betsaida y Cafarnaún:

«¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!».

Estas expresiones pueden parecernos palabras de condenación o de ira. Sin embargo, Jesús no habla movido por un orgullo herido. No se siente ofendido porque no le hayan prestado suficiente atención, ni busca vengarse de quienes no han acogido su mensaje.

Jesús habla así porque ama.

Aquellas ciudades habían recibido mucho. Habían escuchado su predicación, habían contemplado sus milagros, habían sido testigos de curaciones y signos extraordinarios. Cafarnaún incluso se había convertido en uno de los principales lugares desde donde Jesús desarrollaba su ministerio.

Pero, a pesar de haber recibido tantos dones, no se convirtieron.

El problema de aquellas ciudades no era que desconocieran a Jesús. Lo conocían. Habían oído hablar de Él y habían contemplado sus obras. El problema era que se habían acostumbrado a su presencia.

Y ese puede ser también nuestro peligro: acostumbrarnos a Dios sin dejarnos transformar por Dios.

Podemos acostumbrarnos a escuchar el Evangelio, a participar en la Eucaristía, a repetir oraciones, a recibir bendiciones y a contemplar signos de la misericordia divina, pero continuar viviendo exactamente de la misma manera.

Podemos admirar a Jesús sin seguirlo.

Podemos emocionarnos con sus palabras sin permitirle cambiar nuestras decisiones.

Podemos hablar mucho de fe sin llegar a una conversión verdadera.

Por eso Jesús pronuncia aquellas palabras tan fuertes. Son palabras de amor que buscan despertar a quienes están espiritualmente dormidos. Es como la voz de una madre que grita al hijo que se acerca a un peligro, o como la advertencia de un médico que habla con firmeza porque sabe que la vida del paciente está en riesgo.

El amor verdadero no siempre dice lo que el otro desea escuchar. Dice aquello que necesita escuchar para encontrar el bien.

En nuestros tiempos se confunde con frecuencia el amor con la complacencia. Pensamos que amar significa aprobar todo, evitar cualquier corrección y no incomodar nunca a nadie.

Pero el amor de Cristo no es indiferente ante el pecado, la injusticia o la destrucción de la persona. Jesús consuela al pecador, pero también le dice: «Vete y no peques más». Acoge con misericordia, pero llama a cambiar de vida. Perdona, pero no convierte el mal en algo bueno.

Cristo ama a cada persona de una manera sabia y concreta. A algunos les ofrece consuelo; a otros, una pregunta; a otros, una advertencia; a otros, el silencio. A Pedro lo corrige con firmeza; a la mujer pecadora la trata con ternura; a Zaqueo le ofrece su amistad; a los fariseos les dirige palabras fuertes; a los discípulos desanimados les explica pacientemente las Escrituras.

El amor es siempre el mismo, pero su expresión cambia según lo que cada persona necesita.

También nosotros debemos aprender a amar así.

No basta con decir: «Yo soy así y esta es mi manera de querer». El verdadero amor no parte únicamente de lo que yo deseo dar, sino de lo que el otro realmente necesita.

Hay personas que necesitan una palabra de ánimo. Otras necesitan que alguien las escuche. Algunas necesitan una corrección prudente. Otras necesitan compañía, paciencia o silencio. A veces amar consiste en ayudar materialmente; otras veces consiste en poner un límite, decir una verdad o evitar que alguien continúe por un camino equivocado.

Por eso necesitamos pedir al Espíritu Santo el don del discernimiento. Porque incluso una verdad puede convertirse en violencia cuando se dice sin caridad; y una aparente amabilidad puede convertirse en complicidad cuando guarda silencio ante el mal.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos presenta una situación de temor. El rey Ajaz recibe la noticia de que los reyes de Siria y de Israel se han aliado contra Jerusalén. El texto dice que el corazón del rey y el corazón de su pueblo se agitaron «como se agitan los árboles del bosque con el viento».

¡Qué imagen tan expresiva!

Así puede quedar también nuestro corazón cuando recibimos una mala noticia, cuando surgen amenazas, cuando aparece una enfermedad, cuando se presenta una dificultad económica o cuando no sabemos qué va a suceder.

El miedo nos sacude como el viento a los árboles.

Dios envía entonces al profeta Isaías con un mensaje:

«Conserva la calma, no temas y no pierdas el valor».

Dios no niega el peligro. No le dice a Ajaz que todo es imaginación suya. Existen enemigos, existe una amenaza y existen razones humanas para sentir preocupación.

Pero Dios le recuerda que la amenaza no tiene la última palabra.

Los hombres hacen sus planes, pero Dios sigue siendo Señor de la historia.

Por eso la lectura concluye con una frase decisiva:

«Si no creen, no subsistirán».

Podemos tener muchos recursos, conocimientos, amistades, seguridades económicas y estrategias humanas, pero, si perdemos la fe, terminamos derrumbándonos interiormente.

Creer no significa cerrar los ojos ante los problemas. Significa atravesarlos sabiendo que no estamos solos.

Creer es permanecer firmes cuando todo parece tambalearse.

Creer es no entregar el corazón al miedo.

Ajaz debía confiar en Dios. Corazín, Betsaida y Cafarnaún debían convertirse. En ambas situaciones existe una misma dificultad: la resistencia a recibir el amor de Dios tal como Él lo ofrece.

Ajaz quería buscar seguridades humanas, pero Dios le pedía fe.

Las ciudades querían admirar los milagros, pero Jesús les pedía conversión.

Nosotros también podemos pedir consuelo cuando Dios quiere corregirnos, o buscar soluciones inmediatas cuando Dios quiere enseñarnos paciencia y confianza.

La pregunta es: ¿cómo está amándome Dios hoy?

Quizá mediante una consolación.

Quizá mediante una dificultad que está purificando mi fe.

Quizá mediante una persona que me dice una verdad que no deseo escuchar.

Quizá mediante una llamada a abandonar una actitud, reconciliarme con alguien o cambiar una costumbre.

Quizá Dios me está diciendo hoy: «No tengas miedo».

O quizá me está diciendo: «No continúes viviendo de esa manera».

Ambas palabras pueden provenir de su amor.

El salmo proclama:

«Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios».

Jerusalén aparece como una ciudad firme, no simplemente por sus murallas, sino porque Dios habita en ella. Los enemigos la contemplan y huyen llenos de temor.

Esta es también nuestra verdadera fortaleza: saber que Dios habita en medio de su pueblo.

La Iglesia no permanece en pie únicamente por sus estructuras, sus recursos o sus capacidades humanas. Permanece porque el Señor no la abandona.

Nuestras familias no superan sus dificultades solo porque sean perfectas, sino porque Dios puede sostenerlas cuando se abren a su gracia.

Nuestra vida no se mantiene firme porque nunca sintamos miedo, sino porque, incluso temblando, continuamos confiando.

En este martes queremos presentar especialmente al Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

Damos gracias por quienes han sido instrumentos concretos del amor de Dios en nuestra vida y en nuestras comunidades. Benefactor es quien hace el bien: quien ofrece su tiempo, su oración, su trabajo, sus capacidades, su apoyo material o una palabra de ánimo.

Muchas obras evangelizadoras, celebraciones, proyectos comunitarios y gestos de caridad son posibles gracias a personas generosas que saben compartir lo que han recibido.

Pidamos que Dios recompense a nuestros benefactores, vivos y difuntos. Que bendiga sus hogares, sus trabajos y sus necesidades. Que aquello que han dado con generosidad se convierta en gracia abundante para ellos y para sus familias.

Pero pidamos también que nosotros sepamos ser benefactores para los demás.

No es necesario poseer grandes riquezas para hacer el bien. Podemos ofrecer una visita, una escucha paciente, una oración, un consejo prudente, una ayuda sencilla o un poco de nuestro tiempo.

La caridad no consiste en dar lo que nos sobra, sino en aprender a descubrir lo que el otro necesita.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la indiferencia de Corazín, Betsaida y Cafarnaún. Que no recibamos tantas gracias inútilmente. Que cada Eucaristía, cada palabra del Evangelio y cada signo de su amor nos conduzcan a una vida nueva.

Pidámosle también que, cuando nuestro corazón se agite como los árboles del bosque, podamos escuchar su voz:

«Conserva la calma, no temas».

Y que, al amar a los demás, no les ofrezcamos solamente lo que nos resulta cómodo, sino aquello que de verdad pueda acercarlos al bien, a la esperanza y a la misericordia de Dios.

Señor Jesús, enséñanos a recibir tu amor cuando nos consuela y cuando nos corrige. Danos humildad para convertirnos, fortaleza para confiar y sabiduría para amar a cada persona como necesita ser amada.

Amén.


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