“La política es una de las formas más
altas de la caridad, porque busca el bien común”
Quienes
conocen este espacio saben que, a lo largo de los años, he procurado mantenerme
al margen de las discusiones partidistas y de las confrontaciones políticas.
Nunca he querido que este lugar se convierta en una tribuna de opiniones
ideológicas o en un escenario para defender o atacar personas, movimientos o
partidos.
Mi
vocación sacerdotal me ha llevado a anunciar el Evangelio, acompañar
comunidades, compartir reflexiones sobre la fe, la cultura, la historia, la
música, el cine y tantos temas que ayudan a mirar la vida con esperanza.
Sin
embargo, hay realidades humanas de las que no podemos escapar. Y una de ellas
es la política.
Porque
la política no es solamente lo que ocurre en los congresos, en las campañas
electorales o en los palacios de gobierno. La política, en su sentido más
noble, tiene que ver con la manera como los seres humanos organizamos nuestra
convivencia, administramos los bienes comunes y buscamos responder a las
necesidades de una sociedad.
Por
eso, incluso quienes somos sacerdotes no podemos ser indiferentes ante la
realidad política. No para convertirnos en militantes de una causa partidista,
sino para iluminar desde el Evangelio aquellas situaciones que afectan la
dignidad humana, la justicia y la paz social.
En
estos días Colombia vuelve a vivir un momento de tensión alrededor del proceso
de transición entre el gobierno saliente del presidente Gustavo Petro y el
gobierno entrante de Abelardo de la Espriella. Las acusaciones mutuas de
corrupción, las sospechas, los cuestionamientos y las respuestas defensivas han
llenado nuevamente el ambiente nacional de incertidumbre y polarización.
No
pretendo aquí hacer un juicio sobre personas concretas. No corresponde a un
espacio como este reemplazar a los jueces ni convertir las opiniones en
sentencias. La justicia necesita pruebas, investigaciones serias y respeto por
el debido proceso.
Pero
sí considero oportuno reflexionar sobre un problema más profundo: la corrupción como una enfermedad moral
y social que afecta a los pueblos cuando el poder deja de entenderse como
servicio y comienza a verse como privilegio.
La
corrupción: más que un delito, una herida al bien común
Cuando
hablamos de corrupción pensamos inmediatamente en dinero público perdido,
contratos irregulares o enriquecimiento ilícito. Y ciertamente esos hechos son
graves.
Pero
la corrupción tiene raíces más profundas. Es una deformación del corazón
humano. Es colocar el interés personal por encima del bien común. Es utilizar
una responsabilidad confiada por la sociedad para beneficio propio o de un
grupo determinado.
La
corrupción no aparece únicamente en grandes escándalos. También nace en
pequeñas actitudes cotidianas: cuando alguien busca ventaja injusta, cuando se
acepta un privilegio indebido, cuando se guarda silencio ante una injusticia
porque beneficia personalmente.
Por
eso la Doctrina Social de la Iglesia habla del pecado social: aquellas estructuras,
ambientes y comportamientos colectivos que terminan dañando la vida de muchas
personas.
San
Juan Pablo II decía que algunas estructuras pueden convertirse en “estructuras
de pecado” cuando son fruto de acumulación de decisiones egoístas y terminan
generando sufrimiento para los más débiles.
La
lucha contra la corrupción no puede convertirse en venganza
Una
sociedad madura necesita combatir la corrupción venga de donde venga. La
corrupción no tiene color político, ideología ni partido.
Sería
una grave equivocación denunciar la corrupción solamente cuando la comete el
adversario y justificarla cuando afecta a los propios.
La
justicia pierde credibilidad cuando se convierte en un arma de persecución
política. Pero también pierde credibilidad una sociedad que, por simpatías o
afinidades, decide mirar hacia otro lado frente a hechos cuestionables.
La
verdadera lucha contra la corrupción exige una actitud difícil pero necesaria: la coherencia.
Exigir
transparencia al otro implica también estar dispuesto a exigirla a quienes
pensamos que representan nuestras ideas.
El
poder como servicio
Jesús
nos dejó una enseñanza revolucionaria sobre el poder:
“El que quiera ser grande
entre ustedes, que sea su servidor” (Mt 20,26).
El
poder, desde la perspectiva cristiana, no es una oportunidad para dominar,
vengarse o imponerse. Es una responsabilidad para servir.
La
política necesita líderes con vocación de servicio, pero también ciudadanos
capaces de ejercer una crítica responsable, sin fanatismos ni odios.
Una
democracia sana no se construye con enemigos permanentes. Se construye con
adversarios que pueden pensar distinto, pero que reconocen una misma patria y
una misma dignidad humana.
Una
oración por Colombia
Más
allá de las disputas políticas del momento, los colombianos necesitamos
recuperar algo esencial: la confianza.
Necesitamos
instituciones fuertes, justicia independiente, gobernantes humildes y
ciudadanos comprometidos.
Necesitamos
dejar de pensar que la política es solamente una lucha entre buenos y malos. La
historia demuestra que todos los seres humanos tenemos fragilidades y que
ningún proyecto político está libre de errores.
Por
eso, más que alimentar la división, necesitamos pedir sabiduría para quienes
gobiernan, fortaleza para quienes vigilan, honestidad para quienes administran
y serenidad para quienes opinamos.
Como
creyentes, no estamos llamados a construir una sociedad perfecta —porque está
formada por seres humanos imperfectos—, pero sí una sociedad más justa, más
transparente y más cercana al proyecto de Dios.
Porque
al final, la pregunta más importante no será solamente: ¿quién ganó una elección?
La
pregunta será:
¿Qué hicimos para que nuestra sociedad fuera más humana,
más justa y más cercana al bien común?
Y
allí también se juega nuestra responsabilidad como ciudadanos y como discípulos
de Cristo.
(Artículo redactado con ayuda
de la IA)

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