lunes, 13 de julio de 2026

La corrupción como pecado social: cuando la política deja de buscar el bien común

 


“La política es una de las formas más altas de la caridad, porque busca el bien común”


(santo papa Pablo VI -1963-1978)

Quienes conocen este espacio saben que, a lo largo de los años, he procurado mantenerme al margen de las discusiones partidistas y de las confrontaciones políticas. Nunca he querido que este lugar se convierta en una tribuna de opiniones ideológicas o en un escenario para defender o atacar personas, movimientos o partidos.

Mi vocación sacerdotal me ha llevado a anunciar el Evangelio, acompañar comunidades, compartir reflexiones sobre la fe, la cultura, la historia, la música, el cine y tantos temas que ayudan a mirar la vida con esperanza.

Sin embargo, hay realidades humanas de las que no podemos escapar. Y una de ellas es la política.

Porque la política no es solamente lo que ocurre en los congresos, en las campañas electorales o en los palacios de gobierno. La política, en su sentido más noble, tiene que ver con la manera como los seres humanos organizamos nuestra convivencia, administramos los bienes comunes y buscamos responder a las necesidades de una sociedad.

Por eso, incluso quienes somos sacerdotes no podemos ser indiferentes ante la realidad política. No para convertirnos en militantes de una causa partidista, sino para iluminar desde el Evangelio aquellas situaciones que afectan la dignidad humana, la justicia y la paz social.

En estos días Colombia vuelve a vivir un momento de tensión alrededor del proceso de transición entre el gobierno saliente del presidente Gustavo Petro y el gobierno entrante de Abelardo de la Espriella. Las acusaciones mutuas de corrupción, las sospechas, los cuestionamientos y las respuestas defensivas han llenado nuevamente el ambiente nacional de incertidumbre y polarización.

No pretendo aquí hacer un juicio sobre personas concretas. No corresponde a un espacio como este reemplazar a los jueces ni convertir las opiniones en sentencias. La justicia necesita pruebas, investigaciones serias y respeto por el debido proceso.

Pero sí considero oportuno reflexionar sobre un problema más profundo: la corrupción como una enfermedad moral y social que afecta a los pueblos cuando el poder deja de entenderse como servicio y comienza a verse como privilegio.

La corrupción: más que un delito, una herida al bien común

Cuando hablamos de corrupción pensamos inmediatamente en dinero público perdido, contratos irregulares o enriquecimiento ilícito. Y ciertamente esos hechos son graves.

Pero la corrupción tiene raíces más profundas. Es una deformación del corazón humano. Es colocar el interés personal por encima del bien común. Es utilizar una responsabilidad confiada por la sociedad para beneficio propio o de un grupo determinado.

La corrupción no aparece únicamente en grandes escándalos. También nace en pequeñas actitudes cotidianas: cuando alguien busca ventaja injusta, cuando se acepta un privilegio indebido, cuando se guarda silencio ante una injusticia porque beneficia personalmente.

Por eso la Doctrina Social de la Iglesia habla del pecado social: aquellas estructuras, ambientes y comportamientos colectivos que terminan dañando la vida de muchas personas.

San Juan Pablo II decía que algunas estructuras pueden convertirse en “estructuras de pecado” cuando son fruto de acumulación de decisiones egoístas y terminan generando sufrimiento para los más débiles.

La lucha contra la corrupción no puede convertirse en venganza

Una sociedad madura necesita combatir la corrupción venga de donde venga. La corrupción no tiene color político, ideología ni partido.

Sería una grave equivocación denunciar la corrupción solamente cuando la comete el adversario y justificarla cuando afecta a los propios.

La justicia pierde credibilidad cuando se convierte en un arma de persecución política. Pero también pierde credibilidad una sociedad que, por simpatías o afinidades, decide mirar hacia otro lado frente a hechos cuestionables.

La verdadera lucha contra la corrupción exige una actitud difícil pero necesaria: la coherencia.

Exigir transparencia al otro implica también estar dispuesto a exigirla a quienes pensamos que representan nuestras ideas.

El poder como servicio

Jesús nos dejó una enseñanza revolucionaria sobre el poder:
“El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor” (Mt 20,26).

El poder, desde la perspectiva cristiana, no es una oportunidad para dominar, vengarse o imponerse. Es una responsabilidad para servir.

La política necesita líderes con vocación de servicio, pero también ciudadanos capaces de ejercer una crítica responsable, sin fanatismos ni odios.

Una democracia sana no se construye con enemigos permanentes. Se construye con adversarios que pueden pensar distinto, pero que reconocen una misma patria y una misma dignidad humana.

Una oración por Colombia

Más allá de las disputas políticas del momento, los colombianos necesitamos recuperar algo esencial: la confianza.

Necesitamos instituciones fuertes, justicia independiente, gobernantes humildes y ciudadanos comprometidos.

Necesitamos dejar de pensar que la política es solamente una lucha entre buenos y malos. La historia demuestra que todos los seres humanos tenemos fragilidades y que ningún proyecto político está libre de errores.

Por eso, más que alimentar la división, necesitamos pedir sabiduría para quienes gobiernan, fortaleza para quienes vigilan, honestidad para quienes administran y serenidad para quienes opinamos.

Como creyentes, no estamos llamados a construir una sociedad perfecta —porque está formada por seres humanos imperfectos—, pero sí una sociedad más justa, más transparente y más cercana al proyecto de Dios.

Porque al final, la pregunta más importante no será solamente: ¿quién ganó una elección?

La pregunta será:

¿Qué hicimos para que nuestra sociedad fuera más humana, más justa y más cercana al bien común?

Y allí también se juega nuestra responsabilidad como ciudadanos y como discípulos de Cristo.

(Artículo redactado con ayuda de la IA)

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