Testigo de la fe:
San Mateo
Siglo I
«Sígueme»: estas fueron las dos palabras que Jesús
dirigió a Mateo, también llamado Leví. El recaudador de impuestos de Cafarnaúm
se convirtió en discípulo de Cristo y, posteriormente, en uno de los cuatro
evangelistas. Según la
tradición, habría muerto mártir en Etiopía.
Transfronterizo
Los
fariseos viven en un mundo dividido, en el que importa separar a los buenos de
los malos. Jesús los escandaliza al relacionarse con quienes viven al margen de
la sociedad y de la religión. Para él, sin embargo, ninguna frontera humana
puede impedir el encuentro con quien necesita misericordia.
Al
llamar a Mateo, un publicano despreciado por muchos, Jesús atraviesa las
barreras de la reputación, de la pureza social y del juicio moral. No espera
que el pecador se vuelva perfecto para acercarse a él: entra en su casa,
comparte su mesa y le abre un camino nuevo.
El
Evangelio nos recuerda así que la misericordia de Dios es siempre
«transfronteriza»: cruza las fronteras que nosotros levantamos entre dignos e
indignos, justos y pecadores, aceptados y excluidos. Jesús no niega el pecado,
pero mira primero a la persona y a la posibilidad de una vida transformada.
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los
enfermos».
La Iglesia está llamada a hacer lo mismo: no convertirse en un círculo
reservado a los perfectos, sino en una casa donde quien está herido pueda
encontrarse con Cristo y escuchar, como Mateo, aquella palabra que puede
cambiarlo todo: «Sígueme».
**********
Primera lectura
Ef
4, 1-7. 11-13
Él
ha constituido a unos, apóstoles, a otros, evangelistas
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
Yo, el prisionero por el Señor, les ruego que caminen como pide la vocación a
la que han sido convocados.
Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente
con amor, esforzándose en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la
paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la
vocación a la que han sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios,
Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.
A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de
Cristo.
Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros,
evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los
santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de
Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del
Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
18, 2-3. 4-5b (R.: 5a)
R. A toda la
tierra alcanza su pregón.
V. El cielo proclama la
gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R.
V. Sin que hablen, sin
que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. A ti, oh, Dios,
te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos;
a ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, Señor. R.
Evangelio
Mt
9, 9-13
Sígueme.
Él se levantó y lo siguió
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado
Mateo sentado al mostrador de los impuestos,
y le dijo:
«Sígueme».
Él se levantó y lo siguió.
Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos
y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús
y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan, aprendan lo
que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar
a justos sino a pecadores».
Palabra del Señor.
1
«SÍGUEME»:
UNA PALABRA QUE PUEDE CAMBIAR UNA VIDA
Hermanos:
Hay palabras que escuchamos muchas veces y pasan de
largo. Pero hay otras que, dichas por la persona adecuada y en el momento
adecuado, pueden cambiar para siempre el rumbo de una vida.
Hoy san Mateo nos recuerda una de ellas:
«Sígueme».
Solo una palabra.
Jesús pasó, vio a Mateo sentado en su puesto de
cobrador de impuestos y le dijo: «Sígueme». Y el Evangelio añade algo
sorprendente por su sencillez: «Él se levantó y lo siguió».
Detengámonos un momento en esa escena.
Mateo no era precisamente el hombre que los
religiosos de su tiempo habrían escogido para formar parte del grupo de los
apóstoles. Era publicano, recaudador de impuestos. Trabajaba para el poder
romano y pertenecía a una profesión asociada frecuentemente con abusos,
corrupción y enriquecimiento a costa del pueblo.
Para muchos, Mateo ya tenía una etiqueta puesta:
pecador.
Quizá para algunos no había nada que esperar de él.
Pero Jesús mira de otra manera.
Los demás ven al publicano.
Jesús ve al hombre.
Los demás ven su pasado.
Jesús contempla aquello que todavía puede llegar a
ser.
Los demás ven el pecado.
Jesús descubre una vocación.
Y aquí encontramos una primera buena noticia para
nosotros: Dios nunca nos reduce a nuestra historia pasada.
Nosotros fácilmente encerramos a las personas en
sus errores: «Ese siempre ha sido así», «aquella nunca va a cambiar», «de ese
no se puede esperar nada».
Y, peor todavía, a veces hacemos lo mismo con
nosotros mismos: cargamos durante años nuestros errores, nuestros pecados,
nuestras decisiones equivocadas, pensando que ya no podemos comenzar de nuevo.
Pero Jesús pasa delante de Mateo y no le dice:
«Explícame primero tu pasado».
No le dice: «Cuando seas digno, ven».
Simplemente le dice:
«Sígueme».
Es la misericordia de Dios que atraviesa fronteras.
Los fariseos vivían en un mundo muy dividido:
buenos y malos, puros e impuros, justos y pecadores, los de dentro y los de
fuera.
Jesús rompe esas fronteras.
No porque diga que el pecado no importa, sino
precisamente porque cree que el pecador puede cambiar.
Por eso se sienta a la mesa con publicanos y
pecadores.
Y allí aparece la pregunta escandalizada:
«¿Por qué su Maestro come con publicanos y
pecadores?»
Y Jesús responde con una de las frases más hermosas
del Evangelio:
«No son los sanos los que necesitan médico, sino
los enfermos».
Qué imagen tan hermosa para comprender la Iglesia.
La Iglesia no es un museo de personas perfectas.
Es también un hospital para pecadores.
Venimos a la Eucaristía no porque seamos mejores
que los demás, sino porque necesitamos al Médico.
Aquí venimos con nuestras heridas, nuestras
contradicciones, nuestros pecados, nuestras luchas interiores.
Y precisamente aquí Cristo vuelve a sentarse a la
mesa con nosotros.
Por eso continúa diciendo:
«Misericordia quiero y no sacrificios».
Podemos cumplir muchas prácticas religiosas, rezar
mucho, participar en celebraciones, conocer la doctrina… pero si nuestro
corazón se vuelve duro ante los demás, algo esencial del Evangelio nos está
faltando.
La verdadera cercanía a Dios debe hacernos más
misericordiosos.
Más capaces de comprender.
Más dispuestos a perdonar.
Menos apresurados para condenar.
Más capaces de dar una nueva oportunidad.
«Vivan de una manera digna de la
vocación que han recibido»
Eso mismo nos recuerda hoy san Pablo en la primera
lectura.
Dice:
«Los exhorto a que lleven una vida digna del
llamamiento que han recibido».
Mateo recibió una llamada particular, pero todos
nosotros hemos recibido una llamada.
Dios no nos ha puesto en este mundo simplemente
para pasar los días.
Cada uno tiene una misión.
San Pablo dice que unos han sido llamados a ser
apóstoles, otros profetas, otros evangelizadores, otros pastores y maestros.
Los dones son diferentes, pero la finalidad es la
misma:
«edificar el Cuerpo de Cristo».
Qué importante es esto.
Nuestro don no nos ha sido entregado únicamente
para nuestro beneficio.
Lo que sabemos hacer, nuestra inteligencia, nuestra
experiencia, nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestra capacidad para escuchar,
para servir, para enseñar, para consolar… todo puede convertirse en servicio.
Y Pablo añade algo precioso:
«Un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola
esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre
de todos».
En un mundo donde tantas veces levantamos
fronteras, etiquetas y divisiones, la Palabra de Dios nos recuerda que estamos
llamados a construir unidad.
Mateo dejó la mesa de los impuestos para
convertirse en servidor del Evangelio.
Cada uno debería preguntarse hoy:
¿De qué mesa tengo que levantarme yo?
Tal vez no sea una mesa física.
Puede ser la mesa del resentimiento.
La mesa de una costumbre que me está dañando.
La mesa de una relación equivocada.
La mesa del orgullo.
La mesa del egoísmo.
La mesa de la indiferencia.
La mesa de un pecado al que me he acostumbrado.
Jesús pasa también hoy.
Nos mira.
Y vuelve a decir:
«Sígueme».
«El mensaje del Señor resuena en
toda la tierra»
El salmo de hoy parece describir lo que ocurrió
después con Mateo:
«El mensaje del Señor resuena en toda la tierra».
Aquel hombre que estaba sentado cobrando impuestos
terminó anunciando el Evangelio.
El llamado se convirtió en enviado.
El pecador perdonado se convirtió en testigo de la
misericordia.
Eso hace Dios.
Dios no solamente nos perdona.
Dios puede convertir nuestra propia historia en
anuncio de su gracia.
Muchas veces quien ha experimentado la misericordia
comprende mejor la misericordia.
Quien ha sido levantado sabe cómo ayudar a
levantar.
Quien ha llorado sabe acompañar lágrimas.
Quien ha sido perdonado aprende poco a poco a
perdonar.
Por eso nuestra vida también puede convertirse en
Evangelio.
Tal vez nunca escribamos un libro como san Mateo,
pero podemos escribir un Evangelio con nuestras obras: con una reconciliación,
con una visita, con una palabra de esperanza, con un gesto de generosidad, con
el cuidado de un enfermo, con el perdón ofrecido a quien nos hizo daño.
Y hoy recordamos a nuestros
difuntos
En esta Eucaristía queremos poner también en las
manos misericordiosas del Señor a nuestros seres queridos difuntos.
Al recordarlos, quizá vuelvan a nuestra memoria sus
rostros, sus palabras, los momentos compartidos, lo bueno que dejaron en
nosotros; y también, porque todos somos humanos, sus fragilidades y limitaciones.
Pero hoy no los ponemos ante un tribunal humano.
Los ponemos en las manos de Jesucristo.
En las manos de Aquel que dijo:
«Misericordia quiero».
En las manos del Médico que vino precisamente por
los enfermos.
En las manos del Señor que conocía perfectamente la
historia de Mateo y, sin embargo, vio más allá de ella.
Por eso nuestra oración por los difuntos está llena
de esperanza.
No afirmamos que una persona haya sido perfecta.
Ninguno lo somos.
Confiamos en que la misericordia de Dios es más
grande que nuestra fragilidad.
Pedimos al Señor que purifique aquello que necesite
ser purificado, que perdone aquello que necesite perdón y que lleve a nuestros
hermanos difuntos a la plenitud de su Reino.
Y mientras oramos por ellos, también recordamos
algo fundamental: algún día otros rezarán por nosotros.
Por eso la pregunta del Evangelio no es solamente
qué hicieron quienes ya partieron.
La pregunta es:
¿qué estamos haciendo nosotros con el tiempo que
todavía tenemos?
Jesús pasó delante de Mateo.
Hoy pasa delante de nosotros.
Nos mira conociendo nuestras virtudes y también
nuestras sombras.
Y vuelve a pronunciar aquella palabra que cambió la
vida del publicano:
«Sígueme».
Quizá hoy seguirlo signifique perdonar.
Quizá reconciliarnos.
Quizá abandonar un pecado.
Quizá servir más.
Quizá volver a la oración.
Quizá acercarnos a alguien que hemos juzgado.
Quizá recuperar la esperanza.
San Mateo nos enseña que ningún pasado es tan
pesado que impida a Dios comenzar una historia nueva.
Pidámosle entonces:
Señor Jesús, míranos como miraste a Mateo.
No permitas que quedemos sentados junto al camino.
Danos valentía para levantarnos y seguirte.
Haznos misericordiosos con quienes encontramos heridos y excluidos.
Haz de nuestra vida un anuncio de tu Evangelio.
Y recibe también, Señor, a nuestros hermanos
difuntos.
Perdona sus faltas, recompensa todo el bien que realizaron y concédeles
contemplar eternamente tu rostro.
Y que san Mateo, apóstol y evangelista,
interceda por nosotros para que, cuando el Señor nos diga cada día «Sígueme»,
tengamos la valentía de levantarnos y caminar detrás de Él.
Amén.
«Los demás veían en Mateo su pasado; Jesús veía su
futuro».
2
DE PECADOR A SANTO
«Jesús vio a un hombre llamado Mateo,
sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo
siguió».
(Mt 9,9)
Hermanos:
San Mateo, a
quien hoy honramos como apóstol y evangelista, hace parecer muy sencillo el
seguimiento de Cristo.
Jesús le dice:
«Sígueme».
Y Mateo se
levanta y lo sigue.
Deja atrás su
mesa de impuestos, su antigua ocupación, su manera de vivir y todo el equipaje
que cargaba consigo.
¿Pero
realmente dejó todo atrás en aquel mismo instante?
La respuesta
inmediata de Mateo es admirable y conmovedora, pero no deberíamos pensar que
desde aquel momento todo se volvió fácil para él.
Cuando existen
hábitos de pecado profundamente arraigados, cuando llevamos heridas antiguas,
costumbres equivocadas, culpas y apegos, se necesita tiempo y mucha gracia para
arrancarlos de raíz.
Pero ninguna
sanación puede comenzar mientras no demos el primer paso.
Y Mateo lo dio.
Se levantó.
Dejó su mesa.
Y comenzó a
caminar detrás de Jesús.
Eso es lo
primero que hoy la Palabra podría preguntarnos:
¿Hay
alguna mesa de la que Jesús me está pidiendo levantarme?
Quizá sea una
costumbre que sé que no me hace bien.
Quizá un
resentimiento que llevo demasiado tiempo alimentando.
Quizá una
relación desordenada.
Quizá una
doble vida.
Quizá un
apego, una comodidad, una manera de pensar o una actitud que me impide seguir libremente
al Señor.
La conversión
empieza cuando escuchamos a Jesús y nos atrevemos a levantarnos.
«Vivan de una
manera digna de la vocación que han recibido»
La primera
lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, ilumina precisamente
esta llamada.
Pablo dice:
«Los
exhorto a que lleven una vida digna del llamamiento que han recibido».
Mateo recibió
una llamada.
Pero también
nosotros hemos recibido una.
La vocación
cristiana no consiste solamente en haber sido bautizados o pertenecer a la
Iglesia. Es aprender día tras día a vivir de una manera coherente con la
llamada recibida.
Por eso san
Pablo habla de humildad, mansedumbre, paciencia, amor y unidad.
Y luego
recuerda que Cristo mismo ha concedido diferentes dones: unos como apóstoles,
otros como profetas, evangelizadores, pastores y maestros.
No todos
hacemos lo mismo.
No todos
tenemos los mismos dones.
Pero todos
somos llamados a una misma meta:
«la edificación
del Cuerpo de Cristo».
Mateo pasó de
recaudar impuestos para sí mismo a entregar su vida para anunciar a Cristo.
Aquello que
antes estaba centrado en el dinero terminó convertido en servicio al Evangelio.
Ahí
descubrimos algo hermoso: cuando Cristo entra verdaderamente en nuestra vida,
no solamente nos aparta del pecado; también comienza a mostrarnos para qué hemos sido creados.
Jesús entra
en el mundo herido de Mateo
Después de
abandonar su puesto de impuestos, Mateo organizó una comida para Jesús en su
propia casa.
Su casa quizás
era cómoda.
Tal vez la
mesa estaba bien servida.
Probablemente
no le faltaban bienes materiales.
Pero Mateo,
como cualquier persona que comienza un camino de conversión, todavía tenía
mucho que recorrer.
Los recaudadores
de impuestos eran despreciados prácticamente por todos, excepto por otros
publicanos y por aquellos que la sociedad calificaba simplemente como
«pecadores».
Los judíos los
consideraban traidores a la fe y a la nación.
En muchos
casos se les excluía de la vida religiosa.
Sus propias
familias podían sufrir también el rechazo social.
Y
paradójicamente, ni siquiera los romanos, para quienes recaudaban impuestos,
los consideraban verdaderamente de los suyos.
Mateo podía
tener dinero.
Podía tener
una buena casa.
Podía tener
abundancia sobre su mesa.
Pero
posiblemente conocía muy bien la soledad.
Y precisamente
allí entra
Jesús.
Jesús entra en
el mundo herido de Mateo.
No espera que
Mateo arregle primero su vida.
No espera que
se vuelva perfecto.
No le dice:
«Cuando
cambies, búscame».
Lo mira.
Lo llama.
Entra en su
casa.
Se sienta a su
mesa.
Este es uno de
los rasgos más hermosos del Evangelio de hoy.
Jesús no
solamente cruza una calle para acercarse a Mateo.
Cruza una
frontera social, moral y religiosa.
Aquellos a
quienes todos evitaban son precisamente aquellos a quienes Jesús se acerca.
Por eso los
fariseos preguntan escandalizados:
«¿Por
qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»
Y Jesús
responde:
«No
son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos».
Y añade:
«Misericordia
quiero y no sacrificios».
La medicina
comienza cuando el enfermo permite que el médico se acerque.
Y la
conversión comienza cuando dejamos entrar a Cristo precisamente en aquello que
más nos avergüenza.
Algo debió
despertarse en Mateo
El hecho de
que Mateo siguiera a Jesús tan rápidamente nos permite entrever algo de lo que
llevaba por dentro.
Seguramente
había oído hablar de aquel nuevo predicador.
Quizá había
escuchado que algunos pensaban que podía ser el Mesías.
Algo se habría
comenzado a mover en su interior.
Y cuando aquel
Maestro no solamente lo miró, sino que le habló con cercanía, lo llamó a
seguirlo y además aceptó sentarse a comer en su casa, debió despertarse en
Mateo algo que llevaba mucho tiempo enterrado.
Quizás, por
primera vez en muchos años, sintió esperanza.
Libertad.
Curiosidad.
Ilusión.
Tal vez
descubrió que todavía era posible comenzar de nuevo.
Y estuvo
dispuesto a dejar atrás el pasado.
Qué importante
es esto para nosotros.
A veces
creemos que una persona ya no puede cambiar.
Incluso
podemos llegar a pensar eso de nosotros mismos.
«Yo soy así».
«Siempre he
sido así».
«Ya es
demasiado tarde».
El Evangelio
de Mateo contradice esas frases.
Mientras Jesús
siga pasando por nuestra vida, siempre
es posible levantarse.
La conversión
no termina; apenas comienza
Pero la
conversión de Mateo no terminó aquel día.
Aquel día
apenas comenzó.
Pensemos en
las semanas, los meses y los años siguientes.
Como nosotros,
seguramente Mateo tuvo dudas.
Seguramente
tuvo momentos en los que volvió a pensar en su vida pasada.
Probablemente
tuvo que luchar contra sentimientos de culpa y vergüenza.
Quizá alguna
vez se sintió indigno de estar entre los discípulos de Jesús.
Tal vez llegó
a extrañar algunos aspectos de su antigua vida.
Y seguramente
tuvo que atravesar esa confusión interior que aparece cuando la gracia de Dios
comienza verdaderamente a transformar el corazón.
Porque
convertirse no significa que todas nuestras luchas desaparezcan de un día para
otro.
La conversión
es el primer paso.
El discipulado
es el camino que sigue.
Poco a poco,
la luz del cielo comienza a penetrar los rincones oscuros de nuestra vida.
Empezamos a
reconocer con mayor claridad nuestros apegos.
Descubrimos el
daño que hemos hecho.
Comprendemos
ciertas heridas.
Descubrimos
comportamientos que antes justificábamos.
Y empezamos a
permitir que Dios nos transforme.
Eso requiere
paciencia.
Por eso san
Pablo decía hoy:
«Sean
humildes, amables, comprensivos; sobrellévense mutuamente con amor».
La santidad no
es magia.
Es gracia
acogida cada día.
Es caer y
levantarse.
Es volver a
escuchar la voz de Jesús:
«Sígueme».
«A toda la
tierra alcanza su pregón»
Y aquí aparece
bellamente el salmo de esta fiesta:
«A
toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje».
Mateo comenzó
sentado en una mesa de impuestos.
Y terminó
llevando la Buena Noticia de Cristo más allá de las fronteras.
¡Qué
transformación!
El publicano
se convirtió en apóstol.
El señalado
como pecador terminó siendo evangelista.
El hombre despreciado
terminó escribiendo uno de los cuatro Evangelios que la Iglesia proclama desde
hace siglos.
Su palabra
llegó verdaderamente «hasta los límites del orbe».
Eso puede
hacer Dios con una vida cuando alguien acepta levantarse y seguirlo.
Según la
tradición, Mateo continuó anunciando a Cristo después de la Ascensión y llevó
el Evangelio a tierras lejanas, hasta entregar finalmente su vida por el Señor.
Pero quizá el
legado más grande que nos dejó es precisamente el Evangelio que lleva su
nombre.
Y todo comenzó
con una palabra:
«Sígueme».
De pecador a
santo
Hoy veneramos
a san Mateo porque perseveró después de aquel primer paso.
Durante los
años que pasó junto a Jesús fue transformándose profundamente.
Y después de
Pentecostés, iluminado y fortalecido por el Espíritu Santo, continuó
recorriendo el camino que Dios había comenzado en él.
Su historia
podría resumirse así:
de
pecador a discípulo,
de discípulo a apóstol,
de apóstol a evangelista,
de evangelista a santo.
Y aquello que
Dios hizo en Mateo puede hacerlo también en nosotros.
Tal vez
ninguno escribirá un Evangelio.
Tal vez no
viajaremos a tierras lejanas.
Pero todos
podemos permitir que Dios transforme nuestra historia.
Todos podemos
levantarnos de alguna mesa.
Todos podemos
dejar algún viejo hábito.
Todos podemos
comenzar otra vez.
Todos podemos
convertir nuestras heridas en lugares donde la gracia de Dios se manifieste.
Y todos
podemos poner los dones que hemos recibido al servicio de la construcción del
Cuerpo de Cristo.
Por eso, al
celebrar hoy a san Mateo, preguntémonos:
¿Cuál
es el paso que Jesús me está pidiendo dar hoy?
No mañana.
No algún día.
Hoy.
Quizá
solamente un paso.
Pero la
historia de Mateo nos enseña que una vida completamente nueva puede comenzar
precisamente así:
escuchando una
voz,
levantándonos,
y empezando a
caminar.
Pidamos
entonces:
San
Mateo, cuando Jesús te llamó, lo seguiste sin vacilar. Ruega por nosotros para
que sepamos responder a cada invitación de la gracia cuando el Señor nos la
ofrezca. Intercede para que también nosotros recorramos con perseverancia
nuestro camino de conversión: desde nuestras heridas y pecados hacia la
libertad de los hijos de Dios.
Señor Jesús,
míranos como miraste a Mateo.
Llámamos como
lo llamaste a él.
Danos la
gracia de levantarnos de todo aquello que nos mantiene atados y de seguirte
fielmente hasta el final.
Y que también
por medio de nuestra vida se cumpla aquello que hoy cantamos:
«A
toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje».
Amén.
«La conversión es el primer paso; el
discipulado es el camino que sigue»
**********
21 de septiembre:
San Mateo, Apóstol, Evangelista—Fiesta
Santo Patrón del Siglo I de los funcionarios públicos, contables, banqueros, tenedores de libros, funcionarios de aduanas, funcionarios financieros, guardias, cambistas, administradores de dinero, corredores de bolsa y recaudadores de impuestos
En la época en que Jesús comenzó su ministerio público, Galilea formaba parte del Imperio Romano.
Una de las expectativas de las autoridades romanas era que todos los que vivían bajo su gobierno pagaran impuestos. Para lograrlo, a menudo colaboraban con los judíos locales, autorizándolos a recaudar impuestos en nombre del emperador romano y del gobernador local.
El resto de la comunidad a menudo despreciaba a los recaudadores de impuestos locales porque los consideraban traidores a su pueblo por colaborar opresivamente con las autoridades romanas. Incluso las familias de los recaudadores de impuestos eran rechazadas.
Por ejemplo, sus hijos a menudo eran vistos como inadecuados como posibles cónyuges. Además, muchos recaudadores de impuestos eran corruptos e imponían a la gente más impuestos de los que tenían derecho a imponer.
Las autoridades romanas solían pasar por alto este abuso porque a menudo recibían una parte del excedente. Los recaudadores de impuestos se embolsaban el resto. Es en este contexto que surgió el santo de hoy, San Mateo Apóstol y Evangelista.
Lo más probable es que San Mateo naciera como Leví, hijo de Alfeo. Aunque no se sabe nada sobre su infancia, Leví se convirtió en recaudador de impuestos para las autoridades romanas.
El nombre “Leví” implica que era de la tribu de Leví, la tribu responsable del culto litúrgico judío. Aunque los eruditos no pueden llegar a una conclusión definitiva sobre los detalles de su vida, se acepta casi universalmente que el Leví mencionado en Marcos 2:14 y Lucas 5:27 es la misma persona mencionada en Mateo 9:9 con el nombre de Mateo. Leví podría haber sido su nombre original, y Mateo puede haber sido el nombre que le dio Jesús al convertirse. El nombre Mateo significa “Don de Yahvé”.
El llamado de Leví a seguir a Jesús fue breve pero profundo.
Era un hombre claramente agobiado por su decisión de traicionar su herencia levítica al trabajar para las autoridades romanas para recaudar impuestos para ellas. Pudo haber sido corrupto, codicioso y excluido por su comunidad judía.
Lo más probable es que su recaudación de impuestos se llevara a cabo en Cafarnaúm, donde Jesús había estado viviendo en la casa de Pedro. Sus deberes probablemente incluían recaudar impuestos sobre las mercancías que llegaban a Cafarnaúm a través del Mar de Galilea, así como cobrar un peaje a los que llegaban a esa ciudad en barco.
Cuando Jesús comenzó su ministerio público, muchas personas se dieron cuenta. Aunque no hay ningún relato bíblico de que Mateo escuchara a Jesús predicar antes de ser llamado, es razonable asumir que escuchó acerca de nuestro Señor, y posiblemente incluso lo escuchó predicar en Cafarnaúm.
El Evangelio de Mateo relata la conversión del recaudador de impuestos de esta manera: “Al pasar, Jesús vio a un hombre llamado Mateo sentado al puesto de aduanas. Le dijo: Sígueme. Y él se levantó y lo siguió” ( Mateo 9:9 ). No hubo vacilación. En un instante, la vida del recaudador de impuestos cambió.
Inmediatamente después de que Mateo abandonó su ocupación, invitó a Jesús a cenar en su casa y Jesús aceptó. Junto a ellos cenaban otros recaudadores de impuestos y pecadores. Como resultado, los fariseos santurrones rápidamente condenaron a Jesús por asociarse con estos hombres. Sin embargo, Jesús reprende a los fariseos, diciendo: “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” ( Mateo 9:12-13 ).
El llamado de Jesús y la respuesta de Mateo conmovieron a las rígidas autoridades judías, que se habían acostumbrado a juzgar y condenar. Eran personas con mentalidad política que buscaban el poder y carecían de un corazón misericordioso. Cuando Jesús llegó y actuó con misericordia hacia los pecadores, deseando su conversión, los fariseos se opusieron a Él, pero los pecadores respondieron. Aunque los recaudadores de impuestos como Mateo eran ricos y vivían cómodamente, Mateo encontró algo en Jesús que su dinero no podía producir.
En el resto de los Evangelios, el nombre de Mateo aparece junto al de los Doce. Estuvo presente en la Ascensión y en Pentecostés, donde recibió su misión y el derramamiento del Espíritu Santo junto con los demás apóstoles. Los Padres de la Iglesia primitiva afirman que permaneció durante algún tiempo en Judea, predicando el Evangelio y ayudando a la Iglesia recién formada. Es durante este período que pudo haber escrito su Evangelio. Los Padres de la Iglesia también sostienen comúnmente que Mateo finalmente fue a “Etiopía”, pero no a Etiopía en el noreste de África. En cambio, podría haber viajado al territorio al sur del Mar Caspio, el actual Irán o Armenia.
Según una leyenda, durante su estancia en el territorio de la antigua Etiopía, Mateo hizo muchos conversos, entre ellos el rey Egipcio y toda su casa, incluida su hija Efigénia. Se dice que Mateo consagró a la princesa Efigénia como virgen y la puso al frente de una nueva compañía de vírgenes que entregaron sus vidas únicamente a Cristo como sus esposas. Cuando murió el rey Egipcio, Hiraco lo sucedió como rey y quiso tomar a Efigénia como esposa. Después de hacer esta petición a Mateo, este invitó al nuevo rey a la iglesia para que le instruyera en el matrimonio. Una vez que el rey llegó con pompa y solemnidad, Mateo predicó claramente que la virgen Efigénia ya tenía un esposo, su Señor Jesucristo, y que, por lo tanto, no podía casarse con ningún otro. Indignado, el rey Hiraco envió a un asesino que apuñaló a Mateo por la espalda y lo mató mientras estaba de pie ante el altar. El rey ordenó entonces que se quemara la casa de Efigénia, pero la leyenda continúa diciendo que San Mateo se apareció en la casa y redirigió el fuego hacia el palacio real, que se quemó. Poco después, el rey enfermó de lepra y se suicidó, y su hijo fue poseído por demonios, pero más tarde se arrepintió ante la tumba de San Mateo. Después de esto, el hermano del rey Hiraco se convirtió en rey y estableció el cristianismo como religión oficial de su reino.
El regalo más perdurable que dejó San Mateo es su Evangelio.
Aunque algunos eruditos modernos cuestionan si él fue el autor original, los primeros Padres de la Iglesia le atribuyen el primer Evangelio de manera inequívoca.
El Evangelio de Mateo fue escrito por un judío para sus compatriotas judíos. Lo más probable es que se haya escrito en hebreo y arameo y luego traducido al griego.
Los textos originales en hebreo y arameo ya no existen.
Su Evangelio muestra claramente que Jesús es el cumplimiento del Antiguo Testamento, el Mesías largamente esperado. Comienza con una extensa genealogía en la que rastrea las raíces de Jesús hasta Abraham, el padre de la nación judía.
El Evangelio de Mateo está bien estructurado y organizado, y ofrece cinco discursos principales en los que presenta el Reino de los Cielos, el fundamento de la Iglesia sobre Pedro, el llamado a la rectitud y la obediencia a la voluntad de Dios, parábolas únicas y el Sermón de la Montaña.
El Sermón de la Montaña retrata especialmente a Jesús como el nuevo Moisés, que ofrece la Nueva Ley en la nueva montaña. Aunque Moisés recibió la Ley de Dios en el Monte Sinaí, Jesús da la Nueva Ley como Dios mismo en el Monte de las Bienaventuranzas.
Al honrar a San Mateo, también celebramos el Evangelio mismo.
Mateo no fue más que un instrumento humano; el contenido de su Evangelio es la Palabra Viva de Dios.
Meditemos sobre el valor inestimable de este Evangelio que Dios ha utilizado para transformar innumerables vidas.
Por su sencilla obediencia a la voluntad de Dios, los esfuerzos de San Mateo han sido exponencialmente fructíferos y seguirán siéndolo hasta el fin de los tiempos.
San Mateo, Dios te llamó y respondiste de inmediato. El vacío que sentías en tu alma no se podía llenar con dinero.
Cuando encontraste a Cristo, dejaste todo atrás para seguirlo.
Por favor, ora por mí, para que nunca dude en decir “Sí” al llamado de Dios en mi vida, para que Dios pueda transformar mi vida y usarme como Él quiera.
San Mateo, Apóstol y Evangelista, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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