domingo, 20 de septiembre de 2026

21 de septiembre del 2026: Fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista


Testigo de la fe:


San Mateo

Siglo I

«Sígueme»: estas fueron las dos palabras que Jesús dirigió a Mateo, también llamado Leví. El recaudador de impuestos de Cafarnaúm se convirtió en discípulo de Cristo y, posteriormente, en uno de los cuatro evangelistas. Según la tradición, habría muerto mártir en Etiopía.

 

Transfronterizo

Los fariseos viven en un mundo dividido, en el que importa separar a los buenos de los malos. Jesús los escandaliza al relacionarse con quienes viven al margen de la sociedad y de la religión. Para él, sin embargo, ninguna frontera humana puede impedir el encuentro con quien necesita misericordia.

Al llamar a Mateo, un publicano despreciado por muchos, Jesús atraviesa las barreras de la reputación, de la pureza social y del juicio moral. No espera que el pecador se vuelva perfecto para acercarse a él: entra en su casa, comparte su mesa y le abre un camino nuevo.

El Evangelio nos recuerda así que la misericordia de Dios es siempre «transfronteriza»: cruza las fronteras que nosotros levantamos entre dignos e indignos, justos y pecadores, aceptados y excluidos. Jesús no niega el pecado, pero mira primero a la persona y a la posibilidad de una vida transformada.

«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos». La Iglesia está llamada a hacer lo mismo: no convertirse en un círculo reservado a los perfectos, sino en una casa donde quien está herido pueda encontrarse con Cristo y escuchar, como Mateo, aquella palabra que puede cambiarlo todo: «Sígueme».

 



**********

 

Primera lectura

Ef 4, 1-7. 11-13

Él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, evangelistas

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Yo, el prisionero por el Señor, les ruego que caminen como pide la vocación a la que han sido convocados.
Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor, esforzándose en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que han sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.
A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.
Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 2-3. 4-5b (R.: 5a)

R. A toda la tierra alcanza su pregón.

V. El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
 R.

V. Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ti, oh, Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos;
a ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, Señor. 
R.

 

Evangelio

Mt 9, 9-13

Sígueme. Él se levantó y lo siguió

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado
Mateo sentado al mostrador de los impuestos,
y le dijo:
«Sígueme».
Él se levantó y lo siguió.
Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos
y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús
y sus discípulos.
Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?».
Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan, aprendan lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

«SÍGUEME»: UNA PALABRA QUE PUEDE CAMBIAR UNA VIDA

 

Hermanos:

Hay palabras que escuchamos muchas veces y pasan de largo. Pero hay otras que, dichas por la persona adecuada y en el momento adecuado, pueden cambiar para siempre el rumbo de una vida.

Hoy san Mateo nos recuerda una de ellas:

«Sígueme».

Solo una palabra.

Jesús pasó, vio a Mateo sentado en su puesto de cobrador de impuestos y le dijo: «Sígueme». Y el Evangelio añade algo sorprendente por su sencillez: «Él se levantó y lo siguió».

Detengámonos un momento en esa escena.

Mateo no era precisamente el hombre que los religiosos de su tiempo habrían escogido para formar parte del grupo de los apóstoles. Era publicano, recaudador de impuestos. Trabajaba para el poder romano y pertenecía a una profesión asociada frecuentemente con abusos, corrupción y enriquecimiento a costa del pueblo.

Para muchos, Mateo ya tenía una etiqueta puesta:

pecador.

Quizá para algunos no había nada que esperar de él.

Pero Jesús mira de otra manera.

Los demás ven al publicano.

Jesús ve al hombre.

Los demás ven su pasado.

Jesús contempla aquello que todavía puede llegar a ser.

Los demás ven el pecado.

Jesús descubre una vocación.

Y aquí encontramos una primera buena noticia para nosotros: Dios nunca nos reduce a nuestra historia pasada.

Nosotros fácilmente encerramos a las personas en sus errores: «Ese siempre ha sido así», «aquella nunca va a cambiar», «de ese no se puede esperar nada».

Y, peor todavía, a veces hacemos lo mismo con nosotros mismos: cargamos durante años nuestros errores, nuestros pecados, nuestras decisiones equivocadas, pensando que ya no podemos comenzar de nuevo.

Pero Jesús pasa delante de Mateo y no le dice: «Explícame primero tu pasado».

No le dice: «Cuando seas digno, ven».

Simplemente le dice:

«Sígueme».

Es la misericordia de Dios que atraviesa fronteras.

Los fariseos vivían en un mundo muy dividido: buenos y malos, puros e impuros, justos y pecadores, los de dentro y los de fuera.

Jesús rompe esas fronteras.

No porque diga que el pecado no importa, sino precisamente porque cree que el pecador puede cambiar.

Por eso se sienta a la mesa con publicanos y pecadores.

Y allí aparece la pregunta escandalizada:

«¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»

Y Jesús responde con una de las frases más hermosas del Evangelio:

«No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos».

Qué imagen tan hermosa para comprender la Iglesia.

La Iglesia no es un museo de personas perfectas.

Es también un hospital para pecadores.

Venimos a la Eucaristía no porque seamos mejores que los demás, sino porque necesitamos al Médico.

Aquí venimos con nuestras heridas, nuestras contradicciones, nuestros pecados, nuestras luchas interiores.

Y precisamente aquí Cristo vuelve a sentarse a la mesa con nosotros.

Por eso continúa diciendo:

«Misericordia quiero y no sacrificios».

Podemos cumplir muchas prácticas religiosas, rezar mucho, participar en celebraciones, conocer la doctrina… pero si nuestro corazón se vuelve duro ante los demás, algo esencial del Evangelio nos está faltando.

La verdadera cercanía a Dios debe hacernos más misericordiosos.

Más capaces de comprender.

Más dispuestos a perdonar.

Menos apresurados para condenar.

Más capaces de dar una nueva oportunidad.

«Vivan de una manera digna de la vocación que han recibido»

Eso mismo nos recuerda hoy san Pablo en la primera lectura.

Dice:

«Los exhorto a que lleven una vida digna del llamamiento que han recibido».

Mateo recibió una llamada particular, pero todos nosotros hemos recibido una llamada.

Dios no nos ha puesto en este mundo simplemente para pasar los días.

Cada uno tiene una misión.

San Pablo dice que unos han sido llamados a ser apóstoles, otros profetas, otros evangelizadores, otros pastores y maestros.

Los dones son diferentes, pero la finalidad es la misma:

«edificar el Cuerpo de Cristo».

Qué importante es esto.

Nuestro don no nos ha sido entregado únicamente para nuestro beneficio.

Lo que sabemos hacer, nuestra inteligencia, nuestra experiencia, nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestra capacidad para escuchar, para servir, para enseñar, para consolar… todo puede convertirse en servicio.

Y Pablo añade algo precioso:

«Un solo cuerpo, un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos».

En un mundo donde tantas veces levantamos fronteras, etiquetas y divisiones, la Palabra de Dios nos recuerda que estamos llamados a construir unidad.

Mateo dejó la mesa de los impuestos para convertirse en servidor del Evangelio.

Cada uno debería preguntarse hoy:

¿De qué mesa tengo que levantarme yo?

Tal vez no sea una mesa física.

Puede ser la mesa del resentimiento.

La mesa de una costumbre que me está dañando.

La mesa de una relación equivocada.

La mesa del orgullo.

La mesa del egoísmo.

La mesa de la indiferencia.

La mesa de un pecado al que me he acostumbrado.

Jesús pasa también hoy.

Nos mira.

Y vuelve a decir:

«Sígueme».

«El mensaje del Señor resuena en toda la tierra»

El salmo de hoy parece describir lo que ocurrió después con Mateo:

«El mensaje del Señor resuena en toda la tierra».

Aquel hombre que estaba sentado cobrando impuestos terminó anunciando el Evangelio.

El llamado se convirtió en enviado.

El pecador perdonado se convirtió en testigo de la misericordia.

Eso hace Dios.

Dios no solamente nos perdona.

Dios puede convertir nuestra propia historia en anuncio de su gracia.

Muchas veces quien ha experimentado la misericordia comprende mejor la misericordia.

Quien ha sido levantado sabe cómo ayudar a levantar.

Quien ha llorado sabe acompañar lágrimas.

Quien ha sido perdonado aprende poco a poco a perdonar.

Por eso nuestra vida también puede convertirse en Evangelio.

Tal vez nunca escribamos un libro como san Mateo, pero podemos escribir un Evangelio con nuestras obras: con una reconciliación, con una visita, con una palabra de esperanza, con un gesto de generosidad, con el cuidado de un enfermo, con el perdón ofrecido a quien nos hizo daño.

Y hoy recordamos a nuestros difuntos

En esta Eucaristía queremos poner también en las manos misericordiosas del Señor a nuestros seres queridos difuntos.

Al recordarlos, quizá vuelvan a nuestra memoria sus rostros, sus palabras, los momentos compartidos, lo bueno que dejaron en nosotros; y también, porque todos somos humanos, sus fragilidades y limitaciones.

Pero hoy no los ponemos ante un tribunal humano.

Los ponemos en las manos de Jesucristo.

En las manos de Aquel que dijo:

«Misericordia quiero».

En las manos del Médico que vino precisamente por los enfermos.

En las manos del Señor que conocía perfectamente la historia de Mateo y, sin embargo, vio más allá de ella.

Por eso nuestra oración por los difuntos está llena de esperanza.

No afirmamos que una persona haya sido perfecta.

Ninguno lo somos.

Confiamos en que la misericordia de Dios es más grande que nuestra fragilidad.

Pedimos al Señor que purifique aquello que necesite ser purificado, que perdone aquello que necesite perdón y que lleve a nuestros hermanos difuntos a la plenitud de su Reino.

Y mientras oramos por ellos, también recordamos algo fundamental: algún día otros rezarán por nosotros.

Por eso la pregunta del Evangelio no es solamente qué hicieron quienes ya partieron.

La pregunta es:

¿qué estamos haciendo nosotros con el tiempo que todavía tenemos?

Jesús pasó delante de Mateo.

Hoy pasa delante de nosotros.

Nos mira conociendo nuestras virtudes y también nuestras sombras.

Y vuelve a pronunciar aquella palabra que cambió la vida del publicano:

«Sígueme».

Quizá hoy seguirlo signifique perdonar.

Quizá reconciliarnos.

Quizá abandonar un pecado.

Quizá servir más.

Quizá volver a la oración.

Quizá acercarnos a alguien que hemos juzgado.

Quizá recuperar la esperanza.

San Mateo nos enseña que ningún pasado es tan pesado que impida a Dios comenzar una historia nueva.

Pidámosle entonces:

Señor Jesús, míranos como miraste a Mateo.
No permitas que quedemos sentados junto al camino.
Danos valentía para levantarnos y seguirte.
Haznos misericordiosos con quienes encontramos heridos y excluidos.
Haz de nuestra vida un anuncio de tu Evangelio.

Y recibe también, Señor, a nuestros hermanos difuntos.
Perdona sus faltas, recompensa todo el bien que realizaron y concédeles contemplar eternamente tu rostro.

Y que san Mateo, apóstol y evangelista, interceda por nosotros para que, cuando el Señor nos diga cada día «Sígueme», tengamos la valentía de levantarnos y caminar detrás de Él.

Amén.

 

«Los demás veían en Mateo su pasado; Jesús veía su futuro».

 

 

2

 

DE PECADOR A SANTO

«Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió».
(Mt 9,9)

Hermanos:

San Mateo, a quien hoy honramos como apóstol y evangelista, hace parecer muy sencillo el seguimiento de Cristo.

Jesús le dice:

«Sígueme».

Y Mateo se levanta y lo sigue.

Deja atrás su mesa de impuestos, su antigua ocupación, su manera de vivir y todo el equipaje que cargaba consigo.

¿Pero realmente dejó todo atrás en aquel mismo instante?

La respuesta inmediata de Mateo es admirable y conmovedora, pero no deberíamos pensar que desde aquel momento todo se volvió fácil para él.

Cuando existen hábitos de pecado profundamente arraigados, cuando llevamos heridas antiguas, costumbres equivocadas, culpas y apegos, se necesita tiempo y mucha gracia para arrancarlos de raíz.

Pero ninguna sanación puede comenzar mientras no demos el primer paso.

Y Mateo lo dio.

Se levantó.

Dejó su mesa.

Y comenzó a caminar detrás de Jesús.

Eso es lo primero que hoy la Palabra podría preguntarnos:

¿Hay alguna mesa de la que Jesús me está pidiendo levantarme?

Quizá sea una costumbre que sé que no me hace bien.

Quizá un resentimiento que llevo demasiado tiempo alimentando.

Quizá una relación desordenada.

Quizá una doble vida.

Quizá un apego, una comodidad, una manera de pensar o una actitud que me impide seguir libremente al Señor.

La conversión empieza cuando escuchamos a Jesús y nos atrevemos a levantarnos.

«Vivan de una manera digna de la vocación que han recibido»

La primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios, ilumina precisamente esta llamada.

Pablo dice:

«Los exhorto a que lleven una vida digna del llamamiento que han recibido».

Mateo recibió una llamada.

Pero también nosotros hemos recibido una.

La vocación cristiana no consiste solamente en haber sido bautizados o pertenecer a la Iglesia. Es aprender día tras día a vivir de una manera coherente con la llamada recibida.

Por eso san Pablo habla de humildad, mansedumbre, paciencia, amor y unidad.

Y luego recuerda que Cristo mismo ha concedido diferentes dones: unos como apóstoles, otros como profetas, evangelizadores, pastores y maestros.

No todos hacemos lo mismo.

No todos tenemos los mismos dones.

Pero todos somos llamados a una misma meta:

«la edificación del Cuerpo de Cristo».

Mateo pasó de recaudar impuestos para sí mismo a entregar su vida para anunciar a Cristo.

Aquello que antes estaba centrado en el dinero terminó convertido en servicio al Evangelio.

Ahí descubrimos algo hermoso: cuando Cristo entra verdaderamente en nuestra vida, no solamente nos aparta del pecado; también comienza a mostrarnos para qué hemos sido creados.

Jesús entra en el mundo herido de Mateo

Después de abandonar su puesto de impuestos, Mateo organizó una comida para Jesús en su propia casa.

Su casa quizás era cómoda.

Tal vez la mesa estaba bien servida.

Probablemente no le faltaban bienes materiales.

Pero Mateo, como cualquier persona que comienza un camino de conversión, todavía tenía mucho que recorrer.

Los recaudadores de impuestos eran despreciados prácticamente por todos, excepto por otros publicanos y por aquellos que la sociedad calificaba simplemente como «pecadores».

Los judíos los consideraban traidores a la fe y a la nación.

En muchos casos se les excluía de la vida religiosa.

Sus propias familias podían sufrir también el rechazo social.

Y paradójicamente, ni siquiera los romanos, para quienes recaudaban impuestos, los consideraban verdaderamente de los suyos.

Mateo podía tener dinero.

Podía tener una buena casa.

Podía tener abundancia sobre su mesa.

Pero posiblemente conocía muy bien la soledad.

Y precisamente allí entra Jesús.

Jesús entra en el mundo herido de Mateo.

No espera que Mateo arregle primero su vida.

No espera que se vuelva perfecto.

No le dice:

«Cuando cambies, búscame».

Lo mira.

Lo llama.

Entra en su casa.

Se sienta a su mesa.

Este es uno de los rasgos más hermosos del Evangelio de hoy.

Jesús no solamente cruza una calle para acercarse a Mateo.

Cruza una frontera social, moral y religiosa.

Aquellos a quienes todos evitaban son precisamente aquellos a quienes Jesús se acerca.

Por eso los fariseos preguntan escandalizados:

«¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»

Y Jesús responde:

«No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos».

Y añade:

«Misericordia quiero y no sacrificios».

La medicina comienza cuando el enfermo permite que el médico se acerque.

Y la conversión comienza cuando dejamos entrar a Cristo precisamente en aquello que más nos avergüenza.

Algo debió despertarse en Mateo

El hecho de que Mateo siguiera a Jesús tan rápidamente nos permite entrever algo de lo que llevaba por dentro.

Seguramente había oído hablar de aquel nuevo predicador.

Quizá había escuchado que algunos pensaban que podía ser el Mesías.

Algo se habría comenzado a mover en su interior.

Y cuando aquel Maestro no solamente lo miró, sino que le habló con cercanía, lo llamó a seguirlo y además aceptó sentarse a comer en su casa, debió despertarse en Mateo algo que llevaba mucho tiempo enterrado.

Quizás, por primera vez en muchos años, sintió esperanza.

Libertad.

Curiosidad.

Ilusión.

Tal vez descubrió que todavía era posible comenzar de nuevo.

Y estuvo dispuesto a dejar atrás el pasado.

Qué importante es esto para nosotros.

A veces creemos que una persona ya no puede cambiar.

Incluso podemos llegar a pensar eso de nosotros mismos.

«Yo soy así».

«Siempre he sido así».

«Ya es demasiado tarde».

El Evangelio de Mateo contradice esas frases.

Mientras Jesús siga pasando por nuestra vida, siempre es posible levantarse.

La conversión no termina; apenas comienza

Pero la conversión de Mateo no terminó aquel día.

Aquel día apenas comenzó.

Pensemos en las semanas, los meses y los años siguientes.

Como nosotros, seguramente Mateo tuvo dudas.

Seguramente tuvo momentos en los que volvió a pensar en su vida pasada.

Probablemente tuvo que luchar contra sentimientos de culpa y vergüenza.

Quizá alguna vez se sintió indigno de estar entre los discípulos de Jesús.

Tal vez llegó a extrañar algunos aspectos de su antigua vida.

Y seguramente tuvo que atravesar esa confusión interior que aparece cuando la gracia de Dios comienza verdaderamente a transformar el corazón.

Porque convertirse no significa que todas nuestras luchas desaparezcan de un día para otro.

La conversión es el primer paso.

El discipulado es el camino que sigue.

Poco a poco, la luz del cielo comienza a penetrar los rincones oscuros de nuestra vida.

Empezamos a reconocer con mayor claridad nuestros apegos.

Descubrimos el daño que hemos hecho.

Comprendemos ciertas heridas.

Descubrimos comportamientos que antes justificábamos.

Y empezamos a permitir que Dios nos transforme.

Eso requiere paciencia.

Por eso san Pablo decía hoy:

«Sean humildes, amables, comprensivos; sobrellévense mutuamente con amor».

La santidad no es magia.

Es gracia acogida cada día.

Es caer y levantarse.

Es volver a escuchar la voz de Jesús:

«Sígueme».

«A toda la tierra alcanza su pregón»

Y aquí aparece bellamente el salmo de esta fiesta:

«A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje».

Mateo comenzó sentado en una mesa de impuestos.

Y terminó llevando la Buena Noticia de Cristo más allá de las fronteras.

¡Qué transformación!

El publicano se convirtió en apóstol.

El señalado como pecador terminó siendo evangelista.

El hombre despreciado terminó escribiendo uno de los cuatro Evangelios que la Iglesia proclama desde hace siglos.

Su palabra llegó verdaderamente «hasta los límites del orbe».

Eso puede hacer Dios con una vida cuando alguien acepta levantarse y seguirlo.

Según la tradición, Mateo continuó anunciando a Cristo después de la Ascensión y llevó el Evangelio a tierras lejanas, hasta entregar finalmente su vida por el Señor.

Pero quizá el legado más grande que nos dejó es precisamente el Evangelio que lleva su nombre.

Y todo comenzó con una palabra:

«Sígueme».

De pecador a santo

Hoy veneramos a san Mateo porque perseveró después de aquel primer paso.

Durante los años que pasó junto a Jesús fue transformándose profundamente.

Y después de Pentecostés, iluminado y fortalecido por el Espíritu Santo, continuó recorriendo el camino que Dios había comenzado en él.

Su historia podría resumirse así:

de pecador a discípulo,
de discípulo a apóstol,
de apóstol a evangelista,
de evangelista a santo.

Y aquello que Dios hizo en Mateo puede hacerlo también en nosotros.

Tal vez ninguno escribirá un Evangelio.

Tal vez no viajaremos a tierras lejanas.

Pero todos podemos permitir que Dios transforme nuestra historia.

Todos podemos levantarnos de alguna mesa.

Todos podemos dejar algún viejo hábito.

Todos podemos comenzar otra vez.

Todos podemos convertir nuestras heridas en lugares donde la gracia de Dios se manifieste.

Y todos podemos poner los dones que hemos recibido al servicio de la construcción del Cuerpo de Cristo.

Por eso, al celebrar hoy a san Mateo, preguntémonos:

¿Cuál es el paso que Jesús me está pidiendo dar hoy?

No mañana.

No algún día.

Hoy.

Quizá solamente un paso.

Pero la historia de Mateo nos enseña que una vida completamente nueva puede comenzar precisamente así:

escuchando una voz,

levantándonos,

y empezando a caminar.

Pidamos entonces:

San Mateo, cuando Jesús te llamó, lo seguiste sin vacilar. Ruega por nosotros para que sepamos responder a cada invitación de la gracia cuando el Señor nos la ofrezca. Intercede para que también nosotros recorramos con perseverancia nuestro camino de conversión: desde nuestras heridas y pecados hacia la libertad de los hijos de Dios.

Señor Jesús, míranos como miraste a Mateo.

Llámamos como lo llamaste a él.

Danos la gracia de levantarnos de todo aquello que nos mantiene atados y de seguirte fielmente hasta el final.

Y que también por medio de nuestra vida se cumpla aquello que hoy cantamos:

«A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje».

Amén.

 

«La conversión es el primer paso; el discipulado es el camino que sigue»

 

**********


21 de septiembre:

San Mateo, Apóstol, Evangelista—Fiesta

Santo Patrón del Siglo I de los funcionarios públicos, contables, banqueros, tenedores de libros, funcionarios de aduanas, funcionarios financieros, guardias, cambistas, administradores de dinero, corredores de bolsa y recaudadores de impuestos 




En la época en que Jesús comenzó su ministerio público, Galilea formaba parte del Imperio Romano.

Una de las expectativas de las autoridades romanas era que todos los que vivían bajo su gobierno pagaran impuestos. Para lograrlo, a menudo colaboraban con los judíos locales, autorizándolos a recaudar impuestos en nombre del emperador romano y del gobernador local.

El resto de la comunidad a menudo despreciaba a los recaudadores de impuestos locales porque los consideraban traidores a su pueblo por colaborar opresivamente con las autoridades romanas. Incluso las familias de los recaudadores de impuestos eran rechazadas.

Por ejemplo, sus hijos a menudo eran vistos como inadecuados como posibles cónyuges. Además, muchos recaudadores de impuestos eran corruptos e imponían a la gente más impuestos de los que tenían derecho a imponer.

Las autoridades romanas solían pasar por alto este abuso porque a menudo recibían una parte del excedente. Los recaudadores de impuestos se embolsaban el resto. Es en este contexto que surgió el santo de hoy, San Mateo Apóstol y Evangelista.

Lo más probable es que San Mateo naciera como Leví, hijo de Alfeo. Aunque no se sabe nada sobre su infancia, Leví se convirtió en recaudador de impuestos para las autoridades romanas.

El nombre “Leví” implica que era de la tribu de Leví, la tribu responsable del culto litúrgico judío. Aunque los eruditos no pueden llegar a una conclusión definitiva sobre los detalles de su vida, se acepta casi universalmente que el Leví mencionado en Marcos 2:14 y Lucas 5:27 es la misma persona mencionada en Mateo 9:9 con el nombre de Mateo. Leví podría haber sido su nombre original, y Mateo puede haber sido el nombre que le dio Jesús al convertirse. El nombre Mateo significa “Don de Yahvé”.

El llamado de Leví a seguir a Jesús fue breve pero profundo.

Era un hombre claramente agobiado por su decisión de traicionar su herencia levítica al trabajar para las autoridades romanas para recaudar impuestos para ellas. Pudo haber sido corrupto, codicioso y excluido por su comunidad judía.

Lo más probable es que su recaudación de impuestos se llevara a cabo en Cafarnaúm, donde Jesús había estado viviendo en la casa de Pedro. Sus deberes probablemente incluían recaudar impuestos sobre las mercancías que llegaban a Cafarnaúm a través del Mar de Galilea, así como cobrar un peaje a los que llegaban a esa ciudad en barco.

Cuando Jesús comenzó su ministerio público, muchas personas se dieron cuenta. Aunque no hay ningún relato bíblico de que Mateo escuchara a Jesús predicar antes de ser llamado, es razonable asumir que escuchó acerca de nuestro Señor, y posiblemente incluso lo escuchó predicar en Cafarnaúm.

El Evangelio de Mateo relata la conversión del recaudador de impuestos de esta manera: “Al pasar, Jesús vio a un hombre llamado Mateo sentado al puesto de aduanas. Le dijo: Sígueme. Y él se levantó y lo siguió” ( Mateo 9:9 ). No hubo vacilación. En un instante, la vida del recaudador de impuestos cambió.

Inmediatamente después de que Mateo abandonó su ocupación, invitó a Jesús a cenar en su casa y Jesús aceptó. Junto a ellos cenaban otros recaudadores de impuestos y pecadores. Como resultado, los fariseos santurrones rápidamente condenaron a Jesús por asociarse con estos hombres. Sin embargo, Jesús reprende a los fariseos, diciendo: “No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” ( Mateo 9:12-13 ).

El llamado de Jesús y la respuesta de Mateo conmovieron a las rígidas autoridades judías, que se habían acostumbrado a juzgar y condenar. Eran personas con mentalidad política que buscaban el poder y carecían de un corazón misericordioso. Cuando Jesús llegó y actuó con misericordia hacia los pecadores, deseando su conversión, los fariseos se opusieron a Él, pero los pecadores respondieron. Aunque los recaudadores de impuestos como Mateo eran ricos y vivían cómodamente, Mateo encontró algo en Jesús que su dinero no podía producir.

En el resto de los Evangelios, el nombre de Mateo aparece junto al de los Doce. Estuvo presente en la Ascensión y en Pentecostés, donde recibió su misión y el derramamiento del Espíritu Santo junto con los demás apóstoles. Los Padres de la Iglesia primitiva afirman que permaneció durante algún tiempo en Judea, predicando el Evangelio y ayudando a la Iglesia recién formada. Es durante este período que pudo haber escrito su Evangelio. Los Padres de la Iglesia también sostienen comúnmente que Mateo finalmente fue a “Etiopía”, pero no a Etiopía en el noreste de África. En cambio, podría haber viajado al territorio al sur del Mar Caspio, el actual Irán o Armenia.

Según una leyenda, durante su estancia en el territorio de la antigua Etiopía, Mateo hizo muchos conversos, entre ellos el rey Egipcio y toda su casa, incluida su hija Efigénia. Se dice que Mateo consagró a la princesa Efigénia como virgen y la puso al frente de una nueva compañía de vírgenes que entregaron sus vidas únicamente a Cristo como sus esposas. Cuando murió el rey Egipcio, Hiraco lo sucedió como rey y quiso tomar a Efigénia como esposa. Después de hacer esta petición a Mateo, este invitó al nuevo rey a la iglesia para que le instruyera en el matrimonio. Una vez que el rey llegó con pompa y solemnidad, Mateo predicó claramente que la virgen Efigénia ya tenía un esposo, su Señor Jesucristo, y que, por lo tanto, no podía casarse con ningún otro. Indignado, el rey Hiraco envió a un asesino que apuñaló a Mateo por la espalda y lo mató mientras estaba de pie ante el altar. El rey ordenó entonces que se quemara la casa de Efigénia, pero la leyenda continúa diciendo que San Mateo se apareció en la casa y redirigió el fuego hacia el palacio real, que se quemó. Poco después, el rey enfermó de lepra y se suicidó, y su hijo fue poseído por demonios, pero más tarde se arrepintió ante la tumba de San Mateo. Después de esto, el hermano del rey Hiraco se convirtió en rey y estableció el cristianismo como religión oficial de su reino.

El regalo más perdurable que dejó San Mateo es su Evangelio.

Aunque algunos eruditos modernos cuestionan si él fue el autor original, los primeros Padres de la Iglesia le atribuyen el primer Evangelio de manera inequívoca.

El Evangelio de Mateo fue escrito por un judío para sus compatriotas judíos. Lo más probable es que se haya escrito en hebreo y arameo y luego traducido al griego.

Los textos originales en hebreo y arameo ya no existen.

Su Evangelio muestra claramente que Jesús es el cumplimiento del Antiguo Testamento, el Mesías largamente esperado. Comienza con una extensa genealogía en la que rastrea las raíces de Jesús hasta Abraham, el padre de la nación judía.

El Evangelio de Mateo está bien estructurado y organizado, y ofrece cinco discursos principales en los que presenta el Reino de los Cielos, el fundamento de la Iglesia sobre Pedro, el llamado a la rectitud y la obediencia a la voluntad de Dios, parábolas únicas y el Sermón de la Montaña.

El Sermón de la Montaña retrata especialmente a Jesús como el nuevo Moisés, que ofrece la Nueva Ley en la nueva montaña. Aunque Moisés recibió la Ley de Dios en el Monte Sinaí, Jesús da la Nueva Ley como Dios mismo en el Monte de las Bienaventuranzas.

Al honrar a San Mateo, también celebramos el Evangelio mismo.

Mateo no fue más que un instrumento humano; el contenido de su Evangelio es la Palabra Viva de Dios.

Meditemos sobre el valor inestimable de este Evangelio que Dios ha utilizado para transformar innumerables vidas.

Por su sencilla obediencia a la voluntad de Dios, los esfuerzos de San Mateo han sido exponencialmente fructíferos y seguirán siéndolo hasta el fin de los tiempos.

 

San Mateo, Dios te llamó y respondiste de inmediato. El vacío que sentías en tu alma no se podía llenar con dinero.

Cuando encontraste a Cristo, dejaste todo atrás para seguirlo.

Por favor, ora por mí, para que nunca dude en decir “Sí” al llamado de Dios en mi vida, para que Dios pueda transformar mi vida y usarme como Él quiera.

San Mateo, Apóstol y Evangelista, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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