18 de octubre del 2026: vigésimo noveno domingo del tiempo ordinario-ciclo A
Testigo de la fe:
San Lucas, evangelista
Siglo I.
Convertido
al cristianismo, san Lucas fue compañero de san Pablo y lo acompañó en algunos
de sus viajes misioneros. La tradición cristiana lo reconoce como autor del
tercer Evangelio, que lleva su nombre, y de los Hechos de los Apóstoles, donde
relata los comienzos de la Iglesia y la expansión del Evangelio bajo la acción
del Espíritu Santo.
San
Pablo lo llama «el médico querido» (Col 4,14). Su Evangelio destaca la
misericordia de Dios, la oración, la alegría de la salvación y la predilección
de Jesús por los pobres, los pecadores y los excluidos. Solo Lucas nos
transmite parábolas tan entrañables como las del buen samaritano y del padre
misericordioso, conocida también como la del hijo pródigo.
También
ofrece un relato especialmente rico de la infancia de Jesús y de la presencia
de María, que conserva y medita los acontecimientos en su corazón. Por eso se
lo conoce como el evangelista
de la misericordia y se destaca su especial sensibilidad hacia
la Virgen María.
Su
símbolo es el toro alado, relacionado con el sacrificio y con la escena del
sacerdote Zacarías en el Templo, con la que comienza su Evangelio. Es venerado
como patrono de los médicos y de los artistas.
Su testimonio nos invita a conocer mejor a Jesús, acoger su
misericordia y llevar la Buena Noticia a todos.
La gracia de Dios en el mundo
Los textos de hoy nos sitúan ante una situación
bastante desconcertante. Por un lado, Isaías no parece dudar ni un instante de
que el rey de los persas, Ciro, debe sus éxitos al favor de un Dios que no
conoce y al que menos aún venera. Por otro, Jesús, con su hábil e incisivo «Den
al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», parece establecer una
distinción decisiva entre la autoridad temporal y la espiritual.
Entonces, ¿Dios conduce el mundo por medio de los
gobernantes, sí o no? ¿O solo un poco, a su manera tan propia? La cuestión es
compleja. Pero lo que podemos afirmar sin ninguna duda es que, a lo largo de la
historia, y todavía hoy, incluso en países secularizados, invocar a Dios para
justificar una acción política genera a menudo violencia y abusos.
En cuanto a la acción de la gracia de Dios en el
mundo, quizá la única certeza de fe que se revela verdaderamente incuestionable
sea aquella que vemos desplegarse en nuestra propia vida. Somos quienes mejor
podemos reconocer esos «pequeños milagros» que nos levantan cuando nos
encontrábamos estancados; esa ayuda inesperada; o ese abrirse de nuestros ojos
cuando estamos atrapados en los confusos enredos de las relaciones humanas.
Dios está realmente presente. Pero no sobrevuela el
mundo como si este fuera un teatro de marionetas. Actúa modelando los corazones
que se dejan acercar por él.
¿He tenido alguna vez la impresión de que Dios
controlaba los acontecimientos del mundo?
¿Qué «pequeños milagros» han sostenido mi camino de
fe?
Jonathan
Guilbault
Director
éditorial de Prions en Église Canada
***************
Primera lectura
Is
45, 1. 4-6
Yo
he tomado de la mano a Ciro, para doblegar ante él las naciones
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor a su Ungido, a Ciro:
«Yo lo he tomado de la mano,
para doblegar ante él las naciones
y desarmar a los reyes,
para abrir ante él las puertas,
para que los portales no se cierren.
Por mi siervo Jacob,
por mi escogido Israel,
te llamé por tu nombre,
te di un título de honor,
aunque no me conocías.
Yo soy el Señor y no hay otro;
fuera de mí no hay dios.
Te pongo el cinturón,
aunque no me conoces,
para que sepan de Oriente a Occidente
que no hay otro fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
95, 1 y 3. 4-5. 7-8. 9-10ac (R.: 7b)
R. Aclamen la gloria
y el poder del Señor.
V.
Canten al Señor un cántico nuevo,
canten al Señor, toda la tierra.
Cuenten a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones. R.
V.
Porque es grande el Señor,
y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Pues los dioses de los gentiles no son nada,
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R.
V.
Familias de los pueblos, aclamen al Señor,
aclamen la gloria y el poder del Señor;
aclamen la gloria del nombre del Señor,
entren en sus atrios trayéndole ofrendas. R.
V.
Póstrense ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él gobierna a los pueblos rectamente». R.
Segunda lectura
1
Tes 1, 1-5b
Recordamos
su fe, su amor y su esperanza
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.
PABLO, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en
el Señor Jesucristo. A ustedes, gracia y paz.
En todo momento damos gracias a Dios por todos ustedes y los tenemos presentes
en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la
actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y la firmeza de su esperanza en
Jesucristo nuestro Señor.
Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él los ha elegido, pues cuando les
anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza
del Espíritu Santo y con plena convicción.
Palabra de Dios.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Ustedes brillan como
lumbreras del mundo,
manteniendo firme la palabra de la vida. R.
Evangelio
Mt
22, 15-21
Den
al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para
comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron algunos discípulos suyos, con
unos herodianos, y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a
la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos,
pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
«Hipócritas, ¿por qué me tientan? Enséñenme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario. Él les preguntó:
«¿De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron:
«Del César».
Entonces les replicó:
«Pues den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Palabra del Señor.
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«Que se note de quién somos»
Queridos
hermanos y hermanas:
Quienes trabajan la tierra saben que una buena
semilla necesita cuidado. Hay que preparar el terreno, sembrar, estar
pendientes del agua, quitar la maleza y esperar con paciencia. Nadie siembra
hoy para recoger mañana.
Algo parecido sucede con la fe. Una mamá enseña a
su hijo a persignarse. Un abuelo le habla de Dios a su nieto. Una catequista
prepara con cariño su encuentro. Un vecino acompaña a una familia que está
sufriendo. A veces parece que nada cambia, pero la semilla va quedando.
Hoy celebramos el DOMUND, el Domingo Mundial de las
Misiones. Y el lema de este año nos dice: «Uno en Cristo, unidos en la
misión».
La misión empieza por estar unidos a Jesús. Porque
podemos tener muchas actividades, reuniones y buenas intenciones, pero
necesitamos recibir de él la fuerza y el amor que queremos compartir.
Y después, unidos a Jesús, salir al encuentro de
los demás. También aquí, en nuestra comunidad. También por estos caminos y en
estas casas.
En el Evangelio, unos hombres se acercan a Jesús
con una pregunta que lleva trampa: ¿es lícito pagar el impuesto al César?
Si responde de una manera, lo pueden enfrentar con
el pueblo; si responde de otra, lo pueden denunciar ante las autoridades.
Jesús pide que le muestren una moneda y pregunta de
quién son la imagen y la inscripción. Ellos responden que del César. Entonces
Jesús les dice:
«Den al César lo que es del César, y a Dios lo que
es de Dios».
Debemos cumplir nuestras responsabilidades en la
sociedad: ser honrados, respetar lo que pertenece a los demás, trabajar por el
bien de todos. Pero ningún poder humano puede ocupar el lugar de Dios.
Ahora pensemos algo más: si la moneda lleva la
imagen del César, ¿qué imagen llevamos nosotros?
Desde las primeras páginas de la Biblia aprendemos
que hemos sido creados a imagen de Dios.
La moneda tiene una imagen grabada en el metal.
Nosotros llevamos en nuestra propia existencia la dignidad de ser criaturas
amadas por Dios.
Por eso, dar a Dios lo que es de Dios significa
entregarle nuestra vida: las manos con las que trabajamos, la boca con la que
hablamos, las decisiones que tomamos, el trato que damos a nuestra familia.
No podemos darle a Dios una hora el domingo y
dejarlo fuera de todo lo demás.
La fe también tiene que entrar en el negocio que
hacemos, en el jornal que pagamos, en la manera como resolvemos un problema de
linderos y en lo que decimos de un vecino.
Pertenecemos a Dios. Que se note en nuestra manera
de vivir.
En la primera lectura aparece Ciro, un rey que no
conocía al Dios de Israel y que, sin embargo, fue instrumento para abrir un
camino de liberación a su pueblo.
Esto nos enseña que Dios puede actuar por caminos
que no esperamos y por medio de personas que no habíamos imaginado.
Pero debemos tener cuidado: nadie puede afirmar que
todo lo que hace un gobernante viene de Dios. El nombre de Dios nunca debe
utilizarse para justificar una injusticia, una mentira o una violencia.
Dios actúa en la historia, y nosotros estamos
llamados a colaborar con el bien, a defender la dignidad humana y a rechazar el
mal.
A veces preguntamos: «¿Y dónde está Dios con tantos
problemas?».
No siempre tenemos una explicación para lo que
sucede. Pero sí podemos reconocer muchas señales de su amor.
Recordemos aquella visita que llegó cuando
estábamos solos; aquella ayuda que apareció en un momento difícil; aquella
fuerza para seguir adelante después de una pérdida; aquel perdón que parecía
imposible y terminó abriéndose paso.
No todo eso es un milagro extraordinario. Muchas
veces es la gracia de Dios actuando de manera sencilla, mediante personas que
se dejan mover por su amor.
Y hoy el Señor nos pregunta: ¿quieres tú ser una
de esas personas?
En uno de los relatos misioneros que hemos
recordado, un sacerdote cuenta que estaban ofreciendo té a quienes llegaban a
saludar a un obispo en una aldea africana.
Llegó tanta gente que el té se terminó. Justo
entonces apareció otro vecino. El sacerdote ya iba a disculparse porque no
quedaba nada, cuando su compañero tomó su propia taza y se la ofreció al recién
llegado.
El sacerdote comprendió que aquel gesto sencillo le
había enseñado algo profundo del Evangelio.
Hermanos, aquí podríamos contar esa historia con un
tinto, con una aguapanela, con un plato de sancocho o con unas arepas.
Hay personas que hablan poco, pero hacen sentir a
los demás que tienen un lugar en su mesa y en su corazón.
Eso prepara el terreno para anunciar a Jesús. Y
cuando llega el momento de hablar de él, nuestras palabras encuentran respaldo
en nuestra vida.
Porque el Evangelio se anuncia con palabras y con
obras. Hace falta decir quién es Jesús, pero también hace falta que nuestro
trato ayude a descubrir su bondad.
San Pablo recuerda hoy la fe, el amor y la
esperanza de aquella comunidad cristiana.
Una fe que se vuelve obra.
Un amor que acepta el esfuerzo.
Una esperanza que permanece en las dificultades.
¡Cuánta falta nos hace eso en nuestros hogares!
El lema del DOMUND dice también: «Unidos en la
misión».
Aquí sabemos lo que sucede cuando una comunidad se
organiza. Si hay que arreglar un camino o ayudar a una familia, uno aporta
herramientas, otro pone su trabajo, alguien prepara la comida y otro consigue
el transporte.
Ninguno lo hace todo. Cada aporte cuenta.
Así sucede en la Iglesia. El sacerdote tiene su
servicio; los catequistas, el suyo; las familias, los jóvenes y los mayores
tienen también algo que ofrecer.
Pero las divisiones debilitan nuestro testimonio.
¿Cómo vamos a hablar del amor de Cristo si no nos
saludamos? ¿Cómo vamos a invitar a otros a la comunidad si al llegar encuentran
desprecio, rivalidades o murmuraciones?
No hace falta estar de acuerdo en todo para
tratarnos como hermanos. Sí hace falta aprender a escuchar, pedir perdón y
trabajar juntos.
Tal vez nuestra primera tarea misionera esta semana
sea dar un paso hacia alguien de quien nos hemos distanciado.
Y pensemos también en quienes ya no vienen, en
quienes se han desanimado o sienten que Dios está lejos.
A veces nuestra única palabra es: «¡Usted debería
volver a misa!».
Puede ser una invitación buena, pero antes conviene
acercarnos, escuchar y preguntar: «¿Cómo está? ¿Qué le ha pasado? ¿En qué puedo
ayudarle?».
Después podremos compartir algo de nuestra propia
fe:
«En aquel momento difícil, la oración me sostuvo».
«Con la ayuda del Señor pude empezar de nuevo».
«En la comunidad encontré personas que me acompañaron».
No necesitamos inventar historias extraordinarias.
Basta hablar con sencillez de lo que Jesús significa para nosotros.
¿Saben nuestros hijos por qué creemos? ¿Nos han
escuchado hablar de lo que Dios ha hecho en nuestra vida?
Hoy, además, abrimos el corazón a las misiones del
mundo entero. Hay personas que todavía no conocen a Jesucristo y comunidades
que necesitan acompañamiento y recursos.
Podemos colaborar de tres maneras muy concretas.
Con nuestra vida: que alguien encuentre esta semana, a través de
nosotros, una razón para acercarse a Jesús.
Con nuestra oración: recordemos a los misioneros, a
los catequistas y a las comunidades que viven entre dificultades, pobreza o
violencia. Pidamos también nuevas vocaciones misioneras.
Con nuestra ofrenda: aportemos según nuestras
posibilidades, con libertad y generosidad. Una contribución pequeña, unida a
muchas otras, puede sostener una obra grande.
Nuestra comunidad puede ser pequeña, pero forma
parte de una Iglesia que llega a todos los pueblos.
Dentro de unos momentos recibiremos al mismo Señor
en la Eucaristía. Él nos alimenta para que podamos llevar su amor a nuestras
casas y a nuestros caminos.
Volvamos a la pregunta del Evangelio: ¿de quién
somos?
Somos de Dios. Y porque somos suyos, podemos
ponernos al servicio de nuestros hermanos.
Que hoy salgamos con una decisión sencilla: visitar
a alguien, reconciliarnos, compartir nuestra fe, ayudar a una familia o rezar
por una misión.
Preguntémonos en silencio:
¿Quién necesita que esta semana yo le acerque un
poco del amor de Jesús?
Señor Jesús, gracias por habernos llamado a ser tus
discípulos. Une nuestra comunidad y enséñanos a compartir la fe con sencillez.
Que nuestras palabras anuncien tu Evangelio y nuestras obras manifiesten tu
amor.
Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de las
Misiones, acompaña a quienes anuncian a tu Hijo en tierras lejanas y enséñanos
a ser misioneros aquí, en nuestras familias y veredas.
Haz que vivamos uno en Cristo, unidos en la misión.
Amén.
2
Unidos para amar y anunciar a Jesús
Hermanos y hermanas:
En nuestras comunidades sabemos cuánto bien podemos
hacer cuando nos unimos. Si un camino se daña, una familia pierde su casa o un
enfermo necesita ayuda, la colaboración de todos puede lograr lo que una sola
persona no conseguiría.
Pero también sabemos que las personas pueden
ponerse de acuerdo para hacer daño. A veces, dos que casi nunca se hablan
terminan conversando animadamente porque han encontrado a alguien a quien
criticar.
Por eso, hoy la Palabra de Dios nos invita a
preguntarnos: ¿qué nos une? ¿Nos une el deseo de hacer el bien o simplemente
tener a alguien en contra?
Esta pregunta ilumina la celebración del DOMUND, el
Domingo Mundial de las Misiones, cuyo lema para este año es: «Uno en Cristo,
unidos en la misión». El papa León XIV nos invita a fortalecer nuestra
unión con Jesús y a vivir una fraternidad que haga creíble nuestro anuncio del
Evangelio.
Porque podemos estar juntos en una capilla y, sin
embargo, tener el corazón muy lejos unos de otros. El Señor quiere reunirnos de
verdad.
El Evangelio nos presenta una alianza sorprendente.
Algunos fariseos envían a sus discípulos, acompañados de los herodianos, para
hacerle una pregunta a Jesús.
Eran grupos con posiciones diferentes. Los
herodianos estaban vinculados a los intereses de la dinastía de Herodes y a su
relación con el poder romano. Los fariseos daban una gran importancia a la
fidelidad a la Ley de Moisés. No debemos pensar que todos los fariseos eran
hipócritas; el Evangelio denuncia aquí la mala intención de quienes preparan
esta trampa.
En esta ocasión, sus diferencias quedan en segundo
plano porque tienen un propósito común: comprometer a Jesús con sus propias
palabras.
Primero lo llenan de elogios:
«Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino
de Dios conforme a la verdad».
Lo que dicen de Jesús es cierto. Pero no lo dicen
para escucharlo, sino para hacerlo caer.
Después viene la pregunta:
«¿Es lícito pagar impuesto al César o no?».
Si Jesús responde que sí, pueden presentarlo ante
el pueblo como partidario de la dominación romana. Si responde que no, pueden
acusarlo ante las autoridades de promover la rebelión.
No buscan aprender. Buscan una frase que puedan
utilizar en su contra.
Y aquí conviene detenernos un momento.
¿Cómo hablamos nosotros con los demás?
¿Preguntamos para comprender o para encontrar de
qué acusarlos? ¿Escuchamos lo que realmente dijeron o repetimos solamente la
parte que nos sirve para dejarlos mal?
También en una familia o en una comunidad podemos
hacer mucho daño cuando dejamos de buscar la verdad y empezamos a buscar
culpables.
Jesús conoce sus intenciones. Pide que le muestren
la moneda del impuesto y pregunta:
«¿De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le responden:
«Del César».
Entonces dice:
«Den al César lo que es del César, y a Dios lo que
es de Dios».
Jesús reconoce que tenemos responsabilidades en la
sociedad. La fe no nos dispensa de ser ciudadanos honrados, de respetar los
derechos de los demás ni de colaborar con el bien común.
Pero también pone un límite: el César no es Dios.
Ningún gobernante, partido o poder humano puede reclamar una obediencia que nos
obligue a traicionar nuestra conciencia y hacer el mal.
Y hay algo más.
La moneda lleva la imagen del César. ¿Y
nosotros, qué imagen llevamos?
Hemos sido creados a imagen de Dios.
Por eso, darle a Dios lo que es de Dios significa
entregarle nuestra persona entera: el corazón, la conciencia, la libertad y la
manera de vivir.
No basta con poner una ofrenda en la colecta si
conservamos el desprecio hacia un hermano. No basta con pronunciar el nombre de
Dios si utilizamos nuestras palabras para destruir la dignidad de alguien.
Dios quiere que nuestro corazón le pertenezca y que
eso se note en nuestras relaciones.
La primera lectura nos presenta a Ciro, un rey
extranjero que no conocía al Dios de Israel. Sin embargo, el Señor se sirve de
él para abrir un camino de liberación a su pueblo.
Esto nos enseña que Dios puede hacer surgir el bien
por caminos inesperados. A veces encontramos ayuda donde menos la esperábamos y
aprendemos algo bueno de personas que no pertenecen a nuestro grupo.
Necesitamos humildad para reconocerlo.
Dios no es propiedad de una familia, de un
movimiento ni de una comunidad. Nadie puede encerrarlo en sus propios
intereses.
El Señor dice por medio de Isaías: «Yo soy el Señor
y no hay otro».
Por eso, debemos evitar la tentación de pensar:
«Dios está conmigo, de modo que todo lo que yo digo está bien y todos los que
me contradicen están equivocados».
La pregunta del creyente debe ser más humilde:
«Señor, ¿estoy yo caminando contigo? ¿Estoy
haciendo tu voluntad?».
En la Iglesia podemos tener opiniones y propuestas
diferentes. Podemos conversar, disentir y corregir lo que está mal. La unidad
cristiana necesita verdad y justicia; también necesita humildad para reconocer
nuestros errores.
Hoy el salmo nos invita a anunciar la gloria del
Señor a todos los pueblos.
¡Qué hermosa invitación para el DOMUND!
Nuestra comunidad, por pequeña que sea, forma parte
de una familia extendida por toda la tierra. Lo que aquí celebramos nos une a
comunidades de África, Asia, América, Europa y Oceanía.
Y lo que hacemos aquí también importa para la
misión.
Una comunidad que aprende a perdonarse está
mostrando algo del Evangelio. Una familia que acoge a quien está solo está
abriendo una puerta al amor de Dios. Un cristiano que trabaja con honradez está
dando un testimonio valioso.
Pero también necesitamos hablar de Jesús: contar
quién es, lo que nos enseña y cómo su presencia nos sostiene.
A veces pensamos que para evangelizar hay que saber
hablar mucho. Sin embargo, una frase sencilla puede abrir una conversación profunda:
«En aquel momento difícil, la oración me ayudó a
seguir».
«El Señor me dio fuerza para pedir perdón».
«Quisiera compartir contigo lo que he encontrado en la fe».
El testimonio de la vida y la palabra sincera se
ayudan mutuamente.
En la segunda lectura, san Pablo recuerda tres
cosas de aquella comunidad: la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y
la firmeza de su esperanza.
Podríamos preguntarnos si esas tres cosas se ven
también entre nosotros.
Primero, una fe activa.
La fe nos lleva a actuar: a visitar al enfermo,
enseñar a los niños, cumplir la palabra dada y compartir con quien necesita.
Después, un amor que se esfuerza.
Porque amar cuesta. Cuesta cuidar a una persona
dependiente, escuchar con paciencia, ceder una comodidad o acercarnos a quien
nos ha herido.
Y, finalmente, una esperanza firme.
Aquí, en el campo, sabemos lo que significa
trabajar sin tener todo asegurado. Sembramos, cuidamos y esperamos. También en
la vida cristiana hay frutos que tardan.
Una madre puede llevar años rezando por su hijo. Un
catequista puede preguntarse si su trabajo sirve. Una comunidad puede
desanimarse porque son pocos.
San Pablo nos anima a perseverar. El Espíritu Santo
actúa, aunque nosotros no veamos inmediatamente los resultados.
Volvamos al lema: «Uno en Cristo, unidos en la
misión».
Nuestra unión nace de Jesús. Por eso necesitamos
escucharlo, orar y alimentarnos de la Eucaristía.
Y esa unión nos pone en camino.
Hoy podemos asumir tres compromisos sencillos.
Primero, dar un paso de reconciliación. Quizá dejar de repetir un
comentario, aclarar un malentendido o saludar a una persona a quien llevamos
tiempo evitando. Si existe un daño grave, habrá que buscar también verdad,
protección y reparación.
Segundo, acercarnos a alguien. Pensemos en una persona sola,
desanimada o alejada de la comunidad. Acerquémonos con respeto, escuchemos su
historia y compartamos nuestra fe sin presionarla.
Tercero, apoyar las misiones. Con nuestra oración, con nuestra
disponibilidad y con una ofrenda generosa según nuestras posibilidades. Hay
comunidades lejanas que necesitan ese apoyo para seguir anunciando a Cristo.
Nadie es tan pequeño que no pueda contribuir. Un
enfermo que ora, un niño que comparte, un joven que sirve y una familia que
educa en la fe participan de la misión de la Iglesia.
Hermanos, hoy Jesús nos invita a revisar lo que
llevamos dentro.
Podemos unirnos para señalar a alguien o para
ayudarlo a levantarse. Podemos usar nuestras palabras para alimentar una
división o para abrir un camino de encuentro.
¿Qué clase de unidad estoy ayudando a construir en
mi familia y en mi comunidad?
Pidamos que, al recibir el mismo Pan, aprendamos a
reconocernos como hermanos. Que nuestras diferencias no nos impidan servir
juntos. Y que quienes se acerquen a nosotros encuentren una comunidad que, aun
con sus limitaciones, desea amar como Jesús.
Señor Jesús, cabeza de tu Iglesia, purifica
nuestras intenciones. Líbranos del orgullo, de la envidia y del deseo de
imponer siempre nuestra voluntad.
Danos una fe que actúe, un amor que acepte el
esfuerzo y una esperanza que permanezca firme.
Bendice a los misioneros y misioneras. Despierta en
nuestras comunidades nuevas vocaciones y enséñanos a compartir con alegría el
Evangelio.
María, Madre de la Iglesia y Reina de las Misiones,
ayúdanos a escuchar a tu Hijo y a caminar como hermanos.
Que seamos uno en Cristo, unidos en la misión.
Amén.


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