martes, 5 de agosto de 2014

14 de septiembre del 2014: 24º Domingo del Tiempo Ordinario


He aquí el signo del amor:

Evocando el Viernes Santo, la Fiesta de la Cruz Gloriosa, pone el acento en la manifestación del amor de Cristo que nos ha amado hasta dar su vida .
La cruz no solamente es el recuerdo de su sufrimiento y de su muerte, ella es ante todo  el signo del amor de Dios por todos los humanos.


EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 3, 13- 17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

-- Nadie ha montado al Cielo sino Aquel que ha descendido del Cielo. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. 
Palabra del Señor



 A GUISA DE INTRODUCCIÓN:

Buscadores de verdad, de sentido,  de felicidad!

Todo ser humano tarde o temprano se siente empujado a la búsqueda de lo esencial…eso es en síntesis lo que llamamos VOCACIÓN…

A algunos no les alcanza la vida para
“abrir los ojos” y lanzarse con arrojo y decisión en esa aventura misteriosa de indagar, auscultar, observar con detenimiento…

Para constatar que la vida es más que un proceso biológico, físico-químico…Que ella es algo trascendente, misterioso (a).

Muchos tienen miedo a mirar la realidad de frente, tal como es: indagadora, que incomoda…

Preferimos vivir en la superficialidad de los días que pasan sobre la estela del tiempo, viviendo (o vegetando), muriendo, sufriendo, sin amar de verdad, y por ende sin ser redimidos ni experimentar la vida antes de la vida, ni el amor (de Dios inicial)  después del amor…


"Casi todos sabemos querer pero pocos sabemos amar", dice el venezolano  Rudy Márquez en una balada mensaje de los 80s…

No sabemos, como se dice de manera habitual, dónde está la clave (o que hacer)  para llegar a esa lucidez, a esa madurez, a esa plenitud…

Porque uno tiene la sensación,  como le decía a una amiga esta semana, que mientras unos se rehúsan a madurar “yo ya me estoy pudriendo” (superé la edad de madurez, estoy muriendo, desfigurándome, para dar nuevamente paso a la vida).

Es misterioso, cierto, que para mientras algunos la razón de la ciencia los satisfaga, otros insistimos en decir y demostrar con nuestros gestos que “todo no es tan evidente”, que hay algo más, escondido, invisible que nos espera, nos ilumina, nos da seguridad (fe) en medio de la oscuridad de la noche (nuestros problemas, nuestros pecados,   defectos de los otros, de los conflictos, crisis alrededor nuestro).

Todo para decir que se necesita coraje y o valentía para acariciar la verdad.

Todo el mundo esta de acuerdo en afirmar y constatar que vivimos en el mundo de la imagen y de la publicidad. Todo se juega en LA APARIENCIA, el APARECER. Todo es maquillaje y puesta en escena: ser bello, famoso y a la moda...

Adoptar un estilo, estar al último grito de la moda, estar “in”, poseer los últimos juguetes electrónicos (teléfonos, tabletas, etc), aparecer en primera pagina, es lo esencial de hoy, es la invitación constante de la superficialidad y los tiempos vanos… Me se de memoria o me aprendo más fácil el estribillo d la canción de moda que el verso mas importante de nuestro estilo de vida y fe basados en Cristo en 2000 años: “Tanto amo Dios al mundo que entrego a su único hijo para que quien crea en Él tenga VIDA ETERNA (la Salvación)” (Jn 3,16).

No sabemos si Nicodemo (miembro del sanedrín, hombre religioso de la iglesia de su época) a quien Jesús dirige las palabras del evangelio de hoy, era o no bello, pero si era alguien ilustrado e ilustre y a la moda…Él logra ser seducido por Jesús, su persona, gestos (de compasión, de profecía), sus palabras sabias lo inquietan, los comentarios populares y su influencia social,  y se dice a si mismo que hay mucho más de lo que aparece en aquel profeta. Entonces decide ir a verlo, no sabemos tampoco si pidió cita a Jesús y o si le solicitó un momento de su apretada agenda…Lo cierto es que el encuentro tuvo lugar y parece ser,  una amistad comenzaría,  por lo que nos contará más tarde Juan el momento de la pasión y muerte de Jesús.

En lo que no estuvo acertado Nicodemo fue su “miedo al que dirán”, pues  si lo veían hablando y o relacionándose con Jesús (alguien sospechoso, puesto en cuestión por el sistema político y eclesial), podría también ser criticado negativamente y señalado. Es por ello que prefiere ir de noche, en la clandestinidad, secretamente. Pero con todo este indagador y buscador de la luz en la noche de sus miedos y de sus dudas, presintió un reflejo iluminador de esperanza en Jesús.

  Él nos invita a romper con el círculo de la mentira y de la apariencia para encontrar la autenticidad, la verdad del corazón. Esto es válido tanto para la vida individual como para la vida social.

Es muy posible que vivamos como ricos cuando en verdad estaremos llenos de deudas. Las carreteras y los puentes se derrumban, los equipos y sistemas que sirven al colectivo de degradan muy rápido, más rápido de lo previsto.

Se tiene la impresión que al mundo lo habita una inmensa mediocridad, que hay muchas trampas, robos, corrupción, pero nadie osa llegar hasta el fondo de las cosas.

De igual modo, al interior de nuestra propia Iglesia, los signos de crisis son numerosos, mas se disimula la ignorancia para no tener que cambiar el sistema.

Jesús nos invita a salir de la sombra oscura para entrar en la luz.

Quien tendrá el coraje o la valentía de apostar por la VERDAD?



Aproximación psicológica al texto del Evangelio:

Dar lo todo, para todo salvar…

El concepto de “juicio” tal como lo utiliza San Juan en su Evangelio evoca una realidad compleja y difícil de comprender fácilmente. Por un lado, Juan nos dice que El Hijo (Jesucristo) ha venido a salvar el mundo y no a juzgarlo (en el sentido de condenar).  Pero él nos dirá  en otra parte que “es para un juicio” (en el sentido de puesta en cuestión, interrogación, interpelación) que Jesús ha venido (Juan 9,39).

Es más, no es siempre posible aplicar a situaciones concretas actuales la lectura teológica global que Juan nos propone del fenómeno de la FE. Así, quién diría hoy que los contemporáneos que no creen en Jesús “prefieren la oscuridad a la luz porque sus obras son malas”?

Hay también otra dificultad: Juan afirma aquí que es sobre la fe que nosotros somos juzgados (v.18) ahora cuando Pablo (1 Corintios 13,2) y Jesús (Mateo 25,31-46) nos dicen que es sobre el amor (1 Juan 3,14).

Estas pocas observaciones deberían ser suficientes para alertarnos sobre los peligros de una lectura fundamentalista del evangelio, que toma cada palabra literalmente y cada frase al pie de la letra. Por el contrario, es importante bien analizar y descubrir en cada pasaje (la punta del iceberg) o la idea fuerza que el autor quiere comunicarnos.

Acá nosotros encontramos esta idea fuerza en los versículos 16-17: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” Dios ha dado todo, para todo salvar. Él ha comprometido, dejado todo en la batalla para que todos nosotros salgamos juntos avante. Él ha saltado con nosotros sobre la balanza para que juntos conformemos, hagamos el peso. Él se ha comprometido y puesto de nuestro lado para que juntos superemos los obstáculos, pasemos “a través…” Él se ha lanzado al agua con nosotros para que guiándonos a través de las corrientes, juntos lleguemos hasta la orilla.

“Lanzarse al agua” y “poner sobre la balanza”, son nuestras expresiones, así como “la serpiente” y “el juicio”, “la oscuridad” y “la luz”  eran las expresiones del tiempo de Juan. Pero las ideas-fuerzas continúan siendo las mismas: intensidad del amor de Dios, la totalidad de su don y o entrega y la eficacia de su compromiso.


Reflexión central 

La cruz, lugar de nuestra historia


El evangelio de este domingo comienza con una afirmación extraña: Nadie ha montado al Cielo sino Aquel que ha descendido del Cielo.”  El cielo, muy cierto, designa a Dios. En otras palabras, nadie puede decir verdaderamente quién es Dios, lo que Él quiere, lo que Él piensa, sino Jesús. Hay un inmenso abismo, distancia entre la manera de pensar de la gente y la manera de pensar de Dios tal como se revela a través de las palabras, actitudes y gestos de Jesús. Qué quiere decir esto? Pongamos atención a las expresiones: “todo el mundo está de acuerdo en decir…”,  “hay miles de alternativas…”,  “hay una jurisprudencia  un poco avanzada y una sociedad totalmente hipócrita”, “nadie va aceptar eso”, o peor todavía: “Dios quiere esto, Él está de acuerdo con esto”.


 Es importante recordarlo, “el hecho que una sociedad haga opciones, tome decisiones, ello  no refleja siempre la manera como Dios ve las cosas ».  El evangelio nos orienta hacia una escucha continua de Jesús para abrirse constantemente al mundo de Dios.  Aquello que quizás no tiene buen sentido para nosotros (no comprendemos) quizás tenga sentido (sea comprendido) para Dios. “Aborte su hijo”, “Le quedan dos semanas de vida”… (Cuántos milagros y finales más positivos, inesperados y diferentes, dan cuenta de esa gran verdad.)


Después, viene la afirmación más difícil del evangelio: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre…”


La vez pasada les decía de tener cuidado de no leer la biblia y comprenderla literalmente. El peligro del fundamentalismo, del integrismo, es precisamente ese, el no tener en cuenta la simbología que hay detrás de los vocablos e ignorar el contexto en el cual se da el texto. 


La primera lectura de la liturgia dominical, del libro de los Números que me he permitido compartirles al inicio de esta reflexión final nos habla de una serpiente en bronce que cura, símbolo retomado en el evangelio para hablar del Hijo de Dios. Y entonces uno se pregunta, cómo puede ser eso? Jesús es igual a una serpiente? Una serpiente que sana?  Con toda seguridad, hemos de saber que en el mundo oriental, la serpiente no tiene la connotación negativa que nosotros le damos. Con el recuerdo de la escena del paraíso terrestre, donde la serpiente engaña a Eva, hemos hecho de la “culebra” símbolo de la trampa, del pecado, de la muerte. En Oriente, ella es preferiblemente asociada a la sabiduría, a la capacidad de renovarse y de sanar.


Para acoger la Buena Noticia (Evangelio) que nos anuncia la Palabra de Dios, en esta fiesta de “La Exaltación de la Cruz”  (O La Cruz Gloriosa), nos será necesario entonces de cambiar nuestra manera tradicional de ver las cosas.


La palabra “ELEVAR” atribuida a Jesús hace referencia a su elevación sobre (en) la cruz. En otras palabras, es necesario que Jesús sea crucificado para desempeñar un rol de sanación, como la serpiente de bronce de Moisés elevada en un asta en el desierto. Como entender todo esto?  Qué significa: “Es esencial” o “Es necesario”. De una vez por todas, rechacemos la teoría de la sustitución penal, una idea torcida, mal comprendida y que por lo tanto ha circulado en la historia de la Iglesia: siendo Él mismo inocente, Jesús habría sufrido el castigo que correspondía en justicia a la humanidad pecadora, como si Dios fuera un juez irascible, que tenía necesidad de satisfacer su cólera a través de la muerte de un inocente.


En el plan histórico, por qué Jesús ha muerto de tal manera? Él no hecho más que seguir su voz interior, de la que decía venía de su Padre del Cielo, Él ha sido auténtico, íntegro, leal, verdadero.


Su manera de pensar y de hacer ha sacudido fuertemente a la sociedad de su época, en particular al poder religioso. Autenticidad e inautenticidad son incompatibles, ellas son como el fuego y el agua. “Si el mundo los odia a ustedes, recuerda el evangelista a su comunidad, con estas palabras en boca de Jesús, sepan que a mí me ha odiado antes que a ustedes” (Juan 15,18). La muerte que le fue impuesta estaba reservada a los criminales y a quienes no eran ciudadanos romanos. Jesús entonces ha sido víctima por su autenticidad y su fidelidad a su voz interior.


Pero porque el evangelista llega hasta decir: “Es esencial”, o “Es necesario”, hablando de esta muerte atroz? Con certeza, el evangelista al igual que los primeros cristianos, utiliza esta expresión para expresar su fe de que esta muerte no llegó por azar, que ella no es absurda, sino que tiene un sentido puesto a la luz  por ciertos pasajes de la Biblia, como éste del profeta Isaías: “…objeto de desprecio, abandonado por los hombres, varón de dolores, familiar del sufrimiento…son nuestros sufrimientos y nuestros dolores los que Él cargaba…nosotros lo consideramos castigado, golpeado y humillado por Dios…sus heridas nos han curado…(Isaías 53,1-7).


Sin su impacto positivo, esta muerte, en efecto sería una muerte absurda. Para la fe cristiana, es la Resurrección de Jesús, y su acción, en adelante, universal en el mundo, que dona sentido a su muerte. Pero no se ha respondido todavía completamente a la cuestión: por qué esta muerte atroz ha sido esencial?


De cierta manera, es imposible oponerse a las fuerzas del mal (odio, mezquindad, envidia, sed de poder, ignorancia grosera, ect., etc) y a las consecuencias de la debilidad humana sin un amor loco que esté presto, listo a dejar (sacrificar) su vida. Ello es esencial, y esto lo será hasta el fin de la historia humana.


Sin embargo, me gustaría agregar otro punto a esta reflexión. Ciertas situaciones límites juegan un papel revelador. Un desastre puede revelar lo que habita el corazón de las personas de una comunidad. Nadie quiere el desastre. Pero sin ese desastre, los corazones no se revelarían, no mostrarían “aquello positivo, tierno, valiente…  de lo que son capaces”. Como para muchas madres precedidas por un dictamen o diagnostico fatal para sus hijos, y que sin embargo creen y deciden ir hasta el final en contra de todo…ellas toman conciencia de la dimensión y hasta donde va su amor maternal a pesar de la enfermedad y el destino fatal que se había predicho para sus hijos.  Y sus corazones amantes no habrían sido jamás revelados a los medios de comunicación sin esta enfermedad.  Uno comprende entonces al evangelista cuando escribe: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.”


A través del amor de Jesús, se ha descubierto el amor de Dios por la humanidad: es como si esta muerte atroz hubiera sido necesaria para hacer este descubrimiento.


La liturgia católica utiliza este pasaje del evangelio, repito, en la ocasión de la Fiesta de “La Exaltación de la Cruz”. A primera vista, hay algo incongruente al exaltar o hacer elogio del símbolo de una muerte ignominiosa que se encuentra en las luces de los proyectores. Pero, de hecho, a la luz de lo que acabamos de afirmar  sobre su función reveladora, no es acaso ella, un inmenso “Yo los amo” lanzado a nuestra humanidad. Y como todos los “yo te amo”, eso cambia las cosas que ya no serán nunca más como antes.


7 de septiembre del 2014: 23o Domingo del Tiempo Ordinario A

La deuda del amor mutuo

Dios es perseverante, Él no cesa de invitar al pecador a volverse a Él y a levantarse. Por su Hijo Jesús, siempre presente, Él hace de su Iglesia una familia donde cada miembro cuida, se preocupa por el otro.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,15-20):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»
Palabra del Señor


A guisa de introducción:

TODOS Y CADA UNO…



Yo soy Iglesia,
Tú eres  Iglesia,
Somos la Iglesia del Señor…
Hermano ven ayúdame,
Hermana ven ayúdame
A construir la Iglesia del señor…

Quién no cantó alguna vez estos versos (en su infancia  despreocupada o su espontanea juventud vivida) o  al menos los ha escuchado…

Iglesia con I mayúscula, iglesia con i minúscula…cual es la diferencia?  Pregunta recurrente y casi que obligada en todas las catequesis de los sacramentos de iniciación…

Y en nuestros tiempos de cuestiones asiduas y razonamientos diarios debiéramos preguntarnos cada uno en conciencia…Qué es la Iglesia para mí? Cómo la entiendo?

Es más sería una muy buena idea, introducir nuestra homilía o reflexión de la Palabra  de este domingo con la cuestión:  Si yo les preguntara…para usted (es) qué es la Iglesia?

Y si hay tiempo otra pregunta más…Cómo vivo mi pertenencia a esta Iglesia? Que estoy haciendo por ella, por su madurez, por su crecimiento…en otras palabras por su santidad?

Conocemos diariamente de detractores de la Iglesia, críticos mordaces del papa y sus gestos, sus palabras…sus omisiones…Y lo más triste y o simpático es que la mayoría de procedencia de esas críticas y opiniones hirientes tienen orígenes católicos…No sólo hablo de reconocidos teólogos, eminentes escritores, sino mismo entre nosotros, al interior de la comunidad religiosa, comunitaria, de barrio…Recurrimos asiduamente a defenestrar de la iglesia, y en lugar de hablar de sus lodos, su suciedad, no nos dedicamos más bien a limpiarla con nuestras actitudes y comportamientos.

Y todo esto pasa porque la mayor parte del tiempo se cree que la Iglesia es solo el papa, el Vaticano, los cardenales y todos los demás clérigos, monjitas y jerarcas que tienen un servicio (no poder) de autoridad. Creemos que la Iglesia es un aparato administrativo y burocrático, complejo, autoritario, centralizado y pleno de riquezas materiales…(cfr. los periodistas, en su mayoría un día bautizados pero que por ignorancia y facilismo se vuelven contrarios a todo lo que da esencia a su existencia...) 

Entonces nos auto-excluimos, porque creemos que NO HACEMOS PARTE DE LA IGLESIA, Y QUE ella no nos concierne…(el bautismo fue un “deber” o “conveniencia social”, que en nada me toca o me compromete…se piensa). "Me bautizaron cuando tenia dos meses y a mi no me avisaron", parecieran comulgar con la visión "rebelde-protestante- non católica de Arjona". 

En verdad que son pocos, más bien, raros aquellos para quienes la palabra IGLESIA  evoca (inspira) la idea de comunidad. La mayoría de los cristianos católicos no comprenden por ejemplo que en el libro de Los hechos de los Apóstoles  se puede leer que Pablo y Bernabé, en Antioquia, “fueron escoltados por la Iglesia “ (Hechos 15,3) y que en Jerusalén , “fueron acogidos por la Iglesia” (15,4).

No hay allí una  simple y falsa noción de Iglesia? Muchos comportamientos prácticos son la consecuencia. La Iglesia es ante todo, un asunto de las autoridades, es cosa de los curas…Cuántos católicos no entienden aún, y a pesar de todos los esfuerzos realizados, el carácter comunitario de la liturgia y de los sacramentos (continuamos por tanto haciendo matrimonios y bautismos, hasta primeras comuniones privadas…por ejemplo).

Cuántos desean aun, que a propósito de un problema, que “la Iglesia”  se pronuncie y  que nos  evite a “nosotros” (no Iglesia) el pronunciarnos, “mojarnos” o “untarnos de barro”? Y entre los que no practican, sería necesario ver si una de las principales razones del abandono de la práctica no sería justamente una visión individualista de la vida de fe: no se tiene necesidad de la Iglesia para creer en Jesucristo y orar a Dios!

Este domingo nos ofrece la ocasión privilegiada de reflexionar sobre lo que somos o deberíamos ser como Iglesia: “Todos y cada uno”, alrededor de esta frase podríamos desarrollar nuestra meditación.

Es todos juntos  que somos  la Iglesia de Dios y es cada uno de nosotros quien al mismo tiempo, construye esta Iglesia y es sostenida por ella…


Una 2a reflexión

Madre Iglesia

Tomado de “razones para el amor”  Articulo No 58 de Jose L. M. Descalzo

Creo que no puedo escribir en este libro sobre las cosas que amo sin hablar también sobre la Iglesia, sobre mi querida Iglesia.

Comprendo que, al hacerlo, no estoy muy a la moda, porque hoy lo que priva es hablar de ella, cuando menos, con despego (¡y tantas veces con ferocidad!), incluso entre los creyentes. Dicen que el signo de los tiempos es gritar: «Cristo, sí; Iglesia, no»; pero a mí eso me parece tan inverosímil como decir «quiero al alma de mi madre, pero a mi madre no». Y lamento no entender a quienes la insultan o desprecian «en nombre del Evangelio» o a quienes parecen sentirse avergonzados de su historia y piensan que sólo ahora o en el futuro vamos a construir la «verdadera y fiel Iglesia». No sé, pienso que tal vez cuando ya esté en el cielo sentiré compasión hacia eso en lo que aquí abajo convertíamos entre todos a la Iglesia, pero mientras esté en la tierra ya tengo bastante trabajo con quererla como para encontrar también tiempo para ver sus fallos.

Y voy a ver si explico un poco las razones por las que la quiero. Para ser un poco sistemático, voy a reducirlas a cinco fundamentales.

La primera es que ella salió del costado de Cristo. ¿Cómo podría no amar yo aquello por lo que Jesús murió? ¿Y cómo podría yo amar a Cristo sin amar, al mismo tiempo, aquellas cosas por las que él dio su vida? La Iglesia —buena, mala, mediocre, santa o pecadora, o todo eso junto— fue y sigue siendo la esposa de Cristo. ¿Puedo amar al esposo despreciándola? Pero —me dirá alguien— ¿cómo puedes amar a alguien que ha traicionado tantas veces al evangelio, a alguien que tiene tan poco que ver con lo que Cristo soñó que fuera? ¿Es que no sientes al menos «nostalgia» de la Iglesia primitiva? Sí, claro, siento nostalgia de aquellos tiempos en los que —como decía San Ireneo—«la sangre de Cristo estaba todavía caliente» y en los que la fe ardía con toda viveza en el alma de los creyentes. Pero ¿es que hubiera justificado un menor amor la nostalgia de mi madre joven que yo podía sentir cuando mi madre era vieja? ¿Hubiera yo podido devaluar sus pies cansados y su corazón fatigado?

A veces oigo en algunos pulpitos o tribunas periodísticas demagogias que no tienen ni siquiera el mérito de ser nuevas. Las que, por ejemplo, hablan de que la Iglesia es ahora una esposa prostituida. Y recuerdo aquel disparatado texto que Saint-Cyran escribía a San Vicente de Paúl y que es —como ciertas críticas de hoy— un monumento al orgullo: «Sí, yo lo reconozco: Dios me ha dado grandes luces. Él me ha hecho comprender que ya no hay Iglesia. Dios me ha hecho comprender que hace cinco o seis siglos que ya no existe la Iglesia. Antes de esto la Iglesia era un gran río que llevaba sus aguas transparentes, pero en el presente lo que nos parece ser la Iglesia ya no es más que cieno. La Iglesia era su esposa, pero actualmente es una adúltera y una prostituta. Por eso la ha repudiado y quiere que la sustituya otra que le sea fiel.»

Me quedo, claro, con San Vicente de Paúl, que, en lugar de soñar pasadas o futuras utopías, se dedicó a construir su santidad, y con ella, la de la Iglesia. Un río de cieno hay que purificarlo, no limitarse a condenarlo. Sobre todo cuando nadie puede presentar ese supuesto libelo de repudio que Cristo habría dado a su esposa.

La segunda razón por la que amo a la Iglesia es porque ella y sólo ella me ha dado a Cristo y cuanto sé de él. A través de esa larga cadena de creyentes mediocres me ha llegado el recuerdo de Jesús y su Evangelio. Sí, claro, a veces lo ha ensuciado al transmitirlo, pero todo lo que de él sabemos nos llegó a través de ella.

Ella no es Cristo, ya lo sé. El es el absoluto, el fin; ella, sólo el medio. Incluso es cierto que cuando digo «creo en la Iglesia» lo que estoy diciendo es que creo en Cristo, que sigue estando en ella; lo mismo que cuando afirmo que bebo un vaso de vino, lo que realmente bebo es el vino, no el vaso. Pero ¿cómo podría beber el vino si no tuviera vaso? El canal no es el agua que transporta, pero ¡qué importante es el canal que me la trae! El centro final de mi amor es Cristo, pero «ella es la cámara del tesoro, donde los apóstoles han depositado la verdad, que es Cristo», como decía San Ireneo. Ella es «la sala donde el Padre de familia celebra los desposorios de su Hijo», como escribía San Cipriano. Ella es verdaderamente —ahora es el río de San Agustín quien se desborda— «la casa de oración adornada de visibles edificios, el templo donde habita tu gloria, la sede inconmutable de la verdad, el santuario de la eterna caridad, el arca que nos salva del diluvio y nos conduce al puerto de la salvación, la querida y única esposa que Cristo conquistó con su sangre y en cuyo seno renacemos para tu gloria, con cuya leche nos amamantamos, cuyo pan de vida nos fortalece, la fuente de la misericordia con la que nos sustentamos». ¿Cómo podría no amar yo a quien me transmite todos los legados de Cristo: la eucaristía, su palabra, la comunidad de mis hermanos, la luz de la esperanza?

Pero su historia es triste, está llena de sangres derramadas, de intolerancias impuestas, de legalismos empequeñecedores, de maridajes con los poderes de este mundo, de jerarcas mediocres y vendidos... Sí, sí, es cierto. Pero también está llena de santos.

Y ésta es la tercera razón de mi amor. Siempre que yo me monto en un tren sé que la historia del ferrocarril está llena de accidentes. Pero no por eso dejo de usarlo para desplazarme. «La Iglesia —decía Bernanos— es como una compañía de transportes que, desde hace dos mil años, traslada a los hombres desde la tierra al cielo. En dos mil años ha tenido que contar con muchos descarrilamientos, con una infinidad de horas de retraso. Pero hay que decir que gracias a sus santos la compañía no ha quebrado.» Es cierto, los santos son la Iglesia, son lo que justifica su existencia, son lo que no nos hace perder la confianza en ella. Ya sé que la historia de la Iglesia no ha sido un idilio. Pero, a fin de cuentas, a la hora de medir a la Iglesia a mí me pesan mucho más los sacramentos que las cruzadas, los santos que los Estados Pontificios, la Gracia que el Derecho canónico. ¿Estoy con ello diciendo que amo a la Iglesia invisible y no a la visible? No, desde luego. Pienso que tenía razón Bernanos al escribir que «la Iglesia visible es lo que nosotros podemos ver de la invisible» y que como nosotros tenemos enfermos los ojos sólo vemos las zonas enfermas de la Iglesia. Nos resulta más cómodo. Si viéramos a los santos, tendríamos obligación de ser como ellos. Nos resulta más rentable «tranquilizamos» viendo sólo sus zonas oscuras, con lo que sentimos, al mismo tiempo, el placer de criticarlas y la tranquilidad de saber que todos son tan mediocres como nosotros. Si nosotros no fuésemos tan humanos, veríamos más los elementos divinos de la Iglesia, que no vemos porque no somos ni dignos de verlos.

Voy a atreverme a decir más: yo amo con mayor intensidad a la Iglesia precisamente «porque» es imperfecta. No es que me gusten sus imperfecciones, es que pienso que sin ellas hace tiempo me habrían tenido que expulsar a mí de ella. A fin de cuentas, la Iglesia es mediocre porque está formada de gente como nosotros, como tú y como yo. Y esto es lo que, en definitiva, nos permite seguir dentro de ella.

Bernanos lo decía con exacta ironía: «Oh, si el mundo fuera la obra maestra de un arquitecto obsesionado por la simetría o de un profesor de lógica, de un Dios deísta, la santidad sería el primer privilegio de los que mandan; cada grado en la jerarquía correspondería a un grado superior de santidad, hasta llegar al más santo de todos, el Santo Padre, por supuesto. ¡Vamos! ¿Y os gustaría una Iglesia así? ¿Os sentiríais a gusto en ella? Dejadme que me ría. Lejos de sentirnos a gusto, os quedaríais en esta congregación de superhombres dándole vueltas entre las manos a vuestra boina, lo mismo que un mendigo a la puerta del hotel Ritz. Por fortuna, la Iglesia es una casa de familia donde existe el desorden que hay en todas las casas familiares, siempre hay sillas a las que les falta una pata, las mesas están manchadas de tinta, los tarros de confites se vacían misteriosamente en las alacenas, todos lo conocemos bien, por experiencia.»

Sí, por fortuna en la Iglesia imperan las divinas extravagancias del Espíritu, que sopla donde quiere. Y gracias a ello nosotros podemos agradecerle a Dios cada noche que aún no nos hayan echado de esa casa de la que todos somos indignos. Tendremos, claro, que luchar por mejorarla. Pero sabiendo bien que siempre ha sido mediocre, que siempre será mediocre, como en las casas siempre hay polvo por muy cuidadosa que sea su dueña.

No se sabe por dónde, pero el polvo entra siempre. Y uno limpia el polvo en lugar de pasarse la vida enfadándose con él. En rigor, todas esas críticas que proyectamos contra la Iglesia deberíamos volcarlas contra cada uno de nosotros mismos. Lo voy a decir en latín con las preciosas palabras de San Ambrosio: «Non in se, sed in nobis vulneratur Ecclesia. Caveamos igitur, ne lapsus noster vulnus Ecclesie fiat» (No en ella misma, sino en nosotros, es herida la Iglesia. Tengamos, pues, cuidado, no sea que nuestros fallos se conviertan en heridas de la Iglesia).

La quinta y más cordial de mis razones es que la Iglesia es —literalmente— mi madre. Ella me engendró, ella me sigue amamantando. Y me gustaría ser como San Atanasio, que «se asía a la Iglesia como un árbol se agarra al suelo». Y poder decir, como Orígenes, que «la Iglesia ha arrebatado mi corazón; ella es mi patria espiritual, ella es mi madre y mis hermanos». ¿Cómo entonces sentirme avergonzado por sus arrugas cuando sé que le fueron naciendo de tanto darnos y darnos a luz a nosotros?

Por todo ello espero encontrarme siempre en ella como en un hogar caliente. Y deseo —con la gracia de Dios— morir en ella, como soñaba y consiguió Santa Teresa. Y ése será mi mayor orgullo en la hora final.

Ese día me gustará repetir un pequeño poema que escribí hace ya muchos años, siendo seminarista; un poema muy malo, pero que conservo como era porque creo que expresaba y expresa lo que hay en mi corazón:

Amo a la Iglesia, estoy con tus torpezas,
con sus tiernas y hermosas colecciones de tontos,
con su túnica llena de pecados y manchas.
Amo a sus santos y también a sus necios,
amo a la Iglesia, quiero estar con ella.
Oh, madre de manos sucias y vestidos raídos,
cansada de amamantarnos siempre,
un poquito arrugada de parir sin descanso.
No temas nunca, madre, que tus ojos de vieja
nos lleven a otros puertos.
Sabemos bien que no fue tu belleza quien nos hizo hijos tuyos,
sino tu sangre derramada al traernos.
Por eso cada arruga de tu frente nos enamora
y el brillo cansado de tus ojos nos arrastra a tu seno.
Y hoy, al llegar cansados, y sucios, y con hambre,
no esperamos palacios, ni banquetes, sino esta
casa, esta madre, esta piedra donde poder sentarnos.


Aproximación psicológica del evangelio:  


Antes de excomulgar…

Esta palabra sobre el hermano que ha pecado aparece como una aplicación y un desarrollo de la parábola de la oveja perdida que precede inmediatamente este pasaje.

“Si tu hermano te ofende”   (“si una oveja llegara a perderse”); “ve a su encuentro”  (ve en búsqueda de aquella que se ha perdido”); “si él te escucha” (“si él llega a encontrarla”)…

Sin embargo, la parábola no tenía la intención del rechazo de la oveja perdida o impedirle que volviera al rebaño, mientras que aquí se examina en profundidad el caso. “vé y házselo ver” : haz tu mismo la diligencia de ir a su encuentro en su terreno. La psicología animal llama nuestra atención por el hecho que uno es siempre más vulnerable cuando se aventura en el territorio de otro y que a la inversa, aquel que es “visitado” se siente más cómodo (mejor) puesto que él permanece (queda) en posesión de todos sus medios. “Ir al encuentro” del otro, aparece entonces como una diligencia mucho más fraternal que de “esperarlo” en su propia casa, como en otro lugar la expresión popular lo hace bien sentir: (a él, yo le espero, o “a ti, yo te espero”…).

“Vé y házselo ver, a solas entre los dos”: dentro de una atmosfera favorable de intimidad, aborda (contempla) con él precisamente los puntos (aspectos) que causan dificultad.

Quizás entonces, tú descubrirás que lo que te aparecía como un pecado de su parte era preferiblemente un error de percepción, un simple malentendido entre ustedes dos, o un accidente (choque) con responsabilidad compartida. Hay lugar entonces para reconciliarse con toda simplicidad, es decir, ocasión de restablecer la comunicación fraternal y espontanea que un obstáculo impedía.

Pero también existe la posibilidad de que ustedes no logren entenderse, de que tú tengas la impresión con razón o sin razón de que “él (ella) no te escucha”. Podría ser también que sea tu hermano (a) quien esté muy a la defensiva o que quizás seas tú muy rígido, o que el conflicto acaecido entre ustedes dos este muy endurecido.

En los tres casos, lo ideal es que ustedes retomen “todo el asunto” con otros  dos o tres miembros de la comunidad.

Mateo hace  alusión acá a una disposición jurídica sobre la validez del testimonio, pero bajo este pasaje del libro del Deuteronomio (19,15), se distingue el mismo fenómeno psicológico: es posible que sea el acusador y no el acusado quien este en la falla! La presencia de otras personas permite despolarizar o ser imparcial en el conflicto, objetivar la situación, y ayudar así las dos personas a identificar el objeto real del debate.

Así se puede llegar a una percepción común de la realidad implicada (el asunto tratado) y se reintegra entonces la comunión en la alegría (cf. V.13).

Pero también puede ser que la persona interpelada “se resiste a escuchar”, sea porque ella no logra rencontrarse en los valores, los postulados o el funcionamiento de otros miembros del grupo, sea que ella decide persistir en su conducta, mismo si ésta va al encuentro de sus propios valores.

En este caso, será necesario tomar distancia de esta persona, es necesario no ser solidario y mostrarlo abiertamente, con comportamientos que estarían en desacuerdo flagrante con el Evangelio ( v.g: explotación, tortura, chantaje, desprecio de la dignidad del otro…)

Si este recorrido es vivido con honestidad en la fe y en el respeto del otro, se nos dice que la decisión del grupo es la decisión de Dios (v.18), pero ya vemos cuántas condiciones son requeridas antes de llegar a este punto, que diferencia entre lo que se pide acá  y los juicios sumarios unilaterales y sin apelación (a la persona)  que nosotros hacemos si frecuentemente sobre el otro!

Job excomulgado

Mateo preocupado por las necesidades de la comunidad cristiana primitiva (Iglesia) en términos de animación y de organización, nos reporta las palabras de Jesús que él reformula bajo la forma de directivas explicitas a la intención de la comunidad.

Pero los procesos de excomunión son siempre  muy delicados y si nos atenemos a lo que dice acá, el mismo Job , el santo del antiguo testamento, habría sido excomulgado!

Job reconoce la autoridad moral de los “dos o tres testigos” (Mt 18,16) que han venido para convencerle de confesar su pecado: “en verdad, ustedes son la voz del pueblo”… (Job 12,2).

Pero cuando sus tres amigos le dicen que Dios “le ha pedido cuenta de su falta”  (Job 11,6), “renuncia a escucharles” (Mateo 18,17) diciéndoles: “yo se lo mismo que ustedes” (Job 13,2), él  se obstina en no confesar el pecado que  sabe no haber cometido, y se declara listo (preparado) para  “justificar ante Dios (su) conducta” (Job 13,15).

Y de hecho, Dios recriminará un poco más lejos  a los tres testigos para darle la razón a Job : “ustedes no han hablado bien de mi como lo ha hecho mi siervo Job”  (Job 42,7), y lo reintegra a la comunidad:“Yahvé restaura la situación de Job” (Job 42,10).

Esta es la razón por la cual, la invitación a la oración comunitaria se presenta acá tan importante, que aparece enseguida después de la directiva sobre la excomunión.

Nosotros tomamos itinerarios (o caminos) diferentes, no estamos siempre en las mismas estaciones interiores, nuestras sensibilidades varían también del uno al otro. Esto engendra normalmente muchos y  variados desacuerdos entre nosotros, y estos desacuerdos (desencuentros) pueden ser estimulantes y creadores…si ellos no desembocan en excomunión!

Pero más allá de nuestros desacuerdos a menudo legítimos o al menos inevitables, estamos invitados a unirnos en la oración: pónganse de acuerdo al menos en eso, entiéndanse al menos en el hecho de orar juntos! Si ustedes se aceptan lo bastante en sus diferencias  para ser capaces de orar juntos, yo estaré  (seré de la partida) con ustedes, dice Jesús.
Hay oraciones lo bastante orientadas, políticamente que recuperaban los disidentes haciéndoles orar porque los sindicatos fueran razonables, o a la inversa que conducían  (llevaban) a la gente a opciones que ellos rechazan.

Pero más allá de una oración que rechace, aleje o condene (manipuladora), Jesús nos dice que la oración realizada en el respeto y la comunión es fecunda, porque Él mismo se hace  estrechamente solidario con ella.

REFLEXIÓN CENTRAL 

“Si tu hermano te ofende, ve y haz que se de cuenta  de su pecado, a solas entre los dos”

El capítulo 18 del evangelio de San Mateo contiene el cuarto gran discurso de su obra. Después del discurso sobre el monte (capítulos 5 al 7), el discurso misionero (cap. 10) y el discurso en parábolas (cap.13), tenemos ahora el discurso comunitario (el discurso para la Iglesia, la asamblea de los que creen y le siguen) que habla de las relaciones entre los miembros de dicha comunidad CRISTIANA. Los expertos llaman a estas recomendaciones de Jesús « la enseñanza sobre la vida comunitaria ». Es bueno leer este discurso, meditarlo bajo esta perspectiva comunitaria, ya que nosotros hacemos siempre parte de un grupo, sea el de la familia, de la parroquia, del lugar de trabajo o del de nuestros amigos.

 Esta mañana, Cristo nos dice que la comunidad no puede erigir (levantar) barreras definitivas, ella debe siempre conservar las puertas abiertas y la luz encendida. La comunidad cristiana no se resigna nunca a la pérdida definitiva de un hermano. Ella se muestra siempre con capacidad de acoger, perdonar, de reconciliarse, de permitir el regreso de aquel (lla) que se ha alejado. Y debe haber un ambiente de fiesta cuando el hermano que ha abandonado la familia por irse a vivir lejos reaparece en el horizonte (cfr. historia del retorno del hijo prodigo Lucas 15.

Los sociólogos afirman que el hombre de hoy tiende a un individualismo a toda prueba: “cada quien para si mismo”. En el evangelio, Cristo condena esa actitud y nos recuerda que somos una “raza comunitaria”. Somos responsables los unos de los otros.

En la carta a los Romanos, San Pablo tiene una frase extraordinaria: “No tengan deudas con nadie, sino aquella sola del amor mutuo. Porque aquel que ama a otro, de esta manera ha cumplido la ley” (Rom 13,8).

Siempre habrá tensiones entre las parejas, entre padres e hijos, con nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros colegas de trabajo. Desgraciadamente, en ciertos grupos, en ciertas familias, las rupturas duran y duran años y en ocasiones no desaparecen sino con la muerte de aquellos o aquellas que las han mantenido. Algunos se rehúsan simplemente a reconciliarse. En estas situaciones de conflicto, el cristiano (seguidor de Jesús) nunca debe resignarse a la pérdida de alguien.

Hoy, Jesús nos propone una manera de actuar para tratar de resolver las dificultades de comunicación que aparecen entre nosotros: la corrección fraterna. En nuestra mentalidad moderna, esto resulta insólito, pero al pensarlo bien, es quizás la manera la más eficaz de solucionar los conflictos.

Es necesario un cierto coraje (valentía) para ir al encuentro de alguien y hablarle de sus lagunas, de sus debilidades, cuando nosotros estamos lejos de ser perfectos y no estamos exentos (libres) de cometer errores.  Con frecuencia  hacemos lo contrario de lo que Jesús nos sugiere en el evangelio: en lugar de ir al encuentro de la persona concerniente  y de hablarle discretamente, hacemos insinuaciones malintencionadas a sus espaldas, portamos acusaciones llenas de mal intención e hipocresía, practicamos alegremente la calumnia, destruimos la reputación del otro. Cristo nos dice esta mañana:  Todo esto no es cristiano.

Existen personas que pretenden corregir  los abusos y hacer reinar la justicia, y quienes en una actitud de critica sistemática, se mezclan en todo y están listos siempre para darle una lección a todo mundo. Males irreparables son causados por estos seres vindicativos  (rencorosos) e irreflexivos.

Esto sería desfigurar el pensamiento de Jesús que condenar, afligir los pecadores. Todo el evangelio nos dice precisamente lo contrario y el contexto inmediato del “discurso comunitario “ no habla que de delicadeza y de misericordia con los otros. Justo, antes del pasaje que leemos hoy, Jesús ha contado la parábola de la oveja perdida: “Eviten ustedes de despreciar a alguien…Vuestro Padre no quiere que ninguno de sus pequeños no se pierda” (Mateo 18,14). Y enseguida después de nuestro texto, Jesús va pedirle a Pedro de perdonar “no 7 veces, sino 77 veces 7” (Mateo 18,21).

El objetivo de la corrección fraterna  no es el de  humillar sino el de reconciliar. No se trata de tener razón y   mostrar que  somos mejores que el otro: “si tu hermano te escucha, habrás ganado a tu hermano”. He ahí el objetivo buscado, el premio del rencuentro, la gran recompensa: no el de ganar un argumento, de prevalecer sobre el otro, de humillarlo, sino de “ganar su hermano en tanto que hermano”. No se trata de la satisfacción mezquina, de tener razón, sino de la alegría de constatar que la apertura al otro ha dado fruto.

El objetivo de la corrección fraterna es evitar que el otro no sea humillado y marginalizado. La comunidad que se esfuerza por ponerla en práctica, conoce bien la parábola “de la viga en tu ojo y de la paja en el ojo del vecino” (Mateo 7,1-5) Cuando nos encontramos alguien que ha pecado, Cristo nos dice que hemos de tener la misma actitud que el padre del hijo pródigo que lo recibe con los brazos abiertos, mostrando a todos que él es el hijo bien amado y hace la fiesta por todo el pueblo.

La sociedad actual nos empuja en la dirección de un individualismo anárquico y el bien común viene atrás, lejos. Para Cristo, la coherencia de grupo, el amor al otro es lo más importante que hay.

“Si tu traes tu ofrenda al altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja ahí tu ofrenda, ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda”  (Mateo 5,23-24).

Es en este clima de reconciliación que Cristo nos invita a la corrección fraterna: Si tu hermano te ofende, ve y házselo ver, a solas entre los dos.  



Referencias


1.  HÉTU, Jean-Luc.  Les options de Jésus.

2.   http://cursillos.ca  (Réflexion chrétienne de P. jacques-Yvon Allard) .

3.   DESCALZO, José Luis.  Razones para el amor. Libro en pdf descargado de Internet.

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