domingo, 16 de agosto de 2026

16 de agosto del 2026:vigésimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

«Diálogo y ayuda mutua»

Es frecuente interpretar el silencio de Jesús ante la mujer cananea como señal de que no quiere entrar en relación con ella. Los discípulos parecen entenderlo de ese modo y, además, intervienen molestos por sus insistentes gritos.

Sin embargo, esa interpretación no parece corresponder del todo con lo que conocemos de Jesús: Él no es alguien que rehúya el encuentro o cierre la puerta a quien se acerca buscando ayuda. Más bien, su silencio puede entenderse como un momento de discernimiento ante una situación nueva. La súplica de aquella mujer extranjera plantea una cuestión decisiva: ¿hasta dónde llega su misión?

…Después entra en diálogo con ella. Sus primeras palabras, que podrían parecernos duras, no terminan la conversación: permiten que continúe. Y precisamente en ese intercambio la mujer, con su humildad, inteligencia y extraordinaria confianza, ayuda a que se manifieste algo fundamental: la misericordia de Dios no puede quedar encerrada dentro de fronteras religiosas, culturales o nacionales.

Así, el Evangelio no tendría que leerse simplemente como el enfrentamiento entre un Jesús cerrado y una mujer obstinada, sino como un verdadero diálogo en el que ambos interlocutores se encuentran y en el que la palabra perseverante de aquella mujer contribuye al discernimiento. Finalmente, su fe queda reconocida y su hija recibe la curación que pedía.

Esto deja dos preguntas muy hermosas para nuestra oración:

¿Necesito yo también hoy la ayuda de Cristo? ¿Me atrevo a clamar hacia Él con la confianza y perseverancia de la cananea?

Y todavía una más profunda:

¿Me permito verdaderamente entrar en diálogo con Cristo, incluso cuando parece guardar silencio?

Marie-Caroline Bustarret

 



**********

 

Primera lectura

Is 56, 1. 6-7

A los extranjeros los traeré a mi monte santo

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Observen el derecho, practiquen la justicia,
porque mi salvación está por llegar,
y mi justicia se va a manifestar.
A los extranjeros
que se han unido al Señor para servirlo,
para amar el nombre del Señor
y ser sus servidores,
que observan el sábado sin profanarlo
y mantienen mi alianza,
los traeré a mi monte santo,
los llenaré de júbilo en mi casa de oración;
sus holocaustos y sacrificios
serán aceptables sobre mi altar;
porque mi casa es casa de oración,
y así la llamarán todos los pueblos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 4)

R. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.


V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra.
R.

V. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra.
R.

 

Segunda lectura

Rom 11, 13-15. 29-32

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
A ustedes, gentiles, les digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos.
Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida?
Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
En efecto, así como ustedes, en otro tiempo, desobedecieron a Dios, pero ahora han obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se les ha otorgado a ustedes, para que también ellos alcancen ahora misericordia.
Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino,
y curaba toda dolencia en el pueblo.
R.

 

Evangelio

Mt 15, 21-28

Mujer, qué grande es tu fe


Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.


****************


«Señor, ayúdame»: una fe que grita, una Iglesia que escucha y unas manos que ayudan

 

Queridos hermanos:

Hay una frase muy pequeña en el Evangelio de hoy que, después de lo ocurrido en nuestro país, adquiere una fuerza impresionante. La mujer cananea se acerca a Jesús y termina gritando:

«¡Señor, ayúdame!»

Quizá esa podría ser hoy también la oración de Colombia.

«Señor, ayúdanos».

Ayuda a las familias que han perdido a un ser querido.
Ayuda a quienes permanecen heridos.
Ayuda a quienes han perdido su casa.
Ayuda a quienes todavía esperan noticias de un familiar.
Ayuda a los socorristas, médicos, bomberos, voluntarios y autoridades.
Ayúdanos a nosotros para que el dolor de nuestros hermanos no nos deje indiferentes.

Han pasado apenas seis días desde el terremoto del 10 de agosto. Las cifras continúan siendo dolorosas: cerca de trescientas personas fallecidas, numerosos desaparecidos, miles de heridos y muchas familias desplazadas o con sus viviendas afectadas. 

Y en situaciones así aparece inevitablemente una pregunta: ¿Dónde está Dios?

1. Cuando parece que Dios guarda silencio

El Evangelio resulta sorprendentemente actual.

Una madre extranjera viene desesperada porque su hija sufre. Grita detrás de Jesús:

«Ten compasión de mí, Señor».

Y el Evangelio dice algo desconcertante: al principio, Jesús no le responde.

Ese silencio nos incomoda.

Porque también nosotros hemos vivido momentos en los que hemos orado y parece que Dios calla.

Una madre esperando noticias bajo los escombros.
Una familia frente a una casa destruida.
Una persona que acaba de perder a quien amaba.

«Señor, ¿dónde estás?»

Sería irresponsable ofrecer respuestas fáciles.

El terremoto no es un castigo de Dios. No podemos presentar a Dios como alguien que derriba casas, mata inocentes o provoca sufrimiento para enseñarnos una lección.

Jesús nos ha revelado exactamente lo contrario: Dios está del lado de quien sufre.

Por eso el silencio inicial de Jesús ante la cananea no significa indiferencia. El diálogo continúa. Aquella mujer insiste, confía, persevera. Su fe atraviesa incluso el silencio.

Hasta que Jesús reconoce:

«Mujer, qué grande es tu fe».

A veces la fe no consiste en comprenderlo todo.

La fe consiste en seguir diciendo:

«Señor, aunque no comprenda lo que está pasando, sigo confiando en Ti».

2. «Mi casa será casa de oración para todos los pueblos»

Y aquí aparece la hermosa primera lectura del profeta Isaías.

Dios anuncia que también los extranjeros serán recibidos y concluye diciendo que su casa será casa de oración para todos los pueblos.

Es exactamente lo que sucede en el Evangelio.

La mujer cananea era extranjera. No pertenecía al pueblo de Israel. Humanamente podía decirse: «Ella no es de los nuestros».

Pero la misericordia de Dios rompe las fronteras.

Y quizá una tragedia nacional nos recuerde también esto.

Ante los escombros ya no importa si uno es de derecha o de izquierda, rico o pobre, costeño, paisa, caleño, chocoano, cafetero o bogotano.

Debajo de los escombros hay simplemente un hermano.

Cuando alguien tiene hambre no preguntamos por quién votó.

Cuando una madre busca a su hijo no preguntamos a qué partido pertenece.

Cuando alguien perdió su casa no preguntamos cuál es su ideología.

El dolor nos recuerda que somos una sola familia humana.

Nuestros obispos precisamente han llamado a vivir esta emergencia desde la solidaridad, la responsabilidad, la fraternidad y la esperanza; las diócesis de las zonas afectadas están acompañando y articulando acciones de ayuda. 

3. «Oh Dios, que te alaben los pueblos»

El salmo insiste:

«Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben».

No algunos.

Todos.

La fe cristiana no construye muros; construye puentes.

Y en estos días hemos visto también rostros hermosos en medio de la tragedia: rescatistas buscando entre los escombros, personal sanitario trabajando, vecinos ayudando a vecinos, comunidades abriendo sus puertas, personas compartiendo alimentos y recursos.

También allí está Dios.

Quizá alguien pregunte: «¿Dónde estaba Dios durante el terremoto?»

Y tendremos que reconocer con humildad que Dios estaba también en las manos que levantaban una piedra para sacar a alguien, en quien curaba una herida, en quien compartía agua, en quien abrazaba a alguien que lloraba.

Dios muchas veces responde al grito de un hermano a través de las manos de otro hermano.

4. «Dios encerró a todos en desobediencia para tener misericordia de todos»

San Pablo nos entrega en la segunda lectura otra palabra preciosa:

misericordia.

Nos recuerda que los dones y la llamada de Dios son irrevocables y que, finalmente, el proyecto de Dios es hacer llegar su misericordia a todos.

Todos necesitamos misericordia.

La cananea la necesitaba.

Israel la necesitaba.

Pablo la necesitaba.

Colombia la necesita.

Y nosotros también.

Tal vez nuestro país necesita reconstruir carreteras, hospitales, viviendas y templos dañados.

Pero posiblemente tenemos que reconstruir además otras cosas que venían agrietadas desde antes del terremoto:

la confianza, la fraternidad, la capacidad de dialogar, la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y la conciencia de que pertenecemos al mismo país.

Un edificio agrietado puede ser peligroso.

Pero también lo es una sociedad cuyo corazón se ha agrietado por el odio, la indiferencia y la polarización.

5. La oración tiene que convertirse en solidaridad

Hoy rezamos.

Y debemos rezar mucho.

La Conferencia Episcopal de Colombia ha convocado precisamente este domingo 16 de agosto como Jornada Nacional de Oración por Colombia y por las víctimas del terremoto

Pero la oración cristiana nunca puede terminar simplemente diciendo:

«Señor, ayúdalos».

Porque después Dios podría preguntarnos:

«¿Y tú qué puedes hacer para ayudarlos?»

Por eso nuestra respuesta puede expresarse en tres verbos muy sencillos:

Orar. Compartir. Acompañar.

Orar por los fallecidos, los heridos, los desaparecidos y sus familias.

Compartir de nuestros bienes. Aunque sea poco. La Iglesia colombiana, por medio de Pastoral Social–Cáritas, ha activado la campaña nacional «Con Colombia, hasta el último rincón» para canalizar ayuda hacia las comunidades afectadas.

Y acompañar. Porque cuando pase la atención de los medios de comunicación, cuando las cámaras se marchen y la noticia deje de ser tendencia, quedarán familias que tendrán que reconstruir su casa y, sobre todo, reconstruir su vida.

Ahí tendrá que seguir estando la Iglesia.

Conclusión

Hermanos:

Hoy aquella mujer cananea podría prestarnos sus palabras.

Ella gritó:

«Señor, ayúdame».

Y Colombia hoy puede decir:

«Señor, ayúdanos».

Ayúdanos a buscar a quienes todavía faltan.

Ayúdanos a consolar a quienes lloran.

Ayúdanos a levantar a quienes han caído.

Ayúdanos a compartir con quienes lo perdieron todo.

Ayúdanos a reconstruir no solamente paredes, sino también corazones.

Y que al final podamos escuchar también nosotros aquellas palabras que Jesús dirigió a aquella mujer:

«Qué grande es tu fe».

Que nuestra fe sea grande porque sabe orar cuando no comprende.

Que nuestra esperanza sea grande porque no abandona a quien sufre.

Y que nuestra caridad sea grande porque no se queda solamente en palabras.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, pongamos sobre el altar los nombres y los rostros de tantos hermanos colombianos que sufren.

Y pidámosle al Señor:

Señor Jesús, cuando la tierra tiembla, sé Tú nuestra roca.
Cuando nuestro corazón tiene miedo, sé Tú nuestra fortaleza.
Cuando un hermano clama, danos oídos para escucharlo.
Y cuando alguien necesite ayuda, que encuentre también nuestras manos dispuestas a servir.

Amén.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




16 de agosto del 2026:vigésimo domingo del tiempo ordinario-ciclo A

  «Diálogo y ayuda mutua» Es frecuente interpretar el silencio de Jesús ante la mujer cananea como señal de que no quiere entrar en relaci...