lunes, 17 de agosto de 2026

17 de agosto del 2026: lunes de la vigésima semana del tiempo ordinario-II

 

La teoría y la práctica

También nosotros acerquémonos a Cristo en la oración para preguntarle: «Maestro, ¿qué debo hacer de bueno?». Jesús nos remite a la Escritura, que nos señala el camino. Pero entre las grandes orientaciones de la Palabra y las decisiones concretas de cada día es necesario el discernimiento.

El joven conoce y cumple los mandamientos, pero Jesús lo invita a dar un paso más: liberar su corazón, compartir con los pobres y seguirlo. No basta conocer teóricamente el bien; hay que practicarlo, incluso cuando exige renuncia. Preguntemos hoy: Señor, ¿qué debo dejar para seguirte con mayor libertad y alegría?

 


Primera lectura

Ez 24, 15-24
Ezequiel les servirá de señal: harán lo mismo que él ha hecho

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; pero tú no entones una lamentación, no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas. Suspira en silencio, no hagas ningún rito fúnebre. Ponte el turbante y cálzate las sandalias; no te cubras la barba ni comas el pan del duelo».
Yo había hablado a la gente por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Al día siguiente hice lo que se me había ordenado. Entonces me dijo la gente:
«¿Quieres explicarnos qué significa lo que estás haciendo?».
Les respondí:
«He recibido esta palabra del Señor:
“Di a la casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: ‘Voy a profanar mi santuario, el baluarte del que están orgullosos, encanto de sus ojos, esperanza de su vida. Los hijos e
hijas que dejaron en Jerusalén caerán a espada.
Entonces harán lo que yo he hecho: no se cubrirán la barba ni comerán el pan del duelo; seguirán con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies; no entonarán una lamentación ni llorarán; se consumirán por sus culpas y gemirán unos con otros. Ezequiel les servirá de señal: harán lo mismo que él ha hecho.
Y, cuando suceda, comprenderán que yo soy el Señor Dios’”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 18-19. 20. 21 (R.: cf. 18a)

R. Despreciaste al Dios que te engendró.

V. Despreciaste a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. 
R.

V. Y dijo: «Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales». 
R.

V. «Me han dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación insensata los irritaré». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 16-22

Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, así tendrás un tesoro en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».
Jesús le contestó:
«¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos».
Él le preguntó:
«¿Cuáles?».
Jesús le contestó:
«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
El joven le dijo:
«Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
Jesús le contestó:
«Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».
Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.

Palabra del Señor.

 

 

***********

 

¿Qué ocupa el lugar de Dios?


En la primera lectura, el profeta Ezequiel atraviesa una experiencia profundamente dolorosa: la muerte repentina de su esposa, “el encanto de sus ojos”. Sin embargo, Dios le pide que no realice las manifestaciones públicas y acostumbradas del duelo. Es un gesto profético difícil de comprender, pero relacionado con la tragedia que está a punto de sufrir Jerusalén: la destrucción del templo, el lugar más amado y venerado por el pueblo.

No significa que Dios haya dejado de estar presente ni que prohíba expresar el dolor. El mensaje es otro: el pueblo había convertido el templo en una falsa seguridad. Pensaba que, por tener un santuario, nada malo podía sucederle, aunque viviera alejado de la alianza. Habían amado más el edificio que al Dios que habitaba en medio de ellos. Por eso, la pérdida del templo revelaría dramáticamente la gravedad de su infidelidad.

El cántico responsorial lo expresa con palabras muy fuertes: “Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio la vida”. El gran pecado del pueblo fue el olvido. No necesariamente habían dejado de realizar prácticas religiosas, pero Dios ya no ocupaba el centro de su existencia. Habían cambiado al Señor por otros dioses, otras seguridades y otros intereses.

También nosotros podemos conservar ciertas costumbres religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Podemos venir a la Eucaristía, rezar algunas oraciones y llevar una imagen religiosa, pero apoyar nuestra vida únicamente en el dinero, el prestigio, las relaciones, el poder o la comodidad. La Palabra nos pregunta hoy: ¿quién es realmente la roca sobre la cual estamos construyendo nuestra vida?

El joven del Evangelio también busca una seguridad. Se acerca a Jesús con una pregunta sincera: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?”. Es un buen muchacho: conoce los mandamientos y asegura haberlos cumplido. No es una persona corrupta ni indiferente. Sin embargo, siente que todavía le falta algo.

Jesús descubre el verdadero obstáculo de su corazón: “Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, da el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme”. Jesús no le está imponiendo simplemente una pérdida; le está ofreciendo una relación: “Ven y sígueme”. Lo llama a cambiar un tesoro limitado por uno eterno, sus seguridades humanas por la confianza en Dios y la tranquilidad de una vida correcta por la aventura del discipulado.

Pero el joven se marcha triste porque tenía muchos bienes. Quería la vida eterna, pero sin soltar aquello que ocupaba el centro de su corazón. Poseía muchas cosas, pero en realidad eran las cosas las que lo poseían a él.

También nosotros podemos desear grandes cosas: seguir más de cerca a Cristo, servir a los necesitados, reconciliarnos con alguien, responder a una vocación o entregarnos generosamente a una misión. Sin embargo, retrocedemos cuando el Señor toca nuestras seguridades materiales, afectivas o psicológicas. Queremos seguirlo, pero sin perder comodidad; queremos cambiar, pero sin renunciar; queremos la alegría del Evangelio, pero sin abandonar aquello que nos entristece y esclaviza.

Jesús no pide a todos que abandonen materialmente todos sus bienes, pero sí nos pide que nada ocupe el lugar que le corresponde a Dios. La riqueza no es solamente tener dinero. Puede ser también el orgullo, la necesidad de aprobación, una relación desordenada, el apego a nuestros planes, el resentimiento o el miedo a cambiar.

Hoy Jesús nos mira y nos dice: “Todavía te falta una cosa”. Cada uno debe preguntarse: ¿qué me cuesta dejar para seguir al Señor con mayor libertad? ¿Qué seguridad me impide confiar plenamente en Él? ¿Cuál es ese “tesoro” sin el cual pienso que no podría vivir?

No nos marchemos tristes como aquel joven. Permitamos que Cristo nos libere de todo lo que nos posee. Recordemos que nuestra verdadera roca no son las cosas, los lugares ni las seguridades humanas. Nuestra roca es Dios, que nos engendró, nos sostiene y nos invita a encontrar en Él el tesoro que nadie podrá arrebatarnos.

Señor Jesús, danos un corazón libre para reconocerte como nuestra única riqueza, compartir generosamente con los pobres y seguirte con alegría por el camino de la vida eterna. Amén.

 

2


 

Vida eterna y perfección

 

Un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para alcanzar la vida eterna?». Él le respondió: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos» (Mt 19,16-17).

Todos deseamos la vida eterna en el cielo. Hoy, al orar especialmente por nuestros fieles difuntos, renovamos esta esperanza: la muerte no tiene la última palabra, porque Cristo ha muerto y resucitado para abrirnos las puertas de la vida. Pero, además de desear el cielo, debemos preguntarnos: ¿deseamos también alcanzar la perfección mientras vivimos en la tierra? Y, si es así, ¿estamos verdaderamente decididos a hacer lo necesario para alcanzarla o nos conformamos simplemente con ser más o menos buenos? Aquí es donde el joven rico del Evangelio encontró su dificultad.

La primera lectura nos presenta una escena profundamente dolorosa. El profeta Ezequiel recibe este anuncio: «Voy a quitarte repentinamente el encanto de tus ojos». Su esposa muere y Dios le pide que no realice las manifestaciones públicas y acostumbradas del duelo. No se trata de que Dios sea indiferente ante su dolor ni de que esté prohibido llorar por nuestros seres queridos. El gesto de Ezequiel es un signo profético: anuncia la destrucción del templo de Jerusalén, “el encanto de los ojos” del pueblo.

Israel se había acostumbrado a contemplar el templo como una seguridad casi automática. Pensaba que, mientras conservara el santuario, nada malo podría sucederle, aunque su corazón se hubiera alejado de Dios. Habían terminado amando más el templo que al Dios que habitaba en él; se aferraban a una seguridad religiosa externa, pero habían olvidado vivir la alianza.

Por eso, el cántico responsorial denuncia la raíz de aquella tragedia: «Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio la vida». Este olvido no consiste simplemente en dejar de pensar en Dios. Se puede asistir al templo, cumplir algunos preceptos y conservar prácticas religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Olvidar a Dios es desplazarlo del centro del corazón y sustituirlo por otros dioses: el dinero, el poder, la comodidad, el prestigio o las seguridades humanas.

Esta misma realidad aparece en el Evangelio. El joven era claramente un fiel observante de la Ley. Cuando Jesús enumeró los mandamientos como camino hacia la vida eterna, él respondió: «Todo eso lo he cumplido». Desde el punto de vista moral, esto es admirable. Revela una sincera devoción a la Ley de Dios y un compromiso digno de elogio con la justicia.

Sin embargo, Jesús no vino solamente a confirmar la Ley de Moisés, sino a llevarla a su plenitud y elevarla. Cuando el joven insistió y preguntó: «¿Qué me falta todavía?», manifestó un anhelo espiritual más profundo. Aunque había cumplido fielmente la Ley, presentía que había algo más. En su alma se despertaba el deseo de una mayor intimidad con Dios.

Es entonces cuando Jesús le presenta el ideal de la perfección: «Si quieres ser perfecto…». La obediencia a la Ley es fundamental, pero no constituye la culminación de la vida espiritual. Jesús nos invita a ir más allá de la simple obediencia, hacia un discipulado radical, una vida de completo desprendimiento y entrega de todo corazón.

La perfección, en este sentido, no consiste en no cometer nunca un error, sino en alcanzar la plenitud del amor. La meta del discipulado cristiano no se alcanza solamente evitando el pecado, sino entrando en una relación pura y transformadora con el Dios uno y trino; una comunión que nos introduce cada vez más profundamente en el amor divino.

El joven rico se marchó triste, «porque tenía muchos bienes». Deseaba la vida eterna e incluso percibía la llamada hacia algo superior a una vida moral mínima, pero sus apegos le impidieron recorrer el camino de la perfección. Tenía muchas posesiones, pero aquellas posesiones habían terminado poseyéndolo a él.

Este encuentro sagrado nos enseña varias lecciones espirituales importantes. En primer lugar, la vida eterna comienza con la obediencia —siempre sostenida por la gracia de Dios—, pero florece mediante la entrega. La primera pregunta que debemos hacernos, a la luz de este Evangelio, es si podemos, como el joven, afirmar honestamente que procuramos obedecer los mandamientos de Dios. Sin ese fundamento, todavía no estamos preparados para preguntar: «¿Qué me falta?».

Por la gracia de Dios, cuando vivimos una obediencia sincera a los Diez Mandamientos, estamos preparados para avanzar más profundamente y buscar la perfección. Y la perfección exige desprendernos de cualquier cosa que compita con nuestro amor por Cristo. Incluso las realidades buenas o moralmente neutras pueden convertirse en obstáculos cuando ocupan el lugar de Dios en nuestro corazón.

Para el joven rico, el obstáculo era su riqueza material. Jesús contempló su alma, conoció sus apegos y, con amor, le reveló el camino concreto hacia la comunión más profunda que deseaba: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme».

La riqueza material no es mala en sí misma; ninguno de los Diez Mandamientos la condena. Pero la perfección que conduce a una intimidad profunda con Dios exige algo más que una base moral: exige eliminar todo aquello que compite con el amor divino. El verdadero discipulado siempre implica una llamada a seguir a Jesús con un corazón sin reservas.

También a nosotros Jesús nos pregunta: «¿Qué te falta todavía?». Quizá nuestro obstáculo no sea el dinero. Puede ser el orgullo, el deseo de controlar a los demás, una relación desordenada, el apego a nuestra comodidad, el miedo al cambio, un resentimiento que no queremos abandonar o una tristeza a la que nos hemos acostumbrado. Cristo no busca empobrecernos, sino liberarnos. No quiere arrebatarnos la alegría; quiere mostrarnos dónde se encuentra el verdadero tesoro.

La muerte de nuestros seres queridos también nos recuerda que llegará el momento en que deberemos dejarlo todo. Nada material podrá acompañarnos. Solo permanecerán el amor que hayamos entregado, la fe que hayamos vivido y la misericordia que hayamos practicado. Al orar hoy por nuestros fieles difuntos, confiémoslos al Dios que les dio la vida, a la Roca que nunca abandona a sus hijos. Que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la plenitud de su Reino.

Reflexionemos hoy sobre la diferencia entre obedecer los mandamientos de Dios y entregarnos a Él con un amor radical y sin reservas. Si procuramos cumplir la Ley, ¿qué nos falta todavía? ¿Qué podría estar pidiéndonos Jesús que abandonemos para seguirlo con mayor perfección? Pidámosle que nos revele dónde están nuestros apegos y que nos conceda el valor para no alejarnos tristes, sino seguirlo con alegría y confianza, adondequiera que Él nos conduzca.

Señor de toda perfección, tu santidad supera toda comprensión y, sin embargo, bondadosamente me atraes hacia ti, invitándome a vivir en íntima unión contigo. Muéstrame cualquier obstáculo que dificulte mi camino hacia ti. Concédeme la gracia y el valor de entregar todo aquello que se interponga en el camino de la perfección que has colocado en mi alma como su deseo más profundo.

Recibe también a nuestros fieles difuntos. Perdona sus pecados, purifícalos con tu misericordia y concédeles contemplar eternamente tu rostro. Jesús, confío en ti. Amén.

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