« He aquí el Cordero de Dios »
Juan Bautista ve llegar
a Jesús. Ya no se trata de anunciar su venida, sino de reconocerlo como el
enviado de Dios. Su profecía sorprende:
« He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo ».
El cordero es un animal
dócil. No ladra ante el desconocido. No muerde al agresor. Es manso y frágil.
Y, sin embargo, es él quien cargará con el pecado de los hombres y que, en su
amor, lo vencerá en la Cruz. Sin este amor, no hay ninguna posibilidad de
vencer el mal o el pecado.
Juan dice lo esencial
de la misión de Jesús. El pecado es un muro que nos separa de Dios y nos impide
ver el cielo. Jesús viene a destruirlo. El pecado es una cadena invisible que
nos impide caminar a su lado. Y Él viene a nuestro encuentro.
El amor de Jesús no es
una idea, sino una experiencia de liberación y de alegría. El Cordero de Dios
no elimina el pecado a golpes de varita mágica. Lo asume decididamente sobre sí
y se convierte para cada uno en la promesa de una vida nueva.
Acostumbrados a juzgar
al otro, progresamos cuando dejamos de señalar con el dedo a nuestros
contemporáneos. Pero el Evangelio nos abre otra perspectiva, luminosa y más
exigente: para liberar al hombre, tomemos también sobre nosotros su pecado, aun
a riesgo de sufrir con él y por él.
Solo Jesús puede
realizar la obra de la salvación. Pero nosotros podemos participar en ella
adoptando su manera de mirar y experimentando su amor.
¿Cuáles son los momentos en los que puedo reconocer a Jesús
y encontrarme personalmente con Él?
¿Voy
a privilegiar su amor más que la fuerza, elegir el servicio y su humildad más
que el prestigio y el orgullo?
Vincent Leclercq, prêtre assomptionniste
Primera lectura
Is
49, 3. 5-6
Te
hago luz de las naciones, para que seas mi salvación
Lectura del libro de Isaías.
ME dijo el Señor:
«Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 (R.: cf. 8a y 9a)
R. Aquí estoy,
Señor, para hacer tu voluntad.
V. Yo esperaba con ansia
al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios. R.
V. Tú no quieres
sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R.
V. «—Como está
escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R.
V. He proclamado
tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R.
Segunda lectura
1
Cor 1, 1-3
A
ustedes, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo
Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
PABLO, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes,
nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados
por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el
nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a ustedes, gracia
y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya ,
aleluya.
V. El Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros; a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser
hijos de Dios. R.
Evangelio
Jn
1, 29-34
Este
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de
quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque
existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua,
para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó
sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que
bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
El Evangelio de este domingo nos sitúa ante una
escena decisiva: Juan Bautista ve a Jesús que viene hacia él y pronuncia
una frase que resume todo el misterio cristiano:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Ya no se trata de anunciar a alguien que vendrá,
sino de reconocer a Aquel que está presente. La fe madura no vive solo
de promesas futuras, sino de la capacidad de descubrir a Cristo actuando hoy,
en medio de la vida.
1. El Cordero de Dios: una fuerza
distinta
Juan no presenta a Jesús como un conquistador ni
como un líder poderoso según los criterios humanos, sino como un cordero:
manso, frágil, dócil.: el cordero no ataca, no responde con violencia, no se
impone por la fuerza.
Y, sin embargo, es precisamente ese Cordero el que carga
con el pecado del mundo y lo vence en la Cruz. Aquí se revela el corazón
del Evangelio:
el mal no se vence con más mal, sino con amor.
Sin amor verdadero, no hay posibilidad real de superar el pecado ni de
transformar la vida.
2. El pecado: muro que separa,
cadena que aprisiona
El pecado no es solo una falta moral; es una
realidad que rompe la comunión. Esto se puede expresar con dos imágenes
muy claras:
el pecado es un muro que nos separa de Dios
y una cadena invisible que nos impide caminar a su lado.
Jesús no viene a ignorar ese muro ni a disimular
esas cadenas. Viene a destruirlas, asumiéndolas sobre sí. No actúa con
“magia”, sino con una entrega total que llega hasta la Cruz. Su amor no es una
teoría, es una experiencia de liberación y de alegría para quien se deja
alcanzar por Él.
3. La misión del Siervo: luz para
todos
La primera lectura de Isaías amplía el horizonte:
Dios no llama a su Siervo solo para un grupo reducido, sino para ser luz de
las naciones, para que su salvación llegue hasta los confines de la tierra.
Esta misión no es solo de Jesús; también alcanza a
la Iglesia. Pero no podemos ser luz si antes no nos dejamos iluminar. No
podemos anunciar la salvación si no hemos experimentado primero la fuerza
liberadora del amor de Cristo en nuestra propia vida.
4. Reconocer a Jesús hoy
Juan Bautista dice con sencillez: «Yo lo he
visto y doy testimonio». La fe no se sostiene solo en lo que otros nos han
contado; crece cuando podemos decir: “yo lo he encontrado”.
Ese encuentro se da de muchas maneras: en la
Palabra escuchada con fe, en la oración sincera, en la Eucaristía celebrada con
el corazón abierto, en el servicio humilde a los hermanos. Allí el Cordero de
Dios sigue haciéndose presente, quitando el pecado, devolviendo esperanza y
ofreciendo vida nueva.
5. Una mirada evangélica más
exigente
La Palabra de Dios hoy nos invita a dar un paso más
profundo, estamos habituados a juzgar, a señalar con el dedo, a identificar
rápidamente el pecado del otro. El Evangelio, en cambio, nos propone una mirada
distinta y más exigente:
participar en la obra de la salvación adoptando la manera de ver de Jesús.
Solo Él salva. Pero nosotros colaboramos cuando elegimos
el amor antes que la fuerza, el servicio antes que el prestigio, la humildad
antes que el orgullo. Incluso cuando eso implica cargar con las fragilidades
del otro y sufrir con él y por él.
6. Gracia y paz
San Pablo abre su carta deseando gracia y paz.
No son palabras de cortesía; son dones fundamentales. Sin la gracia de Dios,
nuestros esfuerzos se agotan. Sin su paz, el corazón se divide y la vida se
desordena.
El Cordero de Dios es la fuente de esa gracia y de
esa paz. Acercarnos a Él es permitirle rehacer lo que el pecado ha roto.
Conclusión
Hermanos y hermanas:
Hoy, como entonces, el Cordero de Dios pasa delante
de nosotros. No viene a condenar, sino a cargar con nuestro pecado para
abrirnos un camino nuevo. La pregunta es sencilla y decisiva:
¿Lo reconocemos cuando viene a nuestro encuentro?
¿Elegimos su amor antes que la fuerza, su servicio antes que el prestigio?
Pidámosle al Señor la gracia de un corazón abierto,
capaz de reconocerlo, de dejarnos amar por Él y de vivir como testigos de su
amor que libera y salva.
Amén.
2
Hermanos y hermanas:
Desde el lunes pasado hemos iniciado el Tiempo Ordinario, un tiempo que puede
parecer “normal”, pero que en realidad es extraordinario, porque nos
introduce de lleno en la vida pública de Jesús. Después del misterio de
la Navidad —Dios hecho carne—, la liturgia nos invita ahora a contemplar qué
hace ese Dios hecho hombre, cómo salva, de qué manera transforma
la historia y el corazón humano.
El Evangelio de hoy comienza con una proclamación
solemne, densa, cargada de historia, fe y esperanza:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Vamos a recorrer el texto y su trasfondo paso a
paso, para dejarnos introducir en la profundidad del misterio pascual que ya se
anuncia desde el inicio del ministerio de Jesús.
1. “Juan vio a Jesús que venía
hacia él” (Jn 1,29)
El Evangelio comienza con una escena sencilla y, al
mismo tiempo, decisiva: Jesús viene hacia Juan. Antes de cualquier
palabra, está el movimiento de Dios hacia el ser humano. No somos nosotros los
que, por nuestras fuerzas, alcanzamos a Dios; es Dios quien sale a nuestro
encuentro.
Este detalle ilumina toda la vida cristiana: la fe
no empieza con una exigencia, sino con una visita. Jesús se acerca. La
iniciativa es suya. El cristianismo no nace del miedo ni de la obligación, sino
de un Dios que camina hacia nosotros para salvarnos.
2. “He aquí el Cordero de Dios”
(Jn 1,29)
La expresión que usa Juan Bautista no es casual ni
poética: está cargada de memoria bíblica.
Para el pueblo judío, la imagen del cordero evocaba
inmediatamente la Pascua. En la primera Pascua, el pueblo fue liberado
de la esclavitud sacrificando un cordero sin mancha, marcando con su sangre los
dinteles de las puertas y comiéndolo de pie, listos para partir. Aquella sangre
no fue un simple rito: fue signo de salvación, protección frente a la
muerte, inicio de una vida nueva.
Desde entonces, la Pascua se convirtió en el gran
memorial del amor fiel de Dios. Cada año recordaban que no se habían salvado
solos, sino porque Dios había intervenido con poder y misericordia.
Cuando Juan señala a Jesús como el Cordero,
está diciendo algo inmenso:
Jesús es la nueva Pascua, la liberación definitiva, el cordero
sin mancha que no solo marca una puerta, sino que entrega su propia vida
para abrirnos el camino a la libertad verdadera.
3. “Que quita el pecado del
mundo” (Jn 1,29)
Juan no dice que Jesús quita algunos
pecados, ni solo pecados individuales. Dice: “el pecado del mundo”. Con
esta expresión, el Evangelio nos invita a mirar más allá de la culpa personal y
a reconocer una realidad más profunda: el pecado como fuerza que esclaviza,
como estructura interior y social que rompe la relación con Dios, con los demás
y con uno mismo.
Jesús no viene a ignorar esa realidad ni a
relativizarla. Tampoco la elimina con gestos espectaculares: no hay varita
mágica. El Cordero quita el pecado cargándolo, asumiéndolo,
llevándolo hasta la Cruz.
Aquí se revela la lógica del amor cristiano:
el mal no se vence desde fuera, sino desde dentro;
no se derrota con violencia, sino con entrega;
no se anula huyendo, sino atravesándolo con amor.
4. “Un hombre viene después de
mí, pero está por delante de mí” (Jn 1,30)
Juan reconoce su lugar. Jesús comienza su misión
después, pero es primero. Aquí aparece el misterio profundo de Cristo:
su preexistencia. No es un profeta más, no es solo un enviado entre
otros. Él existía antes, porque viene de Dios.
Este reconocimiento no es solo teológico; es
profundamente espiritual. Juan nos enseña una actitud clave del creyente: descentrarse
para que Cristo sea el centro. Juan no se aferra a su prestigio, ni a sus
seguidores, ni a su éxito. Señala a Otro.
En la vida cristiana, el orden interior se
restablece cuando Cristo ocupa el primer lugar. Cuando Él está “por delante”,
lo demás encuentra su justa medida.
5. El trasfondo del Siervo
sufriente
El anuncio de Juan también evoca la figura del Siervo
sufriente, descrito como cordero llevado al matadero, que carga con
el pecado de muchos. No se defiende, no responde con violencia, no impone su fuerza.
Jesús no salva desde el poder que aplasta, sino
desde la obediencia confiada. Su autoridad nace del amor que se entrega.
En Él, el sacrificio deja de ser solo un rito externo y se convierte en don
total de sí mismo.
Por eso, cuando Jesús inicia su ministerio público,
lo hace ya bajo el signo de la Cruz. Toda su vida estará orientada a esa
entrega pascual que culminará en la resurrección.
6. Una palabra que debe resonar
hoy
Hoy queridos hermanos, se nos invita a ponernos en
el lugar de los discípulos de Juan: hombres y mujeres llenos de expectativa,
que aguardaban al Mesías con esperanza, preguntas y deseo de renovación.
Esa misma actitud se nos propone hoy. El inicio del
Tiempo Ordinario no es un descenso espiritual después de las fiestas; es una nueva
oportunidad para acoger la obra de Cristo como algo extraordinario
en nuestra vida.
La pregunta no es solo quién es Jesús, sino:
¿Qué lugar ocupa hoy su Pascua en mi existencia?
¿Lo dejo realmente quitar mi pecado, o me resisto a soltar mis cadenas?
7. “Aquí estoy, Señor” (Salmo 40)
El Salmo pone en nuestros labios la respuesta
adecuada: disponibilidad. No se trata solo de admirar al Cordero, sino
de seguirlo. La Pascua no es un espectáculo; es un camino.
Seguir al Cordero implica adoptar su estilo:
- elegir
el amor antes que la fuerza,
- el
servicio antes que el prestigio,
- la
humildad antes que el orgullo.
No es un camino fácil, pero es el único que conduce
a la libertad verdadera.
8. “Gracia y paz” (1 Co 1,1-3)
San Pablo resume los frutos de la Pascua en dos
palabras esenciales: gracia y paz.
La gracia es el don que nos precede y nos transforma.
La paz es el fruto de una vida reconciliada con Dios.
El Cordero de Dios no solo quita el pecado; recrea
al ser humano desde dentro, inaugurando una vida nueva.
Conclusión
Hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia nos señala a Jesús y nos dice, con
la misma fuerza de Juan Bautista:
“Míralo: es el Cordero de Dios”.
Al comenzar este Tiempo Ordinario, estamos llamados
a empezar de nuevo, a seguir a Cristo sin reservas, a dejar que su Pascua
actúe en nosotros con poder.
Que el Cordero de Dios quite nuestro pecado,
renueve nuestro corazón y nos conduzca a la libertad ganada por su sacrificio
pascual.
Y que, como Juan, podamos decir con la vida:
“Yo lo he visto… y doy testimonio”.
Conclusión
mariana
Hermanos
y hermanas:
Después
de haber contemplado a Cristo,
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo y nos introduce
en la Pascua nueva, no queremos terminar esta reflexión solos. Como Iglesia,
aprendemos a mirar a Jesús
con los ojos de María, la primera creyente, la mujer que supo
reconocer la presencia de Dios en lo sencillo y seguirlo con un corazón
totalmente disponible.
Por
eso hoy nos confiamos a la Nuestra
Señora del Carmen, Madre y protectora, Estrella del mar y guía
segura en el camino de la fe. Ella acompañó en silencio la misión de su Hijo,
guardó sus palabras en el corazón y permaneció firme al pie de la Cruz, cuando
el Cordero de Dios entregaba su vida por la salvación del mundo.
María
del Carmen nos enseña a no
huir del sacrificio, a confiar
cuando el camino se vuelve oscuro, y a seguir a Cristo sin reservas,
aun cuando no lo entendemos todo. Bajo su manto, aprendemos a elegir el amor
antes que la fuerza, el servicio antes que el prestigio, la humildad antes que
el orgullo.
Que
Ella, Madre del Carmelo, nos ayude a acoger con fe la obra del Cordero, a
dejarnos purificar por su gracia y a caminar cada día como discípulos fieles de
su Hijo.
Que nos cubra con su escapulario como signo de protección, compromiso y
esperanza, y nos conduzca siempre a Jesús, nuestra Pascua y nuestra paz.
Amén.

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