sábado, 28 de febrero de 2026

Primero de marzo del 2026: segundo domingo de Cuaresma-Ciclo A

 

La verdadera luz

Transfigurado ante Pedro, Santiago y Juan, Jesús anticipa la gloria de su resurrección, pero también la de la Cruz. Al acercarse su proceso, revela a sus íntimos el sentido de los acontecimientos venideros. Tendrán mucha necesidad de esa luz para vivir la Pasión, atravesar las persecuciones y transmitirla a su vez.

La escena comienza con Jesús, Moisés y Elías. Pero Él queda solo para continuar el camino con sus discípulos. Después de los profetas y de la Ley, Cristo Jesús es desde ahora el único que manifiesta la gloria del Padre. La luz que transfigura su rostro y sus vestiduras viene de Él. Desde el origen, ella ha marcado su presencia en el mundo. El sol y la luna llegaron solamente al cuarto día de la Creación. Los astros son señales que marcan la alternancia del día y la noche, pero no son la luz. Cada color posee una manera diferente de reflejarla. El carbón y el diamante son químicamente idénticos. Pero uno aparece negro y el otro brillante porque dejan pasar la luz de manera diferente.

La Transfiguración revela la gloria del Hijo. Recuerda también que Dios es la verdadera luz que brilla sobre toda la Creación. Anticipa, por último, lo que nosotros somos. La Transfiguración de Jesús “marca el rumbo” y nos dice: «¡Levántense y no tengan miedo!», porque cada uno, a su manera, está llamado a dejarse habitar por la santidad de Dios para irradiar a su vez el fuego de su amor.

En este tiempo de Cuaresma, ¿dejaré que Cristo ilumine mi vida?

¿Cómo manifestar la presencia del Padre y la vida totalmente entregada de su Hijo a aquellos que todavía se demoran en la noche?

Vincent Leclercq, prêtre assomptionniste

 


Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (12,1-4a):

En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»

 Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Palabra de Dios

 

 

 

Salmo

Sal 32,4-5.18-19.20.22


R/.
 Que tu misericordia, Señor,

venga sobre nosotros, 

como lo esperamos de ti


La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

 

 

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1,8b-10):

Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

Palabra de Dios

 


Lectura del santo Evangelio según San Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomo consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. 
Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 
Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 
Pedro, entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: 
—Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: 
—Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle. 
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 
Jesús se acercó y tocándolos les dijo: 
—Levantaos, no temáis. 
Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: 
—No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en la vida que marcan un antes y un después. Una hora inolvidable. Un instante de luz que nos sostiene durante años. El Evangelio de hoy nos habla precisamente de eso: de una experiencia luminosa, transformadora, que no es para evadir la realidad, sino para aprender a vivirla con esperanza.

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a movernos. A desplazarnos interiormente. A salir de nuestro pequeño jardín, de nuestras seguridades, de nuestra vida cómoda y tranquila.

Los textos bíblicos de hoy nos proponen tres movimientos espirituales que son fundamentales en el camino cuaresmal:

1.    Dejar la casa.

2.    Subir para descubrir la luz.

3.    Aceptar bajar nuevamente al valle.

1. Dejar la casa: el llamado de Abraham

La primera lectura nos presenta a Abraham. Dios le dice: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre”. Es un llamado radical. Abraham vivía en un ambiente donde Dios era desconocido, pero se atreve a confiar. Camina hacia lo que no ve. Se pone en camino sin garantías humanas.

La Cuaresma comienza exactamente así: con una invitación a salir. Salir de la rutina espiritual. Salir del pecado que se ha vuelto costumbre. Salir de los resentimientos que nos encadenan. Salir de la tibieza.

Muchas veces queremos la bendición de Dios, pero sin movernos de donde estamos. Abraham nos enseña que la bendición comienza cuando damos el paso.

También a nosotros el Señor nos dice: deja aquello que te impide crecer. Deja lo que te aleja de mí. Deja lo que te roba la paz.

Vivir la Cuaresma es aceptar ese desplazamiento interior. Es alimentarnos cada día del Evangelio. Es seguir al Señor por caminos que no siempre habíamos previsto.

2. Subir a la montaña: la experiencia de la luz

En el Evangelio, Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan y “los llevó aparte a una montaña alta”. En la Biblia, la montaña es el lugar del encuentro íntimo con Dios. Es el espacio del silencio, de la oración, de la revelación.

Allí Jesús se transfigura. Su rostro resplandece como el sol. Deja transparentar su gloria. Él mismo había dicho: “Yo soy la luz del mundo”. Hoy permite que sus discípulos contemplen esa luz.

Pedro queda fascinado. Quiere quedarse allí. “Señor, qué bien estamos aquí”. Es la tentación de instalarnos en los momentos de consuelo espiritual. De buscar solo experiencias fuertes, emociones intensas, sin querer volver a la realidad.

Pero en medio de esa escena luminosa, se escucha una voz desde la nube:
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escúchenlo.”

Esta es la palabra central de hoy. No es el sacerdote quien la dice. No es una opinión humana. Es el Padre quien nos habla: “Escuchen a mi Hijo.”

Escuchar a Jesús implica cercanía. Implica tiempo. Implica silencio. Implica lectura orante de la Palabra. Implica Eucaristía dominical vivida con profundidad.

En esta Cuaresma, quizá el compromiso más concreto podría ser este: cada día, aunque sea unos minutos, abrir el Evangelio y dejar que Cristo nos hable. No es un libro antiguo. Es el Señor vivo quien nos habla.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que Dios nos ha salvado y nos ha dado la gracia en Cristo Jesús antes de todos los siglos. Él hace resplandecer la vida y la inmortalidad por el Evangelio. La fuerza de Dios acompaña al que escucha y anuncia.

3. Bajar al valle: la misión

Pero la Transfiguración no termina en la montaña. Jesús los conduce de nuevo hacia abajo. Hay que descender.

Y el valle no siempre es amable. Es el lugar de las enfermedades, de las injusticias, de la pobreza material y espiritual. Es el lugar de las tensiones familiares. Es el lugar de las preocupaciones económicas. Es el lugar de nuestras luchas interiores.

No podemos quedarnos instalados en una espiritualidad evasiva. El encuentro con Cristo nos impulsa a volver al mundo con un corazón transformado.

El discípulo sube para contemplar, pero baja para servir.

Hemos escuchado la Palabra. La llevamos en el corazón. Pero si no la comunicamos, si no la encarnamos en gestos concretos de caridad, se marchita.

San Juan Pablo II decía:
“A Jesucristo es imposible conocerle y no amarlo; amarlo y no seguirlo.”
Y hoy podríamos añadir: es imposible seguirlo y no anunciarlo.

Escuchar a Jesús y dárselo a los demás: esa es la misión de todo bautizado.

Cuaresma: camino hacia la transfiguración

Hermanos, la Cuaresma no es un tiempo triste. Es un tiempo de transformación. Somos atraídos por la esperanza de la transfiguración final. Cristo nos deja entrever la gloria para que no perdamos la esperanza cuando atravesamos el valle.

En un mundo desfigurado por la violencia, por la mentira, por el desprecio de la dignidad humana, nosotros estamos llamados a ser testigos de la luz.

Como Abraham, pongámonos en camino.
Como los discípulos, subamos a la montaña de la oración.
Como verdaderos misioneros, bajemos al valle para llevar esperanza.

Que el Señor esté siempre con nosotros, y que nosotros permanezcamos siempre con Él, para que toda nuestra vida sea testimonio del amor con que Él nos ha amado.

Amén.

 

2

 

Hermanos, el Evangelio de hoy nos lleva a una montaña: la Transfiguración. Y lo primero que conviene decir es esto: Jesús no sube al monte para huir del mundo, sino para aprender a cargarlo mejor. No es una escapada espiritual; es una lámpara encendida para cuando llegue la noche.

1) Una luz para la hora difícil

Como dice alguien, Jesús anticipa la gloria de la resurrección, pero también la de la Cruz. Qué realista es el Señor: no promete un camino sin heridas; promete una luz que no se apaga. Por eso toma a Pedro, Santiago y Juan: los mismos que lo verán agonizar en Getsemaní. Antes del sudor y la oscuridad, les regala claridad. Antes del escándalo de la Cruz, les muestra el rostro amado del Hijo.

En la vida pasa igual: cuando alguien atraviesa una prueba —una enfermedad, un duelo, una crisis familiar, una tentación persistente— lo que más se necesita no es una explicación perfecta, sino una luz interior: recordar quién es Dios, quién soy yo para Él, y hacia dónde va mi historia. La Transfiguración es esa memoria luminosa: “No todo termina en viernes santo; hay un domingo en camino”.

2) “Escúchenlo”: la obediencia que nos ordena por dentro

En el monte no solo aparece luz; aparece una voz: “Este es mi Hijo amado… escúchenlo” (Mt 17,5). La Cuaresma no es primero “hacer cosas”, sino volver a escuchar. Porque muchas sombras nacen del ruido: el ruido de la comparación, de la envidia, del resentimiento, del “yo tengo la razón”, del miedo a perder el control.

Desde una mirada también psicológica: cuando el corazón está herido, uno tiende a cerrarse, a leer la realidad con filtros oscuros, a reaccionar antes de comprender. Escuchar a Cristo es permitir que su palabra reordene mi mundo interior: me calme, me corrija, me consuele, me vuelva capaz de amar.

Y aquí el Evangelio es concreto: la fe no es una emoción de cumbre; es una obediencia cotidiana. La voz no dice “admírenlo”, dice “escúchenlo”. La luz no es un espectáculo; es dirección.

3) Carbón y diamante: misma materia, distinta transparencia

Alguien comentando este evangelio, y con el fin de entenderlo mejor, nos trae una imagen preciosa: el carbón y el diamante son químicamente iguales, pero uno se ve negro y el otro brillante porque dejan pasar la luz de modo diferente.

¡Ahí está una clave cuaresmal! En el fondo, Dios puede estar muy cerca… y sin embargo yo puedo “verlo negro” por dentro: por una culpa no sanada, por una adicción a la que ya me rendí, por una tristeza antigua, por el orgullo que me endurece. La Cuaresma es la gran escuela de la transparencia: dejar que la gracia atraviese nuestras capas.

Pregúntese con serenidad:

  • ¿Qué “capas” están bloqueando la luz en mí?
  • ¿Qué tengo que confesar, perdonar o soltar para volver a brillar?
  • ¿A quién debo escuchar de nuevo: a Cristo o a mis miedos?

4) Abraham: salir para poder ver

La primera lectura (Gn 12) también es un “subir al monte”, pero en forma de viaje: “Sal de tu tierra…” Abraham no recibe un mapa: recibe una promesa. Y esa promesa lo mueve.

Aquí está el vínculo: no hay transfiguración sin éxodo. Si me quedo instalado en lo cómodo —en mi “tierra”— mi fe se vuelve rutina. En cambio, Dios me llama a salir: salir del ego, salir del rencor, salir del “siempre ha sido así”, salir de la pereza espiritual. La Cuaresma es ese éxodo: menos cadenas, más libertad.

5) “Levántense y no tengan miedo”

Cuando los discípulos caen al suelo, Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levántense… no tengan miedo” (Mt 17,7). Qué gesto: Dios no ilumina desde lejos; toca la vida. No solo revela su gloria; se inclina sobre nuestra fragilidad.

Hoy, quizá hay personas “en el suelo”:

  • por ansiedad o cansancio;
  • por un pecado repetido que ya parece destino;
  • por preocupaciones económicas o familiares;
  • por un dolor que no se comparte.

Jesús se acerca. Y no dice: “Arreglen su vida y después vuelvan”. Dice: “Levántense”. Primero la gracia, luego el paso. Primero su mano, luego mi respuesta.

6) Bajar del monte: llevar luz a quienes están en la noche

Pedro quiere hacer tres tiendas, quedarse allí. Es comprensible: en la cumbre se siente paz. Pero el Evangelio termina bajando. Porque la luz se nos da para servir, no para escondernos en una burbuja espiritual.

Hermanos, preguntémonos con fuerza: “¿Cómo manifestar la presencia del Padre a quienes todavía se demoran en la noche?”
Respuesta sencilla y exigente: siendo luz con obras pequeñas y fieles.

Tres gestos concretos para esta semana:

1.    Un silencio diario de 10 minutos con el Evangelio: “Señor, ¿qué quieres que escuche hoy?”

2.    Una reconciliación pendiente: un mensaje, una llamada, una disculpa, o al menos la decisión interior de perdonar.

3.    Una obra de misericordia visible: visitar a un enfermo, ayudar a alguien que no puede, acompañar a quien está solo, compartir pan y tiempo.

Así la Transfiguración deja de ser “una escena hermosa” y se vuelve “una vida luminosa”.


Intención orante

Señor Jesús, verdadera Luz, transfigura nuestras sombras: ilumina nuestras decisiones, sana nuestras heridas, fortalece nuestra esperanza. Que esta Cuaresma nos haga transparentes a tu amor, para que muchos que caminan en la noche encuentren en tu Iglesia un rostro encendido de misericordia. Amén.

 

3

 

Hermanos, hoy Pedro exclama: “Señor, ¡qué bueno es estar aquí!” (Mt 17,4). Esa frase, tan humana y tan orante, nos abre una enseñanza cuaresmal: aprender a comprender nuestros días buenos y días malos desde el criterio de Dios: la obediencia amorosa, incluso cuando nos pide cargar la cruz.

1) Pedro ante la luz: un corazón desbordado

Pedro se siente sobrepasado por la gloria de Jesús. Ha visto un destello del verdadero rostro del Maestro. Y por eso reacciona con espontaneidad: “¡Qué bueno es estar aquí!” Es lo que nos pasa cuando Dios nos regala un momento de claridad: una oración que consuela, una Eucaristía que reanima, una confesión que libera, una palabra que nos reconcilia con la vida.

Pero la liturgia no nos deja quedarnos en la emoción del monte: nos muestra el camino completo… y allí aparecen también los “días malos”, las noches, las pruebas.

2) Un “día bueno” y un “día malo”: cuando la fe pasa por la obediencia

Pedro había tenido un día “bueno” cuando confesó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16) y recibió una misión. Pero luego vino el “día malo”: cuando Jesús anuncia la pasión, Pedro lo quiere impedir y termina escuchando aquella corrección fuerte: “piensas como los hombres, no como Dios” (cf. Mt 16,23).

Aquí se revela el punto central: la calidad espiritual de un día no se mide por si fue fácil o difícil, sino por si fui dócil a Dios o me resistí. Muchas veces lo que llamamos “día malo” es, en realidad, un día donde Dios me estaba pidiendo crecer, madurar, amar mejor… y yo no quería.

3) Primera lectura: Abraham y el día en que “salir” es lo mejor

La primera lectura (Gn 12,1-4a) encaja perfecto con este tema. Dios le dice a Abrán: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre…”. ¡Eso no suena “cómodo”! Es el comienzo de una fe adulta: dejar seguridades, romper inercias, caminar sin mapa, fiarse de una promesa.

Para Abrán, humanamente, ese pudo ser un “día malo”: dejar lo conocido. Pero bíblicamente fue un día buenísimo, porque fue un día de obediencia. Y por esa obediencia, Dios le promete bendición: “serás bendición… en ti serán benditas todas las familias” (cf. Gn 12).

Cuaresma es escuchar esa misma voz: “sal”.
Salir de qué: de la rutina sin oración, de la queja constante, del orgullo, de la doble vida, del resentimiento, de la envidia, de la tibieza… Salir para que Dios haga de mí una bendición.

4) Salmo 33: confiar cuando no se ve, esperar cuando cuesta

El salmo responsorial (Sal 33/32) pone en nuestra boca una respuesta para los días inciertos:
“Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti.”

El salmo insiste en dos palabras: confianza y esperanza. “Los ojos del Señor están sobre los que esperan en su misericordia… para librarlos de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre” (cf. Sal 33). Es decir: cuando el día se pone oscuro, la fe no niega la realidad, pero se apoya en Alguien.

Esto es clave: Pedro en el monte está feliz; pero el salmo le enseña a la comunidad a decir “¡qué bueno!” también cuando todavía no hay luz completa, cuando toca esperar.

5) Segunda lectura: Pablo nos da el criterio definitivo del “buen día”

La segunda lectura (2 Tim 1,8b-10) es oro puro para interpretar la Transfiguración y los días difíciles. Pablo le dice a Timoteo:
“No te avergüences… toma parte en los sufrimientos por el Evangelio, apoyado en el poder de Dios.”

¡Qué frase! Pablo no romantiza el dolor, pero sí lo ilumina: si se sufre por amar, por servir, por ser fiel, no es un día perdido. Y añade el gran anuncio: Cristo “destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad” (cf. 2 Tim 1,10). Esa es, justamente, la luz de la Transfiguración: antes de la cruz, Jesús deja ver que el final no es la muerte, sino la Vida.

Así, un día “bueno” es el día en que, con lágrimas o sin ellas, yo digo: “Señor, quiero ser fiel. Quiero amar. Quiero obedecer.”

6) Evangelio: la Transfiguración, luz para la noche del camino

Jesús deja pasar “seis días” y sube al monte con Pedro, Santiago y Juan (Mt 17,1). Es como si les dijera: “Han escuchado lo de la cruz; ahora necesitan una lámpara para no desmoronarse.” Y entonces su rostro brilla, sus vestiduras se vuelven blancas, aparecen Moisés y Elías (Mt 17,2-3). La Ley y los Profetas señalan a Cristo: Él es el centro.

Pedro quiere armar tiendas. Quiere detener el momento. Y Jesús, con ternura, lo educa: la luz no es para quedarse arriba; es para bajar y seguir, para atravesar Getsemaní, para no huir del Calvario, para llegar a la Pascua.

7) Aplicación: redefinir “días buenos” y “días malos”

Entonces, ¿qué es un día bueno?

  • El día en que digo “sí” como Abraham, aunque no entienda todo.
  • El día en que espero como el salmista, aunque tenga miedo.
  • El día en que no me avergüenzo del Evangelio como Pablo, aunque implique cargar algo.
  • El día en que amo cuando cuesta.

Y ¿qué sería un día realmente malo?
No el de la prueba, sino el día en que me cierro, me endurezco, me vuelvo piedra, me niego a obedecer y a amar.

8) Tres propósitos cuaresmales (concretos)

1.    “Sal de tu tierra”: elija un “éxodo” esta semana (un hábito que romper, una reconciliación que buscar, un tiempo fijo de oración).

2.    “Como lo esperamos de Ti”: cada día, una jaculatoria del salmo:
“Señor, en Ti esperamos.”

3.    “Toma parte en los sufrimientos por el Evangelio”: un acto de amor sacrificado: visitar, servir, perdonar, ayudar en silencio, sostener a alguien.

Oración final

Señor Jesús, Luz del Padre, enséñame a decir con Pedro: “¡Qué bueno es estar aquí!” cuando me consuelas, y también cuando me llamas a amar con cruz. Hazme obediente como Abraham, confiado como el salmista y valiente como Pablo. Que esta Cuaresma me transfigure por dentro, para que yo sea bendición para muchos.
Jesús, en Ti confío. Amén.

 

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