viernes, 17 de julio de 2026

En los 100 años de su nacimiento: Yolanda Vargas Dulché, la mamá de Memín: la mujer que llenó de historias mi infancia

 

Al cumplirse cien años del nacimiento de la gran escritora mexicana, recuerdo el universo de Memín Pinguín, su entrañable “Ma’ Linda” y aquellos amigos que también acompañaron mi niñez.




Por tanto, este 18 de julio de 2026 se cumplen cien años de su nacimiento. Y es una ocasión inmejorable para recordarla.

La mujer que llenó de historias mi infancia

Hay escritores a quienes uno descubre cuando ya conoce el significado de la palabra literatura. Otros, en cambio, llegan mucho antes: entran en nuestra vida cuando somos niños, se sientan junto a nosotros y terminan formando parte de nuestros recuerdos familiares.

Yolanda Vargas Dulché pertenece, para mí, a este segundo grupo.

Su nombre quizás no me resultaba familiar durante mis primeros años, pero su criatura más célebre sí lo era. Crecí rodeado de Memín Pinguín, de su madre, la inolvidable Eufrosina —su “Ma’ Linda”, a quien muchos lectores llamábamos cariñosamente “Gran Ma”—, y de sus inseparables amigos Carlos “Carlangas” Arozamena, Ernesto Vargas y Ricardo Arcaraz.

Aquel mundo me conquistó desde muy niño.

Las revistas de Memín no eran para mí simples cuadernos de historietas. Cada ejemplar abría una ventana hacia un universo donde cabían la travesura y el sufrimiento, la escuela y la calle, el fútbol y las peleas, la pobreza y la dignidad, el compañerismo, los errores, el arrepentimiento y el inmenso amor de una madre.

Memín podía hacernos reír con sus ocurrencias y, pocas páginas después, conmovernos hasta las lágrimas. Era inquieto, exagerado, ingenuo, a veces incorregible, pero poseía un corazón noble. Se equivocaba, recibía las consecuencias de sus actos y volvía a levantarse. Sobre todo, amaba entrañablemente a su madre.

Tal vez allí se encontraba uno de los grandes secretos de la historieta: los lectores no solamente contemplábamos las aventuras de unos personajes; sentíamos que caminábamos con ellos. Éramos, de alguna manera, el quinto integrante de aquella pandilla.

Una infancia pobre que se convirtió en semillero de personajes

Yolanda fue hija de Armando Vargas de la Maza, periodista, actor y cineasta, y de Josefina Dulché. Sus padres se separaron cuando ella tenía apenas cinco años. Durante algún tiempo fue internada en un colegio de religiosas, experiencia que, según contó muchos años después, resultó especialmente dura.

Regresó después al lado de su madre, pero el padre ya no vivía con ellas. Yolanda, su madre y su hermana Elba tuvieron que enfrentar estrecheces económicas y frecuentes cambios de residencia y escuela.

Paradójicamente, aquella inestabilidad le permitió conocer niños de ambientes muy diversos. Observó sus maneras de hablar, sus juegos, sus conflictos y sus sueños. Muchos de esos rostros terminarían reapareciendo, transformados por la imaginación, en sus historietas.

Durante la secundaria escribió en una libreta un texto autobiográfico titulado Cristal. Quería —según explicó ella misma— contar su vida con transparencia, “sin ninguna opacidad”. Más tarde envió algunos cuentos a El Universal, que fueron publicados con comentarios favorables.

Era autodidacta. No tuvo una formación universitaria, pero poseía tres dones esenciales para una narradora: sabía observar, sabía escuchar y comprendía el corazón humano.

De cantante a contadora de historias

Antes de alcanzar la fama como escritora, Yolanda y su hermana Elba incursionaron en el canto. Formaron el dueto Rubia y Morena y actuaron en la famosa emisora XEW. Interpretaron canciones relacionadas con figuras como Agustín Lara, Pedro Vargas y Toña la Negra.

La música, sin embargo, no proporcionaba suficientes ingresos. Yolanda comenzó entonces a escribir cuentos, reportajes y argumentos para historietas. Colaboró con publicaciones como El Universal, Esto, Chamaco Chico y Pepín, perteneciente a la cadena editorial de José García Valseca.

La Enciclopedia de la Literatura en México sitúa sus primeras publicaciones en 1941, sus reportajes en Esto en 1943 y la consolidación de Memín Pinguín hacia 1945.

En aquellas redacciones se trabajaba a una velocidad hoy difícil de imaginar. El argumento debía escribirse, convertirse en guion, dividirse en escenas y pasar a dibujantes, fondistas y letristas. Todo debía estar preparado para la siguiente edición. Yolanda demostró una extraordinaria capacidad para producir relatos populares sin perder el hilo emocional de sus personajes.

El nacimiento de Memín Pinguín

Memín apareció inicialmente dentro de una sección llamada Almas de niño. En aquella primera etapa era un personaje secundario, pero su personalidad fue creciendo hasta reclamar una historia propia.

El nombre tenía un origen afectivo. Guillermo de la Parra, entonces novio de Yolanda y posteriormente su esposo, le contó que de niño era tan travieso que lo llamaban “Pingo” o “Memín Pinguín”. Ella tomó el apodo y se lo entregó a su personaje.

Su apariencia estuvo relacionada con un viaje que Yolanda realizó a Cuba junto con su hermana. Allí observó a niños afrodescendientes que llamaron poderosamente su atención. Con el tiempo, diversos dibujantes ayudaron a definir gráficamente al personaje. Entre ellos sobresalió Sixto Valencia, responsable de la imagen más reconocida de Memín.

Yolanda decía que, cuando un personaje adquiría verdadera fuerza, comenzaba a moverse solo y ella se limitaba a seguirlo. Confesó que muchas veces se reía mientras escribía las ocurrencias del pequeño. Su madre le preguntaba de qué se reía, y Yolanda respondía que de las “tarugadas” de Memín.

Pero detrás de las travesuras había algo profundamente autobiográfico. Memín crecía sin padre y encontraba en Eufrosina el centro de su universo. Yolanda reconoció que el amor de Memín hacia su madre reflejaba el amor que ella misma había sentido por Josefina Dulché, la mujer con quien había compartido las dificultades de su infancia.

Eufrosina: pobreza, maternidad y dignidad

No se puede hablar de Memín sin hablar de Eufrosina.

La madre de Memín era pobre, trabajadora, protectora y enérgica. Podía reprender severamente a su hijo, pero también era capaz de sacrificarse por él hasta el extremo. No poseía bienes ni educación académica, pero tenía algo mucho más grande: dignidad.

En ella reconocíamos a tantas madres latinoamericanas que han criado a sus hijos en medio de la escasez; mujeres que trabajan, corrigen, cocinan, consuelan, rezan y hacen milagros cotidianos para que el alimento alcance.

Desde una lectura pastoral, el vínculo entre Memín y su madre tocaba una verdad profundamente humana: somos salvados muchas veces por personas sencillas cuyo amor permanece cuando todo lo demás falla. En Eufrosina había dureza exterior y ternura inmensa; pobreza material y una extraordinaria riqueza de corazón.

Una obra mucho más amplia que Memín

Aunque Memín fue su personaje más popular, Yolanda Vargas Dulché creó más de sesenta historias. Entre las más conocidas se encuentran:

  • María Isabel
  • Rubí
  • Yesenia
  • El pecado de Oyuki
  • Ladronzuela
  • Encrucijada
  • Gabriel y Gabriela
  • Vagabundo
  • Cinco rostros de mujer

Muchas de ellas pasaron de la historieta a la radio, el cine y la televisión. María Isabel, Rubí, Yesenia y El pecado de Oyuki conocieron adaptaciones que alcanzaron enorme popularidad dentro y fuera de México.

Sus protagonistas femeninas no siempre respondían al modelo de la mujer resignada y pasiva. Algunas luchaban contra los prejuicios sociales; otras se enfrentaban a la pobreza, la marginación o el abandono. Rubí, por ejemplo, encarnaba la inteligencia y la belleza utilizadas al servicio de la ambición. María Isabel representaba la nobleza y dignidad de una mujer indígena. Oyuki permitía asomarse —con los límites propios de la mirada occidental de entonces— a la cultura japonesa.

Yolanda escribía melodramas, pero conocía muy bien las posibilidades del género. Sabía que la vida popular no está compuesta solamente por ideas abstractas: está hecha de afectos, pérdidas, injusticias, amores, traiciones, lágrimas y esperanzas.

De escritora popular a empresaria

En 1951957 Yolanda se separó de la organización editorial de García Valseca y fundó con su esposo Guillermo de la Parra la Editorial Argumentos, que posteriormente se convertiría en Editorial Vid.

El camino no estuvo exento de dificultades. Hubo fracasos iniciales, riesgos financieros y necesidad de comenzar nuevamente. Sin embargo, el éxito de publicaciones como Lágrimas, Risas y Amor consolidó el proyecto.

Yolanda llegó a ser una de las escritoras más leídas de México. Sus historias circularon no solamente por América Latina, sino también por países como Italia, Indonesia, China, Japón y Filipinas. En Colombia, Memín encontró un público especialmente fiel. Sus revistas pasaban de mano en mano, se intercambiaban, se coleccionaban y se volvían a leer.

Junto con su esposo incursionó también en la industria hotelera. Aquella niña que había conocido la pobreza llegó a convertirse en una importante empresaria, sin abandonar nunca su oficio esencial: contar historias.

¿Cuál era su creencia religiosa?

No he encontrado una fuente biográfica suficientemente sólida que permita afirmar con precisión cuál era su práctica religiosa personal, ni sería responsable atribuirle una militancia confesional que no está documentada.

Sabemos que durante una etapa de su niñez estuvo interna en un colegio de religiosas. Además, en sus obras aparecen convicciones morales cercanas al ambiente cristiano y popular del México de su tiempo: el valor de la familia, el sacrificio materno, el arrepentimiento, el perdón, la recompensa del bien y la convicción de que cada persona cosecha aquello que siembra.

Ella misma afirmaba que las vidas sufridas terminaban encontrando alguna recompensa y que, tarde o temprano, “todo se paga”. Sin embargo, estas ideas deben presentarse como parte de su sensibilidad moral y de su visión narrativa, no como prueba concluyente de una fe católica explícitamente practicada.

Lo cierto es que sus mejores personajes expresan una confianza persistente en la posibilidad de la conversión. En sus historias casi nadie es completamente bueno ni absolutamente malo. Las personas se equivocan, hieren, sufren, aprenden y algunas veces cambian. Esa mirada compasiva constituye uno de los rasgos más humanos de su literatura.

Memín ante la sensibilidad de nuestro tiempo

Un homenaje verdadero no debe convertirse en una idealización incapaz de reconocer las preguntas que el paso del tiempo plantea.

La representación gráfica de Memín utilizó rasgos exagerados procedentes de antiguas caricaturas raciales. La controversia alcanzó especial intensidad en 2005, cuando México emitió una serie de estampillas con su imagen. Investigadores y organizaciones afrodescendientes señalaron que esa apariencia reproducía estereotipos ofensivos y contribuía a normalizar formas de discriminación. La discusión fue estudiada incluso en ámbitos académicos, como muestra este análisis sobre Memín, racismo y discriminación.

No debemos negar esa dimensión. Una cosa es el cariño que millones de lectores sentimos por el personaje y por los valores de sus historias, y otra la necesidad de examinar críticamente una iconografía nacida en un contexto cultural diferente.

Podemos conservar la memoria afectiva y, al mismo tiempo, aprender. Podemos reconocer la intención de presentar a un niño noble, alegre y digno, pero también escuchar a quienes encuentran dolorosa su representación. La nostalgia no debe cerrar nuestros ojos ante la dignidad de los pueblos afrodescendientes.

En Colombia, tierra de una inmensa riqueza afrocolombiana, esta lectura resulta especialmente necesaria. El mejor homenaje a Memín sería conservar su alegría, su amor filial y su sentido de la amistad, pero liberarlo de cuanto pueda reducir a una persona a una caricatura de su raza.

Sus últimos años

Yolanda continuó participando en adaptaciones de sus obras durante las últimas décadas de su vida. Alondra, estrenada en 1995 e inspirada en su historia Casandra, fue uno de sus últimos grandes éxitos televisivos. También intervino en la nueva adaptación de María Isabel, emitida entre 1997 y 1998.

En sus últimos años trabajaba en Aroma del tiempo, obra de carácter autobiográfico que quedó inconclusa.

Falleció durante la madrugada del 8 de agosto de 1999, en su residencia del Pedregal de San Ángel, en Ciudad de México. Estaba acompañada por su esposo, Guillermo de la Parra. Según el testimonio familiar recogido por la prensa, su muerte fue inesperada: la noche anterior todavía había compartido y bromeado con los suyos.

Dejó cinco hijos, numerosos nietos y una familia vinculada al mundo de la cultura. Entre sus descendientes se encuentran la directora de orquesta Alondra de la Parra y el actor y cantante Mané de la Parra.

La mamá de Memín

Cuando pienso en Yolanda Vargas Dulché, no pienso solamente en cifras de ventas, editoriales, películas o telenovelas. Pienso en una mujer que supo entrar en el corazón de los niños sin tratarlos como seres incapaces de comprender el sufrimiento.

En las páginas de Memín había humor, pero también pobreza; aventuras, pero también discriminación; travesuras, pero también consecuencias; lágrimas, pero nunca desesperanza definitiva.

Hoy comprendo que aquellas revistas también me enseñaron algo acerca de la amistad. Carlangas, Ernestillo y Ricardo tenían temperamentos y condiciones sociales diferentes, pero permanecían unidos. Discutían, se peleaban, se reconciliaban y volvían a caminar juntos. En aquel grupo cabían la diversidad, la lealtad y el aprendizaje de vivir con otros.

Y estaba siempre la Gran Ma, Eufrosina, recordándonos que detrás de muchos niños inquietos existe una madre que espera, trabaja y ama.

Por eso, al cumplirse cien años del nacimiento de Yolanda Vargas Dulché, quiero recordarla desde la gratitud. Fue la “Reina de las Historietas”, pero para varias generaciones será siempre algo más entrañable: la mamá literaria de Memín.

Gracias, doña Yolanda, por aquel niño travieso que se coló en nuestras casas; por sus amigos inseparables; por la nobleza de Eufrosina; por enseñarnos que también se puede llorar leyendo una historieta y que la literatura popular, cuando nace de la observación y la empatía, puede acompañarnos durante toda la vida.

Aquel mundo dibujado en pequeñas viñetas no fue para mí un pasatiempo cualquiera. Fue parte de mi infancia. Y cada vez que recuerdo a Memín corriendo hacia los brazos de su “Ma’ Linda”, vuelvo por un instante a ser aquel niño que abría una revista y encontraba dentro de ella un mundo entero.

 

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