lunes, 21 de septiembre de 2026

22 de septiembre del 2026: martes de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II

 

Antiguo y moderno

Sorprendente libro de los Proverbios, tan antiguo y, sin embargo, siempre actual. En pocas líneas, el autor nos invita a adoptar actitudes de profunda humanidad, igualmente pertinentes hoy: desconfiar de nuestra indulgencia hacia nosotros mismos, cuando disculpamos con facilidad nuestros errores y juzgamos con dureza los de los demás; practicar la justicia antes que conformarnos con las apariencias religiosas; mirar con humildad nuestra vida y escuchar el clamor del pobre.

Esta sabiduría antigua ilumina situaciones muy actuales. Podemos estar convencidos de tener razón y, sin embargo, necesitar una conversión del corazón. Podemos multiplicar las palabras piadosas y pasar de largo ante alguien que necesita ayuda. Podemos desear un mundo más justo y olvidar que la justicia comienza en nuestra manera de tratar a quienes tenemos cerca.

Dios conoce lo que se esconde detrás de nuestras justificaciones. Su mirada nos invita a vivir con sinceridad, a reconocer nuestras faltas y a hacer el bien sin buscar aplausos. La fe se vuelve creíble cuando se expresa en decisiones concretas: escuchar con paciencia, actuar con honradez, compartir lo que tenemos y defender la dignidad del prójimo.

También Jesús nos recuerda que la cercanía con él nace de escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Esa Palabra, tan antigua y siempre nueva, quiere transformar nuestra manera de vivir.

¿Qué enseñanza de Dios necesito convertir hoy en un gesto concreto?





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Primera lectura

Prov 21, 1-6. 10-13

Sentencias diversas

Lectura del libro de los Proverbios.

EL corazón del rey es una acequia
que el Señor canaliza adonde quiere.
El hombre juzga recto su camino,
pero el Señor pesa los corazones.
Practicar el derecho y la justicia
el Señor lo prefiere a los sacrificios.
Ojos altivos, corazón ambicioso;
faro de los malvados es el pecado.
Los planes del diligente traen ganancia;
los del hombre atolondrado, indigencia.
Tesoros ganados con boca embustera,
humo que se disipa y trampa mortal.
El malvado se afana en el mal,
nunca se apiada del prójimo.
Castigas al cínico y aprende el inexperto,
pero el sabio aprende oyendo la lección.
El honrado observa la casa del malvado
y ve cómo se hunde en la desgracia.
Quien cierra los oídos al clamor del pobre
no será escuchado cuando grite.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 1. 27. 30. 34. 35. 44 (R.: 35a)

R. Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos.

V. Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor.
R.

V. Instrúyeme en el camino de tus mandatos,
y meditaré tus maravillas.
R.

V. Escogí el camino verdadero,
deseé tus mandamientos.
R.

V. Enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón.
R.

V. Guíame por la senda de tus mandatos,
porque ella es mi gozo.
R.

V. Cumpliré sin cesar tu ley,
por siempre jamás.
R

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios
y la cumplen.
R.

 

Evangelio

Lc 8, 19-21

Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, vinieron a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
Entonces le avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.

 

1

 

Escuchar la Palabra y llevarla a casa

 

Hermanos y hermanas:

Hay palabras que pasan de moda y palabras que, aunque hayan sido escritas hace siglos, siguen iluminando nuestra vida. Eso sucede con el libro de los Proverbios. Su sabiduría es antigua, pero las situaciones que describe las conocemos muy bien: la facilidad para justificarnos, la tentación del orgullo, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y la necesidad de actuar con justicia.

A veces somos muy comprensivos con nuestras propias faltas y muy exigentes con las de los demás. Si nosotros respondemos mal, decimos que estábamos cansados; si otro lo hace, pensamos que es una persona insoportable. Si nosotros nos equivocamos, esperamos comprensión; si se equivoca alguien de la familia, quizá se lo recordamos durante años.

La primera lectura nos invita a dejarnos mirar por Dios. Podemos encontrar explicaciones para casi todo lo que hacemos, pero el Señor conoce nuestro corazón. Y nos recuerda algo que debe interpelarnos: practicar la justicia y el derecho le agrada más que los sacrificios.

Esto no significa que la oración o el culto carezcan de valor. Significa que nuestra oración debe transformar nuestra conducta. La Eucaristía nos une a Cristo y nos compromete a tratar a los demás con el amor que recibimos de él. No sería coherente acercarnos al altar y cerrar después el corazón ante quien necesita nuestra ayuda.

Por eso, el libro de los Proverbios nos advierte también sobre el peligro de cerrar los oídos al clamor del pobre. Y ese clamor puede estar muy cerca: en un familiar que necesita compañía, en un amigo que atraviesa una dificultad, en una persona enferma que no quiere sentirse una carga.

Señor, ¿a quién hemos dejado de escuchar? ¿Quién está esperando de nosotros una llamada, una visita, una palabra de consuelo?

El salmo nos ayuda a responder con una petición: «Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos».

No pedimos únicamente conocer el camino; pedimos aprender a recorrerlo. Porque muchas veces sabemos lo que debemos hacer, pero nos cuesta hacerlo. Sabemos que debemos perdonar, pero alimentamos el resentimiento. Sabemos que debemos escuchar, pero queremos tener siempre la última palabra. Sabemos que debemos cuidar a quienes amamos, pero vamos aplazando los gestos de cariño.

El salmista pide inteligencia para guardar la ley de Dios y cumplirla de todo corazón. Esa es también nuestra necesidad: comprender la Palabra de tal manera que llegue a nuestras decisiones, a nuestras conversaciones y a nuestra vida familiar.

Y precisamente de eso nos habla Jesús en el Evangelio. Su madre y sus hermanos quieren verlo, pero no pueden acercarse a causa de la multitud. Cuando se lo comunican, él responde: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

A primera vista, podría parecernos una respuesta distante. Sin embargo, Jesús está abriendo las puertas de su familia. Nos está diciendo que podemos vivir una relación verdadera y profunda con él. No somos simples espectadores de sus obras: estamos llamados a formar parte de su intimidad, a vivir como hermanos suyos.

Y María ocupa un lugar singular en esa familia, porque ella escuchó la Palabra, la acogió con fe y la hizo vida. Su respuesta a Dios no se quedó en palabras: comprometió toda su existencia. Ella nos enseña que escuchar al Señor significa estar disponibles para lo que nos pide, incluso cuando no lo comprendemos todo.

Escuchar y cumplir: ahí está el camino que Jesús nos propone. Escuchar para reconocer su voz; cumplir para que esa voz transforme nuestra vida.

Hoy presentamos al Señor una intención muy cercana al corazón: la salud y el bienestar de nuestros familiares, amigos y benefactores.

Cada uno puede poner ahora, en silencio, algunos nombres sobre el altar. Pensemos en quien está enfermo, en quien espera un resultado médico, en quien vive con dolor, en quien se encuentra lejos. Recordemos también a quienes nos han tendido la mano, a quienes nos acompañan con su amistad y a quienes sostienen generosamente nuestra vida y nuestra misión.

Señor, tú conoces sus necesidades. Dales fortaleza en la enfermedad, serenidad en las preocupaciones y compañía en la soledad. Bendice a quienes los cuidan y orienta a quienes trabajan por su salud.

Pero esta oración también nos compromete. Pedir por el bienestar de nuestros seres queridos nos invita a preguntarnos cómo estamos contribuyendo a él. A veces, junto a nuestra oración, hace falta una llamada sin afanes, una ayuda concreta, una visita o la disposición para escuchar sin juzgar.

También debemos aprender a agradecer. La familiaridad puede hacernos olvidar cuánto recibimos de los demás. Hay personas que han sido para nosotros un apoyo silencioso y constante. No dejemos para después esa palabra sencilla: «Gracias por estar, gracias por ayudarme, gracias por lo que has hecho por mí».

Hermanos, la Palabra de hoy quiere entrar en nuestras casas. Quiere hacerse paciencia donde hay tensión, cercanía donde hay soledad y gratitud donde nos hemos acostumbrado a recibir.

Al terminar esta Eucaristía, llevemos una pregunta en el corazón: ¿Qué gesto concreto puedo hacer hoy para que un familiar, un amigo o un benefactor experimente, a través de mí, el cuidado de Dios?

Virgen María, madre que escuchó y cumplió la Palabra, enséñanos a recibirla con un corazón disponible. Intercede por nuestros familiares, amigos y benefactores; acompaña especialmente a los enfermos y ayúdanos a cuidar con ternura a quienes el Señor ha puesto en nuestra vida. Amén.


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2

 

La discípula más perfecta

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta una escena que, a primera vista, podría desconcertarnos:

«La madre de Jesús y sus hermanos vinieron a él, pero no podían acercarse a causa de la multitud. Le anunciaron: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte”. Él les respondió: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”».

Para comprender este pasaje, conviene aclarar primero el significado de la palabra «hermanos». En el griego bíblico, esta palabra puede referirse no solamente a hermanos biológicos, sino también a parientes cercanos o a hermanos espirituales, según el contexto.

Por ejemplo, la traducción griega del Génesis describe a Abrahán y a Lot como «hermanos», aunque Lot era sobrino de Abrahán. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro se levanta en medio de los «hermanos», una comunidad de unos ciento veinte discípulos. Y san Pablo, en su carta a los Romanos, llama «hermanos» a los creyentes de aquella ciudad.

Por tanto, cuando leemos que la madre de Jesús y sus «hermanos» fueron a verlo, la Iglesia entiende que estos últimos no eran otros hijos de la Santísima Virgen María, sino personas de su parentela, como primos u otros familiares cercanos.

Pero hay otra cuestión que puede llamar nuestra atención: ¿está Jesús tomando distancia de sus familiares e incluso de su propia madre? ¿Está restándole importancia a María?

De ninguna manera. Una lectura espiritual más profunda nos permite descubrir precisamente lo contrario.

Jesús afirma: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica». Y nosotros podemos preguntarnos: ¿quién ha cumplido estas palabras mejor que su propia madre? Nadie.

María fue concebida en gracia y recibió el privilegio singular de ser preservada del pecado original desde el primer instante de su existencia. Sin embargo, ese don no anuló su libertad. Su fidelidad fue una respuesta libre y amorosa a la gracia de Dios.

Como Adán y Eva, creados en un estado de inocencia original, María poseía libertad; pero, a diferencia de ellos, no se apartó de Dios. A lo largo de su vida, la Madre del Señor eligió cooperar con la gracia en todo momento.

María contrapone también su actitud a la de Lucifer: mientras el ángel caído quiso exaltarse a sí mismo, María recorrió el camino de la humildad y de la obediencia perfecta. Nunca se engrandeció a sí misma; siempre engrandeció al Señor.

Y aquí encontramos una relación profunda con la primera lectura. El libro de los Proverbios nos previene contra la mirada altiva y el corazón orgulloso. También nos recuerda que podemos considerar rectos nuestros caminos, mientras Dios conoce y pesa el corazón.

¡Qué fácilmente podemos engañarnos sobre nosotros mismos! Podemos hacer algo bueno buscando reconocimiento; podemos hablar de Dios y querer, en el fondo, que hablen bien de nosotros. Podemos defender nuestra opinión como si fuera siempre la voluntad del Señor.

María nos muestra otro camino. Todo lo que recibió de Dios lo convirtió en alabanza, disponibilidad y servicio.

La humildad consiste en reconocer los dones recibidos y ponerlos al servicio de Dios y de los demás.

El Evangelio de hoy ilumina precisamente ese misterio de la vida de María: su humildad. Jesús la conocía. Como Hijo divino, la conocía mejor de lo que ella se conocía a sí misma. En cuanto Dios, era su Creador y la amaba con la perfección del amor divino.

Desde ese amor podemos comprender sus palabras como una manifestación de la santidad escondida de su madre. Otros podían interpretarlas equivocadamente; María, en su sencillez y en su apertura a la gracia, podía acoger su profundidad: ella, más que nadie, había escuchado la Palabra de Dios y la había puesto en práctica.

La afirmación de Jesús revela así la profundidad de su relación con María. El vínculo entre ambos no se agotaba en la maternidad corporal. Ella lo había acogido también con una fe plena y había respondido a su Palabra con perfecta fidelidad.

Por eso María es la discípula más perfecta: toda su vida fue una respuesta de amor a Dios.

El salmo de hoy nos enseña a pedir esa misma disposición: «Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos».

Esta súplica podría acompañarnos durante toda la jornada. Cuando no sepamos cómo responder a una dificultad: «Guíame, Señor». Cuando nos cueste aceptar una corrección: «Guíame, Señor». Cuando comprendamos lo que debemos hacer, pero nos falten fuerzas para realizarlo: «Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos».

El salmista pide comprensión para guardar la voluntad de Dios de todo corazón. Conocer la Palabra es un comienzo; necesitamos permitir que forme nuestro corazón y oriente nuestras acciones. En María contemplamos esa unidad entre escuchar, creer y vivir.

La primera lectura concreta todavía más este camino: la justicia y la rectitud deben acompañar nuestra relación con Dios. También nos advierte contra la indiferencia ante el clamor del pobre.

Por eso, escuchar la Palabra y cumplirla tiene consecuencias muy cercanas: actuar con honradez, renunciar a la dureza, prestar atención al que sufre, compartir y servir. La obediencia a Dios se hace visible en nuestra manera de tratar al prójimo.

Hermanos, habría sido un regalo inimaginable pertenecer a la familia de Jesús durante su vida terrena. Pero él aprovecha este encuentro para extendernos a todos una invitación extraordinaria: podemos formar parte de su familia escuchando su Palabra y poniéndola en práctica.

Esta vocación está en el corazón de la vida cristiana. El Señor nos llama a una verdadera intimidad con él.

No hemos llevado a Cristo en nuestro vientre, como María, pero estamos invitados a llevarlo en nuestro corazón mediante la gracia y la obediencia. Escuchemos su Palabra. Guardémosla con amor. Pongámosla en práctica. Así creceremos como discípulos y viviremos más profundamente nuestra pertenencia a su familia.

Hoy encomendamos también al Señor la salud y el bienestar de nuestros familiares, amigos y benefactores. Que encuentren fortaleza en la enfermedad, paz en sus preocupaciones y el apoyo que necesitan. Y que nuestra oración se prolongue en gestos concretos de cuidado y gratitud.

María, que acogió la Palabra y se puso en camino para servir, nos enseñe a estar cerca de quienes necesitan nuestra presencia.

Preguntémonos al terminar: ¿qué palabra del Señor estoy escuchando, pero todavía necesito poner en práctica?

Dios mío y hermano mío, nos has invitado a formar parte de la familia de Dios por la gracia y la obediencia. Concédeme vivir siempre a la altura de esta vocación, sin buscar engrandecerme por el orgullo, sino eligiendo la humildad a imitación de la Santísima Virgen María.

Que ella, mi madre espiritual, sea mi modelo de amor perfecto y mi guía para vivir una verdadera unión familiar contigo. Te encomiendo la salud y el bienestar de nuestros familiares, amigos y benefactores: sostenlos con tu amor y enséñanos a cuidarlos.

Jesús, en ti confío. Amén.

 

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