19 de octubre del 2026: lunes de la vigésima novena semana del tiempo ordinario II
Por encima de todo interés
«¿Quién me ha constituido juez de ustedes?». Jesús se niega a
ser utilizado al servicio de intereses que nada tienen que ver con su misión y
su mensaje.
¿No
es esta una tentación que también nos acecha: querer que Dios respalde nuestros
intereses, nos dé siempre la razón y acomode su voluntad a nuestros deseos?
Podemos acercarnos a él buscando que cambien los demás, mientras nuestro propio
corazón permanece cerrado a la conversión.
La
respuesta de Jesús nos invita a revisar nuestras motivaciones. Ante aquel
conflicto por una herencia, advierte sobre un peligro que amenaza a todos: la
codicia. Defender lo que es justo tiene su lugar; pero el afán de poseer puede
apoderarse del corazón hasta hacernos olvidar al hermano. ¡Cuántas familias han
terminado divididas por los bienes que debían ayudarles a vivir!
La
parábola del hombre rico nos permite reconocer ese riesgo. Sus campos producen
abundantemente, pero todos sus proyectos giran alrededor de sí mismo. Piensa en
sus cosechas, sus graneros y su tranquilidad. En sus cálculos apenas queda
espacio para Dios o para alguien que necesite ayuda. Cree tener asegurado el
porvenir porque tiene mucho guardado.
También
nosotros necesitamos aprender a recibir la vida como un don. El trabajo, el
ahorro y la previsión encuentran su verdadero sentido cuando sirven a una
existencia agradecida, justa y generosa. Podemos administrar nuestros bienes de
manera que alimenten la fraternidad y alivien las necesidades de otros.
Ser
ricos ante Dios es abrirnos a su gracia y dejar que transforme nuestra manera
de vivir: compartir, escuchar, perdonar y cuidar. Así, la fe nos enseña a poner
cada interés en su lugar y a reconocer el valor de las personas.
¿Qué lugar ocupan Dios y mis hermanos en aquello que estoy
buscando con tanto empeño?
Señor Jesús, purifica mis deseos y enséñame a buscar tu
voluntad. Líbrame de la codicia y de la necesidad de tener siempre la razón.
Hazme agradecido por lo que recibo y generoso para compartirlo. Que mis bienes,
mi tiempo y mis capacidades estén al servicio del amor. Amén.
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Primera lectura
Ef
2, 1-10
Nos
ha hecho revivir con Cristo y nos ha sentado en el cielo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
Un tiempo estaban muertos por sus culpas y pecados,
cuando seguían el proceder de este mundo, según el príncipe
de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en
los rebeldes contra Dios. Como ellos, también nosotros vivíamos
en el pasado siguiendo las tendencias de la carne,
obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación;
y, por naturaleza, estábamos destinados a la ira, como los
demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor
con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados,
nos ha hecho revivir con Cristo —están salvados por
pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha
sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros
la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad
para con nosotros en Cristo Jesús.
En efecto, por gracia ustedes están salvados, mediante la fe.
Y esto no viene de ustedes: es don de Dios. Tampoco viene
de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos,
pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para
que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano
dispuso él que practicásemos.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
99, 1b-2. 3. 4. 5 (R.: 3b)
R.
El Señor nos hizo y somos suyos.
V. Aclama al Señor,
tierra entera,
sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con vítores. R.
V.
Sepan que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R
V. Entren por sus
puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre. R.
V.
El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Evangelio
Lc
12, 13-21
¿De
quién será lo que has preparado?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús:
«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo:
«Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?».
Y les dijo:
«Miren: guárdense de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su
vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola:
«Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar
cálculos, diciéndose:
“¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”.
Y se dijo:
“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y
almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma
mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea
alegremente”.
Pero Dios le dijo:
“Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has
preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».
Palabra del Señor.
La riqueza que permanece
Hermanos
queridos:
Cuando
muere una persona que amamos, muchas cosas adquieren su verdadero tamaño.
Aquello que parecía tan urgente puede dejar de serlo. Una discusión pierde
importancia. Un objeto que guardábamos con tanto cuidado pasa a segundo plano.
Y sentimos cuánto valían una conversación, una visita, una palabra de cariño,
la posibilidad de sentarnos juntos a la mesa.
Hoy,
al ofrecer esta Eucaristía por nuestros fieles difuntos, la Palabra de Dios nos
ayuda a mirar nuestra vida con esa profundidad. Nos invita a reconocer qué estamos
haciendo con el tiempo, con los bienes y con las personas que el Señor nos ha
confiado.
En
el Evangelio, un hombre se acerca a Jesús para pedirle que intervenga en un
conflicto de herencia. Quiere que su hermano comparta con él los bienes
familiares. Jesús responde: «¿Quién me ha constituido juez de ustedes?».
Podemos
comprender la preocupación de aquel hombre. Una herencia puede implicar
necesidades reales, derechos legítimos y situaciones injustas. Sin embargo,
Jesús aprovecha aquella petición para advertir a todos sobre la codicia: ese
deseo de poseer que va ocupando el corazón hasta hacernos perder de vista el
valor de las personas.
También
nosotros podemos acercarnos a Dios con una decisión ya tomada, esperando que él
la respalde. Le pedimos que haga cambiar al otro, que le muestre su
equivocación, que lo convenza de darnos la razón. Y nos cuesta preguntarle:
Señor, ¿qué necesitas cambiar en mí? ¿Hay egoísmo en mi manera de reclamar?
¿Estoy siendo justo? ¿Todavía puedo reconocer a mi hermano detrás de este
conflicto?
La oración comienza a transformarnos cuando dejamos que
Dios también nos interrogue.
Jesús
cuenta entonces la parábola de un hombre cuya tierra produjo una cosecha
abundante. Quienes conocen el trabajo del campo saben cuánto esfuerzo y cuánta
esperanza hay detrás de una buena cosecha. Preparar la tierra, sembrar, esperar
la lluvia, cuidar lo sembrado… Recibir sus frutos es motivo de gratitud.
Pero
aquel hombre queda encerrado en sus propios cálculos. Piensa en ampliar sus
depósitos y asegurar su comodidad durante muchos años. En sus proyectos, todo
gira alrededor de él. No aparece la gratitud a Dios ni la preocupación por
alguien que pueda necesitar ayuda.
Su
abundancia podría haber abierto muchas puertas. Sin embargo, termina
encerrándolo.
Esto
también puede sucedernos con el dinero, con una propiedad, con nuestros
conocimientos e incluso con nuestro tiempo. Podemos tener algo bueno y vivir
tan preocupados por conservarlo que ya nos resulte difícil compartirlo.
Conviene
preguntarnos: ¿lo que tengo me está ayudando a amar? ¿Mi trabajo está sirviendo
al bienestar de mi familia? ¿Puedo disfrutar con gratitud de mis bienes y, al
mismo tiempo, reconocer las necesidades de otros?
La
muerte sorprende al hombre de la parábola y deja al descubierto la fragilidad
de sus seguridades. Había organizado sus bienes, pero había dado por asegurada
su vida.
Hermanos,
recordar que nuestra vida tiene un término puede ayudarnos a vivir con mayor
responsabilidad y ternura. Hay reconciliaciones que necesitan comenzar hoy. Hay
agradecimientos que todavía podemos expresar. Hay personas que esperan una
llamada, una visita, una ayuda concreta.
Y
aquí la primera lectura nos ofrece una luz preciosa. San Pablo nos habla de Dios, rico en misericordia.
Frente a nuestra fragilidad, aparece la abundancia de su amor.
El
apóstol recuerda que el pecado nos aparta de la vida de Dios y que, por su
gracia, hemos recibido vida nueva en Cristo. Habla de una muerte espiritual de
la que el Señor viene a rescatarnos. Su misericordia puede levantar un corazón
endurecido, despertar una conciencia adormecida y devolvernos la capacidad de
amar.
Nuestra
esperanza nace de ese amor que nos precede. La salvación es don de Dios, y su
gracia nos hace capaces de responder. Por eso, al final de la lectura, Pablo
recuerda que hemos sido creados en Cristo para realizar buenas obras. La fe va
tomando cuerpo en nuestra manera de trabajar, compartir, perdonar y servir.
Hoy
podemos pedirle: Señor, hazme rico en misericordia. Que tenga paciencia para
escuchar, humildad para reconocer mis errores y generosidad para acompañar a
quien sufre.
El
salmo nos ayuda a profundizar todavía más: «El Señor nos hizo y somos suyos».
¡Qué
consuelo saber que pertenecemos al Señor! Nuestra existencia tiene su origen en
su amor. Él conoce nuestra historia, nuestras luchas, nuestras heridas y
también ese bien que hemos procurado hacer discretamente.
Con
esta confianza presentamos hoy a nuestros difuntos. Pronunciamos interiormente
sus nombres: nuestros padres, familiares, amigos, benefactores, las personas de
nuestra comunidad que han fallecido y aquellos por quienes casi nadie ora.
Los
confiamos a la misericordia de Dios. Le pedimos que perdone sus pecados,
complete su purificación y los reciba en la alegría de su presencia. La Iglesia
ofrece por ellos su oración y, especialmente, el sacrificio de la Eucaristía.
Así seguimos amándolos dentro de la comunión de los santos.
Al
recordarlos, agradecemos también lo que sembraron en nosotros. Tal vez una
madre nos enseñó a rezar. Un padre nos dejó el ejemplo del trabajo honrado. Una
abuela nos mostró cómo compartir aun teniendo poco. Un amigo estuvo cerca en un
momento difícil.
Podemos
honrar esa herencia haciendo crecer el bien que recibimos.
Y
si su partida dejó asuntos dolorosos, palabras pendientes o divisiones
familiares, presentémoslos también al Señor. Pidamos luz para actuar con
justicia y humildad para buscar caminos de reconciliación. Una familia que
procura sanar sus heridas ofrece un hermoso homenaje a quienes la ayudaron a
nacer y crecer.
Dentro
de unos momentos recibiremos a Cristo, que se entrega por nosotros.
Acerquémonos con nuestras pobrezas y dejemos que su amor ensanche nuestro corazón.
Si hoy tuviera que presentar mi vida ante el Señor, ¿qué
lugar encontraría en ella para él y para mis hermanos?
Señor Jesús, gracias por el don de la vida y por las
personas con quienes nos has permitido compartirla. Enséñanos a administrar
nuestros bienes con justicia, a recibir con gratitud y a compartir con alegría.
Te encomendamos a nuestros fieles difuntos. Perdona sus
faltas, purifícalos con tu amor y concédeles la plenitud de tu paz. Sostén a
quienes lloran su ausencia y fortalece en nosotros la esperanza de la
resurrección.
María, Madre de misericordia, acompáñanos en nuestro
caminar. Enséñanos a guardar la Palabra de tu Hijo y a vivir disponibles para
amar. Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.
Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para ellos la
luz perpetua. Que descansen en paz. Amén.
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