martes, 21 de abril de 2026

21 de abril del 2026: martes de la tercera semana de Pascua

 

San Anselmo

Hacia 1033-1109.

Gran teólogo, hizo de la abadía benedictina de Bec-Hellouin (Eure) un renombrado centro espiritual. Luego llegó a ser arzobispo de Canterbury y primado de Inglaterra. Doctor de la Iglesia.

 


¡No hay que equivocarse!


(Juan 6, 30-35) Para la multitud, se trata de ver para creer. Pero, ¿acaso no ha sido ya testigo del signo de la multiplicación de los panes (cf. Jn 6, 1-15)? Evidentemente, no ha reconocido a aquel que estaba actuando, pasando así de largo ante la identidad de Jesús. Además, su interpretación del don del maná es errónea. Sólo Jesús, el enviado del Padre, puede saciar la sed de plenitud que habita en el corazón de todo ser humano. Sin embargo, nos corresponde acudir a Él, así como Él viene a nosotros.

Emmanuelle Billoteau, ermite



Primera lectura

Hch 7, 51 — 8, 1a

Señor Jesús, recibe mi espíritu

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas:
«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo, lo mismo que sus padres. ¿Hubo un profeta que sus padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora ustedes lo han traicionado y asesinado; ustedes recibieron la ley por mediación de ángeles y no la han observado».
Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».
Y, con estas palabras, murió.
Saulo aprobaba su ejecución.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 3cd-4. 6 y 7b y 8a. 17 y 21ab (R.: 6a)

R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

O bien:

R. Aleluya.

V. Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. 
R.

V. A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás.
Yo confío en el Señor.
Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. 
R.

V. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas. 
R.

 

Aclamación   

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el pan de vida —dice el Señor—; el que viene a mí no tendrá hambre. R.

 

Evangelio

Jn 6, 30-35

No fue Moisés, sino que es mi Padre el que da el verdadero pan del cielo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó:
«En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».


Palabra del Señor.

                                                                                            

****************

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos pone delante una verdad muy profunda: podemos tener a Dios muy cerca, ver sus signos, escuchar su voz, y aun así no reconocerlo. Eso fue lo que le ocurrió a la multitud en el evangelio. Habían sido testigos de la multiplicación de los panes. Habían comido hasta saciarse. Habían visto un signo grande. Y, sin embargo, vuelven a pedirle a Jesús: “¿Qué signo haces para que veamos y creamos en ti?”

Parece increíble. Pero, si lo pensamos bien, eso mismo nos pasa muchas veces a nosotros. También nosotros pedimos pruebas, exigimos señales, reclamamos certezas, mientras Dios ya ha venido actuando en nuestra historia. A veces el Señor ya nos ha sostenido en momentos difíciles, ya nos ha abierto caminos, ya nos ha consolado en el dolor, ya nos ha dado personas generosas a nuestro lado, y aun así seguimos diciendo: “Señor, dame una señal”. No porque Dios no haya hablado, sino porque nuestro corazón a veces no sabe leer su presencia.

La multitud se equivoca en dos cosas. Primero, se queda en el pan material. Segundo, interpreta mal el maná del desierto, como si Moisés hubiera sido la fuente definitiva del don. Jesús los corrige con paciencia: no fue Moisés quien les dio el verdadero pan del cielo; es el Padre quien da el pan verdadero. Y ese pan verdadero no es una cosa, no es solamente un alimento, no es una ayuda pasajera: ese pan es una Persona. Jesús dice con toda claridad: “Yo soy el pan de vida”.

Ahí está el centro del evangelio de hoy. Jesús no vino simplemente a resolver necesidades inmediatas, aunque también le importan nuestras necesidades. Jesús vino a ir mucho más hondo. Vino a tocar esa hambre que el dinero no llena, que los aplausos no llenan, que el poder no llena, que ni siquiera los afectos humanos, por bellos que sean, logran llenar del todo. En el corazón del hombre hay una sed de infinito, una nostalgia de plenitud, una necesidad de sentido, de amor, de verdad, de vida eterna. Y sólo Cristo puede saciar esa hambre.

Por eso es tan actual esta Palabra. Vivimos en un mundo lleno de ofertas: ofertas de consumo, de entretenimiento, de éxito rápido, de placer inmediato. Nos prometen satisfacción, pero muchas veces nos dejan más vacíos. Nos hacen creer que el corazón humano se sacia con cosas, con experiencias, con posesiones, con reconocimientos. Pero el evangelio nos recuerda que el hombre tiene un hambre más honda. Y cuando esa hambre profunda no se orienta hacia Dios, termina buscando sustitutos.

San Agustín lo dijo de manera inolvidable: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Eso es exactamente lo que Jesús revela hoy. Él es el pan que no perece, el alimento que da sentido, la presencia que no defrauda, el amor que no pasa.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Esteban, el primer mártir. Él sí supo reconocer a Cristo. Mientras otros endurecen el corazón, Esteban permanece lleno del Espíritu Santo. Mientras otros rechazan la verdad, él la anuncia con valentía. Mientras otros se enfurecen y lo apedrean, él mira al cielo abierto y confía su vida al Señor. En medio de la violencia, Esteban pronuncia palabras semejantes a las de Jesús en la cruz: perdona y se abandona.

Qué contraste tan impresionante. En el evangelio, una multitud que ha visto signos no cree de verdad. En la primera lectura, un hombre perseguido, herido y condenado, sí cree hasta el final. Eso nos enseña que la fe no depende solo de ver milagros, sino de abrir el corazón. Hay quienes ven mucho y no creen. Y hay quienes, incluso en la prueba, reconocen la gloria de Dios.

También el salmo de hoy nos pone en labios una oración de abandono confiado: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Es la oración de quien sabe que Dios no falla. Es la oración del creyente que, aun en la oscuridad, se apoya en la fidelidad del Señor. Quizá esa deba ser también nuestra oración en este tiempo pascual: “Señor, aunque no lo entienda todo, aunque a veces mi fe sea pobre, aunque muchas veces te busque más por tus dones que por ti mismo, quiero poner mi vida en tus manos”.

Hoy, además, la Iglesia nos invita a orar por los benefactores. Y esta intención armoniza hermosamente con el evangelio. Porque un benefactor, en el sentido cristiano, no es solo alguien que da cosas; es alguien que, de algún modo, se convierte en instrumento de la providencia de Dios. Cuántas personas sostienen la vida de la Iglesia con su ayuda material, su cercanía, su servicio silencioso, su colaboración generosa, su tiempo, su trabajo, su oración. Tal vez no aparecen, tal vez no son nombrados, tal vez pocos conocen el alcance de su bien. Pero Dios sí lo ve.

Nuestros benefactores, en cierto sentido, se parecen a aquellos panes que, puestos en manos de Jesús, alimentaron a la multitud. Lo que se entrega con amor en las manos del Señor nunca es poco. Un aporte humilde, una ayuda discreta, una ofrenda generosa, una colaboración sincera: todo eso, unido a Cristo, se vuelve bendición para muchos.

Pero esta intención también nos invita a examinarnos. No solo a agradecer por quienes nos ayudan, sino a preguntarnos: ¿soy yo también benefactor para alguien? ¿Contribuyo al bien de otros? ¿Ayudo a sostener la obra de Dios? ¿Comparto lo que tengo? ¿Soy pan partido para mis hermanos? Porque no basta con recibir; el discípulo de Cristo también aprende a dar.

Jesús, Pan de Vida, no sólo quiere saciarnos; quiere transformarnos. Quiere que, alimentados por Él, seamos hombres y mujeres capaces de alimentar la esperanza de los demás. Quiere que quienes comemos el Pan eucarístico vivamos con corazón eucarístico: agradecido, entregado, disponible, generoso.

Hermanos, no nos equivoquemos. No reduzcamos a Jesús a alguien que resuelve urgencias pasajeras. No lo busquemos solo cuando nos falta algo. No le pidamos señales, olvidando las que ya nos ha dado. No confundamos el hambre del alma con simples vacíos de la vida diaria. Vayamos al fondo. Cristo no vino solamente a darnos algo; vino a dársenos Él mismo.

En cada Eucaristía resuena esa promesa maravillosa: “El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Acerquémonos entonces a Él con fe. Acerquémonos con humildad. Acerquémonos con el corazón abierto. Y pidámosle hoy de manera especial que bendiga a nuestros benefactores, que recompense su generosidad, que multiplique en ellos su paz, su salud y su esperanza. Y que a nosotros nos conceda la gracia de reconocerlo, amarlo y seguirlo, para que nunca busquemos fuera de Él el pan que sólo Él puede dar.

Amén.


2


Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos introduce en uno de los momentos más profundos y hermosos del Evangelio de san Juan: el discurso del Pan de Vida. Es un texto que no sólo habla de pan, sino del hambre más profunda del corazón humano. Porque todos tenemos hambre. No solamente hambre de alimento material, sino hambre de paz, de sentido, de amor, de consuelo, de esperanza, de vida eterna.

En el Evangelio, la multitud le dice a Jesús: “¿Qué signo haces para que veamos y creamos en ti?” Y esta pregunta, en el fondo, revela una contradicción. Ya habían sido testigos de la multiplicación de los panes. Ya habían comido hasta saciarse. Ya habían visto un signo grande. Y, sin embargo, todavía piden otro signo.

Eso nos muestra una verdad muy humana: se puede ver mucho y entender poco. Se puede recibir un milagro y no reconocer a Aquel que lo realiza. Se puede experimentar la ayuda de Dios y, aun así, seguir dudando. La multitud había recibido pan, pero no había llegado a descubrir quién era Jesús.

Y eso también puede pasarnos a nosotros. A veces buscamos a Dios solo por lo que puede darnos: salud, trabajo, solución, alivio, protección. Y ciertamente el Señor se interesa por nuestras necesidades. Pero Cristo no vino sólo a resolver problemas inmediatos. Vino a darnos algo infinitamente mayor: vino a dársenos Él mismo.

Por eso Jesús los conduce de la memoria del maná a la revelación del verdadero pan. Ellos recuerdan a Moisés, recuerdan el desierto, recuerdan el pan caído del cielo. Pero Jesús les muestra que todo aquello era anuncio, figura, preparación. El verdadero pan del cielo no es el maná del pasado, sino la presencia viva del Hijo de Dios en medio de nosotros. Y entonces pronuncia esa palabra central del Evangelio:
“Yo soy el pan de vida.”

No dice simplemente: “yo traigo pan”.
No dice: “yo reparto pan”.
Dice: “Yo soy el pan.”

Es decir, en Jesús, Dios responde a la necesidad más profunda del hombre. Porque el corazón humano tiene un hambre que ninguna cosa creada puede saciar del todo. Podemos tener comida, casa, trabajo, amistades, proyectos, logros, y aun así sentir un vacío. ¿Por qué? Porque fuimos hechos para algo más grande. Fuimos hechos para Dios.

Por eso, cuando intentamos llenar el alma sólo con cosas pasajeras, tarde o temprano aparece el cansancio interior. A veces uno puede sonreír por fuera y, por dentro, llevar una gran sequedad. A veces uno lo tiene casi todo y, sin embargo, siente que le falta lo esencial. A veces la vida nos deja una pregunta silenciosa: “¿Qué me falta? ¿Por qué no me siento plenamente saciado?”

La respuesta del Evangelio es clara: nos falta una comunión más profunda con Cristo. Nos falta acercarnos de verdad al Pan de Vida. Nos falta comprender que la Eucaristía no es un simple rito, no es una costumbre piadosa, no es un símbolo vacío. La Eucaristía es Jesús mismo, dándose por amor para la vida del mundo.

Y aquí aparece un aspecto muy importante que nos sirve de guía: la multitud esperaba un pan material; Jesús ofrece un pan espiritual, celestial, eterno. Ellos pensaban en el alimento del cuerpo; Él quería alimentar el alma. Ellos buscaban una solución inmediata; Él les abría la puerta del misterio de la vida eterna.

También nosotros corremos el riesgo de quedarnos en la superficie. Podemos participar de la Misa, acercarnos al altar, recibir la comunión, y sin embargo no dejarnos tocar profundamente por el misterio que celebramos. Podemos asistir físicamente, pero sin hambre espiritual. Podemos estar presentes, pero distraídos. Podemos comulgar, pero sin conciencia viva de la grandeza del don recibido.

Y, sin embargo, ¡qué grande es la Eucaristía! Allí no recibimos algo de Jesús: recibimos a Jesús. Su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. El mismo Cristo resucitado entra en nuestra pobreza, en nuestras heridas, en nuestras luchas, en nuestras hambres más escondidas, para transformarnos desde dentro.

La primera lectura, por su parte, nos presenta a Esteban en medio de la persecución. Mientras algunos endurecen el corazón y rechazan la verdad, Esteban permanece lleno de fe. No se apoya en seguridades humanas, sino en Dios. Su fuerza no viene del aplauso de la gente ni de la ausencia de problemas. Su fuerza viene de una relación viva con el Señor. Por eso puede mantenerse firme aun en la prueba.

Aquí se ve algo hermoso: el que se alimenta de Dios aprende a vivir de otra manera. El que hace de Cristo su pan cotidiano no depende tanto de las circunstancias. No significa que no sufra, no significa que no tenga miedo, no significa que no le duela la vida. Significa que, aun en medio del dolor, tiene un centro, una fuerza, una esperanza, una paz que el mundo no puede dar.

Y el salmo nos hace repetir: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.” Esa es la oración del que ha descubierto quién lo sostiene de verdad. El pan del mundo alimenta por unas horas; el Pan de Vida sostiene el alma para siempre. El alimento material calma una necesidad temporal; Cristo responde a la sed de eternidad.

Hermanos, en estos días en que la Iglesia nos hace leer el discurso del Pan de Vida, se nos invita a redescubrir el asombro eucarístico. Tal vez necesitamos volver a preguntarnos:
¿Qué significa para mí la Eucaristía?
¿Voy a Misa por costumbre o por hambre de Dios?
¿Creo de verdad que Jesús está allí?
¿Me acerco al altar con reverencia, con fe, con deseo de ser transformado?

Porque a veces el problema no es que Cristo no se dé; el problema es que nosotros nos acercamos sin suficiente apertura. El Señor sigue ofreciéndose. El Pan de Vida sigue descendiendo del cielo. La gracia sigue fluyendo. Pero hace falta un corazón dispuesto, un corazón que no sólo pida signos, sino que se abra a la fe.

La multitud pedía pruebas. Jesús ofrece su presencia. La multitud buscaba pan que se acaba. Jesús ofrece el pan que permanece. La multitud quería saciar el hambre del día. Jesús venía a saciar el hambre de toda la existencia.

Hoy, entonces, pidámosle al Señor dos gracias. Primero, la gracia de reconocer nuestra hambre verdadera. No disimularla, no llenarla con sucedáneos, no taparla con distracciones. Y segundo, la gracia de buscar en la Eucaristía la plenitud que sólo Cristo puede darnos.

Que cada comunión sea para nosotros un acto de fe más consciente. Que cada Misa sea una escuela de adoración. Que cada encuentro con Jesús sacramentado renueve nuestro corazón. Y que podamos escuchar hoy, como dirigidas personalmente a nosotros, esas palabras del Señor:
“Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed.”

Amén.

 

 

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