San Anselmo
Hacia
1033-1109.
Gran
teólogo, hizo de la abadía benedictina de Bec-Hellouin (Eure)
un renombrado centro espiritual. Luego llegó a ser arzobispo de
Canterbury y primado de Inglaterra. Doctor
de la Iglesia.
¡No hay que equivocarse!
(Juan 6, 30-35) Para la multitud, se trata de ver para creer. Pero,
¿acaso no ha sido ya testigo del signo de la multiplicación de los panes (cf.
Jn 6, 1-15)? Evidentemente, no ha reconocido a aquel que estaba actuando,
pasando así de largo ante la identidad de Jesús. Además, su interpretación del
don del maná es errónea. Sólo Jesús, el enviado del Padre, puede saciar la sed
de plenitud que habita en el corazón de todo ser humano. Sin embargo, nos
corresponde acudir a Él, así como Él viene a nosotros.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Señor Jesús,
recibe mi espíritu
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas:
«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes siempre
resisten al Espíritu Santo, lo mismo que sus padres. ¿Hubo un profeta que sus
padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo,
y ahora ustedes lo han traicionado y asesinado; ustedes recibieron la ley por
mediación de ángeles y no la han observado».
Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de
rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la
gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se
abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a
apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo
y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».
Y, con estas palabras, murió.
Saulo aprobaba su ejecución.
Palabra de Dios.
Salmo
R. A tus
manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
O bien:
R. Aleluya.
V. Sé la
roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R.
V. A tus
manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás.
Yo confío en el Señor.
Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. R.
V. Haz
brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas. R.
Aclamación
V. Yo soy el
pan de vida —dice el Señor—; el que viene a mí no tendrá hambre. R.
Evangelio
No fue
Moisés, sino que es mi Padre el que da el verdadero pan del cielo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del
cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó:
«En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino
que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios
es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí
no tendrá sed jamás».
Palabra del Señor.
****************
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de este día nos pone delante una verdad muy profunda: podemos tener a Dios muy cerca, ver sus
signos, escuchar su voz, y aun así no reconocerlo. Eso fue lo
que le ocurrió a la multitud en el evangelio. Habían sido testigos de la
multiplicación de los panes. Habían comido hasta saciarse. Habían visto un
signo grande. Y, sin embargo, vuelven a pedirle a Jesús: “¿Qué signo haces para que veamos y
creamos en ti?”
Parece
increíble. Pero, si lo pensamos bien, eso mismo nos pasa muchas veces a
nosotros. También nosotros pedimos pruebas, exigimos señales, reclamamos
certezas, mientras Dios ya ha venido actuando en nuestra historia. A veces el
Señor ya nos ha sostenido en momentos difíciles, ya nos ha abierto caminos, ya
nos ha consolado en el dolor, ya nos ha dado personas generosas a nuestro lado,
y aun así seguimos diciendo: “Señor, dame una señal”. No porque Dios no haya
hablado, sino porque nuestro corazón a veces no sabe leer su presencia.
La
multitud se equivoca en dos cosas. Primero, se queda en el pan material. Segundo, interpreta mal el maná del desierto,
como si Moisés hubiera sido la fuente definitiva del don. Jesús los corrige con
paciencia: no fue Moisés quien les dio el verdadero pan del cielo; es el Padre
quien da el pan verdadero. Y ese pan verdadero no es una cosa, no es solamente
un alimento, no es una ayuda pasajera: ese
pan es una Persona. Jesús dice con toda claridad: “Yo soy el pan de vida”.
Ahí
está el centro del evangelio de hoy. Jesús no vino simplemente a resolver
necesidades inmediatas, aunque también le importan nuestras necesidades. Jesús
vino a ir mucho más hondo. Vino a tocar esa hambre que el dinero no llena, que
los aplausos no llenan, que el poder no llena, que ni siquiera los afectos
humanos, por bellos que sean, logran llenar del todo. En el corazón del hombre
hay una sed de infinito, una nostalgia de plenitud, una necesidad de sentido,
de amor, de verdad, de vida eterna. Y sólo
Cristo puede saciar esa hambre.
Por
eso es tan actual esta Palabra. Vivimos en un mundo lleno de ofertas: ofertas
de consumo, de entretenimiento, de éxito rápido, de placer inmediato. Nos
prometen satisfacción, pero muchas veces nos dejan más vacíos. Nos hacen creer
que el corazón humano se sacia con cosas, con experiencias, con posesiones, con
reconocimientos. Pero el evangelio nos recuerda que el hombre tiene un hambre
más honda. Y cuando esa hambre profunda no se orienta hacia Dios, termina
buscando sustitutos.
San
Agustín lo dijo de manera inolvidable: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro
corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Eso es exactamente lo que
Jesús revela hoy. Él es el pan que no perece, el alimento que da sentido, la
presencia que no defrauda, el amor que no pasa.
La
primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Esteban, el primer
mártir. Él sí supo reconocer a Cristo. Mientras otros endurecen el corazón,
Esteban permanece lleno del Espíritu Santo. Mientras otros rechazan la verdad,
él la anuncia con valentía. Mientras otros se enfurecen y lo apedrean, él mira
al cielo abierto y confía su vida al Señor. En medio de la violencia, Esteban
pronuncia palabras semejantes a las de Jesús en la cruz: perdona y se abandona.
Qué
contraste tan impresionante. En el evangelio, una multitud que ha visto signos
no cree de verdad. En la primera lectura, un hombre perseguido, herido y
condenado, sí cree hasta el final. Eso nos enseña que la fe no depende solo de ver milagros,
sino de abrir el corazón. Hay quienes ven mucho y no creen. Y
hay quienes, incluso en la prueba, reconocen la gloria de Dios.
También
el salmo de hoy nos pone en labios una oración de abandono confiado: “En tus manos, Señor, encomiendo mi
espíritu”. Es la oración de quien sabe que Dios no falla. Es la
oración del creyente que, aun en la oscuridad, se apoya en la fidelidad del
Señor. Quizá esa deba ser también nuestra oración en este tiempo pascual:
“Señor, aunque no lo entienda todo, aunque a veces mi fe sea pobre, aunque
muchas veces te busque más por tus dones que por ti mismo, quiero poner mi vida
en tus manos”.
Hoy,
además, la Iglesia nos invita a orar por
los benefactores. Y esta intención armoniza hermosamente con el
evangelio. Porque un benefactor, en el sentido cristiano, no es solo alguien
que da cosas; es alguien que, de algún modo, se convierte en instrumento de la
providencia de Dios. Cuántas personas sostienen la vida de la Iglesia con su
ayuda material, su cercanía, su servicio silencioso, su colaboración generosa,
su tiempo, su trabajo, su oración. Tal vez no aparecen, tal vez no son
nombrados, tal vez pocos conocen el alcance de su bien. Pero Dios sí lo ve.
Nuestros
benefactores, en cierto sentido, se parecen a aquellos panes que, puestos en
manos de Jesús, alimentaron a la multitud. Lo que se entrega con amor en las
manos del Señor nunca es poco. Un aporte humilde, una ayuda discreta, una
ofrenda generosa, una colaboración sincera: todo eso, unido a Cristo, se vuelve
bendición para muchos.
Pero
esta intención también nos invita a examinarnos. No solo a agradecer por
quienes nos ayudan, sino a preguntarnos: ¿soy
yo también benefactor para alguien? ¿Contribuyo al bien de
otros? ¿Ayudo a sostener la obra de Dios? ¿Comparto lo que tengo? ¿Soy pan
partido para mis hermanos? Porque no basta con recibir; el discípulo de Cristo
también aprende a dar.
Jesús,
Pan de Vida, no sólo quiere saciarnos; quiere transformarnos. Quiere que,
alimentados por Él, seamos hombres y mujeres capaces de alimentar la esperanza
de los demás. Quiere que quienes comemos el Pan eucarístico vivamos con corazón
eucarístico: agradecido, entregado, disponible, generoso.
Hermanos,
no nos equivoquemos. No reduzcamos a Jesús a alguien que resuelve urgencias
pasajeras. No lo busquemos solo cuando nos falta algo. No le pidamos señales,
olvidando las que ya nos ha dado. No confundamos el hambre del alma con simples
vacíos de la vida diaria. Vayamos al fondo. Cristo no vino solamente a darnos
algo; vino a dársenos Él mismo.
En
cada Eucaristía resuena esa promesa maravillosa: “El que viene a mí no tendrá hambre, y
el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Acerquémonos entonces a
Él con fe. Acerquémonos con humildad. Acerquémonos con el corazón abierto. Y
pidámosle hoy de manera especial que bendiga a nuestros benefactores, que
recompense su generosidad, que multiplique en ellos su paz, su salud y su esperanza.
Y que a nosotros nos conceda la gracia de reconocerlo, amarlo y seguirlo, para
que nunca busquemos fuera de Él el pan que sólo Él puede dar.
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
La
liturgia de hoy nos introduce en uno de los momentos más profundos y hermosos
del Evangelio de san Juan: el discurso
del Pan de Vida. Es un texto que no sólo habla de pan, sino del
hambre más profunda del corazón humano. Porque todos tenemos hambre. No solamente
hambre de alimento material, sino hambre de paz, de sentido, de amor, de
consuelo, de esperanza, de vida eterna.
En
el Evangelio, la multitud le dice a Jesús: “¿Qué signo haces para que veamos y creamos en ti?”
Y esta pregunta, en el fondo, revela una contradicción. Ya habían sido testigos
de la multiplicación de los panes. Ya habían comido hasta saciarse. Ya habían
visto un signo grande. Y, sin embargo, todavía piden otro signo.
Eso
nos muestra una verdad muy humana: se
puede ver mucho y entender poco. Se puede recibir un milagro y
no reconocer a Aquel que lo realiza. Se puede experimentar la ayuda de Dios y,
aun así, seguir dudando. La multitud había recibido pan, pero no había llegado
a descubrir quién era Jesús.
Y
eso también puede pasarnos a nosotros. A veces buscamos a Dios solo por lo que
puede darnos: salud, trabajo, solución, alivio, protección. Y ciertamente el
Señor se interesa por nuestras necesidades. Pero Cristo no vino sólo a resolver
problemas inmediatos. Vino a darnos algo infinitamente mayor: vino a dársenos Él mismo.
Por
eso Jesús los conduce de la memoria del maná a la revelación del verdadero pan.
Ellos recuerdan a Moisés, recuerdan el desierto, recuerdan el pan caído del
cielo. Pero Jesús les muestra que todo aquello era anuncio, figura,
preparación. El verdadero pan del cielo no es el maná del pasado, sino la
presencia viva del Hijo de Dios en medio de nosotros. Y entonces pronuncia esa
palabra central del Evangelio:
“Yo soy el pan de vida.”
No
dice simplemente: “yo traigo pan”.
No dice: “yo reparto pan”.
Dice: “Yo soy el pan.”
Es
decir, en Jesús, Dios responde a la necesidad más profunda del hombre. Porque
el corazón humano tiene un hambre que ninguna cosa creada puede saciar del
todo. Podemos tener comida, casa, trabajo, amistades, proyectos, logros, y aun
así sentir un vacío. ¿Por qué? Porque fuimos hechos para algo más grande.
Fuimos hechos para Dios.
Por
eso, cuando intentamos llenar el alma sólo con cosas pasajeras, tarde o
temprano aparece el cansancio interior. A veces uno puede sonreír por fuera y,
por dentro, llevar una gran sequedad. A veces uno lo tiene casi todo y, sin
embargo, siente que le falta lo esencial. A veces la vida nos deja una pregunta
silenciosa: “¿Qué me
falta? ¿Por qué no me siento plenamente saciado?”
La
respuesta del Evangelio es clara: nos falta una comunión más profunda con
Cristo. Nos falta acercarnos de verdad al Pan de Vida. Nos falta comprender que
la Eucaristía no es un simple rito, no es una costumbre piadosa, no es un
símbolo vacío. La Eucaristía
es Jesús mismo, dándose por amor para la vida del mundo.
Y
aquí aparece un aspecto muy importante que nos sirve de guía: la multitud
esperaba un pan material; Jesús ofrece un pan espiritual, celestial, eterno.
Ellos pensaban en el alimento del cuerpo; Él quería alimentar el alma. Ellos
buscaban una solución inmediata; Él les abría la puerta del misterio de la vida
eterna.
También
nosotros corremos el riesgo de quedarnos en la superficie. Podemos participar
de la Misa, acercarnos al altar, recibir la comunión, y sin embargo no dejarnos
tocar profundamente por el misterio que celebramos. Podemos asistir
físicamente, pero sin hambre espiritual. Podemos estar presentes, pero
distraídos. Podemos comulgar, pero sin conciencia viva de la grandeza del don
recibido.
Y,
sin embargo, ¡qué grande es la Eucaristía! Allí no recibimos algo de Jesús: recibimos a Jesús. Su
Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. El mismo Cristo resucitado entra en
nuestra pobreza, en nuestras heridas, en nuestras luchas, en nuestras hambres
más escondidas, para transformarnos desde dentro.
La
primera lectura, por su parte, nos presenta a Esteban en medio de la
persecución. Mientras algunos endurecen el corazón y rechazan la verdad,
Esteban permanece lleno de fe. No se apoya en seguridades humanas, sino en
Dios. Su fuerza no viene del aplauso de la gente ni de la ausencia de
problemas. Su fuerza viene de una relación viva con el Señor. Por eso puede
mantenerse firme aun en la prueba.
Aquí
se ve algo hermoso: el que
se alimenta de Dios aprende a vivir de otra manera. El que hace
de Cristo su pan cotidiano no depende tanto de las circunstancias. No significa
que no sufra, no significa que no tenga miedo, no significa que no le duela la
vida. Significa que, aun en medio del dolor, tiene un centro, una fuerza, una
esperanza, una paz que el mundo no puede dar.
Y
el salmo nos hace repetir: “A
tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.” Esa es la oración
del que ha descubierto quién lo sostiene de verdad. El pan del mundo alimenta
por unas horas; el Pan de Vida sostiene el alma para siempre. El alimento
material calma una necesidad temporal; Cristo responde a la sed de eternidad.
Hermanos,
en estos días en que la Iglesia nos hace leer el discurso del Pan de Vida, se
nos invita a redescubrir el asombro eucarístico. Tal vez necesitamos volver a
preguntarnos:
¿Qué significa para mí la
Eucaristía?
¿Voy a Misa por costumbre o por hambre de Dios?
¿Creo de verdad que Jesús está allí?
¿Me acerco al altar con reverencia, con fe, con deseo de ser transformado?
Porque
a veces el problema no es que Cristo no se dé; el problema es que nosotros nos
acercamos sin suficiente apertura. El Señor sigue ofreciéndose. El Pan de Vida
sigue descendiendo del cielo. La gracia sigue fluyendo. Pero hace falta un corazón
dispuesto, un corazón que no sólo pida signos, sino que se abra a la fe.
La
multitud pedía pruebas. Jesús ofrece su presencia. La multitud buscaba pan que
se acaba. Jesús ofrece el pan que permanece. La multitud quería saciar el
hambre del día. Jesús venía a saciar el hambre de toda la existencia.
Hoy,
entonces, pidámosle al Señor dos gracias. Primero, la gracia de reconocer nuestra hambre verdadera.
No disimularla, no llenarla con sucedáneos, no taparla con distracciones. Y
segundo, la gracia de buscar
en la Eucaristía la plenitud que sólo Cristo puede darnos.
Que
cada comunión sea para nosotros un acto de fe más consciente. Que cada Misa sea
una escuela de adoración. Que cada encuentro con Jesús sacramentado renueve
nuestro corazón. Y que podamos escuchar hoy, como dirigidas personalmente a
nosotros, esas palabras del Señor:
“Yo soy el pan de vida; el
que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed.”
Amén.

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