Lo que
prima es la relación
(Juan 6, 22-29) Jesús
invita a las multitudes a clarificar qué es lo que las impulsa a buscarlo. ¿Es
para verlo satisfacer sus necesidades fundamentales o para entrar en relación
con él y con el Padre? Si su búsqueda se limita a la primera motivación, el
peligro es grande: que su atención puesta en los dones les haga olvidar poco a
poco al Dador y el primado de la relación. Jesús les recuerda además que no se
trata primero de “hacer” para ser “alimentados” por Dios, sino de dejarse
encontrar por él.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
No lograban
hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios
y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los
libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a
discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al
espíritu con que hablaba.
Entonces indujeron a unos que asegurasen:
«Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios».
Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y, viniendo de
improviso, lo agarraron y lo condujeron al Sanedrín, presentando testigos
falsos que decían:
«Este individuo no para de hablar contra el Lugar Santo y la Ley, pues le hemos
oído decir que ese Jesús el Nazareno destruirá este lugar y cambiará las
tradiciones que nos dio Moisés».
Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su
rostro les pareció el de un ángel.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dichoso
el que camina en la ley del Señor.
O bien:
R. Aleluya.
V. Aunque los
nobles se sienten a murmurar de mí,
tu siervo medita tus decretos;
tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros. R.
V. Te
expliqué mi camino, y me escuchaste:
enséñame tus mandamientos;
instrúyeme en el camino de tus mandatos,
y meditaré tus maravillas. R.
V. Apártame
del camino falso,
y dame la gracia de tu ley;
escogí el camino verdadero,
deseé tus mandamientos. R.
Aclamación
V. No
solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.
Evangelio
Trabajen no
por el alimento que perece, sino por el que perdura para la vida eterna
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
DESPUÉS de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron
caminando sobre el mar.
Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que
allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus
discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.
Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido
el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni
Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en
busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».
Jesús les contestó:
«En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan no porque han visto signos,
sino porque comieron pan hasta saciarse. Trabajen no por el alimento que
perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que les dará
el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron:
«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
Respondió Jesús:
«La obra de Dios es esta: que crean en el que él ha enviado».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos y hermanas:
La Palabra de
Dios de este día nos lleva al centro de la vida cristiana: no se trata solamente de buscar a Dios
por lo que puede darnos, sino de buscarlo a Él. Esa es la gran
enseñanza del Evangelio de hoy.
La gente busca
a Jesús con insistencia. Lo siguen, lo buscan, lo interrogan. Y eso podría
parecer algo muy hermoso. Pero Jesús, que conoce el corazón humano, va más al
fondo y desenmascara la intención: muchos lo buscan no porque hayan entendido
el signo, no porque su corazón se haya abierto al misterio, sino porque
comieron pan hasta saciarse. Es decir, lo buscan por interés, por necesidad,
por conveniencia. Lo buscan por el pan, pero no necesariamente por la verdad;
por el milagro, pero no necesariamente por la conversión; por el beneficio,
pero no necesariamente por la comunión con Él.
Jesús no
desprecia nuestras necesidades. Él sabe que necesitamos pan, consuelo, salud,
fuerza. Él sabe que lloramos, que sufrimos y que tenemos hambre en muchos
sentidos. Pero hoy nos recuerda que hay algo todavía más importante: la relación con Él.
Porque cuando uno se encuentra de verdad con Cristo, descubre que no solo
recibe dones, sino que recibe al mismo Dador.
Por eso Jesús
dice: “Trabajen, no por el
alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna”.
No está despreciando el pan material; está diciendo que hay una hambre más
profunda. Hay un vacío en el corazón humano que ningún éxito, ninguna
seguridad, ninguna compañía puramente humana puede llenar del todo. Solo Dios
basta. Solo Cristo puede alimentar el alma.
La primera
lectura nos presenta a Esteban, hombre lleno de gracia y de fortaleza. Él sí
había entendido esto. Su vida no estaba apoyada solo en obras visibles, sino en
una profunda unión con el Señor resucitado. Por eso, aun en medio de la
persecución, aun frente a los que lo acusaban falsamente, permanecía firme. Y
el texto dice algo bellísimo: su
rostro parecía el de un ángel. Cuando alguien vive en verdadera
relación con Dios, hasta su rostro cambia; hasta en medio del dolor aparece una
luz distinta.
Y el salmo nos
da la clave interior de esa fidelidad: “Tus
preceptos son mi delicia”. El creyente no vive solamente de
pan; vive también de la Palabra. Vive de esa voz de Dios que orienta, sostiene,
corrige y consuela.
Hoy además
oramos por nuestros difuntos. Y esta Palabra ilumina también esa intención.
Cuando despedimos a un ser querido, sentimos con fuerza que todo lo de este
mundo pasa, que todo pan material perece, que todo es frágil y pasajero. La
muerte nos recuerda que no fuimos creados solo para esta tierra. Fuimos hechos
para Dios, para la vida eterna, para una comunión que no termina. Por eso, orar
por nuestros difuntos es un acto de fe: creemos que Cristo resucitado es el
alimento que no perece, la vida que vence la muerte, la esperanza que no
defrauda.
Pidamos hoy al
Señor que purifique nuestra búsqueda. Que no lo busquemos solo por interés,
sino por amor. Que no nos quedemos solo en los dones, sino que lleguemos al
Dador. Que no nos conformemos con un cristianismo de costumbre, sino que
vivamos una verdadera amistad con Jesús.
Amén.
2
Queridos hermanos y hermanas:
El
Evangelio de hoy nos pone delante una verdad muy humana y muy actual: no siempre buscamos a Jesús por las
razones correctas. La multitud corre detrás de Él, lo busca, lo
encuentra, le pregunta: “Rabí, ¿cuándo has llegado aquí?”. Pero Jesús, que
conoce el corazón, no se deja engañar por las apariencias. Va al fondo del
asunto y les dice con claridad: “Ustedes
me buscan no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse”.
Qué
palabra tan fuerte, y al mismo tiempo tan iluminadora. Aquella gente buscaba a
Jesús, sí, pero lo buscaba por conveniencia, por necesidad, por interés. Lo
seguían por el pan material, pero todavía no habían comprendido el signo
espiritual. Habían recibido el milagro, pero no habían llegado al misterio.
Habían saboreado el don, pero no habían reconocido al Dador.
Y
eso también puede pasarnos a nosotros. A veces buscamos al Señor solamente
cuando lo necesitamos para resolver algo: una enfermedad, una crisis, una
angustia económica, un problema familiar, una preocupación del alma. Y
ciertamente está bien acudir a Él en nuestras necesidades, porque Cristo no
rechaza a quien lo busca con dolor o con hambre. El problema aparece cuando
nuestra relación con Dios se queda solo ahí: cuando lo reducimos a un proveedor
de favores, a un solucionador de urgencias, a alguien útil para los momentos
difíciles, pero no amado ni seguido verdaderamente como Señor de la vida.
Por
eso Jesús hoy nos corrige con ternura y firmeza: “Trabajen no por el alimento que perece,
sino por el alimento que perdura para la vida eterna”. El Señor
no desprecia el pan material. Él mismo había multiplicado los panes. Él sabe
que tenemos cuerpo, necesidades, cansancios, hambres y pobrezas. Pero nos
enseña que hay una necesidad más profunda todavía: el hambre de sentido, el hambre de
verdad, el hambre de Dios. Y ese alimento no lo da el mundo. No
lo da el dinero, no lo da el éxito, no lo da el reconocimiento, no lo da el
placer pasajero. Ese alimento lo da Cristo.
Entonces
la multitud le pregunta: “¿Qué
debemos hacer para realizar las obras de Dios?”. Tal vez
esperaban una lista de normas, prácticas, observancias, sacrificios. Pero Jesús
responde de manera sorprendente y sencilla: “La obra de Dios es esta: que crean en el que Él ha
enviado”. Es decir, la primera obra no es agitarse mucho, ni
aparentar mucha religiosidad, ni multiplicar actos externos. La primera obra es
creer.
Confiar. Abrirse. Dejar que Cristo entre de verdad en el corazón. Aceptar que
Él sabe mejor que nosotros qué es lo que realmente necesitamos.
En
el fondo, el Evangelio de hoy es una invitación a reorientar nuestros deseos.
Porque muchas veces deseamos cosas buenas, pero pequeñas; cosas legítimas, pero
pasajeras; cosas urgentes, pero no esenciales. El Señor, en cambio, quiere
elevar nuestro corazón hacia lo eterno. Nosotros pedimos pan; Él quiere darnos
vida. Nosotros pedimos alivio; Él quiere darnos salvación. Nosotros buscamos
soluciones inmediatas; Él quiere darnos una comunión profunda con el Padre.
La
primera lectura nos presenta a Esteban,
lleno de gracia y de poder. Él sí había comprendido esto. No buscaba a Dios por
interés, sino que vivía totalmente entregado a Él. Y por eso, incluso en medio
de la oposición, de la calumnia y de la injusticia, permanece firme. Los que
discutían con él no podían resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba.
Y al final, cuando lo observan, ven su rostro “como el rostro de un ángel”. Qué
hermoso: cuando un hombre vive verdaderamente unido a Cristo, hasta su
semblante revela algo del cielo. Esteban no vivía para el alimento que perece;
vivía para la verdad de Dios.
El
salmo responsorial va en esa misma dirección. El salmista dice: “Te expuse mi camino y me escuchaste”,
y también: “Tus mandatos
son mi delicia”. Ahí está el corazón del creyente auténtico: no
un corazón que usa a Dios, sino un corazón que se abre a Dios; no un corazón
centrado en sí mismo, sino dócil a la voluntad divina. El verdadero discípulo
descubre que la Palabra de Dios no es una carga, sino luz; no es un obstáculo,
sino camino; no es una imposición, sino alimento.
Hermanos,
este Evangelio nos invita a hacernos una pregunta muy seria: ¿qué busco realmente en mi relación con
Jesús?
¿Busco solo consuelo?
¿Busco solo ayuda?
¿Busco solo que me resuelva algo?
¿O busco conocerlo, amarlo, creer en Él, seguirlo, dejar que transforme mis
deseos, mis criterios y mis prioridades?
La
Pascua es precisamente este tiempo bendito en el que el Señor resucitado quiere
purificar nuestra fe. Quiere llevarnos de una fe superficial a una fe madura;
de una fe interesada a una fe enamorada; de una fe centrada en los beneficios a
una fe centrada en la persona viva de Jesucristo.
Pidámosle
hoy al Señor:
“Jesús, no permitas que te busque solo por lo que puedes darme. Enséñame a
buscarte por ti mismo. Corrige mis deseos desordenados. Eleva mi corazón. Dame
hambre del pan que no perece. Dame fe en ti, el Enviado del Padre. Y haz que mi
vida entera se oriente hacia lo eterno”.
Que
María, mujer del deseo purificado y de la fe total, nos enseñe a buscar siempre
a Jesús no solo por sus dones, sino por el gozo de pertenecerle a Él.
Amén.

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