Bienaventurada Virgen María de Fátima
En 1917, tres niños pastoreaban un pequeño rebaño
en el municipio de Fátima, en Portugal. Después de haber rezado el rosario al
mediodía, Lucía, Francisco y Jacinta vieron una luz brillante; luego, sobre la
copa de una pequeña encina, apareció una “Señora más brillante que el sol”. El
mensaje de Nuestra Señora de Fátima es una invitación a orar y a hacer penitencia.
La teoría y la práctica
(Hechos 17,15.22 – 18,1; Juan 16,12-15) Hay un hermoso eco entre las
dos lecturas de este día. Por una parte, Jesús anuncia a los suyos que el
Espíritu Santo será para ellos fuente inagotable de verdad y, por tanto, de
creatividad en el conocimiento y en el anuncio de Dios.
Por otra parte, Pablo pone en práctica esta
capacidad encontrando, para la gente de Atenas, un lenguaje nuevo para
evangelizar. La Iglesia vive de este soplo que no inventa nada, pero que
actualiza sin cesar la Revelación.
Jean-Marc
Liautaud, Fondacio
Primera lectura
Eso que
veneran sin conocerlo se lo anuncio yo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y se
volvieron con el encargo de que Silas y Timoteo se reuniesen con él cuanto
antes.
Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:
«Atenienses, veo que son en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y
contemplando sus monumentos
sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”.
Pues eso que venerán sin conocerlo se lo anuncio yo. “El Dios que hizo el mundo
y todo lo que contiene”, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en
templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si
necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo.
De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera,
determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de
habitar, con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo
encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos,
nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de sus poetas: “Somos
estirpe suya”.
Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se
parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y
la fantasía de un hombre. Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de
ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se
conviertan. Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con
justicia, por medio del hombre a quien él ha designado; y ha dado a todos la
garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos».
Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros
dijeron:
«De esto te oiremos hablar en otra ocasión».
Así salió Pablo de en medio de ellos. Algunos se le juntaron y creyeron, entre
ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos.
Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Llenos
están el cielo y la tierra de tu gloria.
O bien:
R. Aleluya.
V. Alaben al
Señor en el cielo,
alaben al Señor en lo alto.
Alábenlo todos sus ángeles;
alábenlo todos sus ejércitos. R.
V. Reyes
del orbe y todos los pueblos,
príncipes y jueces del mundo,
los jóvenes y también las doncellas,
los ancianos junto con los niños. R.
V. Alaben el
nombre del Señor,
el único nombre sublime.
Su majestad sobre el cielo y la tierra. R.
V. Él acrece
el vigor de su pueblo.
Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, su pueblo escogido. R.
Aclamación
V. Le pediré
al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes. R.
Evangelio
El Espíritu
de la verdad los guiará hasta la verdad plena
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquellos días, dijo Jesús a sus discípulos:
«Muchas cosas me quedan por decirles, pero no pueden cargar con ellas por
ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad
plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y les
comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que recibirá y tomará
de lo mío y se lo anunciará».
Palabra del Señor.
1
“El Espíritu nos enseña a hablar de Dios en el
lenguaje de cada corazón”
Queridos
hermanos y hermanas:
En
este miércoles de la sexta semana de Pascua, la Palabra de Dios nos coloca ante
una verdad profundamente actual: la
fe no es una pieza de museo, ni una teoría encerrada en libros antiguos; la fe
es una vida guiada por el Espíritu Santo, capaz de hablarle al corazón de cada
época, de cada cultura, de cada persona.
Jesús,
en el Evangelio de san Juan, dice a sus discípulos:
“Muchas
cosas me quedan por decirles, pero no pueden cargar con ellas por ahora. Cuando
venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena”.
Estas
palabras son de una gran ternura. Jesús no les exige a sus discípulos
entenderlo todo de golpe. Sabe que el corazón humano necesita tiempo, camino,
maduración. Hay verdades que solo se comprenden después de haber llorado,
después de haber amado, después de haber perdido, después de haber esperado.
Hay cosas de Dios que no entran únicamente por la cabeza, sino por la
experiencia de la vida iluminada por la gracia.
Por
eso Jesús promete el Espíritu Santo. No un maestro frío de conceptos, sino el Espíritu de la verdad,
el que acompaña, ilumina, recuerda, consuela, fortalece y conduce. El Espíritu
no viene a cambiar el Evangelio, no viene a inventar otro Cristo, no viene a
sustituir la Revelación. Viene a hacerla viva, actual, comprensible, fecunda.
Viene a ayudarnos a descubrir lo que Cristo quiere decirnos hoy, en nuestra
situación concreta.
Y
aquí aparece la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles. San
Pablo llega a Atenas, una ciudad culta, filosófica, llena de templos, imágenes,
búsquedas religiosas y preguntas profundas. Pablo no desprecia esa cultura. No
llega insultando, no comienza condenando, no se presenta como quien viene a
humillar la inteligencia de los atenienses. Al contrario, observa, escucha,
descubre un punto de encuentro y les dice:
“Atenienses,
veo que ustedes son en todo extremadamente religiosos”.
Y
luego parte de un altar dedicado “al Dios desconocido” para anunciarles al Dios
vivo, al Dios creador, al Dios cercano, al Dios en quien “vivimos, nos movemos
y existimos”.
¡Qué
hermoso ejemplo de evangelización! Pablo no cambia el mensaje, pero sí busca el
lenguaje. No traiciona a Cristo, pero se esfuerza por encontrar una puerta de
entrada al corazón de quienes lo escuchan. Eso es lo que hace el Espíritu
Santo: nos enseña a anunciar la verdad de siempre con palabras capaces de tocar
la vida de hoy.
A
veces nosotros podemos caer en dos errores. El primero: querer anunciar el
Evangelio como una teoría, como un discurso aprendido, como una doctrina
repetida sin alma. Y el segundo: querer acomodar tanto el Evangelio al mundo
que terminamos vaciándolo de su verdad. La Palabra de hoy nos muestra el camino
justo: fidelidad y
creatividad. Fidelidad al Evangelio de Cristo; creatividad para
comunicarlo con amor, inteligencia y cercanía.
Jesús
dice que el Espíritu “no hablará por cuenta propia”, sino que tomará de lo suyo
y nos lo anunciará. Esto es muy importante. El Espíritu Santo no nos conduce a
caprichos personales, ni a modas pasajeras, ni a una fe fabricada a nuestra
medida. El Espíritu nos conduce siempre a Cristo. Todo verdadero discernimiento
espiritual nos acerca más a Jesús, nos hace más humildes, más fraternos, más
orantes, más comprometidos, más capaces de amar.
Hoy
celebramos también la memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima. Y
Fátima nos recuerda precisamente esto: que Dios sigue hablando al mundo, no
para añadir otro Evangelio, sino para llamarnos a vivir más profundamente el
Evangelio de siempre. El mensaje de Fátima es un llamado a la oración, a la
conversión, a la penitencia, a la paz, al rezo del Rosario, a confiar en el
amor maternal de María y a volver el corazón a Dios.
María
no se predica a sí misma. María siempre conduce a Cristo. Como en Caná de
Galilea, sigue diciéndonos: “Hagan lo que Él les diga”. Ella, llena del
Espíritu Santo, es maestra de escucha. Guardaba todas las cosas en su corazón.
No lo entendía todo inmediatamente, pero confiaba. Caminaba en la fe, dejándose
guiar por Dios.
Y
cuánta necesidad tenemos hoy de esa actitud mariana. Vivimos en un mundo lleno
de ruido, de opiniones, de información, de debates, de ideologías, de palabras
que a veces iluminan, pero muchas veces confunden. En medio de ese mundo,
necesitamos pedir al Espíritu Santo que nos conduzca a la verdad plena. No a
una verdad agresiva, no a una verdad usada como arma para herir, sino a la
verdad de Cristo, que libera, sana, levanta y salva.
La
intención orante de hoy nos invita a poner ante el Señor a los enfermos. Y qué
bien ilumina esta intención la Palabra de Dios. Porque también el enfermo
necesita ser guiado por el Espíritu de la verdad. La enfermedad muchas veces
trae preguntas dolorosas: ¿por qué a mí?, ¿hasta cuándo?, ¿dónde está Dios?,
¿qué sentido tiene este sufrimiento?, ¿podré recuperar la salud?, ¿tendré
fuerzas para seguir?
No
siempre tenemos respuestas inmediatas. Y sería muy injusto dar respuestas
fáciles al dolor humano. Pero sí podemos anunciar una certeza: Dios no abandona al enfermo.
Dios está allí, en la cama del hospital, en la casa silenciosa, en la sala de
espera, en la incertidumbre del diagnóstico, en la fragilidad del cuerpo, en el
cansancio de quien cuida. Dios está allí no como teoría, sino como presencia
viva.
El
Espíritu Santo es también Consolador. Y consolar no significa simplemente decir
palabras bonitas. Consolar significa sostener desde dentro. Hay enfermos que,
aun en medio del dolor, se convierten en maestros de fe. Hay personas que,
desde una cama, evangelizan más que muchos discursos. Su paciencia, su oración,
su serenidad, su ofrecimiento silencioso, su esperanza en medio de la prueba,
se convierten en una predicación viva.
San
Pablo en Atenas buscó un lenguaje para hablarle a una cultura filosófica. Hoy
también nosotros necesitamos encontrar un lenguaje para hablarle al enfermo, al
joven, al anciano, al que duda, al que se alejó de la Iglesia, al que está
cansado, al que sufre depresión, al que ha perdido un ser querido, al que se
siente solo. No basta repetir fórmulas. Hay que pedir al Espíritu Santo
palabras con alma, palabras con misericordia, palabras nacidas de la oración.
El
salmo de hoy invita a toda la creación a alabar al Señor: los cielos, la
tierra, los reyes, los pueblos, los jóvenes, las doncellas, los ancianos y los
niños. Toda la creación es convocada a reconocer la grandeza de Dios. Y esa
alabanza también puede brotar desde la fragilidad. A veces la alabanza más pura
no es la que nace cuando todo va bien, sino la que se eleva cuando, en medio
del dolor, una persona todavía puede decir: “Señor, confío en ti”.
Pidamos
hoy al Espíritu Santo que nos enseñe tres cosas.
Primero,
a escuchar.
Escuchar a Dios, escuchar la Palabra, escuchar la vida, escuchar el sufrimiento
de los demás. Quien no escucha, no evangeliza; solo impone.
Segundo,
a discernir.
No todo espíritu viene de Dios. No toda novedad es inspiración. No toda
tradición mal entendida es fidelidad. Necesitamos al Espíritu de la verdad para
distinguir lo que viene de Cristo y lo que nos aparta de Él.
Tercero,
a anunciar.
Que no nos dé vergüenza hablar de Dios, pero que sepamos hacerlo con humildad,
con belleza, con respeto, con convicción y con amor. Como Pablo en Atenas. Como
María en Fátima. Como tantos cristianos sencillos que, sin grandes títulos,
hacen creíble el Evangelio con su vida.
Que
la Virgen María de Fátima interceda hoy por nosotros. Que cubra con su manto
maternal a todos los enfermos, a quienes los cuidan, a los médicos, enfermeras,
familiares y agentes de pastoral de la salud. Que ella nos enseñe a guardar la
Palabra en el corazón y a dejarnos conducir por el Espíritu Santo.
Y
que el Señor nos conceda una Iglesia viva, fiel y creativa: una Iglesia que no
inventa otro Evangelio, pero que sabe anunciar el Evangelio eterno con palabras
nuevas, con gestos nuevos, con caridad nueva, en medio de los areópagos de
nuestro tiempo.
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
En
el Evangelio de hoy, Jesús dice a sus discípulos: “Muchas cosas me quedan por decirles,
pero no pueden cargar con ellas por ahora. Cuando venga el Espíritu de la
verdad, Él los guiará hasta la verdad plena.”
Esta
frase nos muestra la paciencia de Dios. Jesús no obliga a sus discípulos a
entenderlo todo de una vez. Sabe que el corazón humano tiene ritmos, límites,
heridas, resistencias. También nosotros quisiéramos comprenderlo todo: el
sentido del sufrimiento, los caminos de Dios, las pruebas de la vida, los
silencios del cielo. Pero hay verdades que solo se entienden con el tiempo, con
oración, con humildad y, sobre todo, con la luz del Espíritu Santo.
Los
discípulos caminaron con Jesús, escucharon sus palabras, vieron sus milagros,
compartieron su intimidad. Y, sin embargo, todavía necesitaban al Espíritu para
comprender la profundidad del misterio de Cristo. Esto nos recuerda que la fe
no es solo información religiosa, ni simple doctrina aprendida de memoria. La
fe es una vida transformada por el Espíritu.
En
la primera lectura vemos a san Pablo en Atenas. Allí se encuentra con una
cultura llena de búsquedas religiosas y filosóficas. Pablo no desprecia esa
búsqueda. Al contrario, parte de lo que ellos conocen: el altar dedicado “al
Dios desconocido”. Desde allí les anuncia al Dios verdadero, al Dios que da la
vida, al Dios en quien “vivimos, nos movemos y existimos”.
Pablo
nos enseña que quien se deja guiar por el Espíritu sabe anunciar la verdad con
inteligencia, respeto y creatividad. No cambia el Evangelio, pero busca el
lenguaje adecuado para tocar el corazón de quienes escuchan. También hoy
necesitamos cristianos así: fieles a Cristo, pero capaces de hablarle al mundo
actual con cercanía, claridad y amor.
Jesús
habla del Espíritu de la
verdad. Pero esa verdad no es una idea fría. Es una verdad que
transforma. Para recibir el vino nuevo de la gracia, necesitamos odres nuevos.
Es decir, necesitamos dejar que el Espíritu cambie nuestra manera de pensar, de
hablar, de amar, de perdonar, de servir. A veces nos aferramos a viejas
actitudes: orgullo, resentimiento, miedo, mediocridad, autosuficiencia. Y el
Espíritu viene a decirnos: “Déjate renovar. Dios quiere hacer algo nuevo en
ti”.
Hoy
celebramos también la memoria de la Bienaventurada Virgen María de Fátima.
María es la mujer dócil al Espíritu. Ella no lo comprendió todo desde el
comienzo, pero creyó, guardó la Palabra en su corazón y se dejó conducir por
Dios. En Fátima, María nos recuerda el camino sencillo y profundo del
Evangelio: oración, conversión, penitencia, paz y confianza en Dios.
El
salmo nos invita a alabar al Señor: cielos y tierra, jóvenes y ancianos,
pueblos y naciones. Cuando el Espíritu nos guía a la verdad, el corazón termina
en alabanza. Porque quien descubre a Dios no puede vivir encerrado en la
tristeza, el miedo o la indiferencia. La verdad de Cristo abre el alma a la
esperanza.
Pidamos
hoy al Espíritu Santo que nos haga capaces de cargar con la verdad de Dios; no
solo de entenderla con la cabeza, sino de vivirla con el corazón. Que María de
Fátima interceda por nosotros, para que seamos hombres y mujeres renovados por
el Espíritu, testigos humildes y valientes del Evangelio.
Que
el Señor nos conceda abandonar los odres viejos de nuestra vida y recibir el
vino nuevo de su gracia.
Amén.

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