sábado, 18 de julio de 2026

19 de julio del 2026: decimosexto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

El Reino en el horizonte

Sb 12,13.16-19 / Sal 86(85),5-6.9-10.15-16a (R. 5a) / Rm 8,26-27 /
Mt 13,24-43 (forma larga) o Mt 13,24-30 (forma breve).

La misericordia de Dios significa paciencia y esperanza. El libro de la Sabiduría nos revela a un Dios poderoso, pero indulgente, que concede a cada persona el tiempo necesario para convertirse. Con el salmista proclamamos que Él es bueno, lleno de amor y de fidelidad. Y cuando nuestra debilidad nos impide orar como conviene, san Pablo nos recuerda que el Espíritu viene en nuestra ayuda e intercede por nosotros.

En medio del trigo y la cizaña, Dios nos invita a renunciar a los juicios apresurados y a confiar en su acción. Su Reino crece discretamente, como el grano de mostaza y la levadura en la masa. Acojamos su Palabra con paciencia y convirtámonos, mediante nuestros gestos sencillos, en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

  Sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo, o acostumbro juzgar y condenar apresuradamente?

  ¿Qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar esta semana para que el Reino de Dios siga creciendo?

  Cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo viene en ayuda de mi debilidad e intercede por mí?

G.Q


Primera lectura

Sab 12, 13. 16-19

Concedes el arrepentimiento a los pecadores

Lectura del libro de la Sabiduría.

FUERA de ti no hay otro Dios que cuide de todo,
a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente.
Porque tu fuerza es el principio de la justicia
y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos.
Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto
y confundes la osadía de los que lo conocen.
Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación
y nos gobiernas con mucha indulgencia,
porque haces uso de tu poder cuando quieres.
Actuando así, enseñaste a tu pueblo
que el justo debe ser humano
y diste a tus hijos una buena esperanza,
pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a (R.: 5a)

R. Tú, Señor, eres bueno y clemente.

V. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. 
R.

V. Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios». 
R.

V. Pero tú, Señor,
Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 26-27

El Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 24-43 (forma larga)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».
Les propuso otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Les dijo otra parábola:
«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta».
Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas;
anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo».
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Palabra del Señor.



Mt 13, 24-30 (forma breve)

Déjenlos crecer juntos hasta la siega

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
“Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”.
Él les dijo:
“Un enemigo lo ha hecho”.
Los criados le preguntan:
“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”.
Pero él les respondió:
“No, que al recoger la cizaña pueden arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla, y el trigo almacénenlo en mi granero”».

Palabra del Señor.


1

 

El Reino en el horizonte

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos permiten contemplar el Reino de Dios en el horizonte. Es un Reino que ya está actuando entre nosotros, aunque muchas veces crezca de manera silenciosa. Para reconocerlo necesitamos paciencia, esperanza y una mirada misericordiosa.

La primera lectura, del libro de la Sabiduría, nos presenta a un Dios fuerte, pero indulgente. Su poder no consiste en aplastar al pecador, sino en ofrecerle la posibilidad de convertirse:

«Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».

Dios no se precipita a condenar. Conoce nuestra fragilidad, espera nuestro regreso y nos ofrece nuevas oportunidades. Su paciencia no significa que apruebe el mal, sino que desea salvar al pecador. Por eso, la lectura nos deja una enseñanza fundamental: «El justo debe ser humano».

No podemos afirmar que creemos en el Dios misericordioso mientras juzgamos sin compasión, cerramos la puerta al arrepentimiento o reducimos a una persona a sus equivocaciones. Si Dios tiene paciencia conmigo, también yo debo aprender a tenerla con los demás.

Por eso proclamamos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

Esta es nuestra confianza: Dios conoce nuestras faltas, pero también nuestros esfuerzos; ve nuestras caídas, pero no deja de contemplar las posibilidades de bien que ha sembrado en nosotros.

El trigo y la cizaña

En el Evangelio, Jesús presenta la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo y sembró cizaña.

La buena semilla viene de Dios. Él siembra la vida, la verdad, la justicia, la fraternidad y la paz. Sin embargo, en el campo del mundo también aparece la cizaña: el egoísmo, la mentira, la violencia, la corrupción, la envidia y la discordia.

La cizaña aparece también en nuestras familias y comunidades. Surge cuando permitimos que los comentarios malintencionados destruyan la confianza; cuando una diferencia de opinión se convierte en enemistad; cuando dejamos crecer el resentimiento; cuando nos negamos a perdonar o pensamos que nuestra manera de actuar es la única correcta.

Pero no debemos buscar la cizaña solamente en los demás. El trigo y la mala hierba también crecen dentro de nuestro propio corazón. En nosotros hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también necesidad de reconocimiento; capacidad de perdonar, pero también resentimientos.

Por eso, antes de preguntarnos quiénes son la cizaña, conviene preguntarnos: ¿qué necesita ser transformado en mi propia vida?

Los servidores quieren arrancar inmediatamente la mala hierba, pero el dueño les dice: «No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo».

Jesús no nos invita a ser indiferentes frente al mal. Debemos defender la verdad, corregir con caridad y proteger a quienes sufren. Sin embargo, nos pide que no emitamos juicios definitivos sobre las personas. Podemos reconocer que una acción es mala, pero solamente Dios conoce completamente el corazón humano.

¡Cuánto daño causan los juicios precipitados! A veces conocemos un error de una persona y creemos conocer toda su vida. Escuchamos un comentario y lo repetimos sin verificarlo. Cerramos al hermano la posibilidad de cambiar, mientras nosotros continuamos pidiéndole a Dios que tenga paciencia con nuestras propias debilidades.

La pregunta para nuestra reflexión es muy concreta: ¿sé tener con los demás la misma paciencia y misericordia que Dios tiene conmigo?

La fuerza de lo pequeño

Jesús compara también el Reino de los cielos con un grano de mostaza. Es una semilla muy pequeña, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de acoger a las aves.

Después habla de la levadura que una mujer mezcla con la harina hasta que toda la masa queda fermentada. La levadura trabaja desde dentro, silenciosamente, sin llamar la atención.

Estas parábolas nos recuerdan que Dios no actúa siempre mediante acontecimientos espectaculares. Su Reino crece a través de pequeños gestos: una palabra de consuelo, una visita a un enfermo, una ayuda ofrecida discretamente, una reconciliación familiar, una oración perseverante o un vaso de agua entregado con amor.

Muchas veces nos desanimamos porque no vemos resultados inmediatos. Los padres pueden preguntarse si todo lo que enseñaron a sus hijos dará fruto. Los catequistas pueden creer que sus esfuerzos son inútiles. Quienes trabajan por una comunidad más unida pueden cansarse al encontrar divisiones y resistencias.

El Evangelio nos pide confiar. La semilla puede parecer pequeña y la levadura permanece escondida, pero ambas contienen una fuerza que no depende solamente de nosotros. Dios continúa trabajando en los corazones, incluso cuando no podemos verlo.

Por eso surge otra pregunta: ¿qué pequeña semilla de bondad, reconciliación o servicio puedo sembrar durante esta semana?

Quizá no podamos cambiar toda nuestra sociedad, pero sí podemos comenzar por nuestro hogar. Tal vez no podamos solucionar todos los problemas de nuestra comunidad, pero podemos negarnos a difundir un chisme, acompañar a quien está solo, perdonar una ofensa o ayudar a una familia necesitada. Ningún gesto realizado por amor es insignificante ante Dios.

El Espíritu viene en nuestra ayuda

San Pablo nos dice en la segunda lectura:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay momentos en los que no sabemos cómo orar. Puede suceder ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o una situación que parece no tener salida. Tal vez solo podemos permanecer en silencio o derramar lágrimas delante de Dios.

San Pablo nos asegura que, en esos momentos, no estamos solos. El Espíritu Santo intercede por nosotros «con gemidos inefables». Él transforma nuestra pobreza, nuestro silencio y nuestro dolor en oración.

No necesitamos palabras perfectas para acercarnos a Dios. Podemos decirle sencillamente: “Señor, tú sabes lo que llevo en mi corazón. Ven en ayuda de mi debilidad”.

Esto nos lleva a la tercera pregunta: cuando no encuentro palabras para orar, ¿confío en que el Espíritu Santo intercede por mí?

La oración no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero permite que Dios transforme nuestro corazón. Nos da luz para discernir, fuerza para perseverar y paciencia para esperar.

Queridos hermanos: el Reino de Dios está ya presente en medio de nosotros. Crece como el trigo, como el grano de mostaza y como la levadura. No debemos desanimarnos por la cizaña ni convertirnos en jueces implacables. Nuestra misión es permanecer vigilantes, cuidar la buena semilla y seguir sembrando el bien.

En esta Eucaristía pidamos al Señor un corazón semejante al suyo: paciente sin ser indiferente, firme frente al mal y misericordioso con las personas. Que el Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y nos convierta en sembradores de bondad, fraternidad y esperanza.

Y al regresar a nuestros hogares, llevemos estas tres preguntas en el corazón:

¿Tengo con los demás la paciencia que Dios tiene conmigo?
¿Qué pequeña semilla de bondad puedo sembrar esta semana?
¿Confío en el Espíritu Santo cuando no sé cómo orar?

Que María, mujer paciente y disponible a la acción de Dios, nos enseñe a confiar en el crecimiento silencioso del Reino y a conservar siempre la esperanza. Amén.

 

2

 

La paciencia de Dios y la fuerza escondida del Reino

 

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este domingo nos ayudan a descubrir cómo actúa Dios frente al mal y cómo va creciendo su Reino en medio de nuestra historia. Jesús nos presenta tres parábolas: el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura. Las tres contienen un mensaje de esperanza, pero también una invitación a la paciencia, al discernimiento y a la confianza.

Vivimos en una época impaciente. Queremos respuestas inmediatas, cambios rápidos y resultados visibles. Nos cuesta aceptar los procesos lentos. También quisiéramos que Dios interviniera de una vez para eliminar la injusticia, castigar a quienes hacen el mal y resolver todos nuestros problemas. Sin embargo, la Palabra de hoy nos enseña que Dios tiene sus tiempos y que su paciencia no es indiferencia ni debilidad: es una nueva oportunidad ofrecida al pecador para que pueda convertirse.

1. Un Dios poderoso porque es misericordioso

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta el verdadero rostro de Dios:

«Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos».

Dios no necesita demostrar su poder destruyendo a quienes se equivocan. Precisamente porque es fuerte, puede ser paciente; porque es Señor de todos, puede tratar a todos con misericordia. Los seres humanos, cuando nos sentimos débiles o inseguros, a veces reaccionamos con violencia, intolerancia y deseo de venganza. Dios, en cambio, manifiesta su grandeza perdonando, corrigiendo con moderación y ofreciendo tiempo para la conversión.

La lectura concluye con una enseñanza preciosa: actuando de este modo, Dios enseñó a su pueblo que «el justo debe ser humano» y dio a sus hijos «la esperanza de que, después del pecado, concede el arrepentimiento».

¡Qué mensaje tan necesario para nuestras familias y comunidades! El justo debe ser humano. Una persona creyente no puede complacerse en condenar, humillar o destruir la reputación de los demás. Tampoco puede encerrar definitivamente a una persona dentro de su pasado, como si nadie tuviera derecho a cambiar. Creer en Dios significa creer también en la posibilidad de la conversión.

Por eso respondemos en el salmo:

«Tú, Señor, eres bueno y clemente».

El salmista no niega la existencia del mal, pero se apoya en la bondad de Dios. En medio de las dificultades, reconoce que el Señor es lento a la cólera, rico en misericordia y fiel con quienes lo invocan.

2. El trigo y la cizaña crecen juntos

Esta misma enseñanza aparece en la parábola principal del Evangelio. Un hombre sembró buena semilla en su campo; pero, mientras todos dormían, llegó el enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.

La buena semilla viene de Dios. Desde el relato de la creación, la Biblia nos recuerda que todo lo creado por Dios es bueno. Dios siembra vida, verdad, fraternidad, justicia y esperanza. Él no es el autor del mal. El enemigo es quien introduce la mentira, la división y la muerte.

Jesús dice que el enemigo actuó «mientras todos dormían». Este sueño puede representar nuestra falta de vigilancia espiritual. Nos dormimos cuando abandonamos la oración; cuando dejamos de escuchar la Palabra; cuando nos acostumbramos a pequeñas faltas que poco a poco endurecen el corazón; cuando permitimos que un comentario malintencionado se convierta en chisme; cuando la indiferencia entra en nuestras familias; cuando dejamos que el resentimiento crezca silenciosamente.

La cizaña muchas veces no aparece de forma escandalosa. Se parece inicialmente al trigo. El mal suele presentarse bajo la apariencia de algo conveniente, moderno, inofensivo o incluso justo. Una crítica puede disfrazarse de defensa de la verdad; la envidia puede presentarse como preocupación por la comunidad; la venganza puede hacerse pasar por justicia; y el orgullo puede ocultarse detrás de una supuesta fidelidad religiosa.

Por eso necesitamos discernimiento y vigilancia. Pero Jesús introduce una advertencia muy importante. Cuando los servidores preguntan si deben arrancar la cizaña, el dueño responde:

«No, porque al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la cosecha».

Esto no significa que debamos permanecer indiferentes ante el mal. El cristiano debe denunciar la injusticia, proteger a los débiles, corregir fraternalmente y defender la verdad. Lo que Jesús prohíbe es que nos convirtamos en jueces definitivos de las personas.

Podemos juzgar las acciones, pero no conocemos totalmente el corazón de quien las realiza. Podemos y debemos llamar mal a lo que es malo, pero no tenemos autoridad para declarar que una persona está definitivamente perdida. Solo Dios conoce la historia completa de cada ser humano, sus heridas, sus luchas y las posibilidades de conversión que todavía guarda en su interior.

Además, el trigo y la cizaña no crecen solamente en el mundo o en otras personas. También crecen dentro de nosotros. En nuestro corazón hay generosidad, pero también egoísmo; deseos de servir, pero también búsqueda de reconocimiento; momentos de fe y momentos de duda; capacidad de perdonar y resistencias al perdón.

Antes de señalar la cizaña en el terreno ajeno, tendríamos que mirar nuestro propio corazón. Quizá aquello que queremos arrancar violentamente del otro también está presente, de otra manera, dentro de nosotros.

La paciencia de Dios no significa que el mal tendrá la última palabra. Habrá una cosecha y un juicio. Dios distinguirá definitivamente el trigo de la cizaña. Pero ese juicio le corresponde a Él. Nosotros no somos los dueños del campo ni los señores de la cosecha. Nuestra tarea es cuidar el trigo, sembrar el bien, corregir con caridad y dejar abierta la puerta de la conversión.

3. La fuerza de lo pequeño

Las otras dos parábolas completan el mensaje. Jesús compara el Reino con un grano de mostaza. Es una semilla pequeña, casi insignificante, pero crece hasta convertirse en un arbusto capaz de ofrecer refugio a las aves.

Nosotros solemos medir el valor de las cosas por su tamaño, su publicidad o sus resultados inmediatos. Dios, en cambio, comienza con lo pequeño: una semilla, un pesebre, un grupo reducido de discípulos, una palabra pronunciada con amor, un vaso de agua, un gesto de perdón.

No debemos despreciar los pequeños actos de bien. Tal vez una palabra de consuelo no resuelva todos los problemas de una persona, pero puede impedir que se sienta sola. Una visita a un enfermo no elimina su enfermedad, pero le comunica la cercanía de Dios. Una catequesis sencilla puede sembrar una fe que dará fruto muchos años después. Una reconciliación familiar puede cortar una cadena de resentimientos transmitida de generación en generación.

Lo mismo enseña la parábola de la levadura. Una pequeña cantidad queda escondida en la masa, pero termina fermentándola toda. La levadura trabaja desde dentro y en silencio. Así actúa el Reino de Dios.

No todo lo que transforma la historia aparece en las noticias. El Reino crece silenciosamente en la madre que educa a sus hijos en la fe, en el campesino que trabaja honradamente, en quien cuida con paciencia a un adulto mayor, en el joven que rechaza una propuesta deshonesta, en quien perdona sin recibir disculpas, en las comunidades que se reúnen para celebrar la Eucaristía y ayudarse fraternalmente.

A veces pensamos que nada está cambiando porque no vemos resultados espectaculares. Pero la levadura está trabajando. La gracia de Dios obra incluso cuando no podemos percibirla.

4. El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad

San Pablo, en la segunda lectura, reconoce una realidad que todos experimentamos:

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene».

Hay situaciones en las que no sabemos qué decirle a Dios. Nos sentimos confundidos ante una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar o la persistencia del mal. Incluso podemos cansarnos de esperar.

En esos momentos, el Espíritu Santo ora en nosotros «con gemidos inefables». Nuestra oración no depende únicamente de nuestra capacidad para encontrar palabras hermosas. A veces basta permanecer ante Dios, presentarle nuestro cansancio y decirle: “Señor, tú conoces mi corazón”. El Espíritu transforma ese silencio, esas lágrimas y esa pobreza en oración.

Él nos da también la paciencia necesaria para respetar los procesos de Dios. Nos ayuda a no confundir paciencia con pasividad ni firmeza con violencia. Nos enseña a trabajar por el bien sin desesperarnos cuando los frutos tardan en aparecer.

5. ¿Qué nos pide hoy el Señor?

La Palabra nos deja tres compromisos concretos.

Primero, permanecer vigilantes. No podemos dormirnos espiritualmente. Necesitamos cuidar la oración, la Eucaristía, la Palabra de Dios y nuestras relaciones familiares y comunitarias. El enemigo aprovecha cualquier descuido para sembrar discordia.

Segundo, practicar la paciencia misericordiosa. No apresurarnos a condenar, no alimentar chismes ni cerrar a nadie la posibilidad de cambiar. La corrección cristiana siempre debe buscar la salvación del hermano, no su humillación.

Tercero, confiar en la fuerza de lo pequeño. No pensemos que nuestros gestos de bondad son inútiles. Cada palabra de consuelo, cada acto de servicio, cada oración y cada esfuerzo por construir comunión son semillas del Reino.

Queridos hermanos: el campo pertenece a Dios y la buena semilla sigue creciendo. Puede haber mucha cizaña en el mundo, en la Iglesia, en nuestras comunidades y en nosotros mismos, pero el mal no tendrá la última palabra. El Señor de la cosecha permanece vigilante.

Pidámosle en esta Eucaristía que nos libre de la impaciencia y del deseo de juzgar; que nos dé un corazón firme frente al mal, pero misericordioso con las personas; y que nos enseñe a confiar en la fuerza escondida de su Reino.

Señor, tú que eres bueno y clemente, danos tu paciencia. Haznos vigilantes para proteger la buena semilla, humildes para reconocer nuestra propia cizaña y perseverantes para sembrar el bien. Que tu Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad y convierta nuestra vida en levadura de fraternidad, misericordia y esperanza. Amén.

 

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19 de julio del 2026: decimosexto domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

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