Testigo de la fe:
Bienaventurada Virgen María,
Reina
En la octava de la solemnidad de la Asunción,
la Iglesia celebra hoy a María, Reina, contemplándola ya glorificada
junto a su Hijo. Su realeza no es poder al modo humano, sino participación
en la realeza de Cristo, el Rey servidor que entrega la vida por amor.
María reina porque es la Madre del Rey,
porque estuvo plenamente asociada a la obra salvadora de su Hijo y porque,
elevada al cielo en cuerpo y alma, participa de manera singular de su gloria.
Desde allí continúa ejerciendo su maternidad espiritual, intercediendo por
nosotros como Madre.
Esta dimensión triunfal de María anticipa también
el destino de toda la Iglesia: lo que contemplamos realizado plenamente en ella
es signo de aquello a lo que todos estamos llamados. María Reina es imagen
de la Iglesia gloriosa del cielo y prenda de nuestra esperanza.
La memoria de Santa María Reina, instituida
por el papa Pío XII, se celebra el 22 de agosto, ocho días después de la
Asunción.
María, Reina del cielo y Madre nuestra, intercede
por nosotros y condúcenos siempre hacia Cristo, tu Hijo y nuestro Rey.
Un
gran anuncio
Isaías
da testimonio de una experiencia de luz,
alegría, liberación y paz. Todo ello está vinculado al
nacimiento de un “hijo” de
la descendencia de David, que recibe nombres de clara
resonancia mesiánica: “Consejero
admirable, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz”.
Para
los cristianos, esta profecía alcanza su plenitud en Jesucristo, el Mesías
esperado, cuya venida inaugura un reino de justicia y de paz que no tendrá fin.
En la memoria de Santa
María Reina, esta palabra adquiere además una hermosa
resonancia: María es Reina porque es Madre
del Rey mesiánico. Su grandeza no procede de un poder propio,
sino de su íntima unión con Cristo y de su humilde disponibilidad al proyecto
de Dios.
Contemplar
hoy a María Reina es reconocer que el
verdadero reinado de Dios se manifiesta en el servicio, la entrega y la paz.
Ella, plenamente asociada a su Hijo, sigue señalándonos el camino hacia Aquel
que es nuestro verdadero Rey.
*************
Hermanos,
ocho días después de celebrar la Asunción
de la Virgen María, la Iglesia nos invita hoy a contemplarla
como Reina.
Pero debemos entender bien qué significa esta realeza. María no reina al estilo
de los poderosos de este mundo; no reina imponiendo, dominando o buscando
privilegios. María reina
porque pertenece totalmente a Cristo, porque sirvió, porque creyó y porque amó.
Su corona está hecha de humildad, obediencia y entrega.
La
primera lectura del profeta Isaías nos coloca precisamente ante una gran
promesa: «El pueblo que
caminaba en tinieblas vio una luz grande». Es una palabra de
esperanza para un pueblo herido, cansado, amenazado. Dios anuncia que la
oscuridad no tendrá la última palabra. Habrá alegría, liberación y paz porque
nacerá un niño, un hijo que llevará nombres extraordinarios: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre
para siempre, Príncipe de la paz.
Para
nosotros esa profecía alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es la luz que vence
nuestras tinieblas; Él es el verdadero Rey y el verdadero Príncipe de la paz.
Por
eso, si hoy llamamos Reina a María, es porque ella es, ante todo, la Madre del Rey. Toda
su grandeza nace de su relación con Cristo. María nunca se queda con la gloria
para sí. Todo en ella señala hacia Jesús.
También
nosotros atravesamos muchas veces nuestras propias oscuridades: preocupaciones
familiares, enfermedad, violencia, incertidumbre, dificultades económicas,
soledad, miedo al futuro. La Palabra de Isaías vuelve a decirnos hoy: Dios es capaz de encender una luz
precisamente donde parece que todo está oscuro.
El
Salmo 112
nos invita a responder con alabanza: «Bendito
sea el nombre del Señor, ahora y por siempre». Y añade algo
bellísimo: Dios es tan grande que está por encima de todas las naciones y, sin
embargo, se inclina para
mirar al cielo y a la tierra; levanta del polvo al desvalido y alza de la
basura al pobre.
Esta
es también una clave para comprender la realeza de María.
Dios
no eligió una reina de un palacio poderoso. Eligió a una joven sencilla de
Nazaret. Dios mira lo pequeño, lo humilde, aquello que muchas veces el mundo
desprecia. Y precisamente desde esa pequeñez realiza cosas grandes.
En
el Evangelio de Lucas contemplamos la anunciación. El ángel Gabriel llega a
María y le dice: «Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo». Después viene el anuncio
desconcertante: será Madre del Hijo del Altísimo; Él heredará el trono de David
y su reino no tendrá fin.
Ahí
está nuevamente el tema de la realeza.
Pero
fijémonos en María. Ella no pregunta qué privilegios obtendrá. No pregunta qué
corona llevará ni qué reconocimiento recibirá. Solo pregunta cómo puede realizarse
la voluntad de Dios. Y termina pronunciando una de las frases más grandes de
toda la historia de la salvación:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu
palabra».
Ahí
comienza la verdadera realeza de María.
María
es Reina porque primero fue servidora.
Es
grande porque se hizo pequeña.
Es
glorificada porque se entregó totalmente a Dios.
Por
eso esta fiesta corrige también nuestra manera humana de entender el poder. El
Evangelio nos enseña que, en el Reino de Dios, reinar es servir. Quien quiere ser grande
debe aprender a ponerse al servicio de los demás. Quien quiere parecerse a
María debe aprender a decir cada día: «Hágase
en mí según tu palabra».
Tal
vez nosotros rezamos muchas veces el Padrenuestro diciendo: «Hágase tu voluntad», pero
cuando la voluntad de Dios no coincide con nuestros planes nos cuesta
aceptarla. María nos enseña una confianza diferente. Ella no comprende todo lo
que vendrá, pero confía. No conoce todos los detalles del camino, pero se
abandona en las manos de Dios.
Y
esa actitud sigue siendo profundamente actual.
Hay
situaciones de nuestra vida que no podemos controlar. Hay preguntas que todavía
no tienen respuesta. Hay acontecimientos que nos inquietan. María nos enseña
que la fe no consiste en tener todo claro, sino en confiar en Dios aun cuando todavía no
vemos completamente el camino.
Celebrar
a Santa María Reina
significa entonces renovar nuestra esperanza. Ella, que ya participa plenamente
de la gloria de su Hijo, es signo de lo que Dios quiere realizar también en
nosotros. Su Asunción y su realeza nos recuerdan que nuestra historia no
termina en la muerte, ni en el sufrimiento, ni en las dificultades de este
mundo. Nuestra vocación es participar un día de la gloria de Cristo.
Y
desde el cielo, María sigue siendo Madre. Su realeza es una realeza maternal: intercede, acompaña, protege y nos
conduce hacia Jesús.
Podemos
preguntarnos hoy:
¿Quién
reina verdaderamente en mi vida?
¿Mis
miedos? ¿Mi orgullo? ¿El dinero? ¿Mis preocupaciones? ¿Mis planes?
¿O
permito que Cristo sea realmente el Rey de mi corazón?
María
Reina nos enseña precisamente eso: dejar que Dios reine.
Que
ella nos ayude a abrirle espacio al Señor en nuestras decisiones, en nuestras
familias, en nuestro trabajo, en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia.
Y
cuando atravesemos momentos de oscuridad, recordemos la promesa de Isaías: una gran luz ha brillado.
Cuando
sintamos que somos pequeños o insignificantes, recordemos el salmo: Dios levanta del polvo al desvalido.
Y
cuando no sepamos qué camino tomar, aprendamos de María a decir:
«Aquí estoy, Señor. Hágase en mí según tu palabra».
Santa María
Reina, Madre del Príncipe de la Paz,
ruega por nosotros.
Enséñanos a
servir como tú,
a confiar como tú,
a amar como tú
y a dejar que Cristo reine siempre en nuestro corazón.
Amén.
2
(Mateo 23, 1-12) Jesús es claro, nadie puede pretender tener el título de Padre y de Maestro: nuestro único Padre, es Dios; y nuestro único Maestro es Cristo. Es importante entonces decir NO a los gurús de todo tipo que se creen están por encima de todo y quieren regir la vida de la gente que está a su alrededor!
Homilía
a la luz de las lecturas del sábado de la vigésima semana del tiempo ordinario
año II
«Que Dios vuelva a habitar en medio de
nosotros»
Queridos
hermanos:
Hay
momentos en la vida en los que parece que Dios se hubiera marchado.
Sucede
cuando una familia atraviesa una crisis, cuando una enfermedad prolongada agota
las fuerzas, cuando sobreviene una pérdida inesperada o cuando contemplamos
comunidades enteras heridas por la tragedia. También ocurre cuando vemos
injusticias, divisiones y comportamientos que contradicen el Evangelio, incluso
dentro de la Iglesia.
Entonces
nace una pregunta dolorosa: ¿dónde
está Dios?, ¿por qué parece tan silencioso?, ¿volverá la esperanza?
Las
lecturas de hoy responden con una certeza consoladora: Dios quiere habitar entre nosotros;
pero, para reconocer su presencia, necesitamos abandonar la apariencia, la
soberbia y el deseo de superioridad, y aprender el camino de la humildad y del
servicio.
El
profeta Ezequiel vivió una de las épocas más difíciles de la historia de
Israel. El pueblo había sido deportado, Jerusalén estaba herida y el templo,
lugar sagrado de la presencia divina, parecía destinado a la desolación.
En
una visión anterior, el profeta había contemplado cómo la gloria del Señor
abandonaba la ciudad y se dirigía hacia el oriente. Para aquellos israelitas,
semejante imagen expresaba una realidad estremecedora: el pecado, la
infidelidad y la injusticia habían roto la comunión con Dios.
Sin
embargo, ese alejamiento no significaba que el Señor hubiera abandonado
definitivamente a su pueblo. Su gloria se orientaba hacia donde estaban los
desterrados: Dios seguía acompañando a sus hijos incluso lejos de la tierra
prometida.
¡Qué
importante es comprenderlo!
Cuando
una persona se encuentra lejos, herida o confundida, el Señor no deja de
buscarla. Dios acompaña al enfermo en su habitación, al migrante en tierra
extraña, al anciano que se siente olvidado, al joven que ha perdido el rumbo y
a las familias que atraviesan momentos de incertidumbre.
Dios
no se desentiende de sus hijos.
En
la lectura de hoy, Ezequiel contempla algo nuevo: la gloria del Señor regresa por la
puerta oriental y llena nuevamente el templo.
El
profeta describe aquella presencia con imágenes llenas de fuerza: la gloria
venía del oriente, su voz era como el estruendo de aguas caudalosas y la tierra
resplandecía con su gloria.
Es
una visión de renovación.
Donde
antes había oscuridad, vuelve la luz.
Donde
había destierro, comienza a abrirse el camino del regreso.
Donde
parecía que todo estaba perdido, Dios anuncia un nuevo comienzo.
Y
el Señor declara:
«Este es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré la
planta de mis pies; aquí habitaré en medio de los hijos de Israel para siempre».
Para
los exiliados, estas palabras eran una promesa inmensa. Si la gloria de Dios
regresaba al templo, ellos también podrían regresar. Si Dios volvía a habitar
en medio del pueblo, la historia no estaba cerrada.
Queridos
hermanos, también nosotros necesitamos escuchar esta promesa.
Quizás
alguien lleva tiempo experimentando un exilio interior: se ha alejado de la fe,
ha perdido la alegría de orar o siente que su vida espiritual se ha enfriado.
Quizás
en alguna familia la paz se marchó hace tiempo por discusiones, resentimientos
o heridas que nadie se atreve a sanar.
Quizás
nuestras comunidades, golpeadas por la pobreza, la incertidumbre o las
consecuencias de una tragedia, necesitan recuperar la confianza.
La
Palabra de Dios nos asegura: el
Señor puede volver a llenar de esperanza aquello que parecía vacío.
Pero
hay una condición: debemos abrirle de nuevo las puertas del corazón.
El
salmo responde a esta promesa con una expresión bellísima:
«La gloria del Señor habitará en nuestra tierra».
Y
añade:
«La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia
y la paz se besan».
La
presencia de Dios no se reduce a ceremonias, edificios o palabras religiosas.
Cuando el Señor habita verdaderamente entre nosotros, aparecen señales
concretas: misericordia, fidelidad, justicia y paz.
Hay
gloria de Dios cuando alguien decide perdonar.
Hay
gloria de Dios cuando una familia vuelve a dialogar.
Hay
gloria de Dios cuando una comunidad comparte con quien lo ha perdido todo.
Hay
gloria de Dios cuando defendemos la dignidad del pobre, acompañamos al enfermo
y consolamos al que sufre.
Y
hay gloria de Dios cuando, frente al dolor de nuestros hermanos afectados por
las tragedias que han golpeado a Colombia, no permanecemos indiferentes.
La
solidaridad también es una forma de decirle al Señor: ven y habita en nuestra tierra.
Sin
embargo, el Evangelio nos advierte sobre aquello que puede impedirnos reconocer
y comunicar la presencia divina: la incoherencia entre lo que decimos y lo que
vivimos.
Jesús
habla de los escribas y fariseos, sentados en la cátedra de Moisés. Reconoce
que tienen una responsabilidad de enseñanza y, por eso, exhorta:
«Hagan y cumplan todo lo que les digan; pero no hagan lo
que ellos hacen, porque dicen y no hacen».
Esta
crítica no debe convertirse en desprecio hacia el pueblo judío. Jesús denuncia
una tentación religiosa que puede aparecer en cualquier época, en cualquier
comunidad y también en cada uno de nosotros.
Es
la tentación de hablar de Dios sin dejarnos transformar por Dios.
La
tentación de exigir mucho a los demás y justificarnos siempre a nosotros
mismos.
La
tentación de predicar la humildad mientras buscamos reconocimiento.
La
tentación de condenar los errores ajenos sin revisar nuestras propias faltas.
Jesús
describe a quienes imponen cargas pesadas sobre los hombros de otros, pero no
están dispuestos a mover un dedo para ayudarlos.
¡Qué
fácil es señalar!
¡Qué
fácil es decirle a una familia cómo debería vivir, a un joven cómo debería
comportarse o a una persona herida cómo debería reaccionar!
Lo
difícil es acompañar, comprender, escuchar y ayudar a cargar el peso.
Una
Iglesia fiel a Jesucristo no se dedica solamente a recordar obligaciones: se
acerca, consuela y camina con las personas.
La
autoridad cristiana no consiste en aumentar las cargas, sino en ayudar a
llevarlas.
El
Señor también cuestiona a quienes buscan los primeros puestos, los saludos
honoríficos y el reconocimiento público.
No
condena el ejercicio responsable de una misión ni el respeto debido a quienes
sirven. Lo que rechaza es que la fe se convierta en una plataforma para la
vanidad.
Cuando
alguien utiliza la religión para sentirse superior, el templo puede estar lleno
de palabras, pero el corazón permanece vacío de Dios.
Por
eso Jesús insiste:
«Ustedes, en cambio, no se dejen llamar maestros, porque
uno solo es su Maestro y todos ustedes son hermanos».
Y
añade:
«No llamen padre suyo a nadie en la tierra, porque uno solo
es su Padre: el del cielo».
Estas
palabras no prohíben llamar «padre» al propio papá ni utilizar ese término para
expresar una paternidad espiritual. La misma Sagrada Escritura emplea ese
lenguaje: san Pablo afirma que ha engendrado espiritualmente a los creyentes
mediante el Evangelio.
Lo
que Jesús enseña es que nadie
puede ocupar el lugar de Dios ni ejercer autoridad como dueño de la conciencia
y de la vida de los demás.
Quien
es padre, sacerdote, catequista, maestro o responsable de una comunidad debe
recordar que su misión consiste en acercar a las personas al Padre celestial,
no en apropiarse de ellas ni buscar privilegios.
El
sacerdote no está por encima de la comunidad: está llamado a servirla.
El
catequista no enseña para recibir aplausos: transmite la fe para que otros
conozcan a Cristo.
Los
padres no educan para dominar: acompañan a sus hijos para que crezcan en
libertad y responsabilidad.
Y
quienes ejercen autoridad deben preguntarse si su liderazgo alivia las cargas o
las hace más pesadas.
Jesús
resume todo con una frase decisiva:
«El primero entre ustedes será su servidor».
En
el mundo, muchas veces se considera grande a quien tiene poder, dinero,
prestigio o capacidad de imponerse.
Para
Jesús, es grande quien sirve.
Es
grande la madre que cuida silenciosamente a su familia.
Es
grande el padre que trabaja con honestidad.
Es
grande el joven que se solidariza con quien está solo.
Es
grande el catequista que entrega su tiempo para formar a los niños.
Es
grande quien acompaña a un enfermo, comparte su alimento o sostiene la
esperanza de alguien que está a punto de rendirse.
Dios
no mide nuestra vida por los honores recibidos, sino por el amor entregado.
En
este sábado podemos contemplar también a la Virgen María, cuya memoria
celebramos como Reina.
¿Y
por qué María es Reina?
No
porque haya buscado los primeros puestos, sino porque se reconoció como la esclava del Señor.
Su
grandeza nace de su humildad. Su corona está hecha de fe, disponibilidad,
ternura y servicio.
Ella
permitió que Dios habitara plenamente en su vida y, por eso, se convirtió en
morada del Salvador.
Cuando
visitó a Isabel, cuando acompañó a Jesús y cuando permaneció junto a la cruz,
María mostró que la verdadera autoridad espiritual consiste en amar y servir.
Por
eso, la enseñanza de Jesús encuentra en ella una expresión luminosa:
«El que se enaltece será humillado, y el que se humilla
será enaltecido».
Hermanos,
preguntémonos hoy con sinceridad:
¿Estoy
permitiendo que Dios regrese a las zonas de mi vida donde parecía ausente?
¿Mi
manera de vivir ayuda a que la misericordia y la justicia se encuentren?
¿Alivio
las cargas de los demás o contribuyo a hacerlas más pesadas?
¿Busco
servir o busco que me reconozcan?
Pidámosle
al Señor que nuestra Iglesia, nuestras familias y nuestras comunidades sean
lugares donde su presencia vuelva a resplandecer.
Que
la gloria de Dios habite en Guaduero, en El Dindal, en Córdoba y en Cambrás.
Que
habite en nuestros hogares, en los enfermos, en los jóvenes, en quienes sufren
y en las familias que necesitan reconstruir su vida.
Y
que María, Reina y Madre, nos enseñe que la
verdadera grandeza no está en ser admirados, sino en amar como Cristo y servir
como hermanos.
Señor,
vuelve a habitar en nuestra tierra.
Llena de tu gloria
nuestros corazones.
Haznos humildes para
reconocer tu presencia
y generosos para servir a
quienes más nos necesitan.
Amén.
************
22 de agosto:
Memoria de la Bienaventurada Virgen María Reina
Cita:
“Apareció en el cielo una gran señal: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.”
~Apocalipsis 12,1
Reflexión:
El siglo XX presenció un gran resurgimiento en la devoción a la Madre de Dios. Varias décadas antes, el 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX declaró el Dogma de la Inmaculada Concepción. Cuatro años más tarde, la Santísima Virgen se apareció a Bernardita Soubirous, una joven campesina de catorce años, en Lourdes (Francia). En esa aparición, cuando Bernardita preguntó quién era la Señora Celestial, ella respondió: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esta confirmación mística del dogma papal encendió una gran devoción hacia la Madre de Dios, y Lourdes se convirtió en un lugar de peregrinación frecuente donde han ocurrido muchos milagros.
En 1916, tres niños pastores en Fátima, Portugal, recibieron tres apariciones del Ángel de la Paz, el Ángel de la Guarda de Portugal. Luego, en 1917, recibieron seis apariciones de la “Señora del Rosario”, como ella misma se llamó. El día de su última aparición, unas 70.000 personas se habían congregado y todos fueron testigos del milagro prometido. Una lluvia torrencial cesó de inmediato, el sol “bailó” y pareció precipitarse hacia la tierra, y todo —personas y objetos— quedaron repentinamente secos. Esta aparición y este milagro continúan alimentando la devoción a la Madre de Dios.
En 1950, el Papa Pío XII promulgó una constitución apostólica mediante la cual declaró como dogma de nuestra fe “que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Ya que Jesús es el Rey de reyes, y porque está sentado en su trono a la derecha del Padre en el Cielo, y su Madre fue asunta al Cielo en cuerpo y alma, la conclusión lógica de estas verdades nos conduce necesariamente a la memoria que hoy celebramos.
Los Padres de la Iglesia primitiva utilizaron lo que se conoce como “tipología” para establecer claramente la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por ejemplo, aunque el rey Salomón pecó, también es una prefiguración o “tipo” de Cristo, porque fue un pacificador, lleno de sabiduría, y construyó el Templo. San Agustín, en su comentario al Salmo 127, afirma que nuestro Señor es “el verdadero Salomón” y que “Salomón fue la figura de este Pacificador”. El verdadero Pacificador es Cristo, y así como Salomón edificó el Templo, nuestro Señor construyó el verdadero Templo de su Cuerpo, que es la Iglesia.
Siguiendo esta tipología, el Primer Libro de los Reyes dice: “Fue Betsabé a ver al rey Salomón para hablarle en favor de Adonías; el rey se levantó a recibirla y se postró ante ella. Luego volvió a sentarse en su trono, e hizo colocar un trono para la madre del rey, que se sentó a su derecha. Ella dijo: ‘Tengo que hacerte una pequeña súplica, no me la niegues’. El rey le contestó: ‘Pide, madre mía, pues no te la negaré’” (1 Re 2,19-20). Si el rey Salomón, figura veterotestamentaria de Cristo, honró las peticiones de su madre, sentándola en un trono a su derecha, ¡cuánto más nuestro Señor, verdadero Rey de reyes, hace lo mismo con su Madre! Por eso, la memoria de hoy celebra el hecho de que, en el Cielo, la Madre de Jesús está sentada en un trono junto al suyo, y como Salomón, Jesús le dice con certeza: “Pide, madre mía, pues no te la negaré”.
Por estas razones, el 11 de octubre de 1954, cuatro años después de la proclamación de la Asunción, el Papa Pío XII instituyó la memoria de la Realeza de María con su carta encíclica Ad Caeli Reginam (La Reina del Cielo). Esta memoria fue asignada inicialmente al 31 de mayo, tras la memoria del Inmaculado Corazón de María. Sin embargo, en 1969, el Papa Pablo VI trasladó la fecha al 22 de agosto, ocho días después de la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. En gran parte, esto se hizo para crear una octava de continuidad y mostrar que la Asunción necesariamente conduce a que la Madre de Dios sea también la Reina Madre del Cielo y de la Tierra.
Como Reina, la Madre María no solo intercede en nuestro favor, sino que también actúa como mediadora de su Hijo. Desde su trono celestial, la Reina Madre del Cielo y de la Tierra recibe la misión de dispensar la gracia de Dios. Ella no es la fuente, pero tiene el privilegio de ser el instrumento de distribución. Como madre amorosa, nada la complace más que prodigar todo bien a sus hijos en la tierra. Anhela reunir a todos sus hijos en el Cielo, con y en su divino Hijo.
Aunque la evolución litúrgica y teológica de esta memoria pueda parecer compleja, su esencia es simple: no solo tenemos una Madre en el Cielo, también tenemos una Reina Madre. Como María es la Reina Madre de Dios, debemos acudir a ella con fe infantil y simplicidad. Así como un niño corre hacia una madre amorosa en el momento de necesidad, sin cuestionar jamás su amor, protección y cuidado, así debemos correr hacia ella. Ella es nuestra protectora, nuestro refugio, nuestra esperanza y nuestro dulce gozo. Su afecto es perfecto y su amor maternal incomparable.
Al honrar hoy a la Reina del Cielo, contemplemos la comprensión cada vez más profunda que la Iglesia tiene de su papel. Así como la Iglesia ha ido profundizando a lo largo de los siglos en la grandeza de María, así también nosotros debemos descubrirlo personalmente a lo largo de nuestras vidas. Acudamos a ella, busquemos su oración, confiemos en su intercesión y honrémosla como nuestra Madre y nuestra Reina.
Oración:
Madre y Reina del Cielo, hoy corro hacia ti como un niño, con confianza y fe. Tú eres la gloriosa Reina Madre, que reinas sobre todos tus hijos con amor y misericordia. Ruega por mí y concédeme todo lo que necesito. Abro mi corazón a la gracia de tu Hijo, que a ti se te ha confiado distribuir. Hazme santo y libre de pecado, para que puedas presentarme limpio y puro a tu amado Hijo, el Rey del Universo. Reina del Cielo, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones