lunes, 17 de agosto de 2026

18 de agosto del 2026: martes de la vigésima semana del tiempo ordinario-II

 

Por la pobreza de corazón

(Mt 19,23-30) Jesús insiste: la riqueza, cualquiera que sea su forma, puede convertirse en un riesgo humano y espiritual. Cuando se transforma en ídolo y en el principal criterio de referencia para nuestras decisiones, termina ocupando el lugar que solo corresponde a Dios.

No se trata únicamente del dinero. Podemos sentirnos “ricos” de poder, prestigio, conocimientos, seguridades, proyectos o incluso de nuestras propias cualidades. El peligro aparece cuando aquello que poseemos termina poseyéndonos a nosotros, cerrando el corazón a Dios y a los demás.

La verdadera pobreza evangélica es, ante todo, pobreza de corazón: reconocer que todo es don, vivir desprendidos, saber compartir y poner nuestra confianza definitiva en el Señor. Quien se vacía de falsas seguridades queda libre para recibir la riqueza que no pasa: Dios mismo y su Reino.

Por eso, la pregunta no es solamente: «¿Cuánto tengo?», sino más profundamente: «¿Dónde está puesto mi corazón?».

P.E.I



Primera lectura

Ez 28, 1-10
Eres hombre, y no dios; pusiste tu corazón como el corazón de Dios

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor Dios:
Se enalteció tu corazón y dijiste:
“Soy un dios
y estoy sentado en el trono de los dioses en el corazón
del mar”.
Tú que eres hombre, y no dios,
pusiste tu corazón como el corazón de Dios.
Te dijiste: “¡Si eres más sabio que Daniel,
ningún enigma se te resiste!
Con tu sabiduría e inteligencia
te has hecho una fortuna;
acumulaste tesoros de oro y plata”.
Con tu gran habilidad para el comercio
acrecentaste tu fortuna;
y por tu fortuna te llenaste de presunción.
Por ello, así dice el Señor Dios:
“Por haber puesto tu corazón como el corazón de Dios,
por eso, haré venir contra ti extranjeros,
los más feroces de entre los pueblos.
Desenvainarán sus espadas
contra tu brillante sabiduría,
y profanarán tu belleza.
Te hundirán en la fosa
y perecerás de muerte violenta
en el corazón del mar.
¿Podrás seguir diciendo delante de tus verdugos:
‘Soy un dios’? Serás un hombre, y no un dios,
en mano de los que te apuñalen.
Morirás con muerte de incircunciso,
a manos de gentes extrañas.
Porque lo he dicho yo”
—oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab (R.: 39c)

R. Yo doy la muerte y la vida.

V. Me dije: «Los aniquilaría,
y borraría su memoria entre los hombres».
Si no temiese las burlas del enemigo,
y la mala interpretación del adversario.
 R.

V. No sea que digan: «Nuestra mano ha vencido,
no es el Señor quien ha hecho todo esto».
Porque es gente que ha perdido el juicio,
y que carece de inteligencia. 
R.

V. ¿Cómo puede uno perseguir a mil,
y dos poner en fuga a diez mil,
si no fuera porque los ha vendido su Roca
y el Señor los ha entregado? 
R.

V. El día de su ruina se acerca,
y se precipita su destino.
El Señor hará justicia a su pueblo,
y tendrá piedad de sus siervos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre
para enriquecerlos con su pobreza. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 23-30

Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad les digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
Entonces dijo Pedro a Jesús:
«Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
Jesús les dijo:
«En verdad les digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también ustedes, los que me han seguido, se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos:

Las lecturas de hoy nos ponen frente a una tentación muy antigua y, al mismo tiempo, muy actual: creernos autosuficientes, pensar que lo que tenemos, sabemos o hemos conseguido nos hace invulnerables.

Jesús nos advierte en el Evangelio: «Difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos». No está condenando simplemente los bienes materiales. Está señalando algo más profundo: el peligro de que la riqueza —sea dinero, poder, prestigio, conocimientos o seguridades— termine ocupando en nuestro corazón el lugar que pertenece a Dios.

«Te has creído un dios»

La primera lectura, del profeta Ezequiel, es muy fuerte. El príncipe de Tiro se ha llenado de orgullo por su poder y sus riquezas. Ha llegado a decir en su corazón: «Soy un dios».

Ahí está el verdadero pecado.

No es simplemente poseer mucho, sino llegar a pensar: yo puedo solo, yo no necesito a nadie, yo controlo mi vida, mi futuro está asegurado porque tengo recursos, inteligencia, influencia o poder.

Dios le responde por medio del profeta:

«Eres hombre y no dios».

Qué palabra tan necesaria también para nosotros.

Somos criaturas. Somos frágiles. Necesitamos de Dios y necesitamos de los demás.

A veces basta una enfermedad, una pérdida inesperada, una crisis económica o una dificultad familiar para recordarnos que no tenemos el control absoluto de la vida.

Y esto no debe llevarnos al miedo, sino a la humildad.

La humildad no consiste en despreciarnos, sino en reconocer la verdad: todo lo que somos y tenemos es don.

«Yo doy la muerte y la vida»

El salmo responsorial continúa esta enseñanza y pone en boca de Dios una afirmación contundente:

«Yo doy la muerte y la vida».

El pueblo había olvidado al Señor y había puesto su confianza en otros dioses, en otras fuerzas, en otras seguridades.

El salmo nos recuerda que Dios sigue siendo el Señor de la historia.

Nuestros bienes no nos salvan.

Nuestro prestigio no nos salva.

Nuestros títulos no nos salvan.

Nuestros contactos no nos salvan.

Incluso nuestras fuerzas terminarán un día por disminuir.

Solamente Dios permanece.

Por eso la verdadera pobreza evangélica consiste en tener un corazón capaz de decir:

Señor, gracias por todo lo que me has dado, pero nada de esto quiero ponerlo por encima de Ti.

El peligro no está únicamente en el bolsillo

Jesús dice:

«Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los cielos».

Es una imagen deliberadamente exagerada para despertarnos.

Porque podemos ser pobres económicamente y, sin embargo, tener un corazón profundamente apegado.

Hay quien no tiene mucho dinero, pero está lleno de orgullo.

Hay quien se aferra desesperadamente a un cargo.

Hay quien considera indispensable su reconocimiento social.

Hay quien no puede soltar una ofensa.

Hay quien necesita tener siempre la razón.

Hay quien convierte incluso a una persona amada en una posesión.

Por eso la pregunta de hoy no es solamente:

«¿Cuánto tengo?»

La pregunta es:

«¿Qué cosa ocupa demasiado espacio en mi corazón?»

¿Qué me cuesta entregar?

¿Qué temo perder?

¿En qué pongo mi seguridad?

«Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Los discípulos quedan desconcertados y preguntan:

«Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Y Jesús responde con una de las frases más consoladoras del Evangelio:

«Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo».

Aquí está la Buena Noticia.

Jesús no nos está diciendo: sálvense ustedes mismos desprendiéndose perfectamente de todo.

Nos está diciendo: déjense salvar por Dios.

Porque solamente la gracia puede hacer verdaderamente libre nuestro corazón.

Pedro añade:

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Y Jesús promete que ningún desprendimiento hecho por amor a Él queda sin recompensa.

Lo que entregamos a Dios no se pierde.

Se transforma.

Cuando dejamos una ambición por seguir a Cristo, ganamos libertad.

Cuando compartimos nuestros bienes, ganamos fraternidad.

Cuando renunciamos al orgullo, ganamos paz.

Cuando dejamos de querer controlarlo todo, aprendemos a confiar.

Una pregunta para llevarnos hoy

Hermanos, podríamos terminar haciéndonos una pregunta sencilla:

¿Qué riqueza necesito hoy bajar del trono de mi corazón para que Dios vuelva a ocupar el primer lugar?

Tal vez sea el dinero.

Tal vez el orgullo.

Tal vez la imagen que queremos mantener ante los demás.

Tal vez una seguridad a la que nos aferramos.

Tal vez pensar que no necesitamos de nadie.

Escuchemos hoy aquella palabra que Dios dirige al príncipe de Tiro:

«Eres hombre y no dios».

No para humillarnos, sino para liberarnos.

Porque cuando dejamos de querer ser dioses, descubrimos la alegría de ser hijos.

Y cuando reconocemos que todo viene de Dios, podemos disfrutar lo que tenemos sin convertirlo en ídolo, compartirlo sin miedo y perderlo sin perder el sentido de nuestra existencia.

Pidámosle al Señor:

Señor Jesús, danos un corazón pobre y libre.
Que las cosas no nos posean,
que el orgullo no nos engañe,
que nuestras seguridades no ocupen tu lugar.
Enséñanos a reconocerte como nuestra verdadera riqueza
y a creer, aun en nuestra fragilidad,
que para nosotros muchas cosas son imposibles,
pero para Ti todo es posible.
Amén.

 

2

 

Hermanos:

El Evangelio de hoy nos deja una de esas palabras de Jesús que no podemos suavizar demasiado:

«Difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos… es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios».

Y los discípulos, desconcertados, preguntan:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Esta enseñanza viene inmediatamente después del encuentro con el joven rico. Aquel muchacho era bueno, cumplía los mandamientos, tenía inquietud espiritual y deseaba la vida eterna. Pero cuando Jesús tocó precisamente aquello a lo que estaba más aferrado —sus bienes—, se marchó triste.

Y ahí aparece una pregunta para nosotros:

¿Qué cosa podría pedirme Jesús que me costaría demasiado entregar?

Porque la riqueza no está solamente en el bolsillo. Podemos estar apegados al dinero, pero también al prestigio, al cargo, a nuestra imagen, a nuestras comodidades, a nuestros proyectos, a nuestra opinión o incluso a la necesidad de tener siempre el control.

«Te has creído un dios»

La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos presenta al príncipe de Tiro, un hombre que había alcanzado riqueza, poder y sabiduría, pero precisamente esas cosas terminaron engañándolo.

Dios le dice:

«Se enorgulleció tu corazón y dijiste: “Soy un dios”».

Y enseguida le recuerda:

«Eres hombre y no dios».

Ahí encontramos la raíz del problema.

La riqueza se vuelve peligrosa cuando deja de ser un instrumento y se convierte en una identidad; cuando pensamos que porque tenemos dinero, conocimientos, contactos, poder o experiencia podemos asegurar completamente nuestra vida.

El príncipe de Tiro llegó a sentirse casi invencible.

Y esta tentación sigue existiendo.

El ser humano puede terminar diciendo, aunque nunca lo pronuncie con los labios:

«Yo puedo solo».
«No necesito a nadie».
«Con lo que tengo me basta».
«Yo controlo mi futuro».

Y entonces los bienes terminan haciendo algo mucho más grave que llenar nuestras manos: empiezan a ocupar el lugar de Dios en el corazón.

Por eso Ezequiel nos recuerda una verdad elemental pero profundamente espiritual:

somos criaturas, no dioses.

Todo lo que tenemos es recibido.

Nuestra inteligencia es un don.

Nuestra salud es un don.

Nuestra familia es un don.

Nuestros amigos son un don.

Las personas que nos han ayudado y sostenido también son un don.

«Yo doy la muerte y la vida»

El salmo, tomado del Deuteronomio, nos devuelve precisamente a esa verdad:

«Yo doy la muerte y la vida».

Y añade que llega el momento en que el Señor «hará justicia a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos».

El salmo destruye suavemente nuestra ilusión de autosuficiencia.

Podemos hacer planes —y debemos hacerlos—; podemos trabajar, ahorrar, construir, progresar. Pero hay realidades de la existencia que jamás podremos dominar completamente.

La vida sigue siendo don.

Y cuando reconocemos esto, nace la verdadera pobreza espiritual.

Ser pobre de corazón significa poder decir:

«Señor, tengo cosas, pero mi vida no depende de ellas. Tengo personas que amo, pero sé que también ellas son tuyas. Tengo capacidades, pero sé que proceden de Ti. Tú eres mi verdadera seguridad».

El problema no es tener; es quedar atrapados

Jesús no está diciendo que el dinero sea malo.

Con el dinero podemos sostener una familia, educar a los hijos, ayudar a quien sufre, crear trabajo, apoyar una obra evangelizadora y practicar la caridad.

El problema aparece cuando dejamos de poseer las cosas y las cosas empiezan a poseernos.

Por eso quizá la pregunta no debería ser únicamente:

«¿Cuánto tengo?»

Sino:

«¿Qué lugar ocupa en mi corazón aquello que tengo?»

¿Soy capaz de compartir?

¿Puedo vivir con menos?

¿Necesito acumular continuamente?

¿Me angustia demasiado perder?

¿La comparación con quienes tienen más me roba la paz?

¿Me acuerdo de quienes tienen menos?

La pobreza evangélica no consiste necesariamente en la indigencia. Consiste en una libertad interior capaz de agradecer, disfrutar, compartir y también desprenderse.

«Nosotros lo hemos dejado todo»

Pedro entonces pregunta:

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»

Jesús responde que quien haya dejado algo por Él recibirá mucho más y heredará la vida eterna.

Esto significa que nada entregado por amor a Cristo se pierde.

Cuando compartimos, no perdemos: nos enriquecemos interiormente.

Cuando renunciamos a una comodidad para ayudar a alguien, crecemos.

Cuando dejamos atrás nuestro orgullo para reconciliarnos, somos más libres.

Cuando ponemos nuestros bienes al servicio del prójimo, comenzamos a convertir tesoros de la tierra en tesoros del cielo.

Y entonces comprendemos la paradoja cristiana:

hay pobres que son profundamente ricos y ricos que viven terriblemente pobres.

La verdadera riqueza consiste en tener un corazón lleno de Dios.

Nuestros familiares, amigos y benefactores

Y hoy queremos poner de manera especial ante el Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

¡Cuánta riqueza hemos recibido por medio de ellos!

Personas que nos han amado.

Personas que han creído en nosotros.

Personas que nos han tendido una mano en momentos difíciles.

Personas que han compartido su tiempo, sus bienes, su consejo, su oración, su amistad.

Tal vez algunos nunca sabrán cuánto bien nos hicieron.

Por eso hoy no solamente pedimos por ellos: damos gracias a Dios por ellos.

Que el Señor bendiga a nuestros familiares, fortalezca nuestros vínculos y sane las heridas que puedan existir.

Que bendiga a nuestros amigos, especialmente aquellos que han permanecido fieles en momentos difíciles.

Y que recompense abundantemente a nuestros benefactores, especialmente a quienes, muchas veces silenciosamente, han colaborado con nosotros y con la obra de la Iglesia.

Porque también ellos nos enseñan algo del Evangelio de hoy:

la verdadera riqueza crece cuando se comparte.

Para llevarnos una pregunta

Hermanos, quizá hoy podamos regresar a casa con una sola pregunta:

¿Qué ocupa hoy el primer lugar en mi corazón?

Si la respuesta es Dios, todo lo demás encontrará su lugar.

Entonces podremos tener sin idolatrar.

Disfrutar sin aferrarnos.

Trabajar sin convertir el éxito en nuestro dios.

Amar profundamente sin querer poseer.

Compartir sin sentir que perdemos.

Y confiar sin pretender controlarlo todo.

Porque finalmente, cuando los discípulos preguntan:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús responde:

«Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo».

Ahí está nuestra esperanza.

No se trata solamente de nuestro esfuerzo por desprendernos. Es Dios quien puede transformar nuestro corazón y hacerlo verdaderamente libre.

Pidámosle:

Señor Jesús, verdadera riqueza de nuestra vida, líbranos del orgullo que nos hace creer autosuficientes. Que los bienes nunca ocupen tu lugar en nuestro corazón. Danos la gracia de vivir con sencillez, agradecer lo recibido y compartir con generosidad. Bendice hoy especialmente a nuestros familiares, amigos y benefactores; recompénsales todo el bien que han sembrado en nuestra vida. Y haznos comprender que quien te tiene a Ti posee un tesoro que nadie podrá arrebatarle. Amén.


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