sábado, 26 de septiembre de 2026

27 de septiembre del 2026: vigésimo sexto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 

UNA VIÑA DE LIBERTAD

Dios nos invita a trabajar en su viña con la libertad de quienes se saben amados. Su llamada espera una respuesta personal, consciente y capaz de convertirse en compromiso. En la parábola de los dos hijos, Jesús nos ayuda a mirar la distancia que a veces existe entre nuestras palabras y nuestras decisiones: podemos prometer mucho y quedarnos inmóviles, pero también podemos reconocer una negativa y comenzar a caminar.

La primera lectura nos recuerda que la conversión es posible. Por medio de Ezequiel, el Señor anuncia la vida a quien abandona el mal y practica la justicia. Nuestra libertad puede abrirse a un nuevo comienzo. Para recorrer ese camino necesitamos la ayuda que pedimos en el salmo: «Señor, enséñame tus caminos». Su misericordia sostiene nuestros pasos y nos enseña a responder con humildad.

San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Jesucristo, cuya obediencia al Padre se hizo entrega y servicio. En él aprendemos una libertad que madura amando y buscando el bien de los demás.

Al celebrar esta Eucaristía, dejemos que el Señor ilumine nuestra conciencia y renueve nuestra voluntad. ¿Qué paso concreto hará verdadero el «sí» que hoy queremos darle?

 


Primera lectura

Ez 18, 25-28

Cuando el malvado se convierte de la maldad, salva su propia vida

Lectura de la profecía de Ezequiel.


ESTO dice el Señor:
«Ustedes insisten: “No es justo el proceder del Señor”.
Escuchen, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien su proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió.
Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 24, 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 6a)

R. Recuerda, Señor, tu ternura.

V. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando.
R.

V. Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.
R.

V. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
R.


Segunda lectura

Flp 2, 1-11 (forma larga) 

Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Si quieren darme el consuelo de Cristo y aliviarme con su amor, si nos une el mismo Espíritu y tienen entrañas compasivas, denme esta gran alegría: manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obren por rivalidad ni por vanagloria, considerando por la humildad a los demás superiores a ustedes. No se encierren en sus intereses, sino busquen todos el interés de los demás.
Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.



Flp 2, 1-5 (forma breve)

Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Si quieren darme el consuelo de Cristo y aliviarme con su amor, si nos une el mismo Espíritu y tienen entrañas compasivas, denme esta gran alegría: manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obren por rivalidad ni por vanagloria, considerando por la humildad a los demás superiores a ustedes. No se encierren en sus intereses, sino busquen todos el interés de los demás.
Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

 ¨********¨


APROXIMACIÓN PSICOLÓGICA AL EVANGELIO:

UN «SÍ» QUE SE CONVIERTE EN VIDA

 

«¿Qué les parece?» (Mateo 21,28-32).

Jesús comienza con una pregunta sencilla que invita a pensar y a mirarse por dentro. Sus parábolas tienen esa capacidad: mientras escuchamos una historia sobre otras personas, descubrimos que también habla de nosotros. Así ocurre con los dos hijos a quienes su padre pide que vayan a trabajar en la viña. Uno responde que no quiere, pero después se arrepiente y va. El otro acepta de palabra, pero no cumple.

Al preguntar cuál de los dos hizo la voluntad del padre, Jesús lleva a sus interlocutores a reconocer algo evidente: la respuesta verdadera termina expresándose en la vida. En este pasaje se dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Les recuerda que los publicanos y las prostitutas creyeron en la predicación de Juan y acogieron su llamada a la conversión, mientras ellos permanecieron cerrados incluso después de presenciar aquel cambio.

Desde una mirada psicológica, podemos reconocer en esta parábola la distancia que a veces existe entre lo que decimos, lo que deseamos y lo que hacemos. Hay ocasiones en que respondemos afirmativamente para agradar, evitar un conflicto o conservar una buena imagen. Podemos incluso confundir una intención sincera con un compromiso ya cumplido. Otras veces reaccionamos con resistencia y, después de reflexionar, reconocemos nuestro error y cambiamos de actitud.

En nuestra propia experiencia, detrás de algunas resistencias puede haber miedo, cansancio, heridas o dificultad para confiar. Tenerlo en cuenta nos ayuda a mirar con mayor comprensión a los demás y a nosotros mismos. La responsabilidad permanece, pero necesita ir acompañada de paciencia, verdad y oportunidades para rectificar. Una primera reacción no cuenta toda la historia de una persona.

También nosotros podemos reconocernos en ambos hijos. Hemos pronunciado palabras generosas que luego nos ha costado sostener. Y hemos vivido momentos en los que, después de negarnos a escuchar, ayudar o perdonar, hemos encontrado la humildad necesaria para dar un paso distinto. La parábola nos invita a examinar estas contradicciones con honestidad y a dejarnos transformar por Dios.

Su enseñanza conserva toda su actualidad. Podemos compartir mensajes religiosos en las redes sociales y necesitar todavía aprender a tratar con respeto a quien piensa diferente. Podemos hablar de fraternidad y postergar una visita a alguien que está solo. Podemos comprometernos con una comunidad y descubrir que nos cuesta aceptar una tarea sencilla cuando nadie nos ve.

La fe está llamada a dar fruto precisamente allí: en la manera de escuchar, de trabajar, de cuidar a los nuestros, de afrontar los conflictos y de responder al sufrimiento ajeno. Jesús lo enseña también cuando vincula la entrada en el Reino con el cumplimiento de la voluntad del Padre, más allá de la invocación de su nombre (cf. Mt 7,21). La oración alimenta ese compromiso; el servicio, la honradez y la ternura lo hacen visible. Todo ello nace de una gracia que recibimos y que estamos llamados a acoger libremente.

Hay, además, una esperanza profunda en esta historia: nuestro pasado no tiene por qué decidir todas nuestras respuestas futuras. Quien se ha equivocado puede reconocer el daño, pedir perdón, reparar lo que sea posible y comenzar de nuevo. Del mismo modo, quien lleva años recorriendo un camino de fe necesita seguir cuidándolo, porque la fidelidad se renueva en las decisiones de cada día.

Esta enseñanza nos invita a revisar las etiquetas con las que tantas veces encerramos a los demás: «Siempre ha sido así», «ese nunca cambiará», «de ella ya no se puede esperar nada». Tales juicios pueden impedirnos reconocer una conversión que está comenzando. La comunidad cristiana está llamada a acompañar esos procesos con discernimiento y paciencia, valorando los pasos reales, aunque todavía sean pequeños.

Jesús abre posibilidades de vida donde nosotros solemos dar una historia por terminada. Su llamada nos mueve a salir de la comodidad, reconocer nuestras incoherencias y recuperar la confianza en la misericordia del Padre. Esa misma esperanza resuena en la parábola del hijo pródigo, cuando el padre invita a celebrar el regreso del hijo que estaba perdido y ha vuelto a la vida (cf. Lc 15,32).

La pregunta inicial queda, entonces, abierta para cada uno: ¿qué paso concreto puedo dar hoy para que mi vida exprese el «sí» que quiero decirle a Dios? Tal vez sea cumplir una promesa, escuchar con calma, pedir perdón o retomar un compromiso abandonado. La conversión comienza a hacerse realidad cuando, sostenidos por su gracia, nos ponemos en camino.

                                                           

1

 

HOMILÍA SOBRE LA PARÁBOLA DE LOS DOS HIJOS

 

Queridos hermanos:

Imaginemos una escena que podría ocurrir en cualquiera de nuestras casas. La mamá le dice al hijo, que está entretenido con el celular:

—Mijo, vaya a la tienda por el pan.

—¡Ya voy, mamá!

Pasan diez minutos. El muchacho sigue sentado.

—Mijo, ¿y el pan?

—¡Que ya voy!

La mamá lo mira y le pregunta:

—Bueno, ¿pero ese «ya voy» es para hoy o hay que pedirle cita?

Nos reímos porque conocemos ese «ya voy». A veces también nosotros lo usamos con Dios: «Ya voy a cambiar, Señor; ya voy a reconciliarme; ya voy a dedicarles más tiempo a los míos». Y la vida va pasando mientras nuestras buenas intenciones siguen esperando.

Jesús nos cuenta hoy una historia muy parecida. Un padre pide a sus dos hijos que trabajen en la viña. Uno se niega, pero después recapacita y va. El otro responde amablemente, pero no cumple. El que hizo la voluntad del padre fue el que terminó yendo.

Jesús valora esa capacidad de rectificar. Aquel hijo tuvo que reconocer que su primera respuesta había sido equivocada. Y lo reconoció con los pies: se levantó y fue a trabajar. La conversión empieza a hacerse visible cuando damos un paso concreto.

Por eso Jesús habla de los publicanos y las prostitutas que creyeron en Juan. Destaca su apertura al llamado de Dios. Aquellas personas, despreciadas por muchos, habían comenzado a cambiar. Mientras tanto, algunos que se consideraban muy cercanos a Dios se resistían a reconocer que también necesitaban convertirse.

Hermanos, escuchemos esta palabra pensando en nosotros. También a mí, sacerdote, me corresponde preguntarme si vivo lo que predico. Todos podemos acostumbrarnos tanto a hablar de Dios que dejemos de escuchar lo que nos está pidiendo.

La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos ofrece una esperanza inmensa: quien reconoce su mal camino y se vuelve hacia el bien puede vivir. Dios toma en serio nuestra libertad y nuestra capacidad de responder a su gracia.

Tal vez alguien ha llegado hoy pensando: «Padre, si usted conociera mi historia…». El Señor la conoce. Conoce lo que has hecho y el bien que todavía puedes hacer con su ayuda. Tu pecado necesita perdón, pero tu persona no ha perdido su dignidad ni está fuera del alcance de su misericordia.

Hay pasos que cuestan mucho: reconocer una dependencia y buscar ayuda, abandonar un negocio deshonesto, pedir perdón por el daño causado. La conversión puede requerir acompañamiento y tiempo. Incluso cuando hay tropiezos, vale la pena volver a levantarse. Como comunidad, necesitamos ayudar a quien está intentando cambiar.

Ezequiel también nos recuerda que el bien de ayer necesita continuidad hoy. Haber sido generosos alguna vez no nos autoriza a volvernos indiferentes. La fidelidad se cuida en las decisiones de cada día.

Por eso resulta tan hermosa la oración del salmo: «Señor, enséñame tus caminos». Pedimos que Dios nos enseñe porque reconocemos que necesitamos orientación. Y apelamos a su ternura: «Recuerda, Señor, tu misericordia».

Podríamos rezarlo así: «Señor, me cuesta cambiar. A veces me gana el orgullo; otras veces, el cansancio. Ayúdame a reconocer por dónde debo comenzar». Esa oración humilde abre el corazón a la gracia.

Aquí viene bien otro relato, contado como una pequeña fábula. Un capitán navegaba de noche cuando vio una luz frente a su barco. Tomó la radio y ordenó:

—¡Cambie su rumbo! ¡Se acerca a mi embarcación!

Una voz tranquila respondió:

—Le aconsejo que cambie usted el suyo.

El capitán, molesto, insistió:

—¡Soy el capitán y llevo veinte años navegando!

Y la voz contestó:

—Mucho gusto, capitán. Yo soy el encargado del faro… y esto lleva cien años en el mismo sitio.

A veces nos parecemos a ese capitán. Queremos que todo se acomode a nosotros: la familia, la comunidad, incluso el Evangelio. Nos cuesta admitir que debemos corregir el rumbo. La Palabra de Dios alumbra para que podamos avanzar con seguridad; escucharla requiere humildad.

San Pablo nos muestra hoy a quién mirar: a Jesucristo. Él asumió nuestra humanidad, se hizo servidor y llevó su obediencia amorosa hasta la cruz. Su entrega y su exaltación revelan el camino que el apóstol propone a la comunidad. Jesús es el Hijo cuyo «sí» al Padre se cumple en toda su vida.

Pablo nos invita, por eso, a abandonar la rivalidad y a tener en cuenta el bien de los demás. Pensemos cuánto cambiaría la convivencia si, antes de una discusión, preguntáramos: «¿Cómo puedo actuar aquí con los sentimientos de Jesús?».

En Colombia deseamos vivir en paz. Esta palabra nos compromete también con la paz que podemos cuidar de cerca: escuchar antes de insultar, rechazar el engaño, pagar justamente un trabajo y reconocer los derechos del vecino. Nuestro «sí» a Dios alcanza el trato que damos en la casa, en la finca, en el negocio y en la carretera.

Quien conoce el campo sabe que una cosecha requiere trabajo. Lo mismo sucede con nuestras relaciones. Una familia necesita tiempo y cuidado. Una comunidad necesita personas dispuestas a servir. Ahí está también la viña a la que el Padre nos envía.

No estamos solos en esa tarea. La salvación es un regalo de Dios, y su gracia sostiene nuestra respuesta. En la Eucaristía recibimos a Cristo, que se entrega por nosotros y nos fortalece para amar. En la reconciliación encontramos el perdón que nos permite recomenzar y asumir con verdad la reparación del daño.

Antes de terminar, pensemos en un compromiso pendiente. Uno concreto. Tal vez una conversación que hemos evitado, una visita que llevamos meses aplazando o la decisión de pedir ayuda. ¿Qué paso voy a dar esta semana para cumplir el «sí» que hoy le digo al Señor?

Pidámosle a la Virgen María que nos acompañe. Ella acogió la voluntad de Dios y perseveró en su respuesta, también cuando el camino fue difícil.

Señor Jesús, tú conoces nuestras promesas y nuestras resistencias. Danos humildad para reconocer el error y fuerza para comenzar de nuevo. Que nuestro «ya voy» se convierta hoy en un «aquí estoy». Amén.

 

2

 

LAS OBRAS POR ENCIMA DE LAS PALABRAS

 

Queridos hermanos:

Esta parábola debió de resultar difícil de escuchar para los sumos sacerdotes y los ancianos, especialmente porque estaba claramente dirigida a ellos. De hecho, después de que Jesús les cuenta una segunda parábola, que no está incluida en el Evangelio de hoy, leemos que, aunque intentaban arrestarlo, temían a la multitud, porque esta lo consideraba un profeta (cf. Mt 21,46). Parece que rechazaron las palabras de Jesús y su reprensión; sin embargo, el temor a la reacción de la gente, más que el temor al juicio de Dios, contuvo por un tiempo sus intenciones.

También nosotros podemos escuchar una palabra que nos incomoda y apresurarnos a defendernos. Nos resulta más fácil pensar en los defectos ajenos que reconocer aquello que el Señor quiere corregir en nuestra propia vida. Esta parábola nos invita a dejarnos interpelar con sinceridad.

En el Evangelio de hoy, el primer hijo representa a los recaudadores de impuestos y a las prostitutas: personas que inicialmente habían quebrantado la ley de Dios, pero que después se arrepintieron al escuchar la predicación de Juan el Bautista y de Jesús. El segundo hijo representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos. Después de contar la parábola, Jesús declara: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entran en el Reino de Dios antes que ustedes».

Como el segundo hijo, aquellos dirigentes religiosos y civiles honraban la ley de Dios de palabra, pero sus acciones no correspondían a su verdadero sentido. Jesús denuncia su hipocresía: permanecían ciegos ante su propio rechazo de la Palabra salvadora de Dios y desorientaban a otros con su piedad exterior y su actitud de creerse justos.

Consideremos con más atención la reacción de ambos hijos. Podemos imaginar que el segundo, el que responde «Sí, señor», representa a quienes muestran una falsa apariencia de santidad. Delante de los demás dicen las palabras correctas, pero a puerta cerrada dejan de ponerlas en práctica. Existe una distancia entre la imagen que ofrecen y las decisiones que toman.

El primer hijo es muy diferente. Aunque inicialmente responde de manera desafiante —«No quiero»—, su conciencia termina moviéndolo a hacer lo correcto. Se deja cuestionar, reconoce su equivocación y cambia de actitud. Su primera negativa no se convierte en su última palabra.

Aquí encontramos una relación profunda con la primera lectura. Por medio del profeta Ezequiel, Dios nos recuerda que quien se aparta del mal y comienza a practicar la rectitud puede vivir. El Señor toma en serio nuestra responsabilidad, y también la verdad de nuestro arrepentimiento. Nuestro pasado no impide que su gracia abra un camino nuevo.

Es una palabra de esperanza para quien arrastra una historia dolorosa y piensa que ya no puede cambiar. Y es una llamada a la vigilancia para quien se considera bueno por lo que hizo en otro tiempo. La fidelidad necesita perseverancia. Dios nos llama a responderle en el presente, con la vida que hoy tenemos entre las manos.

Algunos podrían preguntarse por qué Jesús no incluyó un tercer hijo: uno que dijera «Sí, señor» y después cumpliera. Quizá no lo incluye porque todos nosotros podemos reconocernos en alguna de las dos actitudes que presenta. Necesitamos conversión y aprendemos, con la ayuda de Dios, a hacer coincidir nuestras palabras con nuestras obras.

En Jesucristo encontramos la obediencia perfecta al Padre. Y, entre las personas redimidas, contemplamos de manera singular a nuestra Santísima Madre: preservada del pecado original desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, por los méritos de Cristo, permaneció fiel a Dios de palabra y de obra durante toda su vida. Su santidad es fruto de la gracia, acogida con plena libertad.

El primer hijo se convierte en modelo para nosotros por su arrepentimiento, porque cada uno, de alguna manera, experimenta dificultades para entrar en una obediencia plena a la voluntad de Dios. Desde la infancia nos enfrentamos a lo que la Iglesia llama concupiscencia: la inclinación desordenada que procede del pecado original. Aunque hemos sido creados buenos y a imagen de Dios, nuestra naturaleza está herida y experimenta inclinaciones contrarias a su voluntad.

El Bautismo nos libera del pecado original y nos comunica la vida de la gracia; sin embargo, permanece esa inclinación que hemos de combatir con la ayuda de Cristo. El camino espiritual que recorremos consiste en permitir que la gracia vaya ordenando nuestras inclinaciones heridas y nos conduzca hacia la obediencia que estamos llamados a vivir (cf. Catecismo, 1264).

Por eso necesitamos hacer nuestra la súplica del salmo: «Señor, enséñame tus caminos». Pedimos que el Señor nos enseñe porque reconocemos que todavía tenemos mucho que aprender. Necesitamos que ilumine nuestra conciencia y nos muestre cómo pasar de la buena intención a la decisión concreta.

El salmo también nos invita a confiar en su ternura y en su misericordia. Podemos presentarnos ante Dios sin fingir que somos perfectos: «Señor, conoces mis resistencias y mis pecados. Acuérdate de mí con misericordia. Enséñame a caminar». La humildad nos dispone a recibir la ayuda que el orgullo rechaza.

Reflexionemos hoy sobre el primer hijo y reconozcámonos humildemente en él. ¿En qué aspectos nos resulta difícil decir inmediatamente «sí» a la voluntad de Dios? ¿Dónde aparece primero nuestro «no quiero»? Tal vez al pedir perdón, al renunciar a una ventaja injusta o al dedicar tiempo a alguien que nos necesita.

No es pecado, por sí mismo, experimentar dificultad para obedecer. Esa lucha forma parte de nuestra condición humana herida. Sentir una tentación o una resistencia interior es distinto de consentir libremente en el mal. Podemos sentir que nos cuesta perdonar y, aun así, pedir la gracia de comenzar a hacerlo. Esa lucha, sostenida por el Señor, puede convertirse en camino de crecimiento.

Como el primer hijo, debemos permitir que la gracia trabaje en nosotros, formando nuestra conciencia e impulsándonos a actuar de acuerdo con la voluntad de Dios, especialmente en los ámbitos donde más nos resistimos. La gracia respeta nuestra libertad y nos fortalece para responder con amor.

Tal vez hoy ese paso consista en reconocer una mentira, reparar un daño o cumplir una promesa que llevamos demasiado tiempo aplazando. En nuestra familia y en nuestra comunidad, el amor se vuelve creíble cuando encuentra expresión en los hechos.

Cuando permitimos que la gracia nos lleve más allá de nuestra vacilación inicial, crecemos en virtud y nos asemejamos más a nuestra Santísima Madre y a nuestro Señor Jesucristo, que dijeron «sí» al Padre y lo cumplieron plenamente. En esta Eucaristía, pidamos recibir con docilidad a Cristo, que nos alimenta y nos sostiene en ese camino.

¿Qué negativa necesito transformar hoy, con la ayuda de Dios, en un acto concreto de obediencia y de amor?

Mi Señor obediente, tú y tu Santísima Madre respondieron siempre con fidelidad de todo corazón a la voluntad del Padre, tanto de palabra como de obra. Concédeme la gracia de imitar su ejemplo y de participar de la misma obediencia que viviste en unión con tu Madre. Arranca de mí las inclinaciones de mi naturaleza herida hacia el egoísmo y hazme generoso en la caridad, viviendo en plena conformidad y obediencia a la gloriosa voluntad del Padre. Jesús, en ti confío. Amén.

 

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