20 de octubre del 2026: martes de la vigésima novena semana del tiempo ordinario II
La savia del amor
«Dichosos aquellos siervos a quienes el Señor […] encuentre
velando».
La felicidad que ofrece Cristo lleva consigo unas exigencias interiores
llamadas a concretarse en la vida cotidiana. La fe que habita en nuestro
corazón está llamada a expresarse en nuestras decisiones, palabras y obras.
Esperar al Señor significa mantenernos disponibles para amar, servir y
responder a su presencia en medio de nuestras ocupaciones.
Jesús
nos invita a conservar encendidas las lámparas. Para alimentar esa luz
necesitamos la savia del amor: ese amor que recibimos de Dios y que, al
circular por nuestra vida, se convierte en paciencia, generosidad, perdón y
atención hacia los demás. La oración, la escucha de la Palabra y la Eucaristía
mantienen viva nuestra unión con Cristo y fortalecen nuestra capacidad de
entregarnos.
Velar
es tener el corazón despierto. Es advertir que alguien necesita compañía,
escuchar con atención a quien desea hablar, ofrecer una ayuda concreta y cuidar
con fidelidad a las personas que el Señor nos ha confiado. Cada encuentro puede
convertirse en una oportunidad para abrirle la puerta.
Y
el Evangelio nos reserva una sorpresa conmovedora: el señor que encuentra
despiertos a sus servidores los hace sentar a la mesa y se pone a servirlos.
Así se revela la ternura de Cristo, que nos acoge y nos hace participar de su
propia alegría.
¿Qué gesto de amor puede mantener hoy encendida
mi lámpara?
Señor Jesús, haz circular en nosotros la savia de tu amor.
Sostén nuestra fidelidad cuando llegue el cansancio y danos un corazón atento
para reconocerte y recibirte. Que, cuando llames a nuestra puerta, nos
encuentres amando.
Amén.
Primera lectura
Ef
2, 12-22
Él
es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
Entonces ustedes vivían sin Cristo: extranjeros a la ciudadanía de Israel,
ajenos a las alianzas y sus promesas, sin esperanza y sin Dios en el mundo.
Ahora, gracias a
Cristo Jesús, los que un tiempo estaban lejos están cerca por la sangre de
Cristo.
Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su
cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley
con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único
hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en
un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad. Vino a
anunciar la paz: paz a ustedes los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos
y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu.
Así pues, ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los
santos, y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de
los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él
todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo
consagrado al Señor. Por él también ustedes entran con ellos en la
construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
84, 9abc y 10. 11-12. 13-14 (R.: cf. 9bc)
R.
El Señor anuncia la paz a su pueblo.
V.
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está cerca de los que le temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R.
V.
La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R.
V.
El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Estén despiertos en
todo tiempo,
pidiendo mantenerse en pie ante el Hijo del hombre. R.
Evangelio
Lc
12, 35-38
Bienaventurados
los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Tengan ceñida su cintura y encendidas las lámparas. Ustedes estén como los
hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas
venga y llame.
Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre
en vela; en verdad les digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y,
acercándose, les irá sirviendo.
Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así,
bienaventurados ellos».
Palabra del Señor.
1
Que el Señor nos encuentre amando
Queridos
hermanos:
Quienes
han cuidado una planta saben que su vida depende de algo que permanece oculto:
la savia que la alimenta por dentro. También nuestra vida cristiana necesita una
savia: el amor de Dios, que recibimos y dejamos circular hacia los demás. De
ese amor nacen la paciencia, el servicio y la fidelidad de cada día.
En
el Evangelio, Jesús nos invita a mantener encendidas las lámparas y a estar
preparados para abrirle cuando llegue. Esperamos su venida definitiva, y nos
preparamos para ese encuentro viviendo atentos a su presencia en nuestras
responsabilidades y en las personas que encontramos. Velar es mantener despierta nuestra
capacidad de amar, incluso cuando estamos cansados o cuando
parece que nadie reconoce nuestros esfuerzos.
San
Pablo nos recuerda en la primera lectura que Cristo es nuestra paz. Por su cruz
ha derribado la enemistad que separaba a judíos y gentiles y nos ha abierto el
camino hacia el Padre. Ahora pertenecemos a la familia de Dios.
¡Cuánto
necesitamos acoger esta palabra en nuestras familias! A veces compartimos una
casa, pero entre nosotros se han levantado paredes de resentimiento, silencios
o palabras hirientes. Dejemos que el Señor nos ayude a derribarlas. Una
disculpa sincera, una conversación serena o un gesto de acercamiento pueden
abrir un camino de reconciliación.
El
salmo proclama: «Dios
anuncia la paz a su pueblo», y relaciona esa paz con la
misericordia, la fidelidad y la justicia. Podemos colaborar con esa promesa
tratando con respeto, cumpliendo nuestra palabra y procurando el bien de
quienes viven a nuestro lado.
Hoy
ponemos especialmente en las manos del Señor a nuestros seres queridos, amigos y benefactores.
Recordemos a quienes nos han acompañado en una dificultad, nos han tendido la
mano o han rezado por nosotros. Muchas veces, a través de ellos, hemos
experimentado la ternura de Dios. Pidamos por sus necesidades, sus familias y
sus preocupaciones. Y acompañemos nuestra oración con un agradecimiento
concreto: una llamada, una visita, una palabra cariñosa.
El
Evangelio termina con una sorpresa: el señor hace sentar a sus servidores y se
pone a servirlos. Así es Jesús: nos recibe y se entrega por nosotros. En esta
Eucaristía vuelve a alimentarnos con su Palabra y con su Cuerpo, para sostener
nuestro amor.
Preguntémonos:
¿A quién puedo agradecer,
cuidar o acercarme hoy para que el Señor me encuentre amando?
Señor
Jesús, bendice a nuestros seres queridos, amigos y benefactores. Consuela a
quienes sufren, fortalece a los enfermos y concede paz a sus hogares. Que tu
amor mantenga encendida nuestra lámpara. María, Madre nuestra, enséñanos a
esperar a tu Hijo con un corazón atento y disponible. Amén.
2
Con la lámpara encendida, también en la noche
Queridos
hermanos:
Jesús
nos invita hoy a tener ceñida la cintura y encendidas las lámparas. En su
tiempo, quienes llevaban túnicas largas necesitaban recogerlas y sujetarlas al cinturón
para trabajar o caminar con libertad. Esa imagen expresa disponibilidad: estar
preparados para responder cuando el Señor nos llame.
Nuestra
vida tiene una meta: el encuentro definitivo con Dios. Cristo volverá glorioso,
y cada uno de nosotros está también llamado a encontrarse personalmente con él
al terminar su peregrinación en este mundo. Mientras esperamos, el Señor viene
a nuestro encuentro por su gracia y nos ofrece cada día oportunidades para
reconocerlo, escucharlo y amarlo.
¿Cómo estamos preparando ese encuentro?
Lo
hacemos en medio de nuestras responsabilidades: cuidando a la familia,
trabajando honradamente, rezando, sirviendo y buscando la reconciliación. Cada
jornada puede convertirse en una respuesta al amor de Dios.
San
Pablo nos ofrece hoy una razón profunda para vivir así: Cristo es nuestra paz.
Por su cruz ha derribado la enemistad que separaba a los pueblos y nos ha
reunido en una misma familia. Pertenecemos a Dios y estamos llamados a vivir
como hermanos.
Por
eso, mantener encendida nuestra lámpara también significa cuidar nuestras
relaciones. Quizá haya una conversación pendiente, una disculpa que nos cuesta
ofrecer o alguien que espera una señal de cercanía. La vigilancia cristiana se
hace concreta en esos pequeños pasos.
El
salmo anuncia la paz de Dios y nos presenta un encuentro hermoso entre la
misericordia, la fidelidad y la justicia. Esa paz necesita corazones dispuestos
a perdonar, personas que cumplan su palabra y manos que procuren el bien de los
demás.
Jesús
habla también de los servidores que permanecen atentos durante las vigilias
avanzadas de la noche. Cuando el cansancio aumenta, cuesta más mantenerse
despierto. Algo semejante sucede en nuestra vida espiritual: llegan la
enfermedad, las preocupaciones familiares, el desaliento o una oración en la
que parece que Dios guarda silencio.
Precisamente
entonces necesitamos sostener nuestra confianza. Podemos decirle con toda
sinceridad: «Señor, ayúdame; esto me duele; tengo miedo». Y, junto con esa súplica,
seguir rezando: «Santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu Reino». Incluso
en la dificultad, nuestra vida puede dar gloria a Dios.
Hoy
encomendamos especialmente a nuestros
seres queridos, amigos y benefactores. Algunos atraviesan una
noche que nosotros apenas conocemos. Pidamos que el Señor sostenga su esperanza
y nos enseñe a acompañarlos. Agradezcamos también a quienes, con su cariño, sus
oraciones y su generosidad, han mantenido encendida nuestra propia lámpara.
El
Evangelio nos deja una promesa conmovedora: el señor hará sentar a sus
servidores y se pondrá a servirlos. En esta Eucaristía, Jesús ya nos reúne a su
mesa y nos alimenta para continuar el camino.
Cuando llegue el Señor, ¿qué encontrará encendido en mi
corazón?
Señor Jesús, mantennos atentos a tu presencia en los días
luminosos y en las noches difíciles. Bendice a nuestros seres queridos, amigos
y benefactores. Que sepamos recibir tu amor y compartirlo. María, Madre de la
esperanza, acompáñanos mientras esperamos a tu Hijo. Jesús, en ti confío. Amén.

Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones