domingo, 23 de agosto de 2026

24 de agosto del 2026: Fiesta de San Bartolomé, apóstol

 

San Bartolomé, apóstol

Siglo I

Uno de los Doce Apóstoles. La tradición cristiana lo identifica habitualmente con Natanael, presentado a Jesús por su amigo Felipe en el Evangelio según san Juan.

Natanael aparece como un hombre sincero, sin doblez, inicialmente sorprendido cuando Felipe le anuncia que ha encontrado al Mesías en Jesús de Nazaret. Sin embargo, acepta la invitación: «Ven y verás» (Jn 1,46). Al encontrarse con Jesús y sentirse conocido profundamente por Él, confiesa con fe: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel» (Jn 1,49).

La fiesta de san Bartolomé, apóstol, nos recuerda que la fe cristiana nace de un encuentro personal con Cristo. Como Felipe llevó a Natanael hasta Jesús, también nosotros estamos llamados a conducir a otros hacia Él, no solamente con palabras, sino con el testimonio sencillo y coherente de nuestra vida.

 



Atreverse

«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» Como Natanael, también a nosotros nos sucede que dejamos que nuestros prejuicios oscurezcan la mirada y cierren la puerta a la novedad de Dios.

Pero Felipe no entra en discusión ni intenta convencerlo con largos razonamientos. Simplemente le dice: «Ven y verás». Natanael se atreve a dar ese paso, va al encuentro de Jesús y descubre que aquel a quien miraba con desconfianza ya lo conocía profundamente.

La fe comienza muchas veces con este pequeño acto de valentía: atreverse a salir de nuestras ideas preconcebidas, acercarnos y dejarnos sorprender por Dios. Jesús puede manifestarse precisamente allí donde menos lo esperamos, en personas, situaciones y lugares que nuestros prejuicios habían descartado.

En la fiesta de san Bartolomé, pidamos la gracia de un corazón sincero, «sin doblez», capaz de escuchar la invitación del Evangelio: «Ven y verás». Porque quien se atreve a encontrarse verdaderamente con Cristo puede terminar confesando, como Natanael: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios».

P.E.I

 

 

Primera lectura

Ap 21, 9b-14

Sobre los cimientos están los nombres de los doce apóstoles del Cordero

Lectura del libro del Apocalipsis.

EL ángel me habló diciendo:
«Mira, te mostraré la novia, la esposa del Cordero».
Y me llevó en espíritu a un monte grande y elevado, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, y tenía la gloria de Dios; su resplandor era semejante a una piedra muy preciosa, como piedra de jaspe cristalino.
Tenía una muralla grande y elevada, tenía doce puertas y sobre las puertas doce ángeles y nombres grabados que son las doce tribus de Israel.
Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, al poniente tres puertas, y la muralla de la ciudad tenía doce cimientos y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 17-18 (R.: cf. 12)

R. Tus santos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. R.

 

Evangelio

Jn 1, 45-51

Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Felipe encontró a Natanael y le dijo:
«Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
Natanael le replicó:
«¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
Felipe le contestó:
«Ven y verás».
Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos:

La fiesta de san Bartolomé, apóstol, nos pone hoy delante de una palabra sencilla pero exigente: atreverse. Atreverse a dejar los prejuicios, atreverse a acercarse a Jesús, atreverse a permitir que Dios nos sorprenda.

En el Evangelio, Natanael —a quien la tradición identifica con Bartolomé— reacciona con desconfianza cuando Felipe le habla de Jesús: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Es una frase muy humana. También nosotros podemos juzgar demasiado rápido: una persona por su apariencia, una comunidad por su fama, una situación por nuestras experiencias anteriores. Y, sin darnos cuenta, podemos cerrarle la puerta a Dios.

Felipe no discute con Natanael. No intenta vencerlo con argumentos. Le dice simplemente: «Ven y verás». Natanael se atreve a ir. Y ese pequeño paso cambia su vida. Cuando llega ante Jesús descubre algo sorprendente: antes de que él conociera a Jesús, Jesús ya lo conocía a él. Por eso termina confesando: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

También a nosotros el Señor nos dice hoy: ven y verás. No te quedes solamente con lo que otros dicen de Dios; acércate. No te quedes encerrado en tus prejuicios; déjate sorprender. No pienses que Dios está lejos: Él ya conoce tu historia, tus luchas, tus heridas y tus esperanzas.

La primera lectura del Apocalipsis nos presenta la Jerusalén celestial, edificada sobre doce cimientos que llevan los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Es una imagen preciosa de la Iglesia. Bartolomé no fue solamente un hombre que conoció personalmente a Jesús: se convirtió en piedra viva de la Iglesia, testigo que entregó su vida para anunciar lo que había visto y encontrado.

Esto nos recuerda algo importante: el encuentro con Cristo nunca termina solamente en nosotros. Quien verdaderamente ha encontrado al Señor termina convirtiéndose también en testigo. Felipe llevó a Natanael hasta Jesús; Natanael, después, llevó a otros el anuncio de Cristo. Así se transmite la fe: alguien nos dice “ven y verás”, y luego nosotros ayudamos a otros a encontrarse con el Señor.

El salmo 145 proclama: «Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado». Esa fue precisamente la misión de los apóstoles: anunciar que Dios reina, que su amor está cerca, que el Señor «es justo en todos sus caminos» y «está cerca de los que lo invocan sinceramente».

Y hoy esta Palabra adquiere también un tono especial porque, como cada lunes, oramos por nuestros fieles difuntos. La visión de la Jerusalén celestial es para nosotros una palabra de esperanza. Nuestros seres queridos que han partido no han sido creados para la nada, sino para la ciudad de Dios, para esa Jerusalén definitiva donde Cristo es la luz y donde la muerte ya no tiene la última palabra.

Por ellos ofrecemos esta Eucaristía. Pedimos que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los introduzca en la alegría de su Reino. Y al recordarlos, también nosotros escuchamos una llamada: vivamos de tal manera que nuestro camino conduzca hacia Dios.

San Bartolomé nos enseña hoy tres cosas muy sencillas: no vivir de prejuicios, atrevernos a encontrarnos con Cristo y convertirnos en testigos de lo que Él hace en nuestra vida.

Que también de nosotros pueda decir Jesús lo que dijo de Natanael: «Ahí tienen a un verdadero israelita, en quien no hay doblez». Que seamos hombres y mujeres de corazón sincero, capaces de reconocer a Cristo incluso allí donde menos esperábamos encontrarlo.

Y que nuestros fieles difuntos, sostenidos por nuestra oración, puedan contemplar un día plenamente aquello que nosotros apenas vislumbramos en la fe: la Jerusalén celestial y el rostro de Cristo, el Cordero que vive por los siglos de los siglos. Amén.

 

2

 

«¡Tú eres el Hijo de Dios!»

 

Hermanos:

El Evangelio de esta fiesta nos presenta uno de esos encuentros en los que una vida cambia casi de repente. Felipe encuentra a Natanael y le dice:

«Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y también los profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret».

Pero Natanael responde inmediatamente:

«¿De Nazaret puede salir algo bueno?»

Y Felipe no se pone a discutir con él. No intenta demostrarle nada con largos razonamientos. Simplemente le dice:

«Ven y verás».

El nombre Bartolomé aparece en los Evangelios sinópticos entre los Doce Apóstoles escogidos por Jesús. Su nombre significa «hijo de Tolmai». En el Evangelio de san Juan, la tradición lo identifica con Natanael. Es posible, por tanto, que su nombre completo fuera Natanael, hijo de Tolmai.

San Juan nos cuenta que Andrés y Juan fueron de los primeros en encontrarse con Jesús. Andrés lleva la noticia a Simón Pedro; después Felipe también es llamado por el Señor y, a su vez, busca a Natanael para comunicarle aquello que ha descubierto: «Hemos encontrado».

La fe comienza muchas veces así: alguien que ha encontrado a Cristo va en busca de otro.

Pero Natanael comienza desde la duda: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Nazaret era entonces un lugar pequeño, aparentemente insignificante. Además, se esperaba que el Mesías procediera de Belén, la ciudad de David. Felipe y Natanael no sabían todavía que Jesús había nacido precisamente en Belén.

Sin embargo, hay algo hermoso en Natanael: a pesar de su prejuicio, acepta ir.

Felipe le dice: «Ven y verás», y él va.

Quizá esa sea una de las primeras enseñanzas para nosotros hoy: nuestras dudas no son necesariamente un obstáculo definitivo para la fe. El verdadero peligro no está en tener preguntas, sino en cerrarnos a buscar la respuesta. Natanael duda, pero se mueve. Tiene prejuicios, pero se deja conducir. No comprende todavía, pero acepta encontrarse personalmente con Jesús.

Y cuando Jesús lo ve acercarse, dice:

«Este es un verdadero israelita, en quien no hay doblez».

Qué hermoso elogio.

Jesús no dice que Natanael lo sabía todo. No dice que nunca hubiera dudado. Al contrario, acababa de expresar una duda bastante fuerte. Pero Jesús reconoce algo mucho más profundo: es un hombre sincero.

No hay doblez en él.

Natanael pregunta entonces:

«¿De dónde me conoces?»

Y Jesús le responde que lo había visto bajo la higuera antes de que Felipe lo llamara.

Algo sucede entonces en el corazón de Natanael. Aquel que hacía apenas unos instantes preguntaba con cierto escepticismo: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?», ahora exclama:

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

¡Qué transformación!

Del prejuicio a la fe.

De la sospecha a la confesión.

De la duda a una entrega que terminará convirtiéndose en misión.

Y esta transformación nos ayuda a comprender también la primera lectura del Apocalipsis. Allí san Juan contempla la Jerusalén celestial y escucha:

«Ven, te mostraré a la esposa, la esposa del Cordero».

La ciudad santa desciende del cielo resplandeciente con la gloria de Dios. Tiene doce puertas y, sobre sus cimientos, están escritos los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

Entre esos nombres está también Bartolomé.

Aquel hombre que un día preguntó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» termina siendo contado entre los cimientos de la Jerusalén celestial.

Esto nos dice algo profundamente consolador: Dios no llama personas perfectas; Dios llama personas que se dejan transformar.

Bartolomé tuvo sus dudas, sus ideas preconcebidas y sus interrogantes, pero tenía un corazón sincero. Y porque no había doblez en él, cuando encontró la verdad fue capaz de entregarse a ella completamente.

Según una antigua tradición cristiana, después de Pentecostés evangelizó en diversas regiones, relacionadas tradicionalmente con lugares como India, Armenia y Mesopotamia, hasta entregar finalmente su vida como mártir.

¡Qué distancia entre aquel primer «¿de Nazaret puede salir algo bueno?» y la entrega definitiva de la propia vida por Cristo!

Eso hace la gracia cuando encuentra un corazón abierto.

El salmo 145 parece describir precisamente la misión de Bartolomé y de todos los apóstoles:

«Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado».

Los apóstoles fueron enviados para eso: para proclamar la gloria del Reino de Dios, para anunciar de generación en generación las maravillas del Señor.

Y el mismo salmo añade:

«El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».

Aquí volvemos al corazón de Natanael.

Dios está cerca de quienes lo buscan sinceramente.

No necesariamente de quienes tienen todas las respuestas.

No necesariamente de quienes nunca dudan.

Sino de quienes se presentan delante de Él sin doblez.

Por eso la fiesta de san Bartolomé nos invita hoy a preguntarnos: ¿con qué corazón nos acercamos nosotros a Jesús?

Podemos conocer muchas cosas de Él. Podemos escuchar la Palabra, rezar, participar en la Eucaristía, conocer el testimonio de los santos. Pero siempre queda abierta la invitación:

«Ven y verás».

Ven y mira de nuevo.

Ven y déjate sorprender.

Ven y permite que Cristo entre más profundamente en tu vida.

Quizá también nosotros cargamos prejuicios: sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre determinadas personas, sobre ciertas situaciones de nuestra historia. Quizá hemos dicho interiormente alguna vez: «De aquí no puede salir nada bueno».

Y justamente desde allí puede querer sorprendernos Dios.

Hay otra frase especialmente hermosa en este Evangelio. Cuando Natanael llega hasta Jesús descubre que Jesús ya lo había visto antes.

Antes de que Natanael conociera a Jesús, Jesús ya conocía a Natanael.

Y esto también vale para nosotros.

Antes de que lo busquemos, Él ya nos conoce.

Antes de que le contemos nuestras heridas, Él ya las ha visto.

Antes de que le expresemos nuestras dudas, Él ya las conoce.

Antes incluso de que Felipe dijera «ven y verás», Jesús ya había puesto su mirada sobre Natanael.

La fe comienza, entonces, no solamente cuando nosotros miramos a Dios, sino cuando descubrimos que Dios nos ha estado mirando primero.

Por eso podemos acercarnos a Él sin máscaras.

San Bartolomé nos enseña hoy precisamente esta cualidad que Jesús vio en él:

«No hay doblez en él».

Ser sin doblez significa vivir con sinceridad, honestidad y transparencia delante de Dios y delante de los demás. Significa tener una integridad de corazón que busca la verdad y que, cuando la encuentra, está dispuesta a responder plenamente.

Tal vez hoy podríamos preguntarnos: ¿en qué aspectos de nuestra vida todavía dudamos en entregarnos completamente al Señor?

¿Qué nos cuesta confiarle?

¿Qué prejuicio necesitamos superar?

¿Qué paso todavía no queremos dar?

Felipe vuelve a decirnos hoy:

«Ven y verás».

Ven a la oración.

Ven a la Palabra.

Ven a la Eucaristía.

Ven con tus dudas, pero ven.

Ven incluso con tus preguntas, pero no cierres la puerta.

Y cuando el Señor hable a tu corazón, no tengas miedo de responder como Bartolomé:

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

Que san Bartolomé nos obtenga la gracia de un corazón abierto, sincero y sin doblez; un corazón que no tenga miedo de dejarse sorprender por Dios.

Y que también nosotros, edificados sobre el testimonio de los apóstoles, podamos vivir como piedras vivas de esa Jerusalén celestial de la que habla hoy el Apocalipsis, proclamando con nuestra vida, como canta el salmo:

«Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado».

Amén.

Oración final

Señor mío y humilde, Tú no te presentaste a Natanael como un rey poderoso ni como un gran jefe militar, sino como el humilde habitante de Nazaret. Sin embargo, al encontrarte con corazón abierto, Natanael realizó una profesión de fe que cambió su vida.

Como san Bartolomé, concédeme acercarme siempre a Ti con un corazón abierto y sincero. Líbrame de la doblez, de los prejuicios y de todo aquello que me impida reconocerte.

Cuando vengas a mi encuentro, dame la gracia de exclamar con convicción y amor:

«¡Tú eres el Hijo de Dios!»

Jesús, confío en Ti.


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