martes, 29 de septiembre de 2026

30 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II-Memoria obligatoria de San Jerónimo, presbítero y Doctor de la Iglesia


Testigo de la fe:

San Jerónimo


Hacia 347-420.

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”, afirmaba el autor de la Vulgata (traducción de la Biblia al latín a partir de los textos hebreos y griegos).

Padre y doctor de la Iglesia, san Jerónimo consagró su inteligencia y sus esfuerzos al estudio, la traducción y la explicación de la Sagrada Escritura. Establecido en Belén, hizo de la Palabra de Dios el centro de su vida y procuró encarnarla, aun en medio de las dificultades de su temperamento. Su legado nos invita a leer la Biblia con perseverancia, en oración y en comunión con la Iglesia.

Celebrar su memoria es preguntarnos qué lugar ocupa el Evangelio en nuestra jornada. Al abrir las Escrituras con fe, encontramos a Cristo, que ilumina nuestras decisiones y transforma nuestro corazón.

Señor, por intercesión de san Jerónimo, despierta en nosotros el amor a tu Palabra. Enséñanos a escucharla, comprenderla y vivirla. Amén.

 

 

¡Adelante!

¡Qué exigencia casi inhumana en las palabras de Jesús! Se percibe una urgencia, una determinación. El enfrentamiento final se acerca; ya no es tiempo de titubear, de mirar atrás, de enterrar…

Jesús camina hacia Jerusalén y sus palabras sacuden a quienes desean seguirlo. ¿Habrá que renunciar incluso a los afectos más profundos? Su llamada no invita a la insensibilidad ni al desprecio de los deberes familiares. Nos confronta con la prioridad del Reino y con nuestra facilidad para aplazar lo esencial: «Te seguiré, Señor, pero primero…». Ese «primero» puede convertirse en una espera interminable.

Poner la mano en el arado supone orientar la vida hacia un horizonte y perseverar. Quien vuelve continuamente la mirada hacia lo que deja difícilmente puede abrir un surco recto. También nosotros podemos quedar atrapados en nostalgias, temores o seguridades que nos impiden responder a Dios en el presente.

¡Adelante! El Señor no nos pide borrar nuestra historia, sino confiarle el porvenir. Hoy podemos dar un paso: ofrecer ese perdón pendiente, servir a quien nos necesita, responder a una llamada que llevamos tiempo posponiendo. El seguimiento comienza cuando dejamos de poner condiciones y nos atrevemos a caminar con él.

Jesús, libera nuestro corazón de las excusas que retrasan nuestra respuesta. Danos la confianza necesaria para seguirte y la constancia para permanecer contigo. Amén.

 


 

Primera lectura

Job 9, 1-12. 14-16

El mortal no es justo ante Dios

Lectura del libro de Job.

RESPONDIÓ Job a sus amigos:
«Sé muy bien que es así:
que el mortal no es justo ante Dios.
Si quiere pleitear con él,
de mil razones no le rebatirá ni una.
Él es sabio y poderoso,
¿quién le resiste y queda ileso?
Desplaza montañas sin que se note,
cuando las vuelca con su cólera.
Estremece la tierra en sus cimientos,
hace retemblar sus pilares;
manda al sol que no brille
y guarda bajo sello las estrellas.
Él solo despliega los cielos
y camina sobre el dorso del Mar.
Creó la Osa y Orión,
las Pléyades y las Cámaras del Sur.
Hace prodigios insondables,
maravillas innumerables.
Si cruza junto a mí, no lo veo;
me roza, al pasar, y no lo siento;
si en algo hace presa, ¿quién se lo impedirá?,
¿quién le reclamará: “Qué estás haciendo”?
Cuánto menos podré yo replicarle
o escoger argumentos contra él.
Aunque tuviera yo razón, no respondería,
tendría que suplicar a mi adversario;
aunque lo citara y me respondiera,
no creo que me hiciera caso».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 87, 10bc-11. 12-13. 14-15 (R.: 3a)

R. Llegue hasta ti mi súplica, Señor.

V. Todo el día te estoy invocando, Señor,
tendiendo las manos hacia ti.
¿Harás tú maravillas por los muertos?
¿Se alzarán las sombras para darte gracias?
R.

V. ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia,
o tu fidelidad en el reino de la muerte?
¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla,
o tu justicia en el país del olvido?
R.

V. Pero yo te pido auxilio, Señor;
por la mañana irá a tu encuentro mi súplica.
¿Por qué, Señor, me rechazas
y me escondes tu rostro?
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura
con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él.
R.

 

Evangelio

Lc 9, 57-62

Te seguiré adondequiera que vayas

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
«Sígueme».
Él respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Palabra del Señor.


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¡Adelante, también en medio de la fragilidad!

 

Hermanos, hay momentos en que avanzar cuesta mucho. Para una persona enferma, avanzar puede significar levantarse de la cama, acudir a una consulta, comenzar un tratamiento o simplemente afrontar otra noche sin dormir. Para quienes la cuidan, puede significar vencer el cansancio y encontrar fuerzas para seguir acompañando.

Hoy, cuando encomendamos especialmente a nuestros enfermos, la Palabra nos habla de un camino exigente. Jesús nos invita a seguirlo; Job nos deja escuchar sus preguntas desde el sufrimiento, y el salmo convierte la angustia en oración. Las tres lecturas nos ayudan a creer cuando el camino se vuelve difícil.

En la primera lectura encontramos a Job, un hombre herido que no comprende lo que está viviendo. Reconoce la grandeza de Dios, su sabiduría y su poder sobre la creación, pero le cuesta percibir su cercanía. Se siente pequeño, sin argumentos suficientes para presentar su causa.

¡Cuántas personas pueden reconocerse en él! También un enfermo puede preguntarse: «Señor, ¿por qué me ocurre esto? ¿Por qué se prolonga tanto? ¿Dónde estás mientras sufro?». Y esas preguntas pueden aparecer en alguien que ha rezado toda la vida.

La experiencia de Job nos invita a acercarnos con respeto al dolor ajeno. No todo sufrimiento necesita una explicación inmediata. A veces necesita una silla junto a la cama, una mano que acompañe, alguien dispuesto a escuchar sin juzgar. No tenemos que resolver el misterio del dolor para hacernos presentes con amor.

Y, si somos nosotros quienes sufrimos, podemos presentarnos ante Dios tal como estamos. No hace falta disimular el miedo ni esconder las lágrimas para poder orar.

Eso nos enseña el salmo cuando repetimos: «Llegue hasta ti mi súplica, Señor». El salmista está en la oscuridad; pregunta, clama, extiende las manos. Todavía no encuentra alivio, pero sigue dirigiéndose a Dios. Su oración nace precisamente de esa herida.

Hoy podemos prestar nuestra voz a quienes ya casi no tienen fuerzas para rezar: al enfermo hospitalizado, a quien espera un diagnóstico, a quien vive con dolor constante, a quien padece una angustia que los demás no alcanzan a comprender. También a la familia que se siente agotada.

Por todos ellos decimos: «Llegue hasta ti mi súplica, Señor». Cuando a un hermano le faltan las palabras, la comunidad puede sostenerlo con su oración y con su presencia.

En el Evangelio, Jesús va de camino y se encuentra con personas que desean seguirlo. Sus respuestas sorprenden por su dureza. No promete comodidad; exige una decisión que alcanza incluso los vínculos más profundos. El anuncio del Reino tiene una urgencia que no permite dejar siempre la respuesta para después.

Podemos reconocer en nosotros esa disposición a aplazar: «Señor, cuando tenga más tiempo; cuando todo esté resuelto; cuando desaparezcan mis preocupaciones…». Pero, si esperamos a que la vida sea perfecta para vivir el Evangelio, nuestra respuesta puede no llegar nunca.

Jesús nos llama en la vida que tenemos hoy: con nuestras responsabilidades, nuestras limitaciones y nuestras heridas.

Sus palabras sobre enterrar al padre nos estremecen. No debemos convertirlas en una justificación para abandonar a la familia o desentendernos de un enfermo. Enterrar a los muertos y cuidar a quienes sufren son obras de misericordia. La fuerza de esta llamada nos confronta con la prioridad de Dios: seguir a Jesús compromete toda la existencia y transforma también nuestra manera de amar a los nuestros.

Para muchos de nosotros, responder hoy a Jesús tendrá la forma concreta de cuidar. Visitar a alguien que está solo. Acompañarlo a una cita. Ayudar a conseguir sus medicamentos. Dar un descanso a quien lleva semanas atendiendo a un familiar. Escuchar sin mirar constantemente el reloj.

El amor también tiene urgencia. Hay visitas que no conviene seguir aplazando y palabras de cariño que alguien necesita escuchar hoy.

Finalmente, Jesús presenta la imagen de quien pone la mano en el arado y vuelve la mirada hacia atrás. El labrador necesita atender al surco que está abriendo. Nosotros también necesitamos un horizonte para caminar.

Para una persona enferma, esta invitación debe escucharse con especial ternura. No significa que deba mostrarse fuerte a toda hora ni que llorar sea retroceder en la fe. A veces, seguir adelante consiste en aceptar ayuda, reconocer el propio cansancio o decir apenas: «Señor, acompáñame en este día».

La fidelidad también puede vivirse desde una cama. La dignidad de una persona no disminuye porque ya no pueda trabajar, desplazarse o hacer lo que antes hacía. Sigue siendo amada por Dios y sigue siendo parte necesaria de nuestra comunidad.

En la memoria de san Jerónimo, recordamos además cuánto necesitamos alimentarnos de la Escritura. Que en nuestras casas haya un momento para escuchar el Evangelio; que junto al enfermo sepamos compartir una palabra de esperanza, con delicadeza y respetando su cansancio. La Palabra puede ayudarnos a poner en manos de Dios aquello que no sabemos expresar.

Al celebrar esta Eucaristía, traigamos al corazón los nombres y los rostros de nuestros enfermos. Pidamos por su recuperación, por quienes los atienden y por sus familias. Y pidamos también disponibilidad para que nuestra oración se convierta en cuidado.

Quedémonos con esta pregunta: ¿Qué paso concreto me pide hoy Jesús para seguirlo y acompañar a alguien que sufre?

Señor Jesús, te presentamos a nuestros enfermos. Concédeles alivio y recuperación; sostenlos en el miedo y en la incertidumbre. Fortalece a sus familias y guía a quienes cuidan de su salud. Haznos atentos a sus necesidades y generosos con nuestro tiempo.

María, Salud de los Enfermos, acompaña a quienes atraviesan horas difíciles. Enséñanos a permanecer junto a ellos con ternura y a caminar con tu Hijo, un día a la vez. Amén.


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30 de septiembre:

San Jerónimo, Presbítero y Doctor — Memoria

c. 340s–420
Patrono de los arqueólogos, archivistas, biblistas, bibliotecarios, bibliotecas, escolares, estudiantes y traductores
Canonizado por aclamación popular (pre-congregación)
Declarado Doctor de la Iglesia por el papa Benedicto XIV en 1724

 


Cita:


«Interpreto como debo, siguiendo el mandato de Cristo: “Escudriñad las Escrituras” y “Buscad y hallaréis”. Porque si, como dice Pablo, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios, y si quien no conoce la Escritura no conoce el poder y la sabiduría de Dios, entonces la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo».


~San Jerónimo, Comentario a Isaías


Reflexión

Eusebio Sofronio Jerónimo, más tarde conocido como Jerónimo, nació en la ciudad de Estridón, en algún lugar de los Balcanes. Treinta años antes de su nacimiento, el emperador Constantino había legalizado la práctica del cristianismo en el Imperio Romano, pero muchos aún se aferraban a las religiones y filosofías romanas y griegas. Jerónimo tuvo al menos un hermano, y ambos fueron criados por buenos padres cristianos que creían en la importancia de la educación.

En la adolescencia, sus padres lo enviaron a Roma para estudiar lengua, gramática, retórica, teología y filosofía. Aprendió griego, además del latín que ya conocía desde niño, y se sumergió en los clásicos: Virgilio, Cicerón y Terencio. Aunque había sido criado como cristiano, en Roma sus costumbres se relajaron y cayó en pecados de la carne. Esto le llenó de culpa, y muchos domingos visitaba las catacumbas para recordarse de la muerte y de la posibilidad del infierno. Como era costumbre en aquel tiempo, no había sido bautizado de niño, por lo que, antes de salir de Roma, decidió bautizarse e inició una conversión.

Hacia los treinta años, después de su bautismo, Jerónimo viajó a varios lugares cristianos históricos. Fue a Aquilea, en la actual Italia septentrional, donde convivió con una ferviente comunidad cristiana bajo la guía del obispo Valeriano. Luego viajó al desierto de Calcis, al sur de la actual Alepo y Antioquía en Siria, donde vivió como ermitaño durante varios años. En el desierto oraba, profundizó en el griego y comenzó a aprender hebreo. También tradujo diversos libros cristianos al latín. Durante este tiempo tuvo una visión en la que fue “arrebatado en el espíritu y llevado ante el tribunal del Juez”. El Juez le preguntó quién era. Jerónimo respondió: “Soy cristiano”. Insatisfecho con la respuesta, el Juez le dijo: “Mientes, eres seguidor de Cicerón y no de Cristo. Porque ‘donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón’”. Esto lo marcó profundamente, pues comprendió que todavía estaba más apegado a la literatura pagana que a Cristo y a su Palabra sagrada. Con esa conciencia, Jerónimo se entregó más plenamente a Cristo y a una vida de celibato, comprometiéndose a dedicarse solo a la Palabra de Dios y a su voluntad, apartándose de su interés por la literatura secular. Tras varios años en el desierto, regresó a Antioquía, donde fue ordenado sacerdote.

Una vez ordenado, Jerónimo viajó a Constantinopla, donde pasó algunos años estudiando bajo la guía del futuro santo, el arzobispo Gregorio de Nacianzo. Allí profundizó enormemente en la fe ortodoxa del Credo de Nicea. Continuó traduciendo obras al latín común y se adentró más en la vida de oración.

Hacia el año 382, el papa Dámaso convocó al padre Jerónimo a Roma para que fuera su secretario y consejero. El Santo Padre le pidió preparar una nueva traducción de la Biblia a partir del griego y del hebreo, pues en ese tiempo había muchas versiones latinas mal hechas. El papa quería una sola versión buena, y Jerónimo aceptó el reto. Comenzó con el Nuevo Testamento, traduciéndolo del griego al latín.

El padre Jerónimo llevó una vida de oración y austeridad, y no tuvo reparos en denunciar la corrupción que veía en el clero y en la sociedad romana. Algunos biógrafos dicen que tenía un temperamento fuerte, pero otros interpretan esa energía como la pasión con la que predicaba contra el pecado y llamaba a la conversión. También reunió a su alrededor a un grupo de mujeres santas—nobles, viudas y vírgenes—con quienes compartía su conocimiento de las Escrituras. Debido al tiempo que pasaba con ellas, fue acusado de conductas inapropiadas, sobre todo por algunos clérigos romanos que se sentían ofendidos por él. Tras la muerte del papa Dámaso, esas acusaciones empeoraron, e incluyeron críticas a sus traducciones del Nuevo Testamento. A causa de esa hostilidad, Jerónimo decidió abandonar Roma, y algunas de estas mujeres santas se fueron con él.

Después de Roma, Jerónimo volvió a Antioquía y luego a Tierra Santa. Llegó a Belén, donde pasó el resto de su vida. Allí se convirtió en ermitaño en las cuevas cercanas a la Basílica de la Natividad y continuó su oración, estudios, traducciones y otros escritos. Fundó un monasterio para hombres, y las mujeres que lo acompañaban establecieron un convento cercano.

En Belén, Jerónimo continuó su labor de traducir la Biblia al latín. Pasó unos ocho años traduciendo el Nuevo Testamento del griego original y luego alrededor de quince años traduciendo el Antiguo Testamento del hebreo, algo que nunca se había hecho antes. Su obra fue aceptada por los eruditos de la Iglesia de Occidente por su precisión y claridad. La traducción fue llamada Vulgata, es decir, “traducción común”, porque buscaba presentar la Biblia de manera comprensible y clara para el pueblo sencillo, en su propia lengua. Con el tiempo, se difundió enormemente. Finalmente, después de la Reforma protestante, en 1546 el Concilio de Trento declaró la Vulgata de San Jerónimo como la traducción oficial de la Iglesia.

Gracias a su profundo conocimiento de la Escritura, el padre Jerónimo escribió comentarios sobre muchos libros de la Biblia, ofreciendo valiosas reflexiones fruto de su trabajo como traductor. También escribió sobre la vida de los santos, dejando algunas de las primeras fuentes históricas sobre sus vidas heroicas. Escribió ampliamente sobre la Santísima Virgen María, sobre el valor de la virginidad, combatió herejías y dejó muchas cartas que contienen ricas enseñanzas espirituales e históricas.

Tras unos 38 años en Belén, el padre Jerónimo murió, pero sus escritos siguieron vivos. Poco después de su muerte, fue reconocido como santo por aclamación popular, como era costumbre en la Iglesia primitiva. Aunque su impacto fue profundo y permanente, no fue declarado Doctor de la Iglesia hasta 1724.

San Jerónimo fue un cristiano devoto, teólogo, sacerdote y monje. Predicó la verdad incluso cuando ofendía a otros. Su dedicación a la Sagrada Escritura no tiene igual, y el impacto de sus traducciones y escritos sigue vigente hoy.


Exhortación

Al honrar a este santo, pensemos en nuestro propio compromiso con la reflexión orante de la Palabra de Dios. San Jerónimo debe inspirarnos a dedicar más de nuestro tiempo y atención al amor de la Palabra mediante el estudio, la reflexión y la oración. Comprometámonos a este ideal y busquemos la intercesión de San Jerónimo.


Oración

San Jerónimo, Dios te dio una vocación única y te usó para brindar a la Iglesia una comprensión fundamental de las Escrituras. Tu dedicación a la oración, la ascesis y el estudio mostró claramente tu amor por Dios y por su Iglesia. Te ruego que intercedas por mí, para que yo llegue a tener el mismo amor profundo por las Escrituras que tú tuviste y, así, alcance el mismo amor de Dios que habitó en ti.
San Jerónimo, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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