Testigo de la fe:
San Jerónimo
Hacia 347-420.
“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”, afirmaba el autor de
la Vulgata (traducción de la Biblia al latín a partir de los textos hebreos y
griegos).
Padre
y doctor de la Iglesia, san Jerónimo consagró su inteligencia y sus esfuerzos
al estudio, la traducción y la explicación de la Sagrada Escritura. Establecido
en Belén, hizo de la Palabra de Dios el centro de su vida y procuró encarnarla,
aun en medio de las dificultades de su temperamento. Su legado nos invita a
leer la Biblia con perseverancia, en oración y en comunión con la Iglesia.
Celebrar
su memoria es preguntarnos qué lugar ocupa el Evangelio en nuestra jornada. Al
abrir las Escrituras con fe, encontramos a Cristo, que ilumina nuestras
decisiones y transforma nuestro corazón.
Señor, por intercesión de san Jerónimo, despierta en nosotros
el amor a tu Palabra. Enséñanos a escucharla, comprenderla y vivirla. Amén.
¡Adelante!
¡Qué
exigencia casi inhumana en las palabras de Jesús! Se percibe una urgencia, una
determinación. El enfrentamiento final se acerca; ya no es tiempo de titubear,
de mirar atrás, de enterrar…
Jesús
camina hacia Jerusalén y sus palabras sacuden a quienes desean seguirlo. ¿Habrá
que renunciar incluso a los afectos más profundos? Su llamada no invita a la insensibilidad
ni al desprecio de los deberes familiares. Nos confronta con la prioridad del
Reino y con nuestra facilidad para aplazar lo esencial: «Te seguiré, Señor,
pero primero…». Ese «primero» puede convertirse en una espera interminable.
Poner
la mano en el arado supone orientar la vida hacia un horizonte y perseverar.
Quien vuelve continuamente la mirada hacia lo que deja difícilmente puede abrir
un surco recto. También nosotros podemos quedar atrapados en nostalgias,
temores o seguridades que nos impiden responder a Dios en el presente.
¡Adelante!
El Señor no nos pide borrar nuestra historia, sino confiarle el porvenir. Hoy
podemos dar un paso: ofrecer ese perdón pendiente, servir a quien nos necesita,
responder a una llamada que llevamos tiempo posponiendo. El seguimiento
comienza cuando dejamos de poner condiciones y nos atrevemos a caminar con él.
Jesús,
libera nuestro corazón de las excusas que retrasan nuestra respuesta. Danos la
confianza necesaria para seguirte y la constancia para permanecer contigo.
Amén.
Primera lectura
Job
9, 1-12. 14-16
El
mortal no es justo ante Dios
Lectura del libro de Job.
RESPONDIÓ Job a sus amigos:
«Sé muy bien que es así:
que el mortal no es justo ante Dios.
Si quiere pleitear con él,
de mil razones no le rebatirá ni una.
Él es sabio y poderoso,
¿quién le resiste y queda ileso?
Desplaza montañas sin que se note,
cuando las vuelca con su cólera.
Estremece la tierra en sus cimientos,
hace retemblar sus pilares;
manda al sol que no brille
y guarda bajo sello las estrellas.
Él solo despliega los cielos
y camina sobre el dorso del Mar.
Creó la Osa y Orión,
las Pléyades y las Cámaras del Sur.
Hace prodigios insondables,
maravillas innumerables.
Si cruza junto a mí, no lo veo;
me roza, al pasar, y no lo siento;
si en algo hace presa, ¿quién se lo impedirá?,
¿quién le reclamará: “Qué estás haciendo”?
Cuánto menos podré yo replicarle
o escoger argumentos contra él.
Aunque tuviera yo razón, no respondería,
tendría que suplicar a mi adversario;
aunque lo citara y me respondiera,
no creo que me hiciera caso».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
87, 10bc-11. 12-13. 14-15 (R.: 3a)
R. Llegue hasta ti mi
súplica, Señor.
V. Todo el día te
estoy invocando, Señor,
tendiendo las manos hacia ti.
¿Harás tú maravillas por los muertos?
¿Se alzarán las sombras para darte gracias? R.
V. ¿Se anuncia en el
sepulcro tu misericordia,
o tu fidelidad en el reino de la muerte?
¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla,
o tu justicia en el país del olvido? R.
V. Pero yo te pido
auxilio, Señor;
por la mañana irá a tu encuentro mi súplica.
¿Por qué, Señor, me rechazas
y me escondes tu rostro? R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Por él lo perdí
todo, y todo lo considero basura
con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él. R.
Evangelio
Lc
9, 57-62
Te
seguiré adondequiera que vayas
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del
hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
«Sígueme».
Él respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de
Dios».
Otro le dijo:
«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de
Dios».
Palabra del Señor.
**********
¡Adelante, también en
medio de la fragilidad!
Hermanos,
hay momentos en que avanzar cuesta mucho. Para una persona enferma, avanzar
puede significar levantarse de la cama, acudir a una consulta, comenzar un
tratamiento o simplemente afrontar otra noche sin dormir. Para quienes la
cuidan, puede significar vencer el cansancio y encontrar fuerzas para seguir
acompañando.
Hoy,
cuando encomendamos especialmente a nuestros enfermos, la Palabra nos habla de
un camino exigente. Jesús nos invita a seguirlo; Job nos deja escuchar sus
preguntas desde el sufrimiento, y el salmo convierte la angustia en oración.
Las tres lecturas nos ayudan a creer cuando el camino se vuelve difícil.
En
la primera lectura encontramos a Job,
un hombre herido que no comprende lo que está viviendo.
Reconoce la grandeza de Dios, su sabiduría y su poder sobre la creación, pero
le cuesta percibir su cercanía. Se siente pequeño, sin argumentos suficientes
para presentar su causa.
¡Cuántas
personas pueden reconocerse en él! También un enfermo puede preguntarse:
«Señor, ¿por qué me ocurre esto? ¿Por qué se prolonga tanto? ¿Dónde estás
mientras sufro?». Y esas preguntas pueden aparecer en alguien que ha rezado
toda la vida.
La
experiencia de Job nos invita a acercarnos con respeto al dolor ajeno. No todo
sufrimiento necesita una explicación inmediata. A veces necesita una silla
junto a la cama, una mano que acompañe, alguien dispuesto a escuchar sin
juzgar. No tenemos que
resolver el misterio del dolor para hacernos presentes con amor.
Y,
si somos nosotros quienes sufrimos, podemos presentarnos ante Dios tal como
estamos. No hace falta disimular el miedo ni esconder las lágrimas para poder
orar.
Eso
nos enseña el salmo cuando repetimos: «Llegue
hasta ti mi súplica, Señor». El salmista está en la oscuridad;
pregunta, clama, extiende las manos. Todavía no encuentra alivio, pero sigue
dirigiéndose a Dios. Su oración nace precisamente de esa herida.
Hoy
podemos prestar nuestra voz a quienes ya casi no tienen fuerzas para rezar: al
enfermo hospitalizado, a quien espera un diagnóstico, a quien vive con dolor
constante, a quien padece una angustia que los demás no alcanzan a comprender.
También a la familia que se siente agotada.
Por
todos ellos decimos: «Llegue hasta ti mi súplica, Señor». Cuando a un hermano
le faltan las palabras, la comunidad puede sostenerlo con su oración y con su
presencia.
En
el Evangelio, Jesús va de camino y se encuentra con personas que desean
seguirlo. Sus respuestas sorprenden por su dureza. No promete comodidad; exige
una decisión que alcanza incluso los vínculos más profundos. El anuncio del
Reino tiene una urgencia que no permite dejar siempre la respuesta para
después.
Podemos
reconocer en nosotros esa disposición a aplazar: «Señor, cuando tenga más
tiempo; cuando todo esté resuelto; cuando desaparezcan mis preocupaciones…».
Pero, si esperamos a que la vida sea perfecta para vivir el Evangelio, nuestra
respuesta puede no llegar nunca.
Jesús
nos llama en la vida que tenemos hoy: con nuestras responsabilidades, nuestras
limitaciones y nuestras heridas.
Sus
palabras sobre enterrar al padre nos estremecen. No debemos convertirlas en una
justificación para abandonar a la familia o desentendernos de un enfermo.
Enterrar a los muertos y cuidar a quienes sufren son obras de misericordia. La
fuerza de esta llamada nos confronta con la prioridad de Dios: seguir a Jesús
compromete toda la existencia y transforma también nuestra manera de amar a los
nuestros.
Para muchos de nosotros, responder hoy a Jesús tendrá la
forma concreta de cuidar. Visitar a alguien que está solo. Acompañarlo a
una cita. Ayudar a conseguir sus medicamentos. Dar un descanso a quien lleva
semanas atendiendo a un familiar. Escuchar sin mirar constantemente el reloj.
El
amor también tiene urgencia. Hay visitas que no conviene seguir aplazando y
palabras de cariño que alguien necesita escuchar hoy.
Finalmente,
Jesús presenta la imagen de quien pone la mano en el arado y vuelve la mirada
hacia atrás. El labrador necesita atender al surco que está abriendo. Nosotros
también necesitamos un horizonte para caminar.
Para
una persona enferma, esta invitación debe escucharse con especial ternura. No
significa que deba mostrarse fuerte a toda hora ni que llorar sea retroceder en
la fe. A veces, seguir adelante consiste en aceptar ayuda, reconocer el propio
cansancio o decir apenas: «Señor, acompáñame en este día».
La fidelidad también puede vivirse desde una cama. La dignidad de una
persona no disminuye porque ya no pueda trabajar, desplazarse o hacer lo que
antes hacía. Sigue siendo amada por Dios y sigue siendo parte necesaria de
nuestra comunidad.
En
la memoria de san Jerónimo, recordamos además cuánto necesitamos alimentarnos
de la Escritura. Que en nuestras casas haya un momento para escuchar el
Evangelio; que junto al enfermo sepamos compartir una palabra de esperanza, con
delicadeza y respetando su cansancio. La Palabra puede ayudarnos a poner en
manos de Dios aquello que no sabemos expresar.
Al
celebrar esta Eucaristía, traigamos al corazón los nombres y los rostros de
nuestros enfermos. Pidamos por su recuperación, por quienes los atienden y por
sus familias. Y pidamos también disponibilidad para que nuestra oración se
convierta en cuidado.
Quedémonos
con esta pregunta: ¿Qué
paso concreto me pide hoy Jesús para seguirlo y acompañar a alguien que sufre?
Señor Jesús, te presentamos a nuestros enfermos. Concédeles
alivio y recuperación; sostenlos en el miedo y en la incertidumbre. Fortalece a
sus familias y guía a quienes cuidan de su salud. Haznos atentos a sus
necesidades y generosos con nuestro tiempo.
María, Salud de los Enfermos, acompaña a quienes atraviesan
horas difíciles. Enséñanos a permanecer junto a ellos con ternura y a caminar
con tu Hijo, un día a la vez. Amén.
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30 de septiembre:
San Jerónimo, Presbítero y Doctor — Memoria
c. 340s–420
Patrono de los arqueólogos, archivistas, biblistas, bibliotecarios, bibliotecas, escolares, estudiantes y traductores
Canonizado por aclamación popular (pre-congregación)
Declarado Doctor de la Iglesia por el papa Benedicto XIV en 1724
Cita:
«Interpreto como debo, siguiendo el mandato de Cristo: “Escudriñad las Escrituras” y “Buscad y hallaréis”. Porque si, como dice Pablo, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios, y si quien no conoce la Escritura no conoce el poder y la sabiduría de Dios, entonces la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo».
~San Jerónimo, Comentario a Isaías
Reflexión
Eusebio Sofronio Jerónimo, más tarde conocido como Jerónimo, nació en la ciudad de Estridón, en algún lugar de los Balcanes. Treinta años antes de su nacimiento, el emperador Constantino había legalizado la práctica del cristianismo en el Imperio Romano, pero muchos aún se aferraban a las religiones y filosofías romanas y griegas. Jerónimo tuvo al menos un hermano, y ambos fueron criados por buenos padres cristianos que creían en la importancia de la educación.
En la adolescencia, sus padres lo enviaron a Roma para estudiar lengua, gramática, retórica, teología y filosofía. Aprendió griego, además del latín que ya conocía desde niño, y se sumergió en los clásicos: Virgilio, Cicerón y Terencio. Aunque había sido criado como cristiano, en Roma sus costumbres se relajaron y cayó en pecados de la carne. Esto le llenó de culpa, y muchos domingos visitaba las catacumbas para recordarse de la muerte y de la posibilidad del infierno. Como era costumbre en aquel tiempo, no había sido bautizado de niño, por lo que, antes de salir de Roma, decidió bautizarse e inició una conversión.
Hacia los treinta años, después de su bautismo, Jerónimo viajó a varios lugares cristianos históricos. Fue a Aquilea, en la actual Italia septentrional, donde convivió con una ferviente comunidad cristiana bajo la guía del obispo Valeriano. Luego viajó al desierto de Calcis, al sur de la actual Alepo y Antioquía en Siria, donde vivió como ermitaño durante varios años. En el desierto oraba, profundizó en el griego y comenzó a aprender hebreo. También tradujo diversos libros cristianos al latín. Durante este tiempo tuvo una visión en la que fue “arrebatado en el espíritu y llevado ante el tribunal del Juez”. El Juez le preguntó quién era. Jerónimo respondió: “Soy cristiano”. Insatisfecho con la respuesta, el Juez le dijo: “Mientes, eres seguidor de Cicerón y no de Cristo. Porque ‘donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón’”. Esto lo marcó profundamente, pues comprendió que todavía estaba más apegado a la literatura pagana que a Cristo y a su Palabra sagrada. Con esa conciencia, Jerónimo se entregó más plenamente a Cristo y a una vida de celibato, comprometiéndose a dedicarse solo a la Palabra de Dios y a su voluntad, apartándose de su interés por la literatura secular. Tras varios años en el desierto, regresó a Antioquía, donde fue ordenado sacerdote.
Una vez ordenado, Jerónimo viajó a Constantinopla, donde pasó algunos años estudiando bajo la guía del futuro santo, el arzobispo Gregorio de Nacianzo. Allí profundizó enormemente en la fe ortodoxa del Credo de Nicea. Continuó traduciendo obras al latín común y se adentró más en la vida de oración.
Hacia el año 382, el papa Dámaso convocó al padre Jerónimo a Roma para que fuera su secretario y consejero. El Santo Padre le pidió preparar una nueva traducción de la Biblia a partir del griego y del hebreo, pues en ese tiempo había muchas versiones latinas mal hechas. El papa quería una sola versión buena, y Jerónimo aceptó el reto. Comenzó con el Nuevo Testamento, traduciéndolo del griego al latín.
El padre Jerónimo llevó una vida de oración y austeridad, y no tuvo reparos en denunciar la corrupción que veía en el clero y en la sociedad romana. Algunos biógrafos dicen que tenía un temperamento fuerte, pero otros interpretan esa energía como la pasión con la que predicaba contra el pecado y llamaba a la conversión. También reunió a su alrededor a un grupo de mujeres santas—nobles, viudas y vírgenes—con quienes compartía su conocimiento de las Escrituras. Debido al tiempo que pasaba con ellas, fue acusado de conductas inapropiadas, sobre todo por algunos clérigos romanos que se sentían ofendidos por él. Tras la muerte del papa Dámaso, esas acusaciones empeoraron, e incluyeron críticas a sus traducciones del Nuevo Testamento. A causa de esa hostilidad, Jerónimo decidió abandonar Roma, y algunas de estas mujeres santas se fueron con él.
Después de Roma, Jerónimo volvió a Antioquía y luego a Tierra Santa. Llegó a Belén, donde pasó el resto de su vida. Allí se convirtió en ermitaño en las cuevas cercanas a la Basílica de la Natividad y continuó su oración, estudios, traducciones y otros escritos. Fundó un monasterio para hombres, y las mujeres que lo acompañaban establecieron un convento cercano.
En Belén, Jerónimo continuó su labor de traducir la Biblia al latín. Pasó unos ocho años traduciendo el Nuevo Testamento del griego original y luego alrededor de quince años traduciendo el Antiguo Testamento del hebreo, algo que nunca se había hecho antes. Su obra fue aceptada por los eruditos de la Iglesia de Occidente por su precisión y claridad. La traducción fue llamada Vulgata, es decir, “traducción común”, porque buscaba presentar la Biblia de manera comprensible y clara para el pueblo sencillo, en su propia lengua. Con el tiempo, se difundió enormemente. Finalmente, después de la Reforma protestante, en 1546 el Concilio de Trento declaró la Vulgata de San Jerónimo como la traducción oficial de la Iglesia.
Gracias a su profundo conocimiento de la Escritura, el padre Jerónimo escribió comentarios sobre muchos libros de la Biblia, ofreciendo valiosas reflexiones fruto de su trabajo como traductor. También escribió sobre la vida de los santos, dejando algunas de las primeras fuentes históricas sobre sus vidas heroicas. Escribió ampliamente sobre la Santísima Virgen María, sobre el valor de la virginidad, combatió herejías y dejó muchas cartas que contienen ricas enseñanzas espirituales e históricas.
Tras unos 38 años en Belén, el padre Jerónimo murió, pero sus escritos siguieron vivos. Poco después de su muerte, fue reconocido como santo por aclamación popular, como era costumbre en la Iglesia primitiva. Aunque su impacto fue profundo y permanente, no fue declarado Doctor de la Iglesia hasta 1724.
San Jerónimo fue un cristiano devoto, teólogo, sacerdote y monje. Predicó la verdad incluso cuando ofendía a otros. Su dedicación a la Sagrada Escritura no tiene igual, y el impacto de sus traducciones y escritos sigue vigente hoy.
Exhortación
Al honrar a este santo, pensemos en nuestro propio compromiso con la reflexión orante de la Palabra de Dios. San Jerónimo debe inspirarnos a dedicar más de nuestro tiempo y atención al amor de la Palabra mediante el estudio, la reflexión y la oración. Comprometámonos a este ideal y busquemos la intercesión de San Jerónimo.
Oración
San Jerónimo, Dios te dio una vocación única y te usó para brindar a la Iglesia una comprensión fundamental de las Escrituras. Tu dedicación a la oración, la ascesis y el estudio mostró claramente tu amor por Dios y por su Iglesia. Te ruego que intercedas por mí, para que yo llegue a tener el mismo amor profundo por las Escrituras que tú tuviste y, así, alcance el mismo amor de Dios que habitó en ti.
San Jerónimo, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


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