La llamada de Cristo
(Marcos 3,13-19)
Jesús llama a doce hombres, “a
los que Él quiso”, para una misión: estar con Él.
En sus Ejercicios espirituales,
san Ignacio propone una meditación, la llamada del Reino: la llamada de Cristo
a estar “con Él”.
Ser discípulo es decidir querer
con Cristo, es consentir fatigarse con Él, hasta dejar que la propia vida se
identifique con la suya en todas las elecciones cotidianas, para que advenga su
Reino.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
1
Sam 24, 3-21
No
alargaré la mano contra él, pues es el ungido del Señor
Lectura del primer libro de Samuel.
EN aquellos días, Saúl tomó tres mil hombres escogidos de todo Israel y marchó
en busca de David y su gente frente a Sure Hayelín.
Llegó a un corral de ovejas, junto al camino, donde había una cueva. Saúl entró
a hacer sus necesidades, mientras David y sus hombres se encontraban al fondo
de la cueva.
Los hombres de David le dijeron:
«Este es el día del que te dijo el Señor: “Yo entregaré a tus enemigos en tu
mano”. Haz con él lo que te parezca mejor».
David se levantó y cortó, sin ser visto, la orla del manto de Saúl. Después de
ello, sintió pesar por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus
hombres:
«El Señor me libre de obrar así contra mi amo, el ungido del Señor, alargando
mi mano contra él; pues es el ungido del Señor».
David disuadió a sus hombres con esas palabras y no les dejó alzarse contra
Saúl. Este salió de la cueva y siguió su camino.
A continuación, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
«¡Oh, rey, mi señor!».
Saúl miró hacia atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: “David busca tu
desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha
entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome:
“No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”. Padre mío, mira
por un momento, la orla de tu manto en mi mano. Si la he cortado y no te he
matado, comprenderás bien que no hay en mí ni maldad ni culpa y que no te he
ofendido. Tú, en cambio, estás buscando mi vida para arrebatármela. Que el
Señor juzgue entre los dos y me haga justicia. Pero mi mano no estará contra
ti. Como dice el antiguo proverbio: “De los malos sale maldad”. Pero en mí no
hay maldad. ¿A quién ha salido a buscar el rey de Israel? ¿A quién persigues? A
un perro muerto, a una simple pulga. El Señor sea juez y juzgue entre nosotros.
Juzgará, defenderá mi causa y me hará justicia, librándome de tu mano».
Cuando David acabó de dirigir estas palabras a Saúl, este dijo:
«¿Es esta tu voz, David, hijo mío?».
Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
«Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy
has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto
en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja
seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me
has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la
realeza de Israel».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
56, 2. 3-4. 6 y 11 (R.: 2a)
R. Misericordia,
Dios mío, misericordia.
V. Misericordia, Dios
mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad. R.
V. Invoco al Dios
altísimo,
al Dios que hace tanto por mí.
Desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme;
enviará Dios su gracia y su lealtad. R.
V. Elévate sobre el
cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.
Por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las nubes. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Dios estaba en Cristo
reconciliando al mundo consigo, y ha puesto en nosotros el mensaje de la
reconciliación. R.
Evangelio
Mc
3, 13-19
Llamó
a los que quiso para que estuvieran con él
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con
él.
E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que
tuvieran autoridad para expulsar a los demonios:
Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el
hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos
del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo,
Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.
Palabra del Señor.
1
1) “Subió al monte… y llamó a los
que Él quiso” (Mc 3,13)
El Evangelio de hoy nos lleva a un momento
decisivo: Jesús “sube al monte” y allí llama. El monte, en la
Biblia, es lugar de intimidad con Dios, de alianzas, de decisiones grandes. No
es casual: antes de enviar, Jesús convoca; antes de dar una tarea, da
su presencia.
Y san Marcos lo dice con una claridad preciosa:
Jesús llamó a los Doce “para que estuvieran con Él”. La primera vocación
no es “hacer cosas”, sino estar con una Persona. La raíz del discipulado
es una amistad que transforma.
Aquí hay una medicina para nuestra vida espiritual:
muchas veces vivimos agotados, con agenda, con mil deberes, y hasta hacemos
cosas “buenas” … pero podemos estar perdiendo lo esencial: la cercanía real
con el Señor. Sin ese “estar con Él”, el apostolado se vuelve activismo; y
la fe, rutina; y el corazón, un desierto.
2) “Estar con Él” también
significa aprender su modo de amar
Los Doce son elegidos para dos cosas: estar con
Jesús y ser enviados a predicar, con autoridad para enfrentar el
mal. Primero comunión, luego misión.
Y ahí entra la primera lectura, que es una escuela
impresionante de corazón: David tiene en sus manos a Saúl, su perseguidor.
Humanamente, “era el momento”. La lógica del mundo diría: “¡Acaba con el
problema!”. Pero David se detiene. No responde al mal con mal. Renuncia
a la venganza. Domina la reacción inmediata. Y el resultado es conmovedor: Saúl
termina reconociendo la justicia de David.
David nos enseña que el verdadero poder no es
aplastar al otro, sino dominar el propio impulso. Eso es penitencia de
la buena: no solo “dejar cosas”, sino dejar el veneno que el rencor va
fabricando por dentro.
Hoy, en clave penitencial, el Señor nos pregunta:
- ¿A
quién estoy tratando como enemigo?
- ¿Qué
resentimiento sigo alimentando con recuerdos repetidos?
- ¿Qué
frase, qué herida, qué traición, sigue gobernando mis decisiones?
Porque el rencor tiene un efecto muy concreto: nos
roba la paz y empieza a enfermarnos por dentro. A veces la persona que me
hirió ya siguió su vida, pero yo sigo viviendo atado a ese momento. La
penitencia cristiana es permitir que Cristo rompa esa cadena.
3) “Ten piedad de mí, Dios mío…
en ti me refugio” (Sal 57)
El salmo es la oración del que está perseguido,
herido, cansado… pero no desesperado: “Me refugio a la sombra de tus alas”.
Qué imagen tan maternal: Dios no es un juez frío; es refugio, alas, amparo.
Y aquí conectamos con la intención de hoy: por
quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay dolores visibles (un diagnóstico,
una operación, una limitación física) y dolores invisibles (ansiedad,
depresión, duelo, culpa, cansancio emocional, soledad). A veces el sufrimiento
del alma es más silencioso y más pesado, porque no se ve.
El Evangelio de los Doce no es solo para “los
apóstoles” de ayer: es para todos los que hoy sienten que no pueden más. Jesús
también te llama a ti —en tu fragilidad— a estar con Él. No te promete
una vida sin cruz; te promete su compañía en la cruz.
Y eso cambia todo: cuando uno sufre solo, el dolor
aplasta; cuando uno sufre acompañado por Cristo, el dolor no desaparece de
inmediato, pero se vuelve camino, y puede convertirse en ofrenda, en
oración, en maduración, en misericordia.
4) San Ignacio lo diría así:
“querer con Cristo”
Alguien lo expresa con sabor ignaciano: ser
discípulo es querer con Cristo, aceptar incluso “peinarse” la vida con
Él, dejar que sus opciones se vuelvan las nuestras. ¿Cuáles son esas opciones?
- Elegir
la misericordia por
encima de la revancha (David).
- Elegir
la verdad por
encima de la apariencia (ser discípulo de corazón, no de fachada).
- Elegir
la oración por
encima de la autosuficiencia (“estar con Él”).
- Elegir
el bien
cuando el mal me seduce con atajos.
Y todo esto tiene una consecuencia pastoral
preciosa: la comunidad cristiana no es un “club de perfectos”, sino una familia
de llamados. En la lista de los Doce hay diversidad, límites, historias
complejas… incluso uno que lo traicionará. Eso no excusa el pecado, pero sí nos
revela algo: Jesús no elige porque seamos impecables, sino para hacernos
nuevos, para convertirnos, para enseñarnos a amar.
5) Llamado final y oración
penitencial
Hermanos, hoy el Señor nos invita a una penitencia
muy concreta: volver a la fuente. Antes de correr, sentarnos con Él.
Antes de reaccionar, orar. Antes de condenar, mirar nuestra propia necesidad de
misericordia.
Pidámosle a Jesús:
- por
quienes sufren en el cuerpo: que les conceda alivio, buenos tratamientos,
médicos sabios, y una esperanza que no se rompa;
- por
quienes sufren en el alma: que les regale compañía, luz, descanso
interior, y la valentía de pedir ayuda cuando sea necesario;
- por
nosotros: que nos conceda un corazón como el de David, capaz de frenar la
venganza, y un corazón como el de los discípulos, capaz de decir: “Señor,
aquí estoy… quiero estar contigo”.
Señor
Jesús,
hoy subes al monte y nos llamas.
Perdona nuestras reacciones violentas,
nuestras palabras que hieren,
nuestros resentimientos guardados como tesoros oscuros.
Lávanos por dentro.
A la
sombra de tus alas ponemos a los enfermos,
a los que están cansados por dentro,
a los que lloran en silencio,
a los que cargan culpas y miedos.
Haznos
discípulos de tu corazón:
que sepamos estar contigo,
querer contigo,
y servir contigo,
para que venga tu Reino. Amén.
2
1) “Designó a Doce… y entre ellos
estaba el que lo entregó” (Mc 3,16-19)
San Marcos nos presenta la lista de los Doce como
quien lee un acta fundacional: Jesús establece una nueva familia, un
nuevo Israel. Son doce, como las doce tribus, para indicar que Dios está
recomenzando la historia desde dentro, no con un decreto, sino con personas.
Y, sin embargo, la lista trae una punzada final: “Judas
Iscariote, el que lo entregó.” El Evangelio no suaviza el dato. La Iglesia
nace con un misterio doloroso: en el círculo más íntimo puede aparecer la
traición.
Y surge una pregunta inevitable: ¿Jesús se
equivocó al elegir a Judas? No. El Señor no improvisa ni “se le escapa” la
realidad. Él conoce el corazón humano mejor que nadie. Pero aquí aparece un
punto esencial de fe: Dios lo sabe todo… y aun así respeta nuestra libertad.
Su conocimiento no nos convierte en marionetas. Dios no fuerza el mal; lo
permite, porque sin libertad no hay amor verdadero.
2) La primera lectura: David,
Saúl y la tentación de “hacer justicia” a mi manera (1S 24)
La escena entre David y Saúl ilumina el Evangelio
desde otra esquina del alma. David tiene a Saúl a su alcance. Sus hombres le
dicen: “Es tu oportunidad”. Pero David se detiene. Renuncia a la revancha.
No se toma la justicia por su mano.
David nos enseña algo muy penitencial: el mayor
combate no es contra el otro, sino contra la reacción que se enciende dentro.
Hay momentos en los que podríamos “cobrar” una herida, devolver el golpe,
exponer al que nos humilló… y sentimos incluso que sería “justo”. Pero el
corazón del discípulo aprende a actuar de otra manera: no por miedo, sino por
obediencia a Dios; no por debilidad, sino por dominio interior.
Aquí se cruza con Judas: el mal que otro hace —o el
mal que yo hago— no anula la soberanía de Dios. Dios no aprueba el pecado,
pero no queda derrotado por él. Incluso cuando el mundo se ensucia con la
traición, Dios sigue escribiendo historia de salvación.
3) “Ten piedad de mí, Dios mío…
en ti me refugio” (Sal 57)
El salmo es la respiración del perseguido, del
herido, del cansado: “A la sombra de tus alas me refugio”. Es un salmo
para quienes sufren en el cuerpo y en el alma, porque cuando uno está dolido
—físicamente o por dentro— lo que más necesita es un lugar seguro.
Y el Señor se ofrece como ese lugar. No siempre nos
libra “rápido”, pero sí nos libra “hondo”: nos da sentido, nos sostiene,
nos acompaña, nos evita el naufragio interior.
4) Dios puede sacar bien del mal:
lección dura, pero liberadora
El evangelio subraya una verdad teológica muy
luminosa: Dios puede sacar bien incluso del mal, no porque el mal sea
bueno, sino porque Dios es todopoderoso y su amor no se rinde.
En Judas, el pecado fue real, grave, libre. Pero
Dios utilizó ese pecado —sin ser su autor— para que se cumpliera el misterio de
nuestra redención. Lo mismo puede pasar en nuestra vida:
- cuando
sufrimos una traición, una injusticia, una calumnia;
- cuando
un familiar nos hiere;
- cuando
un amigo nos decepciona;
- cuando,
incluso, nosotros mismos fallamos y cargamos culpa.
Dios no nos pide negar el dolor ni justificar lo
injustificable. Nos pide algo más hondo: no convertir el dolor en veneno,
no dejar que el sufrimiento nos robe la esperanza. San Pablo lo expresa con una
frase que no es poesía barata, sino roca: “Todo coopera para el bien de los
que aman a Dios” (Rm 8,28). Aun lo que nos rompe puede, en manos de Dios,
volverse camino de gracia: más humildad, más compasión, más perdón, más verdad,
más cercanía con Cristo.
5) Aplicación penitencial: dos
preguntas para hoy
En este viernes, con intención penitencial, el
Evangelio nos pone un espejo:
1. Si he sido traicionado:
o
¿Estoy
dejando que la herida gobierne mi vida?
o
¿Estoy
alimentando el juicio, la amargura, la condena?
Jesús, traicionado por un íntimo, me invita a unir mi dolor al suyo, para que
el mal no tenga la última palabra.
2. Si he traicionado yo (con actos,
palabras, omisiones):
o
¿Estoy
dispuesto a arrepentirme y pedir perdón?
o
¿O me
estoy encerrando en la excusa?
Aquí está la gran diferencia: Judas cayó… y se cerró; Pedro cayó… y lloró; y el
llanto de Pedro fue puerta de regreso. La Iglesia no se edifica con perfectos,
sino con pecadores que se dejan perdonar.
6) Oración final (penitencial y
por los que sufren)
Señor
Jesús,
Tú que elegiste a los Doce y conocías el corazón de cada uno,
ten misericordia de nosotros.
Perdona
nuestras traiciones pequeñas y grandes:
las palabras que rompieron, las promesas incumplidas,
las omisiones por comodidad,
los silencios cobardes ante el bien.
Te
presentamos a quienes sufren en el cuerpo:
dales alivio, fortaleza, buenos tratamientos,
y una esperanza que no se apague.
Te
presentamos a quienes sufren en el alma:
a los que viven ansiedad, tristeza, miedo, soledad, culpa;
pon en su camino personas que acompañen,
y dales la gracia de refugiarse bajo tus alas.
Y cuando
seamos heridos por el pecado ajeno,
danos la fe para creer que Tú puedes transformar la noche en aurora.
Cuando seamos nosotros quienes hieren,
danos el valor de arrepentirnos y volver.
Jesús, en Ti confiamos. Amén.

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