jueves, 22 de enero de 2026

23 de enero del 2026: viernes de la segunda semana del tiempo ordinario-II

 

La llamada de Cristo

(Marcos 3,13-19)

Jesús llama a doce hombres, “a los que Él quiso”, para una misión: estar con Él.

En sus Ejercicios espirituales, san Ignacio propone una meditación, la llamada del Reino: la llamada de Cristo a estar “con Él”.

Ser discípulo es decidir querer con Cristo, es consentir fatigarse con Él, hasta dejar que la propia vida se identifique con la suya en todas las elecciones cotidianas, para que advenga su Reino.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 24, 3-21

No alargaré la mano contra él, pues es el ungido del Señor

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, Saúl tomó tres mil hombres escogidos de todo Israel y marchó en busca de David y su gente frente a Sure Hayelín.
Llegó a un corral de ovejas, junto al camino, donde había una cueva. Saúl entró a hacer sus necesidades, mientras David y sus hombres se encontraban al fondo de la cueva.
Los hombres de David le dijeron:
«Este es el día del que te dijo el Señor: “Yo entregaré a tus enemigos en tu mano”. Haz con él lo que te parezca mejor».
David se levantó y cortó, sin ser visto, la orla del manto de Saúl. Después de ello, sintió pesar por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres:
«El Señor me libre de obrar así contra mi amo, el ungido del Señor, alargando mi mano contra él; pues es el ungido del Señor».
David disuadió a sus hombres con esas palabras y no les dejó alzarse contra Saúl. Este salió de la cueva y siguió su camino.
A continuación, David se levantó, salió de la cueva y gritó detrás de Saúl:
«¡Oh, rey, mi señor!».
Saúl miró hacia atrás. David se inclinó rostro a tierra y se postró.
Y dijo a Saúl:
«¿Por qué haces caso a las palabras que dice la gente: “David busca tu desgracia”? Tus ojos han visto hoy mismo en la cueva que el Señor te ha entregado en mi mano. Han hablado de matarte, pero te he perdonado, diciéndome: “No alargaré mi mano contra mi amo, pues es el ungido del Señor”. Padre mío, mira por un momento, la orla de tu manto en mi mano. Si la he cortado y no te he matado, comprenderás bien que no hay en mí ni maldad ni culpa y que no te he ofendido. Tú, en cambio, estás buscando mi vida para arrebatármela. Que el Señor juzgue entre los dos y me haga justicia. Pero mi mano no estará contra ti. Como dice el antiguo proverbio: “De los malos sale maldad”. Pero en mí no hay maldad. ¿A quién ha salido a buscar el rey de Israel? ¿A quién persigues? A un perro muerto, a una simple pulga. El Señor sea juez y juzgue entre nosotros. Juzgará, defenderá mi causa y me hará justicia, librándome de tu mano».
Cuando David acabó de dirigir estas palabras a Saúl, este dijo:
«¿Es esta tu voz, David, hijo mío?».
Saúl levantó la voz llorando. Y siguió diciendo:
«Eres mejor que yo, pues tú me tratas bien, mientras que yo te trato mal. Hoy has puesto de manifiesto tu bondad para conmigo, pues el Señor me había puesto en tus manos y tú no me has matado. ¿Si uno encuentra a su enemigo, le deja seguir por las buenas el camino? Que el Señor te recompense el favor que hoy me has hecho. Ahora sé que has de reinar y que en tu mano se consolidará la realeza de Israel».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 56, 2. 3-4. 6 y 11 (R.: 2a)

R. Misericordia, Dios mío, misericordia.

V. Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad. 
R.

V. Invoco al Dios altísimo,
al Dios que hace tanto por mí.
Desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme;
enviará Dios su gracia y su lealtad.
 R.

V. Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.
Por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las nubes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. R.

 

Evangelio

Mc 3, 13-19

Llamó a los que quiso para que estuvieran con él

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él.
E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios:
Simón, a quien puso el nombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo, y Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso el nombre de Boanerges, es decir, los hijos del trueno, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

1) “Subió al monte… y llamó a los que Él quiso” (Mc 3,13)

El Evangelio de hoy nos lleva a un momento decisivo: Jesús “sube al monte” y allí llama. El monte, en la Biblia, es lugar de intimidad con Dios, de alianzas, de decisiones grandes. No es casual: antes de enviar, Jesús convoca; antes de dar una tarea, da su presencia.

Y san Marcos lo dice con una claridad preciosa: Jesús llamó a los Doce “para que estuvieran con Él”. La primera vocación no es “hacer cosas”, sino estar con una Persona. La raíz del discipulado es una amistad que transforma.

Aquí hay una medicina para nuestra vida espiritual: muchas veces vivimos agotados, con agenda, con mil deberes, y hasta hacemos cosas “buenas” … pero podemos estar perdiendo lo esencial: la cercanía real con el Señor. Sin ese “estar con Él”, el apostolado se vuelve activismo; y la fe, rutina; y el corazón, un desierto.

2) “Estar con Él” también significa aprender su modo de amar

Los Doce son elegidos para dos cosas: estar con Jesús y ser enviados a predicar, con autoridad para enfrentar el mal. Primero comunión, luego misión.

Y ahí entra la primera lectura, que es una escuela impresionante de corazón: David tiene en sus manos a Saúl, su perseguidor. Humanamente, “era el momento”. La lógica del mundo diría: “¡Acaba con el problema!”. Pero David se detiene. No responde al mal con mal. Renuncia a la venganza. Domina la reacción inmediata. Y el resultado es conmovedor: Saúl termina reconociendo la justicia de David.

David nos enseña que el verdadero poder no es aplastar al otro, sino dominar el propio impulso. Eso es penitencia de la buena: no solo “dejar cosas”, sino dejar el veneno que el rencor va fabricando por dentro.

Hoy, en clave penitencial, el Señor nos pregunta:

  • ¿A quién estoy tratando como enemigo?
  • ¿Qué resentimiento sigo alimentando con recuerdos repetidos?
  • ¿Qué frase, qué herida, qué traición, sigue gobernando mis decisiones?

Porque el rencor tiene un efecto muy concreto: nos roba la paz y empieza a enfermarnos por dentro. A veces la persona que me hirió ya siguió su vida, pero yo sigo viviendo atado a ese momento. La penitencia cristiana es permitir que Cristo rompa esa cadena.

3) “Ten piedad de mí, Dios mío… en ti me refugio” (Sal 57)

El salmo es la oración del que está perseguido, herido, cansado… pero no desesperado: “Me refugio a la sombra de tus alas”. Qué imagen tan maternal: Dios no es un juez frío; es refugio, alas, amparo.

Y aquí conectamos con la intención de hoy: por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay dolores visibles (un diagnóstico, una operación, una limitación física) y dolores invisibles (ansiedad, depresión, duelo, culpa, cansancio emocional, soledad). A veces el sufrimiento del alma es más silencioso y más pesado, porque no se ve.

El Evangelio de los Doce no es solo para “los apóstoles” de ayer: es para todos los que hoy sienten que no pueden más. Jesús también te llama a ti —en tu fragilidad— a estar con Él. No te promete una vida sin cruz; te promete su compañía en la cruz.

Y eso cambia todo: cuando uno sufre solo, el dolor aplasta; cuando uno sufre acompañado por Cristo, el dolor no desaparece de inmediato, pero se vuelve camino, y puede convertirse en ofrenda, en oración, en maduración, en misericordia.

4) San Ignacio lo diría así: “querer con Cristo”

Alguien lo expresa con sabor ignaciano: ser discípulo es querer con Cristo, aceptar incluso “peinarse” la vida con Él, dejar que sus opciones se vuelvan las nuestras. ¿Cuáles son esas opciones?

  • Elegir la misericordia por encima de la revancha (David).
  • Elegir la verdad por encima de la apariencia (ser discípulo de corazón, no de fachada).
  • Elegir la oración por encima de la autosuficiencia (“estar con Él”).
  • Elegir el bien cuando el mal me seduce con atajos.

Y todo esto tiene una consecuencia pastoral preciosa: la comunidad cristiana no es un “club de perfectos”, sino una familia de llamados. En la lista de los Doce hay diversidad, límites, historias complejas… incluso uno que lo traicionará. Eso no excusa el pecado, pero sí nos revela algo: Jesús no elige porque seamos impecables, sino para hacernos nuevos, para convertirnos, para enseñarnos a amar.

5) Llamado final y oración penitencial

Hermanos, hoy el Señor nos invita a una penitencia muy concreta: volver a la fuente. Antes de correr, sentarnos con Él. Antes de reaccionar, orar. Antes de condenar, mirar nuestra propia necesidad de misericordia.

Pidámosle a Jesús:

  • por quienes sufren en el cuerpo: que les conceda alivio, buenos tratamientos, médicos sabios, y una esperanza que no se rompa;
  • por quienes sufren en el alma: que les regale compañía, luz, descanso interior, y la valentía de pedir ayuda cuando sea necesario;
  • por nosotros: que nos conceda un corazón como el de David, capaz de frenar la venganza, y un corazón como el de los discípulos, capaz de decir: “Señor, aquí estoy… quiero estar contigo”.

Señor Jesús,
hoy subes al monte y nos llamas.
Perdona nuestras reacciones violentas,
nuestras palabras que hieren,
nuestros resentimientos guardados como tesoros oscuros.
Lávanos por dentro.

A la sombra de tus alas ponemos a los enfermos,
a los que están cansados por dentro,
a los que lloran en silencio,
a los que cargan culpas y miedos.

Haznos discípulos de tu corazón:
que sepamos estar contigo,
querer contigo,
y servir contigo,
para que venga tu Reino.
Amén.

 

2

 

1) “Designó a Doce… y entre ellos estaba el que lo entregó” (Mc 3,16-19)

San Marcos nos presenta la lista de los Doce como quien lee un acta fundacional: Jesús establece una nueva familia, un nuevo Israel. Son doce, como las doce tribus, para indicar que Dios está recomenzando la historia desde dentro, no con un decreto, sino con personas.

Y, sin embargo, la lista trae una punzada final: “Judas Iscariote, el que lo entregó.” El Evangelio no suaviza el dato. La Iglesia nace con un misterio doloroso: en el círculo más íntimo puede aparecer la traición.

Y surge una pregunta inevitable: ¿Jesús se equivocó al elegir a Judas? No. El Señor no improvisa ni “se le escapa” la realidad. Él conoce el corazón humano mejor que nadie. Pero aquí aparece un punto esencial de fe: Dios lo sabe todo… y aun así respeta nuestra libertad. Su conocimiento no nos convierte en marionetas. Dios no fuerza el mal; lo permite, porque sin libertad no hay amor verdadero.

2) La primera lectura: David, Saúl y la tentación de “hacer justicia” a mi manera (1S 24)

La escena entre David y Saúl ilumina el Evangelio desde otra esquina del alma. David tiene a Saúl a su alcance. Sus hombres le dicen: “Es tu oportunidad”. Pero David se detiene. Renuncia a la revancha. No se toma la justicia por su mano.

David nos enseña algo muy penitencial: el mayor combate no es contra el otro, sino contra la reacción que se enciende dentro. Hay momentos en los que podríamos “cobrar” una herida, devolver el golpe, exponer al que nos humilló… y sentimos incluso que sería “justo”. Pero el corazón del discípulo aprende a actuar de otra manera: no por miedo, sino por obediencia a Dios; no por debilidad, sino por dominio interior.

Aquí se cruza con Judas: el mal que otro hace —o el mal que yo hago— no anula la soberanía de Dios. Dios no aprueba el pecado, pero no queda derrotado por él. Incluso cuando el mundo se ensucia con la traición, Dios sigue escribiendo historia de salvación.

3) “Ten piedad de mí, Dios mío… en ti me refugio” (Sal 57)

El salmo es la respiración del perseguido, del herido, del cansado: “A la sombra de tus alas me refugio”. Es un salmo para quienes sufren en el cuerpo y en el alma, porque cuando uno está dolido —físicamente o por dentro— lo que más necesita es un lugar seguro.

Y el Señor se ofrece como ese lugar. No siempre nos libra “rápido”, pero sí nos libra “hondo”: nos da sentido, nos sostiene, nos acompaña, nos evita el naufragio interior.

4) Dios puede sacar bien del mal: lección dura, pero liberadora

El evangelio subraya una verdad teológica muy luminosa: Dios puede sacar bien incluso del mal, no porque el mal sea bueno, sino porque Dios es todopoderoso y su amor no se rinde.

En Judas, el pecado fue real, grave, libre. Pero Dios utilizó ese pecado —sin ser su autor— para que se cumpliera el misterio de nuestra redención. Lo mismo puede pasar en nuestra vida:

  • cuando sufrimos una traición, una injusticia, una calumnia;
  • cuando un familiar nos hiere;
  • cuando un amigo nos decepciona;
  • cuando, incluso, nosotros mismos fallamos y cargamos culpa.

Dios no nos pide negar el dolor ni justificar lo injustificable. Nos pide algo más hondo: no convertir el dolor en veneno, no dejar que el sufrimiento nos robe la esperanza. San Pablo lo expresa con una frase que no es poesía barata, sino roca: “Todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Aun lo que nos rompe puede, en manos de Dios, volverse camino de gracia: más humildad, más compasión, más perdón, más verdad, más cercanía con Cristo.

5) Aplicación penitencial: dos preguntas para hoy

En este viernes, con intención penitencial, el Evangelio nos pone un espejo:

1.    Si he sido traicionado:

o   ¿Estoy dejando que la herida gobierne mi vida?

o   ¿Estoy alimentando el juicio, la amargura, la condena?
Jesús, traicionado por un íntimo, me invita a unir mi dolor al suyo, para que el mal no tenga la última palabra.

2.    Si he traicionado yo (con actos, palabras, omisiones):

o   ¿Estoy dispuesto a arrepentirme y pedir perdón?

o   ¿O me estoy encerrando en la excusa?
Aquí está la gran diferencia: Judas cayó… y se cerró; Pedro cayó… y lloró; y el llanto de Pedro fue puerta de regreso. La Iglesia no se edifica con perfectos, sino con pecadores que se dejan perdonar.

6) Oración final (penitencial y por los que sufren)

Señor Jesús,
Tú que elegiste a los Doce y conocías el corazón de cada uno,
ten misericordia de nosotros.

Perdona nuestras traiciones pequeñas y grandes:
las palabras que rompieron, las promesas incumplidas,
las omisiones por comodidad,
los silencios cobardes ante el bien.

Te presentamos a quienes sufren en el cuerpo:
dales alivio, fortaleza, buenos tratamientos,
y una esperanza que no se apague.

Te presentamos a quienes sufren en el alma:
a los que viven ansiedad, tristeza, miedo, soledad, culpa;
pon en su camino personas que acompañen,
y dales la gracia de refugiarse bajo tus alas.

Y cuando seamos heridos por el pecado ajeno,
danos la fe para creer que Tú puedes transformar la noche en aurora.
Cuando seamos nosotros quienes hieren,
danos el valor de arrepentirnos y volver.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.

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