martes, 20 de enero de 2026

21 de enero del 2026: miércoles de la segunda semana del tiempo ordinario II- Santa Inés, Virgen y mártir-memoria obligatoria

 

Santo del día:

Santa Inés

Siglo IV. Según San Ambrosio, esta joven cristiana romana tenía tan solo 12 años cuando sufrió el martirio para preservar su virginidad como esposa de Jesucristo. Posteriormente, la leyenda se apoderó de las circunstancias de su muerte.

 

 

Desplazamiento

(Marcos 3, 1-6) Nueva controversia acerca del sábado, y Jesús lo va a desplazar todo. Desplaza la atención de sí mismo hacia el hombre que sufre, colocándolo en el centro. Desplaza la cuestión del sábado desde lo prohibido hacia lo permitido, abriendo posibilidades. No habla de “curar”, sino de salvar. Porque se trata realmente de una elección de vida o muerte y de otro mandamiento: “No matarás”. Jesús aquí pone en obra su Pascua.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 17, 32-33. 37. 40-51

Venció David al filisteo con una honda y una piedra

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, Saúl mandó llamar a David, y este le dijo:
«Que no desmaye el corazón de nadie por causa de ese hombre. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo».
Pero Saúl respondió:
«No puedes ir a luchar con ese filisteo. Tú eres todavía un joven y él es un guerrero desde su mocedad».
David añadió:
«El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará también de la mano de ese filisteo».
Entonces Saúl le dijo:
«Vete, y que el Señor esté contigo».
Agarró el bastón, se escogió cinco piedras lisas del torrente y las puso en su zurrón de pastor y en el morral, y avanzó hacia el filisteo con la honda en mano. El filisteo se fue acercando a David, precedido de su escudero. Fijó su mirada en David y lo despreció, viendo que era un muchacho,
rubio y de hermoso aspecto.
El filisteo le dijo:
«¿Me has tomado por un perro, para que vengas a mí con palos?».
Y maldijo a David por sus dioses.
El filisteo siguió diciéndole:
«Acércate y echaré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo».
David le respondió:
«Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina. En cambio, yo voy contra ti en nombre del Señor del universo, Dios de los escuadrones de Israel al que has insultado. El Señor te va a entregar hoy en mis manos, te mataré, te arrancaré la cabeza y hoy mismo entregaré tu cadáver y los del ejército filisteo a las aves del cielo y a las fieras de la tierra. Y toda la tierra sabrá que hay un Dios de Israel. Todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni lanza, porque la guerra es del Señor y los va a entregar en nuestras manos».
Cuando el filisteo se puso en marcha, avanzando hacia David, este corrió veloz a la línea de combate frente a él. David metió su mano en el zurrón, cogió una piedra, la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayó de bruces en tierra.
Así venció David al filisteo con una honda y una piedra. Lo golpeó y lo mató sin espada en la mano.
David echó a correr y se detuvo junto al filisteo. Cogió su espada, la sacó de la vaina y lo remató con ella, cortándole la cabeza. Los filisteos huyeron, al ver muerto a su campeón.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 143, 1bcd. 2. 9-10 (R.: cf. 1a)

R. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

V. Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea. 
R.

V. Mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio,
que me somete los pueblos. 
R.

V. Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo, de la espada maligna. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.

 

Evangelio

Mc 3, 1-6

¿Está permitido en sábado salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo.
Entonces le dice al hombre que tenía la mano paralizada:
«Levántate y ponte ahí en medio».
Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».
La extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) Un Dios que “desplaza” la mirada hacia el que sufre

Hay escenas del Evangelio que parecen sencillas, pero por dentro son un terremoto. Jesús entra a la sinagoga y allí está un hombre con la mano paralizada. Todos lo miran… pero no lo miran a él: miran a Jesús, para ver si “cae” en la trampa. Y Jesús hace lo que hace siempre Dios cuando el corazón se enfría: desplaza el centro.

La discusión no es primero sobre normas. El centro no es el orgullo de los observantes. El centro es un enfermo. Un hombre limitado, expuesto, quizá avergonzado, seguramente acostumbrado a que su necesidad sea un “problema” para los demás. Jesús lo pone en el medio y, con eso, ya está predicando: la persona vale más que la polémica; el dolor humano vale más que el prestigio religioso.

Y hoy, con nuestra intención orante por los enfermos, ese gesto es medicina: Jesús no se acerca a la herida para “hacer quedar bien” a la religión; se acerca para salvar.

2) Del “¿se puede?” al “¿qué elige tu corazón?”

En Mc 3,1-6 Jesús formula una pregunta que desarma:
“¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?”

Es brillante: Él cambia el terreno. Los otros quieren una religión reducida al “¿se puede o no se puede?”. Jesús la lleva al corazón del mandamiento: vida o muerte. Jesús no habla de curar, sino de salvar. Porque hay curaciones que son más profundas que lo físico: salvar la dignidad, salvar la esperanza, salvar la confianza, salvar a alguien del abandono.

Aquí vale una luz psicológica y pastoral: cuando uno se acostumbra a vivir desde el miedo (“si hago esto me critican”, “si me salgo del renglón me señalan”), el corazón se rigidiza. Y la rigidez termina siendo una especie de “mano paralizada” interior: incapaz de compasión, incapaz de alegría, incapaz de abrazar. Por eso el texto dice que Jesús se entristece por la dureza de sus corazones.

Y entonces viene el mandato que parece mínimo, pero es inmenso:
“Extiende la mano.”
Eso es evangelio puro: lo que está contraído por el dolor, por la culpa, por el miedo o por la enfermedad… Jesús lo invita a abrirse. Donde la vida se había encogido, Cristo la ensancha.

3) David y Goliat: la fe que no se deja intimidar

La primera lectura (1S 17) también nos habla de un “desplazamiento”. Todos creen que la batalla se gana con armaduras pesadas y con experiencia militar. David, pequeño y joven, se niega a pelear con armas ajenas: no puede caminar con lo que no le pertenece. Toma su honda, sus piedras, y sobre todo toma su fe: no confía en su fuerza sino en el Señor.

¿Qué tiene que ver esto con el Evangelio? Mucho:

  • Goliat no siempre es un gigante externo. A veces el gigante es el desánimo, el diagnóstico que asusta, la soledad, la depresión, el dolor crónico, la sensación de ser una carga.
  • David nos enseña que, aunque uno se sienta pequeño, puede decir: “El Señor me sostiene”.

Y el salmo lo canta:
“Bendito el Señor, mi roca… mi baluarte, mi liberador.”
El creyente no niega la batalla; la enfrenta con Dios.

4) Santa Inés: la valentía de una vida entregada

En la memoria de Santa Inés, virgen y mártir, la Iglesia nos muestra otra manera de vencer al gigante: la fidelidad. Inés no fue grande por “poder”, sino por amor. En un mundo que presiona, seduce o amenaza, ella eligió pertenecer a Cristo. Su pureza no es ingenuidad: es libertad interior.

Para nuestros enfermos, Santa Inés es un signo: cuando el cuerpo se debilita, el amor puede fortalecerse. Y hay martirios silenciosos —en una cama, en una terapia, en una larga recuperación— que Dios ve con ternura y honra con gracia.

5) Para nosotros hoy: tres llamados concretos

1.    Poner al enfermo en el centro. No como “tema”, sino como persona: visita, llamada, presencia, escucha.

2.    Practicar el sábado de Jesús: el día del Señor no es excusa para la indiferencia; es escuela de misericordia.

3.    Extender la mano: reconciliarse, pedir ayuda, volver a orar, retomar un tratamiento, abrir el corazón.

Oración final (por los enfermos)

Señor Jesús, que miraste al hombre de la mano paralizada y lo pusiste en el centro, mira hoy a nuestros enfermos: a los que están en casa, en hospital, en soledad; a quienes sienten miedo, dolor, incertidumbre.
Toca lo que está rígido, devuelve movilidad al cuerpo y paz al alma.
Danos un corazón sensible, que no se esconda detrás de excusas religiosas, sino que elija siempre el bien, la vida y la compasión.

Y al concluir, nos confiamos a la intercesión de la Santísima Virgen María, Salud de los Enfermos:
Madre tierna, acompaña a tus hijos que sufren; sostén a los cuidadores; consuela a los que se sienten frágiles. Llévanos a Jesús, para que, escuchando su voz, también nosotros podamos extender la mano y vivir.
Amén.

 

2

 

1) “¿Está permitido… salvar la vida?”: la pregunta que desnuda el corazón

El Evangelio nos pone en una escena tensa: una sinagoga, un hombre con la mano paralizada y un grupo que observa a Jesús no para aprender, sino para acusarlo. Y entonces el Señor formula una pregunta que parece obvia, pero que revela lo que hay dentro:
“¿Está permitido en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar la vida o destruirla?” (Mc 3,4).

Objetivamente, todos sabemos la respuesta: sí, es lícito hacer el bien. Pero hoy se nos advierte que, subjetivamente, muchas veces respondemos no desde la verdad, sino desde heridas, resentimientos y comparaciones. Por eso el Evangelio dice que ellos callaron. El silencio es terrible: no es prudencia, es cerrazón.

2) La “ira justa” y el “dolor santo” de Jesús

Aquí aparece algo muy humano y muy divino a la vez: Jesús los mira con enojo y con tristeza por la dureza de su corazón. No es rabia caprichosa. Es lo que podemos llamas “ira justa y dolor santo”: una indignación que nace del amor, y un dolor que nace de ver cómo la religión puede volverse máscara para no amar.

Hay emociones que, cuando se desordenan, destruyen por dentro:

·        Ira: cuando se vuelve resentimiento y deseo de herir.

·        Celos: cuando el miedo a perder “mi lugar” me vuelve controlador.

·        Envidia: cuando me entristece el bien del otro y me impide alegrarme.

Los fariseos no logran alegrarse por la sanación del hombre; se quedan atrapados en su propio laberinto interior. Y el Evangelio remata con una frase dura: después de ver el bien, conspiran para hacer el mal (Mc 3,6). Así actúa el pecado: endurece, ciega y termina justificando lo injustificable.

3) “Extiende tu mano”: cuando la gracia rompe la parálisis

Jesús no discute eternamente. Mira al hombre y le dice:
“Extiende la mano.”
Y al extenderla, queda restablecida.

Esta orden es más que un gesto físico: es una palabra para todos los que viven algún tipo de parálisis:

·        la parálisis del miedo,

·        la parálisis del rencor,

·        la parálisis de la tristeza,

·        la parálisis de la enfermedad que agota y desanima.

Y hoy, que oramos por los enfermos, el Señor nos repite: “Extiende…”; es decir: no te encierres, no te resignes, no te quedes solo. Extiende la mano a Dios en la oración, a tu familia, a la comunidad, al médico, al acompañamiento. La fe no niega el dolor, pero no permite que el dolor tenga la última palabra.

4) David contra Goliat: el enfermo también tiene “honda y piedras”

La primera lectura (1S 17) es el gran relato del pequeño David frente al gigante. David rechaza la armadura ajena: no quiere pelear con lo que no le corresponde. Y enfrenta a Goliat con lo que tiene y con lo que cree: “El Señor me ha librado… Él me librará” (cf. 1S 17).

Para un enfermo, Goliat puede tener muchos nombres: diagnóstico, dolor, recaída, soledad, incertidumbre, ansiedad. Pero David nos enseña algo clave: uno puede ser pequeño y temblar… y aun así no rendirse. La victoria no nace del tamaño, nace de la confianza.

Y el salmo lo proclama:
“Bendito el Señor, mi roca… mi baluarte y mi libertador.”
Cuando no puedo con mis fuerzas, Dios se vuelve mi fuerza.

5) Santa Inés: pureza de corazón y valentía para amar hasta el final

En la memoria de Santa Inés, la Iglesia nos presenta a una joven que, en un mundo que presionaba y amenazaba, eligió a Cristo sin negociar. Su testimonio denuncia un mal muy actual: cuando el corazón se corrompe por el deseo de poder, de prestigio o de “tener razón”.

Inés nos dice: el amor a Cristo vuelve libre. Y también enseña a nuestros enfermos —y a quienes los cuidan— que hay una fortaleza más profunda que la del cuerpo: la del espíritu sostenido por Dios.

6) Aplicación concreta: transformar tres venenos en tres virtudes

Esta reflexión nos invita a hacer un examen honesto. Para vivir este Evangelio, el Señor nos invita a convertir:

·        ira → en perdón y mansedumbre (sin negar la injusticia, pero sin dejar que me envenene);

·        celos → en gratitud (agradecer lo que soy y lo que tengo);

·        envidia → en admiración y alegría (bendecir el bien del otro).

Porque hasta la vida espiritual se enferma cuando el corazón se llena de comparaciones. Y la medicina es Cristo: su verdad humilde, su gracia, su misericordia.

7) Oración final por los enfermos

Señor Jesús, Médico del alma y del cuerpo,
tú que miraste con dolor santo la dureza del corazón humano,
arranca de nosotros la ira que hiere, los celos que encadenan y la envidia que entristece.
Danos un corazón nuevo.

Te encomendamos especialmente a los enfermos:
a los que sufren en hospitales o en casa,
a los que viven dolor, angustia o soledad,
a los que esperan un resultado, una cirugía, una recuperación.
Dales paz, fortaleza, paciencia y esperanza;
y a sus familias, ternura y perseverancia.

Por intercesión de Santa Inés, haznos valientes en la fe.
Y por María, Salud de los Enfermos,
llévanos a extender la mano hacia ti, para que tu gracia restaure lo que está paralizado.
Jesús, en Ti confiamos
. Amén.

 

 

21 de enero:

Santa Inés, virgen y mártir — Memoria
c. 291–c. 304

Santa patrona de quienes buscan la castidad y la pureza, de las parejas comprometidas, de las víctimas de violación, de los jardineros, de las niñas y de las Girl Scouts.

 


Cita:


Aquel que me eligió primero para Sí, me recibirá. ¿Por qué te demoras, verdugo?… Ella permanecía de pie, oraba, inclinó su cuello. Se podía ver al verdugo temblar, como si él mismo hubiera sido condenado, su mano derecha estremecerse, su rostro palidecer, pues temía por el peligro de otro, mientras la doncella no temía por el suyo propio.
~ De Virginibus, San Ambrosio

 

Reflexión:


Según una tradición, la hija del emperador Constantino el Grande —el primer emperador que se convirtió al cristianismo y legalizó su práctica— contrajo lepra. Su nombre era Constantina. Buscando una curación, se acercó al sepulcro de la joven virgen y mártir de hoy y, entre lágrimas, imploró su intercesión. La tradición añade que Constantina fue efectivamente curada y que, en agradecimiento, su padre mandó construir una iglesia sobre la tumba de Santa Inés. Hasta el día de hoy, una iglesia adorna ese mismo lugar. Hasta el día de hoy, lleva el nombre de Santa Inés. Y hasta el día de hoy, los fieles imploran la intercesión de Inés del mismo modo que Constantina lo hizo en tiempos antiguos.

Se sabe muy poco sobre Santa Inés, excepto por las breves palabras de San Ambrosio escritas muchas décadas después de su muerte. Sabemos con certeza que fue martirizada a la edad de doce o trece años. Tradiciones posteriores han suplido lo que la historia no puede, incluyendo lo que sigue.

Inés nació en el seno de una noble familia cristiana en Roma. Se decía que era muy hermosa, lo cual, unido a su riqueza y santidad, llevó a muchos jóvenes nobles a buscarla como esposa. Pero los ojos de Inés contemplaron a Uno que era el más bello de todos: su Señor y Salvador, Jesucristo. Después de contemplar su belleza, ya no pudo mirar a nadie más. Se consagró a una vida de virginidad.

Sin embargo, esta entrega de sí misma no fue bien recibida ni comprendida por los jóvenes de su tiempo. Inés fue denunciada ante el prefecto local, Sempronio, por ser cristiana, en un intento de disuadirla de su voto de castidad. El prefecto primero trató de convencerla de que ofreciera sacrificios a los dioses romanos. Ella se negó. Su corazón estaba firme en su devoción a su Amado. Luego el prefecto intentó asustarla mostrándole algunos instrumentos de tortura en manos del cruel verdugo. Inés no mostró miedo alguno y se negó a quemar incienso a los falsos dioses. Enfurecido, el prefecto ordenó que fuera llevada a burdeles para ser ultrajada por hombres inmorales.

Durante estas pruebas, Inés sabía que su Esposo celestial la protegería. Los hombres malvados podían manchar sus espadas con su sangre, pero nunca podrían profanar su cuerpo consagrado a Cristo. En los burdeles, los hombres la miraban con lujuria desde lejos, pero parecían más asustados de ella que ella de ellos. Ninguno se atrevió a acercarse. Ninguno se atrevió a profanarla. Se dice que solo un joven se acercó a ella, y que inmediatamente quedó ciego y cayó al suelo. Sin embargo, por una oración pronunciada por Inés, le fue devuelta la vista.

El prefecto, al no lograr que Inés volviera al paganismo ni que se mancillara su cuerpo, la condenó entonces a morir decapitada. Inés ofreció voluntariamente su cuello al verdugo, quien temblaba de miedo al acercarse, mientras ella estaba tan gozosa como una esposa que espera encontrarse con su Esposo.

Santa Inés, junto con Santa Cecilia, fue una de las primeras mártires cuyo nombre fue honrado al ser incluido en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I de la Misa actual). Su nombre en latín significa “cordero”. Por ello, desde el siglo XVI, cada año en el día de su fiesta se llevan dos corderos a la basílica romana construida sobre su tumba. Su lana es esquilada y tejida en diversos palios, vestiduras que cubren los hombros. Estos mismos palios son luego colocados sobre los hombros de los arzobispos por el mismo Papa en la fiesta de los Santos Pedro y Pablo. Junto con el báculo o cayado, el palio simboliza el papel del obispo como pastor.

Santa Inés, a tan temprana edad entregaste tu vida a Cristo, eligiéndolo solo a Él como tu Esposo. Tu fidelidad a Cristo fue inquebrantable, mostrando que preferías la muerte antes que la traición. Ruega por mí, para que yo también elija a Cristo como el Esposo de mi alma y le sea fiel incluso hasta la muerte.
Santa Inés, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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