miércoles, 21 de enero de 2026

22 de enero del 2026: jueves de la segunda semana del tiempo ordinario- año II

 

La justa distancia

(Mc 3,7-12) A la violencia de los fariseos que buscan matar a Jesús, sucede otra violencia: la de esa multitud de desesperados que se abalanzan sobre él en busca de milagros, con el riesgo de aplastarlo. Él se mantiene a distancia; hace callar a quienes vociferan más de lo que confiesan su identidad de Hijo de Dios.

Solo la distancia permite un verdadero encuentro y un diálogo con Jesús, previos a toda curación.”

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Sam 18, 6-9; 19, 1-7

Mi padre busca el modo de matarte

Lectura del primer libro de Samuel.

EN aquellos días, cuando David volvía de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de Israel al encuentro del rey Saúl para cantar danzando con tambores, gritos de alborozo y címbalos.
Las mujeres cantaban y repetían al bailar:
«Saúl mató a mil,
David a diez mil».
A Saúl lo enojó mucho aquella copla y le pareció mal, pues pensaba:
«Han asignado diez mil a David y mil a mí. No le falta más que la realeza».
Desde aquel día Saúl vio con malos ojos a David.
Saúl manifestó a su hijo Jonatán y a sus servidores la intención de matar a David. Jonatán, hijo de Saúl, amaba mucho a David. Y le advirtió:
«Mi padre busca el modo de matarte. Mañana toma precauciones, quédate en lugar secreto y permanece allí oculto. Yo saldré y me colocaré al lado de mi padre en el campo donde te encuentres. Le hablaré de ti, veré lo que hay y te lo comunicaré».
Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo:
«No haga daño el rey a su siervo David, pues él no te ha hecho mal alguno y su conducta ha sido muy favorable hacia ti. Expuso su vida, mató al filisteo y el Señor concedió una gran victoria a todo Israel. Entonces te alegraste al verlo. ¿Por qué hacerte culpable de sangre inocente, matando a David sin motivo?».
Saúl escuchó lo que le decía Jonatán, y juró:
«Por vida del Señor, no morirá».
Jonatán llamó a David y le contó toda aquella conversación. Le trajo junto a Saúl y siguió a su servicio como antes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 55, 2-3. 9-10ab. 10c-11. 12-13 (R.: 5b)

R. En Dios confío y no temo.

V. Misericordia, Dios mío, que me hostigan,
me atacan y me acosan todo el día;
todo el día me hostigan mis enemigos,
me atacan en masa, oh, Altísimo. 
R.

V. Anota en tu libro mi vida errante,
recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío,
mis fatigas en tu libro.
Que retrocedan mis enemigos
cuando te invoco. 
R.

V. Así sabré que eres mi Dios.
En Dios, cuya promesa alabo,
en el Señor, cuya promesa alabo. 
R.

V. En Dios confío y no temo;
¿qué podrá hacerme un hombre?
Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.

 

Evangelio

Mc 3, 7-12

Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios», pero él les prohibía que lo diesen a conocer

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Palabra del Señor.

 

1

 

1) Una escena sorprendente: dos violencias distintas

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús rodeado por una multitud inmensa: vienen de todas partes, cargados de dolor, enfermedad, confusión, miedo. Y, al mismo tiempo, el texto deja ver un contraste: mientras unos se acercan a Jesús con hambre de vida, otros —como los fariseos— ya están tramando su muerte. Dos violencias:

  • la violencia del rechazo (el corazón que se cierra y decide eliminar a Jesús),
  • y la violencia de la desesperación (la gente que se lanza sobre Él buscando alivio, casi como quien toma por asalto una solución).

Y aquí aparece una palabra clave, preciosa, muy pastoral: la justa distancia.

2) La “justa distancia” para encontrarse de verdad con Jesús

Decía alguien que: solo la distancia permite un verdadero encuentro. ¿Qué significa? No es frialdad. Es sabiduría espiritual.

Hay maneras de “acercarse” a Jesús que, en realidad, lo convierten en un objeto:

  • “Señor, sálvame ya, pero no me cambies la vida.”
  • “Sáname, pero no me pidas perdonar.”
  • “Resuélveme este problema, pero no me llames a la conversión.”

Eso no es encuentro: eso es uso. Y por eso Jesús se aparta un poco, sube a la barca, pone un margen, no para alejarse del sufrimiento, sino para que el acercamiento sea humano y creyente, no atropellado.

La fe necesita esta “distancia” interior: un espacio donde puedo mirar a Jesús a los ojos, escucharlo, dejar que su Palabra me ordene por dentro. Porque muchas veces queremos el milagro, pero evitamos el diálogo. Y el Evangelio sugiere que la curación verdadera empieza cuando hay diálogo, cuando no solo toco a Jesús, sino que me dejo tocar por Él.

3) “Los hacía callar”: cuando el grito no es confesión

El texto dice que los espíritus impuros gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”, y Jesús les mandaba callar. Qué raro: ¡están diciendo algo “correcto”! Pero no basta decir lo correcto.
Hay un modo de “hablar de Jesús” que no nace de la fe sino del ruido, de la presión, de la manipulación, del espectáculo.

Hoy también puede pasar: podemos repetir frases religiosas, publicar mensajes, hacer alboroto… y sin embargo no confesarlo de verdad con la vida. Jesús no necesita propaganda estridente; necesita discípulos. No necesita gritos: necesita corazones convertidos.

4) Primera lectura: Saúl y la violencia de los celos

En la primera lectura vemos a Saúl consumido por los celos ante David. La envidia va fabricando una lógica peligrosa: el otro se vuelve amenaza, y la amenaza se vuelve enemigo, y el enemigo “hay que eliminarlo”.

Ese es el camino de la violencia que quiere matar a Jesús: nace en un corazón que se ha perdido por dentro. Y aquí hay una enseñanza para la vida comunitaria y para la Iglesia: la obra evangelizadora se apaga cuando dejamos que el celo, la comparación, el “yo” herido, se vuelvan el centro. Donde hay envidia, la misión se envenena. Donde hay humildad, la misión florece.

Y qué hermoso que Jonatán interceda por David: es el rostro de la amistad leal, del que se atreve a frenar el mal con verdad y con amor. También eso es evangelización: ser puente, no cuchillo.

5) Aplicación pastoral: evangelizar con “justa distancia”

Para la obra evangelizadora y para las vocaciones, esta “justa distancia” es decisiva:

  • Distancia del activismo: no convertir la misión en agitación. Evangelizar no es correr todo el tiempo; es caminar con sentido.
  • Distancia del espectáculo: no “usar” lo sagrado para impresionar. La fe convence por la verdad y la caridad.
  • Distancia para escuchar: sin oración, sin silencio, no hay voz de Dios; solo hay eco de nuestras urgencias.
  • Distancia del ego: la vocación nace cuando Cristo ocupa el centro, no cuando yo busco aplauso o control.

Las vocaciones florecen allí donde hay comunidades que viven esta sabiduría: cercanas al dolor humano, sí; pero con un corazón ordenado, capaz de escuchar, de discernir, de acompañar.

6) Llamado concreto

Hoy el Señor nos invita a tres cosas muy sencillas:

1.    Acércate a Jesús sin atropellarlo: busca el milagro, sí, pero sobre todo busca su Palabra.

2.    Haz silencio interior: que tu fe no sea grito; que sea adhesión, conversión, obediencia amorosa.

3.    Evangeliza desde la humildad: sin celos, sin comparaciones, sin rivalidades. La misión es de Cristo.


Oración final (por la obra evangelizadora y las vocaciones)

Señor Jesús,
Tú conoces nuestras prisas y nuestras heridas,
nuestro deseo de soluciones inmediatas
y también nuestras resistencias a dejarnos transformar.

Danos la justa distancia:
la cercanía compasiva al que sufre
y el silencio interior que permite escucharte.

Purifica nuestra fe de todo ruido y vanidad,
y haz de tu Iglesia una casa de encuentro verdadero,
donde tu Evangelio se anuncie con alegría,
con humildad y con coherencia.

Suscita vocaciones santas:
sacerdotes según tu Corazón,
consagrados con alma de servicio,
matrimonios fieles y fecundos,
jóvenes valientes que se atrevan a decirte “sí”.

Que tu Espíritu nos libre de la envidia de Saúl
y nos regale la nobleza de Jonatán:
ser intercesores, constructores de paz,
servidores de la misión.

Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada: cuando la multitud corre… y Jesús “se retira”

El Evangelio nos presenta una escena de movimiento: Jesús atrae multitudes, y vienen de todas partes. Pero en medio de ese éxito aparente, aparece una frase sorprendente: “Jesús se retiró hacia el mar con sus discípulos”. No es huida. No es miedo. Es discernimiento. Es la sabiduría de quien sabe que la misión no se improvisa, y que no todo impulso de la gente coincide con el plan de Dios.

En la vida espiritual, muchas veces confundimos “mucho movimiento” con “mucho fruto”. Jesús nos enseña que la obra de Dios también necesita tiempos, ritmos, etapas. Hay un “hoy” y un “todavía no”.


2) Jesús y el tiempo de Dios: el corazón de la escena

Justo antes de este pasaje, los fariseos y herodianos empiezan a tramar su muerte. Jesús lo sabe. Y aun así, no precipita la Pasión. La afrontará cuando llegue su hora. Mientras tanto, se retira al mar: un paso que parece pequeño, pero es enorme. Con ese gesto nos dice:

  • “La maldad no marca mi agenda”.
  • “La presión no decide mi camino”.
  • “Yo camino según la voluntad del Padre”.

Aquí se cumple aquella gran sabiduría bíblica: “Todo tiene su tiempo”. También en la vida de fe: hay tiempos de construir, de sanar, de sembrar; y hay tiempos de entregar la vida. Jesús está aún en tiempo de convocar, enseñar, curar y formar discípulos.


3) La universalidad del Evangelio: vienen de todas partes

El texto subraya algo precioso: llegan desde Galilea y Judea, desde Jerusalén, Idumea, más allá del Jordán, y desde Tiro y Sidón. En otras palabras: el corazón del Evangelio empieza a latir más allá de fronteras culturales, religiosas y nacionales.

Eso anticipa lo que será la Iglesia: una familia abierta, una mesa larga, una salvación que no se encierra. La misión de Jesús no es para un grupo selecto, es para todos. Y por eso también la obra evangelizadora no puede ser “de club” ni de “capillita”: es para el que está cerca y para el que está lejos; para el que cree y para el que busca; para el que viene por fe y para el que llega por curiosidad.


4) Dos peligros en la multitud: curiosidad y búsqueda de milagros

Entre esa gente hay de todo: algunos se acercan con fe auténtica; otros movidos por el asombro, por el rumor, por lo espectacular. Aquí hay una enseñanza muy actual: podemos acercarnos a Jesús por motivos distintos:

  • para conocerlo y dejarnos cambiar,
  • o para “ver qué hace”, “qué me da”, “qué me resuelve”.

Por eso Jesús pide a los discípulos una barca: pone un margen. No para alejarse, sino para que la relación no sea atropellada. La fe necesita pasar del “¡hazme un milagro!” al “Señor, ¿qué quieres de mí?”.


5) Primera lectura: Saúl y el tiempo perdido por la envidia

La primera lectura nos muestra a Saúl devorado por la envidia: escucha los cantos del pueblo, compara, y su corazón se oscurece. La envidia lo lleva a sospechar, a perseguir, a querer destruir. Y aquí aparece un contraste fuerte: Saúl vive fuera del tiempo de Dios, porque la envidia siempre acelera lo malo y retrasa lo bueno. La envidia impacienta, distorsiona, envenena.

En cambio, Jonatán es figura de lo contrario: intercede, calma, protege. El que ama de verdad no se deja gobernar por el ego herido: se deja gobernar por la justicia.

Esto también toca la vida eclesial: cuando la misión se contamina de rivalidades, comparaciones y protagonismos, se apaga. Pero cuando la misión se vive como servicio, como comunión, como humildad, florece.


6) Aplicación para la vida: aprender a leer “las estaciones” del alma

Todos atravesamos temporadas: alegrías que quisiéramos retener y pruebas que quisiéramos cortar de raíz. Pero el Señor nos enseña a vivir cada etapa con fe, sin desesperarnos ni intoxicarnos de ansiedad.

  • En los tiempos de luz: gratitud, humildad, generosidad.
  • En los tiempos de oscuridad: paciencia, confianza, perseverancia.
  • En los tiempos de espera: discernimiento, oración, fidelidad.

La pregunta clave es: ¿estoy viviendo mi momento en la presencia de Dios, o lo estoy peleando con pura ansiedad? Jesús no se deja arrastrar por la presión: se deja conducir por el Padre.


7) Intención orante: por la obra evangelizadora y las vocaciones

Este Evangelio nos regala una imagen muy fuerte: Jesús prepara el camino, forma discípulos, ordena la multitud, protege la misión. Así también la Iglesia, para evangelizar, necesita:

  • discípulos antes que activistas,
  • oración antes que ruido,
  • comunión antes que protagonismos,
  • paciencia antes que ansiedad por resultados.

Y aquí nacen las vocaciones: cuando un joven ve una Iglesia serena, coherente, misionera; cuando percibe que el Evangelio no es espectáculo, sino vida; cuando descubre que Cristo no es un “recurso” sino un Señor.

Pidamos hoy vocaciones santas: sacerdotes y consagrados con corazón de discípulos, laicos maduros, familias evangelizadoras… porque la misión no es de unos pocos: es de todo el Pueblo de Dios.


Oración final

Señor Jesús,
Tú que caminaste siempre en el tiempo del Padre,
enséñanos a confiar cuando la vida acelera
y cuando parece que todo se detiene.

Líbranos de la envidia que oscurece el corazón como a Saúl,
y danos la nobleza de Jonatán:
ser puentes, ser paz, ser leales al bien.

Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia:
haznos discípulos con fuego misionero,
humildes, perseverantes, alegres en el servicio.

Y suscita vocaciones santas, valientes y fieles:
sacerdotes según tu Corazón,
consagrados que sean signo del Reino,
familias que anuncien con su vida,
jóvenes que se atrevan a decir: “Aquí estoy”.

Jesús, en tu tiempo y en tu voluntad,
haz fructificar nuestra vida.
Jesús, yo confío en Ti.

Amén.

 

 

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