miércoles, 22 de julio de 2026

23 de julio del 2026: jueves de la decimosexta semana del tiempo ordinario II- Santa Brígida de Suecia, religiosa-Memoria opcional

 

Testigo de la fe:

Santa Brígida de Suecia


Hacia 1303-1373.

«Después de la lectura de la Biblia, no tengan nada más querido que la vida de los santos», recomendaba la fundadora de la Orden del Santísimo Salvador. Esposa, madre de ocho hijos y, después de enviudar, religiosa, llevó una vida profundamente marcada por la oración, la caridad y la contemplación de la Pasión de Cristo. En 1999, san Juan Pablo II la proclamó copatrona de Europa por su testimonio de fe y su compromiso en favor de la unidad y la renovación espiritual del continente.

 

 

Fuera de los esquemas

(Jr 2,1-3.7-8.12-13 / Sal 36(35),6-7ab.8-9.10-11 (R. 10a) /
Mt 13,10-17)
Jesús cuestiona las costumbres y las ideas preconcebidas de su época. Se niega a encerrar la Palabra de Dios dentro de los límites de una comprensión superficial. A sus discípulos les revela los misterios del Reino porque han abierto el corazón para escuchar y acoger. Jeremías, por su parte, reprocha al pueblo haber abandonado al Señor, «fuente de agua viva», para construirse cisternas agrietadas. Pidamos hoy unos ojos que sepan ver, unos oídos capaces de escuchar y un corazón dispuesto a regresar a Dios, fuente de toda vida.

G.Q

 


Primera lectura

Jer 2, 1-3. 7-8. 12-13
Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes agrietados

Lectura del libro de Jeremías.

EL Señor me dirigió la palabra:
«Grita y que te oiga todo Jerusalén:
Esto dice el Señor:
Recuerdo tu cariño juvenil,
el amor que me tenías de novia,
cuando ibas tras de mí por el desierto,
por tierra que nadie siembra.
Israel era sagrada para el Señor,
fruto primero de su cosecha:
quien probaba de ella lo pagaba,
la desgracia caía sobre él
—oráculo del Señor—.
Los traje a una tierra de huertos,
para comer sus frutos deliciosos;
pero entraron y profanaron mi tierra,
hicieron abominable mi heredad.
Los sacerdotes no preguntaban:
“¿Dónde está el Señor?”.
Los expertos en leyes no me reconocían;
los pastores se rebelaban contra mí,
los profetas profetizaban por Baal,
fueron tras ídolos que no sirven de nada.
Espántense, cielos, de ello,
horrorícense y tiemblen aterrados
—oráculo del Señor—,
pues una doble maldad
ha cometido mi pueblo:
me abandonaron a mí,
fuente de agua viva,
y se cavaron aljibes,
aljibes agrietados
que no retienen agua».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 35, 6-7ab. 8-9. 10-11 (R.: 10a)

R. En ti, Señor, está la fuente viva.

V. Señor, tu misericordia llega al cielo,
tu fidelidad hasta las nubes;
tu justicia es como las altas cordilleras,
tus juicios son como el océano inmenso. 
R.

V. ¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh, Dios!,
los humanos se acogen a la sombra de tus alas;
se nutren de lo sabroso de tu casa,
les das a beber del torrente de tus delicias. 
R.

V. Porque en ti está la fuente viva,
y tu luz nos hace ver la luz.
Prolonga tu misericordia con los que te reconocen,
tu justicia con los rectos de corazón. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 10-17

A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A ustedes se les han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oirán con los oídos sin entender;
mirarán con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados los ojos de ustedes porque ven y los oídos de ustedes porque oyen.
En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

Hay personas que tienen ojos, pero no alcanzan a ver; tienen oídos, pero no logran escuchar. No se trata de una limitación física, sino de una cerrazón interior. Podemos oír muchas veces la Palabra de Dios y, sin embargo, permitir que pase junto a nosotros sin tocar nuestra vida.

En la primera lectura, el profeta Jeremías recuerda la historia de amor entre Dios y su pueblo. El Señor lo condujo a una tierra fértil, lo cuidó y le entregó sus dones. Pero el pueblo se olvidó de preguntarse: «¿Dónde está el Señor?». Incluso quienes debían orientar a los demás —sacerdotes, maestros y profetas— se alejaron de Él.

Entonces Dios denuncia dos males: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no retienen el agua». Esta imagen describe también una tentación muy actual. El corazón humano tiene sed de amor, de sentido, de paz y de felicidad; pero muchas veces busca saciarla en cisternas rotas: el dinero, el poder, la apariencia, el placer pasajero, la aprobación de los demás o el uso desordenado de las redes sociales. Son realidades que pueden distraernos momentáneamente, pero no llenan el corazón.

Solo Dios es la fuente de agua viva. Como proclama el salmo: «En ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz». Cuando nos acercamos a Él, no solamente recibimos vida, sino también una luz nueva para comprender quiénes somos y cómo debemos vivir.

En el Evangelio, Jesús explica por qué habla mediante parábolas. Los misterios del Reino no están reservados a una élite intelectual ni dependen únicamente de la inteligencia. Se revelan a quienes se acercan con humildad, interés y disponibilidad. El problema no es que Dios se niegue a hablar, sino que muchas veces nosotros endurecemos el corazón.

Por eso Jesús dice: «Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen». Los discípulos son bienaventurados no porque lo comprendan todo inmediatamente, sino porque permanecen junto al Maestro, le preguntan y desean aprender. La fe comienza precisamente allí: cuando dejamos de creer que ya lo sabemos todo y permitimos que Jesús nos enseñe.

También nosotros necesitamos salir de nuestros esquemas. Podemos haber reducido la fe a costumbres, normas o celebraciones realizadas por rutina. Podemos escuchar el Evangelio y pensar que siempre se refiere a los demás. Pero la Palabra quiere entrar en nuestra historia concreta, cuestionar nuestras decisiones y transformar nuestra manera de relacionarnos.

Preguntémonos: ¿de qué fuente estoy bebiendo? ¿Busco en Dios la paz y el sentido de mi vida, o intento llenar mi corazón con cisternas agrietadas? ¿Escucho verdaderamente la Palabra o solo la oigo sin dejarme cambiar?

Pidamos al Señor que cure nuestra sordera y nuestra ceguera interiores. Que nos dé ojos para reconocer su presencia, oídos para acoger su Palabra y un corazón humilde para regresar a Él. Solo entonces podremos experimentar la verdad anunciada por el salmista: en Dios está la fuente de la vida y en su luz aprendemos a ver la luz. Amén.

 

2

 

Homilía: Que se descorra el velo del corazón

 

Queridos hermanos:

Los discípulos se acercan hoy a Jesús y le preguntan: «¿Por qué les hablas en parábolas?». El Señor responde que a ellos se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero también advierte que algunos «miran sin ver y oyen sin escuchar ni entender».

Podemos tener los ojos abiertos y no descubrir lo verdaderamente importante. Podemos escuchar muchas veces la Palabra de Dios y no permitir que penetre en el corazón. Ver es más que usar los ojos, y escuchar es mucho más que percibir sonidos. Para comprender las cosas de Dios necesitamos un corazón receptivo, humilde y atento a la gracia.

Cuando el corazón se abre a Dios, la mente comienza a contemplar la vida desde su perspectiva. Este es el don de la sabiduría: no consiste simplemente en acumular conocimientos, sino en reconocer la verdad de Dios, descubrir su presencia y orientar toda la existencia hacia Él. Entonces se descorre el velo, los misterios de la fe comienzan a iluminarse y brotan la paz, el asombro y la gratitud.

Las parábolas son como velos sagrados: al mismo tiempo esconden y revelan los misterios divinos. Para quien es humilde, dócil al Espíritu Santo y deseoso de encontrar la verdad, se convierten en ventanas luminosas abiertas hacia el corazón de Dios. Pero para quien permanece indiferente o endurecido, la verdad continúa oculta.

Sin embargo, ese ocultamiento no significa que Jesús rechace a nadie. La parábola es también una invitación a buscar, preguntar y profundizar. Es como un regalo envuelto cuidadosamente: su belleza despierta el deseo de abrirlo y descubrir lo que contiene. Jesús no quiere alejarnos del misterio, sino provocar en nosotros una santa curiosidad y una sed más profunda de Dios.

La primera lectura nos ayuda a comprender qué ocurre cuando se pierde esa sed. Por medio del profeta Jeremías, Dios recuerda con ternura el amor inicial de su pueblo, cuando lo seguía por el desierto. El Señor lo condujo a una tierra fértil y le concedió abundantes frutos; pero el pueblo se olvidó de Él. Incluso quienes tenían la misión de enseñar, orientar y profetizar dejaron de preguntarse: «¿Dónde está el Señor?».

Entonces Dios pronuncia una de las imágenes más conmovedoras de la Escritura: «Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas agrietadas que no retienen el agua».

El drama del pueblo no fue solamente haber incumplido algunas normas, sino abandonar la fuente. Cambió al Dios vivo por realidades incapaces de calmar su sed. También nosotros podemos buscar la felicidad, la seguridad y el sentido de la vida en cisternas rotas: el dinero, la apariencia, el reconocimiento, el poder, el placer pasajero o la aprobación de los demás. Todo eso puede distraernos por un momento, pero no puede saciar definitivamente nuestro corazón.

El salmo nos recuerda dónde se encuentra la verdadera fuente: «En ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz». Solo la luz de Dios nos permite ver con claridad. Sin ella podemos confundir lo pasajero con lo eterno, el éxito con la fecundidad, la comodidad con la felicidad y nuestra propia voluntad con la voluntad divina.

Jesús no se resigna ante la dureza del corazón humano. Cuando cita al profeta Isaías y dice que el corazón del pueblo se ha vuelto insensible, no está condenando con desprecio, sino lamentando con amor. Por eso continúa enseñando y sembrando generosamente su Palabra. Aunque encuentre terrenos duros, pedregosos o llenos de espinas, no deja de sembrar. Confía en que incluso el corazón más cerrado puede abrirse a la gracia.

Esta perseverancia de Jesús ilumina la obra evangelizadora de la Iglesia. Evangelizar es continuar sembrando la Palabra, incluso cuando no vemos inmediatamente sus frutos. Es anunciar con paciencia, enseñar con claridad, acompañar con misericordia y confiar en la acción silenciosa del Espíritu Santo. La Iglesia no puede cansarse de ofrecer el agua viva a una humanidad que muchas veces intenta calmar su sed en cisternas agrietadas.

Hoy oramos especialmente por esta misión evangelizadora y por las vocaciones. Necesitamos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios y jóvenes dispuestos a escuchar la voz del Señor y a convertirse en sembradores de su Palabra. Toda vocación comienza cuando alguien deja de oír superficialmente y empieza a escuchar con el corazón. Comienza cuando una persona permite que se descorra el velo y pregunta sinceramente: «Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Dónde y cómo deseas que te sirva?».

Pidamos también que quienes ya hemos recibido una vocación no nos apartemos de la fuente. Podemos hablar mucho de Dios y, sin embargo, descuidar nuestra relación personal con Él. Podemos servir en la Iglesia y terminar buscando el reconocimiento, la comodidad o nuestros propios intereses. El profeta nos invita a volver siempre a la fuente del agua viva, porque nadie puede llevar a otros hasta Dios si él mismo ha dejado de beber de su gracia.

Examinemos hoy nuestro corazón: ¿estamos verdaderamente abiertos a las verdades profundas de Dios o nos conformamos con escuchar superficialmente? ¿Qué cisternas agrietadas hemos construido? ¿Permitimos que la Palabra nos interrogue, nos convierta y oriente nuestras decisiones? ¿Estamos disponibles para la misión que el Señor quiera confiarnos?

No nos desanimemos si encontramos dureza, distracciones o resistencias en nuestro interior. Cristo sigue sembrando y no se cansa de nosotros. Solo nos pide recibir su Palabra con humildad y permitirle echar raíces.

Señor de la verdad eterna, descorre el velo de nuestros ojos y oídos. Danos ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón abierto para comprender. Inunda nuestra vida con la luz de tu verdad. Renueva la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita numerosas y santas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, a la familia cristiana y al servicio misionero. Que, unidos a ti, fuente de agua viva, llevemos tu Palabra y tu amor a quienes tienen sed de esperanza. Amén.

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