lunes, 20 de julio de 2026

20 de julio del 2026: lunes de la decimosexta semana del tiempo ordinario II


No es imposible


(Mi 6,1-4.6-8 / Sal 50(49),5-6.8-9.16bc-17.21+23 (R. 23b) /

Mt 12,38-42) Dios entra en juicio con su pueblo, un género literario clásico entre los profetas. Se trata de llevar a los creyentes a interrogarse sobre su relación con Dios: aquí, desde la perspectiva de la fidelidad y la conversión del corazón.

En el Evangelio, los escribas y fariseos le piden a Jesús un signo extraordinario, aunque sus palabras y sus obras ya manifiestan la presencia de Dios. Jesús los remite al signo de Jonás: así como el profeta fue liberado de las profundidades, el Hijo del hombre atravesará la muerte y resucitará. Creer, por tanto, no es imposible, pero exige un corazón disponible, capaz de reconocer los signos ya ofrecidos y dejarse transformar. Dios no nos pide prodigios ni sacrificios desmesurados, sino practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con Él.

G.Q

 


Primera lectura

Miq 6, 1-4. 6-8

Hombre, se te ha hecho saber lo que el Señor quiere de ti

Lectura de la profecía de Miqueas.

ESCUCHEN lo que dice el Señor,
el pleito del Señor con su pueblo.
«En pie, pleitea con las montañas,
que escuchen tu voz las colinas».
Escuchen, montañas, el pleito del Señor,
ustedes, inalterables cimientos de la tierra:
el Señor pleitea con su pueblo,
con Israel se querella.
«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?,
¿en qué te he molestado?
¡Respóndeme!
Yo te saqué de Egipto
y te libré de la servidumbre.
Yo te envié a Moisés,
Aarón y María».
¿Con qué me presentaré al Señor
y me inclinaré ante el Dios excelso?
¿Me presentaré con holocaustos,
con terneros de un año?
¿Le agradarán al Señor mil bueyes,
miríadas de ríos de aceite?
¿Le ofreceré mi primogénito por mi falta,
el fruto de mis entrañas por mi pecado?.
Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno,
lo que el Señor quiere de ti:
tan solo practicar el derecho,
amar la bondad,
y caminar humildemente con tu Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 5-6. 8-9. 16bc-17. 21 y 23 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. «Congréguenme a mis fieles,
que sellaron mi pacto con un sacrificio».
Proclame el cielo su justicia;
Dios en persona va a juzgar. 
R.

V. «No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños». 
R.

V. «¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» 
R.

V. «Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias,
ese me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón; escuchen la voz del Señor. R.

 

Evangelio

Mt 12, 38-42

Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús:
«Maestro, queremos ver un milagro tuyo».
Él les contestó:
«Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra.
Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón».

Palabra del Señor.

 

***********

 

1

 

Aprender a reconocer los signos de Dios

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos invita a revisar con sinceridad nuestra relación con el Señor. Con frecuencia deseamos que Dios nos dé señales extraordinarias, respuestas inmediatas o demostraciones indiscutibles de su existencia y de su amor. Sin embargo, el Señor nos recuerda hoy que el verdadero problema no es la falta de signos, sino la falta de disposición para reconocerlos.

En la primera lectura, tomada del profeta Miqueas, Dios entra en una especie de juicio con su pueblo. Convoca como testigos a los montes y a las colinas y pregunta: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado?». No se trata de un Dios enojado que quiera destruir a su pueblo, sino de un Padre herido por la ingratitud de sus hijos. Él les recuerda todo lo que ha hecho: los liberó de Egipto, los sacó de la esclavitud y puso delante de ellos personas que los guiaran.

Ante este reclamo, el pueblo se pregunta qué debe ofrecer a Dios: ¿holocaustos?, ¿miles de carneros?, ¿ríos de aceite?, ¿sacrificios cada vez mayores? La respuesta del profeta es sencilla y exigente:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no puede ser comprado con ofrendas. No busca ceremonias vacías ni sacrificios que no estén acompañados por una vida recta. Podemos rezar mucho, participar en celebraciones y realizar actos religiosos; pero si tratamos injustamente a los demás, guardamos resentimiento, despreciamos al necesitado o nos negamos a perdonar, todavía no hemos comprendido lo que Dios quiere de nosotros.

El salmo 50 continúa esta misma enseñanza. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no consiste en ofrecer sacrificios, sino en pensar que estos pueden reemplazar la obediencia, la justicia y la conversión. Por eso también advierte: «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Es una palabra fuerte que nos invita a preguntarnos: ¿existe coherencia entre lo que decimos creer y la manera como vivimos? ¿Nuestra oración nos vuelve más misericordiosos? ¿La Eucaristía nos conduce a compartir el pan, perdonar las ofensas y servir al hermano? ¿O pronunciamos palabras religiosas mientras le damos la espalda a lo que Dios nos enseña?

El salmo nos entrega también una promesa consoladora: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos pide una vida llena de cosas extraordinarias; nos pide avanzar por el buen camino, con fidelidad, humildad y perseverancia. La santidad se construye muchas veces mediante pequeños actos de amor realizados cada día.

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». La petición podría parecer razonable, pero Jesús descubre la falta de sinceridad que se esconde detrás de ella. Ellos ya habían escuchado sus enseñanzas, contemplado sus curaciones y presenciado la liberación de personas oprimidas. Los signos estaban delante de sus ojos, pero no querían comprometerse.

A veces nosotros podemos caer en una actitud semejante: «Señor, si me concedes esto, creeré en ti»; «si solucionas inmediatamente este problema, confiaré en ti»; «si realizas el milagro que espero, cambiaré de vida». Convertimos la fe en una negociación y le exigimos a Dios que se someta a nuestras condiciones.

Jesús responde que no se les dará otro signo sino el signo del profeta Jonás. Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después fue enviado a predicar la conversión a Nínive. De manera semejante, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y al tercer día resucitará. El signo definitivo de Dios no será un espectáculo, sino la Pascua de Cristo: su muerte y su resurrección.

En Jesús crucificado y resucitado, Dios nos ha dado la señal más grande de su amor. La cruz nos revela hasta dónde llega su entrega; la resurrección nos anuncia que el pecado y la muerte no tienen la última palabra. Por eso, creer no es imposible. Pero exige abrir el corazón, renunciar a nuestra dureza y aceptar que Dios actúe de una manera diferente a la que nosotros imaginamos.

Hoy también elevamos nuestra oración por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos, el signo de Jonás adquiere para nosotros una fuerza especial. Así como Jonás salió de las profundidades y Cristo salió victorioso del sepulcro, confiamos en que quienes han muerto unidos al Señor están llamados a participar de su resurrección.

Orar por nuestros difuntos es un acto de amor, de gratitud y de esperanza. No los recordamos solamente con tristeza. Los ponemos en las manos misericordiosas del Padre y pedimos que perdone sus pecados, purifique sus vidas y los reciba en la plenitud de su Reino. La muerte no destruye los vínculos tejidos por el amor. En Cristo resucitado, la comunión continúa y la esperanza permanece.

Quizá desearíamos recibir una señal de que nuestros seres queridos están bien. Sin embargo, el Señor nos invita a mirar el gran signo que ya nos ha concedido: el sepulcro vacío de Cristo. Nuestra esperanza no descansa en sentimientos pasajeros ni en señales extraordinarias, sino en la promesa de Jesús: quien cree en Él, aunque haya muerto, vivirá.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón capaz de reconocer su presencia en los signos sencillos de cada día: en la Palabra proclamada, en la Eucaristía, en el perdón recibido, en el pobre que necesita nuestra ayuda, en la familia que nos acompaña y en cada oportunidad de practicar la justicia y la misericordia.

Que nuestra fe no se limite a pedir prodigios. Que se manifieste en una vida coherente, en el amor a los hermanos y en la humildad de caminar cada día con Dios. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia del Señor, descansen en paz y contemplen para siempre la salvación prometida.

Que brille para ellos la luz perpetua. Amén.

 


2

 

La certeza de una fe que transforma

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio, algunos escribas y fariseos se acercan a Jesús y le dicen: «Maestro, queremos ver un signo tuyo». Él les responde: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás».

Podríamos preguntarnos por qué Jesús se niega a realizar el prodigio solicitado. Él había curado enfermos, expulsado demonios, calmado tempestades y devuelto la vida. ¿Por qué no hacer ahora otro milagro para convencerlos?

Imaginemos que Jesús hubiera respondido: «Está bien, haré lo que ustedes me pidan». Supongamos que le hubieran pedido abrir las aguas del lago de Galilea, como Moisés abrió el mar Rojo, y que Jesús lo hubiera hecho delante de ellos. ¿Habrían creído verdaderamente? Probablemente no. Se habrían sorprendido, pero su corazón habría permanecido cerrado.

El problema no era la falta de milagros, sino la dureza de su corazón.

Dios no se compra con sacrificios

Esta misma dureza aparece denunciada en la primera lectura, tomada del profeta Miqueas. Dios entra en una especie de juicio con su pueblo y pregunta:

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? Respóndeme».

El Señor recuerda todo lo que hizo por Israel: lo liberó de la esclavitud de Egipto, lo condujo por el desierto y le dio servidores que lo orientaran. Pero el pueblo se había olvidado de su amor y había reducido la religión al cumplimiento exterior.

Por eso se pregunta: «¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¿Con holocaustos? ¿Con miles de carneros? ¿Con ríos de aceite?». Creían que podían contentar a Dios mediante sacrificios cada vez más grandes.

El profeta ofrece entonces una de las enseñanzas más hermosas del Antiguo Testamento:

«Se te ha hecho saber lo que es bueno y lo que el Señor quiere de ti: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios».

Dios no desprecia la oración ni las ofrendas realizadas con sinceridad. Lo que rechaza es una religiosidad externa que no transforma la vida. No podemos intentar agradar a Dios mediante actos religiosos mientras somos injustos, despreciamos al necesitado, cultivamos resentimientos o nos negamos a perdonar.

También nosotros podemos caer en la tentación de querer negociar con Dios: «Señor, si me concedes este favor, te prometo tal cosa»; «si curas mi enfermedad, cambiaré»; «si solucionas este problema, entonces creeré». Dios no busca negociaciones interesadas, sino hijos que confíen en Él, practiquen la justicia, amen la misericordia y caminen humildemente en su presencia.

Una fe que no se queda en las palabras

El salmo 50 continúa esta misma llamada a la coherencia. Dios dice: «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». El problema no estaba en las ofrendas, sino en la contradicción entre el culto y la vida.

Por eso añade:

«¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?».

Son palabras fuertes, pero necesarias. También nosotros debemos preguntarnos si existe coherencia entre nuestras oraciones y nuestra conducta. Podemos conocer los mandamientos, recitar muchas plegarias y participar en la Eucaristía; pero ¿la Palabra de Dios influye realmente en nuestras decisiones? ¿La comunión con Cristo nos hace más compasivos? ¿Nuestra fe se refleja en la familia, en el trabajo y en la manera como tratamos a los más sencillos?

El salmo concluye con una promesa: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». El Señor no nos exige realizar cosas espectaculares. Nos pide seguir el buen camino con fidelidad: hacer el bien, corregir nuestros errores, perdonar, servir y perseverar en la esperanza.

El espectáculo no produce necesariamente la fe

Los escribas y fariseos buscaban un espectáculo religioso, pero Jesús quería ofrecerles algo mucho más profundo: el don de la fe.

Imaginemos que alguien apareciera en una plaza afirmando ser el Hijo de Dios y, para demostrarlo, comenzara a elevarse por los aires y a mover los vehículos con una palabra. Seguramente provocaría asombro, curiosidad y temor. Sin embargo, semejante espectáculo no produciría necesariamente una verdadera conversión. Incluso podríamos sospechar que se trata de un engaño, una ilusión o algo contrario a Dios.

Ahora pensemos en una situación diferente y más cercana. Una persona entra en silencio a una iglesia. Se arrodilla ante el Señor y le abre sinceramente su corazón. En medio de la oración reconoce sus pecados, comprende algo de la voluntad de Dios y siente la fuerza necesaria para perdonar o tomar una decisión correcta. Sale de la iglesia con una paz que antes no tenía, con mayor claridad y con el deseo de comenzar una vida nueva.

No hubo luces, voces ni acontecimientos espectaculares. Sin embargo, ocurrió algo mucho más importante: Dios tocó el corazón y la persona respondió entregándose a Él.

La fe auténtica no consiste simplemente en ver algo extraordinario. Es acoger la revelación de Dios, confiar en su Palabra y permitir que su gracia transforme nuestra existencia. Es una certeza que no siempre elimina las preguntas, pero nos sostiene aun en la oscuridad.

Por esa fe, incontables santos perseveraron en medio de persecuciones, enfermedades y sufrimientos. Muchos entregaron incluso su propia vida. No lo hicieron porque estuvieran recibiendo continuamente señales extraordinarias, sino porque habían encontrado a Cristo y sabían en quién habían puesto su confianza.

El signo de Jonás

Jesús afirma que solamente se dará «el signo de Jonás». Así como Jonás permaneció tres días en el vientre del gran pez y después salió con vida para cumplir su misión, Jesús permanecerá en el seno de la tierra y resucitará al tercer día.

El signo definitivo de Dios es, por tanto, el misterio pascual: la muerte y la resurrección de Cristo. La cruz no es un espectáculo deslumbrante según los criterios del mundo. En ella vemos a un hombre humillado, herido y aparentemente vencido. Sin embargo, precisamente allí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Y en la resurrección contemplamos la victoria de ese amor sobre el pecado y la muerte.

La reina del Sur reconoció la sabiduría de Salomón y los habitantes de Nínive se convirtieron al escuchar la predicación de Jonás. Jesús les recuerda que ellos respondieron a signos mucho menores. Ahora está presente alguien más grande que Jonás y más grande que Salomón: el mismo Hijo de Dios. No obstante, algunos se niegan a reconocerlo.

Dios ya nos ha dado en Cristo el signo más grande. No necesitamos obligarlo continuamente a demostrar que nos ama. La cruz nos dice cuánto nos ama y la resurrección nos asegura que su amor es más fuerte que la muerte.

¿Por qué creemos?

Hoy conviene preguntarnos: ¿por qué creo en Dios? ¿Por qué reconozco a Jesús como mi Señor y Salvador? ¿Creo solamente cuando las cosas salen como deseo? ¿Mi fe depende de recibir favores y soluciones inmediatas? ¿O he aprendido a confiar también en los momentos de silencio, enfermedad, incertidumbre y dolor?

Tal vez alguno diga: «Si Dios me escucha, creeré». Pero la fe auténtica nos enseña a decir: «Señor, aunque todavía no comprenda, confío en ti». No es una confianza ciega ni irracional, sino una respuesta a Dios, que se nos ha revelado en Cristo y continúa hablándonos mediante su Palabra, los sacramentos, la Iglesia y los acontecimientos de nuestra vida.

En este lunes, cuando oramos especialmente por nuestros fieles difuntos, el signo de Jonás fortalece nuestra esperanza. Cristo entró en el sepulcro, pero la muerte no pudo retenerlo. Por eso confiamos en que quienes han muerto unidos a Él también participarán de su resurrección. No necesitamos buscar señales extrañas de nuestros seres queridos. Nos basta la promesa de Cristo resucitado: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

Pidamos por nuestros difuntos, para que el Señor perdone sus pecados, los purifique con su misericordia y los reciba en la alegría de su Reino. Que brille para ellos la luz perpetua y descansen en paz.

Pidamos también que nuestra fe eche raíces cada vez más profundas. Que no necesitemos prodigios para permanecer junto al Señor. Que su gracia nos transforme interiormente y nos ayude a practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con nuestro Dios.

Señor Jesús, fortalece nuestra fe. Háblanos en lo profundo del alma, transforma nuestra vida y sostennos en las dificultades. Tú eres el signo definitivo del amor del Padre. Jesús, confiamos en ti. Amén.

 


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