Testigo de la fe:
San Luis, rey de Francia
(1214-1270)
Luis
IX organizó dos cruzadas para liberar el sepulcro de Cristo, pero murió en
Túnez al comienzo de la segunda. Su profunda piedad y su sentido de la justicia
hicieron de él un soberano ejemplar, comprometido con los pobres y con la paz
de su reino.
Esposo
y padre de once hijos, procuró armonizar sus responsabilidades familiares y
políticas con una intensa vida de oración. Promovió la construcción de
hospitales, atendió personalmente a los necesitados y favoreció la
reconciliación entre los pueblos. Mandó edificar la Sainte-Chapelle de París
para custodiar reliquias de la Pasión del Señor.
Su
memoria, recuerda que la autoridad adquiere su verdadero sentido cuando se
ejerce como servicio y que la santidad también se construye en la familia, la
vida pública y el compromiso con el bien común.
Que la fe se haga vida
Jesús denuncia una fe de apariencias: palabras
correctas, pero una vida que no las acompaña. Decir «Señor» sin
perdonar y orar sin amar es pasar de largo ante Dios mismo. La verdadera fe no
se limita a los labios ni a las prácticas exteriores: toma cuerpo en nuestras
decisiones, se traduce en misericordia, justicia, humildad y servicio.
No basta hablar de Dios; es necesario permitirle
transformar el corazón. La oración auténtica nos conduce al hermano,
especialmente al herido, al pobre y al que necesita reconciliación. Que hoy
nuestra fe se haga carne en un gesto concreto de amor, porque quien acoge y
sirve al hermano acoge y sirve al mismo Cristo.
P.E.I
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Primera lectura
Conserven las
tradiciones que han aprendido
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.
LES rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y
de nuestra reunión con él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen
por alguna revelación, rumor o supuesta carta nuestra, como si el día del Señor
estuviera encima. Que nadie en modo alguno los engañe.
Dios los llamó por medio de nuestro Evangelio para que lleguen a adquirir la
gloria de nuestro Señor Jesucristo.
Así, pues, hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han
aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado
y nos ha regalado un consuelo eterno y una esperanza dichosa, consuele sus
corazones y les dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Llega
el Señor a regir la tierra.
V. Digan a los
pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». R.
V. Alégrese el
cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos. R.
V. Aclamen los
árboles del bosque,
delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R.
Aclamación
V. La palabra
de Dios es viva y eficaz;
juzga los deseos e intenciones del corazón. R.
Evangelio
Esto es lo
que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la
menta, del anís y del comino, y descuidan lo más grave de la ley: la justicia,
la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y
el plato, mientras por dentro están rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo
ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por
fuera».
Palabra del Señor.
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Que la fe se haga vida
Queridos
hermanos:
Existe
una tentación que puede infiltrarse silenciosamente en la vida cristiana: creer
que la fe consiste únicamente en cumplir determinados actos religiosos, decir
las palabras correctas o conservar una apariencia de piedad, mientras el
corazón permanece cerrado al amor, a la justicia y a la misericordia.
Podemos
rezar mucho y perdonar poco; participar en las celebraciones y despreciar al
hermano; hablar de Dios con facilidad y negarnos a tender la mano a quien
sufre.
Frente
a esa contradicción, la Palabra de Dios nos invita hoy a preguntarnos: ¿mi fe está transformando realmente mi
vida o se ha quedado en una fachada?
En
la primera lectura, san Pablo se dirige a una comunidad inquieta y confundida.
Algunos creyentes de Tesalónica pensaban que el día del Señor estaba por llegar
de manera inmediata y se dejaban arrastrar por rumores, interpretaciones
equivocadas o mensajes alarmantes.
El
apóstol les pide serenidad:
«No perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis».
Qué
necesaria es también hoy esta exhortación. Vivimos rodeados de noticias que
generan angustia, cadenas que anuncian desgracias, discursos que manipulan el
miedo y mensajes que confunden más de lo que orientan.
A
veces, incluso en ambientes religiosos, se presenta a Dios como una amenaza
permanente, o se buscan señales extraordinarias mientras se descuidan las
responsabilidades ordinarias de la fe.
Pero
el cristiano no está llamado a vivir aterrorizado por el futuro. Está llamado a
permanecer firme en Jesucristo.
San
Pablo lo expresa claramente:
«Manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis
aprendido».
No
se trata de repetir costumbres vacías ni de defender apariencias religiosas. Se
trata de conservar fielmente el Evangelio recibido: la fe que nos une a Cristo,
la esperanza que nos sostiene y el amor que se traduce en obras.
Y
añade una oración preciosa:
Que
Jesucristo y Dios, nuestro Padre, «os consuelen internamente y os den fuerza
para toda clase de palabras y obras buenas».
Aquí
encontramos una clave decisiva: la
fe verdadera une las palabras buenas con las obras buenas. No
basta hablar correctamente de Dios; debemos permitir que su gracia transforme
nuestra manera de vivir.
El
salmo responsorial prolonga este mensaje:
«El Señor llega a regir la tierra».
Pero
¿cómo llega el Señor? El salmista responde que gobernará «el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad».
Dios
no viene a imponer la arbitrariedad ni a sembrar desesperación. Viene como Rey
justo y fiel; viene a poner las cosas en su lugar; viene a defender la verdad y
a restablecer la dignidad de quienes han sido olvidados.
Por
eso la creación entera se alegra: el cielo, la tierra, el mar, los campos y los
árboles del bosque.
Cuando
Dios reina verdaderamente, florecen la justicia, la fraternidad y la esperanza.
Y
precisamente eso es lo que Jesús reclama en el Evangelio. Dirigiéndose a los
escribas y fariseos, les dice:
«Pagáis
el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más importante de
la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad».
Prestaban
atención minuciosa a pequeñas obligaciones religiosas, pero olvidaban aquello
que constituye el corazón de la voluntad de Dios.
Jesús
no desprecia las prácticas de fe. No dice que la oración, los mandamientos, las
celebraciones o las ofrendas carezcan de importancia. Lo dice expresamente:
«Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar
aquello».
El
problema aparece cuando lo secundario ocupa el lugar de lo esencial. Cuando se
cuida la ceremonia, pero se abandona al hermano. Cuando se defiende una imagen
religiosa impecable, pero se toleran la injusticia, la indiferencia o la falta
de perdón.
Y
para mostrar esa incoherencia, Jesús utiliza una imagen sorprendente:
«Coláis el mosquito y os tragáis el camello».
Es
decir: nos preocupamos exageradamente por detalles pequeños y dejamos pasar
faltas enormes contra el amor.
Nos
escandalizamos por un error ajeno, pero justificamos nuestra dureza de corazón.
Cuidamos
nuestras palabras en el templo, pero herimos a los demás en la casa.
Queremos
una celebración bien organizada, pero no nos interesa si una familia vecina
está pasando hambre.
Repetimos
«Señor, Señor», pero mantenemos resentimientos, alimentamos divisiones o
cerramos los ojos ante el sufrimiento.
Entonces
la fe corre el riesgo de convertirse en una fachada: palabras correctas, gestos
religiosos y apariencias exteriores, mientras por dentro falta lo esencial.
Jesús
añade otra comparación:
«Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro
están llenos de robo y desenfreno».
Y
concluye:
«Limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia
también por fuera».
Aquí
el Señor nos conduce al corazón del Evangelio. La conversión auténtica empieza
en nuestro interior.
No
basta parecer buenos. Necesitamos permitir que Dios purifique nuestras
intenciones, sane nuestros egoísmos y transforme nuestra manera de
relacionarnos con los demás.
Una
persona puede llevar una cruz en el pecho y, al mismo tiempo, convertirse en
una cruz insoportable para su familia.
Puede
conocer muchas oraciones y no saber pedir perdón.
Puede
hablar de caridad y tratar con desprecio a quien considera inferior.
Puede
preocuparse por su reputación religiosa y desentenderse del enfermo, del
anciano, del necesitado o del hermano que atraviesa una dificultad.
Por
eso hoy Jesús nos invita a revisar no solo lo que hacemos, sino también el amor
con que lo hacemos.
La
fe ha de tomar carne; tiene que hacerse vida.
Se
hace vida cuando perdonamos de corazón.
Se
hace vida cuando tratamos con justicia a quienes trabajan con nosotros.
Se
hace vida cuando compartimos con una familia necesitada.
Se
hace vida cuando visitamos a un enfermo, consolamos a quien está de duelo o
acompañamos a una persona que se siente sola.
Se
hace vida cuando nos solidarizamos con nuestros hermanos que sufren y
respondemos a sus necesidades con una ayuda concreta, generosa y perseverante.
El
amor cristiano no puede reducirse a expresar preocupación: también necesita
manos disponibles, tiempo ofrecido y corazón abierto.
En
esta celebración queremos presentar de manera especial ante el Señor a nuestros familiares, amigos y
benefactores.
Cuántas
personas hacen el bien discretamente, sin esperar reconocimiento.
Personas
que ayudan a sostener nuestras comunidades; que aportan para la evangelización;
que colaboran con los necesitados; que ofrecen su trabajo, sus recursos, su
tiempo y sus oraciones.
Hay
benefactores que apoyan económicamente, pero también quienes se convierten en
bendición mediante una visita, una palabra oportuna, una escucha paciente o una
presencia fiel.
Por
todos ellos damos gracias a Dios.
Pedimos
que el Señor bendiga sus hogares, proteja a sus familias, les conceda salud,
fortaleza y esperanza, y les multiplique abundantemente todo el bien que
realizan.
Que
nunca les falte el pan, el trabajo, la paz ni la alegría de saberse
instrumentos de la providencia divina.
También
podemos recordar en este día a san
Luis, rey de Francia, quien procuró vivir su fe mediante la
justicia, la atención a los pobres y el servicio al bien común. Su testimonio
nos recuerda que ninguna responsabilidad nos dispensa del Evangelio; por el
contrario, cuanto mayor es la autoridad o la posibilidad de ayudar, mayor debe
ser el compromiso con los demás.
Hermanos,
preguntémonos sinceramente:
¿Mi oración me está enseñando a amar mejor?
¿Mi participación en la Eucaristía me hace más justo, más
misericordioso y más servicial?
¿Me preocupo únicamente por aparentar que soy creyente o
permito que Cristo transforme mi corazón?
¿Reconozco y agradezco el bien que otros hacen por mí?
Pidámosle
al Señor que nos libre de una religiosidad vacía y nos conceda una fe
auténtica, firme y fecunda.
Que
nuestras palabras nazcan de un corazón reconciliado.
Que
nuestras prácticas religiosas se traduzcan en justicia, misericordia y
fidelidad.
Que
nuestra oración se convierta en servicio.
Y
que nuestra fe, lejos de quedarse en una apariencia, se haga carne en gestos concretos de
amor.
Señor Jesús, limpia nuestro corazón y enséñanos
a vivir aquello que proclamamos. Bendice a nuestros familiares, amigos y
benefactores; recompensa su generosidad y haz que todos seamos, con nuestras
palabras y nuestras obras, instrumentos de tu justicia y de tu misericordia. Amén.
25 de agosto:
San Luis, rey
— Memoria libre
1214-1270
Patrono de los barberos,
peluqueros, albañiles, trabajadores de la construcción, fabricantes de botones,
destiladores, bordadores, costureros, reyes, escultores, soldados, canteros,
novios, la paternidad y maternidad, los padres de familias numerosas, los
prisioneros y los enfermos; copatrono de la Tercera Orden de San Francisco.
Invocado contra la muerte de los niños
y las dificultades matrimoniales.
Canonizado por el papa Bonifacio VIII en
1297.
Cita
Por tanto, querido hijo, lo primero que te
aconsejo es que fijes todo tu corazón en Dios y lo ames con todas tus fuerzas,
pues sin esto nadie puede salvarse ni tener valor alguno. Debes evitar con
todas tus fuerzas todo aquello que consideres desagradable para Él. Y,
especialmente, debes estar resuelto a no cometer ningún pecado mortal, pase lo
que pase; deberías permitir que te cortaran todos los miembros y sufrir toda
clase de tormentos antes que caer conscientemente en pecado mortal.
—Carta de san Luis a su hijo
Reflexión
Luis
IX, nacido en Poissy, Francia, fue el cuarto hijo del príncipe heredero y la
princesa de Francia, Luis VIII y Blanca de Castilla. Cuando Luis nació, su
abuelo, Felipe II, llevaba treinta y cuatro años como rey de Francia. Cuando
Luis IX tenía nueve años, murió su abuelo y su padre, Luis VIII, se convirtió
en rey, aunque solamente reinaría durante tres años. Después de la muerte de su
padre, ocurrida en 1226, Luis IX se convirtió en rey de Francia a la edad de
doce años. Debido a su corta edad, su madre ejerció como regente hasta que él
tuvo la edad suficiente para gobernar por sí mismo, a los diecinueve años.
Como
hijo de un príncipe y después como joven rey, Luis IX recibió una excelente
formación en latín, oratoria, escritura, artes militares y gobierno. Sus
tutores privados fueron cuidadosamente elegidos por su abnegada madre, una
católica de profunda fe que se aseguró de que sus hijos recibieran una sólida
formación religiosa. Se cuenta que, cierto día, su madre le dijo al joven Luis:
«Te amo, querido hijo, tanto como una madre puede amar a su hijo; pero
preferiría verte muerto a mis pies antes que verte cometer un pecado mortal».
Esta poderosa manifestación del amor de su madre resonó en el corazón de Luis
durante toda su vida.
Durante
su etapa como reina madre y regente de Francia, Blanca gobernó con virtud.
Apoyó monasterios y conventos, practicó fielmente su fe, fue generosa con los
pobres y gobernó con justicia. Todo ello produjo un profundo efecto en su hijo,
el rey. Cuando Luis tenía dieciocho años, su madre escogió como esposa para él
a Margarita de Provenza, hija de trece años de Ramón Berenguer IV, conde de
Provenza. Margarita era una esposa ideal para Luis por su piedad y virtud. La
pareja se enamoró y tuvo once hijos. Disfrutaban pasando tiempo juntos:
leyendo, cabalgando, escuchando música y orando. Con frecuencia se afirma que
este estrecho vínculo despertó los celos de la madre de Luis y que la relación
entre ella y su nuera fue tensa.
Una
vez concluida la regencia, los treinta y seis años posteriores del reinado del
rey Luis estuvieron marcados por la justicia, el cuidado de los pobres, el
arbitraje, las alianzas estratégicas, las cruzadas y una profunda devoción. En
cuanto a su fidelidad a la fe católica, el rey Luis era conocido como un hombre
de oración. Como prácticas de devoción interior, rezaba diariamente el Oficio
Divino, asistía a Misa dos veces al día y llevaba un cilicio bajo sus
vestiduras. Tal vez el legado más inspirador de la fe del rey Luis se encuentre
en una carta que escribió a su hijo, en la cual deja ver su corazón de padre y
ofrece al futuro rey orientaciones para llegar a ser un hombre y un monarca
bueno. La carta está llena de exhortaciones prácticas de fe, mediante las
cuales intenta imprimir en la mente y el corazón de su hijo el camino de la
santidad.
Estos
actos de piedad también dieron lugar a obras exteriores, como realizar
penitencias públicas para inspirar a sus súbditos, construir y sostener
numerosos monasterios y conventos, y reunir reliquias sagradas que depositó en
una capilla cuya construcción encargó, llamada la Sainte-Chapelle, es decir, la «Santa Capilla».
Se dice que esta capilla custodia, de manera especial, la Corona de Espinas, la
reliquia más sagrada para el rey Luis. Movido por su fe, también promovió las
artes sacras en toda Francia y estableció los fundamentos de instituciones
académicas de excelencia teológica. Asimismo, estuvo profundamente comprometido
con las obras de caridad. Construyó hospitales para los enfermos y casas de
rehabilitación para las prostitutas, y atendió personalmente a los pobres.
El
rey Luis fue también un hombre de justicia. Era conocido por dedicar largos
períodos a escuchar las quejas de su pueblo y dictar resoluciones justas.
Reformó el sistema jurídico y prohibió prácticas arcaicas e injustas. Puso fin
a las guerras entre los nobles, buscando soluciones razonables para sus
disputas en lugar de recurrir a la violencia. Su justicia y su reputación de
rectitud moral eran tan conocidas que otros gobernantes acudían a él para que
ayudara a resolver graves conflictos en otros reinos, como ocurrió con las
disputas entre el rey de Inglaterra y los barones ingleses.
En
1244, la ciudad de Jerusalén fue tomada por los turcos corasmios, en violación
del Tratado de Jaffa de 1229. Aunque la guerra nunca debe emprenderse por
motivos de agresión o conquista, la defensa propia o la defensa de los demás
constituye un deber moral. El rey Luis reconoció ese deber y era consciente de
la posición privilegiada que ocupaba para prestar ayuda. En 1248, partió con su
ejército de cruzados para combatir a los turcos en lo que se conoce como la
Séptima Cruzada. Su objetivo era Egipto, centro del poder musulmán. Aunque
inicialmente tuvo éxito al conquistar la ciudad de Damieta, su ejército fue
diezmado cuando intentaba avanzar y el rey fue capturado. Después de un breve
encarcelamiento, fue liberado mediante el pago de una enorme suma de dinero. A
continuación, pasó los cuatro años siguientes en las fortalezas de Tierra Santa
controladas por los cruzados, brindándoles apoyo y aliento. Después de seis
años, regresó a Francia, donde su madre había gobernado como regente durante su
ausencia.
En
1267, el rey Luis volvió a sentir el deber de defender Tierra Santa. Después de
tres años de cuidadosa planificación, Túnez fue escogida como objetivo, con la
intención de convertir al rey musulmán a la fe católica y con la esperanza de
que este ayudara posteriormente a establecer una paz más amplia entre
cristianos y musulmanes. Desafortunadamente, al llegar al norte de África, se
desató una enfermedad en el campamento de los cruzados. Entre los fallecidos se
encontraba el rey Luis IX. Su cuerpo fue enviado de regreso a Francia y su
hijo, Felipe III, lo sucedió como rey. En 1297, apenas veintisiete años después
de la muerte de Luis, el papa Bonifacio VIII lo canonizó en reconocimiento de
su profunda piedad personal, sus esfuerzos por reformar y perfeccionar la
administración de justicia y su liderazgo en dos cruzadas.
La
vida de un rey en la Plena Edad Media, rodeada de riquezas y de un poder casi
sin límites, llevaba consigo numerosas tentaciones. San Luis fue una de esas
almas excepcionales que permanecieron sencillas, humildes, piadosas, justas,
reflexivas, moralmente íntegras y entregadas a la oración durante todo su
reinado. Es el único rey de Francia que ha recibido el título sagrado de
«santo».
Al
honrar a este gobernante santo y justo, consideremos las tentaciones que debió
superar para llegar a ser reconocido universalmente como santo católico. Al
hacerlo, reflexionemos también sobre las cualidades que más necesitamos
cultivar en nuestra propia vida para vencer las asechanzas de la tentación y
cumplir nuestros deberes conforme a la mente y al corazón de Cristo.
Oración
San
Luis, conociste a Cristo desde muy joven. Tu madre, mujer de profunda fe,
infundió en ti una visión clara de tus deberes y responsabilidades morales
delante de Dios. Tú correspondiste a ese don procurando ser un rey según el
Corazón de Cristo y buscando la justicia y la paz para todos.
Ruega
por mí, para que asuma mis propios deberes en la vida con amor y justicia, sin
buscar nunca satisfacer mis deseos egoístas, sino únicamente los deseos del
Corazón de Cristo.
San
Luis, rey de Francia, ruega por mí. Jesús, confío en ti.


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