Testigo de la fe:
Santa Teresita del Niño Jesús
1873-1897
Desde hace más de un siglo, el
«caminito, muy recto, muy corto […] completamente nuevo» para «ir
al Cielo», descrito por la humilde carmelita de Lisieux, no deja de
conmover a los creyentes de todos los países.
Doctora de la Iglesia desde
1997.
El Reino está muy cerca
Si
Jesús espera obreros para la mies, no espera técnicas de comunicación misionera
voluntaristas y mercantiles. No se trata de cosechar adeptos, sino de revelar la
cercanía de Dios, que ama a cada persona y desea hacer de su vida un lugar de
encuentro, de paz y de esperanza.
Los
discípulos son enviados a llevar esa paz, compartir la mesa y cuidar a los
enfermos. Así se hace creíble el anuncio: «El Reino de Dios está cerca de
ustedes». Antes de convertirse en palabras, la Buena Noticia toma
cuerpo en una presencia fraterna, en una escucha atenta, en unas manos que
alivian el sufrimiento.
La
misión comienza de rodillas, pidiendo al Señor que envíe obreros a su mies, y
continúa por los caminos de la vida, con la confianza de quien sabe que Dios ya
está obrando en los corazones. Los medios de comunicación pueden ayudar; su
fecundidad evangelizadora depende también del amor y de la verdad que
transmitimos.
Cada
uno puede participar en esta tarea. Una visita, una reconciliación, un gesto de
ternura o una palabra de aliento pueden abrir una puerta al Evangelio. El Reino
está muy cerca: dejemos que los demás descubran su presencia a través de
nuestra manera de amar.
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Primera lectura
Job
19, 21-27
Yo
sé que mi redentor vive
Lectura del libro de Job.
DIJO Job:
«¡Piedad, piedad, amigos míos,
que me ha herido la mano de Dios!
¿Por qué me persiguen como Dios
y no se hartan de escarnecerme?
¡Ojalá se escribieran mis palabras!
¡Ojalá se grabaran en cobre,
con cincel de hierro y con plomo
se escribieran para siempre en la roca!
Yo sé que mi redentor vive
y que al fin se alzará sobre el polvo:
después que me arranquen la piel,
ya sin carne, veré a Dios.
Yo mismo lo veré, y no otro;
mis propios ojos lo verán.
¡Tal ansia me consume por dentro!».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
26, 7-8ab. 8c-9abcd. 13-14 (R.: 13)
R. Espero gozar de
la dicha del Señor
en el país de la vida.
V. Escúchame, Señor,
que te llamo;
ten piedad, respóndeme.
Oigo en mi corazón:
«Busquen mi rostro». R.
V.
Tu rostro buscaré, Señor.
No me escondas tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches. R.
V.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Está cerca el reino de Dios;
conviértanse y crean en el Evangelio. R.
Evangelio
Lc
10, 1-12
Descansará
sobre ellos su paz
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de
él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies
que envíe obreros a su mies.
¡Pónganse en camino! Miren que los envío como corderos en medio de lobos. No
lleven bolsa, ni alforja, ni sandalias;
y no saluden a nadie por el camino.
Cuando entren en una casa, digan primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay
gente de paz, descansará sobre ellos su paz; si no, volverá a ustedes.
Quédense en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el
obrero merece su salario. No vayan cambiando de casa en casa.
Si entran en una ciudad y los reciben, coman lo que les pongan, curen a los
enfermos que haya en ella, y díganles: “El reino de Dios ha llegado a ustedes”.
Pero si entran en una ciudad y no los reciben, saliendo a sus plazas, digan:
“Hasta el polvo de su ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos
sobre ustedes. De todos modos, sepan que el reino de Dios ha llegado”.
Les digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».
Palabra del Señor.
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El Reino está cerca: confiar, amar y ponerse en
camino
Queridos
hermanos:
¿Cómo
puede una persona descubrir que Dios está cerca cuando atraviesa una
enfermedad, una soledad profunda o una preocupación que le quita el sueño?
Muchas veces comienza a descubrirlo cuando alguien se acerca, la escucha y le
hace sentir que su vida importa. Esa cercanía abre una puerta para recibir el
anuncio del Evangelio.
La
Palabra de este día nos invita a ser testigos de esa presencia de Dios. Y santa
Teresita del Niño Jesús nos enseña un camino al alcance de todos: confiar en el
amor del Padre y responderle con amor en las pequeñas cosas de cada día.
En
la primera lectura encontramos a Job,
un hombre herido que sigue buscando a Dios. Su sufrimiento se
agrava porque sus amigos, en vez de acompañarlo con compasión, lo someten a sus
juicios. Por eso les suplica que tengan piedad de él. En medio de esa
experiencia brota una afirmación impresionante: «Yo sé que mi Redentor vive».
Job
todavía tiene preguntas. Su dolor sigue presente. Sin embargo, se aferra a la
esperanza de que alguien defenderá su causa y de que podrá encontrarse con
Dios.
También
nosotros podemos creer con el corazón herido. Podemos rezar entre lágrimas,
presentar nuestras preguntas y pedir ayuda. La confianza permite poner nuestra
vida en manos del Señor incluso cuando nos cuesta comprender lo que estamos
viviendo.
Esta
lectura nos enseña, además, algo fundamental para la evangelización:
necesitamos aprender a acompañar. Ante una persona que sufre, conviene escuchar
antes de ofrecer explicaciones. Una visita paciente, una ayuda concreta y una
oración compartida pueden preparar el corazón para reconocer la bondad de Dios.
El
salmo recoge esa búsqueda y la convierte en oración: «Tu rostro buscaré, Señor».
Y sostiene nuestra esperanza con estas palabras: «Espero gozar de la dicha del Señor en
el país de la vida».
Buscar
el rostro del Señor es volver a Él cada día: abrir el Evangelio, guardar un
momento de silencio, participar en la Eucaristía, poner ante su mirada nuestras
alegrías y preocupaciones. De ese encuentro nace una mirada más compasiva hacia
los demás.
Quien
anuncia a Dios necesita cultivar esa relación con Él. También los sacerdotes,
los catequistas, los padres de familia y todos los servidores de la comunidad
necesitamos dejarnos consolar y renovar por el Señor. La misión puede
cansarnos; la oración nos ayuda a recordar en quién hemos puesto nuestra
confianza.
En
el Evangelio, Jesús envía a setenta y dos discípulos. Los manda de dos en dos,
para que caminen acompañados y aprendan a sostenerse mutuamente. Les pide orar
para que el dueño de la cosecha envíe trabajadores, y los pone en camino con
una misión concreta: llevar la paz, cuidar a los enfermos y anunciar la llegada
del Reino.
«Paz a esta casa»: así debe comenzar su presencia. Y este
es el mensaje que llevan: «El
reino de Dios ha llegado a ustedes».
La
tarea de la Iglesia consiste en ayudar a las personas a encontrarse con
Jesucristo y a responder libremente a su amor. La preparación, la organización
y los medios de comunicación son valiosos cuando sirven a ese encuentro.
Pensemos en una catequesis, una emisión de radio o un mensaje compartido por
las redes: su sentido evangelizador está en acercar a alguien al Señor y
ayudarlo a vivir su Evangelio.
Hoy
podemos preguntarnos qué reciben las personas cuando nos acercamos a ellas.
¿Encuentran escucha, respeto, paciencia? ¿Nuestra manera de hablar ayuda a
reconciliar? ¿Nuestra presencia permite respirar un poco de paz?
Santa
Teresita ilumina estas preguntas desde su vida en el Carmelo. Esta joven
religiosa, reconocida como patrona de las misiones, vivió una profunda entrega
a la Iglesia. Conoció también la enfermedad y una dolorosa oscuridad interior
en la que perseveró en la fe. Su confianza maduró en medio de la prueba.
Su
«caminito» nos invita a reconocer nuestra pequeñez y a abandonarnos al amor
misericordioso de Dios. Desde esa confianza podemos amar en lo cotidiano:
cumplir con responsabilidad una tarea, pedir perdón, atender con ternura a un
enfermo, escuchar a alguien que necesita hablar, tratar con paciencia a la
persona con la que nos cuesta convivir.
Ahí
tenemos un campo misionero abierto cada día. Podemos comenzar en nuestra propia
casa, en el trabajo y en la comunidad. La gracia de Dios puede hacer fecundo un
gesto que parece pequeño.
Teresita
expresó su vocación con estas palabras: «En
el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor». Cada uno
de nosotros puede acoger esa invitación desde el lugar al que ha sido llamado.
El amor da vida al servicio del sacerdote, a la entrega de los consagrados, al
compromiso de los esposos y a la tarea de los laicos.
Por
eso, hoy oramos
especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones.
Pedimos al Señor que sostenga a quienes anuncian el Evangelio, anime a los que
están cansados y acompañe a quienes sirven en lugares difíciles.
Pidamos
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada; pidamos familias que
transmitan la fe y laicos dispuestos a servir. Oremos por los jóvenes que están
discerniendo su camino, para que encuentren libertad interior, buenos
acompañantes y valentía para responder.
Esta
oración nos compromete también a cuidar las vocaciones. Una comunidad que ora,
acoge y sirve ofrece un ambiente donde se puede escuchar mejor la llamada de
Dios. Y cada uno puede preguntarle al Señor qué servicio le está confiando hoy.
En
esta Eucaristía recibimos a Jesús, que se entrega por nosotros. Alimentados por
su amor, podemos salir al encuentro de los demás con una esperanza renovada.
Llevemos
al corazón una pregunta: ¿Qué
gesto concreto de amor puedo realizar hoy para que alguien descubra que Dios
está cerca?
Señor Jesús, fortalece nuestra confianza en medio de las
pruebas. Enséñanos a buscar tu rostro y a reconocer las necesidades de nuestros
hermanos. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia; suscita vocaciones
generosas y sostén la fidelidad de quienes han respondido a tu llamada.
Santa Teresita del Niño Jesús, acompáñanos por tu caminito
de confianza y amor. María, Madre de la Iglesia, ayúdanos a escuchar al Señor y
a ponernos en camino con un corazón disponible.
Amén.

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