22 de octubre del 2026: jueves de la vigésima novena semana del tiempo ordinario II-San Juan Pablo II, Papa-Memoria libre

 

Testigo de la fe:

San Juan Pablo II, papa

(1920-2005)

«¡No tengan miedo! ¡Abran, abran de par en par las puertas a Cristo!»: estas fueron las memorables palabras que Juan Pablo II pronunció al inaugurar su pontificado, el 22 de

Canonizado por el papa Francisco el 27 de abril de 2014, junto con san Juan XXIII, Karol Wojtyła nació en Wadowice, Polonia, el 18 de mayo de 1920. Su juventud estuvo marcada por la pérdida de familiares y la experiencia de la guerra. Fue ordenado sacerdote en 1946 y elegido papa el 16 de octubre de 1978.

Durante su prolongado pontificado recorrió el mundo anunciando a Jesucristo, defendiendo la dignidad humana y promoviendo la paz. Impulsó las Jornadas Mundiales de la Juventud y llamó a toda la Iglesia a una nueva evangelización. Su profunda devoción mariana quedó expresada en su lema: Totus tuus, «Todo tuyo». En sus últimos años, vivió públicamente la enfermedad y la fragilidad. Falleció el 2 de abril de 2005, en vísperas del Domingo de la Divina Misericordia.

Su memoria se celebra el 22 de octubre, aniversario del inicio solemne de su ministerio como pastor universal. Su invitación sigue interpelándonos: abrir a Cristo las puertas del corazón, de las familias y de la sociedad.

 


El que nos desinstala


Cristo, el Príncipe de la Paz, se presenta aquí como un «artífice» de discordia. Conviene señalar que, en el sentido hebreo, la paz es, ante todo, plenitud de vida. Ahora bien, vivir plenamente supone dejarnos transformar por Dios, aun cuando esa transformación cuestione nuestras seguridades. La paz que Jesús ofrece exige verdad, justicia y amor; no se conforma con una tranquilidad sostenida por el silencio ante el mal o por la indiferencia frente al sufrimiento ajeno.

Por eso, su presencia puede provocar división. Acoger el Evangelio implica tomar decisiones que no siempre serán comprendidas, incluso por las personas más cercanas. Perdonar cuando otros alimentan el rencor, actuar con honradez cuando se espera complicidad o defender al débil cuando resulta más cómodo callar puede suscitar resistencia. Jesús no nos invita a buscar el conflicto, sino a permanecer fieles al amor cuando esa fidelidad tenga un precio.

El fuego que desea encender en la tierra expresa el ardor de su misión: un amor capaz de purificar el corazón y renovar nuestra vida. El bautismo que debe recibir anuncia su pasión, en la que se sumergirá para entregarse por nosotros. Él mismo afrontará el rechazo sin renunciar a amar.

Cristo perturba nuestras falsas seguridades para abrirnos a una paz más profunda. Nos saca de la comodidad, despierta nuestra conciencia y nos llama a vivir con un corazón entero. Su discípulo busca siempre la reconciliación, pero sabe que no puede comprar la armonía a costa de la verdad.

¿Qué necesita encender hoy el Señor en nosotros? ¿Qué comodidad debemos abandonar para vivir más plenamente su Evangelio?

Señor Jesús, enciende en nuestro corazón el fuego de tu amor. Danos valentía para seguirte, mansedumbre ante la incomprensión y fidelidad para construir tu paz sin dejar de vivir en la verdad. Amén.

 


 

Primera lectura

Ef 3, 14-21

Que el amor sea su raíz y su cimiento; así llegarán a su plenitud, según la plenitud total de Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que les conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en su hombre interior; que Cristo habite por la fe en sus corazones; que el amor sea su raíz y su cimiento; de modo que así, con todos los santos, logren abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegarán a su plenitud, según la plenitud total de Dios.
Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros; a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 1-2. 4-5. 11-12. 18-19 (R.: 5b)

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

V. Aclamen, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas.
R.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.
R.

V. El plan del Señor subsiste por siempre;
los proyectos de su corazón, de edad en edad.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
R.

V. Los ojos del Señor están puestos en quien le teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura
con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él.
R .

 

Evangelio

Lc 12, 49-53

No he venido a traer paz, sino división

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.
Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el
hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

Palabra del Señor.

 

***************

 

Que arda el corazón, que se abran las puertas a Cristo

 

Queridos hermanos:

En una casa de campo, cuando el fogón comienza a apagarse, muchas veces todavía quedan brasas debajo de la ceniza. Basta removerlas, acercar un poco de leña y soplar con cuidado para que vuelva a levantarse la llama. Algo semejante puede sucedernos en la vida de fe: seguimos creyendo, conservamos nuestras costumbres religiosas, pero el cansancio, las preocupaciones o la rutina van cubriendo el fuego del corazón.

Hoy Jesús viene a remover esas cenizas. Nos habla de un fuego que desea encender en la tierra. Y nosotros podemos preguntarnos: ¿sigue ardiendo en mí el amor a Dios? ¿Tengo todavía deseos de servir, de anunciar el Evangelio, de hacer el bien?

En este jueves, cuando oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, esta pregunta nos toca muy de cerca. Porque la misión necesita personas cuyo corazón se deje encender por Cristo.

Sin embargo, el Evangelio nos desconcierta. Jesús, a quien reconocemos como Príncipe de la Paz, anuncia que su presencia puede provocar divisiones, incluso dentro de la familia. ¿Cómo entenderlo? ¿Acaso viene a sembrar enemistades?

Debemos recordar que la paz, en el sentido bíblico, significa plenitud de vida: una existencia reconciliada con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Esa paz requiere verdad, justicia y conversión. Por eso, hay tranquilidades que el Evangelio necesariamente viene a cuestionar.

Una familia puede parecer tranquila porque nadie se atreve a hablar de una injusticia. Una comunidad puede vivir aparentemente en armonía porque todos se acostumbraron a excluir a alguien. Una persona puede sentirse muy cómoda porque ha dejado de escuchar su conciencia. Cuando Cristo entra allí, llama a cambiar; y el cambio puede encontrar resistencia.

Pensemos en quien decide actuar honradamente y recibe burlas de sus compañeros; en quien quiere abandonar una costumbre que le hace daño, pero encuentra presión entre sus amigos; o en quien desea responder a una vocación y descubre que su familia tenía otros proyectos para su vida.

Jesús nos prepara para la incomprensión que puede acompañar a la fidelidad. No nos autoriza a ser agresivos ni a imponer la fe. Si nuestras palabras humillan, si nuestras actitudes alimentan desprecio, necesitamos revisar cómo estamos viviendo el Evangelio. La firmeza cristiana debe ir acompañada de mansedumbre, paciencia y caridad.

El fuego de Jesús es el amor que purifica nuestra manera de vivir. Y el bautismo que anuncia señala el camino de su pasión: él mismo atravesará el sufrimiento y el rechazo, entregándose hasta el final. Así nos enseña que la fidelidad a Dios puede costar mucho, pero nunca debe convertirse en una excusa para dejar de amar.

La primera lectura nos ayuda a comprender de dónde viene la fuerza para vivir de esta manera. San Pablo se pone de rodillas ante el Padre e intercede por la comunidad. Pide que el Espíritu fortalezca a los creyentes por dentro y que Cristo habite en sus corazones mediante la fe.

¡Qué enseñanza para nuestra oración! Solemos pedir que cambien las circunstancias: que se resuelva un problema, que desaparezca una dificultad, que una persona cambie de actitud. Y está bien presentarle al Señor nuestras necesidades. Pero también necesitamos pedirle: «Padre, fortaléceme interiormente. Ayúdame a vivir esta situación como discípulo de tu Hijo».

Hay dificultades que tardan en resolverse. Hay respuestas que no llegan cuando las esperamos. En medio de todo ello, Dios puede sostenernos, hacernos más pacientes y enseñarnos a amar con mayor libertad.

Pablo utiliza además una imagen hermosa: una vida arraigada y cimentada en el amor. Los que conocen el campo saben cuánto importan las raíces. Un árbol puede tener hojas abundantes y, sin embargo, caer ante una tormenta si sus raíces son débiles.

También nuestra vida cristiana necesita profundidad. La oración, la escucha de la Palabra, la Eucaristía, la reconciliación y el servicio generoso van alimentando esas raíces. Para anunciar a Cristo necesitamos darle espacio en nuestra propia vida. De lo contrario, podemos multiplicar actividades y terminar espiritualmente vacíos.

Por eso hoy, al orar por la obra evangelizadora, pedimos por los sacerdotes, los misioneros, los religiosos y las religiosas, los catequistas, los animadores de comunidad y tantos laicos que comparten la fe. Pedimos especialmente por quienes están cansados, por quienes trabajan en lugares difíciles y por quienes sienten que sus esfuerzos producen poco fruto.

Que el Señor renueve su alegría. Que les conceda perseverancia. Que encuentren también comunidades capaces de acompañarlos, escucharlos y sostenerlos.

El salmo nos invita precisamente a confiar: los proyectos de Dios permanecen, y su mirada está puesta en quienes esperan en su misericordia. Esta certeza nos libera de pensar que toda la misión depende de nuestras fuerzas.

Sembramos, acompañamos, enseñamos, visitamos, invitamos; pero el crecimiento de la fe es obra de la gracia. A veces una conversación, una visita a un enfermo o una palabra de esperanza deja una semilla que solo dará fruto mucho después. Por eso, no debemos medir la evangelización únicamente por los resultados inmediatos.

En esta memoria de san Juan Pablo II resuena su invitación: «¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!» Aquellas palabras, pronunciadas al comienzo solemne de su pontificado, siguen siendo una llamada para la Iglesia.

Abrir las puertas a Cristo significa permitirle entrar también en nuestros planes. Muchas veces queremos que el Señor nos acompañe, pero nos cuesta dejar que nos indique el camino. Queremos su consuelo y, al mismo tiempo, tememos lo que pueda pedirnos.

Esto nos lleva a la oración por las vocaciones. Necesitamos jóvenes capaces de escuchar la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada; necesitamos matrimonios que vivan con fidelidad su vocación; necesitamos laicos que asuman con alegría su misión en la Iglesia y en el mundo.

Y necesitamos familias que ayuden a discernir. Cuando un hijo o una hija manifiesta el deseo de consagrarse a Dios, merece ser escuchado y acompañado con libertad. La vocación necesita oración, tiempo, formación y discernimiento; también necesita un ambiente donde sea posible preguntar: «Señor, ¿qué quieres de mi vida?».

Orar por las vocaciones compromete a toda la comunidad. Nuestro testimonio puede ayudar a que alguien escuche la llamada de Dios. Una parroquia fraterna, una familia creyente, un sacerdote cercano, una religiosa alegre o un catequista generoso pueden despertar en otro el deseo de entregar su vida al servicio del Evangelio.

Hermanos, llevemos hoy al altar tres peticiones: que Cristo fortalezca nuestra vida interior, que reavive nuestro ardor misionero y que nos dé libertad para responder a su llamada.

Quizá alguno de nosotros siente que su fe está cubierta por muchas cenizas. Hoy puede decirle al Señor: «Aquí está mi corazón. Todavía quiero amarte. Ayúdame a comenzar de nuevo».

Señor Jesús, enciende en nosotros el fuego de tu amor. Fortalece a quienes anuncian tu Evangelio y consuela a quienes se sienten cansados en la misión. Suscita vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras; santifica nuestros hogares y despierta en todos los bautizados la alegría de servirte. Por intercesión de san Juan Pablo II, enséñanos a abrirte las puertas y a seguirte sin miedo, con humildad y perseverancia. Amén.


*************


22 de octubre:

San Juan Pablo II, Papa — Memoria libre

1920–2005
Patrono de las Jornadas Mundiales de la Juventud
Canonizado por el Papa Francisco el 27 de abril de 2014

 

 

Cita:

“¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!
A su poder salvador, abran las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengan miedo! Cristo sabe lo que hay en el hombre. Solo Él lo sabe.
Con tanta frecuencia, hoy el hombre no sabe lo que hay dentro de sí, en lo profundo de su mente y de su corazón. A menudo está inseguro sobre el sentido de su vida en esta tierra. Lo asaltan la duda y la desesperación.
Les pedimos, por tanto, les suplicamos con humildad y confianza: dejen que Cristo hable al hombre. Solo Él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna.”


~Homilía inaugural del Papa Juan Pablo II


Reflexión

Karol Józef Wojtyła, el futuro San Juan Pablo II, nació en la ciudad polaca de Wadowice, el más joven de tres hijos, apenas dos años después de que Polonia recuperara su independencia tras 123 años de particiones y dominio extranjero de los imperios ruso, austríaco y prusiano.

De niño era conocido cariñosamente como Lolek, diminutivo afectuoso de Karol (Carlos). Aunque Polonia era libre en su infancia, Karol conoció el sufrimiento desde muy temprano. Nunca llegó a conocer a su hermana mayor, que murió pocas horas después de nacer. Cuando tenía ocho años, murió su madre; y a los doce, perdió a su hermano mayor, quedando solo con su padre, Karol Sr.

A pesar de tantas tragedias, su padre marcó profundamente su vida. Karol diría más tarde:

“Su ejemplo fue para mí una especie de primer seminario, un seminario doméstico.”

Su padre le enseñó a rezar, a confiar en Dios, a amar a la Virgen María y a valorar su cultura polaca. Con frecuencia, el pequeño Karol veía a su padre de rodillas rezando el rosario en su humilde hogar.


Karol estudió en su ciudad natal y luego en el Instituto Estatal Marcin Wadowita. Participó activamente en actividades extracurriculares como el teatro, el deporte y la poesía. En 1938 se trasladó con su padre a Cracovia, donde ingresó en la Universidad Jaguelónica, la más antigua de Polonia, fundada en 1364 por el rey Casimiro el Grande.

Allí se especializó en filosofía y lenguas, llegando a dominar al menos ocho idiomas y a tener competencia en varios más. Pero apenas un año después, el 1º de septiembre de 1939, la Alemania nazi invadió Polonia, iniciando la Segunda Guerra Mundial.

El 6 de noviembre de 1939, la Gestapo arrestó a 180 profesores y empleados de la universidad, enviándolos a campos de concentración para destruir la vida cultural polaca. La universidad fue clausurada, y todos los jóvenes debían trabajar obligatoriamente.

Karol, junto con otros estudiantes, continuó sus estudios de manera clandestina, arriesgando su vida. Al mismo tiempo, trabajó en una cantera y en una fábrica química para evitar ser deportado.


En 1940, un amigo le introdujo en la espiritualidad carmelitana, y su vida de oración floreció. El 18 de febrero de 1941, murió su padre, dejándolo completamente solo. Tenía apenas 21 años.

A pesar de su dolor, Karol percibió una nueva llamada interior: el sacerdocio. Un año y medio después, habló con el arzobispo de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, quien lo invitó a ingresar en el seminario clandestino que él mismo dirigía.

El 6 de agosto de 1944, durante una redada masiva, entre seis y ocho mil polacos —la mayoría jóvenes— fueron detenidos y enviados al campo de concentración de Plaszow. Karol logró esconderse en casa de su tío y escapar por poco. Luego se refugió en la residencia arzobispal hasta que Cracovia fue liberada por el Ejército Rojo el 19 de enero de 1945. Poco después, el seminario reabrió sus puertas.


El 1 de noviembre de 1946, Karol fue ordenado sacerdote por el cardenal Sapieha. Este lo envió a Roma, donde obtuvo el doctorado en teología en la Universidad del Angelicum con una tesis titulada “La doctrina de la fe en San Juan de la Cruz.”

Durante su estancia en Italia visitó el monasterio capuchino de San Giovanni Rotondo, donde vivía el místico Padre Pío. Se dice que, durante la confesión, el Padre Pío le profetizó que algún día ocuparía “el más alto cargo de la Iglesia”. Décadas después, en 2002, el mismo Juan Pablo II canonizó al Padre Pío, aquel confesor que le había anunciado su destino.


Al regresar a Polonia, el joven sacerdote ejerció su ministerio parroquial durante diez años, enseñó ética en la Universidad Jaguelónica y en la Universidad Católica de Lublin, obtuvo un segundo doctorado en filosofía y escribió poesías, obras de teatro y ensayos religiosos.

Fue también capellán universitario, reuniendo grupos de estudiantes para orar, conversar y realizar excursiones en kayak y campamentos llamados Środowisko (“comunidad”). Dado que los sacerdotes tenían prohibido participar abiertamente en esas actividades bajo el régimen comunista, los jóvenes lo llamaban cariñosamente “Wujek” (“tío”).


En 1958, mientras estaba de campamento, recibió una carta urgente: el cardenal Wyszyński lo llamaba a Varsovia. Después de remar de regreso, tomar un camión lechero y ponerse su sotana, llegó al cardenal, quien le comunicó que el Papa Pío XII lo había nombrado obispo auxiliar de Cracovia. Tenía solo 38 años, el obispo más joven de la historia de Polonia.

Pasó esa noche en oración y, al día siguiente, celebró misa para sus amigos, diciéndoles con sencillez:

“No se preocupen, Wujek seguirá siendo Wujek.”

Como obispo, mantuvo su estilo de vida humilde, su cercanía con los jóvenes y su alegría pastoral.


En 1962 se convirtió en administrador temporal de la arquidiócesis de Cracovia y participó activamente en el Concilio Vaticano II, donde realizó importantes aportes teológicos. En 1964, el Papa Pablo VI lo nombró arzobispo de Cracovia, y en 1967 lo creó cardenal.


Tras la muerte de Pablo VI, en agosto de 1978, el cardenal Wojtyła participó en el cónclave que eligió a Juan Pablo I, quien moriría apenas 33 días después. En el segundo cónclave, los cardenales se decidieron por el cardenal de Cracovia, de 58 años. Fue elegido el 16 de octubre de 1978, tomando el nombre de Juan Pablo II, el primer papa no italiano en 455 años. La profecía del Padre Pío se cumplía.

En su primera aparición ante el pueblo en la Plaza de San Pedro, pronunció estas palabras:

“Los cardenales han elegido un nuevo obispo de Roma... Lo han llamado desde una tierra lejana, pero siempre cercana por la fe y las tradiciones cristianas.”

Y en su homilía inaugural pronunció su famoso grito:

“¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!”


El Papa Juan Pablo II realizó 129 viajes internacionales, reuniendo multitudes nunca vistas. Se encontró con líderes políticos, celebró misas multitudinarias, creó las Jornadas Mundiales de la Juventud, sobrevivió a un atentado, y se convirtió en una de las personalidades más carismáticas de la historia. Siempre procuraba hablar en el idioma del pueblo que visitaba.

Su visita a Polonia en 1979 marcó un antes y un después: encendió una esperanza nacional que desembocó en el Movimiento Solidaridad, contribuyendo a la caída del comunismo en Europa del Este.

En 1983, el líder sindical Lech Wałęsa recibió el Premio Nobel de la Paz, y en 1990 se convirtió en el primer presidente elegido democráticamente en Polonia, abriendo el camino a la libertad en toda la región.


San Juan Pablo II fue el Papa más prolífico en escritos: 14 encíclicas, 14 exhortaciones apostólicas, 45 cartas apostólicas, 11 constituciones, 30 motu proprio, además de catequesis, homilías, obras teatrales y libros.

Reformó el Código de Derecho Canónico y promulgó el Catecismo de la Iglesia Católica.

También fue el papa que canonizó más santos en la historia, 482 canonizaciones y 1.338 beatificaciones, reflejando su deseo de mostrar la santidad como una vocación universal.

Entre sus canonizaciones más emblemáticas está la de Santa Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia. Durante esa ceremonia en el año 2000, instituyó la Fiesta de la Divina Misericordia, celebrada el segundo domingo de Pascua.


Después de una vida intensa y entregada, enfermo de Parkinson, Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005, víspera del Domingo de la Divina Misericordia.

Fue el tercer papa más longevo de la historia y una de las figuras más influyentes del siglo XX. Navegó a la Iglesia a través de tiempos difíciles, manteniendo viva la esperanza y la fe en Cristo.


Oración

San Juan Pablo II, tu vida comenzó entre pérdidas humanas,
pero Dios te confió luego a toda la humanidad como padre y pastor.

Ruega por nosotros, para que las pruebas no apaguen nuestra fe,
ni el dolor nos aparte del servicio al Evangelio.

Enséñanos a abrir las puertas a Cristo sin miedo,
a mirar el futuro con esperanza,
y a confiar siempre en la misericordia de Dios.

San Juan Pablo II, ruega por nosotros.

Jesús, en Ti confío.

 

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