Cuando el amor queda herido: vidas entregadas y muertes que desconciertan

 

Por el P. Gustavo Quiceno Jaramillo-Gusqui


Hay muertes que nos dejan sin palabras. Y hay otras cuyas circunstancias parecen formular una pregunta particularmente dolorosa a nuestra fe: ¿cómo pudo suceder precisamente así?

Un misionero muere a manos de alguien a quien ayudaba. Una religiosa es asesinada por miembros del pueblo que intentaba proteger. Un sacerdote que abre las puertas de su casa encuentra la muerte en esa misma hospitalidad. Otro fallece durante la celebración eucarística, golpeado por un crucifijo que se desprende.

Humanamente, podríamos hablar de una trágica ironía. Desde la fe, sentimos el deseo de descubrir un significado. Pero antes de interpretar conviene detenernos: detrás de cada noticia hubo una persona, una historia de servicio, unos seres queridos y una comunidad herida. El respeto exige que nuestra reflexión no convierta el dolor ajeno en una anécdota impresionante ni en una explicación religiosa demasiado fácil.

Lo admirable es el amor que sostuvo aquellas vidas. Sus muertes siguen doliendo.

Inés Arango y Alejandro Labaka: acercarse para proteger

El 21 de julio de 1987, la hermana colombiana Inés Arango, terciaria capuchina, y monseñor Alejandro Labaka, obispo capuchino, murieron lanceados en la Amazonía ecuatoriana. Se habían acercado a los tagaeri buscando evitar que el avance petrolero desembocara en una confrontación que amenazara la supervivencia de aquel pueblo.



Murieron a manos de miembros de la comunidad cuya vida querían defender. Esa circunstancia nos conmueve, pero exige una mirada respetuosa sobre la historia de los pueblos indígenas y las amenazas que pesaban sobre su territorio. No podemos atribuirles sin fundamento una intención de perseguir la fe cristiana.

Precisamente por eso resulta significativa la decisión eclesial de mayo de 2025: reconocer en Alejandro e Inés la ofrenda de la vida, distinta del martirio por odio a la fe. Su entrega consciente en favor de otros constituye el centro de ese reconocimiento.

En 2017, el papa Francisco había establecido esta vía para las causas de beatificación mediante Maiorem hac dilectionem. El documento reconoce el valor de quienes, movidos por la caridad, ofrecen libremente su vida por los demás y perseveran en esa entrega hasta la muerte. Su inspiración se encuentra en las palabras de Jesús: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).

La puerta abierta y la vulnerabilidad del amor

El hermano francés Yves Lescanne, de los Hermanitos del Evangelio, pertenecientes a la familia espiritual de Carlos de Foucauld, dedicó su vida en Camerún a niños y jóvenes de la calle y de la prisión. En 2002 fue asesinado en Maroua por uno de los jóvenes a quienes había ayudado. Su historia enfrenta nuestra confianza en el ser humano con una de sus pruebas más duras: recibir violencia de alguien a quien se ha procurado ofrecer una oportunidad.

Pienso también en el padre Jaime Ossa Toro, misionero de Yarumal, asesinado en Medellín en agosto de 2008. Para mí, su nombre tiene rostro, voz y recuerdos. Lo conocí como un hombre sencillo, acogedor, generoso, capaz de escuchar y de reírse de sí mismo. En la semblanza que escribí después de su muerte recordé su cercanía a los pobres y sus iniciativas en favor de los niños y jóvenes.

Las noticias de entonces señalaron como presuntos implicados a jóvenes cercanos a las actividades parroquiales. Conviene conservar esa precisión y no presentar como definitivamente probado cuanto circuló en aquellos días. Lo que permanece en mi memoria es el bien que hizo y la tristeza de una vida interrumpida violentamente.

En Italia, el padre Roberto Malgesini murió asesinado en Como el 15 de septiembre de 2020, cuando iniciaba su habitual distribución de desayunos a personas necesitadas. El agresor era un hombre al que conocía y ayudaba. Francisco lo recordó como «mártir de la caridad»: una expresión de reconocimiento espiritual que no equivale, por sí sola, a una declaración canónica de martirio.


En Francia, el padre Olivier Maire, superior provincial de los misioneros monfortianos, fue asesinado en agosto de 2021. El hombre que confesó el crimen había sido acogido por su comunidad. Una vez más, la hospitalidad había dejado vulnerable a quien la practicaba.


Estas historias despiertan una pregunta incómoda: ¿valió la pena abrir la puerta?

El Evangelio sostiene el valor de la acogida, pero también nos enseña a discernir. Jesús pide a sus discípulos ser prudentes y sencillos (cf. Mt 10,16). La caridad necesita acompañamiento, límites adecuados y medidas de protección. Cuidar la vida del que sirve forma parte del mismo amor con que se cuida a quienes reciben ayuda.

Además, el crimen de una persona no puede convertirse en una condena de todos los pobres, de todos los jóvenes en dificultad o de todos aquellos que necesitan refugio. La ingratitud o la violencia de alguien no borran el bien recibido por tantos otros.

Permanecer junto a los hermanos

Los siete monjes de Tibhirine, secuestrados y asesinados en Argelia en 1996, habían mantenido su presencia fraterna entre sus vecinos musulmanes en medio de una violencia que amenazaba a toda la población. Fueron beatificados en 2018, junto con otros mártires de la Iglesia argelina. Su permanencia expresaba una fidelidad a Dios y a las personas con quienes compartían la vida.

Su prior, Christian de Chergé, había dejado escrito un testamento espiritual en el que contemplaba la posibilidad de una muerte violenta. Se dirigía a su eventual asesino como «amigo del último instante». Esa expresión no justifica el crimen. Manifiesta una esperanza extraordinaria: incluso ante el mal sufrido, el otro no queda reducido para siempre a su peor acción.

En otro contexto, san Óscar Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la Eucaristía en la capilla del Hospital Divina Providencia, en San Salvador. Su muerte junto al altar evoca dolorosamente la relación entre el sacramento celebrado y una existencia entregada al servicio del Evangelio.


El padre Calixto: la fragilidad de quien ayudó a tantos a encontrar sentido

También recuerdo al padre Gustavo Vélez Vásquez, misionero de Yarumal, conocido por generaciones de lectores como el padre Calixto. Su columna Tejas arriba acercó el Evangelio dominical a la vida cotidiana con sensibilidad y sencillez.



El 6 de septiembre de 2009 se extravió mientras realizaba una caminata en la reserva de San Sebastián de la Castellana, entre Envigado y El Retiro, cerca de Medellín. Su cuerpo fue encontrado el 9 de septiembre, después de varios días de búsqueda. Las noticias de entonces apuntaron a una posible caída; conviene no presentar como certeza detalles que las primeras informaciones no esclarecían completamente.

Su muerte no fue un martirio. Fue una tragedia que nos recuerda la vulnerabilidad de toda vida humana, también la de quienes han dedicado sus mejores fuerzas a orientar y consolar a otros.

En su historia encuentro una resonancia dolorosa: un hombre cuya palabra ayudó a tantos a encontrar orientación terminó extraviado en un bosque. Pero esa coincidencia no contiene necesariamente un mensaje oculto de Dios. No necesitamos convertir el accidente en una alegoría para reconocer la fecundidad de su existencia.

La fe permite expresar otra certeza: perder el camino en una montaña no significa quedar fuera del cuidado de Dios. El salmista lo dice en forma de oración: «Si camino por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23,4). Estas palabras sostienen la confianza del creyente incluso cuando el peligro es real y el desenlace resulta doloroso.

Su muerte no borró los caminos de esperanza que había abierto con su palabra. La última página de una vida no anula todo lo escrito antes.

Claude Grou: sobrevivir y seguir acogiendo


Conviene recordar también al padre Claude Grou, religioso de la Congregación de Santa Cruz y rector del Oratorio de San José, en Montreal. El 22 de marzo de 2019 fue apuñalado mientras celebraba la Eucaristía. Sobrevivió a las heridas y recibió el alta hospitalaria. Su caso pertenece, por tanto, a los testimonios de violencia sufrida durante el ministerio, no a una relación de sacerdotes asesinados.

Después del ataque manifestó su deseo de que el Oratorio continuara siendo un lugar de acogida, oración, serenidad y paz. Esa respuesta merece nuestra atención: la violencia había irrumpido en el santuario, pero él deseaba preservar su vocación de hospitalidad.

Su historia añade una dimensión necesaria a estas reflexiones. El testimonio cristiano también aparece en quien sobrevive, atraviesa el miedo y busca continuar su servicio sin dejarse gobernar por el resentimiento.

«No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien» (Rm 12,21). Vivir esta exhortación puede requerir tiempo, ayuda y un profundo trabajo interior. No obliga a negar las heridas ni a renunciar a la justicia. Invita a impedir que el daño recibido determine para siempre nuestra manera de mirar y tratar a los demás.

También san Damián de Molokai ilumina esta reflexión, aunque su muerte no fuera un asesinato. Permaneció entre las personas con lepra, contrajo la enfermedad y murió en 1889. Su solidaridad llegó a compartir corporalmente la fragilidad de aquellos a quienes acompañaba. Su santidad se comprende en esa entrega perseverante, sin necesidad de llamarlo mártir en sentido estricto.


Son historias distintas. Unas hablan de martirio; otras, de caridad llevada hasta sus últimas consecuencias. Respetar esas diferencias permite reconocer mejor la singularidad de cada testimonio.

Cuando cae un crucifijo

La muerte del padre Patricio Alfredo Sánchez Molinari, ocurrida el 17 de octubre de 2026 en la iglesia del Perpetuo Socorro de Guayaquil, nos enfrenta con otra realidad. Un gran crucifijo se desprendió y cayó sobre él durante la misa. La información disponible describe una muerte accidental, cuyas circunstancias su familia ha pedido esclarecer.


El impacto simbólico resulta estremecedor. Sin embargo, debemos cuidar nuestras palabras. Afirmar que Cristo quiso llevárselo de esa manera o interpretar el accidente como un mensaje inequívoco de Dios excede lo que podemos saber.

Podemos encomendar al sacerdote al Señor, agradecer su ministerio y acompañar a quienes lloran. También debemos reconocer la legitimidad de investigar lo ocurrido y prevenir otras tragedias.

La imagen del Crucificado cayó. Nuestra fe nos invita a confiar en que el Crucificado acogió a su servidor en aquel momento de desamparo. Esa confianza no explica la causa del accidente; expresa nuestra esperanza en la misericordia de Dios.

El bien no es una garantía de inmunidad

Tal vez lo que más nos desconcierta sea comprobar que la bondad no impide sufrir. Quisiéramos que una vida generosa estuviera especialmente protegida de la violencia y del absurdo. Pero Jesús, a quien los Hechos de los Apóstoles recuerdan pasando por el mundo haciendo el bien (cf. Hch 10,38), terminó condenado y crucificado.

La fidelidad al Padre lo sostuvo incluso cuando tuvo que atravesar la angustia. En la cruz hizo suyo el clamor del salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; cf. Sal 22,2).

También nosotros podemos preguntar. El desconcierto, las lágrimas y el silencio tienen lugar en la oración. Jesús mismo lloró ante la muerte de Lázaro (cf. Jn 11,35). Por eso, ante una tragedia, acompañar y llorar con los que lloran puede ser más evangélico que ofrecer apresuradamente una explicación.

El Catecismo enseña que Dios puede hacer surgir bienes de las consecuencias del mal, pero añade una precisión indispensable: «Sin embargo, no por esto el mal se convierte en un bien» (n. 312). La fecundidad espiritual de una vida entregada jamás vuelve bueno el asesinato ni deseable el accidente que la terminó.

La santidad estaba ya en la vida

Existe el riesgo de que una muerte impresionante termine ocultando la existencia de quien murió. Recordamos el arma, el agresor o el accidente, mientras olvidamos años de escucha, de catequesis, de visitas a enfermos, de convivencia y servicio.

La santidad de estas personas no comenzó en su última hora. Se fue expresando en decisiones pequeñas y repetidas: preparar una comida, recibir a un muchacho, aprender una lengua, defender a una comunidad amenazada, permanecer al lado de un enfermo.

Benedicto XVI escribió: «La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre» (Spe salvi, 38). Esa grandeza puede manifestarse en la disposición a compartir una carga, a aliviarla y a impedir que alguien deba soportarla en soledad.

Dar la vida suele comenzar mucho antes de morir. Comienza cuando dejamos de considerar al prójimo como una interrupción y reconocemos en él a alguien digno de nuestro tiempo, nuestra atención y nuestro cuidado.

El amor no queda desmentido por la muerte

No conocemos todas las respuestas. Algunas preguntas seguirán acompañándonos como una herida abierta. Pero la resurrección de Jesús nos permite esperar que ninguna vida entregada por amor se pierda definitivamente en el absurdo.

San Pablo proclama que ni la muerte ni la vida podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (cf. Rm 8,38-39). Esa certeza sostiene nuestra oración por quienes murieron y nuestro compromiso con quienes permanecen.

Honrar a estos hermanos exige recordar su bondad, buscar la verdad, acompañar a las víctimas y continuar el servicio con generosidad y prudencia. Su memoria puede ayudarnos a abrir los ojos ante el sufrimiento y a cuidar mejor la vida.

Señor Jesús,
ante estas muertes que nos duelen,
danos humildad para aceptar lo que no comprendemos,
ternura para acompañar a quienes lloran
y valentía para seguir haciendo el bien.

Recibe a quienes te sirvieron en sus hermanos.
Sostén a sus familias y comunidades.
Enséñanos a unir la caridad con la prudencia,
el perdón con la justicia
y nuestras preguntas con la esperanza.

Que el miedo no cierre nuestras manos
y que el dolor no apague nuestra fe.

Amén.

 

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