No es magia
(Juan 6, 52-59) Aquí, la “carne” y la “sangre” designan a la
persona en su totalidad. Se trata, por tanto, de vivir de la misma vida de
Jesús: por la manducación de la Palabra, por la participación en la mesa
eucarística y por una relación con Él semejante a la que Él vivió con el Padre.
Sin la interiorización de la Palabra, sin una oración personal ferviente, la
comida eucarística corre el peligro de convertirse en un acto mágico. Un tipo
de relación con Dios que la Biblia no deja de denunciar.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Hch 9, 1-20
Ese hombre es
un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los
discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las
sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que
descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz
celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le
decía:
«Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?».
Dijo él:
«¿Quién eres, Señor?».
Respondió:
«Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se
te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero
no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos
abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres
días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una
visión:
«Ananías».
Respondió él:
«Aquí estoy, Señor».
El Señor le dijo:
«Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un
tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías
que entra y le impone las manos para que recobre la vista».
Ananías contestó:
«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus
santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para
llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».
El Señor le dijo:
«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi
nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene
que sufrir por mi nombre».
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:
«Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino,
me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la
vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en
las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Vayan
al mundo entero y proclamen el Evangelio.
O bien:
R. Aleluya.
V. Alaben
al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos. R.
V. Firme
es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R.
Aclamación
V. El
que come mi carne y bebe mi sangre —dice el Señor— habita en mí y yo en él. R.
Evangelio
Mi carne es
verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no
beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo
modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo
comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este viernes de Pascua nos
pone ante tres movimientos espirituales muy profundos: Saulo cae y es
transformado, el salmo invita a todos los pueblos a alabar la misericordia
del Señor, y Jesús en el Evangelio nos revela el misterio central de nuestra
fe: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.
La primera lectura nos presenta una de las
conversiones más impresionantes de la historia cristiana: Saulo, perseguidor de
la Iglesia, va camino de Damasco “respirando amenazas de muerte”. Lleva cartas,
autoridad humana, seguridad ideológica, convicción religiosa, pero su corazón
todavía no ha sido alcanzado por la misericordia. Entonces una luz del cielo lo
envuelve y escucha aquella pregunta que lo derrumba: “Saulo, Saulo, ¿por qué
me persigues?”.
Esa pregunta es decisiva. Jesús no le dice: “¿Por
qué persigues a mis discípulos?”, sino: “¿Por qué me persigues?”. Aquí
aparece una verdad bellísima y exigente: Cristo se identifica con su Iglesia,
con sus pequeños, con sus heridos, con sus perseguidos, con sus miembros
sufrientes. Tocar al hermano es tocar a Cristo. Herir al hermano es herir a
Cristo. Servir al hermano es servir a Cristo.
Saulo cae al suelo. Y a veces, hermanos,
necesitamos caer. No porque Dios quiera humillarnos, sino porque hay caminos de
soberbia, de autosuficiencia, de dureza interior, que sólo se interrumpen
cuando una luz más grande nos desinstala. Saulo queda ciego, pero en realidad
empieza a ver. Pierde la vista exterior, pero comienza a abrirse la mirada
interior. El perseguidor será apóstol. El violento será evangelizador. El
enemigo será instrumento elegido.
Por eso esta lectura tiene una fuerza penitencial
muy grande. Nos invita a preguntarnos: ¿qué zonas de mi vida necesitan caer
ante Cristo? ¿Qué durezas, resentimientos, cegueras, prejuicios, violencias
interiores o palabras hirientes necesitan ser tocadas por la luz del
Resucitado? ¿A quién estoy persiguiendo quizá con mi indiferencia, con mi
juicio, con mi falta de caridad?
Y al mismo tiempo, esta lectura es profundamente
esperanzadora. Nadie está definitivamente perdido. Nadie es sólo su pasado.
Nadie queda reducido a sus errores. Si Saulo pudo convertirse en Pablo, también
nosotros podemos renacer. Si aquel hombre que respiraba amenazas terminó
respirando Evangelio, también nuestras heridas pueden convertirse en misión.
El salmo responsorial es breve, pero inmenso: “Que
aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya”. Y añade: “Porque grande es
su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre”. La conversión de
Saulo confirma precisamente eso: que la misericordia de Dios es más grande que
el pecado humano. Dios no se cansa de buscar, de llamar, de levantar, de sanar.
Su fidelidad no dura hasta que nosotros fallamos; su fidelidad “dura por
siempre”.
Y llegamos al Evangelio. Jesús continúa el discurso
del Pan de Vida y sus palabras provocan desconcierto: “¿Cómo puede éste
darnos a comer su carne?”. La pregunta no es superficial. Es una pregunta
seria, porque Jesús está diciendo algo que supera toda comprensión puramente
humana. Él no ofrece una idea, no ofrece solamente una enseñanza moral, no
ofrece un símbolo vacío. Jesús se ofrece a sí mismo: su carne, su sangre, su
vida entera.
Cuando Jesús habla de su carne y de su sangre,
habla de su persona total, de su existencia entregada, de su amor llevado hasta
la cruz. La Eucaristía no es magia. No es un rito automático. No es una
costumbre piadosa que funciona sin fe, sin conversión, sin amor, sin oración.
La Eucaristía es comunión real con Cristo vivo, pero exige un corazón abierto,
una vida que quiera dejarse transformar.
Hermanos como dice alguien comentando este
evangelio: sin interiorizar la Palabra, sin oración personal ferviente, sin una
relación viva con Jesús, la participación eucarística puede correr el riesgo de
parecerse a un gesto mágico. Es decir, como si bastara comulgar exteriormente
sin permitir que Cristo transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de
mirar, de perdonar, de servir.
La Eucaristía no es magia: es alianza, es
comunión, es permanencia, es transformación. Jesús dice: “El que come mi
carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Permanecer no es
visitar de vez en cuando. Permanecer no es acercarse sólo por tradición.
Permanecer es habitar en Cristo y dejar que Cristo habite en nosotros. Es vivir
de Él como Él vive del Padre.
Aquí está el centro de la vida cristiana: vivir
por Cristo. No sólo hablar de Cristo, no sólo celebrar ritos en nombre de
Cristo, no sólo defender ideas religiosas, sino vivir de su misma vida. Comer
su carne y beber su sangre significa dejarnos alimentar por su amor entregado,
por su obediencia al Padre, por su compasión hacia los enfermos, por su ternura
hacia los pecadores, por su paciencia con los débiles, por su misericordia con
los heridos.
Y hoy, al ofrecer esta Eucaristía con intención
penitencial y por quienes sufren en el alma y en el cuerpo, comprendemos mejor
el misterio. Hay personas que no sólo tienen hambre de pan material. Hay
quienes tienen hambre de paz, de sentido, de perdón, de compañía, de salud, de
esperanza. Hay hermanos que sufren en el cuerpo por la enfermedad, el
cansancio, el dolor físico, las limitaciones. Y hay otros que sufren en el
alma: depresión, ansiedad, culpa, soledad, duelos, heridas familiares, miedos
profundos, silencios que nadie conoce.
A todos ellos, Cristo les dice: “Yo soy alimento
para tu camino. Yo soy vida para tu cansancio. Yo soy presencia para tu
soledad. Yo soy medicina para tus heridas. Yo soy resurrección para tus muertes
interiores”.
Pero también nos dice a nosotros: no reciban mi
Cuerpo para seguir indiferentes ante el cuerpo sufriente de sus hermanos. No
beban mi Sangre para seguir alimentando divisiones, odios o palabras que
hieren. No vengan a mi mesa si no quieren aprender mi estilo: el estilo del pan
partido, de la vida entregada, del amor que se vuelve servicio.
Saulo recibió la luz de Cristo, pero también
necesitó la mediación de Ananías. Dios pudo haberlo sanado directamente, pero
quiso que un hermano se acercara, le impusiera las manos y le dijera: “Hermano
Saulo”. Qué palabra tan poderosa: “hermano”. Ananías tenía razones para
temerle, para desconfiar de él, para rechazarlo. Pero la gracia le enseñó a
mirar a Saulo no sólo por su pasado, sino por la posibilidad nueva que Dios
estaba haciendo nacer en él.
También nosotros estamos llamados a ser Ananías
para alguien: acercarnos al que está ciego, al que ha caído, al que carga
culpa, al que tiene mala fama, al que necesita una palabra que lo devuelva a la
vida. A veces una persona empieza a sanar cuando alguien se atreve a llamarla
de nuevo “hermano”, “hermana”, “hijo”, “hija”, “amigo”, “persona amada por
Dios”.
Queridos hermanos: este viernes pascual nos invita
a comulgar con profundidad. No nos acerquemos a la Eucaristía como quien cumple
un gesto externo. Acerquémonos como Saulo caído en el camino, necesitados de
luz. Acerquémonos como enfermos que buscan al Médico. Acerquémonos como
pecadores que necesitan misericordia. Acerquémonos como discípulos hambrientos
de vida eterna.
Pidamos hoy tres gracias.
Primera: la gracia de la conversión, para que
Cristo derribe nuestras cegueras y transforme nuestras durezas.
Segunda: la gracia de vivir la Eucaristía con fe,
no como magia ni rutina, sino como comunión viva con Jesús, Pan bajado del
cielo.
Tercera: la gracia de ser consuelo para quienes
sufren, especialmente para quienes padecen en el alma y en el cuerpo.
Que el Señor, cuya misericordia es grande y cuya
fidelidad dura por siempre, nos alimente con su Cuerpo y con su Sangre. Que nos
haga pasar de la ceguera a la luz, del pecado a la gracia, de la indiferencia a
la compasión, de la muerte a la vida.
Y que cada comunión nos haga más parecidos a Jesús:
pan partido para el mundo, presencia humilde para los heridos, testigos vivos
de la Pascua.
Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
La
Palabra de Dios de este viernes pascual nos conduce al corazón de nuestra fe: Cristo vivo, Cristo que transforma,
Cristo que se nos da como Pan de Vida. La primera lectura nos
presenta la conversión de Saulo; el salmo nos invita a proclamar la
misericordia del Señor a todos los pueblos; y el Evangelio nos pone ante una
afirmación fuerte, luminosa y exigente de Jesús:
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera
bebida”.
Como
comenta alguien: la fe eucarística no
nace solamente de la razón humana. La razón es un don precioso de Dios; nos
ayuda a buscar la verdad, a distinguir el bien del mal, a orientar nuestras
decisiones. Pero hay misterios que la razón sola no puede alcanzar. Necesita
abrirse a la revelación. Necesita dejarse iluminar por la voz de Dios.
Por
eso, ante el misterio de la Eucaristía, la pregunta de los judíos en el
Evangelio es comprensible: “¿Cómo
puede éste darnos a comer su carne?”. Desde una mirada
puramente humana, la Eucaristía parece imposible. ¿Cómo puede ese pan ser el
Cuerpo de Cristo? ¿Cómo puede ese cáliz ser su Sangre? ¿Cómo puede lo pequeño contener
al Infinito? ¿Cómo puede lo visible esconder una Presencia tan grande?
Pero
Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “Me expresé mal”. No dice: “Era sólo
una imagen”. Al contrario, afirma con más fuerza: “Si no comen la carne del Hijo del
hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes”. Y
añade: “El que come mi
carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.
Aquí
estamos ante una certeza de fe. La Eucaristía no es un simple símbolo vacío, no
es una representación teatral, no es una costumbre piadosa heredada de nuestros
mayores. La Eucaristía es Cristo mismo, entregado por nosotros; es su Cuerpo
ofrecido, su Sangre derramada, su vida comunicada a quienes creen en Él.
Ahora
bien, como decíamos en la reflexión anterior, la Eucaristía no es magia. No basta
acercarse exteriormente a comulgar si el corazón no quiere convertirse. No
basta recibir el Pan consagrado si no queremos alimentarnos también de la
Palabra, de la oración, del perdón, de la caridad. La Eucaristía es real, pero
pide una respuesta real. Cristo se nos da entero, pero también espera que
nosotros nos entreguemos a Él con sinceridad.
La
primera lectura ilumina muy bien este camino. Saulo iba camino de Damasco lleno
de seguridades humanas. Creía tener razón. Creía defender a Dios. Creía servir
a la verdad. Pero en realidad estaba persiguiendo a Cristo en sus hermanos.
Entonces una luz lo derriba y escucha aquella voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Qué
fuerte es esto: Saulo tenía religión, pero todavía no tenía comunión con
Cristo. Tenía celo, pero no tenía amor. Tenía convicciones, pero no tenía
misericordia. Tenía fuerza, pero no tenía luz.
Y
eso también puede pasarnos a nosotros. Podemos tener prácticas religiosas,
devociones, discursos, cargos, conocimientos, pero necesitar todavía una
verdadera conversión del corazón. Podemos comulgar y, sin embargo, seguir
alimentando resentimientos. Podemos participar en la Eucaristía y, sin embargo,
despreciar al hermano. Podemos decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en el altar,
pero no reconocer el cuerpo sufriente de Cristo en el enfermo, en el pobre, en
el abatido, en el que sufre en el alma y en el cuerpo.
Por
eso hoy la intención penitencial es tan necesaria. Pedimos perdón al Señor
porque muchas veces nuestra fe ha sido débil, rutinaria, superficial. Pedimos
perdón porque nos hemos acercado a la Eucaristía sin hambre verdadera de
conversión. Pedimos perdón porque hemos creído más en nuestras ideas que en la
Palabra de Cristo. Pedimos perdón porque a veces hemos recibido el Cuerpo del
Señor, pero hemos ignorado las heridas de su Cuerpo místico, que es la Iglesia
y que son nuestros hermanos.
Saulo
cae al suelo, queda ciego, ayuna tres días, entra en silencio. Y allí comienza
su transformación. La fe verdadera siempre nos lleva a una caída de nuestras
soberbias y a un nuevo nacimiento. Saulo tiene que dejarse conducir. Él, que
iba seguro de sí mismo, ahora necesita que otros lo lleven de la mano. Él, que
quería apresar cristianos, ahora necesita recibir ayuda de un cristiano llamado
Ananías.
Y
Ananías también vive su propia conversión. Tiene miedo, porque sabe quién es
Saulo. Pero Dios le pide que se acerque. Y cuando llega, no lo llama “enemigo”,
no lo llama “perseguidor”, no lo llama “asesino”. Le dice: “Hermano Saulo”.
Esa
palabra es profundamente eucarística: hermano.
Porque quien comulga con Cristo aprende a mirar de otra manera. Aprende a ver
posibilidades donde otros sólo ven pasado. Aprende a reconocer la gracia donde
otros sólo ven culpa. Aprende a acercarse al herido, al caído, al difícil, al
que necesita una nueva oportunidad.
El
salmo lo resume con una frase breve y universal: “Vayan al mundo entero y proclamen el
Evangelio”. Y también dice: “Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura
por siempre”. Eso fue lo que experimentó Saulo: una
misericordia firme, más fuerte que su pecado; una fidelidad que no se cansó de
buscarlo; una gracia capaz de convertir al perseguidor en apóstol.
Y
eso es lo que recibimos en la Eucaristía: no una idea, sino misericordia viva;
no una teoría, sino presencia real; no un simple recuerdo del pasado, sino el
mismo Cristo que nos alimenta hoy para la vida eterna.
Hermanos,
el Evangelio nos invita a una fe más cierta, más profunda, más confiada. Creer
en la Eucaristía no significa entenderlo todo con la cabeza. Significa fiarnos
de Jesús. Significa escuchar su Palabra y decir: “Señor, si Tú lo dices, es
verdad. Si Tú lo prometes, se cumple. Si Tú te entregas, yo quiero recibirte
con fe”.
Muchas
cosas las creemos porque las vemos, las tocamos, las comprobamos. Pero las
verdades de la fe tienen una certeza más profunda, porque no descansan
solamente en nuestros sentidos, sino en la Palabra de Dios. Los sentidos ven
pan; la fe reconoce a Cristo. Los sentidos perciben vino; la fe adora la Sangre
del Señor. Los sentidos ven un altar; la fe contempla el sacrificio redentor
actualizado sacramentalmente. Los sentidos ven una asamblea reunida; la fe
descubre al Cuerpo de Cristo alimentado por su Cabeza.
Por
eso, al acercarnos a comulgar, no digamos “Amén” de manera distraída. Ese
“Amén” es una profesión de fe. Es decir: “Creo, Señor, que eres Tú. Creo que
vienes a mí. Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera
bebida. Creo que me das vida eterna. Creo que puedes sanar lo que está enfermo
en mí. Creo que puedes levantar lo que ha caído. Creo que puedes iluminar mis
cegueras”.
Y
hoy, de modo especial, pongamos sobre el altar a quienes sufren en el alma y en
el cuerpo. A los enfermos, a los tristes, a los deprimidos, a los ansiosos, a
los que llevan duelos, a los que se sienten solos, a los que han perdido la
esperanza, a los que viven dolores silenciosos que nadie conoce. La Eucaristía
es alimento para los débiles. Es medicina para los heridos. Es compañía para
los solos. Es fuerza para los cansados. Es promesa de resurrección para quienes
sienten que algo se les está muriendo por dentro.
Pero
también pidamos que esta Eucaristía nos convierta en presencia sanadora para
ellos. Que no salgamos de misa igual. Que no salgamos sólo “cumplidos”, sino
enviados. Que cada comunión nos haga más compasivos, más pacientes, más
humildes, más capaces de decirle a alguien, como Ananías: “Hermano, hermana,
Cristo también viene por ti”.
Queridos
hermanos: Saulo encontró a Cristo en el camino y su vida cambió para siempre.
Nosotros encontramos a Cristo en la Eucaristía. No lo dejemos pasar en vano. No
lo recibamos como rutina. No lo reduzcamos a costumbre. No lo tratemos como
magia. Recibámoslo como lo que es: el
Señor vivo, el Pan verdadero, la Vida eterna que se nos entrega por amor.
Que
el Señor aumente nuestra fe eucarística. Que purifique nuestra razón con la luz
de su revelación. Que sane nuestras heridas. Que convierta nuestras durezas.
Que haga de nosotros testigos de su misericordia.
Y
que al comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos decir con toda el alma:
Señor
Jesús, creo que estás verdaderamente presente en la Eucaristía.
Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera bebida.
Creo que Tú eres vida para mi alma, fuerza para mi camino y esperanza para mi
dolor.
Aumenta mi fe. Sana mis heridas. Convierte mi corazón.
Y hazme instrumento de consuelo para quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
Amén.

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