(Juan 6, 44-51) Jesús se presenta como la mediación
imprescindible para conocer a Dios, a quien “nadie ha visto jamás” (Jn 1,18), y
para vivir de su misma vida para siempre. Son palabras que pueden resultar
difíciles de escuchar en la época del diálogo interreligioso, pero que nos
invitan a preguntarnos, en la oración y en la acción de gracias, qué ha
cambiado en nosotros la vida con Cristo. Sabiendo que Él es un misterio que nos
sobrepasa y unas alturas a las que no podemos llegar por nosotros mismos (cf.
Sal 138 [139], 6).
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Mira, agua.
¿Qué dificultad hay en que me bautice?
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:
«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está
desierto».
Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un
eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que
había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza,
leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe:
«Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:
«¿Entiendes lo que estás leyendo?».
Contestó:
«¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».
E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que
estaba leyendo era este:
«Como cordero fue llevado al matadero,
como oveja muda ante el esquilador,
así no abre su boca.
En su humillación no se le hizo justicia.
¿Quién podrá contar su descendencia?
Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».
El eunuco preguntó a Felipe:
«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».
Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena
Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y
dijo el eunuco:
«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo
bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El
eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.
Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los
poblados hasta que llegó a Cesarea.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Aclama
al Señor, tierra entera.
O bien:
R. Aleluya.
V. Bendigan,
pueblos, a nuestro Dios;
hagan resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies. R.
V. Los
que temen a Dios, vengan a escuchar,
les contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua. R.
V. Bendito sea
Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R.
Aclamación
V. Yo soy el
pan vivo que ha bajado del cielo —dice el Señor—;
el que coma de este pan vivirá para siempre. R.
Evangelio
Yo soy el pan
vivo que ha bajado del cielo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo
resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”.
Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese
ha visto al Padre. En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron en el desierto el maná y
murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no
muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Palabra del Señor.
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este jueves de la tercera
semana de Pascua nos deja una certeza luminosa: Dios sigue atrayendo
corazones hacia Cristo, y lo hace por medio de su Palabra, de la Iglesia y
de testigos concretos.
En el Evangelio Jesús afirma: “Nadie puede venir a
mí si no lo atrae el Padre” y se presenta además como “el pan vivo bajado del
cielo”.
Eso significa que la fe no nace solo de un
razonamiento humano, ni de una costumbre religiosa, ni de una emoción pasajera.
La fe nace porque el Padre nos atrae hacia su Hijo. Hay en el fondo del
alma una gracia, una llamada, una moción interior de Dios. A veces la sentimos
con fuerza; otras veces, apenas como una inquietud, como un deseo de buscar
algo más, como un hambre que nada de este mundo logra saciar. Y Jesús hoy nos
dice: esa hambre tiene nombre; ese anhelo encuentra respuesta en Él, porque solo
Él es el Pan de la Vida.
La primera lectura nos muestra cómo obra esa
atracción de Dios en la vida real. El etíope va leyendo al profeta Isaías, pero
no entiende. Entonces Dios le sale al encuentro por medio de Felipe. El ángel
del Señor lo envía, el Espíritu lo guía, Felipe se acerca, explica la
Escritura, anuncia a Jesús, y finalmente aquel hombre pide el bautismo. Es una
escena bellísima de evangelización: Dios prepara el corazón, la Iglesia se
acerca, la Palabra es explicada, Cristo es anunciado, y el hombre renace en el
agua del bautismo. Después sigue su camino lleno de alegría.
Ahí hay un mensaje muy fuerte para nosotros, sobre
todo en esta intención orante por la obra evangelizadora de la Iglesia y por
las vocaciones. Evangelizar no es hacer propaganda religiosa. Evangelizar
es dejarnos usar por Dios para acercarnos al “carro” del otro: al lugar donde
el otro viaja con sus dudas, sus heridas, sus búsquedas, sus preguntas y hasta
sus soledades. Cuántas personas hoy van por la vida leyendo fragmentos sueltos
de esperanza, pero sin encontrar todavía a alguien que les anuncie claramente a
Jesucristo.
Por eso la Iglesia necesita vocaciones santas:
sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, laicos
comprometidos, hombres y mujeres disponibles para correr, como Felipe, al
encuentro del que busca a Dios. La vocación no nace primero de un proyecto
personal, sino de una docilidad al Espíritu. Felipe no improvisa su propia
misión; escucha, obedece y se pone en camino. Y porque se deja conducir,
un corazón se abre a la fe y una vida cambia para siempre.
El salmo responsorial nos da la respuesta de la
asamblea creyente: “Aclamen al Señor, tierra entera”. Y añade: “Vengan a
escuchar… les contaré lo que hizo por mí”. La evangelización comienza
precisamente ahí: cuando uno puede decir, no solo quién es Dios en teoría, sino
lo que Dios ha hecho en mí. El cristiano evangeliza mejor cuando habla
desde una experiencia agradecida; cuando no repite fórmulas vacías, sino que
testimonia la misericordia, la paciencia y la fidelidad de Dios en su propia
historia.
Pidámosle hoy al Señor una gracia muy concreta: que
nos dejemos atraer por el Padre hacia Jesús cada día más. Que no busquemos solo
un Cristo útil, sino al Cristo vivo; no solo sus dones, sino su Persona; no
solo consuelos pasajeros, sino el Pan que da vida eterna. Y pidamos también por
la Iglesia: que nunca falten Felipes, nunca falten evangelizadores ardientes,
nunca falten vocaciones generosas que sepan anunciar a Cristo con claridad,
ternura y valentía.
Que la Eucaristía que celebramos nos recuerde esta
verdad central: Jesús no es un complemento de la vida; Jesús es el Pan
indispensable para vivir de verdad. Y quien se alimenta de Él, aunque
atraviese desiertos, continúa su camino con alegría.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos deja una certeza profundamente consoladora: nadie llega a Jesús por pura iniciativa
propia; es el Padre quien nos atrae hacia Él. En el Evangelio,
Jesús lo dice con claridad: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que
me ha enviado”. Y enseguida añade algo todavía más grande: Él es el pan vivo bajado del cielo,
el alimento que da la vida eterna.
Esto
cambia mucho nuestra manera de vivir la fe. A veces pensamos que oramos,
venimos a misa, leemos la Palabra o servimos en la Iglesia porque nosotros
tomamos la iniciativa, porque se nos ocurrió, porque somos buenos o
responsables. Pero hoy Jesús nos recuerda algo más hondo: antes de que nosotros lo buscáramos,
Dios ya nos estaba buscando. Antes de que pensáramos en Él, el
Padre ya nos estaba llamando. Antes de que decidiéramos acercarnos a la
Eucaristía, Él ya nos estaba atrayendo hacia su Hijo.
Y
esto ilumina bellamente la primera lectura. El etíope iba en su carro leyendo
al profeta Isaías, pero no entendía. Entonces Dios le sale al encuentro: envía
a Felipe, lo pone en camino, lo acerca al hombre que buscaba sentido, y por
medio del anuncio de Jesús aquel corazón termina pidiendo el bautismo. Es una
escena preciosa de evangelización: Dios
prepara el corazón, Dios suscita al misionero, Dios abre la inteligencia, Dios
concede la fe. Y el resultado final es la alegría de un hombre
que sigue su camino transformado por Cristo.
Ahí
aparece una palabra muy importante para nuestra intención orante de hoy: la Iglesia evangeliza porque antes ha
sido enviada. Felipe no evangeliza por gusto personal, ni por
protagonismo, ni para cumplir una tarea fría. Evangeliza porque escucha al
Espíritu y obedece. La Iglesia solo será fecunda cuando viva así: dejándose
conducir por Dios, no por la pura estrategia humana; dejándose mover por el
Espíritu, no solo por planes y estructuras.
Esto
vale también para las vocaciones. Una vocación no nace simplemente del deseo de
“hacer algo bueno”. Nace cuando una persona se deja atraer por el Padre,
fascinar por Cristo y conducir por el Espíritu. Por eso hoy debemos orar con
fervor por la Iglesia, por su obra evangelizadora y por las vocaciones: para
que no falten hombres y mujeres capaces de escuchar la voz de Dios, de
levantarse sin miedo y de acercarse al “carro” de tantos hermanos que van por
la vida con preguntas, heridas, búsquedas y hambre de verdad.
El
salmo responsorial nos da la respuesta del corazón creyente: “Aclama al Señor, tierra entera”.
Y luego dice: “Vengan a escuchar, les contaré lo que hizo por mí”. La
evangelización comienza precisamente ahí: cuando uno no habla de un Dios
lejano, sino del Dios que ha actuado en su propia vida. Evangeliza de verdad el
que puede decir: el Señor me sostuvo, me corrigió, me levantó, me alimentó, me
tuvo paciencia, me dio nueva esperanza.
Y
llegamos así al centro de todo: la
Eucaristía. Jesús no dice solamente que enseña el camino; dice
que Él mismo es el Pan vivo.
La misa, entonces, no es un favor que nosotros le hacemos a Dios. No venimos a
cumplirle. Venimos porque el Padre nos invita a recibir el Cuerpo y la Sangre
de su Hijo como alimento para el camino. Venimos porque tenemos hambre de
eternidad, aunque a veces no sepamos nombrarla. Venimos porque sin ese Pan el
alma se debilita, la fe se enfría y el corazón se extravía.
Qué
distinto sería participar en cada misa si entráramos con esta convicción: hoy el Padre me está atrayendo hacia
Jesús. Hoy no vengo solo por costumbre, ni solo por obligación,
ni solo porque “me toca”. Hoy vengo porque Dios me llama a sentarme a su mesa.
Hoy vengo porque Cristo quiere darse a mí. Hoy vengo porque el cielo se inclina
sobre mi pobreza para alimentarme con el Pan de vida.
Pidámosle
entonces al Señor tres gracias. Primero, un corazón humilde, para reconocer que
la fe es don antes que mérito. Segundo, un corazón agradecido, para vivir cada
Eucaristía como regalo inmenso. Y tercero, un corazón misionero, para que la
Iglesia nunca se canse de anunciar a Cristo y surjan vocaciones santas,
generosas y valientes al servicio del Evangelio.
Que
María, mujer atraída totalmente por el Padre y entregada por completo al Hijo,
nos enseñe a decir nuestro “sí”. Y que al acercarnos hoy a la Eucaristía,
podamos hacerlo con fe viva, con gratitud profunda y con la certeza de que Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado
del cielo para la vida del mundo.
Amén.

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