El Instituto Cervantes lo presenta como poeta, novelista, dramaturgo, cuentista y crítico uruguayo de la Generación del 45, y subraya que su “literatura ciudadana” fue su modo de comunicarse con los lectores.
Algo parecido a lo que me ocurrió con el mexicano Juan
Rulfo me sucedió también con Benedetti. Antes de leerlo con calma, antes de
saborear su poesía o de entender su lugar en la literatura latinoamericana, su
nombre ya me rondaba desde las clases de Español y Literatura del colegio.
Allí, entre autores que uno escuchaba mencionar con respeto casi sagrado,
apareció el nombre de aquel uruguayo de bigote sereno y mirada melancólica.
Más tarde, en Colombia, su mundo me llegó también
por la televisión, gracias a La tregua, novela suya publicada en 1960 y
adaptada por RTI Televisión en 1980; el archivo del Instituto de Artes del
Espectáculo registra esa versión televisiva colombiana, con guiones de 32
capítulos y adaptación de Juan Carlos Gené.
(Instituto de Artes del Espectáculo)
Para muchos de mi generación, Benedetti fue primero
una resonancia: un nombre que sonaba a literatura seria, a sensibilidad urbana,
a amor herido, a nostalgia, a exilio y a compromiso. Después vino el
descubrimiento de que aquel narrador de La tregua era también un poeta
leído con verdadero deleite por jóvenes que encontraban en sus versos una forma
sencilla, directa y profunda de decir lo que a veces no sabían expresar: el
amor, la ausencia, la esperanza, la derrota, el cansancio de vivir, la alegría
de resistir.
Benedetti nació en Paso de los Toros, Uruguay,
el 14 de septiembre de 1920. Su vida no fue la de un escritor encerrado
desde el comienzo en una torre de marfil. Trabajó en distintos oficios, fue
periodista, crítico de cine y teatro, colaborador del semanario Marcha,
y poco a poco construyó una obra enorme, cercana a los lectores comunes.
Con Poemas de la oficina impactó la poesía
uruguaya, y con La tregua alcanzó una proyección internacional que lo
convirtió en uno de los nombres mayores de las letras hispanoamericanas del siglo
XX. (Instituto Cervantes)
Su obra tiene algo muy particular: Benedetti
convirtió la vida cotidiana en materia literaria. La oficina, el café, la
calle, el amor tardío, el empleado público, el hombre cansado, la mujer que
espera, el país herido por la dictadura, el exiliado que no termina de
pertenecer a ninguna parte: todo eso aparece en su literatura. No escribió solo
para especialistas, sino para lectores de carne y hueso. Por eso sus poemas
viajaron tanto. Por eso pudieron ser musicalizados por artistas como Joan
Manuel Serrat, Daniel Viglietti y Nacha Guevara, entre otros. (Instituto Cervantes)
Pero hay una pregunta que siempre resulta
interesante cuando uno se aproxima a un autor desde una sensibilidad creyente: ¿creía
Mario Benedetti en Dios? ¿Cuál fue su relación con la fe, con la Iglesia, con
la espiritualidad?
La respuesta debe darse con honestidad. Benedetti
no fue un escritor católico en sentido confesional ni parece haber tenido una
profesión religiosa cristiana practicante.
En una entrevista de 2003, la agencia EFE lo
presentó claramente como ateo, y allí aparece una frase que resume muy bien su
postura ética: “La conciencia es la única religión”. (EFE Servicios)
Otras lecturas lo describen como agnóstico, pero en
cualquier caso no se le puede presentar como creyente en el sentido tradicional
de la palabra. (Vida
Nueva)
Sin embargo, decir simplemente “Benedetti era ateo”
puede resultar demasiado pobre. En su obra, Dios no está totalmente ausente.
Está como pregunta, como herida, como nostalgia, como reclamo, como ironía,
como deseo de una justicia que el mundo no ofrece del todo. Hay poetas que
creen rezando; otros, tal vez, discuten con Dios aun cuando dicen no creer.
Benedetti pertenece a esa región compleja donde la incredulidad no equivale a
indiferencia. Su poema Ausencia de Dios, por ejemplo, ha sido leído como
una expresión de pérdida, de vacío espiritual, de memoria de una fe que ya no
sostiene, pero cuya ausencia todavía duele.
Vida Nueva ha señalado justamente que, aunque
Benedetti se declarara agnóstico, muchas de sus creaciones entraron de lleno en
el ámbito espiritual.
Su relación con la catolicidad fue, por tanto,
crítica y distante. No parece haber sido un enemigo vulgar de la religión, sino
un hombre profundamente ético que desconfiaba de una fe desencarnada, de una
religión incapaz de comprometerse con el sufrimiento real, de una idea de Dios
que no pasara por la justicia, el amor concreto y la dignidad humana. En
algunos poemas, Benedetti cuestiona al creyente, interroga la imagen de Dios,
sospecha de las respuestas fáciles y enfrenta el dolor de un mundo donde
existen torturas, injusticias, exilios y soledades. Esa crítica no debe ser
leída solo como agresión a la fe, sino también como una provocación moral: ¿qué
valor tiene creer en Dios si esa fe no nos vuelve más humanos, más compasivos,
más responsables del prójimo?
Desde una mirada cristiana, uno puede no compartir
su ateísmo o su agnosticismo, pero sí reconocer en Benedetti una búsqueda de
humanidad. Su “religión de la conciencia” no alcanza, para el creyente, la
plenitud de la fe; pero puede verse como un reclamo contra toda religión vacía
de misericordia. En ese sentido, Benedetti recuerda una verdad evangélica
incómoda: no basta decir “Señor, Señor”; hay que amar, perdonar, servir,
liberar, acompañar, hacer justicia.
La espiritualidad de Benedetti no fue litúrgica ni
dogmática. Fue una espiritualidad de la ternura, de la memoria, del amor fiel,
de la solidaridad, de la resistencia ante la muerte y la injusticia. Su poesía
tiene una dimensión casi pastoral en el sentido humano de la palabra: consuela
sin predicar, acompaña sin imponer, pone palabras donde muchos solo tienen
nudos en la garganta. Por eso lo leyeron y lo siguen leyendo tantos jóvenes.
Porque Benedetti no hablaba desde la grandilocuencia, sino desde una cercanía
casi doméstica.
También fue un escritor marcado por el compromiso
político y por el exilio. Tras el golpe de Estado de 1973 en Uruguay, abandonó
su país y vivió en distintos lugares, entre ellos Argentina, Perú, Cuba y
España. Ese exilio alimentó una parte esencial de su obra y reforzó su imagen
de escritor comprometido con la democracia, la memoria y los derechos humanos.
Al regresar la democracia, volvió a Uruguay y
acompañó acciones de la sociedad uruguaya por el esclarecimiento de los
crímenes de la dictadura. (Fundación Mario Benedetti)
En sus últimos años, Benedetti fue acumulando
homenajes, premios y reconocimientos, pero también pérdidas. En 2006 enviudó de
Luz López Alegre, su esposa durante 60 años, y decidió vivir todo el año
en Uruguay.
La Fundación Mario Benedetti registra que donó
miles de libros de su biblioteca madrileña al Centro de Estudios
Iberoamericanos Mario Benedetti de la Universidad de Alicante. (Fundación Mario Benedetti) Esa imagen conmueve:
el escritor que va cerrando etapas, que vuelve a su tierra, que entrega libros
como quien entrega pedazos de vida.
Su salud se deterioró en los años finales. Reuters
informó que había sido internado a finales de abril de 2009 por una enfermedad
intestinal crónica, fue dado de alta el 6 de mayo y murió el 17 de mayo en su
casa de Montevideo. También señaló que padecía problemas intestinales y
respiratorios, y que su asma crónica condicionaba sus viajes y estancias entre
Uruguay y España. (Reuters)
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recuerda
que el gobierno uruguayo decretó duelo nacional, que fue velado con honores en
el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo y que, junto a las
flores, los lectores dejaron bolígrafos como tributo al escritor. (Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes)
Ese detalle de los bolígrafos es profundamente
simbólico. A Benedetti no se le despidió solo como a una celebridad, sino como
a alguien que había enseñado a escribir, a sentir, a resistir, a nombrar la
vida. Las flores se marchitan; los bolígrafos sugieren que la palabra continúa.
¿Qué influencia deja Mario Benedetti en la
literatura latinoamericana?
Una influencia enorme, aunque no exenta de
discusiones críticas. Algunos lo han considerado demasiado sencillo, demasiado
sentimental o demasiado popular. Pero esa supuesta sencillez fue precisamente
una de sus fuerzas. Benedetti hizo que la poesía saliera del pedestal y entrara
en la conversación cotidiana. Acercó la literatura a lectores que tal vez no
habrían llegado a ella por caminos más académicos. Dio dignidad literaria a la
oficina, a la rutina, al amor maduro, a la tristeza común, a la esperanza
posible.
Benedetti dejó una literatura de la cercanía. No
fue hermético; fue transparente. No buscó deslumbrar con oscuridades, sino
acompañar con claridad. Su obra sigue viva porque toca fibras muy humanas: el
amor que llega tarde, la muerte que interrumpe, la patria que duele, el exilio
que divide, la memoria que salva, la conciencia que reclama, la alegría que se
defiende aun en medio del desencanto.
Desde mi sensibilidad de lector creyente, puedo
decir que Benedetti no fue un poeta de la fe, pero sí un poeta de las preguntas
que la fe no puede ignorar. No fue un cantor de Dios, pero sí un testigo de esa
sed humana que, aun cuando se declara sin Dios, sigue buscando justicia,
ternura, compañía y sentido. Quizás por eso sus versos siguen regresando:
porque en ellos el ser humano aparece pobre y grande al mismo tiempo, frágil y
digno, herido y esperanzado.
Hoy, al recordar su muerte, no celebramos
simplemente una fecha literaria. Recordamos a un hombre que convirtió la
palabra en refugio, denuncia y compañía. A un escritor que hizo de la poesía
una forma de conversación con la vida. A un autor que, desde su conciencia
laica, nos obliga también a los creyentes a preguntarnos si nuestra fe está
verdaderamente encarnada en amor, justicia y misericordia.
Mario Benedetti murió un 17 de mayo, pero su
palabra sigue concediéndonos treguas: treguas contra el olvido, contra la
indiferencia, contra la desesperanza. Y en tiempos donde tantas voces gritan
sin escuchar, Benedetti permanece como una voz baja, cercana y persistente,
recordándonos que la literatura también puede ser una forma de humanidad
compartida.

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