viernes, 15 de mayo de 2026

16 de mayo del 2026: sábado de la sexta semana de Pascua

 

La providencia

(Hechos 18,23-28; Juan 16,23b-28) Una vez más, nuestras dos lecturas se hacen eco mutuamente. Jesús predica a sus discípulos una fe ardiente en la providencia: deben creer que toda petición hecha en el Espíritu —que prolongará y desplegará su presencia en ellos— será escuchada por el Padre. Corinto, donde la comunidad tiene gran necesidad de apoyo, recibe providencialmente a Apolo, el hombre indicado para la situación, encontrado casi por casualidad en Éfeso. ¡Dios provee!

Jean-Marc Liautaud,, Fondacio

 


Primera lectura

Hch 18, 23-28
Apolo demostraba con la Escritura que Jesús es el Mesías

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

PASADO algún tiempo en Antioquía, Pablo marchó y recorrió sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos.
Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras. Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.
Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 8-9. 10 (R.: 8a)

R. Dios es el rey del mundo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra.
 R.

V. Porque Dios es el rey del mundo:
toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. 
R.

V. Los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abrahán;
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y él es excelso. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. R.

 

Evangelio

Jn 16, 23b-28

El Padre los quiere porque ustedes me quieren y creen

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará.
Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre; pidan, y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente.
Aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque ustedes me quieren y creen que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la sexta semana de Pascua nos invita a contemplar una realidad profundamente consoladora: Dios no abandona a su Iglesia, Dios no abandona a sus discípulos, Dios no abandona a quienes caminan con fe. A esa acción amorosa, discreta y eficaz de Dios en nuestra historia la llamamos providencia.

Providencia no significa que todo nos saldrá como queremos. No significa que nunca tendremos problemas, cansancios, enfermedades, dificultades familiares o crisis espirituales. Providencia significa algo más profundo: Dios está presente en medio de la historia, guiando, sosteniendo, abriendo caminos, enviando personas, iluminando decisiones y haciendo fecundo incluso aquello que parece pequeño o accidental.

En el Evangelio, Jesús dice a sus discípulos:

“Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.”

Jesús está preparando a los suyos para el tiempo de su aparente ausencia visible. Ya no lo verán como antes. Se acerca la hora de la cruz, de la Pascua, de la vuelta al Padre. Pero Jesús no los deja huérfanos. Les enseña a confiar. Les dice que el Padre los ama. Les recuerda que la oración hecha en su nombre no cae en el vacío.

Pedir en nombre de Jesús no es usar su nombre como una fórmula mágica. Pedir en nombre de Jesús significa orar unidos a Él, con su espíritu, con sus sentimientos, con su obediencia al Padre. Es decirle a Dios: “Padre, no quiero imponer mi voluntad; quiero aprender a querer lo que tu Hijo quiere. Quiero confiar como Él confió. Quiero esperar como Él esperó. Quiero amar como Él amó.”

Y cuando una persona ora así, aunque no siempre reciba exactamente lo que pide, siempre recibe algo más grande: la certeza de que el Padre la escucha, la sostiene y la conduce.

La primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Apolo. Era un hombre elocuente, conocedor de las Escrituras, fervoroso de espíritu, capaz de hablar de Jesús con entusiasmo. Pero todavía necesitaba una formación más completa. Entonces aparecen Priscila y Aquila, dos cristianos sencillos pero profundamente comprometidos, que lo acogen y le explican con mayor precisión el camino de Dios.

Aquí vemos una escena preciosa de providencia. Dios no trabaja solamente a través de grandes milagros visibles. Muchas veces su providencia se manifiesta en encuentros, conversaciones, correcciones fraternas, personas que llegan en el momento justo, hermanos que nos ayudan a comprender mejor la fe, comunidades que nos sostienen cuando estamos débiles.

Apolo tenía dones, pero necesitaba ser acompañado. Priscila y Aquila tenían fe y experiencia, y supieron orientar sin humillar, corregir sin apagar el entusiasmo, formar sin despreciar. Así actúa Dios en la Iglesia: unos evangelizan, otros acompañan; unos predican, otros forman; unos siembran, otros riegan; pero es Dios quien hace crecer.

Cuánto necesitamos hoy esta misma actitud en nuestras comunidades. A veces nos cuesta aceptar que necesitamos aprender. Otras veces nos cuesta corregir con caridad. Algunos tienen entusiasmo, pero les falta profundidad. Otros tienen doctrina, pero les falta fuego. Algunos tienen experiencia, pero les falta paciencia con quienes están comenzando. La comunidad cristiana madura cuando todos aceptamos que Dios puede servirse de nosotros, pero también que todos necesitamos ser instruidos, corregidos y fortalecidos.

El salmo nos hace proclamar:

“Dios es el rey del mundo.”

Esta afirmación sostiene toda la liturgia de hoy. Dios reina. Dios guía. Dios conduce la historia. Aunque a veces el mundo parezca en manos del caos, de la violencia, de la mentira, de la injusticia o del egoísmo, la fe pascual nos recuerda que Cristo resucitado ha vencido. El mal hace ruido, pero no tiene la última palabra. La muerte hiere, pero no reina definitivamente. La oscuridad asusta, pero no puede apagar la luz de Cristo.

Y por eso podemos confiar en la providencia.

La providencia de Dios se ve en la historia de la Iglesia, pero también en nuestra vida personal. Si miramos hacia atrás, descubrimos que hubo personas que Dios puso en nuestro camino. Tal vez un catequista, una madre, un padre, un abuelo, un sacerdote, una religiosa, un maestro, un amigo, una comunidad. En su momento quizás no entendimos la importancia de esos encuentros. Pero con el paso del tiempo decimos: “Ahí estaba Dios. Ahí me estaba guiando. Ahí me estaba cuidando.”

También María, cuya memoria celebramos en este sábado, es signo humilde y luminoso de la providencia de Dios. En María vemos a la mujer que confía sin tenerlo todo claro. El ángel le anuncia un camino inmenso y misterioso; ella no controla todos los detalles, pero responde: “Hágase en mí según tu palabra.”

María cree en la providencia. Cree que Dios sabe más. Cree que Dios sostiene. Cree que Dios no falla. Y por eso camina. Camina a Belén, camina a Egipto, camina a Nazaret, camina al Calvario, camina con la Iglesia naciente en Pentecostés.

María nos enseña que la providencia no siempre evita la cruz, pero siempre nos acompaña en ella. No siempre nos libra del dolor, pero nos ayuda a atravesarlo con fe. No siempre nos da respuestas inmediatas, pero nos enseña a guardar las cosas en el corazón hasta que Dios las ilumine.

Queridos hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿confío de verdad en la providencia de Dios? ¿O vivo dominado por la ansiedad, como si todo dependiera únicamente de mis fuerzas? ¿Sé reconocer a las personas que Dios pone en mi camino? ¿Me dejo formar, como Apolo? ¿Sé acompañar a otros, como Priscila y Aquila? ¿Oro al Padre en nombre de Jesús, buscando su voluntad y no solamente mis deseos?

La Pascua nos invita a vivir con una confianza nueva. Jesús ha vuelto al Padre, pero no se ha alejado de nosotros. Su Espíritu sigue actuando en la Iglesia. Su presencia sigue desplegándose en los corazones. Su amor sigue sosteniendo la misión.

Dios provee. Dios envía. Dios ilumina. Dios corrige. Dios fortalece. Dios abre puertas. Dios pone personas en el camino. Dios escucha la oración hecha con fe.

Pidamos hoy esa gracia: tener un corazón confiado, humilde y disponible. Un corazón que ore sin desesperarse. Un corazón que trabaje sin creer que todo depende de sí mismo. Un corazón que se deje enseñar. Un corazón que, como María, sepa decir cada día:

“Señor, no lo entiendo todo, pero confío en Ti.
No lo controlo todo, pero me abandono en tus manos.
No veo todo el camino, pero sé que Tú provees.”

Amén.

 

2

 

Pedir en nombre de Jesús para que nuestra alegría sea plena

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la sexta semana de Pascua nos coloca ante una de las promesas más hermosas y más exigentes de Jesús:

“Lo que pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.”

Jesús pronuncia estas palabras en el contexto de su discurso de despedida. Está preparando a sus discípulos para la hora de la cruz, para su partida visible, para el tiempo nuevo en que ya no lo tendrán físicamente caminando con ellos como antes. Pero no los deja abandonados. Les revela un camino de intimidad profunda con Dios: orar al Padre en su nombre.

Ahora bien, esta promesa puede ser malentendida. Jesús no está diciendo que la oración sea una fórmula mágica para conseguir todo lo que se nos ocurre. No está prometiendo que Dios cumplirá todos nuestros caprichos, ni que la fe consiste en pedir y recibir automáticamente aquello que deseamos. Pedir en nombre de Jesús significa algo mucho más profundo: orar unidos a Él, con su corazón, con su voluntad, con su confianza filial, con su obediencia al Padre.

Pedir en nombre de Jesús es aprender a decir: “Padre, no quiero solamente que se haga mi voluntad; quiero entrar en la voluntad de tu Hijo. Quiero amar como Él ama. Quiero confiar como Él confía. Quiero buscar lo que Él busca. Quiero que mi vida se parezca a la suya.”

Por eso Jesús añade una finalidad preciosa: “para que su alegría sea completa.”

La alegría completa no es simplemente estar contentos porque las cosas salen bien. No es una emoción pasajera, ni una satisfacción superficial. La alegría completa de la que habla Jesús nace de la comunión con Dios. Es la alegría de sabernos amados por el Padre, salvados por Cristo y habitados por el Espíritu Santo. Es la alegría que no depende solo de las circunstancias externas, porque brota de una fuente más profunda: la vida misma de Dios en nosotros.

El pecado, en cambio, nos promete felicidad, pero termina robándonos la alegría. Nos ofrece caminos aparentemente fáciles, pero nos separa de la fuente de la vida. El pecado siempre engaña: nos hace pensar que seremos más libres sin Dios, más felices lejos de su voluntad, más dueños de nosotros mismos si dejamos de escuchar su Palabra. Pero al final nos deja vacíos, divididos, tristes y cansados.

Jesús, en cambio, nos muestra el verdadero camino: volver al Padre por medio de Él.

La oración cristiana no es solamente pedir favores. Muchas veces nuestra oración se queda en una lista de necesidades: Señor, dame salud; Señor, resuelve este problema; Señor, ayúdame en esta dificultad; Señor, abre esta puerta. Y todo eso está bien, porque somos hijos necesitados y Dios es Padre. Pero la oración no puede quedarse solo en pedir cosas. La oración cristiana debe crecer hasta convertirse en adoración.

Adorar es reconocer que Dios es Dios. Es ponernos ante Él no solo por lo que nos puede dar, sino por lo que Él es. Adorar es decirle al Señor: “Tú eres mi Dios, mi Salvador, mi todo. Aunque no me des inmediatamente lo que pido, yo te amo. Aunque no entienda todo lo que ocurre, yo confío. Aunque tenga lágrimas en el alma, yo sé que Tú eres mi vida.”

Por eso hemos de hablar de la oración como culto divino, como adoración. La adoración es la forma más alta del amor, porque ya no buscamos primero los dones de Dios, sino a Dios mismo. Y cuando encontramos a Dios, entonces recibimos lo más grande: su presencia, su paz, su gracia y su alegría.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, aparece Apolo, un hombre elocuente, conocedor de las Escrituras, fervoroso, lleno de entusiasmo para hablar de Jesús. Pero todavía necesitaba ser instruido con mayor precisión. Entonces Priscila y Aquila lo acogen y lo ayudan a comprender mejor el camino de Dios.

También aquí vemos cómo actúa la gracia. Apolo tenía dones, pero necesitaba formación. Tenía entusiasmo, pero necesitaba madurar. Tenía palabra, pero necesitaba mayor profundidad. Y Dios, providencialmente, le pone en el camino a Priscila y Aquila.

Esto nos recuerda que nadie crece solo en la fe. También nuestra oración necesita ser educada. También nuestra forma de pedir necesita purificarse. También nuestra manera de relacionarnos con Dios debe madurar. A veces empezamos buscando a Dios por necesidad; luego aprendemos a buscarlo por amor. A veces comenzamos diciendo: “Señor, dame esto”; y poco a poco el Espíritu nos enseña a decir: “Señor, me entrego a Ti.”

La comunidad cristiana tiene precisamente esa misión: ayudarnos a crecer. Hay hermanos que nos enseñan a orar mejor, a entender mejor la Palabra, a vivir con mayor fidelidad. Hay personas que Dios pone en nuestro camino para corregirnos con caridad, iluminarnos con humildad y acompañarnos sin apagar el fuego que llevamos dentro.

El salmo proclama:

“Dios es el rey del mundo.”

Esta afirmación nos introduce en la adoración. Dios reina. Dios es Señor. Dios no es simplemente un recurso para nuestros momentos difíciles. Dios no es una ayuda de emergencia a la que acudimos solo cuando ya no podemos más. Dios es el centro, el principio y el fin de nuestra existencia.

Cuando reconocemos que Dios reina, nuestra oración cambia. Ya no oramos como quien exige, sino como quien confía. Ya no oramos como quien negocia, sino como quien se entrega. Ya no oramos solo para que Dios cambie las circunstancias, sino para que transforme nuestro corazón.

Y aquí entra de manera hermosa la memoria de María en sábado.

María es maestra de oración y de adoración. En ella vemos una fe que no se limita a pedir explicaciones. Cuando el ángel le anuncia el misterio de la Encarnación, ella pregunta, ciertamente, pero no desde la incredulidad, sino desde la disponibilidad. Y termina diciendo:

“Hágase en mí según tu palabra.”

Esa es una oración perfecta. María no le impone a Dios su plan; se abre al plan de Dios. No busca controlar el misterio; se deja envolver por él. No exige seguridades humanas; confía en la fidelidad del Señor.

María también adoró a Jesús antes que nadie. Lo adoró en su seno virginal, en Belén, en Nazaret, en el silencio de la vida cotidiana, en Caná, al pie de la cruz y en la espera de Pentecostés. Ella nos enseña que la verdadera oración no es ruido, ansiedad ni acumulación de palabras. La verdadera oración nace de un corazón que escucha, ama, adora y se entrega.

Por eso, queridos hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿cómo es mi oración? ¿Oro solamente cuando necesito algo? ¿Busco a Dios solo para que me resuelva problemas? ¿O he aprendido también a adorarlo, a alabarlo, a darle gracias, a permanecer ante Él simplemente porque Él es mi Dios?

Una de las formas más bellas de vivir esta oración de adoración es la Eucaristía. En cada Misa, la Iglesia ora al Padre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Y en la adoración eucarística, nos arrodillamos ante Jesús realmente presente, no para hablar mucho necesariamente, sino para reconocerlo como Señor.

Ante el Santísimo Sacramento podemos decir: “Jesús, Tú eres mi Dios. Tú eres mi alegría. Tú eres mi paz. Tú eres el sentido de mi vida. No quiero buscarte solo por lo que me das; quiero amarte por lo que eres.”

Cuando adoramos así, nuestra oración se une a la oración de Cristo. Y entonces el Padre nos mira en su Hijo amado. Nuestra voz, pobre y frágil, queda unida a la voz de Jesús. Nuestra súplica, limitada y débil, entra en la oración perfecta del Hijo al Padre. Ahí comienza la alegría completa.

No una alegría artificial. No una alegría que niega los problemas. No una alegría ingenua. Sino una alegría pascual: la alegría de quien sabe que Cristo ha vencido, que el Padre nos ama, que el Espíritu nos acompaña y que nuestra vida está llamada a participar de la comunión eterna de Dios.

Pidamos hoy la gracia de orar mejor. De pedir, sí, porque somos hijos. Pero también de adorar, porque Dios es digno de todo amor. Pidamos la gracia de no apagar la alegría con el pecado, la queja o la desconfianza. Pidamos la gracia de dejarnos formar, como Apolo, y de acompañar a otros, como Priscila y Aquila. Pidamos la gracia de vivir como María: creyendo, adorando y entregándonos.

Y que al acercarnos al altar podamos decir con todo el corazón:

Señor Jesús, creo que Tú eres Dios.
Te adoro con toda mi alma.
Purifica mi oración, transforma mis deseos,
enséñame a pedir en tu nombre
y haz que mi alegría sea completa.

Amén.

 

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