martes, 25 de agosto de 2026

26 de agosto del 2026: miércoles de la vigésima primera semana del tiempo ordinario-II

 

Verdaderos

Jesús nos invita a ser auténticos en lo más profundo de nosotros mismos, sin ocultar lo que realmente somos. Nos impulsa a no juzgar a los demás, sino a mirar primero nuestro propio corazón, reconocer con humildad nuestras incoherencias y dejarnos transformar por su gracia.

La verdadera pureza no consiste únicamente en cuidar las apariencias o cumplir exteriormente las normas, sino en vivir con un corazón sincero, justo y misericordioso. Cuando el interior está lleno de la presencia de Dios, nuestras palabras y obras también se vuelven limpias y verdaderas.

Hoy pidamos al Señor que nos libre de la hipocresía y nos conceda la gracia de vivir con transparencia, de modo que exista armonía entre lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos. Así podremos ser ante los demás lo que estamos llamados a ser ante Dios: hombres y mujeres de corazón limpio.

“Limpia primero por dentro la copa, para que también por fuera quede limpia” (Mt 23,26).

 P.E.I


Primera lectura

2 Tes 3, 6-10. 16-18
Si alguno no quiere trabajar, que no coma

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.

EN nombre del Señor Jesucristo, les mandamos, hermanos, que se aparten de todo hermano que lleve una vida desordenada y no conforme con la tradición que recibió de nosotros.
Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre ustedes sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para ninguno de ustedes. No porque no tuviéramos derecho, sino para darles en nosotros un modelo que imitar.
Además, cuando estábamos entre ustedes, les mandábamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma.
Que el mismo Señor de la paz les dé la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos ustedes.
El saludo va de mi mano, Pablo; esta es la contraseña en toda carta; esta es mi letra.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 127, 1bc-2. 4-5 (R.: cf. 1b)

R. Dichosos los que temen al Señor.

V. Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. 
R.

V. Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sion,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Quien guarda la Palabra de Cristo,
ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. 
R.

 

Evangelio

Mt 23, 27-32

Son hijos de los que asesinaron a los profetas

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que se parecen a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están repletos de hipocresía y crueldad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que edifican sepulcros a los profetas y ornamentan los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”! Con esto atestiguan en su contra, que son hijos de los que asesinaron a los profetas. Colmen también ustedes la medida de sus padres!».

Palabra del Señor.

 

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verdaderos por dentro y por fuera

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a vivir una fe verdadera, coherente y transparente; una fe que no se limite a las apariencias, sino que transforme profundamente nuestro corazón y se manifieste en nuestra manera de trabajar, relacionarnos y servir.

En el Evangelio, Jesús pronuncia palabras muy fuertes contra los escribas y fariseos:

“Por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre”.

Jesús utiliza la imagen de los sepulcros blanqueados. Exteriormente podían verse limpios y hermosos, pero en su interior guardaban muerte e impureza. Con esta comparación, el Señor denuncia una religiosidad preocupada por ofrecer una buena imagen, pero incapaz de reconocer y transformar aquello que se esconde en el corazón.

Cristo no condena el cuidado de nuestras obras exteriores. Lo que denuncia es la contradicción entre lo que mostramos y lo que realmente vivimos. Podemos pronunciar palabras piadosas, participar en celebraciones, conocer los mandamientos y hablar de Dios; pero si guardamos resentimientos, juzgamos con dureza, despreciamos al prójimo o actuamos con injusticia, nuestra vida corre el riesgo de convertirse en una fachada religiosa.

Jesús nos invita a ser verdaderos en lo más profundo de nosotros mismos, sin esconder nuestras heridas, debilidades e incoherencias delante de Dios. Él no espera que finjamos ser perfectos; espera que seamos sinceros, humildes y dispuestos a dejarnos transformar por su gracia.

No debemos confundir la santidad con la apariencia de perfección. El santo no es quien nunca se equivoca, sino quien reconoce su fragilidad, pide perdón y permite que el Señor lo levante. La hipocresía es ocultar la enfermedad del alma para aparentar salud; la humildad, en cambio, consiste en presentar nuestras heridas a Cristo para que Él pueda curarlas.

San Pablo, en la primera lectura, nos muestra una expresión concreta de esta coherencia. Él recuerda a los tesalonicenses:

“El que no quiera trabajar, que no coma”.

No se trata de despreciar a quien no puede trabajar por causa de la enfermedad, la edad o alguna limitación. Pablo se refiere a quienes, pudiendo asumir sus responsabilidades, viven ociosamente y se aprovechan del esfuerzo ajeno. El apóstol pone su propia conducta como ejemplo: trabajó “día y noche” para no ser una carga para nadie.

La fe verdadera también se reconoce en la responsabilidad cotidiana. Ser cristiano no consiste solamente en rezar, sino también en trabajar honradamente, cumplir la palabra dada, cuidar a la familia, respetar a los demás y colaborar en la construcción del bien común. Nuestro trabajo, aunque parezca humilde o rutinario, puede convertirse en oración y servicio cuando lo realizamos con amor, honestidad y espíritu fraterno.

Aquí encontramos una fuerte conexión entre la primera lectura y el Evangelio. Jesús rechaza una religiosidad de apariencias, y san Pablo pide una fe que se demuestre mediante una vida responsable. No basta con parecer buenos: debemos esforzarnos por hacer el bien. No basta con hablar de fraternidad: es necesario evitar ser una carga injusta para los demás. No basta con proclamar nuestra fe: debemos permitir que ilumine nuestros deberes diarios.

El salmo nos señala el camino de esta vida auténtica:

“Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos”.

El temor del Señor no significa vivir asustados ante Dios, sino reconocerlo como el centro de nuestra existencia, confiar en su voluntad y caminar por sus senderos. El salmista une la bendición de Dios con el trabajo honrado:

“Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”.

La felicidad que ofrece la Escritura no se basa en las apariencias, el prestigio o la aprobación de los demás. Nace de una conciencia recta, del trabajo realizado dignamente, de la comunión familiar y de la certeza de caminar en presencia del Señor.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: ¿existe armonía entre lo que creo, lo que digo y lo que hago? ¿Busco agradar a Dios o mantener una buena imagen ante los demás? ¿Cumplo responsablemente mis compromisos? ¿Reconozco humildemente aquello que el Señor necesita limpiar dentro de mí?

No tengamos miedo de mirar nuestro interior. Cristo no entra en nuestro corazón para condenarnos, sino para purificarnos, sanarnos y llenarnos de vida. Abrámosle incluso aquellas habitaciones que mantenemos cerradas: los resentimientos, los temores, las culpas, los pecados ocultos y las heridas que todavía no hemos sabido entregar.

En esta Eucaristía oramos especialmente por los enfermos. Encomendamos a quienes padecen enfermedades físicas, emocionales o espirituales; a quienes esperan un diagnóstico, atraviesan un tratamiento o sienten que sus fuerzas disminuyen. Pedimos también por sus familiares, cuidadores y por el personal sanitario que los acompaña.

La enfermedad nos recuerda que no siempre podemos producir, trabajar o sostenernos por nosotros mismos. Por eso, las palabras de san Pablo nunca pueden emplearse para juzgar a quien está impedido. Al contrario, la comunidad cristiana está llamada a sostener a los débiles, acompañar a quienes sufren y hacer visible la ternura de Dios. El enfermo no es una carga: es un hermano en quien Cristo mismo nos sale al encuentro.

Que el Señor de la paz, como dice san Pablo, nos conceda su paz “siempre y en toda ocasión”. Que dé fortaleza a quienes sufren, sabiduría a los médicos, paciencia a quienes cuidan y generosidad a nuestras comunidades para no abandonar a ningún enfermo.

Pidámosle al Señor un corazón limpio y verdadero; que no vivamos para aparentar, sino para amar; que nuestra oración se convierta en servicio, nuestro trabajo en ofrenda y nuestra fe en una vida coherente.

Señor Jesús, límpianos por dentro, sana nuestras enfermedades, fortalece a quienes sufren y haz que nuestras obras manifiesten sinceramente la fe que profesamos. Amén.

 

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