Verdaderos
Jesús nos invita a ser auténticos en lo más
profundo de nosotros mismos, sin ocultar lo que realmente somos. Nos impulsa a
no juzgar a los demás, sino a mirar primero nuestro propio corazón, reconocer
con humildad nuestras incoherencias y dejarnos transformar por su gracia.
La verdadera pureza no consiste únicamente en
cuidar las apariencias o cumplir exteriormente las normas, sino en vivir con un
corazón sincero, justo y misericordioso. Cuando el interior está lleno de la
presencia de Dios, nuestras palabras y obras también se vuelven limpias y
verdaderas.
Hoy pidamos al Señor que nos libre de la hipocresía
y nos conceda la gracia de vivir con transparencia, de modo que exista armonía
entre lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos. Así podremos ser ante
los demás lo que estamos llamados a ser ante Dios: hombres y mujeres de corazón
limpio.
“Limpia primero por dentro la copa, para que
también por fuera quede limpia” (Mt 23,26).
Primera lectura
Si alguno no
quiere trabajar, que no coma
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.
EN nombre del Señor Jesucristo, les mandamos, hermanos, que se aparten de todo
hermano que lleve una vida desordenada y no conforme con la tradición que
recibió de nosotros.
Ya saben ustedes cómo tienen que imitar nuestro ejemplo: No vivimos entre
ustedes sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie, sino que con
cansancio y fatiga, día y noche, trabajamos a fin de no ser una carga para
ninguno de ustedes. No porque no tuviéramos derecho, sino para darles en
nosotros un modelo que imitar.
Además, cuando estábamos entre ustedes, les mandábamos que si alguno no quiere
trabajar, que no coma.
Que el mismo Señor de la paz les dé la paz siempre y en todo lugar. El Señor
esté con todos ustedes.
El saludo va de mi mano, Pablo; esta es la contraseña en toda carta; esta es mi
letra.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dichosos
los que temen al Señor.
V. Dichoso
el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R.
V. Esta es la
bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sion,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R.
Aclamación
V. Quien
guarda la Palabra de Cristo,
ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. R.
Evangelio
Son hijos de
los que asesinaron a los profetas
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que se parecen a los sepulcros
blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de
huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo ustedes: por fuera parecen justos,
pero por dentro están repletos de hipocresía y crueldad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que edifican sepulcros a los
profetas y ornamentan los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos
vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el
asesinato de los profetas”! Con esto atestiguan en su contra, que son hijos de
los que asesinaron a los profetas. Colmen también ustedes la medida de sus
padres!».
Palabra del Señor.
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verdaderos por dentro y por fuera
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios nos invita hoy a vivir una fe verdadera, coherente y transparente;
una fe que no se limite a las apariencias, sino que transforme profundamente
nuestro corazón y se manifieste en nuestra manera de trabajar, relacionarnos y
servir.
En
el Evangelio, Jesús pronuncia palabras muy fuertes contra los escribas y
fariseos:
“Por
fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de
toda podredumbre”.
Jesús
utiliza la imagen de los sepulcros blanqueados. Exteriormente podían verse
limpios y hermosos, pero en su interior guardaban muerte e impureza. Con esta
comparación, el Señor denuncia una religiosidad preocupada por ofrecer una
buena imagen, pero incapaz de reconocer y transformar aquello que se esconde en
el corazón.
Cristo
no condena el cuidado de nuestras obras exteriores. Lo que denuncia es la
contradicción entre lo que mostramos y lo que realmente vivimos. Podemos
pronunciar palabras piadosas, participar en celebraciones, conocer los
mandamientos y hablar de Dios; pero si guardamos resentimientos, juzgamos con
dureza, despreciamos al prójimo o actuamos con injusticia, nuestra vida corre
el riesgo de convertirse en una fachada religiosa.
Jesús
nos invita a ser verdaderos en lo más profundo de nosotros mismos, sin esconder
nuestras heridas, debilidades e incoherencias delante de Dios. Él no espera que
finjamos ser perfectos; espera que seamos sinceros, humildes y dispuestos a
dejarnos transformar por su gracia.
No
debemos confundir la santidad con la apariencia de perfección. El santo no es
quien nunca se equivoca, sino quien reconoce su fragilidad, pide perdón y
permite que el Señor lo levante. La hipocresía es ocultar la enfermedad del
alma para aparentar salud; la humildad, en cambio, consiste en presentar
nuestras heridas a Cristo para que Él pueda curarlas.
San
Pablo, en la primera lectura, nos muestra una expresión concreta de esta
coherencia. Él recuerda a los tesalonicenses:
“El
que no quiera trabajar, que no coma”.
No
se trata de despreciar a quien no puede trabajar por causa de la enfermedad, la
edad o alguna limitación. Pablo se refiere a quienes, pudiendo asumir sus
responsabilidades, viven ociosamente y se aprovechan del esfuerzo ajeno. El
apóstol pone su propia conducta como ejemplo: trabajó “día y noche” para no ser
una carga para nadie.
La
fe verdadera también se reconoce en la responsabilidad cotidiana. Ser cristiano
no consiste solamente en rezar, sino también en trabajar honradamente, cumplir
la palabra dada, cuidar a la familia, respetar a los demás y colaborar en la
construcción del bien común. Nuestro trabajo, aunque parezca humilde o
rutinario, puede convertirse en oración y servicio cuando lo realizamos con
amor, honestidad y espíritu fraterno.
Aquí
encontramos una fuerte conexión entre la primera lectura y el Evangelio. Jesús
rechaza una religiosidad de apariencias, y san Pablo pide una fe que se
demuestre mediante una vida responsable. No basta con parecer buenos: debemos
esforzarnos por hacer el bien. No basta con hablar de fraternidad: es necesario
evitar ser una carga injusta para los demás. No basta con proclamar nuestra fe:
debemos permitir que ilumine nuestros deberes diarios.
El
salmo nos señala el camino de esta vida auténtica:
“Dichoso
el que teme al Señor y sigue sus caminos”.
El
temor del Señor no significa vivir asustados ante Dios, sino reconocerlo como
el centro de nuestra existencia, confiar en su voluntad y caminar por sus
senderos. El salmista une la bendición de Dios con el trabajo honrado:
“Comerás
del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”.
La
felicidad que ofrece la Escritura no se basa en las apariencias, el prestigio o
la aprobación de los demás. Nace de una conciencia recta, del trabajo realizado
dignamente, de la comunión familiar y de la certeza de caminar en presencia del
Señor.
Hoy
podemos preguntarnos con sinceridad: ¿existe armonía entre lo que creo, lo que
digo y lo que hago? ¿Busco agradar a Dios o mantener una buena imagen ante los
demás? ¿Cumplo responsablemente mis compromisos? ¿Reconozco humildemente
aquello que el Señor necesita limpiar dentro de mí?
No
tengamos miedo de mirar nuestro interior. Cristo no entra en nuestro corazón
para condenarnos, sino para purificarnos, sanarnos y llenarnos de vida.
Abrámosle incluso aquellas habitaciones que mantenemos cerradas: los
resentimientos, los temores, las culpas, los pecados ocultos y las heridas que
todavía no hemos sabido entregar.
En
esta Eucaristía oramos especialmente por los enfermos. Encomendamos a quienes
padecen enfermedades físicas, emocionales o espirituales; a quienes esperan un
diagnóstico, atraviesan un tratamiento o sienten que sus fuerzas disminuyen.
Pedimos también por sus familiares, cuidadores y por el personal sanitario que
los acompaña.
La
enfermedad nos recuerda que no siempre podemos producir, trabajar o sostenernos
por nosotros mismos. Por eso, las palabras de san Pablo nunca pueden emplearse
para juzgar a quien está impedido. Al contrario, la comunidad cristiana está
llamada a sostener a los débiles, acompañar a quienes sufren y hacer visible la
ternura de Dios. El enfermo no es una carga: es un hermano en quien Cristo
mismo nos sale al encuentro.
Que
el Señor de la paz, como dice san Pablo, nos conceda su paz “siempre y en toda
ocasión”. Que dé fortaleza a quienes sufren, sabiduría a los médicos, paciencia
a quienes cuidan y generosidad a nuestras comunidades para no abandonar a
ningún enfermo.
Pidámosle
al Señor un corazón limpio y verdadero; que no vivamos para aparentar, sino
para amar; que nuestra oración se convierta en servicio, nuestro trabajo en
ofrenda y nuestra fe en una vida coherente.
Señor Jesús, límpianos por dentro, sana
nuestras enfermedades, fortalece a quienes sufren y haz que nuestras obras
manifiesten sinceramente la fe que profesamos. Amén.

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